Luis Chiozza
Acerca de
algunas críticas a "Psicoanálisis e
cancro"
y a "Corpo, affetto e linguaggio"
1
Con el fin de ordenar de algún modo asuntos y argumentos, dividiremos la cuestión, artificialmente, en varios apartados.
I Modelos implícitos en lenguajes distintos
Al pensar que al escribir Psicoanalisi e Cancro no hice esfuerzo alguno para hacerme comprender, para abrir un diálogo entre dos mundos (el del psicoanálisis y el de la medicina biológica) y que el esfuerzo para expresarme en un lenguaje más simple e inmediato quizás me hubiera obligado a esclarecer mejor para mí mismo algunos conceptos, se pasa por encima de algunos asuntos que son esenciales.
1) Hay cuestiones que no se pueden formular en determinados lenguajes, que son intraducibles. No existen, por ejemplo, en el lenguaje de la mecánica, términos que permitan expresar el fenómeno denominado conciencia. 2) Son precisamente las cuestiones informulables, cuando son importantes, aquellas que conducen a la creación de nuevos lenguajes. 3) Si se desea comprenderlas o, más aún, siquiera pensarlas, no hay otra solución que adquirir un nuevo lenguaje. 4) Regresar a expresarse en un le nguaje "anterior" produce, en el mejor de los casos, una ilusión de claridad que deriva de reinstalar el problema en sus antiguos y "confortables" parámetros.
Weizsaecker, ante una crítica semejante, alude a que "simple" no es lo mismo que "fácil", y señala que decir de una manera fácil lo que por su naturaleza es difícil conduce hacia una equivocación (Weizsaecker, 1956 [1951], pág. 4). Si los pensamientos que expresa un lenguaje se apartan de un saber implícito compartido (lo consabido) el hecho de que ese lenguaje sea simple e inmediato no lo convierte en "comprensible" en el sentido que hubiéramos deseado.
El lenguaje que utiliza Heidegger en ¿Qué significa pensar?, por ejemplo, es simple e inmediato, pero no es fácil. Houssay solía decir que fácil es lo que se sabe, y difícil lo que no se sabe. Wittgenstein lleva esta cuestión hasta el punto de afirmar, en el prólogo a su Tractatus logicophilosophicus, que el libro sólo resultaría comprensible a quienes ya hubieran pensado lo que en él se expone.
La expresión "medicina biológica", por ejemplo, que se utiliza a menudo, esconde uno de los tantos modelos implícitos que dificultan de antemano el diálogo al cual nos referimos. Ortega y Gasset señala que los griegos hacían uso de dos palabras distintas para referirse a la vida. Una, bios, para referirse a la vida que cada uno experimenta, en singular, como propia. Y otra, zoe, para referirse a la vida observada como una conducta. ¿Es solamente una cuestión de términos decir (más allá de toda ironía) que la medicina llamada "biológica" es en realidad una medicina "zoológica"? ¡No! Por el contrario. Detrás de la aparente inexactitud terminológica trivial se esconde un equívoco de una trascendencia inadvertida.
Se explica de este modo que la psicología, la psiquiatría o el psicoanálisis sean, dentro de la medicina, una "especialidad" más, en lugar de constituir una parte mucho más importante de la formación médica básica, como lo es, por ejemplo, la microbiología, útil y necesaria en el ejercicio de cualquier especialidad. Se explica también que lo psíquico quede degradado hasta constituir algo así como un epifenómeno de la vida, en lugar de ser evaluado como su característica primaria y esencial.
Pero el prejuicio fundamental radica en dar por garantizado que la existencia física es una evidencia y la existencia psíquica una inferencia. Por este motivo no debería extrañarnos que los físicos se encuentren mejor preparados para comprender la integración "psicosomática" del hombre, dado que conservan un mayor grado de conciencia acerca de que la palabra "materia" designa una forma conceptual que construimos a partir de una experiencia que ocurre en ese terreno que los griegos denominaban bios 2.
Veamos ahora de qué manera concreta influyen esos juicios, implícitos en determinados lenguajes.
Se critica la imprecisión temporal que existe, en algunos trabajos de Psicoanalisi e cancro, cuando se relaciona una determinada época biográfica, con la aparición de un tumor canceroso. Dado que los tiempos de reduplicación celular en el sujeto estudiado, o en el tipo de neoplasia considerado, permiten inferir el tiempo en que habría ocurrido la desviación en sentido neoplásico de la primera célula, acontecimiento que, en ocasiones, precede en años a la aparición clínica del tumor. También se menciona que, desde el punto de vista endocrino o inmunitario, la posibilidad de retrogradar un desarrollo canceroso es distinta en el caso de un tumor incipiente que en el caso de una gran masa tumoral.
