CAP. IV
ESPECULACIONES SOBRE UNA CUARTA DIMENSIÓN EN MEDICINA
Dr. Luis Chiozza
...me consuelo (no me cabe otro remedio) con unas palabras (muy queridas también por Freud) del sabio poeta alemán Rueckert, quien dice:
Lo que no se puede alcanzar volando debe tratarse de conseguir rengueando.
Las escrituras dicen que no es pecado renguear.Heinrich Racker
La palabra "especulación"
Parece necesario comenzar por revalorizar la palabra especulación, ya que suele utilizársela en un sentido opuesto al de conocimiento científico. Este último sólo surgiría de los hechos comprobados. Tal oposición constituye un error lamentable que suele conducir al pensamiento científico hacia la esterilidad. Muchos autores han señalado que los hechos no constituyen la ciencia, sino que éstos son articulados y seleccionados mediante esa actividad del pensamiento que denominamos teoría. La palabra especulación, lo mismo que la palabra reflexión, significa en su origen rodear al objeto de "espejos" que permitan contemplarlo desde el mayor número de ángulos posibles.
Es de esperar que el lector encuentre en estas especulaciones algo más que un ejercicio intelectual "vacío". Mi deseo es lograr que puedan ser consideradas como el producto de una experiencia que, aunque confusa y oscura todavía, constituye una vivencia plenamente emocional, surgida de la con-vivencia humana con el ser enfermo.
Notas acerca de una nueva visión del mundo
Hace aproximadamente quince años se reunieron en el Instituto de Altos Estudios Económicos de Sankt Gallen, Suiza, diferentes eruditos en ciencias de la naturaleza y del espíritu, con el fin de bosquejar lo que ellos mismos llamaron una nueva visión del mundo, propia de nuestra época.
Poco después, en 1954, apareció la traducción castellana de un libro que con ese título, La nueva visión del mundo, reúne las conferencias y conclusiones de dicho congreso. No podemos dar aquí ni siquiera una idea aproximada de su riquísimo contenido; solamente diremos que, partiendo desde diferentes sectores del conocimiento actual, tales como la astronomía, la física, la biología, la medicina, la sociología, el arte, la filosofía y la antropología filosófica, se llega a la conclusión de que en todo el desarrollo de la cultura humana, junto a los desarrollos menores de las distintas épocas, se han producido sólo dos grandes transformaciones, la segunda de las cuales ha nacido en nuestra época, en los comienzos de nuestro siglo y se halla en plena evolución.
Propios de la primera transformación, que se consolidó en el transcurso de varias generaciones, fueron el pasaje del pensamiento mágico al pensamiento lógico, de lo irracional (como llamamos hoy, abusivamente, a la magia, luego de esa primera transformación), a lo racional; de la consideración bidimensional del mundo a la consideración tridimensional, que cristalizó en la categorización intelectual de un espacio y un tiempo. Esta primera transformación que brindó la tercera dimensión, la "profunda razón" de las cosas, culminó en el renacimiento italiano cuando pudo lograrse representar en una estructura bidimensional, el plano, y mediante un descubrimiento llamado perspectiva, el mundo con profundidad, o sea esta tercera dimensión o "razón".
Hoy, mediante la segunda transformación que mencionamos, hemos llegado a descubrir matemáticamente una cuarta dimensión, necesaria y fructífera en la comprensión de los fenómenos físicos, pero esta cuarta dimensión está lejos todavía de adquirir una representación gráfica, y menos aún plenamente vivencial.
Si es cierto lo poco que he podido comprender a este respecto, decir que el tiempo es la cuarta dimensión implica decir que el tiempo deja de ser tiempo en el sentido tradicional, según el cual abarca una trayectoria lineal y "recta" hacia el infinito futuro, y pasa a convertirse en una "dimensión". Y el espacio deja de ser espacio en ese mismo sentido tradicional, como ámbito de tres magnitudes relacionadas igualmente lineales y "rectas" que comprenden una serie continua desde cero hasta el extenso infinito, y pasa a convertirse en un "momento variable". Espacio y tiempo no son ya considerados categóricamente, como características del cosmos, inmutables en sí mismas, aisladas entre sí e independientes del hombre que intenta conocer el mundo. En el continuo cuatridimensional espacio y tiempo son relativos entre sí, en un sistema "curvo" y "cerrado", finito "también como tiempo" (Karlson, G., 1945; Barnett, L., 1957).
