Hacia una teoría del arte psicoanalítico
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CAP. VII

LA INTERPRETACIÓN DE LA TRANSFERENCIA-CONTRATRANSFERENCIA

Dr. Luis Chiozza

 

La realidad psíquica y la realidad material

En la segunda edición de Psicología de los procesos oníricos, Freud escribe:

"¿Debemos atribuir realidad al deseo inconciente? No lo sabría decir. Debemos negársela, por supuesto, a cualquier pensamiento transicional o intermediario. Si contemplamos al deseo inconciente reducido a su más fundamental y verdadera forma, deberemos recordar que, sin duda, también la realidad psíquica posee más de una forma de existencia".

En 1914 Freud corrige el texto de la siguiente manera:

"...deberemos concluir que, sin duda, la realidad psíquica es una particular forma de existencia que no debe ser confundida con la realidad de los hechos".

En 1919 vuelve a modificar la frase y reemplaza "realidad de los hechos" por "realidad material". Dejando de lado las interesantes consideraciones a que puede dar lugar la primera parte de este texto, queremos preguntarnos ahora a qué se debe la última sustitución. Parece lícito suponer que entre las formas de existencia, Freud distingue una que denomina "realidad", y que entre las formas de realidad, existe una, la "realidad psíquica", cuyo par conceptual, que permite contrastarla, no se encuentra en la realidad de los hechos sino en la realidad material. Conociendo los enunciados que Freud realiza en su Proyecto..., especialmente aquellos que le permiten distinguir entre necesidad y deseo, esta suposición adquiere mayor fuerza. También nuestra costumbre de llamar "material" al objeto de la interpretación psicoanalítica, a la cual nos referimos en el capítulo anterior, adquiere un mayor significado.

En todo el desarrollo teórico freudiano se hallan, a veces explícitas, pero mucho más frecuentemente implícitas, dos maneras de realidad, o, si queremos expresarnos más correctamente, de la existencia, ya que la palabra "realidad", derivada de res, que significa "cosa" (Corominas, J., 1961), se presta mucho mejor para designar sólo a una de estas dos existencias. Una de ellas es sensorialmente percibida, y le pertenecen las nociones de acto, descarga, materia, cosa y naturaleza. La otra es "vivenciada", y pertenecen a ella las nociones de recuerdo, afecto, idea, significado y cultura. De más está decir que así como a partir de la primera se organiza un tipo de conceptualización que constituye la física, la segunda da lugar a la historia. La presencia en el recuerdo, la de la imagen, la representación, el símbolo o la palabra (que como es el caso de "pan", por ejemplo, evoca, alude, conjura, indica o determina la presencia sensorial de la cosa comestible mientras permanece ella, en sí misma, incomestible) es una presencia-en-ausencia de la cualidad sensorial, que caracteriza a la re-presentación "histórica" como manera del existir que se opone a la que constituye la presencia física. Es obvio que la capacidad que posee el psicoanálisis (y no sólo el psicoanálisis, sino también el espíritu humano en su conjunto) para cambiar la realidad material, no depende solamente de la posibilidad de materializar las ideas, sino también de la posibilidad de "idealizar" a la materia, es decir de captar o abstraer de esa materia las ideas que la configuran o que permiten comprenderla como una estructura.

Los fructíferos desarrollos que constituyen las ciencias naturales se estructuran, como organización conceptual, a partir del trato sensorial con los cuerpos materiales que constituyen el mundo que denominamos "físico". La ciencia física no sólo es producto y fundamento de este tipo de contacto y conocimiento, sino que, junto a la noción primaria de un espacio "físico" que es patente a los sentidos, establece la noción de un tiempo "físico" o tiempo "objetivo", al cual, lamentablemente, queda subordinada, como ciencia, la historia.

Suele pasar inadvertido el hecho de que la noción de tiempo, al contrario de lo que sucede con la noción de espacio, no deriva primariamente del ejercicio de una percepción, sino de una vivencia que lleva implícita, de un modo sobresaliente, la facultad de recordar. Mientras que el recuerdo interviene en la percepción de la materia para el reconocimiento de los cuerpos, pero no resulta esencial para la comprobación de su presencia, la vivencia de tiempo es inconcebible sin la participación del recuerdo. Así como el espacio psíquico se construye de modo secundario como un espacio imaginario sensorialmente imperceptible, el tiempo físico se constituye, también de manera secundaria, mediante la "objetivación" de una vivencia de tiempo primordial, que se materializa en el espacio medible de un aparato físico que, sea natural o artificial, se constituye en cronómetro.