Precisamente en este punto, en el cual se apela a la prudencia, se omiten, otra vez, consideraciones que son importantes.
1) La desviación en sentido neoplásico de una célula no puede ser el "verdadero" origen de un tumor clínico. Es necesario que a ella se agregue alguna otra condición, porque admitimos que muchas desviaciones neoplásicas son destruidas por el mismo organismo que las crea mucho antes de ser percibidas. Si admitimos que un tumor clínicamente evidente puede ser destruido por el propio organismo (no puede interpretarse de otro modo que la estadística afirme, por ejemplo, que uno de cada cuatrocientos melanomas correctamente diagnosticados retrogradan "espontáneamente"), admitimos también que lo mismo puede ocurrir con otro que no sea evidente. No es fácil definir por lo tanto qué es lo que debemos entender en medicina (aún en la medicina que llaman "biológica") por el tiempo del "verdadero" origen "subclínico" de un tumor "clínico".
2) Aún en el caso de que existiera una contradicción entre los hallazgos de dos disciplinas diferentes, que utilizan modelos de pensamiento distintos, no existe derecho para invalidar desde una de ellas, por más re spetable que sea, los resultados de la otra. Menos derecho existe aún para privilegiar las "verdades" que obtiene una de ellas.
Hace ya unos cuantos años, un distinguido cardiólogo que trabajaba en nuestro Centro, sostuvo que los autores más importantes de su especialidad estaban de acuerdo en afirmar que el espasmo, en las coronarias, no existe. Años después se obtuvieron cinecoronariografías que mostraban lo contrario 3.
Estoy de acuerdo en que cuanto más sólidos sean los conocimientos que podamos adquirir los psicoanalistas acerca de la (mal llamada) "biología" del tumor, estaremos en mejores condiciones para realizar nuestro estudio, siempre, claro está, que no los hayamos adquirido a expensas de una formación o profundización suficiente en nuestro propio terreno de investigación. Sin embargo conviene distinguir entre conocer suficientemente el esquema de pensamiento que pertenece a la disciplina cuyos hallazgos se intenta interpretar desde la nuestra, y conocer en detalle los últimos e innumerables datos, muchas veces provisionales, que constituyen el cuerpo entero de sus conocimientos.
Quiero subrayar el hecho, sin pretender que sea un mérito, de que Psicoanalisi e cancro es un libro distinto del que probablemente espera encontrar quien emprende su lectura. Los artículos de la primera parte fueron escritos para ser presentados y discutidos entre un público de psicoanalistas con muchos años de formación en la especialidad. Los artículos de las tres últimas partes, y la introducción titulada "Un encuentro del hombre con el cáncer", surgieron de una jornada realizada entre colegas que compartían las ideas básicas que los fundamentan. Si no se tiene en cuenta este origen, relatado en el prólogo, muchos de los sobreentendidos en que incurre su lenguaje, especialmente en las últimas partes, pueden dar la impresión falsa de que su argumentación es superficial. Creo que no debe omitirse al juzgarlo que el libro no pretende ser otra cosa que lo que su título en castellano anuncia y su subtítulo italiano aclara: "Ideas para una concepción psicoanalítica del cáncer".
Psicoanalisi e cancro, a pesar de un prólogo que intenta llenar alguna de sus lagunas, no logra la arquitectura de una obra en que cada capítulo ha sido redactado especialmente para ser incluido en el libro. Pero esto nos hubiera apartado de otras tareas igualmente importantes, y, así como está, aún en el caso de que no alcanzara la fuerza suficiente para poder ser "creído", tiene, como sucede muchísimas veces con la interpretación psicoanalítica, contenido suficiente para poder ser "sentido". Creo que encuentra la primera justificación de su existencia en el haber originado una discusión como ésta.
II Metodología
Göethe ha dicho de acuerdo con una cita de Weizsaecker (1956 [1951], pág. 447) que "es mejor creer lo falso que dudar de lo verdadero". La historia de la filosofía se divide, según Ortega y Gasset, entre aquellos f ilósofos que tienen necesidad de saber y aquellos otros, los metodólogos, que tienen temor de equivocarse. Se me ocurre que la relación entre ellos es de algún modo similar a la que existe entre el artista y el crítico de arte. Ninguno de los dos necesita de una especial justificación para existir, pero, como sucede con el elefante y la ballena, habitan en nichos ecológicos distintos y es muy difícil que se encuentren.
Hay metodólogos que se han convertido en técnicos que sólo ayudan a pensar por los caminos trillados, y que se especializan en trazar silogismos a posteriori sobre enunciados de un pensamiento creativo que se ha fo rmado por otros caminos. Nada tiene de malo, en sí mismo, el investigar por caminos trillados, pero el problema aquí es otro. Se trata de que cuando nos vemos forzados a recorrer nuevos terrenos debemos cuidarnos de no quedar sometidos al obstáculo epistemológico constituido por procedimientos metodológicos que han surgido específicamente de otros contextos.
