Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XVII

LA PARADOJA, LA FALACIA Y EL MALENTENDIDO COMO CONTRASENTIDOS DE LA INTERPRETACIÓN PSICOANALÍTICA

Dr. Luis Chiozza

 

Qué significa interpretar

La palabra "interpretación" deriva del latín y posee en su origen el sentido de la acción realizada por el mercader, el mediador o el intermediario, intérpretes que toman sobre sí la tarea de explicar lo que el vendedor o el comprador no quieren o no pueden poner en palabras (Corominas, J., 1961; Meillet, A. y Ernout, A., 1959; Quillet, A., 1963).

En su uso actual, el término "interpretar" adquiere un amplio significado que abarca varias acepciones: la tarea de determinar el sentido; la de traducir o explicar en un idioma lo que se ha dicho en otro; la de atribuir una acción a un determinado fin o causa; la de comprender o expresar, bien o mal, el asunto de que se trata, y también, por extensión, la de representar una obra de teatro o ejecutar una composición musical (Salvat, 1964; Quillet, A., 1963; Real Academia Española, 1950).

Entre estas acepciones hay una que se diferencia netamente de todas las demás. Podemos atribuir la caída de una piedra a una fuerza que la causa y que denominamos gravedad. Cuando así lo hacemos, establecemos una relación que denominamos causa-efecto y que consideramos privada de la intencionalidad correspondiente al terreno de lo anímico.

No parece excesivo suponer que, cuando llamamos "interpretación" al hecho de atribuir una acción a una causa, es porque implicamos en esta atribución la idea de un significado o sentido que alude, no del todo concientemente, a la existencia, en el universo físico, de una finalidad que los seres humanos sólo conocemos por introspección.

Cuando consideramos que la interpretación opera sobre un "objeto" que pasa a constituir "lo interpretado" ingresamos en el terreno de la paradoja. Aparentemente este objeto debe satisfacer dos condiciones "antes" de poder constituirse en el objeto de una interpretación. Debe hacerse presente a la conciencia del intérprete y debe además, excepto en el caso de la relación causa-efecto examinado anteriormente, ser considerado como un "producto" o parte de una existencia psíquica. La paradoja reside en que estas dos condiciones, presuntamente "anteriores" al ejercicio de una interpretación, son a su vez, ambas, el resultado de una actividad interpretativa previa.

Si examinamos el conjunto de las acepciones que abarca el término interpretación, podemos, en primera instancia, reducir la definición de su significado a tres puntos:

1) determinar el sentido,

2) traducir de uno a otro "idioma",

3) expresar un asunto.

Hemos puesto "idioma" entre comillas para asignarle un significado más amplio que incluya todo aquello que pueda ser considerado un lenguaje.

Si admitimos que es más prudente sustituir la expresión "determinar el sentido" por la expresión "determinar un sentido", y que todo "objeto" de una interpretación forma parte de una existencia dotada de sentido o finalidad, podemos admitir también que en lo esencial interpretar es traducir.

Tratamos entonces como lenguaje, en un significado amplio, similar al que utiliza Turbayne (1970), a todo aquello que pueda considerarse dotado de sentido o finalidad, ya que el reconocimiento de un significado que se revela mediante la interpretación lleva implícito que el fenómeno interpretado es categorizado como un "sistema de signos".

 

El propósito de este desarrollo no consiste en defender a ultranza un uso tan abarcativo del término interpretación, sino el de mantener en la conciencia que ese significado amplio se halla implícito y comprometido, como connotación inconciente, cada vez que utilizamos el término para denotar una actividad concreta, por más específica que esta actividad sea. Resulta útil además cuando decidimos explorar sistemáticamente las vicisitudes del proceso durante el ejercicio de una actividad interpretativa singular.

La interpretación psicoanalítica

La actividad de psicoanalizar se realiza mediante una de las formas de la interpretación. El ejercicio de esta actividad implica una existencia psíquica que podemos separar, desde un punto de vista conceptual y esquemático, en cuatro sujetos:

1) el que interpreta,

2) el que produce el material interpretado,

3) el que recibe la interpretación,

4) aquel a quien la interpretación va dirigida.

Suele ocurrir que varios de estos sujetos, o inclusive todos ellos, coincidan en una misma persona. Habitualmente denominamos "material" al objeto de la interpretación psicoanalítica. Señalamos así, de manera implícita, el carácter de este objeto, que se define como material debido a su capacidad de impresionar a los órganos de nuestros sentidos y constituirse de este modo en "objeto" para nuestra conciencia.

