Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XVIII

LA METAHISTORIA Y EL LENGUAJE DE LA VIDA EN EL PSICOANÁLISIS Y LA PSICOSOMÁTICA

Dr. Luis Chiozza

La verdad nunca puede ser dicha de modo que sea entendida y no sea creída.

William Blake

 

El modelo histórico-lingüístico

Suele pensarse que la característica que define a un matemático es el saber operar con los símbolos matemáticos. Saber, por ejemplo, calcular, resolver ecuaciones, o aplicar fórmulas que permiten encontrar la magnitud de un determinado factor. Sin embargo, la cualidad que caracteriza al matemático es otra. El matemático sabe que los operadores matemáticos son símbolos que aluden a una determinada realidad, y tiene conciencia de la realidad que representa cada uno de los operadores que utiliza.

Suele pensarse, también, que un psicoanalista sabe psicoanálisis porque es capaz de relacionar conceptos tales como el de triángulo edípico, represión secundaria, mecanismo de aislamiento, o contratransferencia. Sorprende que un equívoco semejante, similar al que ocurre con las matemáticas, sea tan ubicuo. Actualmente es común que, en muchos de los ámbitos en donde los psicoanalistas discutimos nuestros trabajos científicos, no se perciba la diferencia existente entre quien puede operar con los conceptos, porque conoce la metapsicología psicoanalítica, y el psicoanalista que, por haber vencido una parte de su propia represión, sabe auténticamente lo que esos conceptos representan en el lenguaje de la vida.

Entre quienes estudian la obra de Freud, hay algunos que llegan a ser, independientemente del grado alcanzado en su formación psicoanalítica, verdaderos eruditos. Suelen ser personas muy capaces de opinar "con fundamento", aportar datos valiosos y, a veces, hasta esclarecer algunos puntos de la teoría. Es precisamente por esta capacidad que, frecuentemente, pasa desapercibido el hecho de que suelen ignorar, porque jamás han llegado a sentirla, gran parte de la realidad emocional a la cual los conceptos metapsicológicos refieren.

Ésta es una de las razones por las cuales, injustamente, tantas veces la teoría ha caído en descrédito entre los psicoanalistas que se manifiestan "partidarios de la clínica". Es también una de las razones por las cuales muchas veces el psicoanálisis mismo, como psicoterapia, cae en desprestigio. Esto último suele ocurrir frente al escaso resultado obtenido por algunos tratamientos basados en interpretaciones que, aunque pueden ser verdaderas, desconocen la oportunidad para "levantar" la represión y se agotan circularmente en el terreno del intelecto.

En la teoría psicoanalítica encontramos conceptos que Freud no llegó a sistematizar y que apuntan en una dirección distinta de la metapsicológica. La estructura conceptual de la metapsicología, que se constituye con una tópica, una dinámica y una economía, deriva de la física. El otro grupo de conceptos, en cambio, huye de las características de las ciencias naturales, para construirse de acuerdo con el modelo de las ciencias que toman por objeto al espíritu o a la cultura. Es un modelo "histórico-lingüístico" que representa la realidad en términos de relaciones entre personas, en lugar de representarla como suma algebraica de fuerzas, o como la resultante geométrica de una conjunción de vectores. Así, por ejemplo, los conceptos psicoanalíticos de catexis, pulsión, represión, y transferencia, propios del primer modelo, corresponden, aproximadamente, en el segundo, a los términos "investidura", "deseo", "censura" y "reedición". Demás está decir que el lenguaje del segundo modelo se halla más cerca de la vida tal como la experimentamos, cada uno de nosotros, cuando pensamos en la propia. Es decir que se halla más cerca del referente "último" al cual alude toda teoría psicoanalítica.

Si entendemos que metapsicología es un campo de conocimiento que se halla "más allá" de la psicología, en el sentido de que sus afirmaciones se refieren a la psicología pero no son psicología, podemos llamar "metahistoria" a ese segundo campo conceptual que se halla más allá de la historia, que se refiere a las historias, pero que no es, en sí mismo, una historia.