Me solicitan más pruebas de algunas de las teorías que expongo. Pruebas convincentes, por ejemplo, de que el cáncer representa la realización de una idea inconciente que habita permanentemente, como deseo insatisfecho, en cada uno de nosotros, idea que es atribuible a un individuo que no coincide con aquel que, desde nuestra conciencia, llamamos "yo".
En primer lugar, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, en la frase citada, casi me he limitado a traducir en los términos del psicoanálisis lo que la oncología afirma. La idea inconciente que habita permanentemente en cada uno de nosotros equivale a lo que se denomina "desviación celular en sentido neoplásico", desviación que, si mal no tengo entendido, ocurre continuamente y permanece "insatisfecha" gracias a la actividad inmunitaria del propio organismo. En cuanto a que pertenece a un individuo que no coincide con aquel que, desde nuestra conciencia, llamamos "yo", equivale al concepto de que la célula tumoral es un individuo, y que, además, es "anárquico" con respecto al organismo que constituye su "portador". Si no fuera así, ¿cómo podrían, sin entrar en contradicción, sostener, como lo hacen en la crítica que motiva estas respuestas, que una masa tumoral "se produce autónomamente y afinalísticamente"?
Pero entonces, se dirá, si de una analogía se trata, ¿a qué se debe que afirmemos que su enunciado corresponde a conclusiones extraídas de nuestro propio campo de trabajo? Una teoría es una herramienta, y, frente a la tarea concreta de investigar en nuestro campo, tenemos derecho, como tantas veces lo afirma Freud, a pedir prestados conocimientos de otras ciencias para construir la propia. Pero estos conceptos, y los términos que los representan, adquirirán en nuestro terreno y durante el proceso de su utilización, un valor propio. Así, en sus comienzos, la física construyó su concepto de fuerza a partir de la noción, ubicua, de fuerza vital. Todavía hoy medimos en "caballos" la potencia de un motor, pero el antiguo concepto de fuerza perdió en la física su cualidad de intencional. La teoría, construida primitivamente mediante una "traducción", expresa "conclusiones surgidas de nuestro propio campo de trabajo" cuando "funciona" en ese campo, enriqueciendo cada vez más, a través de una interpretación que abarca un mayor número de hechos, el significado de su primitivo enunciado. Sin embargo no es esto lo que interesa subrayar ahora.
No presento mis ideas como hechos comprobados, sino como conclusiones teóricas (nada más, pero nada menos), que surgen de los hechos generalmente admitidos o de otras teorías admitidas. Sin embargo, creo que son ideas verosímiles, y a medida que transcurre el tiempo mi convicción ha ido creciendo.
¿De qué depende la convicción científica? ¿Qué son las pruebas convincentes? ¿Convincentes para quién y en qué lenguaje? Nuevas ideas suelen necesitar nuevos lenguajes, y volveremos más adelante sobre el asunto de si el lenguaje del psicoanálisis es apropiado para tratar con las ideas que aquí nos ocupan.
Si acepto discutir estas críticas es porque admito que su discusión puede ser interesante y fructífera. Supongamos ahora que como resultado quedemos todos los aquí presentes convencidos de que lo que afirmo es correcto, ¿significaría esto que está comprobado? ¿Será necesario tal vez convencer a un consenso mayoritario de autoridades científicas? ¿Pero de qué especialidad? ¿Existe actualmente una especialidad tipificada en el campo que nos ocupa? Suele suceder, además, que cuando las verdades científicas adquieren un amplio y consolidado consenso, ya han dejado hace tiempo de ser consideradas verdades en la cúpula del conocimiento científico.
Me parece que, en un significado riguroso, carece de sentido decir que una teoría se ha comprobado. Prefiero pensar, en cambio, que existen teorías que son mejores que otras. Pienso que una teoría es mejor cuando cumple, en orden de importancia, alguna de estas tres condiciones: 1) abarca un mayor número de hechos o teorías admitidos; 2) es más simple en su formulación; 3) aunque parezca inútil decirlo, en el caso de que su alternativa es ninguna.