Tampoco podemos nombrar todavía lo esencial de nuestra visión del mundo y sólo nos referimos a ella con palabras que intentan definir lo que no es. Partiendo de los diferentes campos en los cuales se manifiesta, la llamamos arracional, alógica, acategórica, asistemática, aperspectiva, acausal, aespacial, atemporal, subrayando con esto el hecho de que no es lo contrario de lo anterior, como sería lo irracional frente a lo racional, sino algo que trasciende el concepto de racionalidad, y para expresar lo cual utilizamos la alfa privativa en palabras tales como arracionalidad o atemporalidad.
La contribución del psicoanálisis a la nueva visión
La contribución de Freud a esta nueva visión del mundo ha sido amplia y fundamental. En primer lugar su desarrollo de las observaciones de Charcot, según las cuales un trastorno que se manifiesta como una alteración corporal (la histeria) puede ser no sólo suprimido sino también provocado mediante un medio "psicológico", la sugestión. A través de la obra de Freud lo psicológico y lo corporal no sólo quedan indisolublemente unidos en una nueva concepción de la medicina que llegó a su máxima culminación teórica en algunos continuadores como Weizsaecker (1947, 1956 [1951]), sino que ambos, mente y cuerpo, cambian de significado, adquieren una nueva dimensión y un nuevo sentido. Lo psicológico se aproxima así a lo que en la biología de nuestra época ha sido llamado interioridad... (Portmann, A., 1954). A partir del concepto de psicogénesis y su posterior evolución se deshace el pensamiento causal en medicina, reemplazado en primer término por la idea de la pluricausalidad del síntoma, y luego por la noción de que los diversos métodos de investigación surgidos de diferentes campos del conocimiento permiten descubrir condiciones necesarias pero no suficientes para el desarrollo de la enfermedad, condiciones que no pueden ser consideradas como la causa, o una causa, del proceso mórbido (Barilari, M., 1948; Mitscherlich, A., 1954).
Profundizando en los conceptos de Freud señalados y desde un enfoque acorde con la nueva visión del mundo, podemos pensar que, considerado como una "función" de la interioridad, el conjunto de todo aquello que llamamos cuerpo (involucrando forma, función, desarrollo y trastorno) es una fantasía, en su mayor parte inconciente, compuesta, o mejor aún estructurada, por numerosas apariencias "parciales" o fantasías específicas "elementales" que sólo pueden ser separadas artificialmente del todo. Así como la fantasía constituye una realidad material y corporal específica, la realidad material (sea "biológica" o "física") constituye una fantasía específica.
Partiendo de los conceptos que Freud denominó "conversión" y "sublimación", Mitscherlich (1954) se refiere a una misma capacidad creadora de formas (Groddeck, G., 1968), proveniente del ello, que se manifiesta en el hombre en una esfera de acción de la cual forma parte lo que llamamos cultura; o, si esto no es posible, se manifiesta a través de la enfermedad. Estudiando el mito de Prometeo (Chiozza, L., 1963a) intenté profundizar en esta cuestión considerando el crecimiento y la procreación como formas corporales de materialización que intervienen, transfiguradas, en esa materialización no corporal de "la idea" que llamamos sublimación.
La segunda, y más importante aún, contribución de Freud a esa transformación cultural que conforma una nueva manera, propia de nuestra época, de percibir la realidad que nos rodea, encuentra su paradigma en la interpretación de los sueños, clave del surrealismo y del arte plástico ulterior, no figurativo, estructurado de una manera aperspectiva. Su concepto del inconciente, en el cual no rige el principio de contradicción, y del proceso primario, se une a su afirmación de que el principio kantiano según el cual el espacio y el tiempo son dos formas necesarias de nuestro pensamiento, puede ser sometido a discusión (Freud, S., 1920g, t. I, pág. 1121).
Para Freud los procesos inconcientes están "fuera del tiempo" (Freud, S., 1915e, t. I, pág. 1061); el espacio y el tiempo son característicos del proceso secundario, categorías que derivan del ejercicio de una parte de nuestro aparato psíquico. Dice textualmente: "Nuestra abstracta idea del tiempo parece más bien basada en el funcionamiento del sistema percepción-conciencia y correspondiente a una autopercepción del mismo (Freud, S., 1920g, t. I, pág. 1107).
