CAP. X
HACIA UNA TEORÍA DEL ARTE PSICOANALÍTICO
Dr. Luis Chiozza
Estudio de un episodio en la relación Dora-Freud
Cuando recordamos el historial de Dora (Freud, S., 1905e [1901]), revivimos la experiencia constituida por ese tipo particular de comprensión, tanto de una persona como de la "historia" de un suceso humano, que el conocimiento psicoanalítico nos brinda acerca de las intimidades de una vida. Nos encontramos entonces como si estuviéramos frente a un complicado tapiz cuyo dibujo, más amplio que lo que abarca la mirada y ajeno al tiempo, no tiene principio ni fin en algún punto de una línea, si no fuera porque nuestra atención se empeña en "empezar por algún lado" y en "recorrer" ciertos detalles.
De este modo, cuando guiados por algún género de interés "repasamos" el historial de Dora, tanto sea en la dirección que llevaba Freud como en alguna otra cualquiera, y seguimos, como se sigue con el lápiz el "hilo" de un dibujo, algún encadenamiento conceptual, sentimos que en cada entrecruzamiento de caminos "decidimos" un trayecto lineal que corta otros, abandonándolos, en un "por ahora" que deshace la imagen del conjunto.
Esto ocurre cuando, desorientados ante la complejidad de la experiencia, no sabiendo a qué atenernos de inmediato, recurrimos a la actividad del pensamiento reflexivo, y nuestro proceso secundario recorre, una tras otra, las huellas de anteriores facilitaciones comparando, es decir "contrastando de a pares", estas huellas mediante la memoria (Freud, S., 1950a [1887-1902]).
Afortunadamente nuestra capacidad de conocer no depende solamente del proceso secundario. Mientras nuestro intelecto ejercita esta labor sometida a las leyes temporales cuyo paradigma encontramos en el discurso verbal, sucesivo, nuestro proceso primario "juega" con otro tipo de facilitaciones que ni son binarias ni son lógicas. Son facilitaciones que pueden ejemplificarse con la contemplación simultánea de un espacio visual complejo. Nuestro proceso primario "salta", entonces, sin cuidarse de las leyes que constituyen el juicio, de una línea a la otra y en varios puntos a la vez, en un modo aparentemente caprichoso que es "travieso", o lateral, con respecto al camino del concepto.
Ni uno ni otro proceso por sí solos pueden constituir el intelecto. Metáfora, símbolo, pensamiento creativo, nacen en la amalgama indisoluble de uno y otro (Langer, S., 1941; Turbayne, C. M., 1970). Amalgama misteriosa que también constituye la fuente del lenguaje (Chomsky, N., 1975) y el escenario del teatro y del juego (Chiozza, L., 1978i [1977]), o la atmósfera transferencial de la sesión psicoanalítica como campo de ilusión (Winnicott, D., 1971). Ese acto de conciencia tan particular que llamamos interpretación psicoanalítica se ejerce precisamente cuando, mediante la atención flotante, huyendo de la dirección habitual que el juicio nos propone, recorremos la senda caprichosa de la ocurrencia absurda, para volver enriquecidos con un sentido nuevo y diferente que adquiere la estructura del pensamiento racional (Chiozza, L., 1970j [1968]).
¿Qué tipo de proceso, si es que la idea de proceso se le aplica, constituye este articulado ignoto entre proceso primario y secundario que se parece al que existe entre importancia y diferencia? (Chiozza, L., 1978i [1977]). ¿Cuál es la arquitectura que organiza su trama? Sólo a modo de comparación se justifica que enfrentemos con el nombre de "proceso terciario" (Chiozza, L., 1970j [1968]; Green, A., 1972) esta idea cuya conciencia nueva constituye una transformación en el "aparato para pensar" del hombre (Gebser, J., 1950a, 1950b).
Sin embargo, aquello que llamamos proceso secundario, y que ya no puede ser identificado con la culminación del pensamiento ni con la única manera de la facultad de conocer (Bateson, G., 1972; Waddington, C., 1977), no pierde por esto su valor. Los procesos de pensamiento lógico, que recorren las huellas, dejan facilitaciones como influencias perdurables. Nuestra mente funciona entonces como el lápiz que, al seguir el laberinto de una línea, imprime con su trazo una modificación en el dibujo, reforzando una parte de la trama y destacando una figura sobre un fondo.