III Estadística
Surge la pregunta de por qué y en qué sentido rechazo el método estadístico como medio para alcanzar, del examen de experiencias singulares indi viduales, la formulación de leyes generales. Los únicos párrafos que he escrito, en toda mi obra, con respecto a la estadística, son tres 4. Uno, muy breve, al final del trabajo "¿Azar o acción terapéutica?" (Chiozza y colab., 1983a [1981]). Otro, en el prólogo de Ideas para una concepción psicoanalítica del cáncer (Chiozza, L., 1978j), en el cual, entre otras cosas, señalo el problema de las anomalías y la necesidad de examinar más de un caso. El tercero, con el titulo de "Reconsideración del conocimiento estadístico", forma parte de un trabajo que presenté, como relato oficial argentino, en el Tercer Encuentro ArgentinoBrasileño y Primer Encuentro L atinoamericano sobre "La interpretación psicoanalítica de la enfermedad somática en la teoría y en la práctica clínica" y formó parte de un semin ario dictado en Perugia, Italia, en Julio de 1981 (Chiozza, L., 1981e).
No encuentro de dónde podría deducirse que rechazo el método estadístico. En el tercero de los mencionados párrafos señalo textualmente: «¿Significa esto que el estudio estadístico constituye una tarea inútil que resulta en un conocimiento falso? Evidentemente no. Significa, en cambio, que la estadística es a menudo objeto de una cierta "reverencia supersticiosa" que disminuye la posibilidad de su utilización acertada. La utilización acertada deriva ante todo del tener en cuenta que cada estadística se ha constituido aislando artificialmente un valor elegido a partir de una importancia sostenida por un determinado criterio».
¿Habrá surgido, tal vez, el equívoco del siguiente párrafo?: «Cuando, intentando identificar los beneficios que pueda brindar nuestra labor psicoanalítica sobre el enfermo somático, nos interrogamos acerca de los resultados terapéuticos que obtenemos, en lugar de establecer una estadística debemos extraer un criterio del estudio cuidadoso y exhaustivo de unos pocos casos». Sin embargo, el sentido, que apunta sobre todo a subrayar la necesidad de identificar los criterios implícitos en la determinación del valor que se denomina "resultado", surge con claridad del contexto al que la frase pertenece.
Leyendo en su conjunto todo aquello que de la estadística afirmo, se deduce que mi interés reside en sostener: 1) La estadística nada afirma acerca del hecho singular. 2) Aunque la cuestión de si todo conocimiento es, o no es, estadístico, ha dividido a los físicos en dos grandes bandos, la diferencia, en la vida cotidiana, entre certeza y probabilidad, conserva todo su valor. Nace de un tipo de pensamiento causal que cabe distinguir, por la intervención de un encadenamiento de fenómenos que denominamos racional, del procedimiento "contable" que denominamos "estadística". 3) A medida que crece la dificultad en la identificación y la homogeneización de las variables que intervienen en el fenómeno estudiado, crece la dificultad para realizar una estadística genuina. La estadística queda entonces muchas veces degradada hasta configurar una grosera casuística de "grandes números" que, aunque encubierta por un ropaje científico, se parece más a la superstición que a la ciencia.
IV Presentación de casos clínicos
En la tercera parte de Ideas para una concepción psicoanalítica del cáncer, salvo quizás con la excepción del trabajo "¿Azar o acción terapéutica?", nos limitamos, como el título de esa parte lo indica, a publicar algunas "reflexiones sobre la experiencia clínica". "El análisis longitudinal de sujetos sanos que luego enfermaron de cáncer", al cual alude la crítica, habría tal vez podido brindar interesantes conclusiones, pero existen razones por las cuales, frente a la tarea concreta, se hace necesario elegir jera rquizando los fines. Me parece en cambio erróneo criticar la utilización de textos literarios argumentando que "son situaciones no verificables realmente, en el sentido de que la literatura es una realidad imaginada y no sucedida". El tema es demasiado extenso como para discutirlo aquí en su integridad, pero me bastará con recordar que nuestra investigación se dirige hacia la búsqueda de significados, y que la imaginación de un literato es una realidad psicológica que corresponde, cuando es capaz de conmover a un gran número de personas, a una realidad compartida o, si se pr efiere decir, "generalizable". Piénsese, por ejemplo, en la leyenda de Edipo. No me parece, por idénticas razones, justificada la desconfianza a la util ización de materiales heterogéneos en la investigación de las relaciones existentes entre lo hepático y la envidia. Es una desconfianza que desestima que todos esos materiales heterogéneos son deriva dos concientes de la fantasía inconciente.
Es cierto que la ilustración clínica ayuda, y, en lo que atañe al punto específico solicitado, puede encontrarse alguna ilustración clínica en el fascícu lo con los trabajos que realizamos para el Seminario de Roma (Chiozza y colab., 1979a*). También ayudará el trabajo sobre cardiopatías isquém icas (Chiozza y colab. 1983b [1982]), presentado en noviembre de 1982 en el segundo Seminario de Perugia 5.
Creo que antes de afirmar que los casos presentados son muy pocos, o que la biología del tumor no es tomada suficientemente en consideración, es necesario tener en cuenta cuál es el propósito de su presentación. Volvemos así al problema de las pruebas.
