CAP. XX
LA INTERPRETACIÓN DEL MATERIAL SOMÁTICO EN LA SESIÓN PSICOANALÍTICA
Dr. Luis Chiozza
La constitución del material "somático"
La intención de tomar por objeto de la interpretación psicoanalítica a un determinado producto, entre los que ocurren durante la sesión, más el hecho de que, en principio, puede ser objeto de una percepción sensorial, nos conduce a denominar a ese producto "material".
Cuando el psicoanalista comprende lo que denominamos el contenido manifiesto de lo que el paciente dice, es porque ha discernido un sonido vocal entre los ruidos, ha reconocido que ese sonido vocal es un hablar y que proviene del paciente, ha descubierto que se trata de un idioma que conoce y, por fin, ha identificado un mensaje descifrando un código.
Realiza así, a partir de los "datos" que el paciente origina, interpretaciones, generalmente inconcientes -- que son previas al ejercicio del psicoanálisis -- mediante las cuales se constituye, en la conciencia del psicoanalista, el material "del paciente".
Existen materiales, a los cuales se llega por caminos interpretativos distintos, que se originan en datos que no son verbales. Recordemos a Freud cuando afirma que aquellos cuyos labios callan nos hablan con la punta de sus dedos (1905e [1901], t. II, pág. 635). Hablamos entonces de un material no-verbal o, también, extraverbal.
Podemos distinguir tres tipos de materiales extraverbales:
1- Aquellos que no son palabras pero integran el texto idiomático, por ejemplo la pausa, la cadencia interrogativa o el tono admirativo.
2- Aquellos que, aunque no forman parte del texto idiomático, contribuyen habitualmente a determinar su significación desde un contexto casi siempre expresivo, por ejemplo tonos e intensidades de la voz, actos, gestos, expresiones faciales o actitudes corporales.
3- Aquellos que son decididamente extralingüísticos, en el sentido de que raramente se los reconoce como el contexto de un mensaje verbal, por ejemplo la gran mayoría de los actos fallidos, los actos sintomáticos o, también, los signos de alteraciones corporales tales como la obesidad o la palidez permanente.
Que un material sea extralingüístico, no lleva implícito que no sea un lenguaje, ya que todo sistema de signos, independientemente de que en él participen palabras o sonidos vocales, es lenguaje. Acudamos nuevamente a Freud (1915e) para señalar un lenguaje hipocondríaco en el cual se habla con los órganos o, también, el órgano nos habla.
Los distintos materiales extraverbales de una sesión psicoanalítica dependen de caminos interpretativos diferentes, que pueden recorrer líneas conceptuales tales como las que categorizan al dibujo, al juego, a la conducta, al mito o al teatro. La posibilidad de recorrer esos caminos depende, a su vez, de los distintos conocimientos que el psicoanalista posea. Por ejemplo: así como el psicoanalista nota, por el aspecto y la manera de hablar el castellano, que el paciente no es argentino, puede "notar" un síndrome acrocianótico porque percibe, en la mano del paciente, la humedad, la blandura, la frialdad y la cianosis de la punta de los dedos.
Cuando el psicoanalista denomina "contratransferencia" a una ocurrencia o a una "posición" que registra, es porque juzga a priori, "antes" de tomarlas por objeto del ejercicio psicoanalítico, que tal ocurrencia o tal posición son una respuesta a una influencia inconciente que proviene del paciente. De este modo la contratransferencia pasa a formar parte del material de una sesión psicoanalítica.
No valdría la pena rescatar del automatismo inconciente el camino interpretativo que constituye al material, si no fuera porque de este modo adquirimos plena conciencia de que:
1- El psicoanalista constituye el material mediante interpretaciones inconcientes previas a la interpretación psicoanalítica.
2- Lo hace a partir de datos que provienen del paciente en ese particular encuentro que denominamos "la sesión".
3- El analista atiende y selecciona sólo algunos de esos datos a partir de juicios previos que operan de manera inconciente. Esta "atención selectiva" es una forma de contratransferencia inconciente distinta de las que clásicamente se describen como ocurrencias, posiciones, sentimientos o actuaciones (Racker, H., 1957a).
