Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XV

ACERCA DE LA EXTORSIÓN MELANCÓLICA

Luis Chiozza, Catalina N. de Califano, Alejandro Fonzi, Liliana C. de Grus,
Ricardo Grus, Elsa L. de Marzorati, Juan Carlos Scapusio

 

El logro mediante el sufrimiento

Es habitual que un bebé llore y lo levanten en brazos para que se calme. Puede ocurrir un día que los padres piensen que están malcriando a su hijo y decidan dejarlo en la cuna a pesar de sus protestas. El niño llorará nuevamente pero esta vez no recibirá la respuesta acostumbrada. Desconcertado y asustado, insistirá, llorando aún más fuerte. Si los padres permanecen a su lado y lo cuidan sin levantarlo, por fin se resigna y se calma. Si ocurre, en cambio, que, sintiendo que no pueden tolerar el sufrimiento del niño, lo alzan en brazos, la situación es otra. Experimentan habitualmente una sensación de fracaso porque no han podido mantener su decisión. El bebé se siente aliviado pero, percibiendo el malestar de sus padres, se siente también "culpable". La secuencia se repite una y otra vez. Los padres soportan cada vez mejor el llanto del niño, pero éste llora cada vez más y se pone cada vez peor, hasta que ellos vuelven a ceder. El sentimiento de fracaso en los padres y de culpa en el niño aumenta progresivamente. Cuando ocurre esta situación o alguna otra semejante, el niño, desde pequeño, se entrena para conseguir lo que quiere a través del sufrimiento. Aprende que sufrir constituye el método, la técnica para conseguir las cosas, y se va perfeccionando en ella.

Respecto de la actitud a tomar frente a una criatura que llora, el consenso suele dividirse en dos grupos: uno formado por quienes piensan que el niño es caprichoso y que no se le debe dar lo que pide; el otro, por quienes se conduelen de su llanto, afirmando que frustrarlo es cruel y que deben satisfacerse sus demandas. Hay "razones" de distintos órdenes que avalan cada una de estas actitudes. Hay padres que parecen no poder optar por ninguna de ellas. Desarrollan un mensaje de tipo contradictorio, según el cual no les parece bien acceder "enseguida" al deseo del niño porque implicaría consentirlo, pero tampoco quieren frustrar definitivamente su pedido por temor a que sufra en exceso. Es en este contexto donde el niño siente, entonces, que para obtener algo debe ganarlo con sufrimiento. Esta vivencia parece estar en la base de la creencia de que un trabajo debe ser valorado no tanto por el resultado o nivel alcanzado, sino más bien por el esfuerzo que demandó su realización. Tal expectativa marcha en sentido inverso a lo que nos muestra la vida, que suele premiar el resultado y no el esfuerzo.

Algunos aspectos del sufrimiento melancólico

El sufrimiento que describimos tiene sólo en parte el carácter de teatro o ficción; implica además un padecer auténtico que puede llegar hasta la enfermedad somática o el suicidio en el intento de lograr su propósito. Conviene señalar en esta situación dos aspectos. El primero consiste en el refuerzo del sufrimiento primitivo que proviene de su resignificación secundaria. El "niño" siente que lo que él desea es algo inmerecido y su logro lo llena de sentimientos de culpa, que debe pagar con un sufrimiento mayor, pero, si fracasa, se siente estafado, porque verdaderamente ha sufrido y debería ser compensado o resarcido. El segundo aspecto reside en que "el niño" suele confundir los ideales con las necesidades y se comporta como si le fuera imposible seguir viviendo sin obtener lo que anhela, por ejemplo, ser alzado en brazos o, en un sentido simbólico, ser elevado en jerarquía (mejor "puesto" o nivel social, etcétera). Puede suceder que un niño, luego de llorar mucho, consiga que lo levanten y siga sintiéndose mal o aún más culpable, o también, frente a la frustración de su deseo, la insistencia en el llanto puede impedirle descubrir que es posible prescindir de aquello que quería. El adulto en el cual opera una situación semejante puede encontrarse persiguiendo logros inadecuados que, una vez obtenidos, no le satisfacen y le impiden desarrollar de una u otra manera deseos o conductas sustitutivos y adecuados. Por evitar el dolor de tener que renunciar a una ilusión, el sujeto vive su vida inmerso en el sufrimiento, en el intento de "conjurar" y "ablandar" al destino, como antes, en su infancia, a los padres. Fenichel (1952) utiliza el nombre de extorsión para referirse a esta actitud, cuya intervención describe en varios cuadros psicopatológicos. La ilusión que el sujeto persigue pertenece a la imagen de un mundo que es el único en el que aceptaría vivir y al cual se empeña en conjurar mágicamente, con procedimientos tercos que ahora resultan cada vez más fallidos, en la medida en que se alejan cada vez más de la realidad (así encuentra, por ejemplo, que su matrimonio no es como debiera, que los amigos no son lo que creía, que los maestros no son capaces, etcétera). En la ocasión en que alcanza tercamente algún logro (que en su fantasía ha sido arrancado, mediante la extorsión, al destino que representa a los padres) los sentimientos de culpa (por el fracaso de aquellos) incrementan la insatisfacción primitiva que correspondía a lo innecesario del logro. Su mundo interno y sus relaciones de objeto, con padres "derrotados" en cada progreso, adquieren de este modo las características funcionales que aprendimos a conocer a través del estudio de la melancolía.