Coincido con la afirmación de que a la clínica se la ve, no se la lee, porque lo que se lee siempre es una historia seleccionada de acuerdo con un determinado criterio. Pero el problema es más grave. La experiencia muestra que en la clínica sólo se ve aquello que en la teoría se comprende y acepta. Puede decirse, metafóricamente, que la realidad espera, desde hace años, en nuestros consultorios, a que desarrollemos, mediante reflexiones o discusiones teóricas, nuestra capacidad para verla. Los juegos de ilusión óptica ponen de manifiesto que la más "simple" de nuestras percepciones cotidianas lleva implícita una teoría inconciente.
Cuando dos observadores perciben lo mismo es porque comparten la misma teoría. Por esta razón nada es más difícil que "comprobar en la clínica" una nueva teoría. La situación empeora cuando la nueva teoría opera en contra del "sentido común" que constituye al consenso, y afecta supuestos teóricos habituales que, por ser inconcientes, quedan siempre fuera de toda cuestión.
Tomemos como ejemplo el artículo de Iribarne y Fonzi 6, en el cual se critican "algunas inexactitudes y superficialidades". La crítica con respecto a este artículo finaliza diciendo: "También nosotros nos unimos a la esperanza de que Cuqui pueda vivir algo mejor, pero el problema aquí es sólo la relación entre la eventual repetición de la neoplasia y las condiciones psicológicas profundas de la paciente". Releo ahora, nuevamente, el texto de Iribarne y Fonzi, y no encuentro una sola línea que me permita suponer que el artículo se ocupa de exponer, esclarecer, ilustrar o responder a dicho problema. Me parece menos cierto aún que allí, en el caso narrado, el problema sólo sea ése. La finalidad explícita de Iribarne y Fonzi es describir brevemente la experiencia, las reflexiones y los hallazgos psicoanalíticos (en los términos más cercanos posibles al significado canceroso "primario") en una persona operada de cáncer y clínicamente "curada" al precio de una mutilación genital. Una vez aclarado este equívoco, desaparecen esas "inexactitudes y superficialidades", salvo, tal vez, la cuestión de creer (o no creer) que una intervención semejante haya podido realizarse, como afirma la paciente, sólo con una finalidad preventiva. Pero esta cuestión, por importante que sea, no afecta a la meta hacia la cual el artículo apunta.
Encontramos otro ejemplo de lo que se puede, o no se puede, ver en la clínica, en dos preguntas acerca del paciente presentado en "¿Azar o acción terapéutica?".
En la primera pregunta se plantea si a todos los sujetos con melanomas malignos les ha faltado el cálido contacto con la piel de la madre a causa de una lactancia artificial o si, "más modestamente", hay una mayor incidencia de melanomas entre sujetos que no han sido amamantados con pecho.
El trabajo no afirma (ni sugiere siquiera) que a todos los sujetos enfermos de melanomas malignos les faltó dicho contacto. Se limita a señalar un caso particular de una teoría general que expresaría así: Para que la localización de una enfermedad somática, cualquiera que ella sea, resulte psicológicamente comprensible, es necesario que se haya de scubierto alguna de las relaciones siguientes, las cuales, bajo su distinta apariencia, conducen hacia una misma realidad de fondo. 1) El significado "primario" o específico del órgano afectado debe formar parte del significado de la crisis biográfica actual. Esto equivale aproximadamente a lo que Freud denominaba, para el caso de la histeria, "conversión simbolizante", porque la zona afectada se prestaba especialmente para expresar simbólicamente, en términos lingüísticos, el conflicto psíquico implicado. 2) La crisis biográfica actual debe contener la reedición inconciente de una situación traumática anterior en la cual la zona corporal afectada quedó involucrada. Este tipo de significación, que consideramos una resignificación secundaria, equivale a lo que Freud, siempre refiriéndose a la histeria, denominaba "simbolización mnemónica". 3) El conflicto psíquico que configura la crisis biográfica actual resulta "atraído" por un complejo inconciente que en su hora produjo un trastorno del órgano actualmente implicado. Esto equivale aproximadamente a lo que Freud denominaba, en la histeria, "solicitación (o complacencia) somática".
La segunda pregunta, con respecto al mismo caso, es si el factor de difusión metastásico no está más ligado al drenaje linfático de la zona primitivamente afectada, que al hecho de ser el punto que debe haber entrado en contacto con el hijo durante el abrazo traumático. Como es necesario ser breve, diré en este punto que en el libro Cuerpo, afecto y lenguaje (Chioz za, L., 1998e, [1976]), con el subtítulo "Un hombre con el dolor en un brazo ", discuto una situación semejante 7.
