LOS AFECTOS INCONCIENTES
Dr. Luis Chiozza
Muchas veces, frente a un acto fallido, un síntoma somático o una conducta determinada, solemos decir que corresponde a un contenido inconciente, como si la conducta, el acto o el síntoma contuvieran dentro de sí una idea o un sentimiento inconcientes. Fatalmente llega un momento en que uno se pregunta qué significa esto en realidad.
Recuerdo un ejemplo con el cual Bleger, en su Psicología de la conducta (1969), se acerca a la problemática que deseamos desarrollar. Una madre tiene en sus brazos a su hijo y juega con él; de pronto lo deja, levanta a su otro hijo y comienza a amamantarlo. El primero toma un vaso de la mesa y lo rompe; un psicólogo observa entonces que este hijo tiene celos. La primer alternativa consiste en afirmar que el acto de romper el vaso es una consecuencia de los celos que, como contenido inconciente, residen en algún lugar del sujeto. La segunda alternativa es considerar que la actuación no es la consecuencia de los celos, sino que, en este caso, el acto mismo de romper el vaso constituye una forma especial de vivenciar los celos, una transformación particular de los mismos. De acuerdo con las tesis de Bleger, el acto más el contexto en el cual fue realizado nos permiten adjudicar un significado a la conducta.
Sin embargo, si nos decidimos por esta segunda alternativa, cabe entonces preguntarse qué significa lo inconciente, ya que lo inconciente, así considerado, se ha quedado aparentemente sin un lugar en donde ubicar su existencia.
La teoría psicoanalítica de los afectos, tal como ha sido formulada por Freud, acude en nuestra ayuda. En Lo inconciente leemos que no existen, si queremos hablar con propiedad, sentimientos concientes en un sentido análogo al que usamos cuando nos referimos a las ideas inconcientes. Mientras que las ideas inconcientes son actuales, de acuerdo con Freud, los sentimientos inconcientes son disposiciones potenciales. Estas disposiciones al desarrollo de determinados afectos sólo se convierten en afectos actuales cuando se realizan como procesos de descarga. La forma de esta descarga, aquello que determina la cualidad particular de cada afecto (su clave de inervación, para usar la expresión de Freud), es precisamente la idea inconciente.
De manera que la idea inconciente, que existe como actualidad, es al mismo tiempo una disposición potencial, latente, inconciente, al desarrollo de afecto, y este afecto se convierte en actual cuando, mediante la carga de la idea por un montante de excitación o quantum de afecto, se realiza como proceso de descarga y se hace perceptible por la conciencia bajo la forma de un sentimiento.
Insistamos una vez más en este punto tan fundamental. Cuando decimos que el afecto se halla en lo inconciente como disposición y la idea como actualidad, queremos decir precisamente que la disposición inconciente al afecto es otra cosa distinta del afecto. Del mismo modo que en la actualidad de la semilla se halla la disposición a la futura planta, la cualidad de un afecto particular y futuro es, como actualidad, una idea inconciente. Cuando esta idea inconciente recibe un montante de carga o quantum de afecto, se inicia un proceso de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas por la conciencia como sentimientos. Freud señala que el proceso de descarga que constituye un afecto puede ser percibido en la conciencia sin la intervención de las ideas preconcientes. Sin embargo estas últimas nos permiten categorizarlos y reconocerlos como distintos sentimientos, mediante la adjudicación de la palabra que denomina a cada uno de ellos. Las ideas inconcientes que determinan la cualidad de los afectos pueden además adquirir conciencia bajo la forma de ideas construidas mediante recuerdos de palabras o imágenes visuales preconcientes, o también exteriorizarse en un acto.
Pero, si admitimos que la idea inconciente existe como actualidad, cabe preguntarse nuevamente: ¿en dónde reside? ¿cuál es el lugar de lo inconciente? Una respuesta freudiana consiste en afirmar que lo inconciente, del mismo modo que la conciencia, ocupa un espacio virtual. El síntoma somático, la conducta, o el acto, en cambio, se desarrollan por lo general en un espacio real, perceptible, ya que nuestro modo de percibir el espacio depende de nuestra capacidad de percibir a la materia evolucionando en el tiempo. Cuando Freud define lo que considera la primera hipótesis fundamental del psicoanálisis, señala la existencia de un aparato psíquico extenso, pero el lugar que ocupa este aparato psíquico extenso es sin duda alguna un espacio virtual. Mientras que en el caso concreto de nuestra conciencia adjudicamos un espacio virtual a una realidad no material que somos capaces de percibir, en el caso de lo inconciente nos vemos forzados a imaginar un espacio virtual para una realidad que sólo podemos suponer a través de la existencia de determinados efectos. Sin embargo, lo mismo ocurre con aquella realidad a la cual la física denomina "electrón", sin que esta circunstancia nos conduzca por lo general a dudar de su existencia (tal como no dudamos de la existencia de la conciencia ajena, a la cual tampoco podemos percibir).
