Del afecto a la afección
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EL SIGNIFICADO INCONCIENTE ESPECÍFICO DEL SIDA

Dr. Luis Chiozza, Lic. Domingo Boari, Dr. Gustavo Chiozza, Lic. Horacio Corniglio,
Lic. Mirta Funosas, Dr. Ricardo Grus, Dr. José María Pinto, Dr. Roberto Salzman

 

La peste que trastorna y destruye las ciudades
son los discursos engañosos, las bellas palabras.
No es cuestión de agradar a los oídos:
deben decirse cosas

Eurípides (siglo V a. C.)

(Viene de ....)

EL SIDA DESDE EL PUNTO DE VISTA PSICOANALÍTICO

Acerca de la identidad

Acerca del concepto de identidad

El diccionario define "identidad" como "calidad de idéntico", en tanto que idéntico es "lo que en sustancia y accidentes es lo mismo que otra cosa con que se compara" (Real Academia Española, 1992).

La psicología, como ciencia derivada de la filosofía, toma de ella el concepto de identidad.

En filosofía este concepto se examina desde varios puntos de vista. Los dos más destacados son el ontológico y el lógico. El primero es patente en el llamado "principio ontológico de identidad", según el cual toda cosa es igual a sí misma (ens est ens, el ser es el ser). El principio lógico de identidad es considerado por algunos filósofos como derivación del principio ontológico. De acuerdo a la lógica, 'a pertenece todo a a'. Según otra formulación lógica este principio reza: 'si p, entonces p'. También puede describirse como la exigencia de no afirmar y negar, a la vez y en el mismo sentido, una proposición cualquiera. En este caso se evidencia que el principio de identidad es una transformación del principio de no contradicción y se deriva fundamentalmente de él.

Etimológicamente "identidad" proviene del latín, identitas, de "idem", "el mismo", derivación que toma como modelo el vocablo "entitas", "entidad". (Corominas, 1961). "Entidad", como "ente", deriva de "ens-entis" (el que es), participio presente del verbo esse (ser). La palabra "identitas" se forma, entonces, por una condensación que literalmente deberíamos traducir por "la misma entidad", "el mismo ser".

En griego "identidad" se dice "tautotes". Esta palabra es la construcción de un sustantivo abstracto a partir del adjetivo "to autós", que significa "el mismo". Su traducción literal sería entonces "mismidad", ya que en esta construcción del idioma griego no se utiliza, como vimos que lo hace el latín, el participio "on-ontos" equivalente griego del "ens-entis" latino.

En derecho en cambio, "identidad" es el "hecho de ser una persona, o cosa, la misma que se supone o se busca" (Real Academia Española, 1992).

De lo dicho hasta aquí podemos extraer la siguiente conclusión: el concepto de identidad se establece a partir de una comparación, o sea a partir de contrastar o contraponer de a pares, en la búsqueda de semejanzas o diferencias, considerándose identidad la plena semejanza. Entendemos que en el concepto filosófico y en la significación derivada de la etimología, la comparación de la que hablamos se halla implícita: se establece respecto de la cosa consigo misma.

El concepto de identidad en psicoanálisis

Para el Psicoanálisis la identificación comenzó siendo descripta como un mecanismo psicológico entre otros. Con el desarrollo de la teoría, al comprenderse más y más su importancia, "llegó a ser la operación en virtud de la cual se constituye el sujeto humano" (Laplanche y Pontalis, 1971, pág. 191). En este sentido la identificación es un proceso según el cual el sujeto adquiere las cualidades de otro tomado como modelo. La identidad, por su parte, es el producto de una particular combinatoria o ensambladura del conjunto de identificaciones de una persona. El psicoanálisis utiliza el término "identidad" para referirse al resultado de un proceso por el cual nos constituimos en diferentes entre nuestros similares (Chiozza, 1986).

De acuerdo a lo que hemos desarrollado en forma detallada en otra oportunidad (Chiozza, 1963), el yo se configura a imagen y semejanza del ideal del yo que forma parte del ello (identificación) mediante un proceso que puede describirse en dos fases. Por una parte, el yo introyecta estímulos o ideas, que configuran el plano, proyecto o modelo a copiar. Dadas las características predominantemente visuales del "copiado de modelos" y la condición ideal de los estímulos (en el doble sentido de que es una idea y un ideal), llamamos a esta introyección "visual-ideal". Por otra parte el yo incorpora la sustancia, la materia necesaria para dar cuerpo al modelo. Debido a que puede ser simbolizada por la función orgánica del hígado y teniendo en cuenta su carácter material, a esta incorporación la denominamos "hepático-material". En este sentido el yo "hepático-material", que asimila y transforma en carne propia los ideales, es la sede principal del sentimiento de identidad.

Ambas fases confluyen en el proceso de asimilación. Asimilación "proviene de asemejar, o sea hacer semejante a dos cosas diferentes. En estricto contenido semántico la identificación sería un paso más, o sea hacer de dos cosas una misma, hacerlas idénticas, que es decir más que hacerlas iguales" (Chiozza, 1963).

En efecto, la etimología nos muestra que la identificación es un proceso de copia de un modelo. El término "identificar" proviene de "idéntico" y del verbo latino ficare, deformación de facere, "hacer". Cuando se usa como verbo reflexivo, "identificarse uno con otro" significa "llegar a tener las mismas creencias, propósitos, deseos, etc. que él" (Real Academia Española, 1992).

De acuerdo a la idea de que la identidad se logra a través de un proceso de "copia" (identificación) podríamos pensar que la identidad lograda o bien establecida es aquella en la que lo concretado materialmente se asemeja al proyecto ideal, de modo que puede ser reconocido como una copia del modelo. Los aspectos que no llegan a materializarse y permanecen como modelos ideales generan lo que el psicoanálisis estudió como la primera disociación del yo: la constitución del ideal del yo. Sabemos también que la debilidad del yo incipiente -- que no puede mantenerse unido frente a los estímulos ideales -- (Freud, 1923b) es considerado el principio explicativo de la metapsicología: a partir de él se pueden explicar todas las patologías (Chiozza, 1978i).

Cuando hablamos de fortaleza o debilidad del yo nos referimos a un concepto relativo respecto a los ideales. Desde este punto de vista puede decirse que un yo fuerte es aquel capaz de materializar (integrar) identificaciones más alejadas de sus formas originarias.

Al establecer un correlato simbólico entre lo corporal y lo psíquico se hace evidente que la adquisición y el mantenimiento de la identidad es un proceso dinámico: en rigor de verdad puede decirse que, por un lado, no termina nunca y que, por otro, permite (dentro de ciertos límites) constantes modificaciones. Para la instalación progresiva del sentimiento de identidad intervienen las sucesivas identificaciones que tienen lugar en el individuo a lo largo de su desarrollo.

La identidad posee entonces aspectos o núcleos primarios -inamovibles e invariantes- y otros secundarios donde las variaciones se tornan más posibles y hasta necesarias. Se entiende así que por un lado permanezcamos siendo siempre los mismos -conservación de la identidad a lo largo del tiempo- y que por otro estemos en constante cambio -dinamismo de la identidad-.

Si imagináramos la identidad como constituida en círculos concéntricos, podríamos concebir un primer círculo, muy amplio, que representaría la identidad de especie dentro del cual se inscriben otros, sucesivamente más pequeños, como los de la identidad de raza, la identidad de clan o linaje y finalmente el círculo que representa la identidad individual. Esta metáfora resulta adecuada también para obtener una figuración plástica en la que se evidencia que la identidad individual se inserta en el marco más amplio de la identidad de clan, raza, especie, etc.

Como dijimos, la adquisición de la identidad es un proceso dinámico y esencialmente continuo. No obstante, artificialmente y para su descripción, el psicoanálisis clásicamente distingue dos tipos de identificaciones: las primarias y las secundarias. Las identificaciones primarias son aquellas en las que se adoptan en forma directa las cualidades de los objetos inconcientes heredados. Se trata de las identificaciones con las imagos heredadas de los padres y arquipadres.

Hoy, en la medida en que pensamos que todo proceso anímico es sólo un modo de manifestarse a la conciencia lo que desde otro ángulo se presenta como proceso corporal y viceversa, podemos pensar que las identificaciones primarias corresponden, desde lo psíquico, a aquello que la biología describe como desarrollo del plan genético. Con la expresión "plan genético" hacemos referencia al conjunto entero de lo heredado, incluyendo entonces la herencia de características generales que definen la identidad de especie, como así también otras, más particulares, como las que determinan la identidad de una raza, de un clan y de un linaje familiar.

Parece posible y útil señalar una diferencia o salto cualitativo entre la identidad de especie y las identidades de raza, clan, etc. La identidad de especie se configuró "una vez" mediante un proceso que podemos llamar identificación primordial. Esta identificación primordial supone la adquisición de un ensamble particular de cualidades propias de la especie e implica paralelamente una renuncia a aquellas configuraciones y cualidades ajenas a dicha especie. Si consideramos que la existencia individual se inaugura con la unión de las gametas, es dable imaginar que la identidad de especie la adquiere cada individuo en tal acontecimiento. Así, por ejemplo, cada hombre, en el momento de su concepción, repitiendo aquella adquisición y aquella renuncia ancestral, se constituye como perteneciente al género humano.

La biología establece una relación entre la pertenencia de los individuos a una u otra especie y la cantidad y forma de sus cromosomas. Por otra parte, es sabido que salvo raras excepciones, no es viable la unión de gametos de especies diferentes. Estos hechos nos permiten afirmar que el número y la forma de los cromosomas se prestan para representar simbólicamente la identidad de especie.

El proceso de "copia" de la información contenida en los cromosomas, que se traduce en el individuo como desarrollo, sería, por su parte, un adecuado símbolo de lo que llamamos identificación primaria. Si bien este proceso se cumple a lo largo de toda la vida, es característico y preponderante durante el período pre-natal (cigótico, embrionario y fetal).

Las identificaciones secundarias son aquellas que se realizan a partir de vínculos con los objetos que por alguna circunstancia adquieren el valor de modelos. Las identificaciones secundarias pueden modificar o reforzar las cualidades obtenidas por identificación primaria y conforman el carácter del yo. Mediante ellas se hacen propios los valores de cada cultura en las que los individuos se realizan.

En síntesis:

Llamamos identificación primordial al proceso por el cual se alcanza la identidad de especie. Simbólicamente esta identidad queda representada por la constitución del número y la forma de los cromosomas.

La identificación primaria es el proceso por el cual cada ser humano desarrolla las características y cualidades que ha recibido hereditariamente. Freud (1923b, pág. 33) consideró que este tipo de identificación es "directa e inmediata (no mediada)" porque "...no parece el resultado ni el desenlace de una investidura de objeto".

La identificación secundaria corresponde especialmente al período postnatal. Mediante ella el sujeto adopta las cualidades de la cultura en la que se inscribe. Este tipo de identificación es la que Freud (1923b) considera como sedimentación de las investiduras de objeto resignadas.

Si las distintas identificaciones descriptas, estratificadas unas sobre otras, se integran armoniosamente, permiten el establecimiento de una identidad sólida en la que se amalgaman de un modo estable distintas cualidades. Entendemos que esta armonía, desde el punto de vista subjetivo, se experimenta como el natural amor propio, tanto de ser quien se es, como el de pertenecer a una raza, a un linaje, a un pueblo. En este caso la cultura, en tanto conjunto de mores, costumbres o hábitos, es vivenciada como un ámbito congruente donde se despliegan las cualidades individuales recibidas por herencia.

La falta de integración y armonía entre los distintos aspectos y "niveles" de la identidad condiciona una identidad menos coherente y por lo tanto más endeble.

La identidad y la pertenencia. El sentimiento de pertenencia

"Pertenecer" proviene del latín pertineo, pertinere. Está compuesta por el prefijo per, que en composición con un verbo significa llevar la acción hasta el fin y sin interrupción (Diccionario Ilustrado Latino-Español, 1960), y por el verbo teneo, que significa tener, coger, sujetar; poseer, ocupar, etc. Etimológicamente el per-tenecer, la per-tenencia es un grado superlativo de la tenencia. El diccionario (Real Academia Española, 1992) define "pertenencia" como "derecho de propiedad que tiene uno sobre una cosa". Sin embargo, cuando hablamos, por ejemplo, de "sentimiento de pertenencia", se resignifica el concepto mediante un "enroque", de modo que el sujeto pasa a ocupar el lugar del objeto de la propiedad: ya no se trata de algo que me pertenece o que poseo, sino de algo que me tiene a mí como "una de sus pertenencias" y ese "tenerme" adquiere una significación tal que me caracteriza, me identifica, es decir, me otorga identidad.