Nos proponemos recorrer, en las páginas que siguen, un trayecto conceptual que atraviesa el núcleo de convergencia constituido por la neuralgia facial de Dora. Teniendo en cuenta este propósito hemos comparado la imagen que Freud transmite sobre Dora con la trama de un laberíntico y polifacético tapiz. No sólo porque en ese trayecto lineal abandonaremos muchos hilos y cortaremos muchos círculos en algún punto arbitrario, sino porque deseamos subrayar que no vale la pena acercarse a este hipotético tapiz para seguir el hilo de un concepto, si omitimos alejarnos nuevamente hacia algún punto desde donde la contemplación del aspecto descubierto y "remarcado", al fundirse nuevamente en la complejidad del conjunto, hace efectiva nuestra adquisición con un nuevo panorama atemporal.
Cómo Dora produce la neuralgia facial
I. Dora llegó a experimentar intensos deseos en su relación con el Sr. K., y reprimió dichos deseos porque la conciencia de los mismos se hubiera acompañado de un afecto displacentero, debido a las vicisitudes de su vida que configuraron su histeria.
Estos deseos reprimidos permanecieron insatisfechos y Dora experimentó entonces intensos sentimientos de venganza hacia el Sr. K., a quien ella atribuía inconcientemente tanto el origen del deseo como el origen de su sufrimiento por la insatisfacción.
Tales "impulsos de celosa venganza", que también fueron reprimidos, entre otras razones porque la conciencia de los mismos hubiera amenazado con hacer conciente también los deseos insatisfechos anteriormente reprimidos, fueron los que la condujeron a propinarle una bofetada al Sr.K.
El acontecimiento de la bofetada, y los mismos sentimientos de venganza, debido a los deseos amorosos que Dora experimentaba hacia el Sr.K reactivaron en ella sentimientos de culpa y deseos de autocastigo que también fueron reprimidos, no sólo por su carácter penoso, sino también para mantener inconciente los otros elementos del mismo "complejo" asociativo (Freud, S., 1950a [1887-1902]; Chiozza y colab., 1966a).
II. Durante el tratamiento psicoanalítico esos sentimientos de venganza, en lugar de ser recordados fueron "repetidos" de manera inconciente (Freud, S., 1914g). Inconcientemente adheridos a la figura de K., fueron transferidos sobre la representación preconciente que Dora tenía de Freud; porque en el momento en que amenazaban hacerse concientes mediante el tratamiento, Freud era la única persona que "estaba allí". Es decir, la única persona cuya representación en el preconciente de Dora poseía los signos de cualidad sensorial que diferencian la percepción del recuerdo (Chiozza, L., 1970k [1968]; 1977a).
Dicha transferencia fue simultáneamente reprimida por las mismas razones que determinaron la represión anterior, y permaneció desde entonces inconciente, ya que Freud comprendió sus vicisitudes cuando Dora ya había abandonado el tratamiento.
Todas estas fantasías pasaron a formar parte del complejo asociativo original inconciente, y al "remordimiento" por la bofetada propinada a K. se añadió entonces el remordimiento por la misma transferencia sobre Freud de los sentimientos de venganza.
III. Quince meses después de interrumpido el tratamiento, Dora leyó en un periódico noticias acerca del nombramiento de Freud como profesor (Freud, S., 1905e**), hecho que debió ser interpretado por ella como auspicioso y placentero para él. Se reactivaron entonces en Dora los sentimientos de venganza y con ellos todo el complejo consiguiente.
Mientras la idea original que constituye este complejo permanece como actualidad en el inconciente de Dora, el quantum del impulso, en lugar de descargarse en la forma o configuración del afecto original celos-venganza-culpa, se deriva o descarga a través de un fenómeno distinto: el dolor en la cara (Chiozza, L., 1976f [1975]). Es decir que dicho afecto original "desaparece" de la conciencia y sólo permanece, descargado de cantidad, como "estructura afectiva disposicional inconciente" (Freud, S., 1915e, t. I, pág. 1057).
El deseo de venganza y de castigo se realiza así de manera simbólica en la descarga sustituta que posee los componentes de acción motora que corresponden al afecto. El dolor que Freud consideraba, en sentido amplio, un afecto (Freud, S., 1926d [1925]), es el producto de otra idea inconciente o "clave de inervación" (Freud, S., 1900 a[1899]) que constituye la "puerta de entrada" del suceso que se registra como somático.
Pero en esta distinta estructura disposicional afectiva inconciente que corresponde al dolor participa ahora, y en este caso particular, la huella de un suceso que se realizó como acto materialmente ejecutado, a plena cantidad, sobre el Sr. K y sensorialmente percibido por Dora: la bofetada que explica la localización del dolor (Chiozza, L., 1978b). Y participa también la huella de otro suceso que se representó en el terreno del pensamiento, a pequeña cantidad, sobre la imago de Freud, y fue "sabido" o conocido por Dora: la noticia leída que explica el momento de aparición del dolor (Chiozza, L., 1978b). Uno y otro fenómeno quedan vinculados a través de un tercero: la transferencia, que participa así en la producción del síntoma.
