Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. XXII

RECUERDO, REPETICIÓN Y ELABORACIÓN EN LA CRISIS ACTUAL DEL PSICOANÁLISIS

Dr. Luis Chiozza

 

¿En qué consiste la crisis?

Parece haber acuerdo general acerca de que el psicoanálisis atraviesa una crisis, aunque es difícil ponerse de acuerdo acerca de en qué consiste esa crisis, cuál es su profundidad y cuáles son sus motivos. No se trata, evidentemente, de una crisis que sólo abarca el ámbito nacional, ocurre en todo el mundo, con distintos apoyos y con distintas formulaciones. Es cierto que hoy nadie cuestiona el valor de la contribución de Freud, ampliamente reconocido en todos los ámbitos, pero no pasa lo mismo con el procedimiento psicoanalítico, especialmente cuando se lo aplica al tratamiento de pacientes. Allí muchas y muy diferentes psicoterapias, llamadas alternativas, que apuntan en distintas direcciones, se disputan el terreno que pocos años antes pertenecía al psicoanálisis.

Las objeciones al procedimiento giran habitualmente alrededor de la duración del tratamiento y de la frecuencia con que deben realizarse las sesiones, ya que respetar esos parámetros implica una importante inversión de tiempo y de dinero. En otras palabras, se aduce que la relación costo-beneficio arroja un saldo negativo. Creo que avanzamos un paso si tenemos en cuenta que la idea de costo lleva implícita, en este caso, la idea de un esfuerzo excesivo.

También suele plantearse la cuestión de si es necesario, o no, utilizar el diván, El diván, de manera conciente o inconciente, alude a lo que en psicoanálisis se llama "regresión", es decir el retorno a formas pretéritas de funcionamiento, generalmente infantiles, hoy abandonadas. La regresión queda asociada a la dependencia infantil, a un número elevado de sesiones semanales y a un tratamiento prolongado. Frases como "hacés diván" o "no hacés diván" han pasado a ser prototípicas de nuestra época; se habla entonces del tratamiento "cara a cara", de frecuencias mucho menores, de métodos breves, acotados en el tiempo.

La cuestión fundamental reside, sin embargo, en que la dirección de la síntesis ya no es abandonada a lo inconciente, como proponía Freud, sino que en la mayoría de las terapias alternativas se sigue un camino deliberado hacia una finalidad determinada, se gira en torno de un problema particular, y se define un objetivo. La distancia que existe entre las terapias que se apoyan, cada día más, en finalidades concientes, y el procedimiento diseñado por Freud, es enorme. Su artículo Recuerdo, repetición y elaboración, nos permitirá mostrarlo y, al mismo tiempo, nos ayudará a comprender los motivos de la crisis actual del psicoanálisis.

Las cosas que Freud dice en este pequeño artículo son muy importantes. Allí menciona por primera vez, por ejemplo, la compulsión a la repetición. Llama la atención que escriba, en los últimos párrafos, "nos falta hablar de una cuestión, dado que la hemos puesto en el título". Es como si hubiese querido decir: si no me hubiera comprometido, en el título, no me ocuparía de eso ahora. El asunto del cual no se ocuparía es la elaboración. Ocupémonos un poco de los otros dos asuntos, el recuerdo y la repetición, antes de introducirnos en el tema de la elaboración.

Acerca del repetir y el recordar

Freud señala que el objetivo del análisis fue, ya desde la época de la hipnosis, desde un punto de vista descriptivo, llenar las lagunas mnémicas y, desde un punto de vista dinámico, vencer las resistencias. Sostiene que hemos de agradecerle al método hipnótico el habernos mostrado de manera transparente algo que, por más que nos hayamos internado luego en las complejidades de la teoría y de la técnica, nunca perdió la claridad conceptual que había adquirido: el saber que teníamos que recuperar el recuerdo.

También escribe en este artículo que el olvido es un bloqueo, que las cosas olvidadas no han desaparecido, sino que, por el contrario, continúan existiendo en lo inconciente. Agreguemos que es realmente importante comprender que lo reprimido está detrás de una pared transparente, es decir que cuando se reprime se pierde la noción de la importancia de lo reprimido pero no la noción de su existencia.

Los recuerdos perdidos por obra de la amnesia infantil son sustituidos -- dice Freud -- por recuerdos encubridores, de modo que la amnesia no aparece como una "pobreza" mnémica. Los recuerdos encubridores mantienen, con los que sucumben a la amnesia, una relación semejante a la que mantiene el contenido manifiesto del sueño con los pensamientos oníricos.