Freud (1920g, t. I, pág. 1107) afirma explícitamente que nuestra abstracta idea del tiempo se basa en el ejercicio de nuestro sistema preconciente, y que lo inconciente es atemporal. Cesio (1965) ha mostrado, a través de una revisión bibliográfica, que estas ideas de Freud recorren en su obra una trayectoria que abarca desde 1897 hasta 1933. Pero más allá de estas afirmaciones que nos dan cuenta de las profundas reflexiones de Freud al respecto, el psicoanálisis todo se halla impregnado de una diferente concepción de la historia. En el campo de trabajo de un psicoanalista, la realidad histórica no se encuentra en el antecedente referido y ubicado en el contexto de un universo físico. El registro de una secuencia causa-efecto, que constituye el enfoque genético, por más pluridimensional que sea, y aunque pueda ser útil y valioso, será siempre una construcción secundaria e indirecta, que no alcanza de pleno derecho el estatuto de una "realidad" histórica.

Por este motivo comparto la objeción, que alguna vez le he escuchado a Willy Baranger, acerca de que la expresión "histórico-genético" lleva implícita una contradicción en sus términos. Retomaré aquí, en términos más precisos, ideas que expuse en un trabajo anterior (Chiozza, L., (1984b [1967]). En el campo de trabajo de un psicoanalista la "realidad" histórica está y es presente en la transferencia-contratransferencia, y ese presente se transforma momentáneamente, mediante la interpretación, en un recuerdo y un relato que constituye genuinamente a la historia. El grado de coincidencia de este recuerdo, o este relato, con el llamado "pasado objetivo", es teóricamente incognoscible. Además los acontecimientos "pasados" sólo constituyen historia en función de un significado. Puesto que a partir de nuestro campo de trabajo no tenemos acceso directo a la realidad material "antecedente", no podemos saber, sino tan sólo suponer, de qué modo "significó" esta realidad pretendidamente pretérita. Lo único que podemos afirmar "objetivamente", aplicando en un contexto más amplio el razonamiento que llevó a Freud al descubrimiento del carácter encubridor de algunos recuerdos, es que la "historia objetiva" es presente en una totalidad inabarcable, mientras que el recuerdo, todo recuerdo de aquello que "ocurrió", sea del paciente o del psicoanalista, es una representación o apariencia de aquello que está ocurriendo actualmente.

Yo creo que los desarrollos que Freud realizó en la noción de fantasía, sobre todo a partir de su concepción del proton pseudos y de su reconsideración acerca de la realidad de los episodios de seducción referidos por sus pacientes, son inseparables de este cambio de acento en la objetividad de la historia que, por "misteriosa" coincidencia de una época, se delinea claramente en Ortega y Gasset (1928, 1934, 1939).

Dos esquemas teóricos complementarios para una teoría de la transferencia

Antes de progresar en el tema de este apartado es importante aclarar que la noción de contratransferencia, desde las primeras postulaciones freudianas (Freud, S., 1910d) hasta el estudio de sus "significados y usos" con el cual Racker (1957b) enriqueció la teoría, cabe entera, sin que pueda considerarse seriamente alguna oposición teórica, en el concepto de transferencias recíprocas que López Ballesteros, de manera no rigurosa y aparentemente fortuita, introduce en su traducción castellana del original alemán. Dicho en otras palabras: la transferencia y la contratransferencia forman parte del proceso de transferencia-contratransferencia que (incluyendo sus aspectos de interrelación recíproca) puede ser comprendido en un campo conceptual unificado, en una teoría de la transferencia dentro de la cual la palabra "contratransferencia" señala el "lugar" o el "tipo de función" a través del cual el fenómeno general se manifiesta en un miembro particular de la pareja psicoanalítica. Numerosos autores comparten, explícita o implícitamente, este planteo (Racker, H., 1957a; Baranger, M. y Baranger, W., 1961; Cesio, F., 1965, 1969; Aberastury, A. y otros, 1966; Chiozza, L. y colab., 1966a; Chiozza, L., 1970k [1968]).