Vale la pena anotar aquí, de paso, que la transferencia se manifiesta también en los síntomas y no sólo a través del discurso verbal del paciente. Es claro que podría afirmarse que esta transferencia fue en su origen realizada sobre una representación cuyo epifenómeno se hallaba constituido por la palabra "freud", pero de lo que se trata es de comprender que dicha transferencia también hubiera sido posible de no mediar la existencia de la palabra.
El encuentro con Freud
Dos semanas después de aparecido el dolor, en una fecha que Freud no considera indiferente, Dora acudió a consultarlo. El motivo manifiesto de la consulta consistía en solicitar ayuda a causa de una neuralgia facial del lado derecho que la atormentaba día y noche. Freud pregunta entonces: "¿Desde cuándo?", y Dora responde: "Exactamente desde hace dos semanas". Freud consigna que, en este punto, "no puede reprimir una sonrisa", porque estaba en condiciones de demostrarle que precisamente hacía dos semanas ella había leído noticias sobre él en los periódicos, lo cual es confirmado por Dora.
Cómo Freud produce la sonrisa
En el preconciente de Freud determinadas representaciones reciben la transferencia (contratransferencia) de ideas inconcientes distintas que continúan reprimidas y que son reactivadas mediante su contacto con Dora y la transferencia que ella realiza.
Las ideas que permanecen inconcientes en Freud y que fueron reactivadas por el contacto con Dora son el "receptor" con el cual se capta lo inconciente del paciente (Freud, S., 1912e) o el arpa que resuena de manera acorde con él (Racker, H., 1957a).
Estas ideas inconcientes determinan oscuramente la pregunta "¿desde cuándo?", que pertenece al mismo complejo asociativo del cual deriva también la emergencia del recuerdo sobre las noticias que el periódico publicara y la "ocurrencia" de que Dora debía haberlas leído.
No es aventurado suponer que cuando Freud, ante la respuesta de Dora, no puede reprimir una sonrisa, sucede que esta sonrisa se halla sostenida desde lo inconciente por la reactivación de la satisfacción que el niño experimenta frente al pecho gratificante durante la relajación que sobreviene después de la mamada. Y que esa satisfacción es reactivada por otra actual en la que participa la típica vivencia de descubrimiento que se agrega a la ocurrencia y la poderosa convicción que la acompaña, y que se extiende luego a la interpretación.
Tampoco es aventurado suponer que Freud intenta reprimir esta sonrisa por los sentimientos de culpa que experimenta frente a una satisfacción que, debido a la necesidad inconciente de compensar los anteriores sentimientos de fracaso, queda convertida en triunfo y equiparada de este modo con su propia venganza ante el abandono de Dora.
Las distintas variaciones de una misma "clave de inervación", en el territorio preciso de un nervio, dan testimonio de la riqueza expresiva de la vida (Portmann, A., 1965). La bofetada sobre la cara de K. conduce a la neuralgia sobre la cara de Dora, que conduce a la sonrisa sobre la cara de Freud. En un "crescendo" significativo que se independiza bruscamente de toda secuencia temporal, cuando el círculo se cierra, comprendemos de pronto que esa sonrisa de Freud satisfecho, no sólo representa sino que es aquella misma, eterna y revivida en cada hombre, que mereció la bofetada de Dora en la cara de K. Precisamente aquella que Dora, durante su lectura de las noticias del periódico, "ya sabía" que vería, y ya "había visto" en la cara de Freud.
Ese diálogo inconciente de las caras constituye aquí un representante circunscripto de aquel otro, igualmente atemporal, de la venganza y de la culpa, que "hermana" en dicho inconciente a Dora y a Freud. Esta atemporalidad se encuentra más allá del tiempo secundario que corresponde a la "crono-lógica"; es, en realidad, el campo del tiempo primordial, que integra el universo de la significación y del recuerdo. En este universo, entre la vivencia primaria de un transcurso y su contraparte, la perpetuación eterna del pasado y la constante presencia del futuro, se genera la noción de tiempo fundamental y de ciencia histórica genuina como recurrencia iterativa de una temática que constituye "un tiempo" cualitativamente significado y que es, en este caso, "la hora de la venganza y la expiación".