El punto central de lo que Freud plantea consiste, como ustedes saben, en que lo que no se puede recordar, porque es traumático, tampoco se abandona, y vuelve. Pero vuelve como una repetición, y en este punto la transferencia queda ligada a la idea de repetición. Surge entonces el tema de la compulsión a la repetición, y Freud señala una de las cuestiones más fundamentales de su teoría: "no debemos tratar a la enfermedad como un episodio histórico sino como un poder actual".

Es obvio que, cuando el analizado repite en lugar de recordar, no basta con hacerle conciente la repetición, es necesario hacerle conciente el recuerdo. Pero en torno de esta cuestión aparece un elemento fundamental que constituye el centro de lo que Freud señala, el analista principiante confunde el comienzo del análisis con el proceso en su totalidad. En otras palabras, confunde al insight con la elaboración. Cuando se ha comprendido algo, sobre todo si se ha vencido una resistencia y ese algo llega a la conciencia con el afecto correspondiente, una parte del proceso analítico se ha cumplido, pero en realidad la unidad del proceso analítico no es el insight sino la elaboración. Únicamente la elaboración va a producir ese proceso mutativo que no sólo aparece en el paciente, también aparece en la cultura. Recordemos lo que Freud decía: un día las mismas personas piensan distinto sobre los mismos asuntos, ¿qué ha pasado mientras tanto? difícil es decirlo, hay que tener paciencia y saber esperar (Freud, S., 1910d*, t. XI, pág. 179). Freud lo decía refiriéndose a una cultura reacia a la teoría psicoanalítica, pero en el consultorio, entre el psicoanalista y su paciente, pasa exactamente lo mismo. Nos hemos acostumbrado a llamar paciente al psicoanalizando, a pesar de que el que necesita hacer mayor uso de la paciencia que requería Freud es precisamente el psicoanalista.

Percepción, sensación y recuerdo

Freud subrayó más de una vez que los derivados que encontramos en la conciencia se originan en tres tipos de fenómenos, el recuerdo, la sensación (llamada a veces sensación somática) y la percepción. No es casual que la percepción, la sensación, y el recuerdo, sean, también, los referentes obligados de cualquier discurso. Todo discurso se refiere, en última instancia, a uno, por lo menos, de esos tres fenómenos.

La palabra "sentido", que tantas veces usamos los psicoanalistas, sobre todo para referirnos a lo que Freud define como sentido en Psicopatología de la vida cotidiana (1901b*), es decir, la pertenencia a una serie psíquica, posee, significativamente, tres referentes. Recordemos, que "sin sentido", o absurdo, es lo que permanece aislado de una serie psíquica, y dotado de sentido, es decir, significativo, lo que puede ser incluido en una de esas series.

La palabra "sentido" reúne, entonces, tres denotaciones que coinciden con los tres referentes del discurso que mencionamos antes. Se la usa para referirse a lo que se siente, es decir, lo que podríamos llamar la sensación "somática", ya que el afecto, en última instancia, se experimenta principalmente como sensación "somática". También se llama sentido a la dirección hacia la cual se encamina la marcha, se trata de una trayectoria que se realiza en el mundo de la percepción. Por fin sentido es, también, significado, y el significado se constituye, siempre, en función del recuerdo.

Cada uno de los tres referentes que mencionamos establece un tipo particular de relación con la noción tiempo. La sensación somática corresponde al tiempo presente, es algo actual que experimento ahora. El recuerdo posee significado en función de un tiempo pretérito. Lo que otorga significación a la escena recordada reside en la capacidad de revivir ahora los afectos y las importancias que acompañaron a esa escena en aquel entonces del recuerdo. La percepción de los objetos que encuentro en el mundo depende tanto de los deseos que me encaminan hacia ellos, como de las dificultades y los temores que encuentro cuando procuro satisfacerlos. Pero son precisamente los deseos y temores los que, aunque metapsicológicamente son recuerdos -- recargas de huellas mnémicas -- dibujan al tiempo que llamamos futuro. De manera que la percepción busca un camino futuro para el reencuentro de la escena pasada que el deseo recuerda, procurando transformar la sensación somática que en el presente actúa.

Presencia, actualidad y significación

No es lo mismo actual que presente, aunque generalmente se los confunde y se habla, por ejemplo, indistintamente, de "la hora actual" o de "la hora presente" para referirse a lo que, en estricta propiedad se llama "ahora". Lo actual -- la palabra deriva de "acto" -- tiene que ver con un tipo particular de importancia que no deriva de la percepción sino de la sensación. "Actual" es lo que actúa, en nosotros, como una sensación "somática"; "presente", en cambio, es lo que se presenta, a la percepción, constituyendo una presencia.