Se trata entonces de dos acepciones distintas -una vinculada a la posesión y otra a la identidad- pero, como veremos, profundamente relacionadas.

La vinculación entre identidad y pertenencia se nos hace evidente si tomamos en cuenta el concepto de niveles o tipos lógicos. Un clavel, por ejemplo, por su misma identidad de clavel, es inevitablemente un miembro de la clase "claveles", pertenece a ella. Se inscribe y pertenece, también, a los sucesivos y más amplios niveles, como pueden ser, en este caso, las flores, los vegetales, etc. Desde este punto de vista, ser es inseparable de pertenecer y, mejor aún, ser equivale a pertenecer.

Esta pertenencia, dada en el hecho mismo de ser, adquirida a través de lo que hemos llamado identificación primaria, forma parte de nuestro "estado constitutivo" y suele permanecer, por eso mismo, inconciente. Podemos entonces llamarla pertenencia primaria .

Sin embargo, en el transcurso del vivir nos incluimos y pertenecemos a otros círculos de pertenencia que no están inevitablemente ligados a la esencia de nuestro ser. Podemos, por ejemplo, integrarnos, formar parte y pertenecer a un club, y podemos también dejar de pertenecer a ese club. Este segundo tipo de pertenencia también define nuestra identidad pero no forma parte del núcleo de la misma. Es una cualidad, un accidente, un atributo, adquirido a través de identificaciones secundarias. Podría ser llamada pertenencia secundaria.

En el caso de la pertenencia como propiedad, el concepto no se refiere, en primera instancia, a la identidad, sino a una posesión del yo. Sin embargo también a las cualidades o atributos de un sujeto se le llama "propiedades". Son algo que el sujeto tiene, pero también son, esas propiedades, atributos o cualidades que definen su identidad.

La íntima vinculación entre identidad y pertenencia nos conduce a señalar dos formas de vivenciar la pertenencia. Cuando el sujeto actúa de un modo acorde a su identidad y su pertenencia, ésta última no necesita ser conciente y permanece como un estado inconciente que determina el ser y el actuar. Es para el sujeto, una pertenencia sustantiva. En cambio, cuando el sujeto por alguna circunstancia toma conciencia de su pertenencia y piensa, por ejemplo, que debe actuar en consecuencia, experimenta su pertenencia como una cualidad o un atributo que lo define, de modo que en ese momento su pertenencia es una pertenencia cualitativa (adjetiva).

Esta distinción que señalamos es independiente de que la pertenencia que se hace conciente sea parte de la esencia del sujeto o sea una cualidad secundaria. Una persona puede por ejemplo tomar conciencia de su condición de ser humano o de su condición de afiliado a determinado club.

Nos hemos acercado así al sentimiento de pertenencia. Sabemos que una acción llevada a cabo eficazmente se tramita sin registro conciente; en cambio, una acción que no ha logrado ser totalmente eficaz deja un remanente insatisfecho que se registra en la conciencia con la cualidad de un determinado sentimiento. En este sentido, acción eficaz y sentimiento conforman una serie complementaria.

En el caso de la pertenencia, si fracasa la acción de pertenecer -- que, cuando es exitosa, se traduce como identificación lograda o pertenencia sustantiva y no necesita hacerse conciente -- deja un remanente insatisfecho cuya descarga será registrada por la conciencia como sentimiento de pertenencia. También es posible que se registre como sentimiento de no pertenencia. Ambos sentimientos remiten al fracaso de la acción eficaz de pertenecer, de modo que, en última instancia, se trata siempre del sentimiento de no pertenecer. Sin embargo cuando el fracaso en la acción eficaz es pequeño, el sujeto, frente a su sentimiento de no pertenencia, suele recurrir al sentimiento de pertenencia como encubrimiento de la vivencia de no pertenecer.

Freud (1921c), al referirse a la diferencia entre identificación y elección de objeto, afirmaba que es la misma que existe entre ser y tener. No toda elección de objeto debe devenir necesariamente en identificación. Pero, como es obvio, cuando la identificación ocurre, el tener, es una etapa previa del ser.

La referencia de Freud remite al modelo que desarrollara en la melancolía, donde el sujeto, ante la pérdida inadmisible de un objeto que era "su posesión", lo conserva dentro de sí identificándose con él. Este proceso que Freud (1917e) describiera primariamente asociado a una patología, se hace extensivo luego al modo de adquisición de todas las identificaciones secundarias. Este tipo de identificación puede ocurrir aun sin la pérdida de objeto (Freud, 1921c). El desarrollo de este trabajo nos conduce a subrayar la existencia de una estación intermedia entre el tener y el ser.

a) Cuando la identidad se ha logrado el sujeto "es" y, al mismo tiempo, pertenece, en el sentido de lo que hemos llamado pertenencia sustantiva. Esta pertenencia no necesita ser proclamada.

b) Cuando la identidad no se ha consumado plenamente, el sujeto siente que no es y, en esa misma medida, siente que no pertenece. Necesita, entonces, proclamar que "pertenece" (pertenencia cualitativa) para defenderse del sentimiento de no pertenecer sustantivamente, porque todavía no es. La etimología de pertenencia, tal como ya lo señalamos, avala esta consideración. En efecto, per-tenecer es, literalmente, un modo superlativo del tener, de manera que el sujeto, al afirmar su pertenencia, denuncia que si bien "tiene" firmemente lo que desea, no ha logrado aún su aspiración de "serlo".

El deseo de pertenecer testimonia un déficit en la pertenencia, es decir, denuncia una identificación que no se ha logrado plenamente y equivale al sentimiento conciente de no pertenencia. La proclamación conciente de la pertenencia, si se trata de una proclamación sincera, nace, en cambio, del sentimiento conciente de pertenencia, que como dijimos, encubre la vivencia de una pertenencia insuficiente. En este sentido, el deseo de pertenecer, el sentimiento de pertenencia y la proclamación de una pertenencia, constituyen una estación intermedia entre el tener (pertenencia como posesión) y el ser (pertenencia como identidad).

Por su parte, la palabra "impertinencia", y el correspondiente adjetivo "impertinente", aluden en primer lugar a algo que no viene al caso, que no es concerniente al tema de que se trata o que no pertenece al asunto. Secundariamente adquirió el significado de insolencia, irreverencia, etc.

Cuando el conflicto con la identidad y la pertenencia adquiere suficiente importancia, la imposibilidad de reconocer la propia pertenencia da lugar a la pretensión de otra pertenencia, impropia, que transforma al sujeto en un impertinente, en el sentido de quien está fuera de lugar, no pertenece o no concierne al asunto.

Dado que la pertenencia es convivencia pasada e historia en común, al hablar de un sentimiento de impertinencia (o sentimiento de no pertenencia) se alude a un dolor muy particular. Quien siente que se le desdibuja la pertenencia, mucho más que un sentimiento circunstancial de exclusión, siente la penosa vivencia de una exclusión permanente: la carencia de un ámbito de convivencia y participación, experimentada, entonces, como si se tratara de una impertinencia sustantiva.

Un aspecto de la identificación primaria: la estirpe y el mestizaje

El HLA como código bioquímico y como símbolo del linaje.

En lo atinente a la identidad primaria debemos considerar que esta no surge de la adopción arbitraria de rasgos aislados; surge, contrariamente, de la inserción del sujeto en una historia compartida y "hecha carne". Una historia que configura lo que se hace manifiesto como raza, linaje o estirpe, "visible", por ejemplo, en las características corporales que diferencian a las distintas etnias. Dicho de otro modo: todo individuo actual es el producto o la manifestación en el presente de una historia que se fue plasmando a lo largo de generaciones. Esa historia compartida por los antepasados constituye, desde lo inconciente, el suelo ancestral, la herencia, lo que otorga pertenencia al sujeto.

Por otra parte, todo ser vivo nacido de reproducción sexual no hermafrodita es un producto mestizo en tanto es una combinatoria o mezcla de la información genética de sus padres, de modo que toda identidad implica inevitablemente cierto grado de mestizaje (Chiozza y colabs., 1992f).

Sin embargo, con la herencia de los genes que codifican antígenos HLA, sucede algo llamativo. Estos marcadores están presentes en todas las células de cada individuo. A través de ellos se ejerce el reconocimiento de lo propio. A diferencia de lo que ocurre con la herencia de otros caracteres, no provienen de la combinatoria de los cuatro abuelos. Por el contrario provienen solamente de dos, uno de los abuelos maternos y uno de los abuelos paternos. De modo que el sujeto, que en su identidad (psicosomática) es el representante de un conjunto completo, en lo que al sistema inmunitario se refiere, se autorrepresenta a sí mismo mediante un código bioquímico abreviado para el cual utiliza solamente dos líneas de ascendencia. En el ámbito del sistema inmunitario sucede entonces algo semejante a lo que ocurre con los apellidos según una costumbre cultural. Si bien el sujeto proviene de cuatro abuelos (o, si se quiere, de ocho bisabuelos) cada uno con su respectivo apellido, utiliza para su reconocimiento, uno o dos de estos apellidos.

Podemos decir entonces que el sistema inmunitario ejercita el autorreconocimiento mediante un código semántico y, por lo tanto, abreviado, sin necesidad de reconocer puntualmente todos los constituyentes. Recurre de este modo a un sistema de representación económico y eficaz hasta un margen de error despreciable: los HLA. Estos tienen el valor de "patentes" o "etiquetas", a semejanza de los made in... que marcan el origen o procedencia de un producto.

Dado que el modo peculiar de heredar los HLA se presta para recorrer en forma ascendente (o descendente) un filum o línea genealógica, los HLA son una expresión somática de un conjunto más amplio que llamamos el linaje, es decir, lo simbolizan.

De modo que en lo que se refiere a mi herencia, mi pertenencia y mi identidad, yo soy la combinación de mis cuatro abuelos, o de mis ocho bisabuelos, etc. Pero cuando me tengo que representar, me represento por la mezcla de dos, que se mezclan sólo a los efectos de la representación, y se volverán a separar en mis hijos.

De acuerdo con lo dicho es posible establecer una diferencia entre identidad y linaje. Mi identidad se configura con todo lo que me constituye incluyendo la particular combinatoria de los caracteres heredados que me insertan en una pertenencia. El linaje, en cambio, es una representación abreviada de mi identidad. Puedo, a voluntad, recorrer distintos linajes ascendentes hasta reconocerme descendiente de un determinado antepasado. Únicamente dos de esos diferentes linajes son "elegidos" por mi combinatoria de HLA para tipificarme inmunitariamente.

Esta diferenciación permite discernir patologías de la identidad que se vinculan con el sistema inmunitario y otras que no. A modo de metáfora podemos decir que una persona que encuentra dificultades para pronunciar, escribir o leer su apellido tiene un trastorno de identidad, pero no todo trastorno de identidad se manifiesta como dificultad en relación con el apellido.

Como vimos, el sistema de antígenos HLA está constituido por mitades que se mantienen genéticamente puras, es decir, se constituye sobre una "mezcla" que no es una "combinación". En otras palabras, cada una de sus mitades, permite establecer la doble genealogía de cada individuo. En un trabajo anterior (Chiozza y colabs., 1992f) decíamos que esta particular configuración por mitades del HLA constituye un símbolo de la dificultad con la que se unen en un hijo las distintas herencias de sus progenitores. Imaginamos entonces la existencia de un "clivaje fisiológico" en la base misma de la identidad, clivaje que justificó concebir un punto de fijación "autoinmunitario". Se nos hizo evidente así que ya en el proceso de la constitución de la identidad, mediante lo que llamamos identificación primaria, se pone en juego, como veremos, el par antitético tolerancia-intolerancia.

Identidad e intercambio: el ejercicio de la tolerancia y la intolerancia

Tal como vimos, el individuo, constitutivamente, es producto de una congregación (representada por una "mezcla"): la identidad no es la pura repetición de moldes anteriores ya que surge de la combinatoria genética.

