Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XIII

CAMINOS DE LA TERAPIA PSICOANALÍTICA

Luis Chiozza, Ricardo Grus

 

Los desarrollos actuales

El mundo circundante que recibió en su seno al recién nacido psicoanálisis (y que al mismo tiempo, en un sentido distinto, le dio origen) fue ese conjunto de factores, tanto culturales e históricos como genéticos y evolutivos, que suelen titularse con el rótulo "la Viena de Freud". Hoy y aquí, en un tiempo que cada día se vivencia como más escaso, y en un espacio que cada día se vivencia como más pequeño (Gebser, J., 1950a), los problemas tienen caras nuevas y facetas epistemológicas que obligan, a todo psicoanálisis auténtico, a llenar el viejo odre de sus conceptos básicos y persistentes con el vino nuevo de una problemática y una formulación actuales.

Los ya antiguos y remanidos conceptos de salud y enfermedad, por ejemplo (que fundamentan, de manera implícita o explícita, todo cuanto nos lleva a contemplar al psicoanálisis como una forma de terapia), si bien conservan todavía un valor de uso en el terreno de lo intuitivo, conducen a paradojas insolubles cuando se los examina desde un criterio teórico riguroso. (En los capítulos Apuntes para una teoría de la psicoterapia – XVI -- y Psicoanálisis y enfermedad somática en la práctica clínica – XII -- nos ocupamos también de esta cuestión).

No sólo el ejercicio actual de nuevos procesos de pensamiento (Gebser, J., 1950a) que conmueven los cimientos de todas las formas de simbolización humana (Turbayne, C. M., 1970; Bateson, G., 1979) (entre las cuales se encuentran, obviamente, las ciencias) nos conduce a la necesidad de formulaciones, más abarcativas, que incluyan estos problemas, sino que la vigencia ubicua de lo que se ha dado en llamar una crisis axiológica nos fuerza a usar auténticamente nuestro ingenio para que el psicoanálisis no pierda la frescura que le proporcionara Freud. Si es importante aprender la letra del creador del psicoanálisis, más importante aún es incorporar "su modo" intelectual. Pero esto, de más está decirlo, no puede ser un mero acto voluntario. El psicoanálisis, como movimiento vivo, evoluciona y se desarrolla en un "ecosistema de la mente" (Bateson, G., 1972, 1979) que trasciende nuestros propósitos individuales.

Señalaremos ahora, con la brevedad de un inventario, cuáles son a nuestro entender los desarrollos actuales que, respondiendo en parte a los nuevos problemas, inician otros tantos caminos.

La contratransferencia

Más allá de las primeras polémicas acerca de si el uso de la contratransferencia para la interpretación implica un vicio de subjetividad, polémica que hoy asombra por la ingenuidad de su planteo, lo que deseamos subrayar aquí es que la profundización en su estudio ha conducido a la conciencia creciente de que lo que se psicoanaliza no es un hombre individual, sino un vínculo humano de múltiples vértices. Un vínculo en el cual el psicoanalista no puede dejar de participar. El punto de urgencia de ese vínculo, además de ser el único lugar sobre el cual toda psicoterapia genuina encuentra finalmente su apoyo y su clave, se constituye de un modo que involucra siempre los puntos de urgencia en la vida de paciente y analista. Esto nos conduce a descubrir que la interpretación lograda no sólo provoca la emergencia de un recuerdo infantil del paciente cuya significación, activa en el presente, estaba reprimida, sino que ella misma, la interpretación, suele surgir en el analista junto a la resignificación de un recuerdo de su propia infancia revivido en la situación actual.

El letargo

El estudio de los fenómenos letárgicos en el curso del proceso psicoanalítico condujo pronto a la convicción de que el letargo es la forma privilegiada en que lo latente, inconciente, se abre, en primera instancia, camino hacia la conciencia (Cesio, F., 1965a), y de que el letargo puede llegar a constituir, para el psicoanalista, la enfermedad profesional por excelencia (Cesio, F., 1965b).