Es más, Freud estableció, ya desde sus primeras obras, que la conciencia posee un órgano -- obviamente no se refería a un órgano "anatómico"-- una especie de oficina etiquetadora metafórica que, a todo lo que entra por la percepción le pone un sello. El sello significa: "entró por la percepción, está presente". Es claro que cuando se trata de una alucinación la oficina se equivoca, pero todo lo que es vivido como presente tiene lo que Freud llamaba "signo de cualidad perceptiva".

Una especie de par complementario de ese signo fue mencionado por Freud una sola vez, pero el concepto es de la mayor importancia. Se refiere a un "examen de la actualidad" que lleva, implícita, la idea de un "signo de actualidad", una "etiqueta" que se aplica a los productos de la sensación somática. Nos falta un tercer signo, aplicable, esta vez, a los recuerdos. ¿Acaso la teoría psicoanalítica lo postula? Freud planteó la existencia de "signos de descarga lingüística", aplicables a los recuerdos y a los procesos cogitativos. Se trata de restos mnémicos de anteriores percepciones -- principalmente acústicas, pero también visuales -- ligadas a las representaciones preconcientes de palabras, que serán utilizados para "hacer conciente" representaciones inconcientes que, de no ser así, carecerían de cualidad perceptiva. Sin embargo, el hecho de que Freud los denominara "signos" permite suponer que funcionan como reconocedores del carácter "mental" de los recuerdos y de los procesos cogitativos que desarrollamos a partir de los recuerdos.

Así como la actualidad proviene de la sensación y la presencia de la percepción, la significación proviene del recuerdo. Cuando vemos una pipa, sabemos que está allí, frente a nosotros, porque sabemos que la vemos y que no la imaginamos. Sabemos, además, que es una pipa, porque recordamos lo que una pipa es, y si hemos reparado en su presencia es porque una pipa como ésa nos importa, es decir que, frente a ella, algo sentimos.

Existen también tres maneras de conocer que se distinguían antiguamente con tres palabras diferentes, scire, sapere, y experior. La primera manera corresponde a lo que se sabe por lo que se oye decir, la segunda a lo que se sabe porque alguna vez se lo ha sentido, y la tercera a lo que se sabe porque se lo ha experimentado muchas veces.

Cada una de estas tres formas del saber -- y del proceder en consecuencia -- suele quedar representada, respectivamente, mediante la función del cerebro, del corazón y del hígado. Suele decirse, por ejemplo, que un hombre es cerebral, para significar que en él predomina lo que piensa, o que tiene un gran corazón, aludiendo a que se deja llevar por lo que siente, o, también, que tiene el hígado frío, para expresar que es capaz de conducir sus deseos hasta el último término.

Lo que en realidad ocurre habitualmente es que, más que el predominio de alguna de las tres maneras, se observa el déficit de una frente a las otras dos. Si nos expresamos en términos simbólicos podemos decir que hay personas que tienen mucho cerebro y mucho corazón, pero les falta hígado para materializar los proyectos que piensan y los deseos que sienten. Otras, con cerebro e hígado, a las cuales les falta corazón; piensan entonces inteligentemente, y obran con voluntad y con capacidad práctica, pero proceden fríamente, y les importan poco las consecuencias afectivas de sus actos. Por fin existen personas con corazón y con hígado, pero "sin cerebro". Trabajan esforzadamente dentro de la realidad, y viven en un rico mundo afectivo, pero son incapaces de pensar con claridad en las consecuencias de sus actos.

El afecto, el insight y la elaboración

Si queremos evaluar desde este ángulo la crisis actual del psicoanálisis, debemos decir que el defecto predominante radica en un cierto déficit de corazón. La "defensa" más habitual del psicoanalista frente a su paciente es la intelectualización y, como consecuencia, suele pasar desapercibida la intelectualización del paciente. De modo que, dentro de un pacto inconciente, el paciente juicioso y el psicoanalista "considerado", hablan de un psicoanálisis que se aleja cada vez más del lenguaje de la vida y que, naturalmente, no justifica, con sus beneficios, su costo en tiempo y en dinero.