Luego, el desarrollo pleno del sujeto exige modificaciones adaptativas en un continuo intercambio con otros, en sucesivas agregaciones, ahora "secundarias". El encuentro entre lo selectivo (lo ya configurado, lo prefijado por la herencia o el núcleo invariante de la personalidad) y lo aleatorio del acontecer vital figuran lo que Bateson (1979) denomina un proceso estocástico, es decir, un proceso que combina componentes aleatorios y otros selectivos, de tal manera que en la combinatoria sólo perdurarán algunos resultados del componente aleatorio.

Podríamos afirmar entonces que el individuo parece signado por un doble interés: ama su identidad y necesita preservarla en su integridad y al mismo tiempo siente el atractivo y la necesidad de interactuar, de intercambiar con otros, de "mezclarse" y "combinarse", dos grados diferentes de lo que durante la convivencia llamamos "integración". La convivencia humana exige constantemente el ejercicio de un equilibrio entre el deseo de mantener las diferencias y la necesidad ineludible de integrarse. El hombre -del mismo modo quizás que todos los seres vivos- se debate así en el juego pendular de la intolerancia y la tolerancia.

La tolerancia propia del buen sentido permite integrarse con el otro, disolviendo las diferencias, en función de un bien superior o principal. La intolerancia, por su parte, deberá ejercerse contra aquello que, siendo incongruente con lo principal, de ser aceptado destruiría el sentido organizador. La fisiología del sistema inmunitario es, en el terreno de lo corporal, un símbolo privilegiado del proceso que constituye y mantiene el equilibrio entre tolerancia e intolerancia.

Desde un enfoque psíquico, entendemos que el adecuado ejercicio de la tolerancia y la intolerancia se sustenta en una identidad bien establecida o, lo que es lo mismo, en un "estado" de pertenencia, o pertenencia sustantiva.

 

Acerca de la cultura

La cultura y la identidad

En los apartados anteriores hemos descripto el modo en que, mediante la integración de las sucesivas identificaciones, va constituyéndose la identidad individual. Este proceso, que artificialmente descompusimos para su comprensión, es unitario, constante a lo largo de la vida y esencialmente dinámico.

Como aspecto fundamental en el desarrollo del proceso, destacábamos la importancia del recíproco interjuego entre las identificaciones primarias y las secundarias, es decir, entre lo que el sujeto trae consigo hereditariamente y aquello nuevo que encontrará en su ámbito socio-cultural.

El ámbito socio-cultural, en tanto conjunto de mores, costumbres o hábitos, representa privilegiadamente el terreno de las identificaciones secundarias. Es allí donde, precisamente, el sujeto encontrará los modelos para llevarlas a cabo, como asimismo el "espacio" para desplegar las cualidades individuales recibidas por herencia.

La existencia de un ámbito socio-cultural coherente que, como el individuo, lleve dentro de sí núcleos de mayor invariancia que permitan una relativa estabilidad será, por lo tanto, un factor facilitador del buen desarrollo de la identidad. Una cultura de tales características ofrecerá el marco apropiado para que las identificaciones secundarias refuercen -o modifiquen con relativa naturalidad- las identificaciones primarias, posibilitando la integración congruente y armónica entre las distintas identificaciones.

Entendemos que una cultura se encuentra en estado de relativa estabilidad, coherencia o autenticidad, cuando se da una concordancia entre los valores que postula y los que encarnan efectivamente sus miembros más relevantes. En una cultura de estas características los valores que la distinguen se materializan en personas concretas, quienes, como máximos representantes de la misma, son a la vez los modelos adecuados para quien debe insertarse en ese marco cultural. En estas circunstancias alcanzar los valores apreciados por esa cultura vigoriza el amor propio, orgullo o autoestima, y significa además un reconocimiento de lo familiar en el contexto de las diferencias, tanto en el seno de la propia cultura como en relación a otras coexistentes.

En el individuo, el encuentro con un marco cultural de esas características abre la posibilidad de que pasado y presente, en congruencia, se aúnen en la misma dirección, contribuyendo a la génesis de una "identidad saludable". Tal identidad será aquella que, conservando un grado óptimo de flexibilidad, sea capaz, en su propio estilo, de cambios e integraciones nuevas sin dejar de ser "la misma".

Los neognósticos de Princeton (Ruyer, 1974), en una línea de pensamiento análoga a la que venimos desarrollando, dicen que en un universo donde el sentido o significado es tan primario como la materia, el individuo, que emerge en él como singularidad, debe "conjugarse" con los "sentidos" del organismo psíquico más amplio para ser plenamente sí mismo.

El sujeto, entonces, en su propio estilo, debe entroncarse con aquellos dominios contextuales de los cuales forma parte, y "ramificarse" manteniendo "unido" el "follaje" de los subdominios que lo constituyen, del mismo modo que las palabras constituyen el texto. Si proseguimos con la metáfora del lenguaje y pensamos la identidad de un sujeto análoga a una frase transitoriamente construida y significativa, debemos concluir que la misma, para desarrollarse "acorde a fines" de una manera óptima, debe integrar los cambios de modo "sintácticamente legal".

La congruencia o integración armoniosa entre los aspectos primarios de la identidad, lo que se trae, con aquello otro que se encuentra, representado por el contexto socio-cultural, posibilita esa "sintaxis saludable" que, desde el punto de vista subjetivo, se experimenta como el natural amor propio, tanto de ser quien se es, como el de pertenecer, sin discrepancia, a una raza, a un linaje, a un pueblo. En otras palabras, se traduce en un "estado de pertenencia" que no necesita proclamarse, en tanto que, constitutivo del sujeto, transcurre de manera inconciente y, replicándose incluso más allá de él, supone también la pertenencia a un orden esencialmente ecosistémico.

La crisis cultural actual

La óptima condición para el desarrollo de la identidad, señalada en el apartado anterior, corresponde, por cierto, a un modelo descripto en términos ideales. Sabemos, sin embargo, que en nuestro mundo actual estamos lejos del referido ideal y, contrariamente, nos hallamos inmersos en la magnitud de una crisis cuyo alcance y significatividad son mayores de lo que preferimos creer.

Como hemos afirmado en otro lugar (Chiozza, 1982a, pág. 28), "asistimos a una crisis de valores tan profunda como sólo hubo otra semejante en todo el desarrollo de la civilización humana". Aquella significó el pasaje del predominio del pensamiento mágico al predominio del pensamiento racional. En la época presente la lógica y la razón, habiendo rendido sus mejores frutos, se muestran insuficientes y surge la necesidad de una nueva forma de pensar que las integre en un proceso cognitivo más rico y más complejo. "Teniendo en cuenta que estamos en el fin de una era y en el comienzo de otra, no es de extrañar que nuestro mundo de valores no sea coherente y ordenado, y que coexistan en él, mezclándose y oponiéndose entre sí, valores actuales y anacrónicos".

Esta dificultad, la caducidad de lo tradicionalmente conocido frente a los nuevos desafíos, la falta de modelos y de respuestas para las incertidumbres presentes, promueven la exacerbación del individualismo. El individuo, anteponiendo su "sí mismo" y su propio placer como valores supremos, se desacopla del ámbito de pertenencia que debió haber sido su referente y, a la vez, desestima su inserción trascendente en la cadena de las generaciones.

Freud (1930a) había señalado las incipientes manifestaciones de este deterioro que, ya en sus días, se insinuaba amenazadoramente. Según él, se expresaba en un fenómeno que dio en llamar "miseria psicológica de las masas", que se traducía en el abandono de los modelos que debían operar como referentes, de modo que la "ligazón social", que debería haberse sustentado en tales modelos significativos, quedaba sustituida por una identificación recíproca y masiva entre los individuos.

Este peligro que señalara Freud se ha profundizado y generalizado en el contexto de nuestra crisis actual, ahondándose la desestima de valores y la ruptura del orden jerárquico, imprescindible para la subsistencia y el desarrollo de los ámbitos de pertenencia.

Los neognósticos de Princeton (Ruyer, 1974) sostienen que, hoy día, nuestro ámbito socio-cultural está rebasado por la magnitud y la velocidad de los cambios (ligados especialmente al desarrollo técnico) y por el aluvión informacional que se asocia a tales cambios. La intrusión masiva de cambios e informaciones impide su progresiva integración, como asimismo la puesta en juego de los sistemas de protección que, en una situación menos masiva, debieran haber sido tan eficaces como los son en los organismos elementales. El espacio social, aclaran, no ha podido instrumentar su defensa; por así decir, "no ha desarrollado aún párpados" y filtros protectores. Estas defensas debieran haber sido las instituciones, pero éstas, sobrepasadas, o no existen o son caducas en su funcionamiento.

Este estado de cosas, señalan, vulnera la ley biológica básica: la intolerancia frente a aquello que, de irrumpir masivamente, destruiría el orden y la integración del organismo. Esta intolerancia, por cierto, no debe confundirse con las actitudes represoras propias, por ejemplo, de los totalitarismos masificantes, y debe contextuarse en términos de la necesidad de los procesos vitales que, como hemos dicho, requieren el ejercicio del par tolerancia-intolerancia.

La tolerancia extrema, señalan los autores, es una alternativa inconducente, adoptada por incapacidad e inadaptabilidad al cambio. Así, nuestras sociedades, se adscriben a "...un ideal de apertura sin discriminación, un no proteccionismo mental". Se encubre, mediante esta "liberalidad", la debilidad de espíritu, la incapacidad de juzgar o la demagogia innoble. Por este camino se pierde todo rasgo de autenticidad, toda jerarquización de los valores.

Afirman (Ruyer, 1974, pág. 272), en contraste con lo anterior, que una cultura auténtica, "...debe ser cuasi un instinto, un saber encarnado, una lengua materna, una disciplina sub-conciente, una edificación psíquica, una fe en sí misma, que permita juzgar y condenar, justamente porque ella es un pre-juicio".

Hoy día, agregan (Ruyer, 1974, pág. 335), quien "hechizado" por el vértigo de la información, reniega de toda tradición y ve en ella y en cualquier patrón constructivo un posible "engaño", se constituye en destructor y diluyente que "...liberado del padre familiar como super-yo, se ha vuelto esclavo del desmitificador demagogo, infectado en él como un virus, y que sustituye a sus propios genes, hereditarios y tradicionales, organizadores de su organismo psíquico".

Esta situación, descripta también por otros autores, se evidencia hoy día en todos los ámbitos. Los seres humanos, en mayor o menor medida, ante la crisis que nos afecta, nos enfrentamos a la dificultad de hallar una coincidencia o una ensambladura posible entre los valores y las tradiciones que nos constituyen y las múltiples y polifacéticas propuestas de nuestro entorno socio-cultural. De este modo, se hallan alteradas las condiciones que, en una situación menos crítica, habrían contribuido a la génesis de ese "estado de pertenencia" inconciente, correlativo del natural amor propio de ser quien se es y de pertenecer, sin discrepancia, a una familia, a un linaje, a un pueblo, a una raza.

Estos ámbitos de pertenencia conforman círculos de amplitud creciente. La familia, círculo social y cultural en el que se inserta cada ser humano que viene al mundo, es el primero de ellos y núcleo fundante de ulteriores desarrollos.

 

Acerca de la familia

La familia

El término "familia" proviene del vocablo latino "famulus", "criado o sirviente", (Corominas, 1961) designando originariamente el conjunto de personas que comparten una crianza y se abocan a un servicio común.

La biología suele asociar el concepto de familia al vínculo de sangre (filial y fraterno), en tanto que la sociología prefiere resaltar otros factores de unión. Una y otra, sin embargo, no logran acotar todo aquello significado por el concepto, de modo que según el aspecto que cada una subraya varía la consideración del mismo.

En nuestra sociedad occidental actual, el concepto de familia es acotado por la premisa del vínculo de sangre. En otros momentos, por ejemplo en la Edad Media, todos los individuos que convivían en un mismo predio bajo el dominio y la protección de un mismo señor constituían una familia. La pauta determinante era el vínculo de autoridad relacionado con la propiedad.

Según Freud, los motivos que promueven la agrupación de los seres humanos son el amor sexual y "la necesidad mutua de auxilio", ya que al hombre primordial "no pudo serle indiferente que otros trabajaran con él o contra él". La convivencia de los seres humanos, nos dice, "tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. Así, Eros y Ananké (amor y necesidad) pasaron a ser progenitores de la cultura humana." (Freud, 1930a, pág. 99).

