CAP. VIII
SOBRE LA FORMA Y LA OPORTUNIDAD DEL HABLAR Y EL CALLAR LA TRANSFERENCIA
Dr. Luis Chiozza
Acerca del silenciar la transferencia
Hay casos en los cuales se produce durante el tratamiento una desfavorable hipercatexia de la representación del terapeuta porque "se ha omitido interpretar la transferencia". De acuerdo con los primeros escritos técnicos de Freud, la transferencia, transformada en resistencia, se ha constituido allí en el punto de urgencia para la verbalización. Entonces, como en el caso de Dora, parecería que es el "silenciar la transferencia" aquello que conduce a un incremento inmanejable de los sentimientos e impulsos implicados. Sin embargo, y sin poner en duda que muchas veces el callar es un "error" tanto en la técnica psicoanalítica como en la convivencia humana, no debemos, a partir de esta experiencia cierta, caer inadvertidamente en el extremo de atribuir a la palabra hablada un valor, en todos los casos y a priori, superior a los del silencio y la actitud en el desarrollo o en la mutación de un vínculo.
Un viejo aforismo dice que si la palabra es de oro el silencio es de plata. Es cierto que el silencio "de plata", de un modo semejante a lo que ocurre durante una sinfonía, nos entrega su dádiva profunda en el intervalo que dos palabras significan; pero no es menos cierto que la palabra "de oro" surge a la sombra bienhechora de un silencio que, al mismo tiempo que la enmarca y la subraya ante el oído, la catapulta hacia el centro de la escena. Así como el silencio prepara a la palabra, la magna función de la palabra es restablecer el silencio.
Existe un diferencia importante entre interpretar la transferencia y enunciar con palabras al paciente el producto o "contenido" de la interpretación. También existe diferencia entre el silencio del que sabe y el silencio del que ignora o del que ignora lo que sabe. "Silenciar" una transferencia que, mediante la interpretación que se realiza sin decirla, ha llegado a la conciencia del psicoanalista, conduce a que éste adopte una actitud completamente diferente de la que ocurre cuando la silencia porque reprime el conocimiento de la misma. Vale la pena tener en cuenta esta diferencia cuando se piensa en un psicoanalista conviviendo con hijos, padres, hermanos, cónyuge o amigos, porque ambos tipos de silencio cumplen una función muy diferente.
Cuando las razones que conducen al callar, en el contexto de una sesión psicoanalítica, derivan de que no se ha podido interpretar, suele ocurrir que el "hablar por hablar", es decir porque se considera necesario "decir algo", no es un buen remedio. Si el silencio adquiere una cualidad indeseable, que se considera negativa, es preferible entonces que se hable, con palabras que no pretenden ser "interpretación psicoanalítica", acerca de que en ese momento no se tiene qué decir. Algo semejante debía pensar Freud cuando aconsejaba decir al paciente (supongo que con cortés naturalidad y sin darse aires de oráculo ni esfinge): "Antes que yo pueda indicarle nada, tengo que saber mucho sobre usted" (Freud, S., 1913c, t. II, pág. 432).
Es imprescindible dejar establecido que no se trata de afirmar que el hablar y el callar conduzcan a un mismo tipo de conciencia en el terapeuta que interpreta. Muy por el contrario, tanto en el contexto de la situación psicoanalítica como en el de la convivencia cotidiana, si bien es cierto que el pensamiento y la palabra introducen siempre una modificación en la estructura de la trama que se vive, o constituyen un índice de tal modificación, la conciencia inefable, las palabras pensadas, habladas y escritas, constituyen una serie ordenada en la cual publicidad y responsabilidad van en aumento. Por ese motivo es que insistimos en que es necesario distinguir cuidadosamente la interpretación que sólo ha sido hecha de aquella otra que, para bien o para mal, además ha sido dicha.