4- La constitución de lo que denominamos "el material del paciente" ocurre en la conciencia del psicoanalista, donde adquiere, casi siempre, una formulación en palabras. Sin embargo no sólo los datos primarios a partir de los cuales se constituye el material, sino a veces hasta el material mismo, pueden devenir concientes en el psicoanalista mediante restos mnémicos de percepción distintos de la palabra. Hay ocurrencias contratransferenciales, por ejemplo, que se presentan bajo la forma visual que llamamos "escena". Algo similar ocurre cuando contemplamos el dibujo de un niño.
5- Cuando el psicoanalista constituye un material, a partir de los diferentes datos que elige, es porque posee el concepto, a priori, de que es posible, en teoría, realizar una interpretación psicoanalítica de ese material.
Es importante tener en cuenta que los datos que utilizamos para constituir el material ingresan a la conciencia como recuerdos, como sensaciones corporales, o como percepciones. Los estados de conciencia que corresponden a emociones, pensamientos, juicios, imágenes de objetos, deseos, actos e intenciones, son combinaciones de recuerdos, sensaciones corporales y percepciones.
Los deseos inconcientes son recuerdos. Lo que denominamos percepción interna no es, rigurosamente hablando, una percepción, es un recuerdo o una sensación somática. La transferencia llamada de "falso enlace" (Freud, S., 1895d) proviene de un "recuerdo" inconciente que se desplaza sobre la percepción, conciente o inconciente, de una presencia y posee la actualidad de una sensación somática. La neurosis de transferencia, se construye con la acumulación "histórica" de las sucesivas transferencias "falso enlace".
Los recuerdos carecen de los signos de realidad objetiva que posee la percepción y también de los signos de actualidad corporal que posee la sensación somática (CHIOZZA, L., 1991b [1989]). Los recuerdos son símbolos que encubren una presencia y una actualidad, representando un ausente y aludiendo a una disposición latente. Son monumentos conmemorativos de la filogenia y de la ontogenia. Esconden así un presente actual distinto del que conmemoran. Son los constituyentes esenciales de toda significación e importancia y, por lo tanto, los elementos fundamentales para definir lo que denominamos psiquismo.
Las sensaciones somáticas, que pueden llegar a ser síntomas (afecciones), constituyen al rasgo hipocondríaco que determina el componente de actualidad de toda patología. Provienen de un remanente de excitación que no ha logrado agotarse en el ejercicio de una función fisiológica, es decir: provienen de la libido. Equivalen al inevitable componente ineficaz de toda acción. Son el producto de la investidura de lo que Freud denominaba inervaciones corporales. Son los constituyentes esenciales del afecto y los elementos fundamentales para definir al cuerpo.
Las percepciones ingresan a través de los sentidos y se configuran con signos que indican presencias de objetos. Entre los objetos percibidos se encuentran algunas partes de un cuerpo vivo que puede reconocerse como el propio en la medida en que se integra el llamado esquema corporal. Son los elementos fundamentales para definir lo que denominamos mundo.
El psicoanalista constituye, pues, el material a interpretar a partir de recuerdos, sensaciones y percepciones que considera originados en su contacto con el paciente durante la sesión. Dirá que ese material es somático en las siguientes situaciones:
1- Cuando el paciente comunica sensaciones somáticas anormales, síntomas, que experimenta y el psicoanalista piensa que lo comunicado es verdad.
2- Cuando el paciente comunica signos, de alteraciones en su propio cuerpo, que percibe, que ha percibido, o de los cuales se ha enterado a través de la percepción de un tercero, generalmente un médico, y el psicoanalista cree en la veracidad de tales percepciones y en la continuidad presente de los signos.
3- Cuando el psicoanalista ha percibido signos de una alteración en el cuerpo del paciente durante la sesión.
La interpretación del material somático
La interpretación psicoanalítica del material implica sustituir un significado conciente por otro, inconciente, del cual nos separa una resistencia. Ese segundo significado posee siempre actualidad y es, como consecuencia de la transferencia, experimentado en la situación presente.
Dado que hemos admitido que la constitución de un material lleva implícita la afirmación de que su interpretación psicoanalítica es, teóricamente, posible, se abre ahora la cuestión acerca de qué síntomas somáticos (sensaciones) o qué signos de alteraciones corporales (percepciones) pueden ser objeto de una interpretación psicoanalítica.
