Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. VI

LA INTERPRETACIÓN DEL MATERIAL

Dr. Luis Chiozza

 

¿Sería posible decir que ciertos síntomas mentales articulados, si se los interpreta correctamente, pueden llevar al cirujano o al médico directamente a un órgano físicamente lesionado?

¿Sería posible decir: "La manera en que esta paciente me habla revela síntomas de una enfermedad física, que para mí son tan claros como lo son los significados de un signo como la palidez para la anemia"?

...Si ciertos síntomas consiguen emerger en lo que llamamos "niveles de pensamiento conciente y racional", debería ser posible poner en acción esos niveles de pensamiento conciente y racional en el punto de origen del "mal-estar". ¿Es posible formular una interpretación que también se remonte por la misma pista hasta el origen del problema? De ser así, quizás el psicoanálisis pueda tener algún efecto sobre cosas que hasta el momento parecen inaccesibles al tratamiento.

Wilfred Bion

Yo encuentro particularmente notable la especificidad de las detalladas correspondencias entre las estructuras biológicas y las estructuras psicológicas.

Ronald Laing

La constitución del material a interpretar

Vale la pena insistir sobre una conclusión que, a fuerza de ser obvia, ha perdido parte de la fecundidad que posee. Aunque denominamos material al objeto de la interpretación psicoanalítica, este tipo de interpretación, como arte y como ciencia de un segundo sentido, reprimido, se realiza sobre el material que ha sido previamente interpretado mediante una actividad del intelecto que le brinda un primer significado y lo ubica como producto de una existencia subjetiva.

Esta actividad del intelecto, que transforma el material percibido por los sentidos en un contenido manifiesto que constituye el objeto real de la interpretación psicoanalítica, merece un estudio sistemático que permite descubrir posibilidades cuya riqueza ha permanecido inexplorada.

Comencemos por señalar que los elementos que fundamentan la interpretación psicoanalítica, surgidos de la experiencia previa, del conocimiento teórico y de la contratransferencia, participan regularmente en la elección del material que registran nuestros sentidos y en el tipo de procedimiento interpretativo que obtiene, a partir de este material, un contenido manifiesto como objeto real de la futura interpretación psicoanalítica, cuyo fin es hacer conciente lo inconciente reprimido. Sin embargo, a pesar de que se trata de un proceso complejo, la mayor parte del cual transcurre inconcientemente, resulta de la mayor importancia el poder distinguir conceptualmente este tipo de labor interpretativa que transforma al material ofrecido a los sentidos en un significado manifiesto mediante la utilización, muchas veces inconciente, de una experiencia que proviene de los más diversos campos del conocimiento.

El psicoanálisis, al establecer la premisa esquemática de la existencia universal de un "doble sentido" en los productos culturales, nos permite señalar dos hechos importantes. El primero es que cuando denominamos "material" al "objeto real" de la futura interpretación psicoanalítica, realizamos una simplificación que encubre la primera transformación interpretativa que acabamos de mencionar. El segundo, que fundamenta al anterior, consiste en que cuando interpretamos y hacemos manifiesto un contenido latente mediante el ejercicio del psicoanálisis, el contenido manifiesto sobre el cual realizamos la interpretación psicoanalítica, y, sobre todo, el ejercicio interpretativo que lo había hecho posible a partir de un material ofrecido a los sentidos, se convierte en un proceso latente que escapa a la atención de la conciencia.

El objeto a partir del cual realizamos la interpretación psicoanalítica se halla constituido habitualmente por un conjunto de palabras que posee un significado en el sistema de un idioma y que han sido pronunciadas por el paciente a quien psicoanalizamos. Cuando comprendemos el significado manifiesto de este discurso verbal del paciente es porque ya hemos realizado, a partir del material que registran nuestros sentidos, un conjunto de interpretaciones, la mayoría de las cuales transcurre de manera inconciente.