Comencemos por repetir la afirmación, señalada por Cesio (1966a), de que existen dos definiciones acerca de la transferencia, proporcionadas por Freud casi al mismo tiempo. De la primera, expuesta en La interpretación de los sueños, suele decirse a menudo, y de un modo que introduce distorsiones innecesarias, que se refiere a la transferencia "endopsíquica", cuando en realidad corresponde a una descripción metapsicológica de la transferencia. De la segunda, expuesta en el epílogo del historial de Dora, suele decirse que se refiere a la transferencia "clínica" como si se tratara de una distinta transferencia y no de un punto de vista teórico distinto que completa y enriquece la contemplación del fenómeno unitario al cual la primera definición también se refería.

Aquí tenemos la primera definición:

"...la representación inconciente es absolutamente incapaz, como tal, de llegar a lo preconciente. Lo único que puede hacer es exteriorizar en él un efecto enlazándose con una representación preconciente no censurable, a la que transfiere su intensidad y detrás de la cual se oculta" (Freud, S., 1900a [1899], t. I, pág. 557).

Si de acuerdo con Freud (1915e) entendemos por metapsicología la descripción de un proceso psíquico en sus relaciones dinámicas, tópicas y económicas, es evidente que esta definición es esencialmente metapsicológica. En cuanto a la cuestión acerca de a "cuál" transferencia se refiere, veamos en primer lugar cómo el texto continúa:

"Este hecho, al cual damos el nombre de transferencia contiene la explicación de muchos singulares procesos de la vida anímica de los neuróticos" (Freud, S., 1900a [1899], t. I, pág. 557).

Volvamos ahora sobre la segunda:

"¿Qué son las transferencias? Reediciones o productos ulteriores de los impulsos y fantasías que han de ser despertados y hechos concientes durante el desarrollo del análisis y que entrañan como singularidad característica de su especie la sustitución de una persona anterior por la persona del médico. O para decirlo de otro modo: toda una serie de sucesos psíquicos anteriores cobra de nuevo vida, pero no ya como pasado, sino como relación actual con la persona del médico" (Freud, S., 1905e [1901], t. II, pág. 654).

El lenguaje es aquí otro. Excepto por una referencia colateral a los impulsos, ninguna palabra nos conduce en este caso a pensar en una dinámica, una tópica o una economía. Sin embargo, como dijimos antes, no es lícito suponer que esta vez Freud se refiere a una transferencia "clínica" que es "otra" transferencia. Si por transferencia "clínica" debemos entender la descripción del fenómeno "tal como se observa en la clínica", debemos aclarar enseguida, una vez más, que, en realidad, lo que observamos en la clínica depende siempre de la teoría con la cual nos acercamos al objeto y lo procesamos. No se trata aquí, por lo tanto, de la observación de otra transferencia, sino de la utilización de un lenguaje diferente que presupone una organización conceptual distinta de la metapsicológica. Distinta no significa aquí contradictoria. Si cupiera alguna duda acerca de que se trata de una misma transferencia, podemos recurrir todavía al examen del primer texto, unos pocos años anterior a los citados, en el cual Freud se refiere al suceso que llama "transferencia".

"La transferencia al médico se lleva a cabo por medio de una falsa conexión" dice Freud en Psicoterapia de la histeria, y enseguida agrega:

"Primeramente, había surgido en la conciencia de la enferma el contenido del deseo, sin el recuerdo de los detalles accesorios que podían situarlo en el pasado, y el deseo así surgido fue enlazado, por la asociación forzosa, dominante en la conciencia, con mi persona, de la cual se ocupaba el pensamiento de la enferma en otro sentido totalmente distinto. Esta falsa conexión despertó el mismo afecto que en su día hizo rechazar a la enferma el deseo ilícito" (Freud, S., 1895d, t. I, pág. 128).