Un interés creciente en el tema nos lleva paulatinamente a comprender, cada vez mejor, las vicisitudes de este fenómeno, e integrarlo con la capacidad de rêverie y los fenómenos de holding. Nos acercamos de este modo a una mejor comprensión de la necesidad que tiene el paciente de aprender, durante el proceso psicoanalítico, a transformar el letargo (un estado traumático que corresponde a la alucinación onírica) (Chiozza, L., 1970a, pág. 242) en el sueño reparador que le devuelve la plenitud de su vigilia.

El uso de las paratransferencias

Luego de haber comprendido que nadie puede ser matado in absentia o in effiggie y de haberse hecho carne la importancia del campo transferencial-contratransferencial, el uso entusiasta y decidido de la constante interpretación en el "aquí y ahora conmigo" nos llevó ineludiblemente a la conciencia de nuevos problemas. El consiguiente incremento de la regresión (prolongándose muchas veces más allá del tiempo restringido de cada sesión psicoanalítica), el predominio progresivo de la transferencia negativa (en aquellos análisis suficientemente prolongados que no constituyen al mismo tiempo pactos neuróticos bajo la forma de vínculos simbióticos estereotipados) y la aparición cada vez más frecuente de "reacciones terapéuticas negativas", nos llevaron a tomar conciencia de que desembocamos así en una situación similar a la que se daría si el paciente intentara analizarse con sus objetos originales. A partir de este punto comenzamos a revalorizar, a los fines de la formulación verbal al paciente, la utilización de las representaciones de los objetos que, bajo la forma de paratransferencias, forman parte de su relato. De este modo, el grado de conciencia que el paciente adquiere del contenido transferencial-contratransferencial, implícito en la interpretación, es regulado inconcientemente por el propio paciente, de acuerdo con su posibilidad de tolerar la magnitud del afecto movilizado. Encontramos en esta manera la posibilidad de preservar durante el mayor tiempo posible la transferencia amistosa, que constituye, ya desde las mismas formulaciones de Freud, aquella que mejor se presta a los designios del proceso psicoanalítico.

El uso de la realidad, la transferencia y la historia

Este punto contiene al anterior en cuanto a la utilización de la transferencia y la historia, es decir, la historia como narración o relato integrado por conjuntos de significación que constituyen temáticas recurrentes. Pero resta considerar el valor que se adjudica, en relación con la transferencia y la historia, a la realidad que se transparenta a través del decurso asociativo cuando éste adquiere la forma de un relato. No insertamos este tema aquí para abundar en los conceptos que Freud resume tan brillantemente en las consideraciones que realiza, en Introducción al psicoanálisis (Freud, S., 1916-17 [1915-17]), acerca de la realidad de la escena primordial reconstruida durante el análisis del "hombre de los lobos". Nos interesa destacar ahora que aquello que llamamos realidad se manifiesta en el campo de trabajo de un psicoanalista bajo dos formas distintas. Por un lado es aquello que posee la propiedad de excitar a nuestros órganos sensoriales originando una percepción (en este punto es importante subrayar que la percepción integra su imagen siempre a partir de un pre-juicio que, cuando es compartido bajo la forma de un consenso, pasa inadvertido; Watzlawick, P., 1976). Por otro lado, la realidad es aquello que coarta el cumplimiento inmediato del deseo, impidiendo la inmediata y completa consecución del placer, y esta segunda y más importante forma de la realidad, que se halla en la raíz de la primera y constituye el motivo de todo pensamiento, no posee jamás una imagen definitiva.

El consenso y el movimiento

Si tenemos en cuenta la existencia de lo que Freud denominaba "el inconciente no reprimido" y el concepto freudiano de resistencias del ello, debemos concluir en que interpretar lo reprimido no coincide necesariamente, en todos los casos, con interpretar lo resistido. La interpretación de lo que se considera reprimido es la concientización de un contexto de significación preformado e inconciente que una vez, generalmente en la infancia, fue conciente. Precisamente es el inconciente no reprimido, que forma las estructuras coherentes que sostienen la organización del sistema, aquel que presenta las mayores resistencias al cambio.