Quienes piensen que hay síntomas y signos que son de causa física, y otros que son de causa psíquica, y que ambas categorías son excluyentes entre sí, se verán en la necesidad de establecer un catálogo en el cual conste cuáles son los síntomas y signos que el psicoanálisis puede interpretar.
Hay evidencias indudables de que Freud, muchas veces, piensa de ese modo. En el caso de Dora (Freud, S., 1905e [1901]), por ejemplo, habla de una "supuesta" neuralgia, como si no hubiera podido interpretarse de un modo similar a una neuralgia "verdadera". Escribe, además, un artículo para diferenciar las parálisis motrices orgánicas de las histéricas (Freud, S., 1893c). Más aún, cuando postula que la pulsión es el representante psíquico de la excitación endosomática, parte de la idea de que psiquis y soma son dos realidades ontológicas distintas, paralelas e irreductibles entre sí.
El mismo Freud nos da los elementos, sin embargo, para concebir la relación de soma y psiquis desde una epistemología distinta a la del paralelismo psicofísico. En 1938 (Freud, S., 1940a [1938]) afirma que el psicoanálisis se fundamenta en dos principios. El primero de ellos establece una tópica que otorga un "lugar" psíquico a lo inconciente. El segundo expresa de manera rotunda que aquello que denominamos proceso somático paralelo concomitante, es lo psíquico inconciente cuando llega a la conciencia privado de la significación que lo integra en una serie psíquica continua.
Es un concepto que, expresado de distintas maneras, recorre el conjunto entero de la obra freudiana. En el historial de Isabel de R. sostiene, por ejemplo, que el lenguaje y las alteraciones somáticas de la histeria derivan de una misma fuente inconciente (Freud, S., 1895d, t. I, pág 103). De modo que, cuando la histeria parece simbolizar con una modificación del cuerpo el significado de algunas palabras o giros lingüísticos, tal vez se limite a actualizar las sensaciones somáticas intensas que dieron origen a esas expresiones del idioma, porque en el pasado esas sensaciones acompañaban a las situaciones que tales expresiones designan.
Soma y psiquis ya no son, entonces, dos realidades ontológicas distintas que se influencian recíprocamente pero son mutuamente irreductibles. Soma y psiquis son dos categorías que un mismo existente inconciente adquiere en la conciencia. Las consecuencias de esta actitud epistemológica para la investigación y para el ejercicio clínico psicoanalítico son enormes, ya que, desde este punto de vista, explicar una afección somática como el efecto de una causa física no excluye la posibilidad de interpretarla como un derivado conciente de un significado psíquico que ha permanecido inconciente. En sus Cinco conferencias... dirá, refiriéndose a la conversión histérica, que cuando un cauce se divide en dos canales se producirá la congestión de uno de ellos tan pronto como la corriente tropiece con un obstáculo en el otro (Freud, S., 1910a [1909]*, t. XI, pág. 15).
La objeción de que es necesario diferenciar entre la histeria y la afección orgánica tiene muy poco valor, porque repite el argumento de la causa física, sin tener en cuenta la evidencia de que las investiduras inconcientes poseen la capacidad de manifestarse no solamente a través de sensaciones somáticas, sino también a través de alteraciones corporales que producen signos "objetivamente" perceptibles.
Mientras la teoría sigue discutiendo estas cuestiones, la investigación psicoanalítica de las enfermedades que se manifiestan como trastornos en el cuerpo continúa, desde la época de Freud a nuestros días, ocupando territorios en la presunta "roca viva" de lo somático asimbólico.
El cuerpo en la clínica psicoanalítica
Si reflexionamos acerca de cómo se presenta el cuerpo del paciente en el campo de trabajo de un psicoanalista, y partimos de su campo de observación más específico, que es la sesión psicoanalítica, podemos llegar a la conclusión esquemática de que se presenta de cuatro maneras distintas:
1- En el discurso del paciente.
2- En la percepción del psicoanalista.
3- En las sensaciones "somáticas" que experimenta el psicoanalista.
4- En los recuerdos del psicoanalista.
1- En el discurso del paciente
El objeto, el referente de ese discurso, es siempre una parte del esquema corporal, de la representación del cuerpo.