Podemos intentar, para dar un ejemplo, un pequeño inventario. Una primera interpretación, frente a lo que oigo, me permite distinguir entre el sonido y el ruido. Junto a esta distinción es necesario que establezca, mediante otra interpretación aplicada al conjunto del material sonoro que percibo, cuál es la parte que proviene del paciente. Debo establecer además, a través de una nueva interpretación, que el sonido que escucho es un sonido vocal. De manera sucesiva, nuevas interpretaciones me conducen a determinar que se trata de un hablar, que este hablar ocurre en el sistema de tal lengua, y que, por fin, transmite un mensaje particular que comprendo.

Rescatar este proceso del automatismo inconciente no valdría la pena si no fuera porque nos proponemos convertir en objeto de la interpretación psicoanalítica a los productos de otras distintas transformaciones del material ofrecido a nuestros sentidos. Este intento constituye un camino que nació, en realidad, junto con el psicoanálisis. Fue recorrido posteriormente por numerosos psicoanalistas y desde diversos ángulos, aunque nunca fue explorado sistemáticamente. Se justifica el que nos ocupemos ahora de esta cuestión, no solamente porque se ha vuelto actual gracias a la tendencia generalizada hacia el estudio de la lingüística en relación con el psicoanálisis, sino también porque me anima el propósito de contribuir al recorrido de ese camino con la exploración de un nuevo sendero.

Cuando Freud (1905e [1901], t. II, pág. 635) interpreta como una "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación" el acto mediante el cual Dora juguetea con los dedos en su bolsillo de mano, subraya su interpretación con las siguientes palabras: "Teniendo ojos para ver y oídos para escuchar, no tarda uno en convencerse de que los mortales no pueden ocultar secreto alguno. Aquellos cuyos labios callan, hablan con los dedos. Todos sus movimientos los delatan. Y así resulta fácilmente realizable la labor de hacer conciente lo anímico más oculto" (ibid, pág. 635).

Freud registra mediante su mirada un conjunto de objetos y de movimientos que interpreta como el acto espontáneo de jugar con los dedos en un bolsillo bivalvo que Dora trae por primera vez al tratamiento. La paciente no pronuncia palabras al respecto e ignoramos cuál es su grado de conciencia con respecto a la actividad que realiza con los dedos. De modo que el acto espontáneo constituye un contenido manifiesto en la conciencia de Freud, contenido que este último se ve precisado a describir con palabras. Cuando Freud realiza a continuación la interpretación psicoanalítica de este acto, sigue una secuencia que pasa por el establecimiento de las categorías de acto sintomático inconciente, símbolo universal del genital femenino y, por fin, "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación". Nos interesa determinar en este caso cuál es el objeto de la interpretación psicoanalítica. No cabe duda de que Freud aplica el psicoanálisis al conjunto de representaciones que posee en su conciencia acerca de la mencionada actividad de Dora, de cuya existencia como suceso real y externo Freud está seguro.

Reparemos ahora en el hecho de que cuando, en nuestro ejemplo anterior, nos referimos al objeto constituido por un contenido manifiesto correspondiente a las palabras que un paciente pronuncia, el objeto real de nuestra interpretación psicoanalítica también se hallaba constituido, en última instancia, por el conjunto de representaciones presentes en nuestra mente de analistas como producto de nuestra facultad de comprender el contenido de un tal mensaje manifiesto.

¿En dónde reside pues la diferencia entre la constitución de uno y otro objeto de la interpretación psicoanalítica en los dos ejemplos mencionados? La respuesta resulta clara. Reside en el conjunto de conocimientos y procedimientos interpretativos que aplicamos en uno y otro caso para obtener a partir del material ofrecido a los sentidos el objeto sobre el cual realizaremos la interpretación psicoanalítica. Para el caso en que se trata de las palabras pronunciadas por un paciente es necesario conocer el sistema de la lengua en la cual éste se expresa. Para el caso del acto realizado por Dora basta con disponer de la integridad del proceso intelectual implícito en el acto de la percepción y el juicio.