En cuanto a la pregunta acerca de la peculiaridad de la psiquis del canceroso, supongo que no es válido decir ahora que el libro entero intenta responder e ilustrar a esa cuestión. Creo que existe el derecho de que intente resumir aquí la respuesta.
De acuerdo con la teoría que planteo, para que una persona se enferme específicamente de cáncer deben confluir las siguientes condiciones:
1) Una fijación al periodo individual que corresponde al desarrollo embrionario. Este núcleo narcisista inconciente, precozmente disociado, permanece como un deseo insatisfecho que no se integra con el desarrollo que emprende el yo coherente que constituye el núcleo predominante de la personalidad en el estadio de la evolución individual alcanzada. Si tenemos en cuenta que una de cada cuatro (o cinco) personas muere como consecuencia de un cáncer y que se admite que la desviación neoplásica de células aisladas oc urre de manera continua sin llegar a constituir un tumor canceroso, podemos suponer que esta primera condición se halla presente en todos los seres humanos.
2) Una frustración actual en los estadios posteriores de la evolución tánatolibidinosa alcanzada. Especialmente en los que son, para una determinada persona, aquellos económicamente más eficaces. A partir de ella se condiciona una regresión que incrementa la energía pulsional contenida en la fijación narcisista embrionaria, "reactivando" las fantasías que ese núcleo "contiene".
3) La imposibilidad de descargar, en sentido progresivo, la excitación generada en la fijación embrionaria, a través de cualesquiera de los estadios posteriores de la evolución tánatolibidinosa individual. Esta condición suele observarse predominantemente, en la clínica, como un fracaso en la descarga de la excitación incestuosa, por ser ésta última, en su carácter de provocada por una relación consanguínea, la inmediatamente posterior a la fijación narcisista embrionaria.
Imagino ahora que se me podría preguntar si estas condiciones son generalizables y si se confirman en la observación clínica. Contestaré, brevemen te, que:
1) Hasta donde sé, la teoría que planteo es la única que explica, e ntre las que pertenecen al terreno de la investigación del psiquismo, las características que diferencian al cáncer de cualquier otra enfermedad somática. Estas características son las de un crecimiento celular, ilimitado e invasor, que no se conforma al plan de los órganos y tejidos diferenciados, que constituyen al individuo pluricelular, jerárquicamente estructurado, en el cual el cáncer aparece.
2) Cada vez que, hasta ahora, frente a un paciente canceroso, nos hemos aproximado para estudiarlo psíquicamente con prolijidad suficiente, nuestras observaciones no solamente no contradicen la teoría, sino que, más aún, nos han permitido encontrar, una y otra vez, en el momento de sus vidas en que la enfermedad aparece, un tipo particular de fracaso que anteriormente nos había pasado, en estos casos, inadvertido. Se trata de un fracaso constituido por la pérdida de la satisfacción de los deseos inconcientes correspondientes a un vínculo incestuoso, hasta entonces obtenida, casi siempre, mediante la sustitución de los fines directos pero no de los objetos consanguíneos. Debo, para ser más exacto, aclarar que, aunque la ausencia de este tipo de fracaso pueda llegar a ser rara entre los enfermos de cáncer, la posibilidad de esa ausencia no es incompatible con la teoría que planteo, ya que, dentro de esa teoría, como hemos visto, se conciben otras maneras por las cuales se alcanza la regresión y la reactivación narcisista necesarias.
V La teoría psicoanalítica
Se sostiene que la manera en que derivo, de la teoría psicoanalítica, una estructura teórica para la interpretación de un significado psíquico específico en los fenómenos somáticos, es poco convincente. Se encuentran d emasiadas generalizaciones, artificios retóricos y forzamiento de autores clásicos, introduciendo demasiadas innovaciones, más allá de las presumibles intenciones de los autores de las palabras que cito. Veamos un ejemplo.
En Más allá del principio del placer, Freud (1920g, pág. 1118) afirma que las células germinales se comportan de un modo "narcisista", porque tienen necesidad de la actividad de sus pulsiones de vida para sí mismas, en calidad de reserva, con miras a su posterior actividad de grandiosa dimensión anabólica. Agrega un año más tarde (en las dos ediciones castellanas, y en el original alemán, la frase no está entre paréntesis como en la traducción inglesa de Strachey), que tal vez habría que declarar narcisistas, en ese mismo sentido, a las células de los neoplasmas malignos, dado que la patología está preparada para considerar congénitos sus gérmenes y atribuir a ellos cualidades embrionales.
Escribí en Ideas para una concepción psicoanalítica del cáncer que, si aceptamos los conceptos que la frase contiene, no debía extrañarnos que una excitación incontrolada de carácter narcisista pueda utilizar la representación de un crecimiento tumoral para expresarse, dado que, tal como se deduce de la frase de Freud, suponemos que el proceso somático mismo, que corresponde a la representación "crecimiento tumoral", deba también quizás ser declarado (además de "incontrolado") como narcisista en el mismo sentido que las células germinales.