Cuando hablamos de terapias breves, acotadas, con sesiones poco frecuentes, con "poca" regresión, etc., estamos hablando de terapias en las cuales la interpretación es fundamentalmente explicación. Pero en realidad lo más dañino radica en que esto no suele diferenciarse (con otro nombre, por ejemplo) claramente del psicoanálisis, y en que en algunos tratamientos psicoanalíticos realizados con un buen encuadre (en términos, por ejemplo, de cuatro sesiones semanales, tiempo de finalización indeterminado y análisis de la transferencia) también se introduce la intelectualización, con interpretaciones que pertenecen a una jerga psicoanalítica que el paciente aprende y que el psicoanalista oye, y pronuncia, en reuniones científicas, de un modo bastante alejado de su realidad vivencial. Así el analista termina por olvidar que (como decía Bion) le está enseñando a su paciente psicoanálisis, en lugar de brindarle una experiencia emocional irreversible.

A pesar de que la resistencia que acabamos de describir es la que más abunda, hay otra, que le sigue en importancia, y de la cual también vale la pena hablar. Cuando se ha llegado a la experiencia emocional, sobre todo cuando aparece unida a la emergencia de un recuerdo infantil, cuando el insight se ha logrado, no sólo el paciente se conmueve, también se conmueve el analista. Solemos "olvidarnos", entonces, que después de una buena sesión siempre ocurre una "mala", que después de una buena interpretación siempre es difícil hacer otra buena. En otras palabras, nos encontramos frente al hecho de que el componente emocional, la abreacción del afecto, el insight, no es suficiente, y que para que el cambio se produzca lo que se ha logrado debe ser elaborado una y otra vez.

Ésta característica del tratamiento psicoanalítico, que encontramos también en otros procesos que gozan, en cambio, de un general beneplácito, nos permite comprender que el rechazo del procedimiento analítico, basado en los argumentos del esfuerzo, el tiempo y el dinero, constituyen sólo el contenido manifiesto de un motivo.

Sabemos que el proceso psicoanalítico implica, casi inevitablemente, una reestructuración del carácter, ya que el carácter, por más egosintónico que sea, suele relacionarse íntimamente con el sufrimiento que motiva la consulta del paciente. ¿Por qué, entonces, ha de ser más fácil un proceso que se propone reestructurar el carácter, que el aprender a tocar el piano o a hablar fluidamente en una lengua distinta de la propia? Ninguna persona en su sano juicio imaginaría que para poder ejecutar una obra musical en un instrumento que no domina sería suficiente practicar una vez cada dos meses y que le expliquen en dónde tiene que poner sus dedos. Es difícil aprender solo, sin alguien que funcione como un yo auxiliar, y son necesarias muchas horas de ejercicio con una periodicidad adecuada, porque en el intervalo entre una y otra sesión se "desaprende". No es posible vaciar la bañadera, si la canilla permanece abierta, sacando de ella un jarro de agua cada dos o tres horas.

La enfermedad es un oponente digno

Es evidente, entonces, que el psicoanálisis no se cuestiona por el esfuerzo representado en la longitud del tratamiento o en la frecuencia con que deben realizarse las sesiones, ya que estos factores son comunes en otras experiencias habituales. Se trata, en cambio, de que el esfuerzo psicoanalítico es un esfuerzo diferente, no es un esfuerzo agradable, es un esfuerzo "a contrapelo", antipático.

Freud usa la palabra "elaboración" también para referirse al trabajo del sueño. Postula una elaboración primaria y una elaboración secundaria. Ambas conforman lo que en la neurosis sería el beneficio primario del síntoma, es decir, mantener un afecto reprimido. Lo que importa subrayar ahora es que, tanto en el caso del sueño como en el de la neurosis, se trata de un trabajo que, como ocurre con algunas combinaciones químicas, requiere de una gran energía para ser deshecho.

Recordemos ahora lo que Freud decía: la interpretación onírica no tiene por qué seguir los mismos caminos, en dirección contraria, que siguió el trabajo del sueño. Lo importante es llegar al punto de origen, pero no es necesario, ni verosímil, poder recorrer exactamente la misma vía en un sentido inverso. A partir de esta enseñanza técnica debemos preguntarnos cómo se vence esa resistencia que no es otra cosa que una defensa, comprensible, que hace el paciente, de su propio trabajo. Ha hecho un esfuerzo y ha logrado un beneficio primario. Si ahora nos viene a consultar es porque algo le falla, pero no desea deshacer lo que, con tanto esfuerzo ha hecho, sólo desea un imprescindible "retoque", lo más superficial posible. Como suele decirse para el caso de los automóviles: sólo "chapa y pintura". Por eso el trabajo psicoanalítico es antipático, y es a "contrapelo".

