Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XXI

CÓMO NACE Y SE FORMULA LA INTERPRETACIÓN PSICOANALÍTICA

Dr. Luis Chiozza

Acerca de lo que significa interpretar

Debemos partir, en primer lugar, de algunas cuestiones sobre la palabra clave del título: "interpretación". ¿Qué quiere decir interpretar? La etimología nos indica que el intérprete era quien explicaba al comprador lo que vendía el vendedor. Se trataba, por lo tanto, de una explicación acerca de un producto. El diccionario nos muestra luego que el término "interpretar" tiene otras acepciones: "determinar el sentido", "traducir en una lengua lo que ha sido dicho en otra", "atribuir a una acción un fin o una causa", "comprender el tema del cual se trata", "representar una obra teatral", y, por fin, "ejecutar una composición musical".

De todas estas acepciones podremos pensar que "determinar el sentido" es la que tal vez puede representar mejor a todas las demás. En última instancia podemos decir que determinar el sentido es traducir, ya que descifrar un código es transferir su contenido desde un sistema de comunicación a otro. "Sentido" es un término polisémico, en una de sus tres acepciones es "significado"; en la segunda es "lo que se siente" y en la tercera "la dirección", es decir "la dirección en la que uno se mueve" (como se ve claramente cuando pensamos en el tráfico).

En segundo lugar, dado que nos ocuparemos de la interpretación en la sesión analítica, debemos definir la interpretación analítica como tal, teniendo en claro que el ejercicio de la actividad interpretativa implica siempre una existencia subjetiva que, desde un punto de vista conceptual y esquemático, podríamos dividir en cuatro componentes: el que interpreta, aquel a quien va dirigida la interpretación, el que la recibe y el que la concibe. Algunos de estos sujetos, o todos, pueden coincidir en la misma persona. Ellos, por lo tanto, constituyen aquel "quien" que junto a un "que" (es decir, el llamado "material") está siempre implícito en cada interpretación.

 

El material a interpretar

Detengámonos ahora un momento sobre el "material". Es necesario notar que desde ningún punto de vista es obvia la razón por la cual a todo lo que en el psicoanálisis podemos interpretar lo denominemos "el material". ¿No es acaso extraño que, dado que nuestra interpretación es la determinación de un sentido, tal sentido sea atribuido a un material que como tal no puede más que ser lo contrario del sentido? Quiero decir que el sentido es quizás el único referente irreductible al "material", dado que el primero pertenece a la historia y no a la física, como ocurre, en cambio, con el segundo. El material, efectivamente, se llama de ese modo precisamente porque pertenece a la categoría que denominamos "materia", categoría que definimos como el conjunto que comprende todo aquello que impresiona como presente por lo menos a alguno de los cinco sentidos.

Llamar "material" a lo que interpretamos en la sesión, otorga al trabajo analítico una apariencia de objetividad. De allí derivan aquellas situaciones en las cuales, por ejemplo, durante alguna discusión teórica se dice: "¡veamos qué dice el material!"... y se incurre en el error de considerar que el material es un dato objetivo que puede hablar por sí mismo como un árbitro definitivo al cual no le afecta la teoría.

Entre los materiales de una sesión analítica es habitual que se privilegie el discurso verbal. Debemos reflexionar, sin embargo, sobre el "discurso verbal" y sobre su aspecto material.

 

El sentido indirecto

En primera instancia, es necesario recordar que la esencia misma de la interpretación reside en el hecho de que se habla siempre en un sentido indirecto. Claro que esto no es exclusivo de la sesión analítica, porque cuando dos personas hablan se comprenden gracias a que son sensibles al sentido indirecto. Hablar en sentido directo sería tan absurdo como imposible. Si, por ejemplo, quisiera ahora que alguien cierre la ventana, podría limitarme a decir "tengo frío". No suele ser necesario, habitualmente, verbalizar el pensamiento completo. La etimología de la palabra "símbolo" muestra que el "símbolo" está compuesto de dos partes que marchan al unísono. El símbolo, aun funcionando como un signo, es en el fondo una contraseña, es decir una palabra llave.

Hablamos y nos comprendemos por medio de contraseñas. A través de símbolos compartidos nos encontramos "a mitad de camino". Si dos personas no logran comprenderse con medias palabras, gracias a que comparten un mismo sobrentendido, es poco probable que lo logren a través de muchas, porque el riesgo del malentendido es grande.

 

Percibir es interpretar

Ahora detengámonos sobre el hecho de que, como Ricoeur sostiene, el psicoanálisis se basa sobre dos principios fundamentales. Por un lado, todo puede ser construido teóricamente como una energética, desde el otro, el psicoanálisis es una hermenéutica y, por lo tanto, todo es en ella significado. Para comprendernos, para comprender al ambiente, para actuar, para percibir, continuamente interpretamos. Percibir, en efecto, es interpretar, como nos lo muestra Ortega y Gasset cuando dice que "ninguno ha visto jamás una naranja, sino que sólo ha visto media" (1959 [1940]). La otra mitad la reconstruimos a través de la memoria y, como en general, no existen medias naranjas en el mundo, cuando percibimos una mitad construimos inmediatamente, mediante el recuerdo, la percepción de la naranja entera. Esto es, obviamente, interpretar.

Se podrían dar innumerables ejemplos: sólo puedo percibir una pipa si sé qué es una pipa, si poseo a priori el concepto pertinente. Rof Carballo (que antes de ocuparse de la psicosomática se dedicó a la hematología) decía que sus alumnos, después de haber logrado ver a un promielocito, solían decirle que habían visto "eso" ya desde el comienzo, pero que no sabían que era "eso" lo que debían ver (Rof Carballo, J., 1950). Percibir es siempre interpretar, lo cual implica que vivimos inmersos en una actividad interpretativa.

Llegamos así a la conclusión que cuando hablamos de "interpretar el material", aplicamos nuestra interpretación analítica a una primera interpretación, generalmente inconciente y automática, que constituye al material percibido. Por ejemplo, oigo e interpreto que no se trata de un ruido sino de un sonido que proviene del paciente. Diferencio entre ruidos y sonidos. También diferencio los que provienen del paciente de los que vienen de la calle. Otra interpretación me dice que se trata de un hablar y, después, de un hablar en castellano. Por fin comprendo lo que el paciente dice y, en ese punto, pienso que es ése el material que debo interpretar.