La teoría que acompaña al dolor
La enfermedad es un ejemplo típico entre aquellos acontecimientos que pueden sorprender y desorientar a un ser humano. Por esta razón el hombre enfermo teoriza acerca de la enfermedad. Dora, a juzgar por lo que Freud transmite, aparentemente denomina "neuralgia facial" a su dolor en la cara.
Es decir que dicho suceso penetró en la conciencia de Dora asociado a ideas preconcientes que, además de ser distintas de las originales, inconcientes, y de implicar una teoría particular acerca de dicho trastorno (de la cual no conocemos los pormenores en el caso de Dora), presupone la creencia de que se trata de un suceso somático.
Esta creencia puede ser comprendida, desde un punto de vista psicoanalítico, como una forma de hacer y mantener inconciente el afecto original. Freud, apuntando hacia aquellos afectos originales, piensa que la supuesta (Freud, S., 1905e [1901]) -o alegada (Freud, S., 1905e [1901]**)- neuralgia facial, era un modo de autocastigo, de remordimiento por la bofetada propinada a K. y por la transferencia sobre Freud de los sentimientos de venganza extraídos de aquel estado.
Llegamos así a una situación que es crucial. ¿Qué significa la palabra "supuesta" (o alegada) utilizada por Freud? La cuestión no radica, obviamente, en poner en duda el carácter somático de la afección. Freud no sólo se refiere, en más de una oportunidad, al dolor físico en la histeria (Freud, S., 1895d), sino que se ocupa repetidamente de interpretar, mediante el psicoanálisis (y su teoría acerca de la conversión lo prueba), fenómenos clínicos como la apendicitis o el catarro genital de Dora que se manifiestan como alteraciones materialmente comprobables.
La palabra "supuesta" debe aludir por lo tanto al hecho de que la génesis, el origen o la causa de la afección de Dora, no son los de la neuralgia "verdadera". Sin embargo, si profundizamos en el estudio de esa pretendida "neuralgia verdadera", nos encontramos con dos importantes circunstancias que han llegado a constituir principios generales y que relativizan la discriminación que hemos supuesto en Freud.
En primer lugar hay que tener en cuenta que el recorrer en sentido ascendente una cadena causal nos conduce fatalmente a un factor desconocido, que pone en crisis este pensamiento y lo transforma en aquel otro, ya señalado por Freud, acerca de que lo que aparenta ser la causa no es más que una condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo de una enfermedad.
En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, el hallazgo de una condición necesaria no nos autoriza a establecer afirmaciones unilaterales acerca del ser somático o psíquico de una afección (Chiozza, L., 1975a). Menos aún justifica que abandonemos la investigación o la interpretación del fenómeno en el otro terreno, complementario, pero no excluyente, con respecto a la primera condición hallada.
La discriminación que Freud parece realizar con respecto a la neuralgia verdadera o supuesta nos parece por esto tan injustificada como superficial. Ocurre que una vez interpretado un fenómeno somático, como por ejemplo sucede con la epífora, en la cual podemos descubrir el significado del llanto (Chiozza, L. y colab. (1970b [1968]; Chiozza, L., 1975b), éste aparenta perder su carácter somático en la medida en que se lo reconoce como fenómeno psíquico.
Como consecuencia de las afirmaciones anteriores, y apoyándonos en otros desarrollos (Chiozza, L., 1972a, 1976a, 1974c, 1978b), concluimos que:
Nos encontramos ante un fenómeno somático cada vez que nuestra conciencia nota una cosa presente, perceptible mediante los sentidos o sus prolongaciones instrumentales. En este mundo físico, cuyos elementos son los objetos derivados de la percepción, resultan especialmente válidos los principios de relación causa-efecto que configuran los llamados mecanismos y que solemos extrapolar secundariamente al mundo de lo psíquico.
Nos encontramos ante un fenómeno psíquico cada vez que nuestra conciencia nota una importancia actual, recordable mediante la memoria o sus prolongaciones en forma de textos y archivos transindividuales, sean concientes o inconcientes. En este mundo histórico, cuyos elementos son los valores derivados del recuerdo, está presente de modo especial la relación de significación que configura la función de representación simbólica y que solemos extrapolar secundariamente al mundo físico.
Estamos ahora en condiciones de comprender qué modo de inconcientización (en su doble connotación de hacer y mantener inconciente) es aquel que se constituye mediante lo que llamamos, desde nuestra percepción, "enfermedad somática". Es un modo caracterizado por el hecho de que la relación de significación original, en lugar de ser sustituida por otra relación de significación diferente, como ocurre en la neurosis clásica, es sustituida, en cambio, por una relación causa-efecto, pretendidamente asimbólica, en la cual, en última instancia, hacemos participar al azar, azar que, al mismo tiempo que encubre, representa el reconocimiento inquietante del carácter inabarcable que posee la trama.