Es común, por ejemplo, que un paciente concurra a una primera entrevista diciendo: "Tengo una colitis ulcerosa, me quieren sacar la mitad del intestino grueso, el médico me dijo que mi enfermedad tiene que ver con lo psíquico, y aquí estoy, para ver qué podemos hacer, para que me ayude a resolver este problema. Quiero aclararle que soy homosexual, pero no quiero que usted se ocupe de eso, considero que tengo el derecho de ejercer libremente mi sexualidad de la manera que me plazca, y que eso no tiene que ver con la enfermedad de mi intestino".

Es comprensible que un paciente pueda expresarse de ese modo. El verdadero problema comienza cuando el psicoanalista piensa igual. Porque psicoanalizar es precisamente lo contrario de lo que el paciente propone. Recordemos lo que decía Freud y el ejemplo que daba: no se puede aceptar que el paciente proponga un tema del cual no se debe hablar. Si la policía aceptara que en una plaza determinada le está prohibido arrestar a los ladrones, muy pronto todos los ladrones vivirían allí.

No debemos hacer otra cosa que abandonar al inconciente la dirección de la síntesis, dejando, sin promesas engañosas, abierta e indeterminada la fecha de finalización del tratamiento, y realizando un número de sesiones lo suficientemente frecuente para que lo que hoy se trabaja no se borre mañana.

Freud señalaba que la enfermedad es un oponente digno. Creo que eso es importante. Me parece importante comprender que al paciente le ha costado mucho construir su enfermedad. Si ahora nos consulta es porque algo le ha fallado, pero él quiere apuntalar su construcción, no desmontarla. Su queja, manifiesta, acerca de lo que el tratamiento cuesta, esconde, a mi entender, que el verdadero motivo de su desagrado, de su resistencia, es el sentimiento de injusticia, o la desgracia, de pagar dos veces, desperdiciando aquel otro costo de lo que realizó con orgullo: su carácter y su enfermedad.

Volvamos a las palabras de Freud, la enfermedad es un oponente digno. ¿A qué otra cosa puede referirse Freud que no sea a la necesidad de respetar el esfuerzo con que el paciente la ha construido? Pero respetar al paciente, y a su enfermedad, es precisamente comprender el motivo latente de sus resistencias, evitando la tentación de entretenerse, con él, en la "considerada y realística" discusión de las condiciones geográficas, sociales, o económicas, que aumentan el costo del tratamiento. Nada tiene de malo que un psicoanalista piense como un sociólogo, o como un economista, o que los economistas y sociólogos piensen como un psicoanalista, si es que, unos y otros, lo saben hacer. Lo malo consiste, a mi entender, en que utilicen esos pensamientos "extradisciplinarios" para dejar de ejercer la labor para la cual se los ha contratado.

Atendemos a los pacientes cuya enfermedad entra en crisis. Podemos remedar las palabras de Nietzsche, cuando dice: "muy trágicas han de ser las razones que hacen de un hombre un filósofo". Podríamos decir: muy trágicas han de ser las razones que hacen de un hombre un paciente de análisis. El paciente no viene a "perfeccionarse", no viene porque quiere crecer espiritualmente, o adquirir una afectividad más rica. Viene porque algo ha entrado en crisis con la suficiente fuerza y perentoriedad como para que se decida a intentar un proceso que demanda un esfuerzo que, en esencia, es displacentero, aunque los resultados parciales obtenidos le sirvan, frecuentemente, de estímulo para continuarlo.

 

Los cinco orígenes de las resistencias

Freud sostenía, en Inhibición, síntoma y angustia, que hay cinco orígenes de la resistencia: tres del yo, una del ello y una del superyó. Las resistencias de la represión, de transferencia y las que se generan por el beneficio secundario, son las resistencias yoicas, la resistencia del superyó corresponde a la culpa y a la necesidad de castigo y la resistencia del ello, a lo que en principio se llamó viscosidad de la libido, y después compulsión a la repetición.

La resistencia del ello, la compulsión a la repetición, equivale a lo que, desde otro punto de vista, llamamos "hábito" y, cuando es perjudicial, "vicio" o, también, "adicción". Las adicciones no sólo ocurren con algunas sustancias tóxicas, pueden ocurrir con los fármacos, con la comida, con los amigos, con los lugares en donde vivimos, ya que, en realidad, constituyen manifestaciones de la compulsión a la repetición y, más allá de cuáles sean sus ultimas consecuencias, producen placer.