Aquí y ahora conmigo
La transferencia se realiza siempre en el "aquí y ahora", es decir, sobre la representación del sistema preconciente-conciente que ha recibido los signos de cualidad sensorial que le otorgan el carácter de "cosa-presente" al objeto representado. Esa representación, durante el transcurso de la sesión psicoanalítica, no es otra que la representación del analista. A partir del hecho indudable de que la transferencia se realiza siempre "allí y entonces" y con él, se desemboca frecuentemente en el precepto técnico de que la interpretación de la transferencia-contratransferencia debe siempre denotar en su enunciado verbal la relación con la persona del psicoanalista. Tanto la experiencia clínica como las consideraciones teóricas que en este trabajo exponemos nos permiten poner en duda dicho precepto.
Cuando el psicoanalista en cada una de sus intervenciones verbales menciona explícitamente que su propia persona es el destinatario del afecto puesto en juego, olvida que el paciente, mientras toma cada vez mayor conciencia de la existencia de estos sentimientos hacia la persona del médico", tiende a alejarse de la noticia fehaciente del carácter transferencial de esta investidura. Ambos modos del hacer conciente se excluyen mutuamente y sólo pueden integrarse "en un mismo acto de conciencia" mediante el recurso de una rapidísima sucesión que deja, como fugaz estela, el recuerdo todavía vivo del instante recién desvanecido. Por este motivo la técnica interpretativa que criticamos, si bien puede modificar la cualidad de los afectos implicados, como tiende a incrementar permanentemente la investidura del psicoanalista, se convierte muy pronto en una condición desfavorable.
El uso continuado y consecuente de una interpretación que permanentemente se refiere de manera explícita a la persona que psicoanaliza al paciente, conduce en forma inevitable a que éste último experimente una vivencia similar a la que experimentaría si se analizara con los objetos originales de su historia personal, y a que el psicoanalista, desde su posición contratransferencial, conviva una situación equivalente, puesto que en el fondo de la brecha que su interpretación produce, se encuentra ahora con la imagen difícilmente soportable de sus propios conflictos resistidos.
La resistencia y la contrarresistencia, como si recorrieran una trayectoria divergente con respecto a la capacidad interpretativa, alcanzan rápidamente un nivel cada vez más inmanejable, y los enunciados de verdad que el psicoanalista ensaya, ciertos sí, pero inadecuados, despiertan en el paciente una reacción que el psicoanálisis ha bautizado con el curioso y contradictorio nombre de reacción terapéutica negativa.
Si bien puede sostenerse que la situación aquí descrita forma parte inevitable, en mayor o menor grado, de todo tratamiento, también es cierto que el precepto técnico de interpretar de un modo continuo y explícito en el "aquí y ahora conmigo" (según la expresión que utilizaba Enrique Pichon Rivière) tiende a incrementar su magnitud y a precipitar su desenlace. Incurrir en un equívoco, o sencillamente ignorar que, para el establecimiento del "campo de ilusión", es importante que la magnitud de la investidura puesta en juego sea "mediana", conduce rápidamente y de un modo innecesario a una prematura clausura de la situación analítica. Se trata de una clausura que torna inaccesibles precisamente aquellos desarrollos cuya posibilidad (a pesar de esa clausura que los vuelve inalcanzables) el psicoanalista todavía vislumbra mientras se desvanecen ante sus ojos.
Nos encontramos por lo tanto frente a uno de los numerosos casos en que la enunciación de "la verdad" produce un efecto indeseable. Sin entrar ahora en consideraciones con respecto a qué es lo que constituye "la verdad" o, más modestamente, una verdad entre las numerosas posibles, debemos meditar sobre el hecho de que la enunciación de algo que se considera cierto no es suficiente para proporcionar al enunciado ese tipo particular de significado que denominamos "significancia" o "importancia". Si en el medio de este capítulo, por ejemplo, se consignara que el papel sobre el cual ha sido escrito es blanco, esta afirmación, por su falta de valor en el contexto en que se afirma, a pesar de constituir un enunciado que se considera verdadero, se transformará en lo que suele llamarse un sinsentido.
