CAP. XIV
CONVIVENCIA Y TRASCENDENCIA EN EL TRATAMIENTO PSICOANALÍTICO
Dr. Luis Chiozza
Los objetivos del tratamiento psicoanalítico
Tal como se desprende de lo que sostiene Racker (1957a), aunque la obra de Freud nos permita enumerar varios objetivos del tratamiento psicoanalítico, estos objetivos son distintos sólo en apariencia. Así, por ejemplo, hacer conciente lo inconciente, superar las resistencias, llenar las lagunas mnémicas, transformar la repetición en recuerdo, interpretar la transferencia, restituir la unidad psíquica, o lograr que allí donde estaba el ello se encuentre el yo, coinciden en una misma tarea. Son distintos modos de ver y describir no solamente un mismo fin, sino, además, un mismo camino, porque son acontecimientos que se implican mutuamente, es decir, que transcurren juntos.
El postulado freudiano de que el yo debe conciliar las exigencias del ello, del superyó y de la realidad exterior (Freud, S., 1923b), permite agregar otra descripción más. Frente al paciente, prácticamente impotentes en lo que respecta a la posibilidad de transformar el carácter del ello o de la llamada "realidad exterior", nuestra meta consiste en aumentar la capacidad del yo o modificar el superyó. Ambas cosas, en esencia, equivalen a una misma tarea. No sería inexacto decir, por lo tanto, que el fin y el camino de todo tratamiento psicoanalítico consiste en la modificación del superyó. Puede ser que no nos guste decirlo así, poniendo el acento en esta cara del poliedro, pero no podemos cuestionar la verdad de este aserto.
Un superyó más tolerante
Modificar al superyó, entonces. Sí, ¿pero hacia qué forma? Hacerlo más tolerante, menos cruel, menos primitivo. Que disminuya, frente al yo, su carácter punitivo o arbitrariamente prohibidor y aumente su capacidad de protegerlo. El superyó, no lo olvidemos, no sólo representa a las normas sociales a través de la internalización de la autoridad de los padres de la historia infantil; representa además a los protopadres de la prehistoria heredada y, por lo tanto, se transforma, sin solución de continuidad, en un representante del ello ante el yo. Es este postulado freudiano el que retoma Garma (1962, pág. 46) en su concepto de un superyó biológico.
El superyó es por lo tanto una instancia bípeda que se apoya por igual en las pautas instintivas y en las normas sociales. Un superyó más tolerante no es un superyó más débil, sino, por el contrario, un superyó más evolucionado. Un hombre con una capacidad de vida más rica, más creativa, más placentera y más sana, no es, como suele decirse, un hombre que tiene "menos" superyó, sino un superyó mejor. La neurosis no es un exceso de superyó, sino un déficit en el desarrollo superyoico. Déficit que se manifiesta como retorno hacia formas superyoicas que contienen pensamientos y normas primitivas, superados en los estratos concientes de la personalidad o de la cultura.
La tarea psicoanalítica nos enfrenta cotidianamente con las dificultades del cambio, a pesar de lo cual hemos podido comprobar, casi diría con sorpresa, la profunda e inigualada capacidad del psicoanálisis, nacida de su riquísima conceptualización, tal como se manifiesta en el trabajo particular con un paciente. No solamente liberándolo de sus ataduras neuróticas, sino también, muchas veces, transformando la intimidad misma de su constitución enferma. Todo el respeto y todo el elogio que podemos otorgar al psicoanálisis parece poco ante la magnitud de las dificultades que ha podido enfrentar y resolver, y sin embargo empezamos a comprender que, en la tarea concreta que hoy nos plantea un tratamiento humano, la propuesta original, a pesar de ser tan rica en posibilidades, es incompleta.