El dicho popular que llama a un neurótico "rayado", expresa, como todos los dichos que perduran, una profunda percepción. Alude a un surco trazado en un lugar indebido. Cuando un disco de gramófono está rayado, la púa se sale del surco en donde continuaba la música y repite, incansablemente, un trozo musical. Encontramos en esto una excelente metáfora para comprender que, para superar la compulsión a la repetición, no basta un sólo acto de insight, como no basta, para reparar un disco rayado, que la púa sea conducida una sola vez por el camino justo, es necesario que la elaboración recorra una y otra vez, mediante el acto de conciencia, la senda que difiere del modelo neurótico inconcientemente repetido.

Si tenemos en cuenta que el modelo neurótico, que forma parte del carácter, se adquirió en la infancia y es egosintónico, podemos hacernos una idea de la importancia de la elaboración. Es cierto que por más que el psicoanálisis se prolongue no podrá vencer completamente los hábitos que, durante la maleabilidad de la infancia, se grabaron a fuego, pero la experiencia muestra que es posible trazar, mediante la elaboración, un camino paralelo al de los hábitos neuróticos, un camino lo suficientemente fluido como para que pueda ser frecuentemente elegido.

Pero, como ya hemos visto, la resistencia al psicoanálisis no proviene solamente de la compulsión a la repetición, un componente importante es también la represión. La represión oculta lo reprimido tras una "lapida" de dolor. Es un dolor señal que nos avisa: "detrás de esta lápida hay más dolor, un dolor como éste pero más fuerte aun". Una frase común expresa muy bien la situación: "no me hagas acordar", o también, "no quiero ni acordarme". Solemos decirlo frente a los traumas recientes, cuanto más cierto será frente a los traumas infantiles reprimidos que han dejado huellas muy profundas.

Si añadimos a la compulsión de repetición y a la represión, la búsqueda de una gratificación transferencial, las necesidad de castigo inconciente, y lo beneficios secundarios que la neurosis procura, tenemos una representación más clara de los poderes de la resistencia.

¿Con qué fuerzas contamos para oponernos a esto? ¿Cómo lograr, a pesar de todo, la elaboración? En primer lugar, y uno de los factores más importantes, es la frecuencia del contacto. No me cansaré de repetir que cuatro sesiones semanales no pueden considerarse, en rendimiento, sencillamente el doble de lo que rinden dos. Siempre me pregunto por qué la experiencia psicoanalítica, tanto sea la del paciente como la del psicoanalista, se cuenta por años en lugar de contarse por horas que, además, deberían computarse de un modo diferente según cuál fuera su continuidad y su periodicidad.

La frecuencia semanal es importante y también lo es la indeterminación del final. Este tipo de procesos que tienen que ver con el hacer conciente lo inconciente, son procesos que funcionan mal dentro de un tiempo acotado por un límite. Ya es desgracia suficiente que las sesiones tengan que durar, por motivos prácticos inevitables, un tiempo limitado. Pero que las sesiones sean limitadas en el tiempo es muy distinto al hecho de limitar al tratamiento entero con una fecha final. Dado que el psicoanalista no dispone de la posibilidad de prever ese término, cualquier aceptación de un plazo será, inevitablemente, el producto de un compromiso con la resistencia.

Las distintas etapas de la técnica

La técnica psicoanalítica ha recorrido distintas etapas a partir del momento en que, abandonando la hipnosis y la sugestión en estado de vigilia, se constituyó como técnica psicoanalítica apoyándose en la asociación libre. Durante la primera etapa se interpretaba la transferencia sólo cuando devenía en una resistencia que interrumpía el flujo de las asociaciones. Freud mismo, en el epílogo del historial de Dora, expresó sus dudas en cuanto a la conveniencia de este principio técnico. Ocurre sin embargo con los psicoanalistas, en lo que respecta a la teoría psicoanalítica, lo mismo que les ocurre a los pacientes con las interpretaciones que aceptan. Existe una diferencia, que ya mencionamos, entre inteligir, saber y creer. De modo que la práctica psicoanalítica, a pesar del historial de Dora, continuó muchos años interpretando la transferencia sólo en los casos en los que aparecía como una resistencia, y dedicó sus mayores esfuerzos a interpretar los significados inconcientes de las vicisitudes que el paciente experimentaba en su diario convivir con los objetos.

Los conflictos se interpretaban, entonces, refiriéndolos a los personajes que el paciente mencionaba en su relato. Si un paciente contaba, por ejemplo, que se había peleado con su mujer, el analista, utilizando su capacidad para imaginar la situación, sus conocimientos del complejo de Edipo, y lo que sabía acerca del paciente y su mujer, podía interpretarle que el motivo de la pelea eran los celos inconcientes reprimidos.