No valdría la pena detenerse en todo este análisis de la interpretación automática si no fuera para preguntarnos si el único material que tomamos en consideración, cuando se hace una interpretación, es el verbal. Sabemos que no es así.

 

Verbal, extraverbal y no-verbal

El lenguaje es un recurso mediante el cual podemos evocar una ausencia o indicar una presencia (hay evidencias inequívocas de que los perros, por ejemplo, comprenden el lenguaje en ese último sentido, como "signo" indicador de una presencia). Cuando alguien dice "Pedro" se espera que continúe diciendo algo sobre Pedro. En ese caso, con la palabra "Pedro" se evoca a una persona ausente, pero si se quisiera, en cambio, usar la palabra "Pedro" para indicar que Pedro está presente, podría utilizarse la palabra incluyendo connotaciones extraverbales, por ejemplo, "¡Pedro!", entre signos de admiración. Si se dice: "es necesario tener cuidado cuando se camina por una calle resbaladiza", se evoca una situación ausente. Pero si con un tono particular de voz se exclama: "¡cuidado!", la palabra "cuidado" indica la presencia de un peligro. En el primer caso la palabra "cuidado" es un símbolo, y en el segundo caso un signo.

Vemos, en esos ejemplos, que la interpretación de las palabras no sólo depende del significado semántico denotado por el signo verbal. De hecho, para dar a la palabra "cuidado" el valor de signo, es necesario generar un particular contexto extraverbal con el tono de la voz, y es obvio que, cuando el paciente habla en la sesión, atendemos también al tono de su voz, a su mímica, a sus gestos... y, más aún, a un conjunto entero de connotaciones extraverbales que, por decirlo de algún modo, inconcientemente interpretamos.

Volvamos entonces a subrayar el hecho de que en el lenguaje verbal hay sí, antes que nada, un material verbal --es decir las palabras--, que denotan un significado, pero también hay una connotación extraverbal que se refiere tan estrechamente al sentido del lenguaje que éste último no podría ser comprendido sin recurrir a ella. Reparemos además en que hay algo no-verbal que no forma parte de lo extra-verbal, ya que esta última expresión se reserva para los componentes de la comunicación que "no están" en las palabras, como es el caso de los signos de admiración, pero pertenecen sin embargo al sistema de la lengua.

Si una paciente nos dice, por ejemplo, "tengo que adelgazar porque esta situación me resulta insoportable", el significado de sus palabras es distinto cuando vemos sobre el diván a una mujer obesa, que cuando vemos a una mujer muy delgada. Lo mismo ocurre cuando percibimos un acto fallido: se trata de una connotación no verbal que no pertenece al contexto lingüístico, como la extraverbal, pero sabemos por experiencia que constituye también una parte imprescindible del lenguaje.

Freud, a propósito del caso Dora, escribe que reparó en el hecho de que ella, mientras hablaba, jugaba con sus dedos en un pequeño bolso bivalvo que llevaba colgado de la cintura, y lo hacía de un modo que representaba una inconfundible exteriorización mímica de la masturbación. Enseguida agrega: "a los mortales no les es posible ocultar ningún secreto. Lo que callan con los labios, lo dirán con la punta de sus dedos". Hay, sin duda, una expresividad gestual que va más allá de lo verbal y que es también un material analítico.

 

La elección del material

Si el material analítico no es sólo material verbal, podemos preguntarnos si es posible hacer un inventario de todo lo que puede ser considerado un material analítico. Para responder a esa cuestión deberíamos recorrer nuevamente los ítems de la interpretación, recordando que después de haber hecho, a partir de nuestros conocimientos, una primera interpretación de sentido, sobre ella podemos dirigir la intención de interpretar un segundo sentido, un sentido indirecto, escondido, que será el resultado de la interpretación analítica.

Si decimos, por ejemplo, que un paciente está pálido, hacemos una primera interpretación (que hemos llamado automática), pero luego podemos agregar que está ictérico (si sabemos lo suficiente de patología médica), o también que tiene miedo. El tipo de palidez, en ese último caso, no es el mismo. Cualquiera de esas dos afirmaciones representarían una "primera" interpretación y, (sin detenernos ahora en la cuestión de si podemos hablar de la interpretación psicoanalítica de la ictericia del mismo modo que lo hacemos respecto del miedo) podríamos preguntarnos: ¿cómo se elige entre esas dos primeras interpretaciones? ¿dé qué dependerá la objetividad de esta primera interpretación sobre la cual apoyaré después la interpretación analítica?

La respuesta nos remite inevitablemente a la contratransferencia. A pesar de que se habla tanto de la contratransferencia, se tiende a olvidar que en la elección del material a interpretar interviene de modo inevitable la contratransferencia inconciente. Que esta elección no sea objetiva no debe preocuparnos por ahora, porque la objetividad no es nuestra meta, nuestra meta es comprender.

Veamos otro ejemplo. Un psicoanalista, médico, estrecha la mano de la paciente que recibe. Se trata de una joven mujer. La mano está húmeda y fría. Repara en que los dedos están cianóticos y entonces piensa: "es un síndrome acrocianótico". Posterguemos otra vez el problema de si el síndrome acrocianótico (como antes la palidez ictérica) puede constituir un modo de hablar análogo al que Dora ejercía con los dedos. Limitémonos a subrayar que hay muchos modos de hablar y que, gracias al camino que abre Freud cuando se ocupa de lo que denomina organsprache, sabemos que no sólo se habla con los dedos, sino también con los órganos.

Es evidente que cuanto más sepamos, más capacidad tendremos para percibir "el material", pero, dado que el material siempre sobreabunda, y que se expresa simultáneamente en distintos registros, no es necesario que un analista "sepa todo" para poder comprender e interpretar. La sesión se desarrolla entre dos motivaciones contradictorias: la de ser comprendido y la de mantener la represión.

A veces un analista que está haciendo sus primeras armas inicia una supervisión y el paciente, para poder continuar encubriendo aquello que reprime, adapta su lenguaje a la nueva capacidad de comprensión. Pero también suele suceder lo contrario. Cuando el paciente habla en un "registro" cuya significación inconciente el analista no comprende, es muy frecuente que lo cambie y termine por hablar en otro que su psicoterapeuta puede comprender mejor.