El superyó inmaduro
En la época de Freud las normas sociales que, a través de la autoridad de los padres, debían pasar a integrar el superyó, formaban parte de un mundo ordenado. Es comprensible entonces que la tarea magna consistiera, frente a la formación neurótica, en alcanzar un desarrollo superyoico equivalente al de las mejores formas de la civilización y la cultura imperantes, a partir de los núcleos superyoicos más antiguos que correspondían a la perduración, actualmente neurótica, de estructuras de pensamiento que configuran normas primitivas, generalmente inconcientes.
Es cierto que el psicoanálisis ha contribuido a una modificación lenta y paulatina de aquella moral que se manifiesta como represión de la sexualidad. Con ello ha contribuido, también lentamente, a una variación progresiva de algunas normas sociales, lo cual influirá, a su turno, en la formación del superyó de los individuos que pertenecen a esa organización social. Pero el tratamiento psicoanalítico ha sido siempre concebido, en lo que respecta a este punto de vista, como una tarea dirigida hacia las relaciones entre el yo y el superyó del paciente, encaminada a lograr un grado suficiente de "maduración" en el desarrollo de un superyó cuyo modelo ideal estaba "al alcance de la mano", en un mundo que, según se pensaba y se sentía, debía ser perfeccionado, pero no era necesario que fuera radicalmente cambiado.
Incoherencia de valores y crisis axiológica
Vivimos hoy tiempos muy diferentes de aquellos en los cuales Freud construyera su teoría y efectivizara su práctica. Ortega y Gasset (1949) sostiene que aquello que llamamos sociedad no es la convivencia misma, sino una especie de corpus normativo que, bajo la forma de mores o costumbres, y como residuo o remanente de las convivencias pasadas, acota y determina las formas de la convivencia actual. Digamos entonces que la relación entre los hombres no es sociedad, sino convivencia, y existe una relación entre los hombres y ese corpus de estereotipos animados que llamamos sociedad. De modo que los hombres que conviven en la sociedad engendran, mediante esa convivencia, una nueva sociedad que determinará las formas de las convivencias futuras.
Los tiempos que hoy vivimos se manifiestan de una manera peculiar tanto en el terreno de lo que denominamos sociedad como en el campo restringido de un tratamiento psicoanalítico.
En el terreno de lo social asistimos a una crisis de valores tan profunda como que sólo hubo otra semejante en todo el desarrollo de la civilización humana (Gebser, J., 1950a). Mientras que aquella primera crisis marcó el pasaje de una época de predominio del pensamiento mágico a una época de predominio del pensamiento lógico o racional, la nuestra corresponde a la irrupción en la conciencia de una nueva certidumbre. El pensamiento racional, nuestro instrumento más privilegiado, no sólo posee una capacidad limitada por su misma estructura, en la aprehensión de la realidad, sino que, lo que es peor, deforma inevitablemente dicha realidad en el acto mismo de su operación (Bateson, G., 1979; Watzlawick, P., 1976; Weizenbaum, J., 1976).
Teniendo en cuenta que estamos en el fin de una "era" y en el comienzo de otra (Gebser, J., 1950a), no es de extrañar que nuestro mundo de valores no sea coherente ni ordenado, y que coexistan en él, mezclándose y oponiéndose entre sí, valores actuales y anacrónicos. La consecuencia de esta situación es doble. Por un lado existen, por así decir, tal número de éticas distintas como de individuos. Por otro lado, y ante esta crisis, los individuos aislados tienden a quedar más sometidos que nunca a valores arcaicos cuyo origen es inconciente y que ya han sido superados por la evolución de la cultura.
En el terreno de la realidad clínica, cuando realizamos nuestra labor psicoanalítica de hacer conciente lo inconciente y sometemos al juicio de la conciencia esos valores anacrónicos y primitivos (que heredamos, en el peor de los casos de la horda primitiva y, en el mejor, de los prejuicios parentales revitalizados por nuestra ecuación instintiva), nos encontramos con que hoy, a diferencia de los tiempos de Freud, carecemos de una coherencia axiológica que pueda servir de base al enjuiciamiento conciente.