Hoy diríamos que el verdadero proceso psicoanalítico no se cumple de ese modo, "aplicando" el psicoanálisis para tratar de resolver directamente los conflictos que entorpecen la vida del paciente. A pesar de lo que Freud había escrito, que todo conflicto debe ser finalmente batallado en la transferencia, porque nadie puede ser matado in absentia o in effigie, la práctica habitual demoraba el análisis de la transferencia hasta que se manifestara como resistencia.

Vale la pena tomar plena conciencia de las etapas que recorrió la técnica, porque no constituyen simplemente períodos que han sido superados, sino que continúan vivos en la práctica del psicoanalista que ejerce su labor. De manera que continuamente, y siguiendo los avatares de nuestras dificultades en el interpretar, volvemos a utilizar modalidades que pertenecen a las etapas aparentemente superadas. Hablando "mal y pronto": aplicar el psicoanálisis, durante la sesión, para "resolverle la vida al paciente" es hoy más frecuente de lo que desearíamos.

La segunda etapa nació fundamentalmente a partir de la obra de M. Klein, de Racker y de Pichon Rivière. Fue sobretodo Racker el que, apoyándose en la obra de Freud, y subrayando el valor de la contratransferencia como instrumento técnico, contribuyó a su plena consolidación teórica. Cesio, en la misma dirección, aportó sus ideas acerca del presente atemporal.

Más allá de si lo que el paciente cuenta ha ocurrido o no de la manera en que lo cuenta, más allá de si se ha peleado efectivamente, con la mujer, de la manera en que lo dice, y más allá de la genuina importancia que el episodio que relata puede tener en su vida, lo que el analista se pregunta, lo que realmente importa para el proceso psicoanalítico, es responder a las preguntas: ¿por qué lo cuenta aquí y ahora? ¿qué es lo que significa en esta forma y momento de su relación conmigo?

En otras palabras, su relato se inscribe en un proceso transferencial que está ocurriendo y que es, al mismo tiempo, el teatro en el cual se escenifica su neurosis y el lugar en el cual el psicoanalista permanentemente trabaja. Ha quedado lejos la idea de que debe trabajarse allí sólo cuando el paciente usa la transferencia como resistencia. Es un proceso que se reinicia en cada sesión y que sólo aparentemente se interrumpe cada vez que el paciente se va del consultorio, porque el paciente continuará, fuera de la sesión, "su diálogo" con el psicoanalista, mientras "vive" la neurosis de transferencia, una neurosis en cierto modo artificial, que forma parte del proceso psicoanalítico, y cuya evolución marcará el progreso o el estancamiento del tratamiento.

No voy a explayarme más en este punto, porque nos llevaría un poco más lejos de lo que corresponde a nuestra intención de este momento, pero quiero insistir en que tiene una importancia extrema diferenciar el proceso analítico del psicoanálisis aplicado, aunque el psicoanálisis aplicado se realice en la sesión psicoanalítica.

La utilización de la técnica en su segunda etapa produjo un cambio muy grande en el curso de los tratamientos. La regresión se incremento y, con ello, surgió la posibilidad de observar, en la transferencia, y de una manera vivencial, las fantasías más precoces. El tiempo de duración del tratamiento, que se sustanciaba en meses en la época de Freud, cuando el propósito era psicoanalizar los síntomas, y que ya se había alargado mucho, cuando el objetivo consistía en modificar el carácter, se alargaba ahora todavía más. La técnica había ampliado sus recursos, incluyendo las vivencias precoces y los núcleos psicóticos subyacentes a la estructura neurótica, y el límite quedaba ahora en la capacidad de cada psicoanalista para superar los escotomas, producto de su propia neurosis, que surgían en su contratransferencia en algún momento del proceso.

Creo que el progreso de la segunda etapa nos permitió también descubrir nuevos defectos. No me refiero al incremento de la regresión que la interpretación transferencial sistemática produce, porque creo que supera, con las posibilidades de análisis que otorga, los inconvenientes que suelen aducirse. La dificultad principal radica en que el análisis continuo y explícito de la transferencia conduce muy pronto a una movilización afectiva excesiva que "satura" el vínculo, incrementa la resistencia y clausura el campo de la labor analítica. Ocurre entonces, para decirlo con un ejemplo, como si el paciente tuviera que atravesar la violencia, y la desconfianza, de psicoanalizar sus afectos con los mismos objetos con los cuales, a plena investidura, estructuró sus conflictos.