Estas afirmaciones de Freud fueron retomadas y reelaboradas por Arnaldo Rascovsky, en opinión de quien el proceso primario sólo puede configurarse bidimensionalmente (Rascovsky, A., 1960, pág. 86).
En un trabajo realizado en colaboración (Chiozza, L. y colab., 1966a ), utilizando los conceptos de Rascovsky (1962) acerca de la posición maníaca y la diferente temporalidad del yo prenatal, expresamos que la transferencia- contratransferencia, la atención flotante y la interpretación, tienen una intensa connotación prenatal y carecen por lo tanto en esa medida de la temporalidad propia del yo postnatal. Cesio (1965) retoma luego la postulación de Freud acerca de la atemporalidad del inconciente y desarrolla la idea de que la transferencia ocurre en un presente atemporal. Rodrigué (Rodrigué, E. y Rodrigué, G., 1966, pág. 221), apoyándose en conceptos de Arnaldo Rascovsky y en las actuales teorías de la física, critica la postulación de Freud y el desarrollo ulterior realizado por Cesio acerca del carácter atemporal "del ello (o del inconciente)" y prefiere oponer al "tiempo cronológico del proceso secundario" un tiempo distinto.
Introducción a la idea de un proceso terciario
Compenetrado de las ideas acerca de una nueva visión del mundo mencionadas anteriormente, he preferido encarar la cuestión desde otro ángulo. Aún sin decidir acerca de si ese "tiempo diferente del inconciente" es tiempo o no lo es, me parecieron especialmente sugestivas las siguientes palabras de Cesio (1965, pág. 242): "AI hacer concientes los contenidos inconcientes, el yo del analista se permeabiliza también a ciertas características propias del inconciente, como es la atemporalidad, la falta de contradicciones, el proceso primario, etc. (...) Es así como finalmente nuestra formación nos da una 'familiaridad' con la transferencia, que es también una 'familiaridad' con lo atemporal que ha pasado a formar parte de nuestro yo conciente. La conciencia que poseemos nosotros, los psicoanalistas, del fenómeno transferencial-contratransferencial, es un conocimiento muy particular, que implica un desarrollo yoico específico de características poco comunes".
En el capítulo primero expresamos: "Nos parece importante señalar además que las características del proceso secundario cambian, ya que éste evoluciona en la medida en que se desarrollan las facultades mentales del hombre. A través de los enunciados de diferentes disciplinas podemos comprobar cómo el pensamiento racional, que se rige por las leyes de la lógica formal, ha quedado comprendido dentro de un sistema cuatridimensional más amplio. Este sistema ha sido denominado arracional, porque no se halla totalmente sujeto a las leyes del pensamiento lógico... Pensamos que, análogamente, la apariencia plana o bidimensional de los sueños, o de las imágenes visuales... es sólo una representación que oculta su carácter cuatridimensional. La forma llamada aperspectiva correspondería a esta modalidad visual de lo arracional".
Si analizamos esta formulación caemos en la cuenta, sin embargo, de que ella nos obliga a replantear los mismos conceptos de proceso primario y secundario. Si pensamos que la bidimensionalidad y la atemporalidad no son características de lo inconciente --ya que lo inconciente tal como lo postula Freud es en sí mismo incognoscible-- sino apariencias a través de las cuales lo inconciente se manifiesta en la conciencia, o características que el conocimiento de lo inconciente impone a la conciencia, tanto el proceso primario, "mágico", como el proceso secundario, "lógico", son modos de funcionamiento de la conciencia que intenta aprehender lo inconciente. Más aún, si los nuevos conocimientos de las ciencias y las artes, y la "familiaridad" con lo inconciente, nos hablan de un proceso de pensamiento alógico o arracional que implica el ingreso a la conciencia de un proceso primario junto al secundario, ¿cómo debemos llamar a esta amalgama de procesos que ya no se rige por el tiempo cronológico ni por el espacio tradicional? ¿Puede ser considerado un simple cambio del proceso secundario? Su transformación profunda, tan profunda como que sólo hubo otra semejante en toda la historia de la cultura, ¿no justificará el que hablemos de un proceso terciario que por ahora sólo podremos definir por la negativa, diciendo que es alógico, aespacial, asistemático, etc.?