Cae de su propio peso que no toda interpretación de un significado es una interpretación psicoanalítica. Sin embargo, en la medida en que toda interpretación se constituye como investidura de representaciones preconcientes, realiza, inevitablemente una manera de hacer conciente lo inconciente. Aparentemente no es así. Cuando "interpretamos" una sombra en una placa radiográfica como la evidencia de un tumor en el esófago, o, en otro caso, el desplazamiento de una banda espectrográfica como indicación de que una determinada estrella se aleja de nosotros, no parece que hayamos realizado al mismo tiempo la investidura de una representación preconciente. Pero el conocimiento que de este modo hemos adquirido compromete inevitablemente una importancia, y es precisamente esta importancia lo que constituye su significación. Este significado, este sentido (que justifica que utilicemos habitualmente la palabra "interpretación" para el caso de la atribución de una causa a un determinado fenómeno), corresponde, en términos metapsicológicos, a la investidura de una representación preconciente. La relación existente entre significado y significancia (o importancia) equivale a la que existe entre investidura a pequeña o a plena cantidad.

Si sostenemos que toda interpretación implica un hacer conciente lo inconciente: ¿cómo podemos definir y categorizar la forma de interpretación que constituye lo que denominamos interpretación psicoanalítica?

Cuando nos acercamos con el método psicoanalítico al objeto de nuestra interpretación, habitualmente distinguimos entre lo que denominamos un contenido manifiesto y uno latente. El contenido latente se halla, además, reprimido, y esta represión se manifiesta, durante el ejercicio psicoanalítico, como una resistencia a la interpretación.

En el capítulo dedicado a la interpretación del material, apoyándonos en el hecho indudable de que el llamado contenido manifiesto también surge en la conciencia del psicoanalista como producto de un trabajo interpretativo, sostuvimos la tesis de que esta "primera" tarea merecía ser explorada sistemáticamente, y que esta exploración brindaba nuevos materiales al ejercicio psicoanalítico, además de los que tradicionalmente constituyen su objeto predominante.

Podríamos ahora sentirnos tentados de definir a la interpretación psicoanalítica afirmando que es aquella que obtiene un significado que se hallaba latente y reprimido. Sin embargo, dos circunstancias atentan contra el propósito de que podamos trazar esta definición con límites tan netos.

La primera consiste en que no nos atrevemos a dejar, fuera de lo que se considera interpretación psicoanalítica, a los contenidos inconcientes que, según postula Freud (1923b), aún siendo resistidos, no han sido reprimidos, por el hecho de que nunca anteriormente han logrado acceso a la conciencia.

La segunda reside en que muchas otras formas del conocimiento, a las cuales logramos acceso mediante una interpretación que no podemos considerar psicoanalítica (piénsese en la teoría de la relatividad, por ejemplo), alcanzan la conciencia venciendo una resistencia análoga, en su apariencia, sino en su motivo, a la que pretenderíamos usar para definir a la interpretación psicoanalítica.

Parece por lo tanto más atinado y prudente definir la hermenéutica particular que nos ocupa diciendo: interpretación psicoanalítica es aquella que revela un segundo sentido, a partir de la clave constituida por la teoría que denominamos psicoanálisis. Los pilares de dicha teoría tipifican la especificidad de nuestro ejercicio interpretativo. Toda futura ampliación de nuestra teoría revertirá entonces en la futura amplitud que nuestra definición abarque.

La interpretación "verdadera", "objetiva" o "correcta"

En el capítulo Estudio y desarrollo de algunos conceptos de Freud acerca del interpretar, y partiendo de lo que Freud (1900a [1899]) sostiene cuando manifiesta que no es verosímil suponer que los caminos seguidos por el trabajo del sueño y aquellos seguidos por la interpretación sean transitables en dirección inversa, afirmábamos que la interpretación "llega a las representaciones retenidas" mediante un camino propio y diferente de aquel otro que fue recorrido en dirección inversa por el proceso de la transferencia.

Continuábamos entonces diciendo: "Si estudiamos el proceso de la interpretación durante el tratamiento desde un punto de vista 'objetivo', aquello que llamamos contenido latente surge en la conciencia del analista como un derivado propio, del cual se apropia el paciente cuando transfiere sobre él la catexis retenida; y esto último, unido al emergente de asociaciones que lo enriquecen, nos conduce a afirmar que dicho 'contenido latente' le pertenece. Podemos, en virtud de lo anterior, afirmar que el criterio de verdad no es lo operante en la valoración de una interpretación, y que debemos reemplazarlo por un criterio de adecuación, salvo que, haciendo un uso pragmático del concepto 'verdad', llamemos verdadero a aquello que demuestra ser adecuado para nuestros fines".