Freud sostuvo repetidamente que espacio y tiempo son dos categorías que dependen del modo de funcionar de nuestro sistema-conciencia y que el inconciente, por lo tanto, se halla fuera del tiempo. ¿Cómo podemos entonces comprender sus propias afirmaciones acerca del carácter actual o potencial de una idea o un afecto inconciente? Actualidad y potencialidad son conceptos temporales, aplicados en este caso, y por el mismo Freud, al sistema inconciente.
El verbo, como paradigma de la palabra que pertenece al sistema conciente, se desarrolla esquemáticamente en tres tiempos: pasado, presente y futuro. Cuando Freud aludía al carácter atemporal del inconciente deseaba seguramente subrayar que el inconciente carece de esta distinción. Pero nosotros, cuando desde nuestra conciencia hablamos del inconciente, no carecemos de una tal distinción. Decimos entonces que en el inconciente se acumulan, con carácter actual (en el sentido de presente y acto, pero también de permanencia) las ideas o configuraciones estructurales que en su conjunto establecen a un individuo en la totalidad de su forma y de la transformación que constituye su vida completa, pasada, presente y futura. En ese sentido estas ideas inconcientes, que Freud denominaba eficaces, son al mismo tiempo estructuras afectivas potenciales en la medida en que son capaces de exteriorizarse en una "inervación" que denominamos afecto y que ocupará, en este último caso, un "lugar" en el tiempo conciente del sujeto que lo experimenta.
Volvamos ahora al ejemplo de Bleger. Solemos denominar contenido latente a los celos que suponemos determinando, en ese contexto, al acto de romper el vaso. Solemos pensar que estos celos son inconcientes y que continúan existiendo como tales, reprimidos, detrás del contenido manifiesto o en algún otro lugar. Sin embargo no parece ser esto lo que pensaba Freud.
Los celos, como sentimiento, se configuran como una multitud de procesos que en su conjunto constituyen un "conmoción vegetativa" que precisamente configura la particular emoción que aprendimos a denominar de esa manera. Justamente ha ocurrido una represión para impedir ese desarrollo, específico, de tal afecto. La idea inconciente, que continúa siendo actual, y que constituye en sí misma una disposición a los celos, ha exteriorizado su eficacia a través de una conducta, de un acto o de un síntoma somático. Es nuestra interpretación la que asevera, a partir de ese fenómeno, del contexto y de nuestro propio inconciente, que una conducta semejante en esa situación constituye una transformación de los celos. Para decirlo con mayor exactitud, constituye el efecto de una idea inconciente que hubiera podido en otras condiciones exteriorizarse como celos.
Si repasamos atentamente cuanto llevamos dicho hasta aquí, comprobamos de pronto que hemos desembocado en una cuestión fundamental. Junto con la conducta, el acto o el síntoma somático manifiestos, con sus afectos e ideas concientes concomitantes, lo único que en lo inconciente suponemos actual es la idea inconciente que permanece incognoscible. El llamado contenido latente, los celos, no existe en realidad como tal en el paciente. Los celos constituyen la adjudicación de un nombre más o menos adecuado, otorgado por el observador o el intérprete, a un sentimiento potencial que suponemos hubiera podido llegar a desarrollarse en lugar del acto, pero que no ocurrió en el paciente sino tan sólo en el médico.
Hace ya algunos años nos ocupamos, con los doctores Laborde, Obstfeld y Pantolini, de realizar un enfoque similar acerca del contenido latente, en un trabajo en donde estudiamos prolijamente, desde un punto de vista metapsicológico, el origen de la interpretación a partir de la atención flotante, en el contexto del proceso transferencial-contratransferencial durante el tratamiento psicoanalítico.