Si quisiéramos decirlo brevemente, deberíamos señalar que nos encontramos actualmente con una nueva "patología". El neurótico no solamente es hoy un sujeto que adolece de un superyó "inmaduro" con respecto a la norma (se trate de una norma promedio o de una norma ideal); es también un sujeto que padece por una crisis de valores que comparte con un consenso mayoritario dentro de su sociedad, consenso en el cual es posible y aun probable que participe su psicoanalista. No debemos engañarnos en esto: por importante que haya sido la evolución de nuestra cultura civilizada, conciente y racional, aprendemos nuestras normas a partir de un ligamen afectivo, en su mayor parte inconciente, que impregna nuestro entorno.
El primitivismo afectivo
Disponemos de miles de palabras para designar a los objetos de nuestro mundo perceptivo, y de unas pocas, poquísimas, para referirnos a los afectos que sentimos. El hombre de hoy viaja en avión, usa el rayo láser, se entera en unos pocos minutos de lo que ocurre en Tokio, desarrolla una ingeniería genética y logra transplantar sus órganos, pero experimenta la envidia de un modo muy similar a como la experimentaban los hombres de una pequeña y aislada comunidad en los tiempos de Shakespeare. No debe extrañarnos entonces que semejante desigualdad en su desarrollo lo precipite, inexorablemente, en una crisis ética.
Es fácil imaginar en este punto dos objeciones que son contradictorias entre sí.
La primera consiste en cuestionar si esta patología es de veras "nueva", teniendo en cuenta que Freud se proponía no sólo modificar el superyó de un individuo, sino también luchar en contra de un consenso social que rechazaba, por ejemplo, la sexualidad infantil. A riesgo de repetir, insistiré en que lo nuevo es la carencia, en nuestros días, de una estructura de valores compartidos que sirva de base a una modificación concebida como perfeccionamiento y no como un cambio general y fundamental que afecta las bases mismas del sistema axiológico.
La segunda objeción podría apoyarse en el hecho de que no parece una tarea pertinente para un tratamiento psicoanalítico el intentar modificar en un individuo lo que se encuentra alterado en un consenso social. Antes de responder a esta segunda objeción es necesario que observemos un poco más de cerca qué es lo que ocurre, desde este punto de vista, en nuestros consultorios. Podremos entonces preguntarnos luego, en qué medida el resolverlo pertenece a nuestra tarea o, a la inversa, preguntarnos si podemos realizar nuestra tarea sin resolverlo.
Sin intentar hacer un prolijo inventario de la confusa, laxa y mal estructurada mezcla de valores que constituyen el universo axiológico del "hombre medio" de nuestros días, intentaremos referirnos, a grandes rasgos, a algunos lineamientos básicos que constituyen sus líneas de fuerza.
El individualismo degradado
Comencemos por decir que un grupo de virtudes personales tales como la dignidad, la honradez, la responsabilidad, la fidelidad, la confiabilidad, la "formalidad", la cultura, a pesar de que a menudo se hable de ellas, o se las aproveche muchas veces en el propio beneficio, son, en realidad, relativizadas. Otro grupo que incluye valores tales como el poder, la posesión, especialmente de bienes materiales, o el conocimiento científico-técnico (know how), tienden a ser considerados absolutos. Formas sociales como la libertad o la justicia son defendidas "desde lejos" y "en teoría" sintiendo que han perdido vigencia, o con la oscura conciencia de que, en un mundo complejo, funcionan codeterminadas por parámetros mal conocidos.