La lingüística (Todorov, T., 1978) distingue, frente a todo enunciado verbal, entre un significado directo, emanado "literalmente" de la estructura semántica de la frase enunciada, y un significado indirecto, contextualmente formado, que puede ser inconciente, y que constituye el verdadero enunciado comunicativo.

Subrayemos, en este punto, tres circunstancias:

1) El psicoanálisis, en algunas ocasiones, conduce hacia el hallazgo de un segundo sentido, así como en otras procede iniciando su labor a partir de ese segundo sentido.

2) El psicoanálisis nos enfrenta con la existencia de múltiples sentidos, o, dicho de otro modo, el proceso de búsqueda es interminable, para expresarlo en las propias palabras de Freud (1900a [1899], t. I, pág. 539): "Las ideas latentes descubiertas en el análisis no llegan nunca a un límite y tenemos que dejarlas perder por todos lados en el tejido reticular de nuestro mundo intelectual".

3) Tal como afirma Todorov (1978), es necesario encontrar un criterio que permita distinguir entre una interpretación contextualmente acertada del sentido indirecto y una suspicacia interpretativa inacabable que puede llegar a adquirir las características de un "delirio" similar al de la actitud paranoica. En otras palabras, es necesario disponer de un criterio que sustente la "decisión de interpretar". El criterio propuesto por Todorov consiste en que la motivación a interpretar debe nacer de alguna incongruencia entre el contexto y el término objeto de la interpretación. Es la impertinencia del término con respecto al contexto lo que justifica su interpretación. La interpretación debe detenerse en el momento en que el sentido obtenido satisface adecuadamente las exigencias de congruencia con el contexto percibido.

A partir de las circunstancias apuntadas, que nos llevan a comprender la diferencia entre "cierto" y "acierto", se hace evidente, y la clínica así lo confirma, que, en algunas ocasiones, el logro de una interpretación adecuada, o acertada, puede llegar a ser muy difícil (Chiozza, L., 1979a [1977-1978-1979]).

 

La multiplicidad de símbolos para aludir a un sentido

La antigua y siempre mantenida controversia, en lingüística, entre naturalismo y convencionalismo --también, en cierto sentido, entre anomalía y analogía (Lyons, J., 1969)-- puede condensarse, desde el punto de vista que aquí nos interesa, en dos posiciones diferentes con respecto al tipo de relación existente entre el símbolo y lo simbolizado. La primera posición considera que el símbolo fue alguna vez (o es actualmente) parte de un conjunto, más amplio, que ella, la parte, simboliza. La segunda, por el contrario, considera que el símbolo posee con lo simbolizado una relación convencional y arbitraria. Se trata, en esencia, de si existe, o no existe, alguna relación simbólica investigable mediante la cual el sentido (más allá de una razón de "uso" que lo deposite asociado con un signo en la memoria) se conserva en la "forma" o estructura configuracional del símbolo.

La palabra "naturalismo", por las connotaciones que inevitablemente compromete, no constituye actualmente un rótulo adecuado para la primera posición. Pero, más allá de este rótulo, es evidente que la actitud que la sostiene resulta más coherente con el conjunto entero de la teoría y la experiencia psicoanalíticas.

La palabra es la herramienta fundamental del psicoanálisis, y sin embargo los psicoanalistas nos hemos mantenido lejos de esta polémica, aceptando demasiadas veces argumentos lingüísticos que olvidan que existe una represión de lo inconciente.

No es casual que se haya privilegiado la conservación del sentido en la tarea de traducir, relegando, a un muy distante segundo término, la conservación de la forma llamada "traducción literal". Demás está decir que este privilegio crea especiales problemas a la traducción de poesías, porque en ellas el sentido redunda desde un sistema significativo que es exterior al que denominamos sintaxis (Gombrich, E. H., 1966). Piénsese, por ejemplo, en la diferencia existente, en el poema "El cuervo" de Poe, entre el never more, de la versión inglesa, en la cual el more se ha construido con una primera vocal que pertenece a las que Jakobson (1975, pág. 386) denomina "oscuras", y el "nunca más" de la versión castellana, cuyo "más" contiene una vocal "clara" mucho menos lúgubre. Afortunadamente Etcheverry, en su excelente versión castellana de la obra de Freud, revaloriza deliberadamente la llamada "traducción literal" (Etcheverry, J., 1978).