Pero no todo lo que merece ser hablado en función de la importancia que posee en el contexto en que se dice debe, o puede, ser dicho. La significancia no es suficiente para establecer la oportunidad de la palabra. El encuentro o desencuentro de toda convivencia humana se ejercita en un sinnúmero de actos que la conciencia se resiste a inventariar. En el conjunto de estos actos se destaca (con mayor razón cuando la convivencia queda acotada por el encuadre de la situación psicoanalítica) el hablar y el callar, como dos actos privilegiados, aunque no exclusivos, que comparten (en una proporción más pareja de lo que suele creerse) la responsabilidad del encuentro o desencuentro entre dos almas que se consideran singulares.
Vale la pena señalar aquí una frecuente paradoja: mientras el psicoanalista otorga a la palabra, como instrumento terapéutico, una capacidad efectora real sobre los acontecimientos materiales, entra en contradicción con sus propias afirmaciones cuando, malentendiendo el sentido de la regla fundamental, confunde la asociación libre con un supuesto derecho del paciente a decir todo aquello que le venga en gana. Se olvida que si la palabra es acción (y no cabe duda de que lo es), hay palabras que no deben pronunciarse so pena de quebrar la estructura del encuadre. Tal como ocurre con cualquier otro de los actos que escapan a los límites necesarios para configurar la situación psicoanalítica como "campo de ilusión", las palabras del paciente, y no sólo las del psicoanalista, poseen la capacidad de romper las reglas que posibilitan el "juego" o "teatro" indispensables, tanto por su efecto sobre el terapeuta como por el que ejercen sobre el propio paciente cuando las pronuncia.
Las cuatro funciones del objeto en la transferencia- contratransferencia
Tal como ocurre en cualquier otro tipo de convivencia humana, el psicoanalista puede ocupar el lugar del objeto del deseo de dos maneras claramente diferenciadas: según una de ellas el paciente desea tenerlo como objeto de placer; según la otra, desea ser como él, tomándolo como modelo a los fines de la identificación. La estructura del complejo de Edipo determina además que el psicoanalista funcione también como el rival, en su doble condición de envidiado y obstructor. La unión de esta estructura con la primitiva experiencia de la asistencia ajena configura un cuarto lugar, como contrapartida del rival, bajo la forma de un auxiliar o ayudante en la prosecución de las metas del deseo o en la satisfacción de la necesidad.
Esos cuatro roles o funciones, que ya fueron señalados por Freud (1921c, t. I, pág. 1127), corresponden a otras tantas modalidades o contenidos de la transferencia-contratransferencia. La transferencia erótica corresponde al objeto del deseo que se busca poseer para gozar. La transferencia negativa u hostil, al objeto rival. La transferencia tierna o amistosa, al objeto ayudante o auxiliar, hacia el cual se dirigen los impulsos sexuales coartados en su fin. La transferencia sublimada corresponde a una desexualización del objeto del deseo que implica un cambio en el fin de los impulsos y que, por la vía de la formación de un ideal, lo transforma en modelo.
Si bien el psicoanalista deberá alternativamente participar en el "juego" o el "teatro" de la situación analítica desde el predominio de cada uno de estos roles, es importante tener en cuenta que tanto la transferencia erótica como la negativa son las que devienen más rápidamente resistencia, ya que sus fines son los menos compatibles con la finalidad del tratamiento. Mientras que la participación de la transferencia sublimada suele ser confundida con la de la transferencia amistosa (Palombo, M., 1974), la función del objeto ideal como modelo ha sido, a mi juicio, injusta y superficialmente planteada en términos exageradamente negativos en el contexto del proceso psicoanalítico. A pesar de que el ejercicio terapéutico deberá ejercerse predominantemente desde la función de ayudante o auxiliar que configura la transferencia amistosa, la única que, en opinión de Freud (1921c), es capaz de establecer lazos duraderos, y la que, podemos añadir, tolera una mayor investidura antes de conducir a la clausura del campo psicoanalítico, no debemos olvidar que toda transferencia puede llegar a constituirse en resistencia.
Un día llegará de todos modos en que "todo" se habrá vuelto resistencia y en que la situación de la clausura se presentará como un desenlace inevitable. El cómo y el cuándo, que depende de la vida del paciente, es también una paulatina e inexorable creación del analista. Como ocurre en la vida con la muerte, o en el teatro con la caída del telón, la clausura de la situación analítica resignifica, por entero y de forma retroactiva, al conjunto constituido, otorgándole en el último episodio el sentido de esa historia. Así como la agonía se diferencia de la muerte, porque la muerte no pertenece a la vida, el final del análisis no es final antes de haberlo terminado, y no puede, por lo tanto, ser analizado durante el tratamiento. Sólo puede ser contemplado y comprendido a posteriori, en la estructura de otro contexto.