Me veo forzado a pensar que sí, aunque tal afirmación exigirá replantearse numerosos aspectos de la teoría psicoanalítica, tales como la manera de existencia de las cargas (que Freud postulaba libres en el proceso primario y ligadas en el secundario), la existencia del sistema inconciente, o la existencia de un "proceso" en el ello, los límites del yo inconciente, las maneras de ser de la conciencia, de la resistencia, o de la represión, etcétera.
Abandonaremos aquí estas consideraciones cuyo estudio prolijo excedería los límites de este capítulo para proseguir desarrollando el tema que nos ocupa; sólo diremos que una hipótesis semejante, que atañe a las relaciones entre la conciencia y lo inconciente, se articula de una manera coherente con anteriores consideraciones (Chiozza, L., 1970k [1968]) acerca de que carga, afecto y representación, constituyen una misma unidad esencial que se manifiesta bajo diferentes apariencias cuando se la contempla desde diferentes ángulos.
Representación humorística del impacto con una dimensión intuitivamente inabordable
Según una conocida analogía de la ciencia física (Lehmann, J., 1945; Karlson, G., 1945) que intenta brindar una vivencia intuitiva acerca de una determinada concepción del universo cuatridimensional, si existieran seres bidimensionales, seres "planos", habitando sobre la superficie de un mundo tridimensional, esférico, estos seres podrían recorrer este mundo ilimitadamente y lo considerarían infinito. Mientras tanto nosotros, observadores tridimensionales, lo veríamos "cerrarse", hacerse finito a través de la tercera dimensión, y podríamos calcular matemáticamente la extensión finita de esta superficie. Este cálculo matemático podría ser alcanzado por los seres planos, pero estos seres no podrían representarlo gráficamente, y menos aún comprenderlo de una manera vivencial. Para estos seres "planos", cuya trayectoria "recta" se traza sobre la superficie curva de la esfera que ellos consideran plana, la suma de los ángulos de un triángulo equilátero con un vértice en el polo y la base en eI Ecuador, arrojaría la sorpresiva cifra de 270 grados, en lugar de los clásicos 180 de la geometría de Euclides. Bastaría levantar a uno de ellos "un milímetro" sobre la superficie y sus compañeros lo verían desaparecer de una manera inexplicable: como si fuera "raptado por un espíritu" se habría hundido en la misteriosa tercera dimensión.
Profundizando en este modelo podríamos agregar que si uno de estos seres planos percibe en su mundo algo que él llama, por ejemplo, América del Sur, y luego se desplaza en línea "recta" sobre la superficie, llegará alguna vez, esto lo vemos claramente nosotros desde la tercera dimensión, a reencontrarse nuevamente con la América del Sur. Pero él no diría que es la misma América del Sur, diría que en el espacio y el tiempo infinitos de su mundo hay muchas Américas del Sur, separadas por distancias iguales o por intervalos de tiempo regulares. Para nosotros, tridimensionales, hay una sola América del Sur "finita" que se repite ilimitadamente en la percepción del sujeto y en un tiempo infinito; para ese ser "bidimensional" es la propia América del Sur la que "se repite" infinitamente en el espacio y el tiempo infinitos de su mundo.
Con esta metáfora se deshace la apariencia, en un primer momento absurda, de la formulación de Einstein según la cual el universo (como espacio y como tiempo) es finito e ilimitado. Pero la razón por la cual he mencionado aquí este modelo, tomado de la física, no es la de insistir en que lo absurdo, según nos ha enseñado Freud, suele ser la manera cómo se presenta a la conciencia la clave que conduce a la inteligencia de lo oculto.
Hace unos años el doctor Jorge Pantolini me prestó un libro humorístico de Jack Wohl (1960), llamado The Conformers. Los personajes de este libro, representados gráficamente, eran figuras planas y simples: cuadrados, círculos, triángulos... las cuales, a través de su situación, su forma y su color, lograban transmitir de una manera sorprendente el drama de lo humano. Provocaban en el observador esa ternura que surge junto al humorismo como el producto de una cierta distancia frente a sí mismo. Para transmitir nuestra impresión al lector reproducimos, de una manera aproximada, algunas de estas figuras (conformers) y sus leyendas. Las figuras (conformers) de la quinta lámina, que se hallaban dibujadas en la tapa, me impresionaron especialmente.