Si queremos traducir, por ejemplo, el sentido del castellano "sin embargo" al inglés, diremos however. Aparentemente, todo termina aquí. Pero si nuestra curiosidad alcanza para proseguir el análisis, tal vez pensemos que el inglés however se ha construido por la adición de las palabras how y ever que traduciríamos al castellano, respectivamente, con las palabras "como" y "siempre"; de lo cual se deduciría que however se puede traducir al castellano por el término compuesto "como-siempre". ¿Esta segunda traducción es, como aparenta ser, un disparate? Si continuamos nuestra exploración recurriendo, por ejemplo, al idioma italiano, vemos que una de las maneras de traducir, por su sentido, "sin embargo", es comúnque, cuya traducción literal al castellano es, otra vez, "como siempre". A esta altura de la exploración parece razonable formular la cuestión que nos intriga de este modo: ¿por qué los ingleses, y también, algunas veces, los italianos, para significar "sin embargo" dicen "como-siempre"?

Pero... ¿el sentido de este interrogante no es tan "absurdo" como el de aquel personaje de Mark Twain (1885) que preguntaba: ¿Por qué si un francés quiere decir cow no lo dice, en lugar de decir vache?

Una pregunta como ésta, similar a la que haría un niño, sólo haría sonreír a un lingüista "convencionalista". Constituye, en cambio, para su rival, adscripto al "naturalismo", un interrogante serio. Un psicoanalista puede preguntarse, además, de dónde surge su efecto humorístico.

Si reunimos el conjunto de expresiones castellanas, inglesas e italianas que corresponden al sentido del español "sin embargo", obtenemos, aproximadamente, la siguiente lista: En castellano: "sin embargo", "a pesar de", "no obstante" "pero", "de cualquier manera", "de todos modos". En inglés: however, whatsoever, nevertheless, anyhow. En italiano: comúnque, cío nonostante, tuttavia, ma, peró.

No podemos examinar aquí prolijamente el significado de cada término, pero basta la contemplación panorámica para atreverse a esbozar una hipótesis sobre la cual deseamos extraer algunas conclusiones útiles para nuestra labor psicoanalítica.

La hipótesis es la siguiente: cada término forma parte de una o varias frases más extensas que "describen" su sentido, cuyo conjunto incluye a todos esos términos, y cuya estructura pertenece probablemente a los universales del lenguaje que Chomsky (1975) postula. De este conjunto inconciente el hablante de cada lengua distinta elige un diferente trozo, para representar el todo, guiado por preferencias que dependen de los caracteres típicos de cada "nacionalidad" y motivado por las redundancias extrasistemáticas diversas que cada expresión idiomática comporta.

Así, la representación de "un mismo" significado mediante términos distintos, en idiomas distintos, se complica con la inclusión inevitable y adyacente de significados distintos para los distintos idiomas, vehiculizados por los distintos términos.

Estamos sosteniendo la tesis de que, bajo la aparente multiplicidad de sentido del símbolo (que derivaría de la pretendida arbitrariedad de su elección), se esconde la particular y específica relación inconciente que cada uno de ellos mantiene con sus propios referentes. Relación influida y modificada por su combinatoria con otros símbolos que constituyen el contexto. Cada uno de esos referentes, simbolizados por distintos símbolos, pueden ser similares entre sí pero nunca idénticos, porque no solamente están constituidos por un sentido que los asemeja entre sí, sino por otro que los distingue. A este último se alude siempre mediante una redundancia extrasistemática distinta, inherente a cada uno de los diferentes símbolos que cada idioma utiliza.

Veamos lo que ocurre con un referente aparentemente sencillo a partir de la hipótesis que acabo de exponer. Se trata de un pequeño bastoncillo de cera, o de madera, con una cabeza de fósforo, que en España se denomina cerilla y en Argentina fósforo. Cuando se lo frota contra una superficie áspera se enciende, en la contienda, produciendo una llama que ilumina. En alemán se lo designa "madera para frotar" (Streichholz), en inglés "contienda" (match), en italiano "que produce llama" (fiammifero), y en francés "iluminador" (allumette).

Ordenemos ahora la hipótesis en sucesivos enunciados.

1) El hablante de cada lengua distinta elige un trozo diferente del referente para representarlo en su totalidad.

2) La traducción es posible porque se admite que todos los símbolos considerados, de los distintos idiomas, aluden a "un mismo" conjunto más amplio que constituye el referente.

3) Los símbolos de los distintos idiomas tienen un significado "literal" distinto para cada uno de ellos, al cual aluden en primera instancia e inconcientemente. Significado inconciente constituido solamente por un "trozo" del referente al cual se alude en la segunda instancia, conciente.

4) El hablante de cada idioma distinto elige un diferente símbolo guiado por características típicas que forman una parte de lo que se denomina su nacionalidad.

5) El hablante de cada idioma prefiere el símbolo que elige motivado por las redundancias extrasistemáticas que ese símbolo contiene y que connotan significados inconcientes diversos para cada idioma. Este aspecto se pierde inevitablemente en toda traducción de sentido, y desde este punto de vista el referente al cual los diferentes símbolos aluden ya no es el mismo. Teniendo en cuenta que Holz en alemán es "madera", un Streichholz no es una "cerilla".