El advenimiento de una resistencia insuperable coincide con la reacción terapéutica negativa sólo en la medida en que el psicoanalista, contemplando posibilidades que no se han realizado, intenta forzar su curso natural mediante una actitud "interpretativa" que incrementa la hostilidad o el malestar de su paciente.
Así como el paciente logra separarse bien de su analista en la medida en que ha adquirido la capacidad de distribuir en el mundo social que lo rodea a ese "otro" para el cual se vive, el psicoanalista podrá mantener una transferencia-contratransferencia amistosa luego de la separación, en la medida en que pueda renunciar al logro completo de su ideal en lo que respecta a la vida del paciente, y en que sepa tolerar su propia imagen, hasta entonces desconocida, tal como, cargada de nuevos defectos, se presenta en el espejo individual y diferente de cada clausura. Esto implica de su parte también la capacidad para estar solo y para admitir que cada vida inaugura el terreno de su propia experiencia.
La oportunidad del hablar y del callar
Desde la metapsicología podemos comprender dos situaciones básicas que nos ayudan a determinar de qué manera el cómo, el cuándo y el qué de nuestro decir y de nuestro callar, pueden influir en el mantener la intensidad de la transferencia (y de la contratransferencia) dentro de los límites tolerables.
Cuando las representaciones que retienen una mayor investidura en la conciencia del paciente no son las del psicoanalista sino las de otros objetos sustitutos, parece ser lo más conveniente que el enunciado verbal del psicoanalista se dirija a esclarecer los pormenores de ese vínculo y algunos de sus concomitantes inconcientes, dejando implícito el carácter transferencial de los impulsos y afectos comprometidos. Este carácter transferencial deberá permanecer en la conciencia del psicoanalista como un hecho tácito, pero, repito, conciente, lo cual le permitirá admitir con toda naturalidad esta investidura si es el paciente el que la verbaliza (a causa de que el decir anterior del analista, referido a las representaciones de otros objetos del paciente, esclareciendo los pormenores del vínculo, ha modificado su estructura). Éste es el punto en el cual (cuando el paciente no la menciona, y siempre que la investidura no sea demasiado intensa) el analista puede verbalizar la transferencia.
Cuando las representaciones que retienen una mayor investidura en la conciencia del paciente son las del psicoanalista, parece conveniente que éste escuche e interprete sin hablar lo que presencia. Tal como afirma Todorov (1967, pág. 123): "...si las palabras crean la realidad que antes evocaban de un modo ficticio, el silencio, por su parte, hace desaparecer esa misma realidad". Esto no significa que el psicoanalista deba permanecer en silencio, sino que sus enunciados verbales, realizados desde el rol de un objeto auxiliar y desde la contratransferencia amistosa, deben dirigirse en el momento oportuno a mantener el encuadre, no sólo desde la palabra, sino también desde el tono, el gesto y la actitud.
Estos dos principios que, como todos los principios, deberán considerarse en cada caso sin ninguna rigidez, con el ánimo dispuesto a admitir una excepción, no sólo crean un espacio para que el paciente regule con su propia tolerancia la intensidad de los afectos que se teatralizan en la situación psicoanalítica, sino que nos ayudan además a colocar la contratransferencia en una zona confortable.
Llegados a este punto deberemos abandonar la metapsicología para ingresar en lo que hemos llamado metahistoria, a los fines de aportar algunos elementos que otorgarán mayor fundamentación a esos principios. Estos elementos, elaborados a partir de las ideas de Langer (1941), Bateson (1942), Watzlawick (1976), Laing (1969) y Todorov (1967), en lo que respecta al tema que ahora nos ocupa, confluyen con algunos aspectos del mito, la narración y la literatura, en su contribución a un campo que, trascendiendo los límites de la técnica, pertenece al arte del decir (Chiozza, L., 1979a [1977-1978-1979]).