 

Acerca de cómo se constituye una historia

Hemos convenido en que la interpretación psicoanalítica implica comprender el segundo sentido del material de las sesiones, que no sólo se constituye con el discurso verbal, sino también con el comportamiento, el dibujo, el juego o el síntoma somático. Es natural entonces que nos preguntemos cómo se constituye el segundo sentido y si existe solamente uno o hay muchos. Nos hemos ocupado de este tema en el capítulo dedicado a la paradoja, la falacia y el malentendido como contrasentidos de la interpretación psicoanalítica. Recordemos otra vez que el término "sentido" tiene tres acepciones: la de "significado", la de "dirección" y la de "afecto".

Respecto del significado, es necesario volver sobre el hecho de que en su esencia no pertenece a la física sino a la historia, ya que, precisamente, una historia es una unidad de significado.

Debemos liberarnos de una concepción "física" de la historia que la convierte en una sucesión crono-lógica de causas y efectos. Ese tipo de historia, coincide fácilmente con lo que los ingleses denominan history. Si nos referimos, en cambio, a lo que ellos llaman story, que es un cuento, relato o narración, se hace evidente que vincular los acontecimientos mediante una relación de causa-efecto no es suficiente para constituir una historia.

Si decimos, por ejemplo, que el viento, abriendo una ventana, ha roto una lámpara, hemos dicho algo que tiene un sentido, algo cuya significación se comprende, pero se trata de un significado que así, aislado de otros, a nadie interesa. En otras palabras: no se trata en realidad de una historia. Si continuamos diciendo que la lámpara rota, derramando el combustible sobre el fuego de la estufa, ha incendiado la casa, el interés aumenta, pero le falta todavía algo para constituir una historia. La cuestión se convierte en una historia cuando nos enteramos que el incendio ha destruido el documento que podía reparar una injusticia, pero una injusticia de la cual sabemos "todo", porque sabemos de los pormenores que la fueron construyendo hasta llegar a constituir ese núcleo de convergencia, típico y universal, que denominamos "injusticia".

La historia no se "arma" solamente porque la importancia del asunto aumenta, sino, sobre todo, porque su significado se generaliza en la medida en que, mediante la identificación, puede compartirse la importancia. Lo que ha sucedido, entonces, es "un caso", algo particular y al mismo tiempo típico, es algo que puede suceder a todos y, por este motivo, se constituye como "un tema" universal.

Cuando, en el ejemplo precedente, comenzamos diciendo que el viento, abriendo la ventana, ha roto la lámpara, nace dentro del oyente un estado de ánimo que puede representarse adecuadamente con la palabra "¿y?... ". Si el discurso continúa afirmando que la lámpara, al caer sobre la estufa, ha incendiado la casa, todavía se genera un "¿y? ..." en el alma del que escucha, pero en el momento en que comunicamos la destrucción del documento que reparaba la conocida injusticia, se produce una variación del ánimo que equivale a un "¡ah!". Una variación que señala "el final", siempre provisorio, de la historia, completando, gracias a que tenemos la experiencia de situaciones parecidas que quedan allí representadas, lo que antes llamamos "unidad de significado".

 

La significancia del significado

No debemos ahora confundirnos creyendo que el significado es algo extraño y misterioso a lo cual se le agrega una importancia. Sucede precisamente lo contrario. El significado nace siempre de lo que llamamos importancia.

Existe en castellano una palabra, "insignificancia", para denominar a aquello cuyo significado se comprende, y al mismo tiempo se comprende que no tiene importancia. La existencia de esa palabra compuesta nos señala de manera inequívoca que debe haber existido también "significancia", que hoy no registra el diccionario, para denotar precisamente lo contrario de "insignificancia", es decir un significado dotado de importancia.

Tal como la teoría psicoanalítica nos muestra, los significados nacen siempre con toda su importancia, ya que lo que funciona con las pequeñas investiduras que separan al significado de la significancia es el proceso de pensamiento, destinado a los ensayos que preceden a la acción. Se trata de la misma diferencia que existe entre la capacidad simbólica de evocar una ausencia y la noticia de una presencia que se obtiene por medio del signo.

Es entonces la significancia, ya sea con la investidura plena de la acción, o con la investidura "media" del afecto, lo que establece la diferencia entre pensar y creer. Podemos pensar de muy diferentes maneras, pero vivimos de acuerdo con nuestras creencias, que no nos place poner en duda y que utilizamos para probar la veracidad de nuestro pensamiento. Nadie piensa que es imposible atravesar una pared, sencillamente lo cree, y es precisamente por eso que nunca intenta hacerlo.

Ortega y Gasset ha escrito un ensayo titulado Ideas y creencias (1959 [1940]), en donde aborda esta cuestión. Allí vemos cómo la discusión en torno de las ideas moviliza afectos cuyo grado de violencia revela hasta qué punto puede o no creerse en la importancia de la idea puesta en juego. Hoy suele ocurrir precisamente lo contrario. Abunda en nuestra especialidad psicoanalítica la creencia inconciente de que las ideas no tienen importancia. Se trata de una forma de intelectualización que se configura como un regocijo irresponsable frente a una presunta riqueza del pensar, cada vez que se enuncian numerosas ideas contrastantes sin decidir definitivamente por ninguna.

Esta curiosa perversión del pensamiento que se reviste con los nombres injustificados de "pluralismo ideológico", o peor aún, de una "democracia" que no se arredra frente a la autoridad (que la experiencia otorga a quien ha sido autor), revela cuán frecuentemente se incurre en un ejercicio intelectual vacío que oculta el hecho escueto de que, en realidad, a nada de lo que se dice se le atribuye importancia de verdad. Nadie se complacería, durante una consulta médica, con el hecho, "intelectualmente" rico, de que dos cirujanos propongan, frente a la grave enfermedad de un hijo, procedimientos antagónicos irreconciliables sin esforzarse demasiado en decidir por alguno.