Hoy debemos volver a la misma cuestión desde otro ángulo que nos interesa subrayar. La teoría psicoanalítica de los afectos nos ofrece la ventaja de un aparato conceptual dentro del cual desaparece la tradicional alternativa entre psiquis y soma.
De acuerdo con los desarrollos anteriores, el síntoma somático, "trazado" en la materia, no es el continente de un contenido latente coexistente, sino que puede ser comprendido por el observador capacitado como un desarrollo equivalente a un determinado afecto o idea conciente que hubiera podido llegar a constituirse en su lugar. Este afecto o idea no existe actualmente en la conciencia del paciente ni en ningún otro lugar excepto la conciencia del observador.
Ya no se trata entonces de comprender cómo lo psíquico se transforma en somático o viceversa, sino que un determinado fenómeno somático adquiere un significado. Es decir que se hace psicológicamente comprensible en la conciencia de un observador. Este observador que capta un significado "psicológico" experimenta un estado de ánimo que también puede ser descripto u observado como somático.
Si el significado obtenido por la interpretación, es decir lo que solemos llamar "el contenido latente", pasara a substituir en el enfermo el síntoma llamado somático, o se hubiera desarrollado espontáneamente en lugar de constituirse ese síntoma, el conjunto del fenómeno ocurrido podría ser descrito como psíquico o somático según cuál fuera nuestro modo de abordarlo y nuestra capacidad para percibirlo o comprenderlo.
Ya que hemos sostenido que el carácter de psíquico o somático no depende esencialmente de la categoría intrínseca del fenómeno, sino del modo de abordarlo, percibirlo o comprenderlo, debemos sostener ahora que diferentes formas, funciones, desarrollos o trastornos corporales pueden ser comprendidos como la exteriorización de diferentes ideas o fantasías inconcientes; "claves de inervación" para las cuales los conceptos de psíquico o somático son impertinentes. Cada uno de los fenómenos que denominamos somáticos "posee", más allá de cuál sea nuestra actual capacidad para descubrirlo o expresarlo en términos verbales, un significado específico, en el sentido de que ha ocurrido "en lugar" de un afecto y una idea conciente particular que hubieran podido ser el desarrollo equivalente de aquella idea inconciente que constituye la clave de inervación propia de ese fenómeno considerado.
Es obvio que nuestra capacidad para comprender el significado inconciente de los actos, la conducta o lo síntomas, depende, como en el caso de cualquier otro tipo de lenguaje, de la existencia de un sentido unívoco con respecto a determinadas "unidades" o estructuras significativas, aunque las posibilidades de combinación de estas unidades, prácticamente ilimitadas, nos enfrenten con posibilidades de expresión igualmente ilimitadas. Así, cuando habitualmente decimos (como es el caso del ejemplo mencionado) que los celos son el contenido latente, queremos decir "celos" y no "miedo". Justamente de la diferencia entre uno y otro depende el éxito de nuestra interpretación. Cuando en lugar de una conducta se trata de un síntoma somático, es igualmente importante comprender lo más exactamente posible cuál es su "desarrollo equivalente". No me refiero aquí a uno cualquiera de los desarrollos posibles, sino a aquel otro, genérico, formado por afectos, ideas o actos primarios, que como es el caso, por ejemplo, de los celos, constituye una de las experiencias básicas que nos mancomunan como seres humanos.
Antes del descubrimiento de Freud la histeria se expresaba en un lenguaje corporal arcano e incomprensible. Desde esa época hasta nuestros días cada vez es mayor el número de las enfermedades que podemos comprender en el lenguaje del deseo y sus vicisitudes. Es posible suponer por lo tanto que aquellos fenómenos somáticos que hoy se consideran como transformaciones inexpresivas, constituyan en cambio una evidencia de nuestra insuficiencia para comprender su lenguaje.
APÉNDICE
LA TRANSFORMACIÓN DEL AFECTO EN LENGUAJE
Freud (1915) nos aclara que en su teoría no existen afectos o emociones inconcientes en un sentido análogo aI que utilizamos cuando hablamos de representaciones (ideas) inconcientes. Mientras que las ideas inconcientes son cargas psíquicas de huellas mnémicas, los afectos o emociones corresponden a procesos de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas como sentimientos.
Por tal motivo la verdadera finalidad de la represión consiste en impedir el desarrollo del afecto (ibíd.).