La palabra, como expresión, es signo indicador de una presencia, y como símbolo es representante de una ausencia. En esta doble función contradictoria que la palabra posee reside la sutileza y la dificultad de su manejo. La mentira se engendra en la posibilidad que posee la palabra de representar una ausencia. Con el tono, el gesto o la actitud, lo mismo que con la palabra en cuanto tiene de signo indicativo, es decir con aquello que se constituye en expresión, la mentira no es propiamente una mentira sino a lo sumo el resultado de una impostación. La mentira nace en la inevitable discrepancia entre el aspecto simbólico que refiere o representa una ausencia y el aspecto indicativo que significa o expresa una presencia. Precisamente la presencia de otra cosa diferente de aquella a que la palabra alude. Una presencia que muchas veces, a través de la etimología, podemos convocar. De ahí que toda palabra sea inevitablemente falsa y no sólo exagerada e incompleta, en el acto mismo de su pronunciación.
Cuando la palabra escrita, al hacerse pública, se torna impersonal, en su dirigirse hacia un otro innumerable que es testigo, su falacia se transforma y adquiere ese consenso que llamamos realidad. La realidad es siempre un público decir. Pero las palabras no son inconsecuentes; "hablar por hablar" es imposible; toda palabra, como en un encantamiento, es mágica en su capacidad para modificar la realidad. Precisamente porque las cosas que las palabras designan no existen a priori como tales, porque no adquieren sus límites sino en el acto mismo de su designación, las palabras crean inevitablemente la realidad que enuncian. Así como el deseo crea a su objeto, la palabra crea la cosa que designa. De ahí que, como más tarde o más temprano comprueba todo padre que llama a su hijo "mentiroso", la palabra que nace de una realidad que ella misma distorsiona, que nace como una falacia inevitable, se hace verdadera a posteriori de su pronunciación. Nombrar una cosa es transformarla. La palabra es una profecía que siempre se realiza en mayor o menor grado dependiendo de su fuerza o de su reiteración. Sinceridad e hipocresía, autenticidad y falsedad, resignadas desde esta perspectiva, nos conducen a una nueva paradoja que deshace su sentido primitivo y las convierte en dos términos mutuamente referentes. Por un motivo semejante, lo opuesto de la palabra falsa no es la palabra verdadera, sino únicamente el silencio.
Cuando la convivencia con el paciente fructifica inesperadamente en el anhelado encuentro, y este encuentro se manifiesta como palabra oportuna (ya sea en su condición de símbolo o de signo indicativo), la magia del instante se desvanece, en el acto mismo de nacer, en una nueva distancia y una nueva soledad. Y sin embargo todo se ha cumplido. El psicoanalista, como un piloto en la tormenta, no gobierna la fuerza de los elementos; gobierna apenas sus acciones y emociones y el timón de su hablar y su callar. Y en su capacidad de reconocer entre las olas las crestas y declives, en su conciencia de la oportunidad que llena o vacía la palabra, adquiere la posibilidad de mantenerse a flote, otorgando o negando a su palabra la ocasión de nacer.
Notas
(51) El texto de este apartado pertenece a un trabajo presentado en el X Simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), en enero 1979
(52) Cesio (1965) prefiere sostener que la transferencia se realiza en un presente atemporal. Aunque estoy en un acuerdo completo con todo el desarrollo que plantea, no concuerdo con la denominación de "atemporal" que, a partir de Freud, él utiliza. El motivo de esta discrepancia consiste en que por razones que en parte expuse al principio del capítulo anterior y también en El corazón tiene razones que la razón ignora (Chiozza, L., 1978f) y Entre la nostalgia y el anhelo (Chiozza, L., 1981c), creo que ese presente atemporal es precisamente el tiempo primordial, y que "nuestra abstracta idea del tiempo", en el decir de Freud, o el tiempo físico "objetivo", que llamamos real, no es otra cosa que un tiempo imaginario
(53) Por esto decimos que el trabajo psicoanalítico requiere prudencia, resignación y paciencia
(54) Capítulo IX del presente volumen