 

Acerca de afectos y valores

Hemos dicho que las cosas adquieren importancia a partir de los afectos y esto no es un hecho obvio, porque implica afirmar que es también a partir de los afectos que se originan los valores. Inicialmente se tiende a creer que el pensamiento, y sobre todo la reflexión profunda, es lo que conduce a establecer valores a los cuales, luego, se atribuye una jerarquía de importancias. El pensamiento puede conducir a una verdad, pero para que esa verdad se constituya en un valor, ya sea positivo o negativo, de alguna manera tiene que afectarnos.

Podemos retomar la cuestión del sentido indirecto, que planteamos antes y completar nuestro ejemplo en una dirección distinta: Si digo ahora que "hace frío" deseando que alguien cierre la ventana, es esto lo que para mí tiene importancia porque siento frío. Hasta tal punto es así, que si en algún momento dejo de atribuirle importancia, es porque otros afectos más poderosos, como el entusiasmo, el miedo o el enojo, pueden llegar a imponerse de tal modo en lo que siento, como para que a veces deje de sentir el frío. Pero es siempre mi sentir el referente "último" que determina el "sentido" de mi lenguaje indirecto.

La incongruencia del sentido

La ubicuidad del lenguaje indirecto determina que, cuando dos personas hablan sobre un significado, siempre exista otro, más importante, que no siempre se alcanza a comprender. En otras palabras: estamos siempre hablando con un "doble sentido". En este punto, uno podría preguntarse si es siempre necesario interpretar. Un conocido chiste relata que un analista se encuentra en el ascensor con un colega que le dice "buen día" y se pregunta: "¿qué me habrá querido decir?" Tal como afirma Todorov (1967), se debe interpretar cuando nos encontramos frente a una falta de sentido y debemos dejar de interpretar cuando se restablece el sentido.

Dado que percibir es interpretar, es imposible percibir algo que no tenga sentido. De modo que lo que llamamos absurdo, o falto de sentido, es sólo la apariencia de una falta que, como tal, no existe. Así como la indiferencia conciente oculta una ambivalencia inconciente, el sentimiento de que la vida no tiene sentido es sólo una manifestación conciente de un conflicto inconciente entre distintos sentidos.

Es necesario recordar que el sentido falta cuando algo que llama nuestra atención nos parece absurdo. No se trata de algo que no es percibido o que no tiene sentido. No existen cosas sin sentido, porque, de ser así, la atención no podría percibirlas. Por lo tanto, debemos decir que se trata de un sentido "fallido", es decir de un sentido que no llega a la conciencia como un "sentido" sino como un absurdo "sin sentido". Pero en lo inconciente, el "sin sentido" nunca es un "sin sentido", sino un "contrasentido", un conflicto entre dos sentidos contrapuestos que llega a la conciencia como incongruencia.

Cuando un analista se encuentra frente a una aparente falta de sentido, debe buscar e interpretar el sentido indirecto, es decir, el segundo sentido que, en el caso de los actos fallidos, deshace la incongruencia. Cuando la incongruencia cesa desaparece con ella la necesidad de interpretar.

Debemos sin embargo agregar a lo que acabamos de decir que muchas veces habrá que soportar la incongruencia, ya que no siempre convendrá dedicarse a interpretar todo lo que puede ser interpretado. Frecuentemente ocurre, por ejemplo, que un paciente olvida su paraguas y, si permanecemos obsesivamente fijados a la necesidad de comprenderlo, puede suceder que los árboles nos impidan ver el bosque. Especialmente importante es tener en cuenta que cuando el paciente se comunica mediante alteraciones del encuadre, como cuando, por ejemplo, paga los honorarios con retraso, interpretarlo es legitimar ese lenguaje. En esos casos conviene optar por aceptar la situación o por establecer firmemente que se trata de una transgresión inaceptable, en lugar de comportarse como si estuviéramos frente a cualquier otro material interpretable.

La interpretación psicoanalítica

Hemos hablado de la significación y de la interpretación pero todavía no hemos definido a la interpretación psicoanalítica. No es suficiente con decir que concierne a un segundo sentido, o a un "doble" sentido oculto, porque eso no se encuentra sólo en el encuadre del proceso psicoanalítico, sino que, por lo contrario, es ubicuo en nuestra vida. Podemos, en una primera aproximación, decir que una interpretación psicoanalítica es la que sustituye un significado conciente por otro, inconciente, resistido por haber sido reprimido. Deberíamos agregar enseguida que no se trata de un significado inconciente cualquiera, sino de uno que posea actualidad.

Aclaremos que "actualidad" no es lo mismo que "presencia". De acuerdo con lo que establece la teoría psicoanalítica, podemos reducir los referentes de cada discurso a tres fundamentales. El recuerdo (que, desde un punto de vista metapsicológico es también un deseo, ya que ambos se constituyen como recarga de una huella mnémica), la sensación "somática" (es decir algo que se clasifica como corporal, como sucede, por ejemplo, con el frío o con el hambre) y la percepción (que en sentido riguroso sólo se refiere a los objetos del mundo que llamamos físico). Cada sentimiento, cada actitud, cada pensamiento, siempre podrá ser comprendido como una combinación de esos tres referentes.

Cuando algo es "material", y está "presente", es porque se la percibe por medio de los sentidos y posee lo que el psicoanálisis denomina "signos de cualidad sensorial". La llamada "percepción interna", o de los procesos de conciencia, es siempre secundaria, ya que depende de los "signos de descarga lingüística", que provienen de su ligadura con los restos mnémicos de la percepción, y que son los que nos permiten establecer la categoría de lo que denominamos "mental". (No es sólo el superyó, por lo tanto, el que habla con palabras oídas, sino que todo recuerdo, deseo o pensamiento que se hace conciente lo logra gracias a los restos mnémicos de la percepción, fundamentalmente acústicos, pero también visuales.)

En cuanto a las sensaciones que llamamos "corporales" y que permanecen indisolublemente unidas a lo que denominamos afectos, hasta el punto que precisamente tales sensaciones constituyen su característica más importante, podemos decir que se manifiestan mediante "signos de actualidad", los cuales cumplen, para el caso de la sensación, una función análoga a la que cumplen los signos de cualidad sensorial para las percepciones.

De modo que, en lo que respecta a la teoría psicoanalítica. actualidad no equivale a presencia. Presente es aquello que se percibe materialmente, en el mundo, y actual es lo que actúa desde la sensación, sobre el cuerpo. Un alfiler presente puede producir entonces un dolor actual. Dado que los afectos son actuales, es necesario tener en cuenta que, en última instancia, psicoanalizar lleva implícito prestar más atención a la actualidad que a la presencia.