Desde un punto de vista metahistórico, lo psíquico no debe ser concebido como una misteriosa e inasible emanación de la materia, sino como la cualidad concreta de significación que constituye una historia. La historia, desde ese punto de vista, es algo mucho más rico que el registro "objetivo" de una secuencia temporal. Una sucesión de hechos de significación diversa, aunque crono-lógicamente ordenados, no constituye una historia. Una historia es siempre un entretejido de temas, o "argumentos", que, como es el caso de la traición, el heroísmo o la venganza, aunque son muchos, son típicos. Existen más allá del tiempo mensurable, son "atemporales" o, si se quiere, sempiternos. De modo que se re-presentan una y otra vez, en el escenario de la vida, como el "transcurrir" de algunas escenas que reclaman nuestra atención, escenas que forman parte de un drama que puede ser re-conocido precisamente por ser característico, es decir, universal.

Los símbolos metapsicológicos, como ocurre con los símbolos matemáticos, nos ofrecen la ventaja de ser esquemáticos y breves, precisos y más fáciles de operar, pero pueden embarcarnos en discusiones que, por estar desprovistas de la autenticidad de la "carne", son aburridas y estériles. Este tipo de símbolos tiende a hacernos perder conciencia de la significancia de los sentimientos a los cuales aluden. Los símbolos metahistóricos, en cambio, nos ofrecen la ventaja de nacer verbalizados en el lenguaje de la vida, el mismo lenguaje en el que toda interpretación psicoanalítica debería ser hecha. Pero las permutaciones simbólicas implícitas en la operación de estos conceptos son mucho más "lentas", y es por este motivo que, habitualmente, se cree que no constituyen teoría ni ciencia. Sin embargo, más allá de la magnitud de su inteligencia, o de su erudición dentro del psicoanálisis, sólo es psicoanalista quien es capaz de sentir vivencialmente la significancia de los símbolos que opera.

 

El lenguaje del cambio

Los antiguos distinguían tres formas del saber. Aquello que se sabe por lo que "se dice" (scire), aquello que se sabe porque se lo ha saboreado alguna vez (sapere) y aquello que se sabe porque se lo ha probado muchas veces, se lo ha experimentado (experior). Corresponden a la diferencia que existe entre entender, comprender, y creer. Suelen quedar simbolizadas por el cerebro que alude al intelecto, el corazón que alude al sentimiento, y el hígado que alude a una capacidad práctica que se manifiesta en la voluntad y determina la cualidad que denominamos experiencia.

Entender de un modo intelectual puede llevar a sentir auténticamente lo que se ha entendido, y el comprender de esta manera puede conducirnos a creer con ese convencimiento que nos lleva a disponer la vida entera de acuerdo con aquello que hemos comprendido. Pero este camino, que nos conduce a un cambio, es accidentado y difícil. Uno se con-vence sólo con una realidad que lo ha "vencido". Cuando entender una significación implica comprender una significancia que compromete la vida en una nueva creencia, estamos en presencia de un cambio. De modo que el enfermo que no cambia es el que no ha logrado comprender hasta el punto de creer. La historia de la psicoterapia es la historia de la interminable búsqueda del lenguaje del cambio.

Freud, refiriéndose al hecho de que, durante el tratamiento psicoanalítico, todo conflicto debe ser finalmente "batallado" en el terreno de la transferencia, decía que " ... nadie puede ser vencido in absentia o in effigie" (Freud. S., 1912b, t. II, pág, 418). Bion señalaba que hay un punto del camino en el cual el psicoanalista que se equivoca enseña a su paciente psicoanálisis, en lugar de proporcionarle una experiencia emocional cuyos efectos éste jamás podrá borrar. La conclusión es clara: el contexto de autenticidad necesario para que el compromiso afectivo establezca ese cambio irreversible que llamamos "mutativo", se obtiene gracias al fenómeno denominado transferencia. Es por este motivo que la interpretación de la transferencia constituye, a un mismo tiempo, el timón y el radar del procedimiento que denominamos "psicoanalizar".

El paciente y su psicoanalista se interrelacionan en un proceso de transferencias recíprocas. Cuando queremos subrayar que la transferencia del psicoanalista es una respuesta a la transferencia del paciente, usamos, para designarla, la palabra "contratransferencia". Cuando, refiriéndonos a un determinado material clínico, preguntamos cuál es la transferencia, o la contratransferencia, suele responderse enunciando lo que el paciente, o el analista, han sentido, uno frente al otro, en el "allí y entonces" de la sesión psicoanalítica. No es ésta, sin embargo, la respuesta justa. Para responder esa pregunta necesitamos comprender los sentimientos, de uno y otro, en función de un modelo de relación que surge de la historia infantil de cada uno de ellos. Ese modelo o "mapa del mundo", generado en la infancia, que cada uno lleva en la mano cuando recorre el territorio de su vida, es el que condiciona que se repitan en ella, constantemente, las mismas temáticas.