Lo dicho hasta aquí corrobora lo que dijimos en otras oportunidades: la necesidad (sexual y de supervivencia) aglutina a los individuos y genera la familiaridad. En la convivencia compartida día a día se robustece esa familiaridad que engendra a la familia (Chiozza y colabs., 1992f).

En cuanto a la evolución histórica, Freud (1912-13; 1930a) vincula la emergencia de la institución familiar, tal como hoy la conocemos, a un lento y progresivo desarrollo evolutivo, cuyo antecedente más remoto corresponde al tipo de agrupamiento humano que dio en llamar familia primaria u horda primordial.

Esta familia primordial -- según la hipótesis freudiana a la que debemos adscribir un carácter de "realidad mítica" -- se constituía como una organización centrada alrededor de un macho fuerte, tiránico, que aglutinaba tras de sí un grupo de mujeres y sus vástagos, los cuales permanecían sometidos a la voluntad del padre primitivo hasta la decadencia del mismo.

Un cambio evolutivo importante aconteció cuando los hijos, compelidos a liberarse de la arbitrariedad del padre primordial, descubren la fuerza de su unión fraterna y deciden matarlo. Se inaugura, en ese hipotético acto, el segundo estadio en el progreso evolutivo hacia la familia actual: la comunidad fraterna. Esta, según Freud (1912-13, 1921c), asentaba en los montantes "de libido esencialmente homosexual" que pervivían como remanentes de la unión de los hermanos en la abstinencia sexual que el padre violento les imponía (unión que equivale a los lazos de consanguinidad familiar).

La horda fraterna subsistió durante un tiempo, pero el asesinato en el que se fundaba había dejado profundas huellas en sus ejecutores. Los hijos, movidos por la añoranza y los sentimientos de culpa, internalizaron al padre como instancia prohibidora, hecho que puso fin a la comunidad que habían inaugurado y que, además, significó un decisivo avance hacia la organización familiar ulterior. En efecto: el "arbitrario" padre primordial fue reemplazado por la Ley, que instauraba para todos la prohibición del incesto o mandato de exogamia, de modo que la primitiva organización dio paso a otras estructuras que, fundamentadas en las nuevas premisas, eran el esbozo de la familia, tal como la conocemos hoy.

La nueva forma de convivencia promovió, sin embargo, el surgimiento de un conflicto (Freud, 1930a):

a) Por una parte, la restricción en la posesión de las hembras, la inhibición de las metas sexuales directas y el consecuente surgimiento de sentimientos tiernos, reforzaban la tendencia aglutinante de la familia reducida. La meta sexual directa no fue abandonada, pero ingresó en otra constelación en amalgama con las mociones tiernas. De esta manera "...a medida que el amor sexual adquirió valor para el yo, y se desarrollaba el enamoramiento, más urgente se hacía el reclamo de la limitación a dos personas, prescrita por la naturaleza de la meta genital" (Freud, 1921c, pág. 102). A esto se suma, además, la persistencia en los hijos de ligazones afectivas intensas con los objetos originarios, que los hacen reticentes al abandono del grupo familiar.

b) Por otra parte, la nueva familia, debido al mandato de exogamia que la sustenta, tiende a promover grupos más amplios, y esta tendencia se opone a la unión exclusiva de un hombre con una mujer. Además, el amor que fundó la convivencia, sigue activo y, desbordando la familia, tiende a establecer nuevas ligazones con personas extrañas. En oposición a esta tendencia, se despiertan "mociones afectivas de celos, de extrema violencia" para proteger la elección de objeto y el vínculo estrecho con los hijos.

En consecuencia, la familia, al mismo tiempo que fomenta lazos afectivos estrechos y perdurables, es la "célula germinal" de nuevas ligazones y, por lo tanto, del desarrollo cultural. De este modo el individuo, por un lado, integra la familia y, por otro, debe integrarse al conjunto más amplio de la sociedad, gestándose en esta doble inserción, múltiples conflictos de pertenencia.

Otro aspecto a tener en cuenta en la evolución de la familia es la significación que adquiere la figura paterna. El sedimento de la intervención paterna promovió, según Freud (1939a, pág. 109), un inestimable progreso. La vuelta al padre, señala, "...define (...) un triunfo de la espiritualidad sobre la sensualidad, o sea, un progreso de la cultura, pues la maternidad es demostrada por el testimonio de los sentidos, mientras que la paternidad es un supuesto edificado sobre un razonamiento y una premisa". Esto, por cierto, acredita el progreso del pensar, elevándolo por encima de la percepción inmediata.

Aclara Freud, además, que "Todos estos progresos de la espiritualidad tienen por resultado acrecentar el sentimiento de sí de la persona, volverla orgullosa, haciéndola sentirse superior a otros que permanecen cautivos de la sensualidad".

Por otro lado, el orden legal de la familia edificado sobre la premisa de un amor paterno igual para todos los hijos, facilitó la aceptación de jerarquías solventadas en el anhelo de justicia y, al mismo tiempo, permitió la adhesión de sujetos individuales en masas artificiales donde un individuo jerarquizado ocupa el lugar del padre. En consecuencia, los sentimientos sociales derivan de la sublimación y la inhibición en su meta de los montantes de libido homosexual que ligaba a los hermanos de la horda primordial.

En síntesis, en opinión de Freud:

a) En la evolución de la familia, surgida del deseo sexual y de la necesidad de otro como colaborador, se destacan tres momentos significativos: familia originaria (horda primordial), la comunidad fraterna (horda fraterna) y la organización familiar bajo el imperio de la Ley.

b) El progreso en la institución familiar se entrama en un único proceso con la evolución del "complejo paterno" al que se asocian la emergencia de la espiritualidad y el acrecentamiento del sentimiento de sí.

c) La familia convoca a los individuos a unirse y, a partir de esta unión originaria, se sientan las bases para la ensambladura de unidades sociales más amplias. La descarga sexual directa cedió una parte de sus aspiraciones a los sentimientos tiernos, a la vez que mociones homosexuales y celos intensos se amalgamaron de un modo útil dando paso a los sentimientos de solidaridad y de justicia.

La crisis de la familia actual

El modelo que Freud describe se aplica por un lado a una consideración histórica referida al origen ancestral de la familia y por otro a la familia "actual", contemporánea al momento en que Freud escribía. En aquel entonces, antes de la segunda guerra mundial, si bien la familia había sufrido numerosos cambios, todavía mantenía una estructura que en muchos aspectos conservaba características "tradicionales", heredadas de la "familia agrícola": sólida organización jerárquica con agrupamiento alrededor de la autoridad paterna, respeto por los mayores, mayor presencia de la madre, un período más prolongado de permanencia de los hijos en el hogar, etc.

Hoy día, las familias de las sociedades post-industriales modernas, sumidas en la magnitud de la crisis cultural que hemos descripto, se ven desbordadas también, como la cultura toda, por el ahondamiento y la celeridad de los cambios.

Ejemplo de los mismos son: la aglomeración en los grandes centros urbanos, la migración en busca de trabajo de las nuevas familias nucleares con el consiguiente distanciamiento respecto de la familia de origen, la disminución del número de hijos, la proporción cada vez mayor de mujeres que trabajan fuera del hogar dejando los hijos al cuidado de otras personas o instituciones, la laxitud de las tradicionales normas morales, la posibilidad y permisividad del aborto, la generalización del divorcio, la frecuencia de segundas nupcias y la convivencia de los hijos de uno y otro de los nuevos cónyuges, etc. Un dato ilustrativo, de la década de los 80, nos señala que las familias nucleares con un padre, una madre y usualmente dos hijos --llamadas "familia tipo"-- llega a ser solamente el 7% de las familias de Estados Unidos (Naisbitt, 1982).

Todos estos cambios y las crisis consiguientes, han contribuido a modificar cada vez más la constitución tradicional de la familia y ésta, a su vez, en un círculo de retroalimentación positiva, incide en la profundización, cada vez mayor, de la crisis socio-cultural.

En la familia, lo mismo que en el ámbito cultural, la imposibilidad de adaptación al cambio induce la tendencia igualitaria que promueve la homogeinización de las jerarquías de sus miembros. Ya no se da el predominio de la autoridad del padre con la misma fuerza que en otras épocas; cada vez es menos común que éste sea el principal o único sostén económico del núcleo familiar, y que la madre sea quien se ocupa preferentemente de la atención del hogar y de los hijos. Además, el peso cada vez mayor de las instituciones de enseñanza ha ido relevando a la familia de la función educadora.

Es posible pensar que el debilitamiento de la estructura y de los lazos libidinosos familiares promueve un movimiento "regresivo" de aquella evolución descripta por Freud. Las mociones pulsionales inhibidas se retrotraen a su condición primaria y se reactualizan los sentimientos pasionales --descarga directa, homosexualidad, celos, etc.-- que, coartados en su fin, estructuraban originariamente la familia.

Así, el celo, que originariamente tenía el sentido de cuidado y fidelidad (representante de la permanencia en una comunidad de propósitos), y que redundaba en beneficio del sujeto, del objeto y del ámbito en el que ambos se integraban, es reemplazado por los celos. Estos, manifiestamente se expresan como temor al abandono, pero en esa manifestación ocultan la convicción inconciente de una íntima debilidad que haría justificado el abandono temido. Quien sufre de celos y teme ser víctima de la indiferencia y el engaño, siente paralelamente que cuando intenta retener al objeto es él quien engaña o "estafa", ya que, en realidad, se estima indigno del amor que reclama.

Hoy, los celos, aparentemente, son menos intensos que en el pasado. Sin embargo se encuentran ocultos tras la dificultad, cada vez mayor, para constituir parejas estables y también, paradójicamente, en la constitución de parejas que, tras una aparente unidad, encubren la cualidad simbiótica del vínculo. En este último caso la unidad mantenida a ultranza pretende encubrir el temor al abandono que asienta en el sentimiento de debilidad.

La simbiosis, entonces, es el intento de encontrar en la "unidad de pareja" la satisfacción de una necesidad primaria de inclusión y pertenencia que los vínculos familiares dejaron insatisfecha en la infancia. Sin embargo, sustentada en el "engaño" o la "estafa", esta unión incrementa el clima de temor y la sensación de debilidad; el individuo se aferra a la simbiosis, pero al mismo tiempo no se siente genuinamente unido, incluido, perteneciente.

Así, en un círculo de retroalimentación positiva, los individuos que se reúnen para formar las nuevas familias, se disponen a ello desde su propia carencia, sobre la base de un interés individualista de fortalecimiento. Al mismo tiempo, una familia así constituida contribuye a la génesis de individuos que se sienten íntimamente endebles, que buscan su fortaleza en la lucha por la adquisición de bienes materiales, en éxitos superficiales, y en prestigios vanos.

Un segundo aspecto de la regresión vinculada al debilitamiento de los lazos familiares puede observarse en el ámbito de las relaciones sexuales (hétero y homosexuales). Freud (1916-17, pág. 394) señalaba que cuando la represión se impone sobre la sexualidad "...la aspiración sexual sofocada se abre en los síntomas", pero si en cambio diésemos el triunfo a la sensualidad, sería la moral desestimada la que, arrojada a un lado, se expresaría en manifestaciones sintomáticas.

Creemos que estas proféticas palabras de Freud se cumplen en nuestros días: la "libertad" sexual actual no es el producto de una elaboración adecuada, es más bien el reverso del mismo conflicto que en otra época condujo a la represión patológica. Así, el ámbito familiar se ve inundado de un clima egoísta y posesivo que conduce a la sexualidad sin ternura, a la promiscuidad, a las pseudolibertades, a la guerra de los sexos que niega la diferencia de roles.

Los movimientos en defensa de la homosexualidad, por su parte, apelan al derecho de la "libre elección", mientras se reafirman en un consenso que, como hemos dicho, exalta reactivamente la tolerancia como alternativa ante la crisis de valores.