Dado que se sostiene que el punto de partida del ligamen que establezco entre narcisismo y tumor es una frase de Freud, conviene señalar ahora que mi análisis de la frase de Freud (capítulo sexto del presente volumen) se dirige, en primera instancia, a apoyar una afirmación que ya ha sido realizada antes, en la misma página. Digo en esencia que el contenido narcisista que posee el incesto adquiere en algunas ocasiones la representación de un desarrollo tumoral y maligno. La expresión "en algunas ocasiones", así como otras similares que utilizo en el mismo capítulo, constituye una referencia implícita a la experiencia clínica psicoanalítica, que es el terreno natural del cual extraemos nuestras observaciones. El contenido de ese capítulo formó parte originalmente de un trabajo más extenso titulado "Una contribución al estudio del horror al incesto" (presentado en la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1966). En ese trabajo las mismas conclusiones fueron elaboradas a partir del material de sesiones psicoanalíticas pertenecientes a una paciente que consumó, durante muchos años de su vida adulta, el incesto fraterno, y en la cual aparecían, muy frecuentemente, fantasías de estar enferma de cáncer. Lamentablemente, debido al riesgo de que la paciente pudiera ser identificada, dicho material no pudo ser publicado 8.
Se sostiene que "los conceptos de Freud se refieren al narcisismo (cual idad mental), no a las células tumorales" de modo que estaríamos ante un ejemplo de la extensión injustificada de las ideas de la cita, porque, aparentemente: "Se trata de una frase insertada en un contexto dominado por las fantasías biológicas de Freud sobre las células germinales".
¿Cómo se puede afirmar que los conceptos de Freud no se refieren a las células tumorales sino al narcisismo "cualidad mental"? Si no se refiere a las células tumorales, ¿para qué las nombra?, y, además, ¿por qué constituyen el sujeto sustantivo de la frase en cuestión, mientras que el narcisismo es en ella un adjetivo? Pero aún admitiendo que el tema central de la cita fuera, en función del contexto, el narcisismo cualidad "mental", ¿qué habrá querido decir Freud cuando afirma que las células se reservan para sí mismas sus pulsiones de vida? ¿Son estas pulsiones de las células, que las células se reservan, narcisismo cualidad mental? ¿Existe un narcisismo que no sea cualidad mental? En este punto me pregunto cuál es el significado que podemos asignar a la expresión "fantasías biológicas de Freud acerca de las células germinales". Tal vez se prefiera suponer que se trata de un pensamiento accesorio que (aún admitiendo que forme parte de la manera de pensar de Freud) no forma parte de la teoría ps icoanalítica.
Etcheverry ha traducido recientemente la obra de Freud al castellano, directamente del original alemán, en una cuidadosa versión cotejada con la inglesa de Strachey. Veamos lo que dice Etcheverry cuando se ocupa de fundamentar la traducción del alemán Seele por el castellano "alma" ("mente" es una traducción errónea, al castellano, de los términos ingleses "mind" y "mental" que utiliza Strachey): "Vemos pues que la asimilación que establece Freud entre 'psique' y 'alma' es taxativa". "Para Haeckel la célula primordial (protista) así como las células unidas entre sí en un ser vivo pluricelular, poseen alma". "Alma, en Haeckel, es término descriptivo de la especificidad de ciertos procesos materiales". "... parece probable que la tradición de Haeckel y de la filosofía de la naturaleza es obligado contexto del texto freudiano" (Etcheverry, 1978, págs. 36, 37 y 56). ¿Puede "el obligado contexto del texto freudiano" ser considerado sólo un accesorio de la teoría psicoanalítica, o quedar fuera de ella?
Se sostiene que resulta atractiva la posibilidad de leer un clásico de modos siempre nuevos, y que parece licito como un acceso para nuevas categorías e intuiciones que acrecientan la riqueza de la fantasía, y permiten pensar lo impensable (o lo afrontado hasta ahora en términos ritualísticos o fallidos), abriendo un "espacio de nadie" en el conocimiento científico, que deberá ser recorrido por una investigación rig urosa, dado que estas categorías e intuiciones no poseen las ventajas de la teoría, cuyo fin es compatibilizar, en un sistema comprensible y atendible, las distintas proposiciones que derivan de la experiencia. Estoy en un íntimo acuerdo, ta nto en lo que respecta a la función de la intuición y la fantasía como en que el camino que emprendo tiene un larguísimo trayecto para recorrer todavía. También estoy de acuerdo en cuál es la meta de una teoría. No coincido en cambio en que se pueda abrir un "espacio de nadie" y establecer nuevas categorías sin haber realizado una teoría.