Si una persona recurre al psicoanálisis, es porque siente que en su vida hay algo que funciona mal. Contrariamente a lo que suele creerse, el psicoanalista no piensa que los problemas que el paciente sufre son imaginarios, sostiene que son problemas reales, pero se dedica a "cuestionar" el "mapa" con el cual el paciente enfrenta la realidad que lo rodea. Demás está decir que "cuestionar el mapa" del paciente no significa proponerle otro que el analista "tiene", significa acompañarlo en el proceso de su reconstrucción.

El psicoanálisis debe poner en crisis los "mapas", concientes e inconcientes, que el paciente ha logrado. La mayoría de las veces esto lleva implícito, también, poner en crisis el "estilo" con el cual los ha trazado. Dijimos ya que sin un compromiso afectivo suficiente es imposible obtener ese efecto, y que la existencia constante de la transferencia asegura un punto de apoyo a la palanca que produce el cambio. ¿Podemos entonces sostener que para psicoanalizar es imprescindible interpretar la transferencia?

Para contestar a esa pregunta debemos tener en cuenta tres definiciones.

1- Con la palabra "psicoanalizar" nos referimos a un proceso por el cual, venciendo una resistencia, y "llenando las lagunas mnémicas", hacemos conciente algo inconciente que estaba reprimido. Pero también la usamos para designar al procedimiento que se realiza en una sesión psicoanalítica de cincuenta minutos, que se repite no menos de cuatro veces por semana, cumpliendo con las reglas de lo que se denomina "encuadre".

2- Usamos, en psicoanálisis, la palabra "interpretación", para referinos a comprender el significado inconciente del "material" comunicativo que una persona produce. Pero también la usamos, en un sentido más restringido, para designar a la comunicación verbal y explícita, realizada al paciente durante una sesión psicoanalítica, del significado inconciente que hemos comprendido.

3- Con la palabra "transferencia" nos referimos a un fenómeno general, que ocurre en toda relación humana. Pero también la usamos para limitarnos a designar lo que ocurre en la sesión psicoanalítica como producto del tratamiento mismo.

Si nos referimos al psicoanalizar en su sentido más restringido de procedimiento "ortodoxo", debemos sostener que interpretar la transferencia que se desarrolla durante el tratamiento, es imprescindible. Si nos referimos, en cambio, al psicoanalizar, en el sentido amplio de hacer conciente lo inconciente, sigue siendo imprescindible interpretar la transferencia, pero, en este caso, debemos entender por transferencia al fenómeno general que ocurre en toda relación humana. En ambos casos usamos la palabra "interpretación" en su sentido amplio de comprender un significado inconciente, en lugar de aludir con ella al proceso de comunicar explícitamente lo que hemos comprendido. La comunicación explícita de la interpretación no siempre es conveniente y, menos aun, imprescindible (Chiozza 1974c, 1979c).

El tratamiento psicoanalítico

Contrariamente a lo que suele pensarse, el "material clínico" no es el punto de partida "objetivo" de la interpretación psicoanalítica, sino que se constituye mediante un proceso interpretativo cuyos "pasos" sucesivos estudiamos en el capítulo La interpretación del material. Intentaremos describir ahora, con la brevedad y la inexactitud de un esquema, el procedimiento "efectivo" necesario para interpretar la transferencia a partir del momento en que se ha "constituido" el material a interpretar.

1- Debemos identificar la temática conciente que el paciente relata con sus palabras, o "relata" con las palabras que somos capaces de "adjudicar" a su silencio o a sus actos. Una temática es un "argumento", un drama o suceso que ocurre entre personajes y que reconocemos como típico. Es decir un drama "universal", un drama que, en distintos tiempos y ocasiones, distintas personas repiten siempre de la misma manera.

2- Una vez identificado el "argumento" o el drama del relato, debemos identificar sus personajes típicos, sean explícitos o implícitos, y, si es posible, reducirlos a los dos principales.