El descubrimiento del psicoanálisis, como mutación epistemológica, no es un acto de interpretación psicoanalítica de lo reprimido. Es, por el contrario, un acto "metapsicoanalítico" de interpretación, realizado sobre la población humana en su conjunto. Evoluciona bajo la forma de lo que Freud denominaba "el movimiento psicoanalítico".

La existencia del fenómeno que hemos llamado "un movimiento" brinda, a cada con-trato o tratamiento, campos de significación y de trabajo que son "metaindividuales". Desconocer la influencia y la operatividad de este consenso público durante la psicoterapia, o en cualquier otra forma de con-trato humano, equivale a renunciar a comprender adecuadamente gran parte de las vicisitudes que determinan tanto su evolución como su desenlace.

Falsedad y autenticidad

Llamaremos "falsedad" a la discordancia transmitida a través de dos o más formas de comunicación diferentes (siendo una de ellas, por lo general, inconciente) y "autenticidad" a su concordancia. Así como el inconciente del médico coparticipa en la interpretación a partir de lo que capta, más allá del lenguaje verbal, en el material del paciente, este último realiza inevitablemente una tarea semejante a partir del material brindado por el psicoanalista. En realidad, dado lo que hoy sabemos acerca de la importancia del contexto (Bateson, G., 1979) y del significado indirecto (Todorov, T., 1978), debemos afirmar que más que coparticipar en la interpretación este conocimiento inconciente es el que otorga realmente su significación al contexto y con él al acto mismo que se está conviviendo.

A partir del prejuicio teórico que consiste en considerar a la formulación verbal, por su carácter de enunciado significativo racionalmente comprensible, como el agente privilegiado del cambio que se desea obtener, se descuida, en el campo del ejercicio psicoanalítico cotidiano, la discordancia, cada vez más frecuente, de esta formulación con la comunicación inconciente, incurriendo de este modo en una forma de falsedad progresiva que altera no solamente el resultado que se pretende obtener, sino inclusive su evaluación posterior. Es importante señalar, aunque parezca obvio, que la irreversibilidad de cualquier cambio es función de la autenticidad y de la concordancia de los lenguajes que vehiculizan ese cambio.

El lenguaje y el símbolo

En una época como la nuestra, en la cual la lingüística y la literatura han despertado cada vez más interés entre los psicoanalistas, ha pasado casi inadvertido, curiosamente, el que la polémica fundamental que en torno de este tema se va perfilando, gira alrededor del concepto mismo de lenguaje y su relación con el símbolo. Se trata, en efecto, de admitir, o no admitir, que con el término "lenguaje" se abarquen aquellas formas de comunicación que trascienden el ámbito de la palabra organizada en el código de lo que se denomina una lengua. Si bien en apariencia esto es algo que nadie se molestaría en negar, las actitudes cambian cuando se comprende que una admisión semejante lleva implícita la idea de un psiquismo embrionario-fetal y de un lenguaje "biológico" (Bateson, G., 1979; Chiozza, L., 1963a, 1981d) que trasciende el ámbito de las actividades humanas y nos enfrenta con la injuria narcisista de renunciar a la posesión exclusiva de la capacidad de simbolizar. La cuestión duplica su carácter inquietante en la medida en que cobramos conciencia de que la tradicional división entre natura y cultura pierde de este modo su parámetro fundamental (Portmann, A., 1960).

Los afectos

Freud nos invita a perseguir por separado los destinos que la represión impone al afecto de aquellos otros que impone a "la parte eidética de la representación". La mayor facilidad que ofrece la segunda, tanto en lo que respecta al manejo técnico como a las formulaciones teóricas y, en general, a la comprensión racional de los significados que el proceso psicoanalítico moviliza, nos ha llevado a descuidar el hecho de que el verdadero motivo de la represión es impedir el desarrollo de un afecto, y que significados e importancias se relacionan más con el afecto que con la parte eidética de la representación. Esto nos conduce a subrayar que el "tráfico mental" que llena nuestra vida psíquica y que gravita en ella (Green, A., 1980; Rattray-Taylor, G., 1979; Chiozza, L., 1976c [1974] y 1975b), tanto en el sueño como en la vigilia, se halla fundamentalmente constituido por los afectos y sus transformaciones.