Podemos volver ahora sobre la definición de la interpretación analítica para agregar que el segundo significado, resistido, debe siempre ser actual, mientras que, al mismo tiempo, se transfiere sobre la imagen de un objeto materialmente presente. La transferencia, de hecho, se realiza siempre sobre el analista precisamente porque el analista es el único que está presente allí.

Actualidad y significado en la teoría de la transferencia

Recordemos que la palabra "transferencia" ha sido utilizada por Freud con dos alcances diferentes. En la primera acepción, "transferencia" es el desplazamiento que ocurre cuando una representación inconciente "transfiere su intensidad" sobre una representación preconciente. La experiencia clínica cotidiana nos muestra que la representación preconciente que por lo general atrae sobre sí una tal investidura (que tiene todas las características de un afecto que se manifiesta mediante sensaciones corporales) es la que corresponde a un objeto presente a la percepción. Podemos decir esto mismo afirmando que si un hombre sale de su casa muy enojado, es muy posible que descargue su enojo con "el primero que encuentre". A veces será un vecino, y otras la puerta de su propio automóvil.

También el analista "está allí", y por esto es el objeto privilegiado de la transferencia, así como sucede con el empleado que atiende en la ventanilla del banco y recibe la transferencia de quien, debiendo pagar una boleta de impuestos, está enojado con la Municipalidad.

La transferencia, por lo tanto, no es algo que sucede solamente en la sesión psicoanalítica, sino que es algo general. Existen, desde luego, circunstancias típicas de la sesión psicoanalítica. Por ejemplo el uso del diván, el hecho de que el analista "no se ve", las interpretaciones, el hecho de que la motricidad esté bloqueada por la regla de la abstinencia, etc. Todo eso es propio de la sesión, y describirlo en detalle significaría ocuparse del encuadre, es decir del marco que disponemos para disminuir la complejidad de la experiencia. Así como un científico establece un encuadre cuando, para establecer una estadística, homologa las variables, también nosotros fijamos un encuadre para "limpiar" nuestro campo de observación.

En la segunda acepción del término "transferencia", nos referimos a la neurosis de transferencia, también descripta por Freud. No se trata de la transferencia que se hace sobre el analista por el sólo hecho de que "está allí", sino de la que ocurre aun cuando no esté. Es la transferencia que se realiza sobre la representación preconciente de un analista que se recuerda, más allá de si en ese momento se lo percibe o no. Condensa, en un momento dado, toda una historia de la relación con él. De hecho, a medida que se progresa en el vínculo psicoanalítico, esta transferencia actual se sobreimprime sobre el pasado histórico y forma una "nueva" historia (la neurosis de transferencia) que puede asumir un lugar tan central en la vida del paciente como para hacer posible que el analista sustituya (aunque sea transitoriamente) los objetos más importantes de la vida del paciente.

No siempre es así. La estructura de la neurosis de transferencia no es igual para todos, porque depende, entre otras cosas, también de la posibilidad de mantener una continuidad de significado entre esa "nueva" historia y aquella otra diseñada con la sumatoria de los objetos pretéritos de la transferencia (la madre, la tía, el maestro, el primer amor, el marido, etcétera).

Woody Allen pone en boca de un personaje de uno de sus films, que "el hombre no es feliz hasta que no encuentra una mujer que represente a su propia madre, y después de haberla encontrado, revive con ella toda su frustración infantil". También el paciente viene al análisis para repetir, pero nos trae además su necesidad de cambiar.

Hemos visto que la verdadera interpretación es la que contiene la actualidad con toda su importancia. Esta concepción nos lleva a considerar dos inconvenientes analíticos.

El primer inconveniente ocurre cuando el afecto es demasiado escaso. El paciente piensa más, comprende más, aprende más. Habla de la identificación proyectiva, de la transferencia, de la relación sadomasoquista que su madre tenía con él, pero no cambia, porque todo lo que aprende "es sólo intelectual". El segundo inconveniente sucede cuando el afecto es excesivo. La descarga, entonces, ocurre a través de las mismas representaciones, después de lo cuál nada ha cambiado, porque la catarsis que lo alivia transitoriamente no modifica la estructura de sus fantasías inconcientes.

La zona en la cual se puede trabajar es una zona intermedia que va entre la ineficacia por defecto y lo intolerable por exceso. El hecho de que la descarga afectiva no sea completa en esas condiciones determina la verdad del aserto freudiano acerca de que el proceso analítico se desenvuelve en una atmósfera de frustración.

Origen y enunciado de la interpretación

Llegamos ahora a la posibilidad de preguntarnos: ¿cómo nace y cómo se formula la interpretación psicoanalítica?

En el esquema que reproducimos, el ángulo "A" representa al analista y el ángulo "P" al paciente. Solemos decir que el preconciente (prec.) del analista tendrá en algún sector una represión menor que en el paciente gracias a su training que le ha hecho obtener aquello que, eufemísticamente, llamamos "preconciente más permeable".

Supongamos que en el inconciente (inc.) del paciente una particular disposición afectiva prefijada, que todos tenemos, ha recibido una investidura. Si se descarga la investidura de esa particular disposición, lo que llegue a la conciencia será, en este caso, el afecto específico que llamamos "envidia". Vale la pena recordar ahora que el afecto envidia no existe como tal en lo inconciente, lo que allí existe como actualidad es sólo la disposición para ese afecto. Tal disposición es una idea inconciente, una clave de inervación predispuesta para ser investida por un "montante de afecto". Sólo cuando la investidura se descarga con la particular figura de esa clave de inervación, la envidia, como afecto, se actualiza.

Si nuestro hipotético paciente es un hombre al cual le desagrada mucho el experimentar esos sentimientos, y los reprime, la investidura de la clave, buscando su descarga, se desplaza sobre otras representaciones inconcientes, y lo que hubiera debido llegar a la conciencia como el afecto "envidia", es sustituido en ella por otros derivados. Así puede constituirse un síntoma que es un equivalente del afecto envidia, dado que ocurre "en su lugar".