Hace ya algunos años propuse psicoanalizar permanentemente la transferencia de manera indirecta, utilizando, para la formulación explícita de las interpretaciones surgidas de la comprensión de la transferencia-contratransferencia, los personajes del relato que trae el paciente. Esos personajes son, obviamente, representantes, en la transferencia, del psicoanalista, pero el hecho de dejarlo implícito, permitiendo que el paciente, de acuerdo con su propio timing, sea el que menciona, si puede, la coincidencia de sus sentimientos, conduce a una dosificación más adecuada de los afectos movilizados en la sesión y evita una prematura clausura del campo.

Un campo intermedio entre la enfermedad y la vida

Freud señalaba que la transferencia es un reino intermedio entre la enfermedad y la vida. Ésta es una frase sobre la cual vale la pena reflexionar profundamente. ¿Qué ha querido significar cuando dice "un campo intermedio entre la enfermedad y la vida"? ¿Acaso la transferencia no ocurre en la vida? Es, por cierto, un "como sí", pero ¿Qué significa "como sí"? Podríamos compararlo, tal vez, con lo que sucede en el teatro.

Cuando vamos al teatro, sabemos que lo que vemos no está ocurriendo realmente en nuestra vida. Lo que nos ocurre en la vida, en ese momento, es, precisamente, estar en el teatro. Sin embargo el teatro es un representante de lo que ocurre en la vida, y si no fuera así no valdría la pena ir al teatro. Experimentamos en la butaca muchas emociones, de modo que nos está sucediendo algo "de veras", durante el teatro, en nuestra propia vida.

Si existe demasiada confusión entre el teatro y la vida sucederá lo que a Don Quijote de La Mancha, que pretendió solucionar el entuerto apaleando a los títeres del escenario, porque confundía lo que pasa en la representación con un hecho real. A veces observamos, en el cine, que algún espectador siente la necesidad de avisar al protagonista que lo están esperando, detrás de la puerta, para clavarle un cuchillo. Cuando esto ocurre en el proceso analítico, y en algún momento de todo tratamiento ocurre siempre, solemos hablar de transferencia masiva, o de transferencia psicótica.

Aclaremos esto bien, no importa si la apreciación del paciente coincide o no con el hecho de que en la realidad el analista es efectivamente envidioso o no lo es, lo que importa es que el paciente se "sale" del teatro al cual ha concurrido voluntariamente (se sale de los parámetros que encuadran el proceso) y, llevado por su desconfianza, "suspende" el psicoanálisis que aparentemente continúa, para ingresar de otro modo en la vida de relación con su psicoanalista.

La situación opuesta se da cuando la obra "es mala" porque no representa verosímilmente lo que ocurre en la vida. Sentimos entonces que la butaca es incómoda, nos damos cuenta que estamos sentados en la oscuridad, nos preguntamos cuándo falta para que termine, y podemos llegar hasta el extremo de abandonar el espectáculo. Todas estas vivencias se parecen a las que se experimentan en un proceso psicoanalítico que "se detiene", y que suele acompañarse de un déficit en el compromiso afectivo.

El proceso psicoanalítico progresa adecuadamente cuando se desarrolla en un campo "intermedio", que corresponde a lo que Winnicott llamaba el "campo de ilusión". Para que esto ocurra es necesario que haya suficiente afecto como para que haya movilización e insight y no tanto como para que se transforme en una situación que no puede ser vivida porque, confundida por entero con la vida real, conduce a una parálisis de la representación.

Cuando trabajamos interpretando la transferencia de manera explícita, sistemática y continua, en donde todo ocurre "aquí y ahora conmigo", y en donde el personaje que interpreta es el mismo personaje con el que ocurre la acción, la resistencia crece de manera asintótica, clausurando prematuramente nuestro campo de labor.

Un día llegará en que el campo inevitablemente se sature, pero dos circunstancias prolongan nuestras posibilidades, la interpretación indirecta de la transferencia, que "dosifica" el afecto, y el progreso del psicoanalista en el conocimiento de su propio inconciente, porque esto "renueva" al personaje "inesperado" con el cual el analista sustituye al que el paciente transfiere.

Notas

(127) Conferencia dictada en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) el 16 de agosto de 1994. Dada la índole de ese texto, y el hecho de que en él se retoman muchas de las cuestiones planteadas en los capítulos anteriores de este libro, omitimos repetir las citas bibliográficas que se refieren a los tópicos ya enunciados

(128) Freud señalaba que el aparato psíquico parece estar "volcado" hacia la contemplación del mundo perceptivo, y que la introspección significa un esfuerzo contranatural, en una dirección inhabitual, comparable a lo que, en el aparato digestivo, significa un vómito

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