El influjo terapéutico y la interpretación
La interpretación no constituye realmente un producto de la "deducción a partir de la contratransferencia" sino el resultado espontáneo de una labor que, descriptivamente, se realiza de manera inconciente, en un psiquismo preparado por el vencimiento de anteriores represiones, cuando, mediante la atención flotante y la regla de la abstinencia, se envían en dirección retrógrada los procesos de excitación (Chiozza y colab. (1970a [1966]).
La organización conceptual que acerca de la situación de Dora se forma en el sistema conciente-preconciente de Freud es, según vimos, un derivado del complejo asociativo de "venganza-culpa" reactivado en Freud por el contacto con Dora y similar al de ella.
Basados en la experiencia aportada por otros enfermos y en diversas elaboraciones teóricas (Chiozza, L., 1970l, 1972a, 1974d) podemos afirmar que las ideas preconcientes que conforman cualesquiera de esas teorías (ya sean de Dora, de Freud o de un hipotético neurólogo, e independientemente de cuál sea el grado de verdad que le asignemos) son derivados más o menos lejanos de aquellas ideas inconcientes reprimidas, y constituyen por lo tanto, además, un camino de acceso a las mismas.
El descubrimiento que Freud realiza acerca de Dora puede ser "contagiado" a esta última mediante la comunicación verbal que "hace común" (Chiozza, L., 1970l) ese descubrimiento. Esto equivale a decir que la comunicación verbal que denominamos habitualmente "interpretación" tiende a vencer la represión y a modificar la transferencia y la descarga afectiva, puesto que el hacer verdaderamente partícipe a Dora del descubrimiento de Freud sólo puede ser realizado a través de esos procesos.
Freud, en lugar de comunicar a su paciente las ideas descubiertas por el análisis, elige, en este momento particular, a mitad de camino entre el vínculo psicoanalítico y el de la vida cotidiana, responder a estas ideas inconcientes asegurando a Dora que le ha perdonado el haberlo privado de la satisfacción de libertarla más completamente de sus dolencias.
Reparemos en que Freud puede expresarse de esta manera precisamente en el momento en el cual transcurre una modificación en la contratransferencia, que transforma su sentimiento de fracaso en satisfacción y que le permite, si no reprimir, por lo menos disminuir el carácter triunfal de su sonrisa.
Si admitimos que la transferencia de Dora codetermina la contratransferencia de Freud, debemos también admitir que un cambio en la contratransferencia de Freud tenderá a modificar la transferencia de Dora mediante un proceso similar, y que esta modificación actuará sobre la represión y la descarga afectiva.
Ese proceso se produce a través de una influencia directa de inconciente a inconciente que trasciende a la interpretación verbal aunque no la sustituye, así como la palabra tampoco puede sustituir por sí sola a esta influencia compleja que constituye la esencia de la terapéutica (Chiozza, L., 1970k [1968]; 1976b [1971]). Debemos tener presente, sin embargo, que el campo de acción del pensamiento verbal se muestra todavía privilegiado en su eficacia para la mutación de la contratransferencia (Chiozza, L., 1970k [1968]; 1972b).
La técnica y el arte de psicoanalizar
A partir del estudio de la neuralgia de Dora hemos visto que la teoría que acompaña al dolor, ya sea del paciente, del neurólogo o del psicoanalista, no sólo es un derivado de lo inconciente, sino que, en un sentido amplio, constituye al mismo tiempo una interpretación. En un sentido restringido, y formando parte de nuestra jerga profesional, interpretación es aquella parte de la teoría del psicoanalista que éste comunica verbalmente a su paciente.
Sea que pensemos que psicoanalizar es ir enunciando verbalmente estas interpretaciones o que, en cambio, se trate de algo más, de uno u otro modo, psicoanalizar es una forma o manera del hacer cuya realización implica un tipo de saber que puede enseñarse y aprenderse como un conjunto de normas que se estudian y discuten bajo el título general de "teoría de la técnica".
Nadie se atrevería a negar, sin embargo, que psicoanalizar, además de una técnica, es un arte. Pero la palabra arte, rodeada de una aureola de prestigio, adquiere el significado de una manera difícil y arcana, inefable y personal, que a partir de una capacidad innata, se adquiere con los años. En el fondo, más que en el ejercicio de un arte pleno, se piensa en una artesanía, y este reconocimiento de un "componente artístico" en nuestra profesión se utiliza, inconcientemente, sólo para repartir o negar oscuros méritos de una manera arbitraria.