3- Debemos establecer, recurriendo a lo que sentimos, en cuál de los personajes de la temática que encontramos, el paciente representa a nuestra persona "funcionando" en el acto de convivencia que se realiza durante la sesión psicoanalítica que está transcurriendo. Debemos establecer una identificación semejante entre el paciente y otro de los personajes de la misma temática. Debemos tener en cuenta que, tanto esta identificación como la anterior, correspondiente a la persona del psicoanalista, son momentáneas y se permutan fácilmente, pero esto no debe implicar que, durante el tiempo en que permanecen, nos resistamos a sentirlas como genuinas y auténticas.

4- Ya que sabemos que toda relación actual contiene la transferencia de una situación pasada, debemos identificar el modelo contenido en la temática actual, de un modo que nos permita ubicarlo en la infancia de ese paciente, y, secundariamente, en su conducta habitual, y en su neurosis de transferencia. Recién en este punto, para nosotros mismos, y todavía "en silencio", hemos interpretado la transferencia presente.

5- Debemos realizar una labor semejante y recíproca para interpretar "en silencio" nuestra contratransferencia. Este punto puede preceder al anterior o realizarse simultáneamente con él, y, en ambos casos, ayudarnos a descubrirlo. Pero aquí no sólo debemos tener en cuenta que el personaje que contratransferimos responde al que nos transfiere el paciente, sino también establecer, siempre, cómo se relaciona con nuestra infancia. Esto último nos permite comprobar que todo psicoanálisis de un vínculo se realiza, siempre, con una coincidencia de los puntos de urgencia propios del paciente y de su psicoanalista.

6- Sabemos ahora, todavía "en silencio", cuál es el drama, quien representa en ese drama al paciente, quien me representa, y que es lo que sentimos el uno frente al otro. Sabemos también que lo que ambos sentimos es una proyección del pasado, cuya atribución al presente puede ser, o no ser, injusta, porque esa misma proyección puede haber condicionado que aquel pasado se repita ahora real y efectivamente (neurosis de transferencia y de contratransferencia). Debemos, en este punto, como psicoanalistas, y a partir de lo que ahora sabemos, hacer un bucle hacia atrás y volver sobre la primitiva temática, para realizar, ya que hemos hecho conciente lo que ambos transferimos, tres tareas:

a) Comprobar si seguimos pensando que el drama es el mismo, o si, por el contrario, pensamos ahora que es otra la temática clave.

b) Comprobar si seguimos ubicándonos, y ubicando al paciente, en los mismos personajes del drama primero, o si, por el contrario, los roles se han permutado.

c) Descubrir que la primera transferencia-contratransferencia interpretada era resistencia, y ocultaba otra, resistida, generalmente "invertida" en el rol o el afecto.

Esas tres tareas nos convierten ya, todavía "en silencio", en un "personaje inesperado" dentro del drama que el paciente habitualmente repite de manera inconciente. Llegamos así a establecer el verdadero punto de urgencia.

7- El recorrido de todos los puntos anteriores, y especialmente la conciencia de la transferencia y de la contratransferencia, ha enriquecido el significado de la temática identificada, desde el comienzo, en el relato del paciente. Ese enriquecimiento de la significación de la temática puede darse bajo la forma de una ampliación de su sentido o como un desplazamiento de la importancia desde uno hacia otro de los elementos que constituyen el drama. Esta adquisición de un nuevo sentido, que equivale al haber tomado conciencia de un significado inconciente, debe ser ahora compartida con el paciente mediante la comunicación verbal que denominamos interpretación. En los capítulos VI, VII, VIII hemos apuntado las razones por las cuales, para realizar esta tarea, debemos utilizar exclusivamente los personajes del relato, evitando explicitar nuestra interpretación del drama en el vínculo paciente-analista, pero admitiéndolo con naturalidad en los casos en que es el mismo paciente quien lo hace explícito.

Acabamos de afirmar que es preferible no comunicar verbal y explícitamente al paciente sus sentimientos inconcientes hacia la persona del médico, que hemos obtenido mediante el psicoanálisis de la transferencia realizado "en silencio". Sostenemos también que esta interpretación transferencial "en silencio" es condición necesaria para lograr una buena interpretación explícita y referida a los personajes del relato. Agreguemos ahora que, si queremos consolidar la capacidad de interpretar la transferencia "en silencio", conviene que nos entrenemos, durante los ejercicios teórico-clínicos, en la tarea de "construir mentalmente" las interpretaciones transferenciales, en fórmulas verbales lo suficientemente elaboradas como para que pudieran haber sido dichas, en el caso de haber sido esa nuestra posición teórica. Nos aseguramos también, de este modo, que nuestra interpretación referida a los personajes del relato, no funcione, en última instancia, como un encubrimiento resistencial de una interpretación transferencial reprimida.