Sabemos que cada uno de los tres "niveles" de conciencia (Cc., Prec., e Inc.) del paciente se comunica, en distintas proporciones, con cada uno de los tres del analista y viceversa. Mientras el paciente de nuestro ejemplo podría contar en la sesión cómo le ha hecho mal "al hígado" el chocolate que ha comido la noche anterior, cuando miraba las fotografías de las últimas vacaciones en Asia del cuñado, en el inconciente del psicoanalista podría reactivarse su propia predisposición a la envidia, contagiada "simpáticamente" por la investidura que opera en el inconciente del paciente. Si esto sucede en la sesión, es posible que en la conciencia del psicoanalista, gracias a que su preconciente es más permeable, aparezca, con investiduras pequeñas, una "muestra" del afecto envidia que adquiere la forma de lo que llamamos "ocurrencia" y, de ser así, podríamos decir que ha comprendido el significado del síntoma. Lo esencial de la interpretación, su núcleo "oniroide" primitivo, nace siempre de este modo, como producto de una atribución de sentido que surge de una contratransferencia inconciente.

La interpretación, por lo tanto, nace a través de una primera atribución de sentido a partir de la cual, según suele pensarse, uno debería utilizar el pensamiento racional para evaluar el "evento contratransferencial" y llegar, de este modo, a formular una interpretación. Racker sostenía (Racker, H., 1957) que no todo lo que el analista sabe es necesario o conveniente que lo sepa el paciente y, aunque no lo afirma explícitamente, parece surgir de sus palabras que el analista debe reflexionar al respecto mientras se dispone a interpretar. Lo mismo podría pensarse de las afirmaciones de Liberman (Liberman, D., 1962) acerca de los distintos estilos comunicativos que dependen de las distintas estructuras psicopatológicas y que el analista deberá tener en cuenta a la hora de decidir qué es lo que deberá decir a su paciente.

Pero en 1966, en un trabajo titulado El uso del pensamiento lógico en la interpretación puesto al servicio de la contrarresistencia (Chiozza, L. y colab., 1970 [1966]), decíamos que todas estas consideraciones pueden realizarse durante un seminario, una supervisión o una discusión entre colegas, pero no durante el proceso de formular la interpretación frente al paciente. En otras palabras: Si el camino que va del suceso contratransferencial a la interpretación, no lo recorre de un modo automático el preconciente de un psicoanalista que, gracias a su formación, se ha estructurado de una particular manera, la reflexión conciente, en ese tiempo y lugar, no resuelve "el problema". En una situación como ésa es preferible esperar procurando, mientras tanto, conservar en la conciencia las ocurrencias surgidas.

Acerca de la "formación" analítica

Es necesario decir dos palabras acerca la formación psicoanalítica. Es sobre todo psicoanalizándose donde se aprende a psicoanalizar. La mayor parte, y sin duda alguna lo esencial, de lo que sabe un analista, lo aprende durante su propio análisis, ya que el tipo de saber que necesita adquirir es un saber vivencial que no puede ser sustituido por el saber intelectual.

La formación que se adquiere en el propio análisis es muy difícil de cambiar. Esto se parece mucho a lo que ocurre durante la infancia con la formación del carácter. El training analítico se logra fundamentalmente psicoanalizándose, ya que es allí donde se adquiere esa particular permeabilidad del preconciente de la cual antes hablamos.

La formación se continúa en las supervisiones, que preferimos llamar ejercicios teórico-clínicos porque en realidad no es cierto que "se supervisa" algo. No sucede como en una fábrica en la cual, sobre un producto, se pone un sello que certifica la calidad de lo supervisado. Quien psicoanaliza al paciente es el alumno, y el pretendido supervisor sólo puede influir de manera muy indirecta en la calidad del producto. Más aún, forma parte de un buen training analítico que el alumno comprenda cuanto antes que debe hacerse cargo de la responsabilidad de su tarea.

En otros tiempos se denominaba "análisis de control" a lo que hoy suele llamarse "supervisión". La antigua denominación, cuestionable en cuanto a que la tarea realizada tampoco es un control, tenía sin embargo una ventaja. Subrayaba el hecho cierto de que esa parte del training funciona, se lo admita o no de una manera conciente, como un segundo psicoanálisis.

Lo cierto es que durante los ejercicios teórico-clínicos el "maestro" opera más sobre el alumno que sobre su paciente. ¿No son acaso los propios escotomas del alumno los que le impiden interpretar mejor? Ocurre muy frecuentemente, por ejemplo, que cuando el alumno comprende algo que él mismo había reprimido, suele encontrarlo también en sus otros pacientes que, por decirlo de algún modo, "estaban esperando" que fuera capaz de interpretarlo.

Conviene señalar cuatro circunstancias que nos ayudan a comprender mejor la índole y la magnitud de la tarea que debe realizarse durante los ejercicios teórico-clínicos:

1- El trabajo analítico se ejerce psicoanalizando el vínculo que se desarrolla durante las sesiones.

2- La transferencia y la contratransferencia, influyéndose recíprocamente, cristalizan en ese producto "integrado" que denominamos "transferencia-contratransferencia".

3- La transferencia-contratransferencia se constituye alrededor del punto de confluencia en el cual el paciente y su psicoanalista comparten sus propios "puntos de urgencia".

4- Durante los ejercicios teórico-clínicos se reproducen, en el vínculo que se establece entre discípulo y maestro, las mismas condiciones de transferencia-contratransferencia que describimos en el párrafo anterior.

Sólo a partir de una formación de base como la que describimos se podrá reflexionar sobre la teoría, sobre el diagnóstico, sobre métodos mejores para interpretar, sobre cómo formular las interpretaciones, etcétera, de una manera fructífera que pueda ayudar a mejorar la capacidad clínica.

Falta agregar todavía que el aprendizaje deliberado que llamamos training, de un modo análogo a lo que ocurre con el tenis o con el piano, debe reservarse para los intervalos entre una y otra sesión del tratamiento. Reflexionar acerca de lo que estamos haciendo mientras lo estamos haciendo es tan perturbador para la tarea de psicoanalizar como lo sería para jugar un partido o ejecutar un concierto. Nuestra tarea siempre empieza, demás está decirlo, en el "ahora" de lo que el paciente está diciendo, y cada vez que se nos escapa su significado inconciente, deberemos recuperar la libertad de estar dispuestos para la próxima vez.