De uno u otro modo lo artístico permanece fuera de la ciencia y, por lo tanto, si bien se está poco dispuesto a negarle a nuestro hacer la dignidad del arte, la palabra "arte" engendra desconfianza y no se considera demasiado en serio la posibilidad de pensar en el arte cuando de nuestra labor se trata. Nuestro ideal actual predominante es la técnica. Una técnica clara, precisa, cuya teoría pueda plantearse en normas inequívocas, que pueda transmitirse en textos y discursos exentos de toda hermenéutica, y que, privada de sentidos arcanos, pueda formularse.
Ha dejado de ser una novedad, sin embargo, que, fuera del psicoanálisis, el ideal constituido por la técnica se halla hoy en crisis. Esto obedece a profundas razones que vinculan a la técnica con el pensamiento lógico y con la ciencia, su hermana mayor, concebida, durante el período de su más espléndido desarrollo, como ciencia natural, derivada, en última instancia, de la ciencia física. Física, lógica y técnica han rendido magníficos frutos y, precisamente por esto, nos han hecho comprender sus límites. Ha sido justamente la magnitud de ese desarrollo lo que nos ha enfrentado con la certeza de su unilateralidad y su insuficiencia para abarcar el universo del hombre.
Es por la misma razón comprensible que, en el terreno de nuestra disciplina, en el cual los productos obtenidos con la técnica no han alcanzado el mismo grado de espectacularidad, esta crisis de la organización epistemológica no se haya hecho presente con la misma intensidad. Así como el aparato psíquico no es en última instancia un aparato, o los mecanismos de defensa no son en última instancia mecanismos, la técnica terapéutica no es de veras una técnica, y, en aparente paradoja, es este insuficiente desarrollo técnico del psicoanálisis aquello que nos ha impedido llegar a palpar con claridad los límites implícitos en una concepción técnica de nuestro quehacer.
Mi camino personal hacia el hacer conciente la insuficiencia de dicha concepción estuvo jalonado por las siguientes etapas.
En 1968 (Chiozza, L., 1970j [1968]; 1970k [1968]), tomando en cuenta los nuevos desarrollos que trascienden el campo de la lógica y del pensamiento racional (Gebser, J., 1950a, 1950b), tuve necesidad de plantear la existencia de un proceso terciario y sostener que idea y afecto podían ser considerados como una y la misma cosa contemplada desde diferentes ángulos de observación.
En 1972 (Chiozza, L., 1974a [1972]), y a partir de la metapsicología freudiana, llegué a pensar en la existencia de dos organizaciones del conocimiento en la conciencia que constituyen las nociones del cuerpo y la psiquis. En 1976, prosiguiendo con este último planteo, mi interés recayó en la manera en que se establecen las nociones primordiales de tiempo y espacio (Chiozza, L., 1976a).
Durante el período comprendido entre 1972 y 1976 se hizo evidente para mí que una de las dos organizaciones epistemológicas fundamentales del hombre era la física, constituida por las nociones de materia, espacio, cuerpo, naturaleza, ser, cantidad y medida, como productos de la percepción, y cuya estructura predominaba en la ciencia, dando lugar a la técnica como desarrollo derivado del ejercicio de la mano. Y también que la otra organización conceptual, que constituye la historia, permanecía subyugada a la idea de un tiempo físico, secundario, como mera enunciación cronológica, en lugar de desarrollar plenamente sus nociones, equivalentes y contrapuestas a las anteriores, de idea, tiempo, psiquis, cultura, padecer, calidad y significado, que dan lugar al arte como desarrollo derivado del enunciado de la palabra o el símbolo.
Mientras que la física compone su teoría con nociones que encuentran una correspondencia más o menos aceptable con cada uno de los elementos o variables en que cierto tipo de realidad tolera ser descompuesta, no todo objeto de conocimiento puede ser tratado de este modo. En el terreno que constituye el tema de la historia, las variables forman parte de una estructura gestáltica que pierde sus propiedades si intentamos descomponerla en sus pretendidos elementos constitutivos.
Contemplando desde estos conceptos y a un mismo tiempo la estructura de la teoría freudiana y el edificio entero de los conocimientos psicoanalíticos, surgió por fin la evidencia de que junto al modelo implícito en la metapsicología configurada mediante una tópica, una dinámica y una economía, Freud fue construyendo nociones "históricas" que no pudo reunir en un cuerpo teórico integrado.
No se trata solamente de palabras como "reedición" o "censura", que son equivalentes a "transferencia" y "represión", pero que en lugar de referirse como estas últimas a fuerzas o cantidades denotan actividades humanas, sino también de su sorpresa, hecha conciente y explícita, ante el carácter literario de sus historiales (Freud, S., 1895d), o más aún, de la presencia ubicua del concepto "interpretación".