Podemos descomponer en un esquema de pasos sucesivos el proceso de interpretar la transferencia en el "silencio" previo a la comunicación verbal explícita.

1- Obtener una identificación concordante e interpretar "desde allí".

2- Pensar en el relato como representación o símbolo de lo que está ocurriendo actualmente.

3- "Describir" la situación actual sin perder de vista los términos que el paciente utiliza en el relato.

4- Reparar en lo que ambos sentimos "ahora y aquí".

5- Referir el contenido del punto anterior a nuestra relación actual paciente-analista

6- Buscar alguna situación actual del paciente en donde se repite constantemente el modelo de relación que se ha encontrado en el punto anterior.

7- Buscar, con el apoyo de nuestros propios recuerdos infantiles, alguna situación infantil del paciente, construida o recordada, que corresponda al mismo modelo de relación.

 

El Estudio Patobiográfico

Ya desde sus primeras experiencias con las pacientes histéricas, Freud descubrió que el procedimiento psicoanalítico no podía encaminarse hacia la obtención inmediata de una mejoría de los síntomas, y que la dirección del proceso debía quedar abandonada a lo inconciente. Citemos sus palabras: "... puedo asegurar que nunca tenemos que arrepentirnos de habernos decidido a confiar en nuestras propias afirmaciones teóricas y habernos forzado a no disputar a lo inconciente la dirección de la síntesis" (Freud, S., 1911e, t. II, pág. 412). Bion se refería a este mismo "encuadre" de la tarea, afirmando que el psicoanalista, durante su trabajo, debía librase de la memoria y el deseo.

Hay algo, sin embargo, que debe quedarnos claro, que el analista trabaje "sin deseo", o sin tener presente su objetivo de manera conciente, no significa que el tratamiento carezca de una meta. Esa meta, que durante los primeros años consistía en la desaparición de los síntomas, se fue transformando, poco a poco, en el logro de una modificación en el carácter. Este cambio en los fines que perseguía el proceso, trajo consigo el hecho de que el tratamiento, que en un comienzo se sustanciaba en meses, se prolongara luego durante varios años. Durante ese tiempo, en un desarrollo que podríamos llamar "longitudinal", el proceso progresa de temática en temática, sin un fin inmediato que sea premeditado.

Sin embargo el psicoanalista, en el desempeño de su tarea clínica, se encuentra, algunas veces, con problemas específicos que es necesario resolver. No siempre es posible disponer de un encuadre tan "ideal", para el trabajo psicoanalítico, como el que Bion describe refiriéndose a la atención del paciente psicótico. En ese encuadre, para poder trabajar "libre" del deseo de curar, el analista renuncia explícitamente, ante la sociedad, la familia, y el paciente mismo, a toda responsabilidad por el cuidado del enfermo.

Entre las situaciones que es necesario resolver, se presenta muchas veces el caso constituido por la emergencia de una enfermedad somática de cierta gravedad. El psicoanalista sabe que tanto la enfermedad somática, como su evolución y su desenlace final no son independientes de las vicisitudes de la emoción inconciente. No puede resignarse a "abandonar" el destino del enfermo que lo consulta, o que está tratando desde hace varios años, confiando en el único recurso del tratamiento "físico", pero tampoco puede confiar en que un tratamiento psicoanalítico "longitudinal" llegue a tiempo para proteger al enfermo de una amenaza grave.

El problema principal que la enfermedad somática plantea al psicoanálisis, se constituye alrededor de esa dificultad. En 1972 planeamos, con Enrique Obstfeld, un encuadre y un procedimiento psicoanalítico, que llamamos "Estudio Patobiográfico". Su finalidad específica consiste en incluir, en el tratamiento del enfermo, aquello que el psicoanálisis puede hacer si se propone, como meta inmediata, actuar sobre la enfermedad somática en el "tiempo corto" que marca la necesidad. De este modo, el psicoanálisis "longitudinal", puede mantenerse libre de la responsabilidad, y del deseo, de cuidar el destino de una complicación somática. El Estudio Patobiográfico es un procedimiento que podemos llamar "transversal", porque se orienta hacia un fin premeditado e inmediato, que consiste en influir sobre el curso de una enfermedad somática, y porque se concentra, mediante el esfuerzo conjunto de un equipo, en contemplar ese particular momento de la vida de un paciente.