El sujeto no sólo aprende que para obtener lo que se quiere lo esencial es sufrir. También aprende un metamodelo (deuteroaprendizaje) (Bateson, G., 1942), por obra del cual su objetivo pasa a ser "lograr el logro", es decir, "salirse con la suya", independientemente de la cosa que se intenta lograr. De este modo transforma cada asunto en una cuestión de principios. No persigue algo determinado, sino lograr todo lo que constituye un logro. Mientras llora su fracaso, confía en el triunfo, porque siente que está a punto de "salirse con la suya".

Extorsión melancólica, situación analítica y consenso

Cuando opera este mecanismo es habitual que el paciente tenga un permanente sentimiento de malestar y que el analista, a pesar de haber intentado comprenderlo desde distintos ángulos, experimente la sensación, también permanente, de no saber cómo asistirlo. Esta vivencia corresponde a las expectativas del paciente de encontrar un objeto ilusorio y fantástico, expectativas que el analista, en tanto objeto real, no puede satisfacer. El paciente suele plantear los problemas que lo aquejan como insolubles, dejando al analista con la sensación de estar acorralado en un callejón sin salida. Para que el tratamiento pueda progresar es necesario que tanto el paciente como el analista acepten concientemente que la vida de cada uno no es la vida del otro. Es imprescindible ubicar al paciente en la posición de tener que hacerse cargo de su propio e indelegable problema. Esto puede lograrse con actitudes y palabras que adquieran el significado de: "¿Qué piensa hacer usted ahora?".

En casos como éstos, el analista debe "luchar" con un tipo de paciente que tiene muchos años de entrenamiento en una clase de conducta que exige, para lograr su modificación, que el psicoterapeuta asuma un rol complementario para el cual, en general, no suele estar bien preparado. En el decurso del tratamiento siempre se llega al punto en que los padres (maestros, jefes, etcétera) han fracasado con el paciente y es el analista el que debe revertir la situación y salir ahora exitoso trascendiéndola. Pero se encuentra (como sucede, en un tratamiento médico, con un germen penicilino-resistente) con que, en sus intentos frustrados, los padres han "entrenado" al paciente para resistir.

Cuando algún cambio se avecina el paciente se angustia, porque se reedita la situación antigua, en la cual cambiar equivalía al fracaso de un logro experimentado como esencial para sobrevivir. Usa entonces, como recursos de la resistencia, expresiones que aluden a un carácter o a un mundo que (mediante racionalizaciones que suelen ser excelentes) pretende inmutables. Esto termina condensándose en afirmaciones como, por ejemplo: "Yo soy así", "es mi manera de ser", "así es el mundo" y "esto es imposible de cambiar". Habitualmente, cada vez que se llega al núcleo que constituye un baluarte (Baranger, M. y Baranger, W., 1969), el paciente agrava sus síntomas. Llega incluso a enfermarse somáticamente y usa su empeoramiento como prueba de que el análisis, que se orienta hacia el cambio, "no funciona". Podemos comprender así desde otro ángulo, la "reacción terapéutica negativa"; el agravamiento del paciente aparece como una contraprueba de que el analista está equivocado. Si éste "no cede en su intento" y es sentido como "un padre decidido", el paciente, avalado por sus familiares, amigos y el más amplio entorno, que suele incluir a otros colegas, considera que el analista lo está dañando con sus interpretaciones y lo acusa de ser el culpable de su empeoramiento. La situación se hace difícil de sostener, en parte porque los analistas suelen negarse a "atravesar" el rol de "un padre decidido" frente a un "niño maleducado", y en parte porque en el mismo analista suele tener mayor peso la identificación con el rol de paciente que con la condición de ser analista. Además, la influencia del consenso, que ejerce presión, opera como un malentendido, invirtiendo los significados de las cosas. Cuando el analista busca promover cambios en el paciente y éste lo extorsiona con su agravamiento, surge la crítica hacia aquél, que es visto desde la opinión corriente y el "sentido común" como cruel o insensible, o bien como alguien exigente que quiere llevar al paciente a logros que van más allá de lo que puede, sin respetar lo que éste, por su naturaleza, es.

Aunque no se presenta solamente en la enfermedad melancolía, denominamos melancólica a esta modalidad de extorsión que ejerce presión sobre otra persona a través del sufrimiento propio. Si bien aparece como sufrimiento, como autoataque, opera sobre el objeto promoviendo sentimientos de culpabilidad, en una serie creciente, que puede llegar hasta lo intolerable.