El auge del individualismo, que otrora condujo al hombre hacia el florecimiento pleno de sus disposiciones latentes, nos muestra hoy sus formas caducas. Por ejemplo: el orgullo, que implica responsabilidad y esfuerzos, cede su puesto a menudo a la vanidad, que es irresponsable y más fácil. Un narcisismo excedido se oculta frecuentemente bajo el disfraz del amor a los hijos. El egoísmo se viste con el ropaje más digno del amor familiar. La amistad, sazonada con el cálculo, queda sometida a las leyes de la relación concretamente útil. El cariño, que enriquece el vínculo amoroso a través de la generosidad y la capacidad de cuidar, se convierte en una debilidad peligrosa, que debe ser sustituida por la pasión y el enamoramiento, que procuran la posesión del objeto. Todo esto en nombre de una necesidad de progreso individual, que se hace imperativo bajo las formas, paupérrimas en su absurda simplicidad, de mayor poder, o prestigio, y mayor riqueza.
El hombre no ha nacido, sin embargo, para vivir aislado. Para realizarse plenamente le hace falta, como a la neurona, vivir inmerso en un mundo de interlocución. Para gozar de sus posesiones necesita, como le ocurre a un niño con una pelota, la presencia de alguien con quien compartirlas. El goce pretendidamente solitario se realiza mediante el artificio efímero de una presencia imaginaria.
El "vacío" y la "intrascendencia" existencial
Las formas de un individualismo degradado, en el cual la exasperación materialista genera una carencia de espiritualidad, desoyendo esta perentoria necesidad de convivir, crean en el hombre medio de nuestros días un vacío existencial de fondo. Entonces, como le ocurre a un solterón en el día de Navidad, no existe quien pueda llenar ese vacío. Sus hijos sólo funcionan como prolongaciones narcisistas de su propio ego; su cónyuge, frecuentemente devorado en un vínculo simbiótico, es sólo un pretexto para su crecimiento egoísta; sus amigos fueron elegidos para otros fines, acordes con la conveniencia de otro momento. Así, aterrorizado por un silencio enfermo, intentará hablar del tiempo, de lo que pasará con el dólar, o, irresponsablemente, de lo que ocurre en la política nacional o internacional. O intentará hacer algo, arriesgando su dinero, su vida o su honra, en el deporte o el juego; o soñará con vacaciones imposibles o con adquisiciones nuevas, incluyendo en estas últimas las aventuras sexuales.
Cuando, como a menudo sucede en la edad media de la vida, sus formaciones defensivas se agotan, aparece un cuadro que nuestra complicidad culpable prefiere encerrar, todo entero, en el diagnóstico de la melancolía. Sienten que sus vidas, o la vida en su conjunto, carecen de sentido. En nuestra interpretación diagnóstica habitual, las vicisitudes de las relaciones del yo con el superyó (que fundamentan la psicodinamia de la melancolía) invaden abusivamente el campo nuevo, constituido por las relaciones del superyó "individual" con las formas ideales caóticas del consenso social.
No suele percibirse en los años de la juventud, o de la vida adulta, destinados a crecer y procrear, y en los cuales los afanes transcurren, si no intervienen otras circunstancias, sin las dificultades graves que derivan de la debilidad afectiva. Pero cuando el hombre envejece, el crecimiento y la procreación dejan lugar, en condiciones saludables, a una creatividad que surge de su capacidad sublimatoria. Aunque el hombre y la mujer añejos disfruten de una actividad genital satisfactoria hasta el fin de sus días, y aunque puedan gozar de la compañía de cónyuges, hermanos, hijos, sobrinos, nietos, amigos o vecinos, necesitan inexorablemente, para vivir "en forma" y para evitar la ruina, realizar en su cotidianeidad presente una actividad auténtica que trascienda la terminación de sus vidas, y los arranque de la ilusión de que se puede vivir del pasado, entreteniendo los ocios con tareas menores o con la fantasía de un perpetuo recreo.
Los roles masculino y femenino
El hombre y la mujer de hoy se encuentran atenazados, en una época de cambio, entre dos estructuras normativas difíciles de conciliar y que operan en sus vidas desde lugares diferentes. Una, en su mayor parte afectiva e inconciente, es por lo general coherente y anacrónica; la otra, intelectual y conciente, tiene menos fuerza y menos coherencia, pero tiene todo el apoyo de un consenso actual.