Teniendo en cuenta que Freud trazó su metapsicología sobre el modelo de la metafísica (Laplanche y Pontalis, 1967a), para aludir a un más allá de la psicología, me pareció adecuado referirme con el nombre de "metahistoria" (Chiozza, L., 1976a) a este segundo grupo de conceptos, que reunidos podrían constituir un más allá de la historia bajo la forma de una meta-teoría.
Antes de abandonar la contraposición entre técnica y arte para iniciar un camino hacia una teoría del arte psicoanalítico, es necesario profundizar algo más.
Las cosas se establecen primariamente como cuerpos concretos y materiales mediante la percepción sensorial y el movimiento que constituyen el acto. De modo secundario y no riguroso puede hablarse de "cosas abstractas", que no son sino conceptos o imágenes, es decir representaciones eidéticas o ideales de las cosas materiales.
Las importancias se establecen de un modo primario como valores abstractos y eidéticos o ideales mediante el deseo y el recuerdo que constituyen el presente. De modo secundario y no riguroso puede hablarse de "importancias concretas" o "valores concretos", que no son sino objetos, ídolos o fetiches, es decir representantes materiales de los valores o importancias eidéticas o ideales.
Del mismo modo que todo acto compuesto por la unidad de percepción sensorial y movimiento involucra un presente compuesto por la unidad del deseo y recuerdo, y que todo presente es actual, es decir que lleva implícito un acto constitutivo que, por más inconciente que sea, se manifiesta en acción, las cosas sólo pueden ser diferenciadas como consecuencia de sus importancias y las importancias sólo pueden constituirse mientras son atribuidas a las diferencias entre las cosas.
La mano, que nos vincula con el acto "físico", y la palabra, que nos vincula con el presente "histórico", constituyen así desarrollos paralelos interconectados que, de modo predominante pero no exclusivo, se arrogan la representación respectiva del mundo de las cosas y de las importancias.
Durante una época bien definida del desarrollo humano la tarea magna consistió en transformar la inermidad del hombre frente a la naturaleza en poder. Mano, herramienta, técnica, ciencia física y lógica son los jalones de este desarrollo. El poder técnico del hombre, que es hoy impresionante, llegó muy pronto a su óptimo y lo superó, precipitándonos en multitud de efectos colaterales que constituyen en nuestros días un constante motivo de preocupación y codeterminan nuestro ingreso en lo que se denomina una crisis axiológica.
Durante la última época de este desarrollo el norte de nuestra vida racionalmente encarada se caracterizó por la tendencia "lineal" hacia la adquisición y el dominio de las cosas. Esta ha sido la representación predominante acerca de nuestro bienestar (Bateson, G., 1972; Waddington, C., 1977).
Como producto de nuestro éxito en el trato con las cosas, de nuestro saber predominante acerca de "cómo se hacen las cosas", sucumbimos muy a menudo a la tentación de "manipular" los valores, de tratar a las importancias como si fuesen cosas en nuestro afán de poder con ellos con idénticas maneras. Esto constituye un error, una ilusión, característica de nuestra época, ya que, para decirlo en las palabras de Pascal, "hay razones del corazón que la razón no entiende".
Embarcados en esta confusión acerca de las importancias, tomamos valores concretos tales como dinero, títulos o contratos legalmente establecidos, que no son sino representantes materiales de los valores abstractos e ideales, como si realmente fueran estos últimos a los cuales sólo representan. Esta "ecuación simbólica" nos permite la ilusión de que podemos hacer con los valores lo mismo que hacemos con las cosas, nos permite creer que podemos recurrir para su trato al enorme recurso de la técnica.
Así, cuando nos parece que podemos adquirir y atesorar los valores como si se tratara de cosas, y que podemos "manejarlos", aumentamos ilusoriamente nuestro sentimiento de poder. Pero las consecuencias de esta confusión son graves, lenta e inexorablemente, y en la misma medida en que aumenta la cantidad de cosas poseídas y nuestro dominio sobre ellas, éstas pierden progresivamente su auténtica importancia y nuestra vida se distorsiona o pierde su sentido.
En la medida en que dominamos el espacio en el cual habitan los cuerpos materiales, el tiempo, degradado a un mero tiempo físico que transcurre y afecta a la materia, se vuelve cada vez más aterrador y amenazante. Mientras el espacio y la materia se convierten en los amigos del hombre, el tiempo y las ideas pasan a ser los villanos de la escena, y se intenta otra vez manipularlos como si fueran cosas, que pueden adquirirse o dominarse con la mano.