La interpretación psicoanalítica de la enfermedad somática

Entre los innumerables indicios de una indiscutible vocación freudiana elijamos solamente tres. En 1938 (Freud, S., 1940a [1938]) afirma que la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis consiste en que los pretendidos "concomitantes somáticos" (por oposición a lo psicológico conciente) son lo verdaderamente psíquico. En sus Estudios sobre la histeria, utilizando reiteradamente la misma expresión, afirma literalmente que el síntoma "interviene en la conversación" (Freud, S., 1895d*, t. II, pág. 301). En Lo inconciente sostiene que el "órgano habla" (Freud, S., 1915e*, t. XIV, pág. 195).

Si la forma, la función, el desarrollo y el trastorno corporales constituyen uno de los múltiples "dialectos del inconciente", debemos ver en la sostenida exploración de este lenguaje un desarrollo actual acorde con los nuevos baluartes en los cuales se ocultan aquellos conflictos que el psicoanálisis habitual ha desalojado de sus tradicionales reductos.

El proceso terciario

Afortunadamente nuestra capacidad de conocer no depende solamente del proceso secundario. Mientras nuestro intelecto ejercita esa labor sometida a las leyes temporales cuyo paradigma encontramos en el discurso verbal, sucesivo, nuestro proceso primario "juega" con otro tipo de facilitaciones, que ni son binarias ni son lógicas, que pueden ejemplificarse con la contemplación simultánea de un espacio visual complejo, y "salta", sin cuidarse de las leyes que constituyen el juicio, de una línea a la otra y en varios puntos a la vez, en un modo aparentemente caprichoso que es "travieso", o lateral, con respecto al camino del concepto.

¿Qué tipo de proceso, si es que la idea de proceso se le aplica, constituye este articulado ignoto entre proceso primario y secundario, que se parece al que existe entre importancia y diferencia? ¿Cuál es la arquitectura que organiza su trama? Sólo a modo de comparación se justifica que enfrentemos con el nombre de "proceso terciario" (Green, A., 1972; Chiozza, L., 1970j [1968]; Chiozza, L., 1978g) esta idea cuya conciencia nueva, tal vez la más importante de las recientes adquisiciones humanas, constituye una transformación en el "aparato para pensar" del hombre.

Ni psiquis ni soma

Acorde con lo desarrollado en los dos puntos anteriores, hemos de ver a la interrelación psicosomática desde un nuevo ángulo. Si sólo conocemos dos modos de la existencia biológica, a los cuales llamamos "psíquico" y "somático", la relación entre ambos, aunque usemos la denominación "psicosomática", se nos escapará inevitablemente, pues ocurre en un "terreno" que, al hallarse "entre" estas dos categorías, las únicas que construye la conciencia mediante el proceso secundario, no pertenece a ninguna de las dos.

La anatomía y la fisiología son ciencias que, tal como se las desarrolla en un consenso predominante, pertenecen a una organización del conocimiento que deriva, en última instancia, de la física, y cuya estructura básica de pensamiento se constituye alrededor de la relación causa-efecto. Estos últimos términos se hallan vinculados entre sí a través de lo que se concibe como un mecanismo.

La psicología es una ciencia que predominantemente pertenece a una organización del conocimiento que deriva, en última instancia, de la historia, y cuya estructura básica de pensamiento se constituye alrededor de la relación de significación que establece el vínculo símbolo-referente. Debemos aclarar que no nos referimos a la historia como cronología, sino a la historia como relato, mito o narración.

Así como el cuerpo se conceptualiza fundamentalmente como materia o energía en un espacio físico-geométrico, la psiquis se conceptualiza fundamentalmente como significado en un tiempo histórico-lingüístico.

Si queremos estudiar las correlaciones que se dan entre el cuerpo y la psiquis, debemos tener presente que tanto la formulación de esas correlaciones en términos de mecanismo genético, como en términos de código semántico, son modelos provisorios e inadecuados que no deben ser utilizados unilateralmente, precisamente porque cada uno de ellos permanece "de su lado" en cada una de las orillas del río que se busca cruzar con un puente.