Asistimos aquí (en este esbozo teórico preliminar a la definición de las dos formulaciones posteriores) a la utilización combinada de ambas organizaciones conceptuales. Junto a la que recibe el nombre de "metapsicología" encontramos aquella otra que nos falta definir y denominar. Hagamos un acopio de sus términos. En la definición que pertenece al epílogo del historial de Dora (Freud, S., 1905e [1901]) encontramos palabras como "reedición", "fantasía", "despertar", "desarrollo", "sustitución", "persona", "vida" y "pasado". Esto no evoca la imagen de un aparato que funciona como un mecanismo impulsado por fuerzas; conduce en cambio a la idea de una relación entre sujetos humanos que experimentan las vicisitudes de una vida, es decir que "vivencian". Laplanche y Pontalis (1967b) afirman que Freud, como él mismo lo expresara, construyó su metapsicología sobre el modelo de la metafísica. Esta comparación se refiere a un "más allá" de la psicología que constituye lo que hoy denominamos una metateoría. El modelo que Freud utilizó para su metapsicología fue tomado de las ciencias naturales, lo que equivale a decir que, en última instancia, fue tomado de la física. Pero en aparente paradoja, Freud construyó de este modo al mismo tiempo una metateoría acerca de la física, revitalizando, sin habérselo propuesto y sin hacerlo explícito, la noción griega de physis sobre la cual se establece la metafísica (Marías, J., 1954). Si comparamos con ésta a la otra parte de su organización conceptual, que nunca fue reunida por él en una exposición sistemática y que permaneció innominada, no cabe duda que constituye una metahistoria. Esta incipiente y mal trazada metahistoria se nutre tanto de las sorpresas que él mismo experimentaba ante el carácter literario de sus propios historiales (Freud, S., 1895d, t. I, pág.92) como de los fundamentos teóricos iniciados en Recuerdo, repetición y elaboración. Al usar la palabra "metahistoria" (Chiozza, L., 1976a) para designar esta conceptualización metateórica que se halla implícita en la noción de transferencia como reedición que sustituye al recuerdo, pero que Freud no llegó a formalizar, debemos aclarar que el uso de la palabra "historia" en este contexto pretende reivindicar el derecho de la historia a independizarse de la noción de tiempo que la física aporta. [Tal vez por ésta y por otras razones su sentido se aproxime más a lo que en inglés (Hornby, A., Gatenby, E., y Wakefield, H., 1960) se diría story y no history].

La dificultad fundamental en el trabajo psicoanalítico con la transferencia y la contratransferencia

Freud (1914g) decía que la transferencia crea un campo intermedio entre la enfermedad y la vida. Uno comprende esta frase fácilmente mientras no intenta profundizar en ella, porque: ¿qué clase de oposición es ésta entre la enfermedad y la vida? ¿Es que la enfermedad no pertenece a la vida? Y la misma transferencia a la cual Freud se refiere (concretamente aquí a la neurosis de transferencia) ¿tampoco pertenece a la vida del paciente? ¿Qué es lo que se entiende entonces por vida? ¿Qué tipo de fenómenos marca sus límites? ¿Existe un modo de vivir que no es vida? A veces escuchamos algo semejante por boca de quien sufre o está enfermo. Otro dirá en un sentido parecido y sin embargo distinto que "no ha vivido la vida". Freud (1915a [1914]) se refiere una vez más a este tema cuando, en Observaciones sobre el amor de transferencia, señala que el enamoramiento de la transferencia es, a pesar de todo, auténtico, y que las características que lo diferencian del llamado "normal" son, en cierto modo, secundarias. Aquí la transferencia se convierte en realidad e ingresa, por lo tanto, a formar parte de la vida. La contrapartida, es decir, la realidad "transformándose" en transferencia la encontramos en Construcciones en psicoanálisis (1937d), en donde Freud afirma que así como una perla se realiza en el núcleo constituido por un grano de arena, todo delirio asienta sobre una porción de la verdad histórica. De esta manera se mezclan y combinan cuestiones distintas que, sin embargo, confluyen en un punto. Verdad y mentira, realidad y delirio o fantasía, actualidad e historia, autenticidad y falacia, son oposiciones que poseen, todas ellas, un algo en común. Consiste en que cada una apresa dentro de sí ese campo intermedio al cual pertenece la transferencia. Tenemos pues dos modos de vivir. Podemos vivir en la verdad, la realidad, la autenticidad y la actualidad, o podemos vivir en la mentira, la fantasía, la falacia y también en la historia de un ayer que ya no es. Podemos vivir en lo que somos o podemos vivir imaginando ser lo que no somos, cuando alcanzamos con el pensamiento lo que fue y ya no es, aquello que constituye de este modo nuestro deseo de ser lo que ahora no somos. Pero tenemos, además, una tercera forma de vivir, a la cual pertenecen la transferencia, el teatro y el juego. En esta tercera manera, en un continuo "viaje" entre la percepción de lo que somos y la imagen de lo que deseamos ser, se constituye la vivencia nueva de un como si lo fuéramos. Así, en una suerte de ilusión (Winnicott, D., 1971) que se parece a la que configura en el cine el movimiento a partir de la confluencia de dos imágenes estáticas distintas, apresamos ese campo intermedio entre la vida que llamamos "real" y la historia. Me gustaría por lo tanto modificar un poco aquella frase freudiana que dio comienzo a nuestras reflexiones, para decir que la transferencia, como teatro en el cual una persona se presenta para representar a otra (Ortega y Gasset, J., 1946), es un campo intermedio entre la vida "real" y la historia. Y continuar afirmando que este campo intermedio del "como si" se ubica en cada situación estática particular a una distancia variable entre ambos extremos, de modo que en un momento la transferencia es un hecho que no se distingue de la vida "real" y en otro es un dicho que se cuenta como una "pura historia" .