Lo que llamamos emoción inconciente no es un producto "real", como en el caso de la idea inconciente que recibe su catexis del impulso instintivo, sino una disposición al afecto que no pudo llegar a desarrollarse (ibid.). Esta disposición potencial al afecto, que se denomina también, siempre desde el punto de vista cualitativo, estructura afectiva inconciente (ibid.), corresponde desde el punto de vista cuantitativo a la llamada cuota de afecto o montante de excitación.
Los afectos propiamente dichos son en cambio procesos actuales de descarga, percibidos en la conciencia bajo la forma de sensaciones o sentimientos cualitativamente diferenciados entre sí. Su capacidad de conciencia no depende, como en el caso de las ideas inconcientes, del agregado de un resto mnémico verbal o visual, preconciente (Freud, 1923).
La presente afirmación de Freud acerca del carácter no actual, sino potencial, de la emoción inconciente, nos introduce en una aparente contradicción con su categórica postulación acerca del carácter patógeno, y aún corporalmente patógeno, de lo inconciente reprimido. Sin embargo el efecto patógeno se establece siempre a través de formaciones sustitutivas que logran el acceso a la motilidad (sea voluntaria o vegetativa) y constituye por lo tanto un fracaso en el mecanismo de la represión.
Estas formaciones sustitutivas pueden ser "interpretadas" por el sujeto que las padece mediante las más diversas alteraciones de su sentido primitivo, pero logran el acceso a la conciencia como procesos de descarga que constituyen afectos actuales.
Freud (1905e [1901]) afirma que el síntoma es en todos los casos una satisfacción enmascarada de los impulsos sexuales que configuran el deseo o idea inconciente. Por lo tanto, el síntoma implica una inhibición del desarrollo del afecto original reprimido que subsiste en lo inconciente como disposición potencial asociada al deseo primitivo, pero también implica una transformación transaccional, no siempre saludable, de dicho afecto potencial original en un afecto actual que se descarga y se vivencia bajo la forma del síntoma y sus fenómenos concomitantes.
Si aceptamos incluir, como lo hace Freud (1926d) en un sentido amplio, al dolor y a la angustia dentro de la teoría de los afectos, toda descarga motora, exceptuando aquellas destinadas al logro de la acción eficaz sobre el mundo exterior -y tal vez sobre los procesos internos-, constituye un afecto. Ha sido repetidamente señalado (Rapaport, 1962) que el desarrollo de afecto tiende a incrementarse cuando se incrementa la frustración frente a la ausencia del objeto o frente a otras formas de incapacidad para desarrollar la acción eficaz destinada a satisfacer la necesidad. Freud se ocupa del mismo tema de un modo semejante cuando afirma: "... la descarga motriz, que durante el imperio del principio de placer había servido para aligerar de aumento de estímulo al aparato anímico, y desempeñaba esta tarea mediante inervaciones enviadas al interior del cuerpo (mímica, exteriorizaciones de afecto), recibió ahora una función nueva pues se la usó para alterar la realidad con arreglo a fines. Se mudó en acción." (Freud, 1911, pag. 226).
Al definir los afectos propiamente dichos como una clase determinada de procesos de descarga, estos han quedado de algún modo objetivados. Podemos preguntarnos ahora en qué clase de objeto teórico se halla anclada esa estructura afectiva inconciente potencial que, por el mismo hecho de ser potencial, resulta privada de su referencia a algún tipo de substrato material concreto. Freud (1900a), en La interpretación de los sueños, acuden en nuestra ayuda con las siguientes palabras: "Aquí tomamos como base una suposición precisa sobre la naturaleza del desarrollo de afecto. Se lo considera como una función motora o secretora, cuya clave de inervación está situada en las ideas del inconciente". Estas palabras de Freud clarifican todo el esquema.
La estructura disposicional afectiva inconciente desde el punto de vista cualitativo, se encuentra "contenida" en la misma idea inconciente, ya que la forma de esta idea constituye la "clave" de la inervación capaz de desarrollar el afecto.
Los llamados afectos retenidos corresponden entonces a montantes de excitación que buscan su derivación a través de una clave de inervación proporcionada por una idea inconciente. Al ingresar en la conciencia como representación, una parte de ella es capaz de desarrollar aquello que denominamos afecto, mientras otra parte es capaz de desarrollar aquello que denominamos idea.