Decíamos en otra oportunidad (Chiozza y Wainer, 1974a), que la homosexualidad era uno de los posibles desenlaces del narcisismo, mientras que el otro era el incesto, expresión de un narcisismo "más precoz e indiferenciado" (Pág. 81). Señalábamos, en el mismo sentido, que "mientras que en la relación homosexual la elección de objeto depende de los caracteres sexuales primarios y secundarios que determinan la identidad sexual, en el caso del incesto la elección depende de aquellas características del objeto que configuran la identidad familiar. Esta identidad 'endogámica', que queda representada en el lenguaje por la expresión 'consanguineidad' (la voz de la sangre), constituye, en lenguaje figurado, una relación homo-sanguínea" (Pág. 75).

La elección realizada en el círculo estrecho de los objetos consanguíneos es "más narcisista" que la elección en la que se privilegia la semejanza sexual. Sin embargo, en el ejercicio de una homosexualidad promiscua, detrás de una aparente huida de lo familiar, endogámico, se evidencia, otra vez, una excitación en cierto punto indiferenciada, cercana a su condición más primaria o precoz. El narcisismo vuelve por sus fueros y se delata en la escasa importancia que alcanza el objeto, de modo que es posible relacionarse indiscriminadamente "con cualquiera" porque en realidad no interesa ninguno.

Otro fenómeno asociado a expresiones homosexuales es el trasvestismo, donde aparece, con más claridad aún, una tendencia regresiva muy primaria, expresada en este caso en una fantasía "hermafrodita" (Chiozza, 1967a; 1978i) que precede, como aspiración narcisista, a la homosexualidad misma y al incesto.

Como corolario de lo dicho acerca de la familia, podemos concluir que ésta, como grupo originario de pertenencia, posibilita el pleno desarrollo de las cualidades humanas y es el vehículo inicial e imprescindible para la transmisión de pautas de cultura, fines y valores. Por el contrario, el aflojamiento de los lazos familiares destruye el sustento mismo de la familia, la familiaridad; es decir, facilita la sensación de extrañamiento, de exclusión y de carencia de un ámbito para la convivencia y la participación, carencia que hemos llamado sentimiento de impertinencia.

En otras palabras, la crisis cultural en la que estamos inmersos, y en particular la crisis de la familia, constituyen el contexto propicio para el desarrollo de un conflicto de singular significatividad en relación a la pertenencia.

 

El Sida

La identidad y la pertenencia: la disposición para enfermar de SIDA

a) El punto de fijación

A modo de descripción elemental, podríamos decir que el conflicto básico con la pertenencia surge cuando un sujeto, constituido como resultado de la identificación con las cualidades paternas y maternas, al mismo tiempo, pretende no reconocer la similitud que existe entre él y sus padres. Es decir, el hijo que a través de un proceso inconciente ha adoptado la identidad recibida hereditariamente, pretende no asemejarse a los padres que le dieron origen.

Frente a esta vivencia es dable pensar en una fijación temprana, fijación que supone la dificultad -o imposibilidad- de aceptar la inclusión en una familia, o, en otros términos, de aceptar la pertenencia.

Esta perturbación en el sentimiento genuino de pertenencia es, desde otro punto de vista, una lesión en el sentimiento de sí o amor propio. Dicho de otro modo, el individuo, en la medida en que se ha constituido como tal y adopta su pertenencia, "se ama a sí mismo", y en la medida que no ha logrado constituirse y aceptar su pertenencia, configura un ideal desde el cual se rechaza a sí mismo y, en este sentido, "no se ama".

Si vemos este conflicto con más detalle, desde la metapsicología y la teoría de la identificación, cabe describirlo de la siguiente manera. Ante la imposibilidad de materializar una adecuada identificación primaria en lo que se refiere a la pertenencia, este aspecto no logrado ni duelado es disociado y pasa a formar parte del ideal del yo (o del yo ideal). Se constituye de este modo, como objeto interno, una "familia" ideal a la cual no se pertenece y se aspira pertenecer. En otras palabras, se configura un ideal de pertenecer a un objeto (familia) ideal a los efectos de la pertenencia (abreviadamente, hablamos de ideal de pertenencia para referirnos al ideal a los efectos de la pertenencia). Esta aspiración de pertenecer halla su fundamento en la creencia de que la pertenencia a esa "familia" ideal reparará la falla en la identidad.

Cuando hablamos de pertenencia solemos hacerlo en sentido amplio, incluyendo ámbitos tales como la especie, la raza, el sexo, la familia, grupos étnicos o sociales, etc. En esta parte del trabajo nos referimos de un modo particular a la pertenencia familiar, pertenencia que puede y suele ser desplazada sobre otros conjuntos. De modo que en este contexto, cuando usamos la palabra "familia" entre comillas es para hacer referencia a la pertenencia familiar, sea cual sea el conjunto sobre el que se transfiere este significado.

Dado que el sujeto, como dijimos, tiene una falla en la constitución de su identidad, no se siente merecedor de esta pertenencia, de manera que en este caso este objeto interno que denominamos "familia" ideal tiene como característica precisamente no aceptar al sujeto. Es decir que dicha "familia" ideal se comporta también como un objeto interno al que podríamos denominar "familia" rechazante.

En condiciones ideales, esta disociación no debería ocurrir pero en mayor o menor grado siempre ocurre. En condiciones normales, la pertenencia está determinada por la identidad alcanzada; un mayor grado de materialización en la constitución de la identidad determinará una pertenencia más lograda y, por eso mismo, un ideal de pertenencia "más cercano".

Un déficit significativo en la capacidad de materialización de la identidad determinará, entonces, un mayor grado de disociación y, por lo tanto, el sentimiento de una identidad deficitaria (en relación al ideal); a esto corresponderá una pertenencia sentida también como deficitaria.

Para resolver la situación melancólica asociada al sentimiento de una identidad deficitaria, debería apelarse a un aumento en la capacidad de materialización o al duelo de los aspectos no materializados.

Cuando la pertenencia lograda es insuficiente, da lugar a un sentimiento de pertenencia que es conflictivo.

Frente a la imposibilidad de sentirse perteneciente a la "familia" que valora, el sujeto se siente "un descastado", "un paria", "un hijo de nadie". Es decir que, ahora, pasa a pertenecer a una "familia" que él rechaza, la de los parias o descastados, aunque, como veremos enseguida, no se trata en realidad de una "familia".

De este modo, cuando en un sujeto se configura el objeto interno que hemos llamado "familia" rechazante, a la que aspira pertenecer, se constituye también otro objeto interno, la "familia" rechazada, a la que verdaderamente se siente perteneciendo pero a la que no desea pertenecer.

Hacer de "los parias" una "familia" a la que se pertenece, constituye una paradoja a los fines de un encubrimiento defensivo, ya que el grupo o "familia" "los parias" se define precisamente por no ser una "familia". El sujeto, reactivamente, pretende hacer una pertenencia de su no pertenencia. La paradoja se evidencia en toda su magnitud si la ejemplificamos a través de la teoría de los conjuntos. En efecto, no es concebible que los elementos que no pertenecen a ningún conjunto se los defina como constituyendo el conjunto de los no pertenecientes a ningún conjunto.

Consideramos que el conflicto que señalamos y la consecuente "falla" en la constitución de la identidad, en los aspectos atinentes a la pertenencia familiar, constituye la pre-condición para enfermar de SIDA.

Esta "falla", como vimos, supone un punto de fijación en el desarrollo tánato-libidinoso y determina un conflicto en el sentimiento de pertenencia. A partir de aquí el sujeto nunca podrá sentirse "bien" y "siendo parte" de algo al mismo tiempo.

Por otra parte, esta fijación es universal y tiene distintos grados de intensidad.

b) Las vivencias infantiles: triángulo edípico y sentimiento de pertenencia

Este punto de fijación puede verse reforzado por un conjunto de vivencias infantiles que forman parte del complejo de Edipo, uno de cuyos núcleos de significación gira en torno del sentimiento de exclusión y de los celos.

No creemos posible inventariar las circunstancias vitales de la infancia que conducen a reforzar el punto de fijación al que nos referimos. Sólo podemos describir algunas situaciones en las que, en procura de evitar el sentimiento de exclusión, se incrementa el conflicto vinculado al sentimiento de pertenencia.

Puede ocurrir, por ejemplo, que el hijo, a partir de la frustración de impulsos edípicos particularmente intensos, fantasee a sus padres unidos con la misma intensidad con que él desearía estar unido. Si sus mociones edípicas, frustradas, se intensifican, el niño se "enceguece" y no puede darse cuenta que, en verdad, no necesita la unión tal cual él la desea y que sus padres no forman un bloque tan impenetrable como él cree. La inclusión que verdaderamente necesita, quizás sería posible. Sin embargo, desde su anhelo insatisfecho, esta inclusión posible es fantaseada como absolutamente insuficiente y, por lo tanto, la rechaza.

Suele ocurrir entonces que la conducta hostil, celosa y paranoide del niño, promueve reacciones hostiles de sus padres. El niño confirma, entonces, "sus" motivos para sentirse excluido, y puede continuar ocultándose a sí mismo el motivo latente, más penoso: la cualidad, inviable, de sus deseos.

Otra circunstancia, en cierto modo inversa, pero que conduce a los mismos resultados, es aquella en la que los padres procuran, por todos los medios, evitar su propio sentimiento de exclusión. Establecen, entonces, entre sí, una alianza destinada a la exclusión del hijo, de modo que éste se siente rechazado, como si fuera un extraño.

En la situación que estamos describiendo, la intensa unión de los padres no corresponde a un amor genuino, genital, sino que más bien es el producto reactivo de cada uno de ellos que, sintiéndose débiles y temiendo la exclusión, desde una posición simbiótica, se solidarizan entre sí poniendo la exclusión en el hijo. Se trata de un pacto inconciente en el que concuerdan en que el que "quede afuera" sea siempre el hijo, para garantizarse que cada uno de ellos no será nunca el excluido. De este modo ni el padre ni la madre toleran que el otro progenitor se alíe en ningún momento con el hijo.

Puede ocurrir que el hijo, en este caso, tome una participación activa en el conflicto, tratando de evitar cualquier alianza con uno de los progenitores porque, a su vez, ha elegido el camino de desconocer la inclusión y la pertenencia, para no sufrir nunca el sentimiento insoportable de exclusión. Es como si el niño, también reactivamente, dijera "yo no pertenezco a esta familia, mi lugar está en otra parte y por lo tanto los rechazo".

Es posible que en otros casos el temor exacerbado a la exclusión, compartido por los padres y el hijo, se tramite de una manera diferente; por ejemplo, una familia en la que no se establezca ningún tipo de alianza, como forma de negar la existencia misma del triángulo y así negar también la posibilidad de la exclusión.

En cualquiera de estos casos, o en otros de significación semejante, estas vivencias infantiles refuerzan, como dijimos, el sentimiento de imposibilidad de incluirse y pertenecer, sentimiento que toma la significación de ser un hijo no reconocido, no adoptado, un paria, un hijo de nadie.

Estas vivencias infantiles, y el punto de fijación que antes señalamos, determinan, como la segunda y la primera condición, la disposición para enfermar de SIDA, y constituyen una serie complementaria. Así, en lo sucesivo, frente a una frustración actual, el sujeto emprenderá una regresión al punto de fijación descripto o, mejor dicho, actualizará un modo de funcionamiento psíquico correspondiente a una fase anterior del desarrollo. De este modo vivenciará una situación de frustración, por ejemplo genital, como una frustración en sus aspiraciones de pertenencia. El sujeto se siente expuesto al sentimiento penoso de no pertenencia.

Como vimos, el objeto interno ideal, la "familia" rechazante, es proyectado sobre objetos externos presentes. Lograr la pertenencia a aquellos grupos o instituciones sobre los que se ha proyectado la "familia" rechazante constituye la meta inconciente de la vida del sujeto predispuesto a contraer SIDA.

Variantes defensivas frente al sentimiento de no pertenencia

Cuando el conflicto o el fracaso en la pertenencia alcanza suficiente importancia, se puede recurrir a tres actitudes posibles, generalmente alternantes, aunque alguna de ellas puede alcanzar preponderancia de acuerdo al carácter del sujeto.