La coincidencia de la escena de esa lámina con la experiencia de un ser humano frente a la enfermedad del otro, experiencia tan frecuente en un psicoanalista, resultaba evidente, y lo mismo su contrapartida, la experiencia del ser enfermo. Pero lo que no resultaba tan evidente era el carácter humorístico y conmovedor de esas figuras. Pronto hube de caer en la cuenta de que nuestro carácter tridimensional nos ubicaba en la posición de "dioses" frente a esas enternecedoras figuritas de papel que representaban al mismo tiempo, evidentemente, nuestra propia limitación humana, sujeta a la contingencia de una dimensión inabordable que torna incomprensible, problemática, la esencia o el significado de aquello que denominamos enfermedad. La coincidencia con el modelo de la física teórica citado anteriormente era también evidente.
No pude resistir la tentación de dibujar a la manera de los conformers de Wohl, una serie de diálogos frecuentes en la tarea psicoterapéutica, y a través de los cuales, de un modo más o menos inconciente, procuraba establecer también una cierta distancia que, en forma de crítica "tierna", nos ayudara a sobrellevar la experiencia inevitablemente traumática, que surge de nuestras limitaciones "dimensionales" frente a un enfermo, que, siempre, en mayor o menor medida, nos contagia su sufrir.
Encuentro con la necesidad de una nueva dimensión en la medicina y en la técnica psicoanalítica
Hasta aquí toda esta actividad constituyó un entretenimiento humorístico, pero la integración conciente de todos estos elementos dispersos cobró de pronto un significado preciso. Era imposible imaginar en un plano, en una existencia bidimensional, una figura y una leyenda que representaran la "verdadera" interpretación, aquella que "no fuera el producto del propio pasado del analista", o de lo que se ha llamado la "neurosis de contratransferencia". Estas últimas parecen ser formulaciones que no pueden ser mantenidas en la actualidad. Parecería en cambio evidente que el conjunto de estas interpretaciones, más todas aquellas "posibles" en la estructura bidimensional, podrían representar mejor la "profunda razón de las cosas", que sólo sería abarcable en un conjunto, o en su "idea" esencial, desde una tercera dimensión, inabordable para los seres "planos". Acuden a la memoria las palabras de Infeld (Gebser, J., 1950b, pág. 299): "La totalidad de los sucesos posibles constituye un mundo cuatridimensional". Pero la totalidad de los sucesos posibles, es decir actuales y potenciales, es por su esencia algo que escapa a la com-prensión racional, tridimensional, y a todo intento de representación visual. Dicho en otras palabras: "El hombre es siempre algo más de lo que puede decirse de él en un momento dado", ya que no sólo la imagen que tenemos de él cambia y evoluciona, sino que el hombre mismo cambia y evoluciona junto con ella. Podemos sin embargo, como podrían los hipotéticos seres planos, percibir la limitación actual de nuestro aparato cognoscitivo.
La percepción de esta limitación actual no debe entenderse, como en otras épocas, de una manera "positivista" que los autores de La nueva visión del mundo califican de ingenua y según la cual, tarde o temprano, todo llegará a ser conocido, y sólo se trata de esperar el desarrollo de la ciencia. Hoy se trata precisamente de lo contrario, en todas las ramas del saber, en opinión de los mismos autores: el hombre se siente inclinado a pensar que el todo es (y no se ve todavía cómo podría, si es que puede, dejar de serlo) inabarcable para el hombre mismo, que forma una parte de ese todo. Esta nueva conciencia constituye ya un primer acceso a esa dimensión inabordable todavía. Ya no podemos ir en busca de "la verdadera" interpretación, o "el" contenido latente, unívoco. Lo unívoco y lo verdadero son, en su significado habitual, conceptos tridimensionales que carecen de sentido en un mundo cuatridimensional. Por ahora deberemos conformarnos con un conjunto de interpretaciones "más o menos" adecuadas para lograr esa "más o menos" adecuada transformación de la fantasía inconciente que llamamos elaboración.