Podemos afirmar que el tratamiento psicoanalítico se realiza a la manera del tejido de una urdimbre, y que paciente y analista, mientras recorren un curso progresivo, oscilan, juntos o separados, como parte del proceso "normal", entre ambas oposiciones, abandonando la vida real para ingresar en la historia y abandonando la historia para ingresar en la vida real. La transferencia, como teatro y como juego, es entonces repetición, pero es también creación, es decir reedición modificada (Freud, S., 1905e [1901]). En el trabajo psicoanalítico con la transferencia (y en la contratransferencia), la dificultad fundamental surge cuando el paciente o el analista o, peor aún, ambos, permanecen unilateralmente atrapados o fijados en uno de los dos extremos que, como ocurre frecuentemente con los extremos, se tocan. Porque, por ejemplo, la resistencia de transferencia (y de contratransferencia), sea negativa o erótica, que corresponde a la transformación del teatro y el juego en la vida misma, puede permanecer subyacente y tomar la forma exterior de un psicoanálisis "paralítico" en donde el teatro se confunde con esa "historia vacía" que llamamos intelectualización.

La transferencia-contratransferencia como manifestación de un proceso terciario

Surgen aquí innumerables cuestiones, y una de las más importantes se halla constituida por el hecho de que el tratamiento psicoanalítico, en cuanto configura un encuentro genuino con el psicoanalista, forma una parte trascendental de la vida real del paciente, y, por lo tanto, no todo lo que ocurre durante un psicoanálisis pertenece ni debe ser incluido en el campo teatral o lúdico de la situación analítica. Por el contrario, tal como sucede en el teatro o en el juego, deben trazarse y mantenerse en la conciencia las coordenadas temporoespaciales de un encuadre que constituye el escenario del teatro y las reglas del juego. Encuadre, escenario y reglas forman parte de la vida real, de modo que cabe subrayar ahora que no solamente con las reglas "no se juega", sino que constituyen un campo adicional del proceso analítico dentro del cual se vive una experiencia real que ocurre a paciente y analista de una vez para siempre. Este campo adicional puede y debe ser continuamente reintroducido en el campo original de la situación psicoanalítica, como ocurre en el proceso de aprendizaje con el deuteroaprendizaje (Bateson, G., 1942, 1964), pero, tal como sucede con este último, siempre reaparecerá "en su lugar" de un modo más complejo y enriquecido. Es precisamente ésta la principal razón por la cual la vida real de paciente y analista se enriquece cuando, en vez de vivirla plenamente, se la reintroduce de una manera mesurada en el campo de la transferencia-contratransferencia. Para comprender qué es lo que aquí significa "de una manera mesurada" debemos recurrir a la metapsicología; pero antes debemos completar la imagen proporcionada por la reintroducción de la vida real en la transferencia, con su contrapartida, constituida por la introducción de la transferencia en la vida real. Encontramos un ejemplo cotidiano de este último suceso en lo que ocurre cuando dos adolescentes que comienzan a jugar "a que pelean" ingresan en una pelea real que transcurre con dolor, miedo y enojo creciente. Un juego deja de ser juego cuando se quebrantan sus reglas (Bateson, G., 1953, 1954b; Winnicott, D., 1971), y lo mismo ocurre con el proceso psicoanalítico cuando se