En resumen, podemos decir, de un modo aproximado, que cada idioma concibe un referente pretendidamente único desde una óptica inconciente distinta, contenida en su elección de un término particular para denotarlo.

Si tenemos en cuenta que la mayoría de los referentes son mucho más complejos que un fósforo, no ha de extrañarnos que se afirme que la palabra es un equívoco predestinado y que todo traductor es un traidor. Pero si tenemos en cuenta además que aquellos referentes que más importa simbolizar son precisamente importantes en el sentido de que movilizan la mayor investidura, comenzamos a comprender mejor por qué "bárbaro", en su origen, es aquel cuya lengua no se entiende, y el sentido trágico de discordia que comporta, como símbolo, la Torre de Babel.

La función del malentendido

La metapsicología, con su tópica, su dinámica y su economía, nos presenta un modelo teórico que deriva de la física y que connota, en primera instancia, ese significado "físico", para términos que, como "represión" y "transferencia", predominan ampliamente en la traducción castellana de la obra de Freud. Ocasionalmente encontramos otros, como "censura", reservado para el equivalente de la represión en el fenómeno onírico, y "reedición", usado sin un significado riguroso, y además muy pocas veces, en lugar de "transferencia". Tanto "censura" como "reedición" ofrecen la particularidad de que no pueden denotar acciones físicas, sino únicamente actividades realizadas por personas.

Así ocurre con el término "investidura" que Etcheverry utiliza en su reciente versión castellana, sustituyendo, creo que ventajosamente, los términos "carga", de la traducción de López Ballesteros, y "catexis", propuesto por Strachey.

Decíamos en otro lugar (Chiozza, L., 1979a [1977-1978-1979]) que, junto al modelo físico implícito en su metapsicología, encontrábamos en la obra de Freud indicios de una incipiente "metahistoria" cuyo modelo hubiera podido ser trazado a partir de una característica que el mismo Freud descubre en sus historiales clínicos, cuando expresa que, casi a su pesar, han adquirido la forma de la literatura.

En el apéndice escrito por Strachey para Las neuropsicosis de defensa (Freud, S., 1894a) se sostiene la equivalencia entre las expresiones "intensidad psíquica", "suma de excitación", "factor cuantitativo" y "monto de afecto". Se concluye afirmando sin embargo que, probablemente, para Freud el monto de afecto era una manifestación particular de la suma de excitación.

No deja de ser significativo que en un artículo que Freud escribe directamente en francés (Freud, S., 1893c*) utilizara como sinónimo explícito de Affektbetrag, traducido por "monto de afecto", la expresión "valor afectivo", cuyas connotaciones abandonan el terreno económico para ingresar en un campo axiológico, lo cual compromete la idea de "significación".

En Tópica y dinámica de la represión, por ejemplo, Freud (1915d) afirma que la represión consiste en una sustracción de investidura y en una contrainvestidura. ¿Qué ocurrirá con nuestra idea de la represión si devolvemos a la palabra "investidura" su significado pleno?

Investidura es aquello que se otorga en la acción de investir, y ésta consiste en conferir a una persona una dignidad, condecoración o cargo. Acción cuyo sentido se comprende mejor si tenemos en cuenta que la palabra se refiere por su origen al acto concreto de colocar un vestido que simboliza una nueva personalidad. Nada más lejos, por su connotación, al acto físico de "carga" mediante una determinada cantidad. Pero aun sin recurrir a este tipo de análisis, nos bastaría con volver a la idea de valor afectivo para tener cierto derecho a sostener que adquirir una investidura es adquirir una significación, mediante una determinada cualidad.

La represión consistiría entonces en una sustracción del sentido y en un contrasentido. Es más, de acuerdo con lo que Freud afirma con respecto a las investiduras, el sentido sustraído a una determinada idea puede ser utilizado para "colocar" sobre otra un contrasentido, y también para crear una "barrera" de contrasentidos (Freud, S., 1915c, 1950a [1887-1902]).

Acuden ahora a nuestra memoria palabras que Freud escribe en Tótem y tabú (1912-13): "Una función intelectual que nos es inherente, exige de todos aquellos objetos de nuestra percepción o nuestro pensamiento de los que llega a apoderarse, un mínimo de unidad, de coherencia y de inteligibilidad, y no teme establecer relaciones inexactas cuando por circunstancias especiales no consigue aprehender las verdaderas". Merleau-Ponty se refiere al mismo tema cuando expresa: "...hay algo de horrible, de repulsivo, de irreconciliable en estas cosas que simplemente son y no quieren decir nada" (1948, pág. 124).