Veamos ahora un ejemplo de otro tipo. El paciente ha pronunciado una frase que, sometida al ejercicio interpretativo que nos permite comprender su significado manifiesto, se convierte en un mensaje que relata un acontecimiento concreto al cual el paciente hace referencia. Sin embargo, en lugar de tomar a este relato por objeto de la interpretación psicoanalítica, nuestra atención repara en que el paciente utilizó en esta frase la palabra "usted" para dirigirse a un analista al cual habitualmente "tuteaba". Esta palabra, contracción de "vuestra merced", y el uso consiguiente del verbo en la tercera persona del singular (Cesio, F. y colab., 1966a y 1966b) corresponden a una forma de trato indirecto. El sujeto habla en esta forma con una segunda persona; y le habla de ella misma como si se estuviera refiriendo a una tercera representada por la "merced" o "Gracia" del interlocutor. Estos conocimientos permiten al analista interpretar el significado gramatical de la sustitución realizada por el paciente, y establecer, mediante este camino interpretativo que pertenece a la gramática, un objeto distinto sobre el cual realizar la interpretación psicoanalítica.

Existen otras posibilidades interpretativas a través de las cuales se constituyen los diferentes objetos de la interpretación psicoanalítica.

Lo que nuestro tacto registra en la mano del paciente es interpretado como humedad y como frío; la humedad es reinterpretada como sudoración. Lo que notamos en el apretón de manos que constituye el saludo es interpretado como blandura y ésta es reinterpretada como un edema leve. Lo que vemos en la punta de los dedos es interpretado como azul, y este color reinterpretado como cianosis. El conjunto recibe una nueva interpretación y pasa a constituir el síndrome acrocianótico.

Así como lo que nuestra vista registra en la cara del paciente puede atravesar, por ejemplo, la línea conceptual palidez-anemia o la línea conceptual palidez-ictericia, propias de la patología médica y de las ciencias de la naturaleza, este material puede estructurarse en la conciencia del observador siguiendo otras líneas de organización (palidez-susto, por ejemplo), propias del ámbito del lenguaje como mímica, gesto o expresión del afecto. El conjunto de lo que nuestra atención obtiene puede también interpretarse como juego, dibujo, conducta, mito o teatro.

La progresiva estructuración de los significados que se constituyen mediante la interpretación admite diferentes posibilidades de organización en la conciencia. La física o la patología médica, la historia o la gramática, constituyen ejemplos de las distintas formas de organización que pueden ser científico-naturales, tanto como religiosas o metafísicas, éticas o estéticas. Todas estas interpretaciones son el producto complejo de una "historia" personal del observador, tejida con métodos, recuerdos y juicios, que constituyen los pilares de nuestra facultad de conocimiento.

A pesar de que la interpretación habitualmente privilegiada es la que nos conduce a transformar el material en un discurso manifiesto del paciente, cualquiera de las interpretaciones que dotan al material de un primer significado que implique la existencia de un sujeto, puede formar parte del origen de la interpretación psicoanalítica, que nace como producto de una hermenéutica particular cuya tarea es la búsqueda de un segundo significado, reprimido.

Habíamos prometido al comienzo de este apartado contribuir al recorrido de este camino con la exploración de un nuevo sendero. Digamos ahora, a modo de conclusión, lo siguiente: del mismo modo que Freud señala en el juego de Dora una "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación", y el estudio del uso del "Ud." nos demuestra de manera inequívoca el encubrimiento del horror al incesto (Freud, S., 1912-1913; Cesio, F. y colab., 1966a y 1966b), a partir de las interpretaciones propias de las categorías conceptuales que pertenecen a la ciencia médica tradicional, podemos descubrir, mediante la interpretación psicoanalítica, fantasías específicas que nos permiten afirmar, por ejemplo, que la ictericia es una inconfundible exteriorización "orgánica" de la envidia inconciente (Chiozza, L., 1974b).