Hoy se habla, demasiado a menudo, de igualdad, confundiéndola con la equivalencia, cuando es obvio que dos cosas pueden ser equivalentes sin necesidad de ser iguales, como sucede con los dos guantes que integran un par. Es también obvio que el hombre y la mujer que conforman una pareja humana ingresan en una relación complementaria dentro de la cual la extrema simplificación que surge de la confusión de ambos términos conduce a sufrimientos y daños que no deben ser subestimados. Es un dudoso beneficio, para una mano izquierda, que se le otorgue precisamente el guante que corresponde a la otra.
A pesar de que la función que la mujer desempeña en la sociedad ha evolucionado, y que esa evolución tiene un indudable valor positivo, es negativo el hecho de que coexistan, en la vida concreta del hombre y la mujer de nuestra época, en una mezcla incoherente y a menudo confusa, esquemas normativos antiguos y modernos, algunos concientes, y otros, precisamente los que más repercuten, inconcientes. Es casi inevitable que la mezcla de esquemas se constituya de manera incongruente, ya que se tenderá a combinarlos utilizando, de cada uno de ellos, solamente la parte que se estime más ventajosa. De este modo se explican en gran parte el sufrimiento, el deterioro y la infelicidad en la cual incurren hombres y mujeres, infelicidad que conduce, en nuestros días, al naufragio de tantas parejas.
Convivencia y trascendencia
Las formas del individualismo que hemos llamado caducas y decadentes no son, sin embargo, los únicos productos sociales propios de nuestra época. Tampoco se trata ahora de hacer un inventario de las virtudes humanas perdurables, tales como la generosidad, la ternura, la curiosidad, la tenacidad o la creatividad, que se mezclan en cada hombre con sus vicios en distinta proporción. Interesa señalar aquí, en grandes rasgos, las líneas de fuerza de los nuevos desarrollos ideales.
Podría pensarse ahora que el remedio frente a los productos decadentes del individualismo consiste en formas de organización colectiva racionalmente ordenadas de acuerdo con los principios de la equidad y la justicia. Sin embargo, como dije antes, hoy sabemos que frente a la maravillosa complejidad de la naturaleza y la cultura, la razón es mucho menos de lo que necesitamos para orientar nuestra vida. Tal como lo señala Ortega y Gasset (1950), la diferencia existente entre los derechos del hombre sancionados por la Revolución Francesa y el perdurable derecho romano, estriba en que, mientras los primeros se dedicaron a establecer racionalmente la legitimidad de sus principios, los segundos se limitaron a escribir lo que la experiencia de los siglos había elaborado como jurisprudencia decantada por la vida misma en su integral complejidad.
Megasistemas y grupos creativos
¿Qué es lo que vemos entonces, si observamos la vida misma, en los terrenos de la creatividad social? Vemos que aquí y allá los sentimientos comunitarios del hombre generan pequeñas agrupaciones espontáneas en torno de un ideal común, de duración variable, que se caracterizan por un período durante el cual la creatividad del grupo incrementa la capacidad creativa individual de cada uno de sus integrantes.
En el seno de estas agrupaciones, los productos de la creatividad acrecientan los sentimientos libidinosos internos y el interés exterior. De tal modo, logran compensar con creces los afectos disolventes internos que la convivencia estrecha genera y los ataques exteriores que su presencia provoca. Junto con la gratificación de los impulsos hacia una común-unidad, aparece un nuevo deseo-sentimiento, la trascendencia, que aspira a su satisfacción.
Estas agrupaciones, que poseen una estructura jerárquica interna, remedan las formas de agregación de las unidades de la vida orgánica, y tienden, si no predominan los efectos disolventes, a integrarse por un procedimiento análogo en unidades mayores. Koestler (1978), en un sentido más amplio, que trasciende lo humano, se refirió a estos sistemas con el nombre de "holones". Con un significado semejante piensa Bateson (1972) en los ecosistemas.