El paciente puede hablar, en su discurso, del cuerpo que recuerda. Puede decir, por ejemplo, "ayer me dolía el estómago y me vi amarillo"; o también: "el médico me mostró una radiografía de mi vesícula llena de cálculos". En estas palabras el paciente está hablando de un dolor latente, que no es actual -- le dolía el estómago -- y de un color de la piel, o de una radiografía, que están ausentes.
El paciente también puede hablar del cuerpo que siente. Puede decir, por ejemplo, "me duele el estómago". Habla entonces de un dolor actual. El "cuerpo" al cual se refiere, un esquema corporal, en realidad, es el que llamamos cuerpo, o esquema corporal, hipocondríaco.
Debemos recordar enseguida que el concepto psicoanalítico de hipocondría es distinto al concepto psiquiátrico habitual. El concepto psiquiátrico habitual pone el acento en el temor a la enfermedad y en la ausencia de alteración material comprobable, mientras que, para Freud, el "rasgo hipocondríaco" es una disminución del umbral de la sensación somática. Un rasgo que, en opinión de Freud, no es aventurado suponer presente en toda neurosis, cualquiera sea su tipo. Cuando el paciente habla, por lo tanto, del órgano que siente, habla de ese órgano en particular porque ese órgano le "habla" en un lenguaje que Freud llamó "lenguaje de órgano" o "lenguaje hipocondríaco".
Vemos pues que, en los dos casos que hemos considerado, el paciente habla del cuerpo -o, mejor dicho, del esquema corporal--, sea recordado o sentido, pero, en el segundo caso, hay una actualidad. El paciente habla del órgano porque una disminución del umbral, que constituye la hipocondría, determina que el órgano le "hable", en ese mismo momento, por medio de la sensación somática.
Por último, el paciente puede hablar del cuerpo que percibe. Puede decir, por ejemplo, "estoy oyendo un ruido que debe ser de mi intestino". Entre las múltiples maneras en que podemos hablar del cuerpo que se percibe, elijo un borborigmo por una cualidad especialmente interesante. Tan cierto es que el borborigmo suele carecer de la actualidad de la sensación, y manifestarse sólo como una presencia mediante la percepción auditiva, que por lo general el paciente ignora si se origina en su vientre o en el de alguna de las personas que lo rodean.
2- En la percepción del psicoanalista
Hablemos ahora del cuerpo que el psicoanalista percibe "en" el paciente. (Por razones que quedarán mucho más claras al final de estas palabras, me parece mejor decir "en" que decir "del"). Este "tipo" de material, proveniente de una sesión de psicoanálisis, siempre es elegido por el psicoanalista en virtud de la contratransferencia. Estamos, ahora, frente a un caso particular de la profunda pregunta de Bateson: "¿cómo hace la gente objetiva para elegir las cuestiones sobre las cuales va a ser objetiva?" El material sobreabunda, y es necesario elegir. Hay veces en que el analista escucha lo que el paciente dice, hay otras en que registra "cómo" el paciente dice, otras veces, en fin, mira lo que al paciente le pasa, o los gestos con los cuales se expresa o comunica.
Veamos, entonces, en primer lugar, el cuerpo que se manifiesta como gesto que comunica un drama. Recordemos lo que decía Freud: "Aquellos cuyos labios callan hablan con los dedos", y se refería al bolsillo bivalvo de Dora, diciendo que Dora jugaba con ese bolsillo en "una inconfundible exteriorización mímica de la masturbación" (Freud, S., 1905e [1901], t. II, pág. 635).
La pregunta que, en aras de la brevedad, debo dejar aquí planteada, porque, en última instancia, es el meollo del asunto, es: ¿hasta dónde un cambio corporal es un gesto, es decir, constituye un lenguaje, sea expresivo o simbólico? ¿Qué tipo de movimientos, qué tipo de alteraciones "corporales" vamos a llamar "lenguaje"? Nadie ignora que esta cuestión motiva una controversia que es fundamental. Cuando creemos haber encontrado significaciones ocultas en nuestros semejantes, decimos, o pensamos, que quienes no las registran son obtusos. Cuando, en cambio, no las registramos, solemos decir, o pensar, que quienes pretenden haberlas descubierto carecen de objetividad.
Hablamos del cuerpo que gesticula un drama. Hablemos ahora del cuerpo que se manifiesta como un acto pleno de sentido.