Nuestro entretenimiento con las figuras planas está representando, pues, en la penumbra de nuestra conciencia, la necesidad y la incipiente posibilidad de una dimensión más en la técnica y la teoría psicoanalíticas. La necesidad de una "distancia" que nos permita abandonar "el" contenido latente, unívoco y "científicamente verdadero", y observar desde una cuarta dimensión, aespacial y atemporal, acausal y acategórica, asistemática, nuestra cotidiana "experiencia tridimensional" frente al enfermo, surgida de un pensamiento cargado de tradición. Podemos sospechar que este ángulo de observación coincide con lo que se ha llamado el "ojo de Dios" o la "sabiduría del Demonio". Si el acceso a la tercera dimensión bifurcó la magia en lo que denominamos ciencia y lo que denominamos religión (Gebser, J., 1950b), el acceso a la cuarta dimensión nos permitirá, muy probablemente, trascender la frontera que separa la religión de la ciencia en una nueva actividad que ya no deberíamos llamar científica ni religiosa. Siguiendo en esto los pasos de Freud, quien en el estudio de lo ideal, de lo religioso y de lo sagrado, sentó las bases para un profundo y diferente conocimiento de lo que adquiere el nombre de Dios y de lo que adquiere el no menos formidable nombre de Demonio. En otro campo de trabajo la modernísima cibernética (Wiener, N., 1964) conduce al hombre, y de una manera ineludible, hacia una esfera de creación y destrucción que supone una identificación jamás lograda anteriormente, casi intolerable, en una atmósfera peligrosa que ayer hubiera sido irreverente y soberbia, con esos poderes que fueron hasta hoy tan sagrados e "intocables" como la consumación material del incesto.
Podemos pensar que estos conformers, metafóricamente tan dotados de vida como esa criatura pigmaliónica que constituye la máquina moderna, capaz de crecer, de reproducirse y de crear o inventar su propio programa, al ser creadas por el hombre y representar simultáneamente al hombre mismo, nos permiten observarlas con el "ojo de Dios" de una manera que, luego de las posibilidades brindadas por la cibernética, dista mucho de ser una "simple" metáfora.
Pero son mucho más valiosos aún estos conformers si podemos creer que, integrados con las consideraciones que hemos realizado, nos acercan a un "testimonio intuitivo" de que ya comenzó, aunque balbuceante todavía, a funcionar en el hombre ese "proceso terciario" que, frente a la lógica bivalente, reivindica el terreno del "casi" y del "más o menos" (Ferrater Mora, J., 1965), y cuyos productos, queremos destacarlo una vez más, suelen presentarse a la conciencia bajo la apariencia de lo absurdo o la noción, igualmente subversiva, de que "todo puede ser también de otra manera".
Notas
(18) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP). Octubre, 1968.
(19) Racker, H., 1957c, pág. 112-113.
(20) Volvemos aquí sobre lo dicho en el capítulo anterior
(21) Una de las maneras de comprender la disociación psicosomática es pensar que la necesidad de conservar materialmente al objeto de la identificación conduce a la disociación "funcional" o "instrumental" del proceso de identificación en dos fases, una de "idealización" o incorporación ideal, que se cumple con el objeto original, y otra de materialización, o incorporación material, que se cumple sobre un objeto diferente. Sobre esta disociación eidético-material (Chiozza, 1963a) se estructuraría la disociación psicosomática.
(22) Capítulo I del presente volumen
(23) Capítulo III del presente volumen
(24) Podemos introducir una variante en esta metáfora diciendo: seres de pensamiento bidimensional, seres planos "de mente". Esto despierta despierta además coincidencias con la imagen europea precolombina del mundo.
(25) Un interesante desarrollo de esta idea se encuentra en el libro The Planiverse de A.. K. DEWDNEY (1984)
(26) Esto tiene cierta similitud con lo que ocurre en la solución de un dilema o una paradoja mediante el acceso a un "plano" trascendente que implica un grado de mayor abstracción o mayor generalidad.
(27) En el trabajo que constituye el primer capítulo de este volumen hemos llegado a la misma conclusión por otro camino
(28) Véase las interesantes consideraciones que acerca del modo de funcionamiento del hemisferio cerebral derecho y su relación con el izquierdo, realiza Watzlawick (1980).
(29) No deseamos implicar en esto la idea de que nuestras actuales computadoras alcanzan o llevan incorporada la captación completa del principio de funcionamiento psíquico. Puede consultarse al respecto el interesantísimo libro de Joseph Weizenbaum (1976). En cuanto a las nuevas formas de religiosidad, véase Ruyer (1974).