Esa incitación al trabajo que "desde adentro" podemos llamar entusiasmo, y que aparece en este tipo de agrupaciones, ha sido descripta por Grassé (Thomas, L., 1974) en su estudio de las hormigas termitas, como una propiedad biológica particular, y bautizada con el nombre "estigmergía" (que significa "incitación al trabajo").
Las hormigas han sido siempre el símbolo del sometimiento a una forma de organización colectiva que atenta contra la libertad y la creatividad individual. Hoy sabemos que las termitas, algunos de cuyos nidos, exceptuando las creaciones del hombre, son las obras más complejas e inteligentes entre las producidas por los seres vivos, organizan su trabajo de un modo que difícilmente podría ser concebido como un desmedro de su existencia individual.
Tal como afirma Lewis Thomas (1974), es inverosímil suponer que su cerebro, que por su forma y tamaño es semejante a un ganglio neural, pueda diseñar la tremenda complejidad de galerías de algunos de sus nidos, que son verdaderas "ciudades", de cuatro metros de altura por más de treinta metros de diámetro, acompañados de "suburbios" satélites, con cámaras de orientación adecuadas para mantener el grado de ventilación y humedad necesario para la "ganadería" o la "agricultura" ("ordeñan" pulgones y "siembran" vegetales) (Thomas, L., 1974, pág. 20).
La hipótesis de una habilidad "instintiva", como sabemos, es un modo gracioso de afirmar sencillamente nada. Las investigaciones de Grassé permiten construir la hipótesis, mucho más plausible, de que los cerebros de las distintas hormigas mantienen entre sí una relación semejante a la que mantienen las neuronas de un cerebro humano, y que el hormiguero, de este modo, cuando "se pone a pensar", funciona como un mega-cerebro con respecto a la hormiga. Grassé estudió este acoplamiento y desacoplamiento "cerebral" de las termitas, aislándolas y observando su conducta cada vez más inteligente a medida que va aumentando su número.
A pesar de que desde hace siglos el hombre se ha puesto en contacto con esta disposición humana a la constitución de grupos creativos, cuyo mejor testimonio lo encontramos en ejemplos como la orquesta sinfónica, el desarrollo de formas de pensamiento y de organización vital que podemos rotular con el nombre "terciarias", lo acerca hoy como nunca a comprender la profunda trascendencia de estos megasistemas.
Pero esta nueva conciencia y este movimiento evolutivo, que progresa hacia formas biológico-culturales más complejas, transcurre, como es natural, en vaivenes. En el campo de la conciencia y el pensamiento esos vaivenes se manifiestan bajo la forma de lo que los psicoanalistas llamamos resistencias. Cuanto más avanzado es el proceso, más tenaz y violenta será la resistencia.
Al evaluar las dificultades con que tropieza la constitución de una gestalt holónica debemos tener en cuenta, además de la mencionada operación, interna y externa, de la resistencia, que no todos los participantes de un grupo así configurado se integran holónicamente, y que, junto a los "correligionarios" que "sienten" la presencia de una labor trascendente, se reúnen "partidarios" que los acompañan durante un tiempo exentos de todo espíritu de trascendencia y sostenidos por motivos estrictamente individualistas o por vínculos simbióticos o endogámicos. Si queremos ser más exactos debemos decir que no hay casos puros sino mezclas, en distinta proporción, en cada participante, entre un aspecto "partidario" y otro "correligionario".
La cuarta injuria narcisista
A los fines de ayudarnos a comprender el tipo y la magnitud de las resistencias movilizadas, podemos mencionar dos situaciones que nos afectan desde un ángulo distinto.
Digamos, en primer lugar, que si es cierto que el descubrimiento de que la tierra no es el centro del universo, que el ser humano se halla inserto en la escala zoológica, y que lo gobiernan fuerzas inconcientes, infligió al hombre una triple injuria narcisista, podemos hacernos una idea de cómo ha de experimentar la incipiente conciencia de que su existencia misma de individuo es un concepto relativo al punto desde el cual se lo contemple.