En La interpretación de los sueños, Freud (1900a [1899], t. I, pág. 505) señala: "...la instancia psíquica que aspira a hacer comprensible el contenido manifiesto y lo somete con este fin a una primera interpretación, a consecuencia de la cual queda más dificultada que nunca su exacta inteligencia, no es otra que nuestro pensamiento normal".

Si volvemos ahora a pensar en aquellas ocasiones en las cuales la tarea interpretativa del sentido indirecto "adecuado" se hace difícil, y tenemos en cuenta que la Torre de Babel no sólo es un símbolo que alude a las distintas lenguas, sino ante todo a ese retículo inabarcable de la vida inconciente, frente al cual cada ser humano tiene su "idioma" propio y su propio motivo de discordia, podemos divisar, desde un nuevo ángulo, cómo actúan la represión y la resistencia, mediante una "barrera" de contrasentidos.

Intentemos resumirlo en unos pocos puntos.

1) Existe en el paciente (y en el psicoanalista) una búsqueda de la interpretación, nacida del dolor que provoca la presencia de un contrasentido inconciente. Este contrasentido, que se manifiesta en un "síntoma", puede llegar a veces hasta el extremo de manifestarse en la conciencia como "pérdida" del sentido que posee la vida o, más frecuentemente, como un hecho aislado y absurdo al cual se agrega una interpretación resistencial.

2) El analista encontraría siempre la interpretación acertada si no fuera porque la búsqueda que, junto con el paciente, realiza de la interpretación, queda compensada por el contrasentido que llamamos represión y que se manifiesta, en el trabajo psicoanalítico, como resistencia y contrarresistencia (Racker, H., 1957a).

3) El analista encuentra la interpretación acertada cuando logra integrar los sentidos contradictorios del paciente en un nuevo sentido que trasciende el conflicto anterior ampliando la significación.

4) Cuando el analista no encuentra la interpretación acertada, pero es capaz sin embargo de ofrecer un significado más congruente con el contexto, significado que podría conducir paulatinamente a la tarea en la dirección adecuada, el paciente recurre al retículo referencial inconciente que la Torre de Babel simboliza y produce un malentendido. Entre las posibilidades que brinda la Torre de Babel, existe aquella que Bion (1966) denomina "revertir la perspectiva".

El malentendido es la forma metahistórica y cualitativa de aquello que, desde un modelo físico, llamamos, por su "fuerza" y cantidad, resistencia. En él participan también, de manera inconciente, las contrarresistencias del psicoanalista. El malentendido implícito en la transferencia señala, desde otro ángulo, su facultad de devenir resistencia. Aunque se oponga a "los designios de la cura", su función no puede ser considerada, de un modo unilateral, únicamente negativa.

Podemos distinguir en el paciente, muy esquemáticamente, tres formas principales del malentendido. Tengamos en cuenta previamente que denominamos, en un sentido amplio, "síntoma" al fenómeno que conduce al paciente hacia la búsqueda de la interpretación del analista, fenómeno frente al cual el paciente siempre posee una interpretación propia, que le resulta insuficiente.

1) En la primera forma de malentendido, la interpretación del analista es interpretada por el paciente en el mismo sentido en que el paciente interpreta al síntoma, y no se produce modificación alguna. Corresponde fundamentalmente a una sustracción del sentido que poseía la interpretación del analista. Es un erróneo "ya lo sé".

2) En la segunda forma, la interpretación del analista es interpretada por el paciente, de un modo equivocado, como un contrasentido a la interpretación que él realiza del síntoma. Este contrasentido no trasciende el esquema de su conflicto, ya que, por el contrario, se halla latente en él, y no le parece aceptable. Aquí el malentendido es también, desde otro ángulo, un contrasentido al sentido de la interpretación del analista, y tampoco se produce modificación alguna. Es un erróneo "no es así".

3) En la tercera, el paciente abandona el sentido que atribuye al síntoma para aceptar un contrasentido que es el que él atribuye equivocadamente a la interpretación del analista. El malentendido conduce aquí hacia una modificación distinta de la que el analista esperaba. Esta modificación puede ser beneficiosa, inclusive mejor de la que el analista hubiera obtenido de no existir el malentendido, o puede ser perjudicial, hasta llegar a coincidir, en algunos casos, con lo que se denomina una "reacción terapéutica negativa". Es un erróneo "ah, bueno".

Las tres formas del malentendido descriptas en las vicisitudes del trabajo psicoanalítico, presentes en otras maneras de la comunicación y el trato, operan también habitualmente, para bien y para mal, en el intercambio científico entre colegas, dado que la ciencia también posee su propia Torre de Babel, y en ella también se sufre el riesgo de una reacción "terapéutica" negativa.