En el cuerpo propio, cuando actúo, la mano que percibo como mía y la mano, también mía, que uso para percibir, no fueron, en su origen, una sola. El niño ha tenido que aprender que esas "dos" manos son la misma. Hay un juego típico, infantil --"qué linda manito que tengo yo"-- que testimonia la existencia de ese proceso en el desarrollo cognoscitivo del niño. Hay una interfase entre la mano que siento (cuando la meto en el bolsillo para buscar un encendedor), con la cual percibo, y la mano que percibo. Esta última es una mano "secundaria", ya que he aprendido "más tarde" que era mía. Durante mi formación médica ha culminado mi aprendizaje de que es la mano "objetiva", la mano que puede tener una alteración en la piel. Pero mi mano "verdadera", aquella con la cual me relaciono de manera primordial, es, sin duda alguna, la mano que meto en el bolsillo, una mano "subjetiva" que, de modo apresurado, y en aras de la brevedad, podemos categorizar como "psíquica", la mano intencional.
Sin embargo, de acuerdo con la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis, planteada por Freud, las dos manos, en condiciones normales, son la misma o, para decirlo mejor, funcionan "lejos" de toda discriminación conciente. Cuando se mastica un caramelo no se lo mastica "psíquicamente" ni "somáticamente", --tampoco se lo mastica "psicosomáticamente"-- en el acto entero, y conciente, confluyen de manera natural la sensación, la percepción y el recuerdo.
Dejemos esa cuestión ahora para añadir otro punto esencial en lo que se refiere a los actos plenos de sentido. Ocurren actos fallidos. No nos gusta, aun siendo psicoanalistas veteranos, que nos señalen un acto de término erróneo, puesto que, si lo hemos cometido, era precisamente por mantener algo reprimido. Si quiero decir "Freud" y digo "Bion", prefiero creer que se trata de una equivocación sin importancia, aun sabiendo, sin lugar a dudas, que el error "casual" tiene un sentido.
Si en el momento de entrar en un salón tropezara en el umbral, podría decir que se trata de un acto de término erróneo en cuanto a mi propósito de ingresar a ese salón. Tampoco solemos dudar, aquí, de la legitimidad de una interpretación semejante. Si, mientras estoy hablando, tomo un sorbo de agua, y comienzo a toser, porque una parte del agua "equivocó" su vía, ¿es un acto fallido o no lo es?
La cuestión que se plantea en este punto es, nuevamente, una cuestión fundamental. ¿Hasta dónde la alteración de una función puede ser considerada como un acto, de término erróneo, pleno de sentido? ¿Un espasmo del esófago es un acto de término erróneo? ¿Tiene un sentido o no lo tiene? ¿Posee un significado inconciente un espasmo del colédoco? ¿Lo posee una trombocitopenia?
Podemos repetir, en este punto, los argumentos que Freud utilizó para defender su interpretación de la histeria. Cuando se trata de descifrar un jeroglífico es necesario tratar al objeto de estudio con el método apropiado para comprender su lenguaje. Cuando, utilizando los métodos apropiados, investigamos en los trastornos de las funciones corporales, nos encontramos con un nuevo panorama de actos inconcientes, de término erróneo, plenos de sentido, muchos de los cuales se acompañan de una permanente alteración de la forma.
En el cuerpo ajeno vemos la expresión y las lágrimas del llanto, el rubor de la vergüenza, la palidez del miedo. Podemos tal vez equivocarnos, pero no demasiado. La vergüenza es un estado anímico que percibimos, que "vemos a través" de una alteración corporal como, por ejemplo, el rubor de la cara.
La percepción "corporal" de otros estados anímicos no se manifiesta, sin embargo, a nuestra conciencia, de una manera tan clara. Pero los usos del lenguaje conservan expresiones que perduran precisamente porque consignan lo que sabemos de manera inconciente y nos muestran que, como ocurre con una erupción volcánica, ese conocimiento ha aflorado, ocasionalmente, en distintos pretéritos. El dicho popular sostiene, por ejemplo, que la envidia "pone verde". A pesar de que no solamente lo repetimos cotidianamente, --y contribuimos de este modo a su justificada perduración-- sino que lo utilizamos inconcientemente para ver la envidia en la cara del prójimo, tendemos a considerarlo como una figura del lenguaje, muy distante del conocimiento científico.