En la actitud melancólica el sujeto siente que no merece pertenecer, y que por eso lo rechazan. No obstante, no renuncia a la aspiración de pertenecer al grupo sobre el que ha proyectado la "familia" valorada y rechazante, y si de alguna manera percibe signos que le indican que logra la pertenencia anhelada, ingresa en una situación paradojal, que en la penumbra de su conciencia siente de un modo que, expresado en palabras, podría traducirse en esta frase: Si yo, que por mi identidad deficitaria no merezco pertenecer a la "familia" rechazante, he logrado pertenecer -real y efectivamente- a este grupo, entonces este grupo, a diferencia de lo que siempre creí, no es la "familia" ideal.

Cuando asume una actitud paranoica el sujeto siente que merecería pertenecer, pero que lo rechazan. A partir de esta idea procurará demostrar que no es él quien se encuentra en conflicto con la pertenencia, sino que por el contrario, es la víctima de un rechazo o discriminación inmerecido e incomprensible, justificando así su sentimiento de ser un descastado. Intentará demostrar esta injusticia aparentando buscar la aprobación de un grupo -una nueva "familia"- que lo acepte y lo incluya. Pero inconcientemente busca, sin embargo, que los hechos le confirmen que es rechazado y así demostrar que él no es el responsable de la descalificación a la que se ve sometido. En este caso, la intención inconciente no es ser incluido, sino demostrar que tiene razón en sentirse excluido con arbitrariedad. También por este camino la salida es imposible.

Desde esta actitud paranoica, si el sujeto se encontrara en la circunstancia de estar a punto de conseguir que lo acepten y lo incluyan, conseguirá demostrar que la inclusión es sólo aparente y que "en realidad" lo descalifican. Se siente víctima de una discriminación, pero al mismo tiempo, sin darse cuenta, hace todo lo posible para lograrla. De este modo confirma que no es adoptado y mantiene reprimido su repudio activo a la pertenencia y su sentimiento de no merecerla.

La actitud maníaca conduce a que el sujeto rechace activamente a la "familia" a la que aspira pertenecer (familia, grupos sociales, instituciones, etc.) considerándola no merecedora de compartir con él una pertenencia. Por el contrario el sujeto aparenta sobrevalorar al grupo al que se siente perteneciendo, grupo al que en el fondo desprecia profundamente, y que no constituye, como vimos antes, una verdadera "familia".

En síntesis, en todos estos casos el sujeto, si bien parece encaminarse hacia el logro de la pertenencia ideal, debido a que ha hecho del rechazo (activo o pasivo) el argumento de su vida, fracasa una y otra vez. Las modalidades descriptas desembocan, más tarde o más temprano, en la pérdida de la esperanza de alcanzar la identidad y la pertenencia ideales, de manera que se encuentra nuevamente frente a la necesidad de, o bien hacer un duelo, o bien materializar nuevos aspectos del ideal de identidad (crecimiento yoico). Dado que ha vuelto al punto inicial, esto equivale a un fracaso en la defensa. Este fracaso en la defensa expone a la conciencia el conflicto con la pertenencia; es decir, el sentimiento de no pertenecer a lo que se aspira o, visto desde otro lado, el sentimiento de pertenecer a algo que no se valora. Se trata de un único sentimiento que posee, por así decir, dos caras, y al que hemos llamado sentimiento de impertinencia.

Significado de la fisiología y la patología de los linfocitos T4. La clave de inervación del sentimiento de pertenencia

Así como existen distintos niveles de identidad (individual, de especie, de sexo, de familia, etc.), existen distintos niveles de discriminación entre lo propio y lo ajeno. Desde este punto de vista, pertenecer a una "familia" es compartir con sus miembros una particular discriminación entre lo propio y lo ajeno en un nivel familiar.

Este modo de pensar coincide con las representaciones que nos brinda la fisiología. Para la fisiología, el sistema inmunitario, encargado de discriminar lo propio de lo ajeno, posee también distintos niveles de discriminación, por ejemplo la inmunidad celular y la humoral.

Los linfocitos T4, como vimos, se encargan de regular la respuesta inmunitaria en relación -preponderantemente- con la inmunidad celular. Para ejercer su función y determinar qué tolerar y qué rechazar establecen comparaciones basándose en la molécula de HLA.

En un trabajo anterior (Chiozza y colabs. 1992f), decíamos que el HLA es el "distintivo" no sólo de lo propio, sino también de la identidad familiar y de linaje, dado que a través de él es posible recorrer un filum o líneas ascendentes que certifican su estirpe. Ahora podemos ampliar aquellas ideas con los desarrollos de este trabajo. El HLA se presta adecuadamente para simbolizar la materialización de una pertenencia familiar ya lograda, mientras que la función del linfocito T4, al ejercer las comparaciones con el HLA que posibilitan discriminar lo familiar de lo extraño, significaría el cuidado que mantiene esa pertenencia.

Esta idea permitiría sostener que la función T4 forma parte de la clave de inervación del sentimiento de pertenencia y que, dada su importancia, puede arrogarse la representación de la clave en su conjunto.

En este sentido, la función T4 normal, que se utiliza en forma constante para discriminar entre lo familiar y lo extraño, expresa la actitud de consolidar o, mejor dicho, mantener el sentimiento normal de pertenencia en el transcurso del vivir.

Por su parte, un aumento del número -- o de la función -- de los linfocitos T4 dentro de los límites fisiológicos formaría parte de la clave de inervación de la actitud de afirmar una pertenencia. Por tratarse de un incremento funcional fisiológico, la clave de inervación permanece estructurada y la actitud de afirmar la pertenencia es conciente. Sin embargo, cuando ha sido necesario tomar esta actitud es porque la pertenencia está en conflicto, de manera que desde otro ángulo se trata también de la disposición inconciente al sentimiento de no pertenencia, o impertinencia, que puede llegar a evitarse mediante una actitud maníaca.

En cambio, también dentro de límites fisiológicos, una pequeña disminución del número o la función de los linfocitos T4 forma parte de la clave de inervación del "sentimiento de no pertenencia" normal y conciente. Aún dentro de lo normal, la disminución de la capacidad de discriminar corresponde a una actitud de tinte melancólico.

Dado el punto de fijación y las vivencias infantiles descriptas, si alguna circunstancia vital conduce al sujeto a perder las esperanzas de alcanzar la pertenencia, la discriminación ya no tiene razón de ser. Cuando esto ocurre y el sujeto no puede soportar en su conciencia el sentimiento de no pertenencia, o impertinencia, la deformación defensiva en la clave de este sentimiento alcanza expresión en la hipofunción linfocitaria T4 por debajo de los niveles fisiológicos. En este caso, la conciencia no registrará el afecto sino una alteración física, una afección, que simbólicamente representa, y defensivamente oculta, el conflicto en el sentimiento de impertinencia.

Dicho de otro modo, una depleción de la función y/o del número de linfocitos T4 como la señalada, corresponde a la desestructuración patosomática del sentimiento de impertinencia que, de ser conciente, sería intolerable. El sentimiento de impertinencia resulta intolerable en la conciencia cuando se acompaña de la desmoralización y la pérdida de la esperanza de alcanzar la pertenencia, que lleva implícita: 1) la actitud de desistir de la tarea de discriminar lo familiar de lo extraño, a fin de anular toda pertenencia, y 2) una identificación melancólica con la "familia" rechazada. Tras esta identificación se oculta también la fantasía de atacar la pertenencia, "entregándola" a los organismos extraños.

Estas vivencias transcurren en un gradiente de diversas intensidades, pudiendo mantenerse estabilizadas o incrementarse progresivamente. En efecto, la depleción de los linfocitos T4, símbolo de estas vivencias, admite distintos grados, pudiendo de acuerdo a ello manifestarse o no clínicamente hasta alcanzar el desarrollo pleno de una enfermedad: el SIDA.

La pérdida de toda esperanza de alcanzar el ideal puede generar sentimientos de desaliento. Al estudiar el significado de la función respiratoria (Chiozza y colabs. 1990d), concluimos que en el afecto desaliento se condensan significados tales como: 1) el de ser desatendido o excluido del entorno social (lo que suele llamarse un desaire), 2) no recibir apoyo o estímulo, no sentirse "alentado para", y 3) el de estar sometido a un vínculo asfixiante que impide las actividades vitales y la creatividad. La imposibilidad de tolerar en la conciencia el sentimiento de desaliento podría explicar la frecuencia del comienzo respiratorio del SIDA (neumonías típicas y atípicas).

Si la pérdida de la esperanza compromete aspectos narcisistas del ideal (déficit del sentimiento de sí) podría comprenderse la forma de comienzo cancerosa (enfermedad de Kaposi). De acuerdo a investigaciones anteriores (Chiozza, 1967a; Chiozza y colabs., 1978j), las neoformaciones cancerosas pueden ser comprendidas como la descarga de una excitación descontrolada, correspondiente a una regresión narcisista a un período anterior aún a las fijaciones incestuosas. Dicha regresión conlleva la fantasía de un encierro consigo mismo, de un coito primario, hermafrodita, cuya expresión es la reproducción celular anómala propia del cáncer.

Aproximación a la interpretación

de la infección por retrovirus en general

Como vimos, los retrovirus, como el HIV, poseen una enzima denominada transcriptasa reversa que les otorga la capacidad de sintetizar ADN a partir del ARN viral. Dijimos también que hasta el descubrimiento de este tipo de virus la biología sostenía como su "dogma central" que el pasaje de la información contenida en los cromosomas seguía la secuencia unidireccional del ADN al ARN, asegurando de esta forma la preservación de la información genética.

Si como decíamos en un trabajo anterior (Chiozza y colabs., 1992f), el ADN, en tanto portador de la herencia, "... es una representación físico-química de la misma realidad inconciente que podemos representar, desde el psicoanálisis, como ello o, mejor aún, como un yo inconciente primitivo «filogenético»" (Pág. 203), quizás podría pensarse que: en la infección con retrovirus se expresa la intención de un yo actual que, valiéndose de las "capacidades" de los retrovirus, pretende desconocer los mandatos filogenéticos, desestimar la inclusión en un orden jerárquico y rechazar la pertenencia a un árbol genealógico.

Esta idea coincide con las expuestas por los neognósticos de Princeton (Ruyer, 1974) cuando se refieren al sujeto que, en las sociedades modernas, hechizado por nuevas informaciones, reniega de toda tradición y de cualquier patrón constructivo. Este sujeto se libera del padre familiar que constituye el super-yo y se vuelve esclavo del "desmitificador demagogo" que, infectándolo al modo de un virus, "sustituye a sus propios genes, hereditarios y tradicionales, organizadores de su organismo psíquico".

Aproximación al significado específico de la infección por HIV

Es sabido que el ADN de todas y cada una de las células posee toda la información genética del individuo, pero esta información se despliega de acuerdo con el contexto, lo cual permite la diferenciación celular.

El virus del SIDA no destruye el conjunto de la información genética, como ocurriría si atacara el ADN de todas las células del organismo, sino que tiene como blanco preferencial al genoma del linfocito T4 y su ataque se evidencia en el momento en que el linfocito se activa para dar lugar a un clon linfocitario y cumplir su misión específica. Dicha activación, que normalmente daría lugar a una progenie de un millar de células, en el caso de la infección por HIV da lugar a un clon mal desarrollado con apenas una decena de miembros que, a su vez, cuando son activados continúan la replicación viral.

Como vimos, la fisiología de los linfocitos T4 nos hizo suponer que su función adecuada simboliza el cuidado del arraigo en una historia o pasado compartido, que se experimenta como un "estado" o "sentimiento inconciente" de pertenencia. En otras palabras, la función de los linfocitos T4 formaría parte de la clave de inervación del sentimiento de pertenencia.

De acuerdo a estas ideas, cuando el sujeto se contagia con el virus HIV, se sirve de las "capacidades" del virus para expresar su intención de destruir aquella parte del "ADN-yo inconciente primitivo" que porta el mandato heredado de ejercer la función de reconocer lo familiar y discriminarlo de lo extraño, la función de reconocer una "historia compartida", es decir, de reconocer un linaje en el que el sujeto debe incluirse.

El hecho de que el HIV tenga como blanco preferencial los linfocitos T4 cuya función específica es la de una "central de inteligencia", organizadora de la discriminación entre lo familiar y lo extraño, avala la hipótesis de que en el SIDA hay una deficiencia de discriminación o aumento de la tolerancia. Si el blanco fueran los linfocitos T8, por ejemplo, deberíamos decir que la discriminación se realiza pero se inhibe el ataque.