La consideración de las fuerzas en pugna

Volvamos ahora a nuestro esquema. En condiciones óptimas, el preconciente del analista, frente a lo que ocurre, no sólo le permite comprender lo que el paciente reprime, sino también el motivo por el cual lo reprime. Aceptemos la hipótesis de que la honorabilidad del paciente es lo que le impide hacer conciente un sentimiento "tan vil" como la envidia. La honorabilidad, que se constituye de una manera yoica o superyoica, es también un afecto. En este caso, en el cual entra en conflicto con la envidia, motiva la represión. A veces esta honorabilidad no es conciente en el paciente, ya que también lo represor puede quedar reprimido, pero, en las condiciones que llamamos óptimas, el analista, porque no reprime de la misma manera, puede comprender por qué el paciente no acepta la envidia, y esta "sensibilidad" hacia los motivos que sostienen la defensa del paciente lo lleva a una interpretación más tolerable y, por consiguiente, menos dolorosa.

La fuerza con la cual se reprime una pulsión proviene siempre de alguna otra pulsión. Suele decirse que la primera opera desde el ello, y la segunda desde el yo o el superyó, pero no es forzoso que en todos los casos sea así, ya que el yo puede disociarse, y el superyó puede también representar al ello. Si el síntoma es una transacción entre las fuerzas en pugna, queremos psicoanalizar en la medida en que pensamos que el precio que el paciente paga en sufrimiento por esa transacción, es demasiado elevado. Nuestra interpretación, por lo tanto, se encamina a sustituir esa transacción por otra más ventajosa que, de acuerdo con Freud, cambie al sufrimiento neurótico por el que es normal en la vida (Freud, S., 1895d*, t. II, pág. 309). La interpretación será entonces tolerable y suficiente en la medida en que considere a todas las fuerzas en pugna.

Tal como ya lo expresamos en distintas ocasiones, en condiciones óptimas la interpretación adecuada para un determinado paciente surge "ya formulada" en la conciencia del psicoanalista gracias a que su preconciente se "permeabiliza" durante una formación psicoanalítica que no se interrumpe. Otras veces, y de la misma manera, lo que surge es un silencio adecuado. Cuando el psicoanalista ha aprendido a reconocer el estado en el cual ambas cosas ocurren, ha aprendido también a esperarlo, y se defiende mejor de interferencias tales como "no dejar pasar un material importante" o "dejar al paciente esperando una interpretación que no viene" , que suelen perturbar el proceso.

 

Los cambios en la teoría de la técnica

Podemos, muy esquemáticamente, individualizar dos etapas en la teoría de la técnica.

Una vez abandonadas la época de la hipnosis y de la sugestión en estado de vigilia, y utilizando como técnica la interpretación de las asociaciones libres, Freud inició la primera etapa sosteniendo, a propósito del "caso Dora", que debe interpretarse explícitamente la transferencia sólo cuando el material falta en razón de una resistencia de transferencia. Aunque él mismo dijera que finalmente todo debe ser batallado en la transferencia, cuando el paciente asocia, el analista debe interpretar, a través de la atención flotante, el significado inconciente de aquello que el paciente le relata sobre los personajes de su historia. El paciente, por ejemplo, podría decir: "ayer me peleé con mi mujer porque me pedía que fuéramos al cine, pero yo le dije que estaba cansado de someterme". El analista, entonces, podría interpretar: "usted ha dicho que estaba cansado de someterse a sus deseos, pero lo que tenía en mente era una venganza por la ofensa de la semana anterior".

Este primer desarrollo de la teoría de la técnica ha sido seguido por muchos años y por muchos analistas. Freud mismo inició la apertura de un segundo camino cuando se dio cuenta que con Dora había ocurrido algún error porque, aunque se producía material analítico, la resistencia transferencial fue creciendo de tal modo como para que por fin Dora interrumpiera el análisis. A partir de este punto Klein propuso interpretar la transferencia de manera explícita y continua desde la primera sesión. Racker, que trabajó mucho sobre la contratransferencia, desarrolló ese camino. Por este motivo, muchos nos formamos teniendo muy presente la idea de que cualquier cosa que el paciente diga durante la sesión, se refiere a su psicoanalista. En esta segunda etapa de la técnica, si, por ejemplo, el paciente dice: "anoche me he peleado con mi mujer", el analista podría interpretar: "Usted me cuenta acerca de la pelea con su mujer para aludir a lo que siente aquí y ahora conmigo". (Subrayemos, de paso, que el error más común desliza la interpretación hacia algo parecido a: "Usted no está peleado con su mujer, sino conmigo.")

A esas dos etapas, desarrolladas en el curso de los años, nos parece pertinente agregar una tercera que, en lo esencial, consiste en realizar, conservando el orden de su sucesión, los dos puntos que a continuación exponemos:

1- Interpretar la transferencia en silencio. (Equivale a pensar: "el paciente me cuenta lo que cuenta ahora, porque eso, reactivado en mi presencia, es actual, lo siente aquí y ahora conmigo"). Una interpretación que el analista "piensa" en silencio, influye inevitablemente sobre su contratransferencia y, por lo tanto, sobre la transferencia del paciente, ya que si aceptamos que la transferencia influencia de tal modo al analista como para que llamemos a su respuesta "contratransferencia", deberemos admitir, en virtud de ese mismo principio, que también la contratransferencia influye sobre la transferencia.

2- Formular la interpretación, para su comunicación verbal, utilizando un lenguaje indirecto, que omita referirse explícitamente a la persona del psicoanalista. La expresión "lenguaje indirecto" se refiere a utilizar la alusión, como lo hace, por ejemplo, el paciente, cuando utiliza los personajes del relato para aludir indirectamente a lo que siente frente a su psicoanalista. Señalemos, de paso, que tanto las alusiones indirectas del paciente, como sus sentimientos, adquieren en él, en distintas situaciones, distintos grados de conciencia.

¿Cuáles son las ventajas de esta modalidad interpretativa? Comencemos por resumirlas diciendo que permite una buena "dosificación" de la intensidad del afecto implicado, lo cual equivale a impedir o postergar el desarrollo de una resistencia y una contrarresistencia excesivas.