 

Los afectos inconcientes

En Lo inconciente (Freud, S., 1915e, t. I, pág. 1056) leemos que no existen, si queremos hablar con propiedad, sentimientos inconcientes en un sentido análogo al que usamos cuando nos referimos a las ideas inconcientes. Mientras que las ideas inconcientes son actuales, de acuerdo con Freud, los sentimientos inconcientes son disposiciones potenciales. Estas disposiciones al desarrollo de determinados afectos sólo se convierten en afectos actuales cuando se realizan como procesos de descarga. La forma de esta descarga, aquello que determina la cualidad particular de cada afecto (su clave de inervación, para usar la expresión que Freud utiliza en La interpretación de los sueños ), es precisamente la idea inconciente.

Cuando decimos que el afecto se halla en lo inconciente como disposición y la idea como actualidad, queremos decir precisamente que la disposición inconciente al afecto es otra cosa distinta del afecto. Del mismo modo que en la actualidad de la semilla se halla la disposición a la futura planta, la cualidad de un afecto particular y futuro es, como actualidad, una idea inconciente. Cuando esta idea inconciente recibe un montante de carga o quantum de afecto, se inicia un proceso de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas por la conciencia como sentimientos. Freud señala que el proceso de descarga que constituye un afecto puede ser percibido en la conciencia sin la intervención de las ideas preconcientes. Sin embargo estas últimas nos permiten categorizarlos y reconocerlos como distintos sentimientos, típicos y universales, mediante la adjudicación de la palabra que denomina a cada uno de ellos. Las ideas inconcientes que determinan la cualidad de los afectos pueden además adquirir conciencia bajo la forma de ideas construidas mediante recuerdos de palabras o imágenes visuales preconcientes, o también exteriorizarse en un acto.

Cuando Freud (1940a [1938], t. III, pág.1012) define lo que considera la primera hipótesis fundamental del psicoanálisis, señala la existencia de un aparato psíquico extenso, pero el lugar que ocupa este aparato psíquico extenso es sin duda alguna un espacio imaginario. Mientras que en el caso concreto de nuestra conciencia adjudicamos un espacio imaginario a una realidad no material que somos capaces de percibir, en el caso de lo inconciente nos vemos forzados a imaginar un espacio para una realidad que sólo podemos suponer a través de la existencia de determinados efectos. Sin embargo, lo mismo ocurre con aquella realidad a la cual la física denomina "electrón", sin que esta circunstancia nos conduzca por lo general a dudar de su existencia (tal como no dudamos de la existencia de la conciencia ajena, a la cual tampoco podemos percibir).

Freud sostuvo repetidamente que espacio y tiempo son dos categorías que dependen del modo de funcionar de nuestro sistema-conciencia y que el inconciente, por lo tanto, se halla fuera del tiempo. ¿Cómo podemos entonces comprender sus propias afirmaciones acerca del carácter actual o potencial de una idea o un afecto inconciente? Actualidad y potencialidad son conceptos temporales, aplicados en este caso, y por el mismo Freud, al sistema inconciente.

El verbo, como paradigma de la palabra que pertenece al sistema conciente, se desarrolla esquemáticamente en tres tiempos: pasado, presente y futuro. Cuando Freud aludía al carácter atemporal del inconciente deseaba seguramente subrayar que el inconciente carece de esta distinción. Pero cuando desde nuestra conciencia hablamos del inconciente, no carecemos de una tal distinción. Decimos entonces que en el inconciente se acumulan, con carácter actual (en el sentido de presente y acto, pero también de permanencia) las ideas o configuraciones estructurales que en su conjunto establecen a un individuo en la totalidad de su forma y en la totalidad de la transformación que constituye su vida completa, pasada, presente y futura. En ese sentido estas ideas inconcientes, que Freud denominaba eficaces, son al mismo tiempo estructuras afectivas potenciales en la medida en que son capaces de exteriorizarse en una "inervación" que denominamos afecto y que ocupará, en este último caso, un "lugar" en el tiempo conciente del sujeto que lo experimenta.