Desde el punto de vista psicoanalítico, si consideramos la infección por HIV como un síntoma, podemos ver en él la transacción que condensa los intereses de las mociones pulsionales y de las defensas yoicas.

El sujeto, desconociendo la historia, desestimando la inclusión en el contexto que llamamos linaje, satisface a la defensa yoica y la simboliza mediante el ataque a la discriminación y el aumento de la tolerancia. Si no hay diferencias, no hay ninguna pertenencia que deba ser añorada, no existe motivo para sufrir el dolor de no pertenecer. Al desconocer las diferencias entre lo familiar y lo extraño, se niega la existencia de un ámbito de pertenencia familiar. La deficiencia de discriminación a nivel inmunitario equivale, entonces, a una forma "orgánica" del rechazo activo a la pertenencia.

Por otra parte, en la incapacidad de discriminar o en la renuncia a dicha capacidad, se expresaría la moción pulsional, la intención inconciente de "integrarse" aunque sea en un marco más amplio, menos discriminado. Desde este punto de vista, primero la promiscuidad, y luego el SIDA, serían intentos regresivos de integrarse y pertenecer. Pero en este intento de "pertenencia" a un marco tan amplio y poco discriminado se pasa por encima de la necesidad de pertenencia a los círculos más estrechos, círculos en los que se manifiesta el conflicto y la imposibilidad de una pertenencia auténtica. Es como si una persona, a través del argumento de que pertenece a la naturaleza en su conjunto, negara, rechazara o repudiara, su pertenencia al género humano.

 

Síntesis

1) En el organismo humano la defensa inmunitaria está a cargo de un sistema, muy complejo y dinámico, compuesto por estructuras fijas (por ejemplo, el timo y los ganglios linfáticos) y por unidades móviles (por ejemplo, los linfocitos y los anticuerpos).

Dentro de las distintas funciones que cumplen las diferentes células del sistema inmunitario, podemos diferenciar, en términos muy esquemáticos, aquellas que se ocupan de atacar y destruir los antígenos extraños, de aquellas que se ocupan de discriminar lo propio y familiar de lo ajeno y extraño para indicar al sistema qué es lo que debe ser atacado y qué lo que debe ser tolerado y defendido. Esta función la ejercen particularmente los linfocitos T4, que además estimulan al resto del sistema a atacar las moléculas extrañas que no deben ser toleradas.

Los linfocitos T4 cumplen su función en estrecha relación con los antígenos HLA, marcadores bioquímicos que, al modo de un distintivo de lo propio, están presentes en todas las células nucleadas del organismo. A través de los antígenos HLA es posible recorrer, por más de una generación, dos líneas genealógicas ascendentes de las que proviene cada individuo. En este sentido, los HLA son marcadores de la pertenencia de un sujeto a su linaje o estirpe.

2) El SIDA es una inmunodeficiencia adquirida que cursa con una disminución del número de linfocitos T4 y con la incapacidad de esos linfocitos para ejercer su función. Se trata de una inmunodeficiencia provocada, de acuerdo con lo que hoy se piensa, por un virus, el HIV, que tiene como blanco preferencial los linfocitos T4. El sistema inmunitario pierde entonces la capacidad de discriminar entre lo familiar y lo extraño y pierde la posibilidad de poner en marcha el ataque defensivo. En otras palabras, el sistema inmunitario aumenta la tolerancia hasta un límite incompatible con la vida del organismo.

3) El psicoanálisis utiliza el término "identidad" para describir el resultado del proceso mediante el cual nos constituimos en diferentes entre nuestros semejantes. Dicho proceso se sustenta en el mecanismo de "identificación", operación en virtud de la cual hacemos propias cualidades de otro tomado como modelo. Una identidad lograda, o bien establecida, será aquella en la que haya una semejanza suficiente entre lo concretado y el modelo referente, y en la que se alcance una adecuada congruencia en la ensambladura de las diferentes cualidades.

4) Mediante las identificaciones primarias, que son características y preponderantes durante el período prenatal, aunque ocurren a lo largo de toda la vida, el sujeto recibe las características hereditarias, las hace propias y las desarrolla. Equivalen a lo que la ciencia médica considera como desarrollo del plan genético.

La identidad de especie es adquirida mediante una identificación primaria que puede ser llamada identificación primordial. El número y la forma de los cromosomas se prestan como símbolo somático de la identidad de especie. La biología distingue las especies, en última instancia, en base a este criterio.

Mediante las identificaciones secundarias el individuo adopta algunas de las distintas características de los objetos con los que se vincula, de modo que a través de ellas se identifica con su entorno familiar y socio-cultural.

Los aspectos adoptados mediante las diferentes modalidades de identificación nos permiten imaginar la identidad como una ensambladura de sucesivos círculos concéntricos. Cuando un sujeto ha logrado constituir su identidad armonizando los diferentes aspectos, se integra de un modo natural en los marcos más amplios a los que pertenece.

5) Tal como ocurre con las identificaciones, las características genéticas se combinan dando lugar a lo que podemos llamar un producto mestizo. Sin embargo, en el ámbito del sistema inmunitario sucede algo semejante a lo que ocurre con los apellidos en nuestra costumbre cultural: si bien el sujeto proviene de cuatro abuelos ( y de ocho bisabuelos, etc.) cada uno con su respectivo apellido, utiliza para su reconocimiento uno, o dos, de estos apellidos.

Los "apellidos" utilizados para el reconocimiento de lo propio y de lo familiar, para diferenciarlo de lo ajeno y de lo extraño, son los HLA; marcadores bioquímicos que actuando como distintivos, siempre se transmiten genéticamente puros (se "mezclan" sin "combinarse"). Constituyen por lo tanto un símbolo del plano de clivaje que permanece como resultado de la unión de las distintas herencias en la descendencia.

La identidad primaria es el resultado de la particular congregación de aquellas cualidades que se han recibido de los padres a través de la herencia, pero esta congregación está representada, desde un punto de vista inmunológico, por una mezcla o apareamiento de dos mitades que pueden volver a separarse.

6) El individuo parece signado por un doble interés: ama su identidad y necesita preservarla y al mismo tiempo siente la necesidad de intercambiar con otros y "mezclarse". El hombre -al igual, quizás, que todos los seres vivos- se debate así en el juego pendular de la intolerancia y la tolerancia.

La tolerancia adecuada es la que permite disolver las diferencias e integrarse con el otro, en función de un bien superior o principal. La intolerancia adecuada permite mantener aquellas diferencias que no deben ser integradas porque destruirían el sentido organizador. La fisiología del sistema inmunitario es, en el terreno de lo corporal, un símbolo privilegiado del proceso que constituye y mantiene el equilibrio entre tolerancia e intolerancia.

Una identidad bien establecida es condición necesaria para el ejercicio adecuado de la tolerancia y la intolerancia.

7) Toda identidad supone una inclusión en una "clase", esto es una pertenencia.

La pertenencia, al igual que la identidad, puede figurarse en sucesivos círculos concéntricos: cada sujeto, dados los núcleos invariantes de su identidad, pertenecerá ineludiblemente a determinada raza, determinado linaje, determinada familia (pertenencia primaria). Pero también, por sus cualidades secundarias, variables, o no esenciales, se inscribe y pertenece, a lo largo de su vida, a distintos círculos de su ámbito socio cultural (pertenencia secundaria).

Una identidad bien establecida condiciona que un sujeto pueda vivir con "su propio estilo", y que, al mismo tiempo, experimente el natural amor propio de pertenecer a una familia, un linaje, un pueblo, una raza, una especie, etc.

8) Cuando el pertenecer se integra naturalmente como un modo de ser y no necesita ser conciente, configura un "estado de pertenencia", inconciente, que determina el modo natural de ser y de actuar de un sujeto. Es, entonces, una pertenencia sustantiva.

Cuando el sujeto, en cambio, toma conciencia de su pertenencia y la experimenta como una cualidad o un atributo que lo define, se trata de una pertenencia cualitativa, adjetiva.

9) Tanto el sentimiento conciente de pertenencia como el de no pertenencia (impertinencia) remiten, en última instancia, al fracaso de la acción eficaz de pertenecer, es decir, indican un déficit en la pertenencia, ya que, cuando el sentimiento de pertenencia emerge en la conciencia, como, por ejemplo, cuando la pertenencia se proclama, nos encontramos con una frustración, con un fracaso, aunque sea parcial, del pertenecer, fracaso que disminuye el estado genuino de pertenencia.

Cuando un sujeto, en virtud de sus conflictos, no puede reconocer su propia pertenencia, se experimenta a sí mismo como un impertinente, es decir, como alguien que está fuera de lugar o que no pertenece al entorno. En la medida en que pertenecer significa insertarse en una convivencia pasada y en una historia en común, al hablar de un sentimiento de impertinencia se alude al dolor específico de quien siente la penosa vivencia de carecer de un ámbito de convivencia y participación. La impertinencia, entonces, que habitualmente reconocemos como actitud, lleva implícita el afecto.

10) La familia es el círculo social y cultural primario en que se inserta cada ser humano desde el momento en que nace. Desde allí, el individuo, como la familia misma, se incluye en la cultura, ese conjunto de mores, costumbres o hábitos, que conforma el ámbito en donde se despliegan las cualidades individuales recibidas por herencia.

La familia y la cultura de nuestros días atraviesan una profunda crisis de valores, de modo que los seres humanos, en mayor o en menor medida, nos encontramos frente a la incongruencia de los valores y las tradiciones que nos constituyen con las múltiples y polifacéticas propuestas de nuestro entorno socio-cultural. Saturados de informaciones diversas y en un mundo sin valores consolidados o estables, estamos expuestos permanentemente al peligro de perder el rumbo de nuestra propia identidad, enajenándonos de todo aquello a lo que pertenecemos auténticamente. De una manera similar, pero inversa, generamos, desde nuestra crisis de identidad, una familia y una cultura en crisis que, a la vez, como vimos, dificulta en cada uno la posibilidad de lograr la pertenencia.

11) El conflicto en relación con la pertenencia supone una fijación temprana, consistente en la dificultad -o imposibilidad- de aceptar la propia pertenencia. Se trata de una fijación universal, que todos, con distintos grados de intensidad, compartimos.

En términos metapsicológicos esta fijación implica que: la imposibilidad de materializar una adecuada identidad en lo que se refiere a la pertenencia, genera un aspecto no logrado ni duelado, que es disociado y pasa a formar parte del ideal del yo (o del yo ideal), es decir, se constituye un objeto interno, una "familia" (o grupo) que configura un ideal de pertenencia (dado que el sujeto se siente impertinente a ese ideal al cual aspira pertenecer).

La "falla" o disociación en la constitución de la identidad que configura, de manera universal el ideal de pertenencia, condiciona también, en mayor o en menor grado, que el sujeto no se sienta merecedor de la pertenencia ideal a la que aspira. De modo que el objeto interno que denominamos "familia" (o grupo) ideal adquiere la característica de no aceptar al sujeto. Es decir que el objeto interno que denominamos "familia" ideal es, al mismo tiempo, una "familia" rechazante.

El sujeto que no puede sentirse perteneciente a la "familia" que valora, se siente entonces "un descastado", "un paria", "un hijo de nadie". Luego, defensivamente, se siente "perteneciendo" a una pseudofamilia, la "familia" de los parias, una "familia" rechazada por él y por la "familia" que valora.

12) El punto de fijación que describimos puede verse reforzado por un conjunto de vivencias infantiles que van agregando sucesivas capas de significancia a la estratificación del conflicto, como sucede, por ejemplo, con las que corresponden al complejo de Edipo, uno de cuyos núcleos de significación gira en torno del sentimiento de exclusión y de los celos.

La fantasía configurada como imposibilidad de incluirse y pertenecer, se constituye así en un núcleo que, como sentimiento inconciente de impertinencia, crece por aposición de las vivencias asociadas en la infancia (y en la vida adulta), reforzando el sentimiento de ser un hijo no reconocido, no adoptado, un paria, un hijo de nadie.

13) El punto de fijación y las vivencias infantiles que señalamos son los dos factores que constituyen la disposición para enfermar de SIDA, disposición que adquiere la forma de un sentimiento inconciente de impertinencia.