Modificación de la extorsión melancólica

Para que el paciente pueda modificar esta modalidad de conducta es necesario que el analista lo acompañe cordialmente y mantenga su decisión de enfrentar mediante la interpretación precisamente aquello de lo que el paciente huye. El "des-entrenamiento" comporta un proceso cuyo primer paso consiste en diferenciar entre conseguir una cosa y "salirse con la suya". Es imprescindible que "al niño" que insiste "llorando" y sufriendo cada vez más, se lo ayude a comprender que la "negativa" frente a sus pedidos no sólo proviene de la naturaleza de éstos, sino del hecho que suele sentirse cada vez peor si no consigue lo que desea. Situación que hace necesario mantener ahora dicha "negativa" en razón de otros fines, los terapéuticos. Si "el niño" reacciona empeorando y la situación resulta intolerable, es posible "ceder" hasta un punto en que, si la reacción sigue repitiéndose, será necesario "explicarle" que habrá una ocasión en que la decisión será definitiva e irreversible. La forma y el timing de ese momento dependerán de las características particulares de cada vínculo. A veces sucede que el paciente llega en el análisis a sentirse "arrinconado" y entonces "pide una tregua". Esta "tregua" puede aparecer como transferencia negativa, empeoramiento de sus síntomas, enfermedad orgánica, etcétera, y suele tener la finalidad de permitirle consolidar nuevamente su estructura de modo que el baluarte no se destruya.

Junto a la posibilidad de que el analista, en el encuadre y en la interpretación, asuma el rol de "un padre decidido", cabe otra alternativa, la de esperar y no forzar la situación. En este último caso es necesario tener en cuenta que el paciente asistirá a las sesiones, pero que, mientras tanto, el cambio fundamental, que corresponde al baluarte, quedará postergado. Si bien es cierto que el paciente se resiste a ese cambio y usa la afirmación de su carácter como refugio y pretexto, ni el analista ni el paciente deben olvidar que es ese mismo carácter el origen de los problemas que motivan precisamente la continuación del tratamiento.

Notas

(99) El contenido del presente capítulo pertenece a un trabajo presentado en el XIV Simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), en enero de 1983.

(100) Usamos la palabra "niño" entre comillas para referirnos no sólo al niño real, sino al que habita dentro del adulto

(101) Mientras que en la esquizofrenia la contradicción en la comunicación (doble vínculo; Bateson, G., 1942b) es simultánea, en la estructuración melancólica que nos ocupa, esta contradicción se realiza sucesivamente. Los padres de pronto deciden no levantar al niño cuando llora; luego cambian su criterio, y lo alzan en brazos

(102) La expresión tan habitual "lágrimas de cocodrilo" señala aquellas situaciones en que estos mecanismos son muy evidentes, pues en este animal la masticación excita sus secreciones lagrimales y llora mientras está devorando a la presa. Watzlawick (1980) relata una experiencia por la cual una rata abandonada a su suerte, en un tanque de agua del cual no puede salir, de pronto deja de nadar y se ahoga, pero si se la rescata y luego se la vuelve a abandonar en el agua, ahora, después de esa experiencia que le brindaría una mayor confianza en el éxito, nada mucho más tiempo hasta quedar exhausta.

(103) Resulta interesante investigar por qué solo algunos casos excepcionales y no la mayor parte de la gente llega a ser anciana "estando en forma". Un gran porcentaje de personas muere alrededor de los sesenta años con enfermedades somáticas deteriorantes. El pensamiento de la mayoría, dictado por el sentido común, parecería, por lo menos en ciertos órdenes de la vida, conducirla por senderos equivocados.

(104) Una crítica semejante corresponde a la proyección sobre la figura del analista de una actitud inconciente de exigencia ideal, que el paciente y el consenso que lo acompaña, adoptan frente a un mundo que incluye al analista mismo. Nos encontramos aquí frente al caso, señalado por Freud (1911c [1910]*, t. XII, pág. 59 y 61), en que lo que permanece "reprimido" hasta el punto de sustracción de la investidura inconciente, retorna a la conciencia bajo la forma de una percepción, como si proviniera del exterior. Cuando se llega a este punto, en cuestiones que comprometen al baluarte, tanto en el tratamiento como en cualquier relación personal fuera del vínculo psicoanalítico, el malentendido suele ser irreversible. Sólo queda el camino de la separación. Ésta puede recorrer todas las etapas de una serie, que va desde la violencia a la resignación. Resignación que suele adoptar la apariencia de un acuerdo que, en realidad, es imposible, precisamente en razón del malentendido que provoca la separación.

(105) Como el monstruo mitológico de las siete cabezas que, en la tregua, vuelve a generar aquellas que le son cortadas

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