Otra vez, en este punto, se abre una cuestión fundamental. ¿Hasta dónde podemos acompañar, con nuestra conciencia científica tranquila, estas exploraciones? Podríamos formularlo así: ¿Hasta dónde el cambio corporal posee significado como la expresión de un estado anímico, y como sustituto de otro estado que ese estado actual representa o simboliza?
Hemos hablado del cuerpo del paciente percibido por el psicoanalista. Puede verlo pálido, y puede pensar entonces que su paciente está anémico o, tal vez, que está asustado. También lo puede ver moviéndose, realizando actos que adquieren el significado de las llamadas "actuaciones", hasta el extremo de privar al analista de su presencia, hablando por teléfono y ausentando su cuerpo. Sin embargo lo esencial radica, aquí, en otro punto que retomaremos luego. El cuerpo percibido solamente impresiona como cuerpo en la medida en que lo ignoramos como signo, o como símbolo, de un estado anímico. Cuando, siguiendo a Freud, decimos que el cuerpo "se mezcla en la conversación" queremos significar, precisamente, el momento inicial de nuestra comprensión, el momento en el cual el cuerpo, recuperando su significado anímico, pierde su categoría de enigma corporal. ¿Diríamos acaso que el paciente que llora nos enfrenta en la sesión psicoanalítica con un fenómeno corporal?
3- En las sensaciones "somáticas" que experimenta el psicoanalista
Ocupémonos ahora del cuerpo del paciente sentido por el psicoanalista. Tales sensaciones, en la medida en que queremos utilizarlas para comprender al paciente, pueden ser vistas, siempre, como productos de una contratransferencia actual. El analista, por ejemplo, siente náuseas, o un dolor precordial. En la medida en que interprete lo que sucede "en su cuerpo" como un producto de su vínculo con el paciente durante la sesión en curso, tenderá a considerar lo que ocurre como un material "corporal" que "proviene" del paciente. Vale también para este caso lo que hemos dicho acerca de la percepción del cuerpo del paciente, pero la perentoriedad que reclama la interpretación, determinada por la actualidad de la contratransferencia, que puede ser muy penosa, es mayor. Sólo la interpretación que deshace la pretendida "corporeidad asimbólica" del fenómeno y restablece el sentido de las náuseas o la precordialgia como contratransferencias "anímicas", disuelve el sesgo hipocondríaco de las vivencias del psicoanalista.
4- En los recuerdos del psicoanalista
Por último, debemos considerar al cuerpo del paciente recordado por el psicoanalista. En la medida en que queremos utilizar tales recuerdos para comprender al paciente, podemos contemplarlos, siempre, como una contratransferencia que, bajo la forma de una ocurrencia, responde al material del paciente. El analista, por ejemplo, recuerda, repentinamente, la palidez del paciente, o la cianosis que ha visto en sus uñas, y sabemos que no las recuerda por casualidad.
Cabe señalar ahora lo que la teoría psicoanalítica postula inequívocamente: cuando un recuerdo penetra en la conciencia lo hace porque se presta adecuadamente para ocultar y, al mismo tiempo, representar al presente. Lo oculta porque es un símbolo que difiere del referente al cual alude, lo representa porque es un símbolo que conserva un ligamen específico con el referente que oculta.
Llegamos así nuevamente, de una manera aún más diáfana, a la misma cuestión, el fenómeno corporal recordado por el psicoanalista se "mezcla en la conversación", y al hacerlo, se integra de manera natural como parte de un drama que el paciente oculta. Un drama que nos conduce a "percibir" a una persona "en" un cuerpo, y a interpretar cada una de sus alteraciones "somáticas" como otros tantos "movimientos" del alma.
Notas
(122) El texto de los dos primeros apartados del presente capítulo fue presentado en una mesa redonda constituida junto con los Dres. Mauricio Abadi y Fidias Cesio que, con el mismo nombre, tuvo lugar en el Centro Weizsaecker de Consulta Médica en abril de 1992
(123) El texto del presente apartado corresponde a una participación en una mesa redonda que se llevó a cabo durante el Simposio de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), el 4 de noviembre de 1995