En la medida en que, a partir de la disposición, este conflicto alcanza relevancia mediante la intervención de los factores de la circunstancia actual, el objeto "interno" ideal, la "familia" ideal y rechazante, es proyectado sobre objetos "externos" de la realidad presente.

Podemos decir entonces que el sujeto predispuesto a contraer SIDA lleva dentro de sí una meta inconciente: debe lograr pertenecer a aquellos grupos o instituciones sobre los que ha proyectado su "familia" rechazante.

Por este motivo, y en estas circunstancias, una frustración actual de índole laboral o erótica, por ejemplo, puede ser vivida como una frustración en las aspiraciones de pertenencia y contribuir a intensificar el sentimiento de impertinencia.

14) Para mantener oculto el sentimiento de impertinencia el sujeto suele recurrir a tres tipos distintos de actitudes:

En la actitud melancólica, caracterizada por el reproche, el sujeto, dice extorsivamente que no merece la pertenencia y aparenta luchar para merecerla; pero si se siente próximo a lograrla, consigue mantener su posición de queja y de reproche alegando que no se trata, entonces, de la "familia" ideal.

En la actitud paranoide, caracterizada por la permanencia del reclamo y el enojo, el sujeto sostiene que merece pertenecer y lo rechazan. Aparentará entonces buscar la aprobación de una "familia" que lo acepte y que lo incluya, pero intentará, inconcientemente, lograr que lo rechacen, para poder mantener, de este modo, su posición de acusador, que oculta la vivencia contraria, reprimida. En este sentido, llama la atención que al rechazo experimentado se lo llame justamente discriminación.

En la actitud maníaca, caracterizada por la permanencia del rechazo, el sujeto sostiene que la "familia" no merece que él se incluya en ella. Aparentará entonces sobrevalorar y buscar la pertenencia a la pseudo "familia" de los descastados, porque, aunque desprecia profundamente, y de manera oculta, a los que comparten su propio "destino", intenta mantener la posición del triunfador que ha superado el conflicto.

En las tres actitudes señaladas el sujeto que aparenta encaminarse hacia el logro de la pertenencia ideal parece fracasar una y otra vez, porque ha hecho del rechazo (activo o pasivo) el argumento secreto de su vida.

15) El sistema inmunitario reconoce y ataca las moléculas extrañas a través de diversos mecanismos. Uno de ellos, muy refinado, es el que ejercen los linfocitos T4, los encargados de determinar qué tolerar y qué rechazar estableciendo comparaciones con la molécula de HLA.

El HLA es una marca indeleble que certifica que uno es hijo de tal hombre y de tal mujer. Testimonia la identidad familiar y de linaje, de modo que se presta adecuadamente para simbolizar la materialización de una pertenencia familiar ya lograda. El linfocito T4 ejerce las comparaciones con el HLA que posibilitan discriminar lo familiar de lo extraño. Su función es, entonces, cuidar y mantener esa pertenencia.

Podemos decir entonces que la función de los linfocitos T4 debe formar parte de la clave de inervación del sentimiento de pertenencia, de modo que un aumento en el número o la función de los linfocitos T4, dentro de límites fisiológicos, formaría parte de la clave de inervación de la actitud de afirmar una pertenencia y que una disminución de la función o el número de los linfocitos T4, formaría parte de la clave de inervación del sentimiento de impertinencia normal y conciente.

16) Tanto la actitud conciente de afirmar la pertenencia como el sentimiento conciente de impertinencia, son indicadores de un conflicto en relación con la pertenencia, y revelan la disposición inconciente a un sentimiento de impertinencia. La conciencia del sentimiento de impertinencia se hace insoportable cuando un sujeto con tal disposición inconciente pierde toda esperanza de alcanzar la pertenencia. En este caso, la deformación defensiva en la clave de inervación del sentimiento de impertinencia inconciente alcanza expresión, como descarga patosomática de la investidura, en la hipofunción linfocitaria T4 por debajo de los niveles fisiológicos.

La descomposición patosomática del afecto supone que la conciencia ya no registrará el afecto sino una alteración física, una afección, que al mismo tiempo, representa y oculta el "sentimiento de impertinencia inconciente".

El sentimiento de impertinencia resulta intolerable en la conciencia cuando se acompaña de la desmoralización y la pérdida de la esperanza de alcanzar la pertenencia.

17) La pérdida de la esperanza de alcanzar la pertenencia conduce entonces a desistir de la tarea de discriminar lo familiar de lo extraño, a fin de anular toda pertenencia, y de "aceptar", melancólicamente, la "pertenencia" a la "familia" rechazada, la pseudofamilia de los descastados, de los parias, de los hijos de nadie. Se satisface también de este modo un ataque a la pertenencia entregándola a los microorganismos.

Las vivencias mencionadas transcurren en un gradiente de diversas intensidades, pudiendo mantenerse estabilizadas o incrementarse progresivamente. Del mismo modo, la depleción de los linfocitos T4, como expresión patosomática que es símbolo de estas vivencias, admite distintos grados, pudiendo de acuerdo a ello manifestarse o no clínicamente, hasta alcanzar el desarrollo pleno de una enfermedad: el SIDA.

18) El blanco preferencial del retrovirus HIV es el genoma del linfocito T4, y el ataque se evidencia en el momento en que el linfocito se activa para cumplir su misión específica. Es decir, la infección por HIV impide cumplir con el mandato heredado de ejercer la función de reconocer lo familiar y discriminarlo de lo extraño.

Desde el punto de vista psicoanalítico, la infección por HIV puede ser comprendida como expresión de la intención de un yo que, valiéndose de las "capacidades" de los retrovirus, pretende desconocer los mandatos filogenéticos de incluirse en un orden jerárquico y de pertenecer a un árbol genealógico.

La "alianza" del sujeto con el virus es, como todo síntoma, una transacción que satisface las defensas yoicas y las mociones pulsionales reprimidas.

Como defensa, se destruye la capacidad de discriminar, es decir, aumenta la tolerancia más allá de lo saludable. Si no hay diferencias entre lo familiar y lo extraño, no hay ningún ámbito de pertenencia y no existe motivo para sufrir el dolor de no pertenecer. La deficiencia de discriminación a nivel inmunitario equivale, entonces, a una forma "orgánica" del rechazo activo a la pertenencia.

La moción pulsional, o sea, el deseo de pertenecer, se manifiesta también en el aumento de la tolerancia como expresión de la intención inconciente de "integrarse", aunque sea en un marco más amplio. En este sentido, la promiscuidad (exceso de tolerancia en la conducta) y el SIDA (exceso "orgánico" de la tolerancia) son intentos regresivos de integrarse y pertenecer. Sin embargo, el deseo de "pertenencia" a un marco tan amplio y poco discriminado oculta la necesidad insatisfecha de pertenencia a los círculos más estrechos, círculos en los que se manifiesta el conflicto y la imposibilidad de una pertenencia auténtica. Es como si una persona, argumentando que pertenece a la naturaleza en su conjunto, negara, rechazara o repudiara, su pertenencia al género humano.

 

Casos clínicos

Ernesto

Ernesto viene a vernos porque tiene SIDA y necesita que lo ayuden. "Sabe" que va a morirse y desearía disfrutar lo más posible lo mucho o poco que le quede de vida; pero no puede. "Sabe" que va a morirse, pero no sabe "cuándo"; hasta que el momento llegue tiene que seguir viviendo y no sabe "cómo"; se siente un muerto en vida. Está muy deprimido.

Todo comenzó en noviembre, el 16 de noviembre del '90, cuando lo llamaron para decirle que había que repetir el análisis. Un mes antes había enfermado de bronquitis, con mucha fiebre; el médico diagnosticó una neumonía y sugirió hacer un análisis para descartar una infección con el virus de SIDA, el HIV. Y aunque se dijo a sí mismo, una y mil veces, que era un "análisis de rutina", un mal presentimiento se le metió en el alma; por eso cuando le dijeron que "los frascos se habían roto" tuvo la convicción de que ahora le tocaba a él... Lo que siguió fue sencillamente una pesadilla.

Recuerda que en el momento en que contrajo la bronquitis era una época particularmente difícil. Tenía mucho trabajo, estaba muy "estresado". Además... se juntaban muchas cosas... Algo tenía que pasar, por algún lado tenía que explotar. Pensó que tal vez su mal estado anímico hizo que "bajaran sus defensas"; también pensó que seguramente "el virus aprovechó esa oportunidad"... Pero nunca pensó que, tal vez, las cosas empezaron mucho antes... Tal vez eran las mismas cosas de siempre, y en noviembre sólo cambiaron de estado... lo mismo de siempre pero con otro nombre, ahora se llamaba SIDA...

Enterarse lo del análisis "justo" durante el casamiento de Cristina era la gota que rebalsaba el vaso. Ni siquiera esa noticia pudo ponerlo peor de lo que ya estaba. Su hermanita "diez años menor", a quién sentía como "su responsabilidad" desde que papá los abandonó, criada en los mejores colegios católicos de Chile, desesperada luego de un aborto, sin decir nada a nadie, sin pedir ayuda, había entrado a una secta religiosa. Ernesto se enteró después, en el '87, cuando ya no había nada que hacer, cuando también mamá formaba parte de la secta. Del casamiento también se enteró, cuando ya estaba todo arreglado, apenas unos meses antes... justo antes de la bronquitis. Otra vez embarazada, se casaba con un "colectivero", un sujeto socialmente inferior que había conocido en la secta.

Lo que Ernesto vivió durante la ceremonia aún hoy le parece increíble. Había ido con el uniforme de gala que indica el reglamento de la Marina para esos casos; pero el tenor de la ceremonia, oficiada por el "pastor" de la secta, le hacía sentir que usar el uniforme de gala allí era insultar a la Marina. No podía darse cuenta de qué lado estaba... se sentía humillado por su madre y por su hermana, y a la vez se sentía humillando, él, a la Marina del país centroamericano en el cual había nacido.

Era un sentimiento extraño, que volvió a repetirse al poco tiempo... Cuando la Marina se enteró de que era HIV positivo ordenó su internación en un hospital para soldados... los oficiales como él, siempre lo habían llamado "el leprosario". El Servicio de Inteligencia comenzó a acosarlo, perseguirlo, interrogarlo... una tortura! Justo a él, que tenía una foja de servicios intachable... el oficial mimado del almirantazgo... Pero siempre lo supo: en la Marina la homosexualidad era todavía un delito.

Su "romance" con la Marina tocaba a su fin, y junto con él terminaba también lo que siempre llamó su "doble vida". ¡En algún momento tenía que pasar! Ocultar su "identidad sexual" fue siempre un sacrificio. Diez años de doble vida, esperando las vacaciones en la ciudad para "darse el gusto" en libertad; aprovechándolas al máximo, desenfrenadamente, hasta el último día, para regresar luego a su "prisión".

El resto del tiempo debía conformarse con la insatisfacción sexual de su relación con Pedro y alguna que otra aventura ocasional, ya que temía concurrir a los boliches gay por temor a ser reconocido. Lo peor era cuando "premiado" por sus calificaciones, salían al mar... a veces hasta seis meses... ¡y el sacrificio de las prostitutas en los puertos para disimular ante sus compañeros! Y ahora, las "esposas" de sus superiores se habían propuesto encontrarle un "buen partido" para casarlo.

Él lo había elegido, sí, pero el sacrificio era demasiado... A veces pensaba en dejar la Marina, pero no era fácil, y por más que lo pensaba una y otra vez no le encontraba solución... Desde hace un tiempo comenzaba a sentirse asfixiado... ¡algo tenía que pasar y pasó! Un poco antes de la bronquitis, un compañero de "fiestas" de la ciudad, vino a visitarlos, a él y a Pedro, su pareja. Quería que lo llevaran a conocer boliches gay... Ernesto tuvo que averiguar cuáles eran, pero no se animó a acompañarlo. Eso lo dejó mal... un poco después, no se aguantó más y le dijo a Pedro que quería ir...

Pero no la pasó bien... fue quizás, junto con el casamiento de su hermana, una de sus peores noches. Se reencontró con todos sus amigos gays de diez años antes... Con todos no... Cuando preguntó por Lito... su antigua pareja... Cuando preguntó qué fue de su vida después de que Ernesto, decidido a entrar en la Marina, le dijo que se vaya... Cuando preguntó por Lito... le dijeron que había muerto... ha