De más está decir que la unidad "psicofísica" del hombre no es un hallazgo de la ciencia o de la filosofía, sino todo lo contrario, un "dato" primario del ejercicio de la vida que se manifiesta cotidianamente en cada convivencia humana del modo más inmediato y natural. Cuando intentamos conceptualizar de un modo científico o filosófico esta unidad que se manifiesta de un modo inmediato a la conciencia recaemos permanentemente en dos conceptos: el cuerpo y la psiquis. Estos dos últimos conceptos, aunque coherentes y bien construidos en sí mismos, permanecen irreconciliables entre sí. Recurrimos entonces a multitud de palabras como "psico-somático" o "psico-físico" en donde el puente fallido es un guión representante de un territorio que científica o filosóficamente jamás ha sido hollado.

Sin embargo la unidad que llamamos "psico-física" se manifiesta a cada paso, en el terreno científico, bajo la forma de fenómenos que deben ser interpretados o comprendidos, y para los cuales en distintas ocasiones utilizamos nombres diferentes. Hablamos muchas veces de causas, efectos o influencias de lo psíquico en lo somático, o de lo somático en lo psíquico. Hablamos otras veces del cuerpo expresando a lo psíquico o de lo psíquico imprimiendo una forma significativa al cuerpo. También hablamos de psiquis y soma representándose o sustituyéndose recíprocamente. En todos estos casos, descritos por Weizsaecker (1947) con prolijidad, nuestro modo de concebir la relación psicofísica vuelve a recrear, como ya lo hemos señalado, la separación que buscamos trascender, porque nuestra exploración se orienta a veces hacia la búsqueda de una relación física (un mecanismo) y en otros hacia la búsqueda de una relación histórica (un lenguaje).

Sospechamos que una característica inherente a la estructura funcional de nuestros procesos de pensamiento nos obliga, en éste y en otros problemas, a un interjuego binario entre términos opuestos que deben ser mantenidos, destruidos y recreados en el ejercicio del pensar. Si esta condición del pensamiento constituye hasta el presente un requisito inexorable, cuando investiguemos las relaciones entre lo psíquico y lo somático debemos tener presentes dos postulados y disponernos a que el campo de nuestro interés oscile entre el uno y el otro. El primero, que no suscita mayores controversias actualmente, consiste en afirmar que toda significación histórica se manifiesta bajo la forma de una realidad física, aunque esta última puede adquirir en la conciencia el carácter de presente, pasada o futura. El segundo, admitido sin suficiente prolijidad en la teoría y relegado en el ejercicio cotidiano del pensar, consiste en afirmar que toda realidad física constituye una plétora de significado histórico.

Sólo la oscilación de nuestra atención entre una y otra de las "ventanas" mediante las cuales nuestra conciencia logra aprender lo "psíquico" y lo "somático", nos conducirá paulatinamente a adivinar, detrás del opaco muro que las separa, una tercera forma de la realidad biológica, que no es psíquica ni es somática.

Notas

(92) El contenido del presente capítulo corresponde a un trabajo presentado en el XI Congreso interno y XXI Simposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Buenos Aires, en 1981.

(93) Disponemos de miles de palabras para designar a los objetos de nuestro mundo perceptivo, y de unas pocas, poquísimas, para referirnos a los afectos que sentimos. El hombre de hoy viaja en avión, usa el rayo láser, se entera en unos pocos minutos de lo que ocurre en Tokio, desarrolla una ingeniería genética y logra transplantar sus órganos, pero experimenta la envidia de un modo muy similar a como la experimentaban los hombres de una pequeña y aislada comunidad en los tiempos de Shakespeare. No debe extrañarnos entonces que una semejante desigualdad en su desarrollo lo precipite, inexorablemente, en una crisis ética

(94) Capítulo IV del presente volumen

(95) Capítulo X del presente volumen

(96) Tiempo después de haber escrito acerca de la existencia de un proceso terciario supe que Silvano Arieti (1976) también describe un proceso terciario, en términos muy semejantes, por lo menos desde 1964, y que Edward De Bono (1969) plantea, desde antes aún, la existencia de un pensamiento lateral cuyo modo de funcionamiento posee muchos puntos en común con el proceso terciario

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