La teoría psicoanalítica de los afectos nos ofrece la ventaja de un aparato conceptual dentro del cual desaparece la tradicional alternativa entre psiquis y soma. De acuerdo con los desarrollos anteriores, el síntoma somático, "trazado" en la materia, no es el continente de un contenido latente coexistente, sino que puede ser comprendido por el observador capacitado como un desarrollo equivalente a un determinado afecto o idea conciente que hubiera podido llegar a constituirse en su lugar. Este afecto o idea no existe actualmente en la conciencia del paciente ni en ningún otro lugar excepto la conciencia del observador.

Ya no se trata entonces de comprender cómo lo psíquico se transforma en somático o viceversa, sino que un determinado fenómeno somático adquiere un significado. Es decir que se hace psicológicamente comprensible en la conciencia de un observador. Este observador que capta un significado "psicológico" experimenta un estado de ánimo que también puede ser descripto u observado como somático.

Si el significado obtenido por la interpretación, es decir lo que solemos llamar "el contenido latente", pasara a sustituir en el enfermo el síntoma llamado somático, o se hubiera desarrollado espontáneamente en lugar de constituirse ese síntoma, el conjunto del fenómeno ocurrido podría ser descrito como psíquico o somático según cuál fuera nuestro modo de abordarlo y nuestra capacidad para percibirlo o comprenderlo.

Ya que hemos sostenido que el carácter de psíquico o somático no depende esencialmente de la categoría intrínseca del fenómeno, sino del modo de abordarlo, percibirlo o comprenderlo, debemos sostener ahora que diferentes formas, funciones, desarrollos o trastornos corporales pueden ser comprendidos como la exteriorización de diferentes ideas o fantasías inconcientes; "claves de inervación" para las cuales los conceptos de psíquico o somático son impertinentes. Cada uno de los fenómenos, sean normales o patológicos, que denominamos somáticos, "posee", más allá de cuál sea nuestra actual capacidad para descubrirlo o expresarlo en términos verbales, un significado específico, en el sentido de que ha ocurrido "en lugar" de un afecto y una idea conciente particular que hubieran podido ser el desarrollo equivalente de aquella idea inconciente que constituye la clave de inervación propia de ese fenómeno considerado.

Es obvio que nuestra capacidad para comprender el significado inconciente de los actos, la conducta o los síntomas, depende, como en el caso de cualquier otro tipo de lenguaje, de la existencia de un sentido unívoco con respecto a determinadas "unidades" o estructuras significativas, aunque las posibilidades de combinación de estas unidades, prácticamente ilimitadas, nos enfrenten con posibilidades de expresión igualmente ilimitadas. Así, cuando habitualmente decimos que los celos son el contenido latente, queremos decir "celos" y no "miedo". Justamente de la diferencia entre uno y otro depende el éxito de nuestra interpretación. Cuando en lugar de una conducta se trata de un síntoma somático, es igualmente importante comprender lo más exactamente posible cuál es su "desarrollo equivalente". No me refiero aquí a uno cualquiera de los desarrollos posibles, sino a aquel otro, genérico, formado por afectos, ideas o actos primarios, que como es el caso, por ejemplo, de los celos, constituye una de las experiencias básicas que nos mancomunan como seres humanos.

Antes del descubrimiento de Freud la histeria se expresaba en un lenguaje corporal arcano e incomprensible. Desde esa época hasta nuestros días cada vez es mayor el número de las enfermedades que podemos comprender en el lenguaje del deseo y sus vicisitudes. Es posible suponer por lo tanto que aquellos fenómenos somáticos que hoy se consideran como transformaciones inexpresivas, constituyan en cambio una evidencia de nuestra insuficiencia para comprender su lenguaje.