La paradoja y la falacia frente a la ampliación del sentido

El "yo" es un conjunto coherente de pre-juicios (Freud, S., 1950a [1887-1902]) que, desde un punto de vista metahistórico, son temáticas o significados recurrentes. Podemos encontrar en este conjunto algunos núcleos de cristalización que, iluminados desde un ángulo particular, se manifiestan como malentendidos, o, desde otro ángulo, como paradojas y falacias.

Las relaciones existentes entre el malentendido y la falacia (implícita en la paradoja) son equivalentes a las que existen entre un trastorno en la interpretación del sentido y un trastorno del juicio. El lenguaje habitual aproxima estos dos significados mediante las expresiones "sentido común" y "buen juicio".

Una paradoja típica, que Bateson (1972) denomina "doble vínculo", se realiza, por ejemplo, cuando el paciente "oye" de este modo la interpretación del analista: "Ud. no debe hacer lo que yo digo", y se propone "obedecer". Configura un caso particular de la conocida contradicción planteada por la sentencia: "Lo que esta frase afirma es falso", engendrando un pensamiento circular aparentemente insoluble.

Desde este ángulo particular, psicoanalizar es resolver paradojas semejantes, aunque no tan evidentes, trascendiéndolas mediante el acceso a su correspondiente metanivel de tipificación lógica, o disipar los malentendidos, enriqueciendo la complejidad del campo comunicativo y su contenido de información. Esto coincide de manera suficiente con aquello que, en otro orden de ideas, llamamos crecimiento y evolución, no tanto en el sentido del desarrollo, sino en el de emergencia cualitativa ligada a la reestructuración de un sistema (Lorenz, K., 1973).

Hemos sostenido que la interpretación acertada importa una ampliación del sentido, afirmación que conviene ejemplificar ahora a partir del desarrollo que realizamos, hace algunos años (Chiozza, L., 1977b), sobre un aspecto particular del complejo de Edipo.

Entre los núcleos de cristalización que conforman el Edipo, hay uno que podemos denominar el falso privilegio del padre, cuya importancia fundamental reside en que lleva implícito un modelo de pensamiento que se ejerce cotidianamente de manera inconciente, empobreciendo nuestro juicio de realidad en las diferentes formas de la convivencia humana.

Freud (1923b) afirma que junto al mandato "así como el padre debes ser", existe el mandato opuesto "así como el padre no debes ser. No debes hacer todo lo que él hace pues hay algo que le está exclusivamente reservado". Lo prohibido en esta formulación (el coito con la madre del sujeto) incluye aparentemente la prohibición de la identificación completa con el padre bajo la fórmula "así como el padre no debes ser". Se configura de este modo lo que Freud denomina una doble faz del ideal del yo que, en lo que respecta a la identificación, adquiere el significado paradójico de dos mandatos opuestos y contradictorios: debes ser como tu padre y no debes ser como tu padre.

Si profundizamos en la formulación de Freud advertimos, sin embargo, que en realidad no se prohíbe al hijo algo que el padre pueda, en cambio, realizar. Es evidente que la misma prohibición puede expresarse también de otra manera: "Así como el padre debes ser. Debes hacer todo lo que él hace y no hacer lo que él no hace. No debes realizar el coito con tu madre así como él no lo realiza con la suya". También aquí lo prohibido es el incesto. También queda excluido el hijo y no su padre del coito con la madre del sujeto. Pero en esta segunda formulación, la prohibición no comprende la identificación completa con el padre. Por el contrario, en este caso precisamente la identificación completa con el padre refuerza la prohibición del coito incestuoso.

La formulación de Freud, incompleta desde el punto de vista teórico. describe sin embargo una realidad que se observa en la clínica. El niño, y por lo tanto también el neurótico y, en otras palabras, el ser primitivo que habita en cada uno de nosotros, interpreta que el padre puede realizar el acto que a él se le prohibe en la medida en que experimenta el permiso y la prohibición frente a una mujer que, desde el punto de vista de su presencia material, aparece como la misma para el padre y el hijo. La capacidad para distinguir en esa mujer dos personas distintas, dos objetos (la madre y la esposa) que derivan del ejercicio de funciones diferentes en el triángulo edípico, es una adquisición que depende de la posibilidad de construir una estructura eidética entretejiendo los datos de la percepción sensorial actual con el recuerdo, para estructurar la imagen de una persona como producto de un vínculo.

Al ser esta capacidad una adquisición compleja y tardía, resulta especialmente vulnerable a los ataques que, al servicio de las fantasías optativas, condicionan la regresión del pensamiento.