En el Estudio Patobiográfico, "el material" que será objeto de la interpretación psicoanalítica, se constituye, fundamentalmente, a partir de cuatro fuentes:

1) Un interrogatorio, acerca de la enfermedad actual y de los recuerdos, deseos y circunstancias, que conforman una biografía esquemática. Se basa en un cuestionario detallado, y se realiza durante tres o cuatro entrevistas de dos horas cada una. Además el enfermo debe redactar un cuento corto, relatar uno de sus sueños y narrar un filme cinematográfico, y una novela, libremente elegidos.

2) Un diagnóstico clínico de su estado físico general y del estado actual de la enfermedad por la cual consulta.

3) Algunas fotografías del enfermo en los distintos períodos de su vida, y de los seres que considera más significativos.

4) La observación del paciente, y del vínculo que establece con el equipo que realiza el estudio, durante las entrevistas.

Una vez reunido el material, cuya parte biográfica ocupa unas treinta o cuarenta páginas escritas, deberá ser estudiado por más de un psicoanalista a los fines de recorrer el procedimiento que describiré, esquemáticamente, en pasos sucesivos.

El proceso que denominamos "sinopsis", forma parte del procesamiento del material que deberá ser interpretado. A partir de ese proceso, se constituyen algunos puntos de referencia que nos ayudan a integrar los distintos aspectos del problema que la consulta plantea al estudio:

1) Debemos identificar el motivo inconciente de la consulta, porque siempre es distinto de las razones concientes que el enfermo puede aducir.

2) Todo enfermo construye una fantasía inconciente, y una "teoría" conciente, acerca de su enfermedad y de la forma en que podría curarse. Conocer la teoría conciente nos ayuda a identificar la fantasía inconciente. Existe también una "cuota" de esperanza inconciente, en lo que respecta a las posibilidades de curación. Ponderar esa "cuota" puede ayudarnos a establecer un pronóstico.

3) La historia de las distintas crisis, o situaciones dramáticas que forman parte de la biografía, y su coincidencia temporal con determinadas enfermedades o accidentes, nos ayuda a comprender, a través del lenguaje de los órganos, su significado inconciente, y la forma en que ese significado ha ido evolucionando y transfiriéndose de una a otra vicisitud.

4) Existe siempre un factor eficaz y específico desencadenante de la enfermedad actual que coincide temporalmente con la aparición de esa enfermedad. Identificarlo nos ayuda a comprender el significado inconciente que la enfermedad actual simboliza.

Una vez interpretado el material del estudio, podemos encontrar, en las palabras del paciente, algunos puntos de coincidencia entre el contenido de nuestra interpretación y sus apreciaciones. En las entrevistas finales, cuando debemos comunicar al paciente lo que hemos pensado, partir de esos puntos suele ayudarnos a realizar la tarea.

La comunicación realizada en las entrevistas finales se dirige hacia dos fines que son distintos y coincidentes. Una orientación terapéutica en cuyos criterios interviene lo que el psicoanálisis puede ofrecer, y un esclarecimiento acerca de la relación inconciente que existe entre su enfermedad y el drama que se encuentra en su historia

La comunicación verbal que se utiliza en las entrevistas finales, siempre se prepara por escrito para uso del médico, y no para entregarla al paciente. Se procura evitar de este modo que la intervención terapéutica, en una posterior lectura, quede confundida con el significado de las palabras escritas, cuando en realidad consiste en el sentido que adquieren en el contexto de la entrevista entera.

Una vez reunido y procesado el material, cuya parte biográfica ocupa unas treinta o cuarenta páginas escritas, deberá ser estudiado por más de un psicoanalista a los fines de recorrer el procedimiento que describiré, esquemáticamente, en pasos sucesivos:

 

1) Debemos identificar una temática, típica y universal, que pueda otorgar "unidad" a la biografía del paciente. Una temática que, tal como puede ser contemplada desde el momento actual, configure el punto nodal alrededor del cual gira su vida. En el desarrollo de ese "argumento", deberemos ubicar los distintos personajes que conforman el drama que ha hecho crisis, y pensar, en cada uno de ellos, como versión actual de los personajes de su infancia.