 

El síntoma como equivalente afectivo

Cuando un paciente realiza un acto o experimenta un trastorno somático que interpretamos como "producto" de la envidia inconciente, suponemos que esta envidia, a la cual denominamos "el contenido latente", determina desde lo inconciente la conducta o el síntoma que estamos considerando. Solemos pensar entonces, casi involuntariamente, que la envidia inconciente continúa existiendo como tal, reprimida, detrás del contenido manifiesto o en algún otro lugar. Sin embargo no parece ser esto lo que pensaba Freud.

La envidia, como sentimiento, se establece como una multitud de procesos, los cuales constituyen en su conjunto una "conmoción vegetativa" que precisamente configura la particular emoción que aprendimos a denominar de esa manera. Justamente ha ocurrido una represión para impedir ese desarrollo, específico, de tal afecto (Freud, S., 1915e). La idea inconciente que continúa siendo actual y que constituye en sí misma una disposición a la envidia (Freud, S., 1915e; Chiozza, L., 1975d [1974]) ha exteriorizado su eficacia a través de un proceso distinto. Es nuestra interpretación la que asevera, a partir de ese proceso, del contexto y de nuestro propio inconciente, que el proceso en cuestión constituye una transformación de la envidia. Para decirlo con mayor exactitud, constituye el efecto de una idea inconciente que hubiera podido, en condiciones diferentes, exteriorizarse como envidia.

Desde este punto de vista el contenido latente, la envidia inconciente, no es actual como lo son la conducta, el síntoma o los afectos e ideas concientes que el paciente experimenta. Llamamos contenido latente (Chiozza, L. y colab., 1966a ) a lo que conocemos como un producto manifiesto en la conciencia del intérprete capacitado para comprender que la conducta o el síntoma constituyen en el paciente un desarrollo equivalente a la envidia que, como tal, existe sólo en la conciencia del observador.

La teoría psicoanalítica de los afectos (Freud, S., 1900a [1899], 1911b, 1915e, 1915e**, 1923b; Rapaport, D., 1962; Chiozza, L., 1975d [1974]) nos ofrece la ventaja de un aparato conceptual dentro del cual desaparece la tradicional alternativa entre psiquis y soma (Chiozza, L., 1970k [1968]). Ya no se trata de comprender cómo lo psíquico se transforma en corporal o viceversa, sino que un determinado fenómeno somático adquiere un significado. Es decir que se hace psicológicamente comprensible en la conciencia de un observador. Este observador que capta un significado "psicológico" experimenta un estado de ánimo que también puede ser descripto u observado como somático (Chiozza, L. y colab., 1970 [1966]; Chiozza, L., 1970k [1968]).

Si el significado obtenido por la interpretación, es decir lo que solemos denominar "el contenido latente", pasara a sustituir en el enfermo al síntoma llamado somático (o se hubiera desarrollado espontáneamente en lugar de constituirse ese síntoma), el conjunto del fenómeno ocurrido podría ser descripto como psíquico o somático según cuál fuera nuestro modo de abordarlo y nuestra capacidad para percibirlo o comprenderlo.

Las ideas o fantasías inconcientes son "claves de inervación" de los afectos (de acuerdo con la expresión de Freud) para las cuales los conceptos de psíquico o somático son impertinentes (Chiozza, L., 1971b, 1974b, 1976a). Del mismo modo que diferentes formas, funciones, desarrollos o trastornos corporales pueden ser comprendidos como la exteriorización de diferentes "claves", cada uno de los fenómenos que denominamos "somáticos", "posee" (más allá de cuál sea nuestra actual capacidad para descubrirlo o expresarlo en términos verbales) un significado específico (Chiozza, L., 1963a, 1970h [1968], 1974b, 1976a), en el sentido de que ha ocurrido "en lugar" de un afecto y una idea conciente particular que hubieran podido ser un desarrollo equivalente de la misma "clave" o fantasía inconciente

Tal como antes dijimos, nuestra capacidad para comprender el significado inconciente de la conducta o los síntomas depende, como en el caso de cualquier otro tipo de lenguaje, de la existencia de un sentido unívoco con respecto a determinadas "unidades" o estructuras significativas, aunque las posibilidades de combinación, prácticamente ilimitadas, de estas unidades, nos enfrenten con posibilidades de expresión igualmente ilimitadas.