En cuanto a la segunda situación nos basta con imaginar cómo podrían sentirse los miembros de una comunidad primitiva en la cual los hombres se ocuparan en conjunto de la guerra y de la caza y las mujeres atendieran el campamento y los hijos de padres indiscriminados, en el momento en que algunos de sus miembros inauguraran la formación de parejas matrimoniales con reconocimiento de la propiedad de los hijos y de su "autoridad" sobre ellos. Tal institución social nueva sólo podría subsistir si se diera por lo menos una de estas dos condiciones: 1) que aportara productos indudablemente beneficiosos a la comunidad, más allá de toda negación posible, o 2) que obedeciera a una necesidad tan imperiosa que la recreara siempre de nuevo después de cada nueva destrucción.
Convivencia y trascendencia en el campo psicoanalítico cotidiano
Nos falta ahora comprender de qué manera se insertan estos conceptos en el campo de nuestro trabajo psicoanalítico cotidiano. Después de haberlos recorrido con cierto detalle, dos palabras bastarán para diseñar lo esencial.
Junto a su necesidad de convivencia, el hombre posee una necesidad de trascendencia, sea conciente o inconciente, que, como ocurre con cualquier otra necesidad, debe ser identificada durante el tratamiento psicoanalítico a los fines de que pueda ser adecuadamente satisfecha. Los valores que rodean de un modo más cercano a esta disposición latente, que constituye, al mismo tiempo que una facultad, una vocación, son la curiosidad, la ternura, la generosidad y la creatividad.
El asunto principal reside precisamente en comprender que existe en todos los seres humanos y no solamente en algunos, así como existe en todas las mujeres una disposición latente a la maternidad. El principio freudiano de que psicoanalizar no es solamente curar, sino también educar, adquiere en este punto una especial validez. Pero es necesario no confundirse; educar no es imprimir lo que uno sabe en el otro, sino, muy por el contrario, y como la etimología lo indica, conducir hacia afuera lo que existe adentro de él. Precisamente en eso reside lo importante, porque no se trata hoy de asumir ni rechazar valores sociales que ya están establecidos, ni tampoco de retocar o perfeccionar alguno que funcione mal.
Cuando, en el proceso de hacer conciente el superyó inconciente se empiezan a cuestionar los antiguos valores y se aborda al mismo tiempo, inevitablemente, el campo otrora inexistente de una crisis axiológica como la nuestra, es necesario evitar a todo trance el expediente de armar de urgencia un ideal protésico, yendo en cambio a buscar en las fuentes viscerales de la necesidad de convivencia y trascendencia, la auténtica materia prima de la norma social.
¿Acaso no lo hemos experimentado en carne propia alguna vez, cuando en la magia de una interpretación lograda sentimos el misterioso instante eterno en el cual, siendo uno con el paciente, hemos crecido para siempre los dos? Pero entonces, cabe preguntarse, ¿estamos ayudando al paciente o lo estamos usando para establecer las normas de una nueva sociedad? Es necesario que demos vuelta la pregunta: ¿existe algún modo en que podamos ayudarle a desentumecer su aparato trascendente que no adquiera momentáneamente la engañosa forma de arrancarlo de sí mismo para volcarlo íntegramente sobre la comunidad?
Notas
(97) El contenido del presente capítulo incluye al relato que, con el mismo nombre, fue presentado al XIII Simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática, en Buenos Aires, en enero de 1982, y algunos párrafos extraídos del prólogo escrito en noviembre de 1997 para el libro La mujer y su ética de María Zulema Areu Crespo (en prensa).
(98) No sólo deberíamos hablar de primitivismo sino también de "raquitismo" afectivo, ya que el hombre que hoy habita, por ejemplo, en los subsuelos de una megápolis como New York, padece de una deformada y desigual evolución afectiva que es muy distinta de la que se encuentra en el salvaje que habita, en condiciones saludables, un mundo primitivo.