PRÓLOGO
Cuando nos enfermamos sentimos, la mayoría de las veces, que un acontecimiento azaroso, independiente de la manera en que fuimos construyendo cotidianamente nuestra vida, interrumpe, inesperadamente, nuestros propósitos. Sin embargo, cuando estudiamos la biografía de un enfermo y comprendemos cuales han sido los afectos inhibidos y los propósitos, no siempre conscientes, que formaron parte de esa encrucijada afectiva, descubrimos siempre que la enfermedad, cualquier enfermedad, adquiere un significado preciso como capítulo de esa biografía.
Cae por su propio peso que el restablecer la continuidad del sentido que une la enfermedad al resto de las vicisitudes que constituyen la trama argumental de una vida, abre un camino privilegiado hacia la curación. No sólo es importante entonces comprender cómo enfermamos, sino también por qué.
La investigación de los significados inconcientes de la enfermedad nos ha permitido descubrir, además, dos hechos importantes.
El primero consiste en que son específicos. Las diferentes enfermedades que hemos aprendido a distinguir como típicas y universales en su evolución, su sintomatología, sus alteraciones estructurales y fisiopatológicas, son la manifestación de fantasías inconcientes igualmente típicas y universales. En otras palabras: Los significados inconcientes que constituyen el "guión" biográfico típico del infarto de miocardio difieren de los que son típicos de la diabetes, aunque unos y otros pueden combinarse para formar el particular "mosaico" patológico de un determinado enfermo.
El segundo hallazgo es que siempre la enfermedad aparece como una formación que substituye y representa afectos. Si estudiamos la enfermedad desde el punto de vista que el psicoanálisis denomina "metapsicológico", los fenómenos corporales que constituyen los síntomas son procesos de descarga que ocurren en lugar de otros distintos, inhibidos, que, de haberse producido, hubieran pertenecido a la categoría que denominamos "afecto".
Usamos la palabra "afecto" para referirnos a las emociones. Son procesos de descarga que parten de una estructura disposicional inconciente, una "clave" o idea que determina la cualidad de la descarga, activada por una cantidad de excitación que proviene de las pulsiones instintivas. Esos procesos "afectan" al yo con intensidades y cualidades, distintas para cada uno de ellos, que son típicas y universales. El yo las registra como sensaciones y sentimientos que, en la medida que son típicos, puede reconocer, y en la medida en que son universales, puede nombrar.
Cuando la represión impide el desarrollo de un afecto que, de haberse producido, hubiera sido displacentero, la cantidad que investía la "clave" o "figura" inconciente de ese particular afecto se descarga, inevitablemente, mediante la investidura de ideas inconcientes substitutas.
Entre las distintas posibilidades de substitución hay una, que denominamos "patosomática", que nos interesa destacar aquí. Ocurre cuando la cantidad de excitación inviste algún elemento aislado entre los que configuraban la clave inconciente de un particular afecto. La descarga de esa investidura no sólo pierde entonces las cualidades del afecto particular que ha substituido, sino también las que permitían reconocerlo como un proceso afectivo. Las sensaciones que acompañan a una descarga semejante, (que puede ser equiparada a una deformación del afecto que substituye) adquieren entonces el nombre de síntomas, y el proceso completo abandona la categoría de lo que denominamos afecto para ingresar en la categoría que titulamos "afección", término que es sinónimo, en nuestra lengua, de la palabra "enfermedad".
El libro que hoy ponemos en manos del lector tiene un origen doble. Es, en primer lugar, el producto de la experiencia clínica acumulada en el Centro Weizsaecker de Consulta Médica, donde, desde hace más de veinte años, asistimos pacientes utilizando un método que llamamos Estudio Patobiográfico, mediante el cual profundizamos en la relación existente entre la enfermedad y la vida. Hemos descrito los pormenores de ese método en dos libros ¿Por qué enfermamos? y Un lugar para el encuentro entre medicina y psicoanálisis. En segundo lugar, pero no menos importante, proviene de la tarea que se desarrolla en nuestro Instituto de Docencia e Investigación. Allí realizamos nuestro propósito de comprender la dramática específica de cada una de las enfermedades que estudiamos.
Este libro continúa pues la serie iniciada con Los afectos ocultos en psoriasis, asma, trastornos respiratorios, varices, diabetes, trastornos óseos, cefaleas, accidentes cerebrovasculares, y Los sentimientos ocultos en hipertensión arterial, trastornos renales, litiasis urinaria, hipertrofia de próstata, várices hemorroidales, esclerosis, enfermedades por autoinmunidad. Tal como en los dos libros anteriores, junto a los capítulos que se ocupan de determinadas enfermedades, hemos incluido escritos que procuran introducir al lector en las ideas generales y otros, los dos últimos, destinados a quienes desean profundizar en ellas.
Quiero expresar aquí mi gratitud hacia las personas que, con su esfuerzo sostenido durante años, han hecho posible esta nueva publicación. Hemos cosechado juntos muchas críticas y no pocos elogios. Mientras tanto hemos aprendido que en una tarea como la que nos convoca, la mayor satisfacción proviene siempre de tres fuentes: una, cordial (quiero decír "cardíaca"), surge cada vez que conseguimos aliviar el sufrimiento humano, otra "hepática" nace con el placer de una fatiga que nos deja con una obra entre las manos, la tercera cerebral o intelectual consiste en la posibilidad de imaginar su desarrollo futuro.
Luis Chiozza
Marzo de 1997