Hacia una teoría del arte psicoanalítico
El camino que hemos recorrido sobre el historial de Dora nos ha dejado algunas enseñanzas. El desarrollo metapsicológico "lineal" que parte del establecimiento de nociones elementales sólidas, tales como la de huella mnémica o catexis, nos conduce hacia la configuración de una técnica interpretativa cuya supuesta finalidad consiste en destejer lo tejido, y en el cual identificamos con comodidad sus componentes en términos de objetos o mecanismos.
La contemplación panorámica del dibujo que esta línea traza en el plano y que aparece de pronto, en un salto cualitativo sorprendente, como un "relieve" atemporal, nos conduce en cambio a la comprensión de un tema misterioso, que se presenta en el título de la "eterna sonrisa", o en el no menos subyugante de "la venganza y la culpa" como drama que trasciende al individuo y en el cual todos convivimos inmersos, transitando alternativamente los dos términos del sempiterno círculo.
Esta segunda temática, metahistórica, no se compone de elementos sino de configuraciones complejas que sólo se descomponen fugazmente lejos de la conciencia y en el momento de sus permutaciones simbólicas (Chiozza, L., 1978c [1977-1978]). Pero estas estructuras complejas también pueden y deben ser pensadas, constituyendo una teoría que pueda ser enseñada y aprendida a través de nociones comunicables.
Ese conjunto teórico, como se hace evidente, no cabe entero en el concepto de técnica. Precisamente por esto suele incurrirse en el error de creer que no es teorizable y pertenece al terreno confuso de las sutiles capacidades artísticas de cada individuo. Nos olvidamos de que existe una teoría del arte y de que ya va siendo hora de que los psicoanalistas tracemos las coordenadas de la nuestra.
La pintura y la música, para tomarlas como ejemplo, han delineado con claridad esta distancia entre las dos formas de teoría. Existe en ambas una teoría para la técnica de un ejercicio que queda emparentado, de un modo más o menos cercano, con el ejercicio manual, y existe una otra teoría que alude a la composición musical o pictórica, a la configuración de sonido o color como forma que se transforma en temática.
No es ésta la ocasión para delinear o identificar los componentes de la teoría de nuestro arte, dado que nos hemos dedicado a introducirnos en ella y tomar conciencia de su inexorable necesidad. Sólo nos resta señalar que, así como el pensamiento lógico bifurcó, en su hora, a la antigua magia en ciencia y religión, la finalización de su reinado, que en nuestros días se inicia, nos conducirá, desde una epistemología que trasciende el concepto de ciencia y también el de religión, hacia una nueva forma de cultura dentro de la cual el psicoanálisis y el arte no existirán separados.
Nuestro psicoanálisis creativo no será sin el arte, del mismo modo que la creación artística, en nuevas e insospechadas formas polisensoriales complejas, no será sin el psicoanálisis. La expresión "arte psicoanalítico" reúne, en su ambigüedad pletórica de simientes, ambos sentidos.
No bien hemos concebido una tal posibilidad tropezamos ya con un primer ejemplo de la intrincada unidad de las formas. Weizsaecker (1947) sostiene que nuestra actitud frente a la enfermedad (conducida, esta actitud, por una concepción inconcientemente derivada, en mi opinión, del sacar y poner, físico y técnico, que realiza la mano) ha sido siempre la de "fuera con ella", pero que en cambio debería ser la que expresa la frase "sí, pero no de este modo". Cuando recordando el magnífico trabajo de Racker (1957c) comprendemos que la música, derivada del ritmo que inaugura el presentimiento (Chiozza, L., 1978f), consiste precisamente en contrariar y acceder, de manera inesperada y diferente, a ese ritmo presentido, comprendemos de pronto, también, que su estructura corresponde exactamente a la frase "sí, pero no de este modo".
Notas
(60) El texto de este capitulo pertenece a un trabajo presentado en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), en setiembre de 1978
(61) Capítulo IX de este volumen
(62) Capítulo IV de este volumen
(63) Capítulo IX de este volumen
(64) Capítulo IV de este volumen
(65) Capítulo III de este volumen
(66) Es necesario preguntarnos ahora: ¿debemos atribuir a una coincidencia casual el hecho de que el factor que fue experimentado en el "universo del espacio físico" permita comprender la localización en el cuerpo y el factor que fue experimentado en el "universo del tiempo histórico" nos permita comprender el momento de la vida en que el dolor aparece?
(67) Capítulo III de este volumen
(68) Capítulo III de este volumen
(69) Capítulo IV de este volumen
(70) Capítulo III de este volumen