Se comprende de este modo que distintos "afectos inconcientes" puedan disputarse el acceso a la motilidad o ser víctimas de la represión, que puedan "combinarse" en una transacción que junto a la persistencia en lo inconciente de la disposición para los afectos primarios que configuran la "tormenta" afectiva o las distintas pasiones, puedan constituirse, a través de sucesivas elaboraciones, nuevas disposiciones "atemperadas", hacia el desarrollo de afectos secundarios. También resulta comprensible de este modo que la descarga de una estructura afectiva inconciente mediante el desarrollo de afecto pueda conducir a la recarga de otra estructura inconciente como producto de aquello que denominamos la existencia de un conflicto afectivo inconciente.
Cuando Freud (1926d) se ocupa del problema de la angustia, expresa con las siguientes palabras una de sus más profundas postulaciones acerca de los afectos: "A nuestro juicio también los demás afectos son reproducciones de sucesos antiguos de importancia vital, y eventualmente, preindividuales, y los comparamos, como ataques histéricos generales, típicos e innatos, a los ataques de la neurosis histérica, posterior e individualmente adquiridos, cuya génesis y significación de símbolos mnémicos nos ha revelado el análisis". Continúa luego esta comparación subrayando que: "Para explicarnos el ataque histérico no tenemos más que buscar la situación en la que los movimientos correspondientes constituían una parte de un acto justificado".
Esta afirmación de Freud acerca de que los afectos son ataques histéricos heredados y universales posee una trascendencia insospechada, ya que, dado el carácter central de la teoría de los afectos en psicoanálisis, nos permite utilizar su comprensión de los fenómenos corporales de la histeria en el resto de nuestra actividad psicoanalítica.
Ya no se trataría como afirma Freud (1905e [1901]) para el caso de la conversión, de una transferencia de una excitación puramente psíquica a la inervación somática, sino que si bien no todos los afectos son estrictamente hablando, síntomas, todos los síntomas (ya se manifiesten a la conciencia como alteraciones psíquicas o como alteraciones somáticas) son afectos, y, como tales, están dotados de un sentido psicológico y quedan atribuidos tanto a un lugar del cuerpo como a una alteración somática.
Nos falta todavía abordar una cuestión. Hemos dicho que la representación que penetra en el sistema de la conciencia es capaz de desarrollar un afecto y una idea. Rapaport (1962) afirma: "Tanto la 'carga afectiva' como las ideas son representaciones impulsivas; fue necesario distinguirlas teóricamente por ser diferente su destino en el estado de represión". Hace un tiempo escribimos (Chiozza, 1974e, pág. 136): "Es cierto que el psicoanálisis nos acostumbra, siguiendo el consejo de Freud, a perseguir por separado los destinos que la represión impone al afecto de aquellos otros que impone a la parte eidética de la representación. Dentro de esta regla psicoanalítica resulta bastante claro qué es lo que debemos entender por una y otra cosa. Sin embargo, cuando en un afán de 'inventariar' los distintos tipos de representaciones que configuran en el psiquismo la idea o el objeto interno 'pecho', por ejemplo, pasamos de aquellas que provienen de los órganos de los sentidos a aquellas otras que corresponden a la tibieza de la leche descendiendo por el esófago y alojándose en el estómago, o en el conjunto cenestésico que surge de la posición del cuerpo en el regazo materno, debemos preguntarnos en qué punto de esta escala sin soluciones de continuidad finaliza aquello que denominamos representación-idea y comienza lo que denominamos afecto, ya que afecto es, en última instancia, el registro sensitivo de un proceso de descarga motora, predominantemente vegetativa, realizado de acuerdo con una modalidad preformada".
Si repasamos atentamente cuanto llevamos dicho hasta aquí, concluiremos en que la distinción entre afecto e idea no corresponde a la existencia de categorías diferentes fuera del ámbito de la conciencia, sino a las distintas manifestaciones concientes de un proceso que es complejo y unitario.
Notas
(1) El texto del presente capítulo fue publicado como Nota Editorial de la revista Eidón, año 1, Nº 3, CIMP, Buenos Aires, 1975
(2) Véase el Apéndice, al final de este capítulo
(3) El texto de este apéndice es parte de un extracto del trabajo presentado en el Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis, Río de Janeiro, 1974