2) Debemos ubicar el "mapa" que el enfermo utiliza para recorrer el territorio de su vida, e identificar el "estilo", adquirido en la infancia, con el cual lo ha trazado. Uno y otro codeterminan el significado de su historia, y, si vamos a intentar la tarea de re-significar esa historia, necesitamos cuestionarlos.

3) Sabemos que la enfermedad actual encubre, frente a la conciencia del enfermo, una parte de la historia que es su drama, y, también, que expresa, simbólicamente, una determinada "posición" frente a ese drama. Recurriendo a lo que conocemos, acerca de las fantasias inconcientes específicas de los trastornos somáticos que el paciente padece, debemos tratar de comprender, dentro del drama nodal que ha entrado en crisis, cuál es "la parte" que el trastorno "habla".

4) El enfermo dispone de una historia conciente. Esa historia presenta lagunas y distorsiones de su significado, que marcan los puntos en los cuales su drama original, para él insoportable, se le ha vuelto inconciente. La enfermedad actual no sólo es el relato, cifrado y simbólico, del significado omitido. Es también un acto, igualmente simbólico, que "corrige" mágicamente esa historia. Debemos, pues, comunicarle aquello que, acerca de su historia "completa", hemos comprendido. Pero necesitamos que nuestra interpretación del drama permanezca en la conciencia del enfermo acompañada de su auténtico afecto, y, para lograrlo, nos hace falta comprender los motivos por los cuales no puede soportar esa parte de su historia.

5) Sabemos que la enfermedad actual es la mejor solución que el enfermo ha logrado, frente a su imposibilidad de integrar en la conciencia significaciones que son contradictorias. Debemos, pues, re-significar la historia del paciente, hasta el punto en que la contradicción de significados, incluida en una unidad de sentido más amplia, que los trasciende, se experimente como un malentendido, (malentendido que puede ser interpretado como el producto de un mapa fragmentario). En ese punto desaparece la necesidad que sostenía a la enfermedad del cuerpo. En los casos en que esto no es posible, porque la re-significación no avanza hasta ese punto, y el enfermo permanece en su necesidad de mantener oculto el significado omitido, la interpretación que desenmascara el sentido de la enfermedad lo obliga a cambiar de trastorno. Existe, entre los dos extremos, toda una gama de resultados intermedios.

Quien posea cierta experiencia en el campo de la psicoterapia, no dejará de percibir que la tarea, resumida en estos cinco puntos, está erizada de dificultades, y se preguntará si es, en verdad, posible, realizarla con éxito en el tiempo breve que la ocasión requiere. Para averiguar si eso es posible, y para atestiguar que sí lo es, tenemos dos recursos. El primero, y fundamental, proviene de la experiencia clínica. Se trata de hacer Estudios Patobiográficos cumpliendo con las reglas del "buen arte", y ver lo que sucede. El segundo, más apropiado para su discusión intelectual, proviene del comprender lo que sucede. Las apariencias inducen a creer que hay muy poca "palanca de cambio" en un procedimiento breve que, en este caso, debe luchar contra una resistencia intensa que mantiene muy lejos de la conciencia el significado interpretado. Sin embargo hemos de tener en cuenta otros factores que, a primera vista, pasan desapercibidos, y que enumeramos a continuación:

1) El interrogatorio biográfico, que llamamos "anamnesis", es un acontecimiento muy particular que configura una ocasión radicalmente insólita en la vida de cualquier persona. Cuando se reúnen en una sola historia los distintos significados concientes que pueblan nuestra vida de recuerdos y deseos, el conjunto adquiere una coherencia que se manifiesta como emergencia de un significado nuevo. Sentarse a escribir, de motu propio, las respuestas a un cuestionario patobiográfico, es casi tan difícil como realizar el autoanálisis de un sueño.

2) El hecho de que más de un psicoanalista examine el mismo material, y discuta, durante varias horas, con uno o más colegas, desde su particular manera de interpretar los hechos, acerca de sus significados, permite un grado de elaboración mayor del que, habitualmente, puede alcanzarse, en un tiempo equivalente, en el psicoanálisis "longitudinal".