Cuando se interpreta en forma continua de la manera que hemos caracterizado como propia de la segunda etapa, el paciente y el analista terminan por hablar siempre acerca "de ellos". Aunque la interpretación logre cambiar algunos de los sentimientos "transferidos", siempre aparecerán, en su lugar, otras transferencias. De modo que la intensidad del afecto tiende permanentemente a aumentar, mientras la transferencia va perdiendo progresivamente su carácter de "como sí". Más tarde o más temprano el paciente se encontrará en una situación parecida a la que se daría si estuviera psicoanalizándose, por ejemplo, con su padre, lo cual aumenta la resistencia hasta un punto casi insuperable. En la contratransferencia, aunque con menor intensidad, ocurre entonces algo similar, porque el analista, a través de su interpretación, obtiene una respuesta tan "investida" transferencialmente, que tiende a hacerlo sentir como si le interpretase a un hijo suyo.

Es obvio que esto no se mejora con el expediente ingenuo de querer aclararle al paciente, a último momento, que el analista "sólo representa" al padre odiado y que lo que el paciente siente no es de veras actual, sino una injustificada repetición de la historia. Como decía Freud, no podemos convocar los demonios del Averno y pretender luego mandarlos de vuelta sin haberlos interrogado (Freud, S., 1915a [1914]*, t. XII, pág. 167).

La situación mejora menos aún si pretendemos volver a la primera etapa y, desestimando la transferencia, nos dedicamos a profundizar en el significado inconciente de las vicisitudes que el paciente experimenta en el vínculo con sus objetos. Allí corremos el riesgo de engañarnos, ingenuamente, mientras creemos comprender, desde una presunta sagacidad, desgracias, injusticias, defectos o virtudes. Sólo la transferencia-contratransferencia nos aporta, con la riqueza vivencial imprescindible, las dos voces del litigio.

Nos falta describir todavía la actitud interpretativa que, dentro de la modalidad interpretativa que proponemos, deberá asumirse cuando es el paciente mismo quien verbaliza sus sentimientos hacia el psicoanalista. Podemos distinguir dos situaciones.

La primera sucede cuando el paciente, como respuesta a una interpretación indirecta, se expresa en términos equivalentes a "creo que esto me está ocurriendo con usted". En ese caso, bastará con agregar algo parecido a la expresión "naturalmente", porque las palabras del paciente nos muestran que el hacer conciente el afecto transferido le resulta tolerable.

La segunda se da cuando el paciente se refiere directamente al analista sin que haya mediado, previamente, una interpretación. Se trata de una situación que puede quedar representada, por ejemplo, en las palabras: "así no puedo seguir, se me hace muy difícil, su amabilidad me suena falsa, en el fondo lo siento frío y despectivo". Sería inútil entonces decirle algo equivalente a "usted me siente del mismo modo en que lo sentía a su padre", ya que, aunque el paciente puede tal vez aceptar la verdad de lo que el analista le dice, eso no cambia su convencimiento acerca de lo que siente hacia él. En ese caso, nuestra actitud interpretativa no puede ser otra que la de permanecer en silencio mientras el paciente no altere el encuadre, ya que, cuando hablamos, nuestras palabras provienen del mismo objeto que ha recibido precisamente ese tipo de transferencia que llamamos "masiva". Si en cambio, el paciente altera el encuadre, nuestro hablar ya no será "interpretar", sino que deberá obedecer al propósito de restablecerlo.

Este tema se presta para aclarar otro punto importante. Es necesario evitar que el paciente confunda el asociar libremente con el decir lo que se le ocurra. No es lo mismo decir, por ejemplo, "usted es un estúpido" que decir "No sé cómo decirlo... porque me parece un poco violento. Dentro de las cosas que he pensado se me ocurrió la idea de que usted es un estúpido. Me... me disgusta decirlo". Podemos considerar que la segunda forma de expresión corresponde a una asociación libre, mientras que la primera es una perturbación del encuadre, análoga a la que ocurriría si un niño, en una sesión de análisis, dibujara sobre la pared en lugar de dibujar en el material apropiado.

Es necesario recordar que también con las palabras se puede alterar el encuadre. Creer que esto no es posible equivale a creer que las palabras no tienen ninguna importancia. Si decimos que con las palabras se puede curar, entonces creemos también que con las palabras se puede dañar, y si dejamos que el paciente transgreda verbalmente el encuadre, le estamos diciendo que no creemos en el valor de las palabras.

La asociación libre, lo ha dicho muy claramente Freud (1913c*, t. XII, pág. 136), se produce cuando uno se coloca como si estuviera frente a la ventanilla de un tren y va describiendo con palabras todo lo que ve pasar, sin cancelar nada, aunque parezca banal. Ese asociar libremente es algo que hoy "no se encuentra a menudo" porque no se le presta suficiente atención. No siempre queda claro, por ejemplo, que si el paciente piensa algo y después hace un resumen, ya no se trata de una asociación libre. Cuando un paciente habla de lo que está pensando, mientras lo está pensando, no necesita resumir, porque el flujo de su pensamiento coincide con el flujo verbal.

Subrayemos entonces que, cuando el paciente habla directamente de cuanto sucede entre él y el analista, es oportuno callar o restablecer el encuadre. El lenguaje de la interpretación formulada debe ser, como el que se ejerce en la vida, fundamentalmente indirecto. Podríamos imaginar el proceso analítico como una reacción química que se produce por medio de un catalizador. El catalizador es el analista que, idealmente, deberá entrar para volver a salir.

Notas

(124) El texto de este capítulo corresponde a un seminario dictado en Perugia, Italia, el 26 de febrero de 1994. Dada la índole de ese texto, y el hecho de que en él se retoman muchas de las cuestiones planteadas en los capítulos anteriores de este libro, omitimos repetir las citas bibliográficas que se refieren a los tópicos ya enunciados.

(125) Tal como lo expresamos en el capítulo XVII "No deja de ser significativo que en un artículo que Freud escribe directamente en francés (Freud, 1893c) utilizara como sinónimo explícito de Affektbetrag, traducido por "monto de afecto", la expresión "valor afectivo", cuyas connotaciones abandonan el terreno económico para ingresar en un campo axiológico ..."

(126) Véase el capítulo II del presente volumen