Mediante la interpretación psicoanalítica nominamos, a partir de los afectos primarios y sus desarrollos (Chiozza, L. y colab., 1966a ), los fenómenos actuales que constituyen los desarrollos equivalentes de cada uno de estos afectos e ideas. Es necesario, por lo tanto, que frente a un síntoma somático que interpretamos como "producto" de la envidia inconciente, mantengamos en claro las implicaciones siguientes:

1. En lo inconciente, como actualidad, existe solamente una idea o fantasía que, como clave de inervación, constituye una disposición potencial al desarrollo de envidia.

2. El síntoma somático constituye el desarrollo actual de tal idea inconciente.

3. El paciente percibe concientemente ese síntoma o sus derivados y le atribuye un significado distinto al de la envidia.

4. El psicoanalista que interpreta utiliza la envidia que él es capaz de sentir para nominar el significado que atribuye al síntoma somático comprendido como un equivalente específico al desarrollo de la envidia que no se produjo.

5. Sin embargo el fenómeno somático actual es, al mismo tiempo, un fenómeno psíquico igualmente actual que adquiere la forma de afectos e ideas concientes cuya conexión con la envidia permanece inconciente.

6. Cuando el psicoanalista interpreta y nomina a partir de la envidia, sostiene que dicho síntoma somático y los afectos e ideas concomitantes constituyen como actualidad otra forma de envidia que ocupa el lugar de aquella envidia que todos, e inclusive el paciente, somos capaces de reconocer como tal.

7. El psicoanalista supone, por lo tanto, que ambas formas de envidia, la que todos somos capaces de reconocer como tal y la que él ha descubierto en el paciente bajo una forma distinta mediante el psicoanálisis, son derivados de una misma clave inconciente.

8. El fenómeno somático adquiere entonces, para el psicoanalista, la categoría de un fenómeno psíquico actual, en cuanto éste logra comprenderlo como un equivalente específico de la envidia potencial que no ha llegado a desarrollarse como tal, sino bajo esta otra forma distinta que denomina envidia inconciente o reprimida. Completa así una serie psíquica cuya continuidad se hallaba interrumpida en la conciencia del paciente (Freud, S., 1940a [1938]; Chiozza, L., 1976a).

Antes del descubrimiento de Freud la histeria se expresaba en un lenguaje arcano e incomprensible. Desde esa época hasta nuestros días cada vez es mayor el número de las enfermedades que podemos comprender en el lenguaje del deseo y sus vicisitudes. Es posible suponer por lo tanto que aquellos fenómenos somáticos que hoy se consideran como transformaciones inexpresivas (que forman el llamado cuerpo asimbólico) constituyen en cambio una evidencia de nuestra actual insuficiencia para comprender su lenguaje.

Notas

(33) El texto de la primera parte de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el VI Simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática, Buenos Aires, 1975.

(34) Bion, W., 1977, pág 103

(35) Laing, R., 1982, pág 169

(36) El texto del presente apartado formó parte de la nota editorial de la revista Eidón, año 2, Nº 3, CIMP

(37) Freud, S., 1900a [1899], t. I, pág. 488

(38) El texto de este apartado formó parte de un trabajo presentado al I Encuentro Argentino-Brasileño de Medicina Psicosomática, Buenos Aires,1975

(39) Véase el capítulo I de este volumen

(40) Capítulo III del presente volumen

(41) Capítulos II y III del presente volumen

(42) Capítulo I del presente volumen

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