3) Durante la realización del estudio, que demanda muchas horas de reflexión, elaboración y discusión, los miembros que integran el equipo se impregnan, profundamente, en las múltiples circunstancias que integran la significación de la historia del paciente, y esta impregnación, que compromete siempre sus propios afectos, otorga la convicción necesaria para que su interpretación sea auténtica.

En las dos entrevistas finales, utilizadas para comunicar el resultado del estudio, que poseen el carácter de una intervención terapéutica, el enfermo percibe siempre la autenticidad del médico, que deriva del haber adquirido un conocimiento "vivencial" de su historia. Esta percepción del paciente, que no puede obtenerse mediante algún tipo de artificio, influye profundamente en la confianza que puede otorgarle a la interpretación propuesta.

4) El hecho de que dos médicos distintos, con el intervalo de una semana, realicen las dos entrevistas finales, facilita la relaboración del tema. No sólo porque aporta dos maneras distintas de hablar de lo mismo, sino también porque, al desprender la interpretación de la figura de una determinada persona, para referirla a un equipo, le otorga el valor de un consenso.

5) El hecho de que la comunicación verbal, durante las entrevistas finales, se exprese en el lenguaje que se utiliza en la vida, y omita, deliberadamente, los términos que provienen de nuestra teoría, produce en el ánimo de quien las escucha fuera del contexto en el que fueron dichas, la impresión de algo inocuo, pero en la oportunidad para la cual fueron pensadas suelen ser más eficaces, y comprometen mayores afectos, que las interpretaciones que, apelando continuamente a nuestra inteligencia, satisfacen mejor a nuestro intelecto. Este último tipo de interpretación, sin embargo, al promover la intelectualización, es ineficaz para movilizar los afectos y vencer las resistencias.

En síntesis

1- El psicoanálisis, tanto en su forma de proceso prolongado y "longitudinal", como en la forma "transversal" de una intervención breve y dirigida hacia un fin inmediato, es un procedimiento cuyo efecto terapéutico, en ambos casos, puede ser comprendido con una misma teoría.

2- La meta del procedimiento psicoanalítico es obtener un cambio en la significación de una historia. Este cambio, que equivale a una re-significación de los "hechos", sólo puede consolidarse como transformación irreversible, como cambio en el estado de una estructura, en la medida en que la sustitución del significado arrastra consigo una magnitud de afecto suficiente para otorgarle significancia.

3- El punto de apoyo privilegiado, en el procedimiento que se dirige a obtener una experiencia emocional mutativa, lo encontramos en la existencia, ubicua, de la transferencia. El instrumento que utiliza ese apoyo es un lenguaje que, cuando es eficaz, constituye el "lenguaje del cambio".

4- El lenguaje, que siempre es significativo, puede estar "vacío" o pleno de significancia. La significancia, que es, al mismo tiempo, el motor y la palanca del cambio, proviene de la capacidad de mantener presente el "vínculo" que existe entre el símbolo y el referente al cual alude.

5- Los conceptos metapsicológicos son símbolos que tienden a mantener en el mínimo la significancia, afectiva, de sus investiduras, a los fines de facilitar las permutaciones inherentes a su combinatoria operativa en el proceso de pensar. Los conceptos metahistóricos, por el contrario, ricos en la significancia, y en las investiduras, que son propias del lenguaje expresivo de la vida, se permutan, entre sí, con dificultad, y, por lo tanto, su operación es difícil, pero constituyen los elementos privilegiados del lenguaje del cambio.

Notas

(114) El contenido del presente capítulo pertenece a un trabajo presentado en el grupo psicoanalítico de Perugia (ITALIA) y en el CIMP, en marzo de 1986

(115) Proverbios del infierno, 1793

(116) Supervisión clínica colectiva en la Asociación Psicoanalítica Argentina en ocasión de su primera visita a Buenos Aires

(117) Capítulo VI de este volúmen

(118) Capítulo VIII de este volúmen

(119) Un literato de la estatura de Shakespeare podría tal vez realizar una psicoterapia omitiendo todos los puntos que separan este primero del último, puntos que caracterizan una labor psicoanalítica planeada para poder sustituir y, en parte, desarrollar, una capacidad similar a la que posee, naturalmente, el literato

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