perturba su encuadre. Sin embargo, tanto el quehacer teatral como la teoría de los juegos [(Bateson, G., 1953, 1954b; Winnicott, D., 1971) que nos permite distinguir entre un juego reglado --game-- y un juego continuamente improvisado --play-- (Hornby, A., Gatenby, E., y Wakefield, H., 1960)] nos brindan la posibilidad de comprender un espacio creativo que proviene de la importancia puesta en juego y que se ejercita en la distinción entre la trampa burda y la introducción de una variante que renueva su interés. Sólo la capacidad específica del autor teatral le permite saber cuándo puede ingresar un personaje al escenario "desde la platea", aumentando el afecto comprometido sin destruir aquel campo de ficción imprescindible para el ejercicio del teatro.

Dijimos antes que la metapsicología nos proporciona una teoría acerca de esta "mesura" que buscamos. Debemos subrayar ahora que su hallazgo no sólo depende de la capacidad de realizar una catexis tentativa (Freud, S., 1950a [1887-1902]), a "pequeña cantidad", que caracteriza a los procesos de simbolización y pensamiento, sino también de la posibilidad de movilizar una cantidad suficiente para brindar aquello que proporciona su plenitud a la función simbólica (Langer, S., 1941). Si la "plena cantidad" es el modo de funcionamiento primario del aparato psíquico, que corresponde al proceso primario y a la ecuación simbólica (Segal, H., 1957), y la "pequeña cantidad" el modo secundario que caracteriza al proceso secundario como pensamiento y como símbolo plenamente constituido, debemos ver en estos procesos de un campo intermedio que sólo aparecen fugazmente en el tránsito entre uno y otro (durante el acto mismo de la gestación de un símbolo) los indicios de un modo o proceso terciario (Chiozza, L., 1970j [1968]; Green, A., 1972), la conciencia del cual tal vez constituya la más reciente de las adquisiciones humanas (Gebser, J., 1950a, 1950b).

La interpretación de la transferencia-contratransferencia

El tema de la transferencia, visto desde este ángulo, nos introduce de manera inevitable en el tema de la interpretación, que le es inseparable. Debemos tener en cuenta que hacer conciente la transferencia y la contratransferencia, en sentido amplio y acabado, no sólo significa hacer conciente aquello que el paciente o el analista, "sin saberlo", sienten frente a su copartícipe de la experiencia. Tampoco significa solamente que paciente o analista hagan conciente que lo que vivencian es el producto de un pasado continuamente repetido. Es necesario que el recuerdo les aporte, en un mismo acto de conciencia, el episodio pretendidamente original, el afecto "retenido" y la contemplación de su repetición o reedición presente a partir de un fragmento de la realidad. ¿Cómo y dónde encontramos, en esta oscilación operativa hacia una historia plena, esto que llamamos conciencia de una transferencia o contratransferencia? Nos encontramos aquí nuevamente con la necesidad de esta actividad de "vaivén" entre el hecho material que caracteriza a la vida real y el dicho ideativo que caracteriza a la historia (Chiozza, L., 1977a). De este modo, en el rápido transcurso de lo existente frente a las dos ventanas diferentes que posee nuestra conciencia (Chiozza, L., 1976a), el muro intermedio se hace transparente y se visualiza la evanescente y escurridiza transferencia como una forma distinta de existencia que ni es materia actual ni es historia pasada.