Pasamos entonces a los motivos y a la implicancia de la construcción de esta falacia. Según lo que llevamos dicho hasta aquí, la confusión señalada entre las distintas personas designadas como madre y esposa, que se manifiestan en la presencia material de una misma mujer (confusión presente en el hijo cuando interpreta que el padre puede realizar lo que a él le está prohibido), debe su génesis a la persistencia de un pensamiento primitivo, que opera al servicio de una fantasía optativa.

El carácter irracional de esta forma arcaica del pensamiento permanece encubierto por la evidencia directa de los sentidos que confunde dos objetos, dos personas, en una misma presencia material. La percepción sensorial colabora de este modo en la construcción de una apariencia, sometida al deseo inconciente de inhabilitar, mediante la razón, una prohibición odiada.

Las consecuencias que se derivan de este ejercicio particular del pensamiento son de enorme importancia, tanto en la constitución de una opinión pública inconciente (que configura una vigencia social operante) como en la ejecución de un tratamiento.

Si tenemos en cuenta que el padre aparece como el poseedor de un privilegio que no tiene, cuando en realidad es el hijo el que intenta o pretende gozar de ese privilegio, podemos sospechar que esta particular concepción de una injusticia (que se demuestra falsa) en el triángulo edípico, además de configurar el modelo mental primitivo de un sentimiento de injusticia malentendido, frente a algunas características del mundo social que sólo en apariencia son injustas, genera desde uno u otro rol (a través de múltiples mecanismos) la realización de efectivas injusticias encubiertas que adquieren plena vigencia.

En lo que respecta a la constitución de la familia, a partir de este sentimiento de injusticia se incrementa la rivalidad edípica, entre cuyas vicisitudes se cuenta un incremento retroactivo de la ansiedad de castración, con un refuerzo de la fijación fálica.

Mencionemos también por su importancia que la envidia en el hijo por el goce del padre, valorado erróneamente como si se tratara de la consumación material del incesto, constituye un modelo mental general de los sentimientos envidiosos. La envidia se caracteriza por la proyección sobre la situación envidiada de otra situación ideal configurada por el goce que el sujeto que experimenta envidia es capaz de imaginar, goce que no suele coincidir con aquel otro que el sujeto envidiado alcanza.

Por último, señalemos lo que la observación clínica nos muestra. El análisis, en el campo de la transferencia, de los motivos que sostienen esta persistencia del pensamiento primitivo, conduce al paciente hacia la etapa genital secundaria, atempera la rivalidad y la envidia frente al analista, y la transferencia adquiere un matiz nuevo y diferente que podemos denominar "fraterno", ya que desde este punto de vista el padre y el hijo comparten hermanados en el tiempo una misma prohibición, impuesta por una evolución que adquiere el nombre de cultura.

En síntesis

Luego de intentar responder a los interrogantes ¿qué significa interpretar? y ¿cómo puede definirse una interpretación psicoanalítica?, se comienza por discutir, a partir de un esquema metapsicológico y de la teoría de la transferencia-contratransferencia, la pertinencia del concepto ''interpretación cierta" en la valoración de la interpretación psicoanalítica, y se propone sustituirlo por el concepto "interpretación acertada".

Se trata luego la cuestión planteada por la existencia de múltiples símbolos para aludir a un mismo sentido o referente. Se sostiene que cada símbolo distinto connota distintas redundancias extrasistemáticas que diferencian, de un modo generalmente inconciente, al referente pretendidamente único, denotado por los distintos símbolos.

Se comprende de este modo que la Torre de Babel, más allá del malentendido superficial creado por el uso de símbolos distintos, convencionales y arbitrarios, que remiten a un mismo referente, simboliza la trágica discordia que se encuentra en la raíz de todo malentendido, creada por la discrepancia existente en lo profundo entre los significados mismos.

Se describen luego tres formas principales de malentendido durante la labor psicoanalítica, sosteniendo que configuran una vertiente metahistórica de la resistencia y contrarresistencia, y que, más allá de un campo restringido al psicoanálisis, operan en otras maneras de la comunicación y el trato.

Se plantea luego que las relaciones existentes entre el malentendido y la falacia (implícita en la paradoja) son equivalentes a las que existen entre un trastorno en la interpretación del sentido y un trastorno del juicio. Ambos funcionan como un contrasentido frente a la interpretación psicoanalítica, la cual, cuando es acertada, los trasciende mediante una amplificación del sentido. Esta situación se ejemplifica, por fin, a través del estudio del falso privilegio del padre en el complejo de Edipo.

Notas

(111) El contenido de este capítulo corresponde a un trabajo presentado en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática, el 15 de abril de 1983

(112) Capítulo IX del presente volúmen

(113) Capítulo IX del presente volúmen

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