Si la transferencia es un clisé (Freud, S., 1912b) o modelo habitualmente repetido de una relación de objeto pasada, la esencia de su comunicación debe hallarse contenida en aquellos elementos que son capaces de dar cuenta de modo unívoco acerca de las características de esa relación. Son precisamente los elementos metacomunicativos y metalinguísticos (Bateson, G., 1954b, 1966), que se diferencian del empleo idiomático (Ducrot, O., y Todorov, T., 1974) de las palabras y abarcan el enorme campo de la mímica, el afecto, el gesto o el síntoma, los únicos que pueden dar cuenta de manera inequívoca acerca de esa relación que se perpetúa en el acto, el drama, el síntoma, el dibujo o el juego, con los cuales es muy difícil mentir. Pero es, inversamente, la palabra del idioma el instrumento privilegiado en la transformación de la repetición en historia, bajo la forma de recuerdo o de construcción. Conviene señalar además que nuestro trabajo cotidiano no recorre el trillado camino en el ejemplo bruto de un acto fallido o en el de la sustitución de un elemento en el segundo relato de un sueño. Nuestro anteojo psicoanalítico preconciente se ha hecho sensible, entre otras cosas, a determinadas figuras del discurso que trascienden el significado idiomático de la lengua y se resisten al análisis lógico, figuras que, como si se tratara del ojo de una cerradura, nos introducen de golpe en la contemplación de la escena y nos proveen muchas veces, a través de esa "contemplación", la integración del "dato que faltaba" para que una historia se llene de vida.

Si la transferencia es el producto de un modelo de relación humana que se ha gestado como consecuencia de una con-vivencia que se intenta repetir en la relación con el analista, la mutación de esta transferencia puede lograrse por un doble acceso: la conciencia que acerca de esta transferencia se brinda al paciente y la experiencia emocional transformadora proporcionada por un analista que, mediante la comprensión de su contratransferencia, aporta al teatro o a la vida del paciente un personaje inesperado. Este personaje inesperado que el psicoanalista es, no logra sustraerse a la vida real del paciente siempre en la misma proporción. Ingresa realmente en esa vida en una proporción variable pero inevitable, proporción que, como tal, es susceptible de configurar una variante de la "patología" transferencial-contratransferencial. Pero, insistamos en esto una vez más, su sustracción total, pretendida utopía de la cual algunas veces se oye hablar, de ser posible sería igualmente "patológica", como lo es su disminución más allá de un cierto límite, o suficiente cantidad, por debajo de la cual la palabra y el símbolo se ahuecan.

Aquí, y refiriéndonos al psicoanalista, podríamos parafrasear a Freud (1912 d) diciendo que, al fin y al cabo, nadie puede intervenir realmente in absentia o in effigie. En cuanto a su intervención en el teatro (que ni es vida real ni es historia porque continuamente participa de las dos) debo decir que en el desempeño de esa función de personaje, también el analista se comunica trascendiendo ampliamente la esfera del lenguaje verbal idiomático que subrayamos cuando hablamos de interpretación.

Notas

(43) El texto del presente apartado pertenece a los comentarios efectuados por el autor en una mesa redonda, realizada con los doctores Mauricio Abadi, Willy Baranger y Jorge De Gregorio, sobre el concepto de fantasía, que tuvo lugar en la Asociación Psicoanalítica Argentina en noviembre de 1977, por invitación de la Revista de Psicoanálisis.

(44) Whether we are to attribute reality to unconcious wishies, I cannot say. I must be denied, of course, to any transitional or intermediate thoughts. If we look at unconcious wishes reduced to the their most fundamental and truest shape, we shall have to conclude, no doubt, that psychycal reality too has more than one form of existence. (Freud, S., 1900a** [1899], t. V, pág. 620)

(45) "... psychycal reality is a particular form of existence not to be confused with factual reality." (Ibid)

(46) " ...psychycal reality is a particular form of existence not to be confused with material reality." (Ibid)

(47) El texto de este apartado y de los tres siguientes pertenece a un trabajo que, con el nombre de "Patología de la transferencia y la contratransferencia", fue presentado en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), noviembre de 1977, y en el XII Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis, México, 1978

(48) Capítulo I del presente volumen.

(49) Capítulo III del presente volumen

(50) Capítulo IV del presente volumen

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