Un ejemplo privilegiado para discutir este punto es el de Groddeck. Cuando decimos que Groddeck no formuló una teoría, creo que no tenemos conciencia de que su teoría funciona tan lejos de los parámetros habituales de la "formación de sistemas" que no parece teoría, y sin embargo lo es. Encontramos, en el caso de Weizsaecker, un ejemplo distinto. Su formación teórica multidisciplinaria era tan profunda que (independientemente del sentido y el valor de su obra) su esfuerzo por trazar un puente entre el terreno de lo aparentemente "impensable" y el pensamiento habitual deja la viva impresión de un fracaso que es, casi, un logro. Fracasa porque su lectura es difícil en la medida en que es difícil descubrir en su inteligencia un sistema que es producto de una ruptura epistemológica. Es casi un logro porque su pensamiento adquiere una apariencia más "seria" y menos " mística" que el pensamiento de Groddeck.
Ambos deseaban encontrar en la figura gigantesca de Freud el más formidable compañero de ruta. Pero Freud, interesado en otros destinos y comprometido en otros combates, aún aceptando que la meta era digna de los mayores esfuerzos, les brindó su estímulo, pero se rehusó a acomp añarlos.
Se critica mi esfuerzo por permanecer "fuertemente anclado al pensamiento psicoanalítico", de una manera que es casi un elogio hacia la originalidad de lo que pienso. Coincido en que en algunos pasajes (los cuales, dicho sea de paso, provienen de textos escritos hace muchos años) este esfuerzo resulta tedioso. Sin embargo, se impone aquí una aclaración. La plantearemos a través de un ejemplo. Sostenemos que debe pensarse en la existencia de un proceso terciario (Chiozza y colab., 1970a [1966]), además de los procesos primario y secundario que postula Freud. ¿Disiente esta afirmación con el pensamiento de Freud, o lo prosigue por los mismos caminos? ¿Deberá quedar incluida en lo que denominamos psicoanálisis, o excluida de él? No creo que, mirando hacia el futuro, debamos resignarnos a llamar psicoanálisis solamente a aquello que pensaba Freud. Sería equivalente al haber pretendido que la física terminara con Newton. Justamente por este motivo es necesario que dediquemos los ma yores esfuerzos a comprender su teoría hasta sus últimos alcances. Evitaremos de este modo la situación lamentable de tantos disidentes que, creyendo discrepar con el creador del psicoanálisis, sólo di screpaban con las ideas equivocadas que, acerca del pensamiento de Freud, ellos se habían formado.
VI El lenguaje del órgano
Entre las citas de Freud que utilizo en Cuerpo, afecto y lenguaje (Chiozza, L., 1998e [1976]) se reproducen, en el comentario crítico, tres, para ejemplificar la manera en que "extiendo" el significado del pensamiento de su autor. Con respecto a las dos primeras, a fines de abreviar, no añadiré nada a los conceptos vertidos en el punto anterior. Con respecto a la tercera se sostiene que "la extensión" que de ella realizo no está clara en su fundamentación teórica, porque "se tiene la impresión de que existe un pasaje demasiado brusco, de la hipocondría, a la cual se refiere la cita de Freud, a la neurosis de órgano". Es necesario que aclare, al respecto, tres puntos.
1) La frase de Cuerpo, afecto y lenguaje que se considera una extensión de la cita de Freud, comienza diciendo: "Podemos añadir a este postulado (el de Freud)...". No se trata por lo tanto de una extensión sino de un agregado o desarrollo de ideas psicoanalíticas que se sostienen en algo más que esa frase. Desarrollo que continúo exponiendo en ése y el siguiente apartado.
2) La frase de Freud no se refiere únicamente a la hipocondría. Dos páginas más adelante señalo: "No cabe duda de que esta relación del contenido con un ór gano del soma va más allá de la mera asociación entre las representaciones preconcientes (lenguaje verbal), ya que constituye el tema que Freud continúa desarrollando a partir de la frase mencionada. Este desarrollo continúa las ideas contenidas en el párrafo de 1895, ya citado" -me refiero aquí a una cita del historial de Isabel de R. (Freud, 1895d) que se comenta enseguida 9.
3) Cuando se subraya en la cita de Isabel de R. un modelo que se denomina " darwinianohistérico", no se toma en cuenta que el motivo fundamental que me lleva a utilizar esa cita no reside solamente en que, a través de la referencia a la expresión de las emociones, Freud se introduce en el tema de las histerias que afectan el territorio de los órganos internos y de la vida vegetativa 10. Me importa aún más su afirmación, que me parece revolucionaria, de que cuando la histeria parece simbolizar el significado de un uso lingüístico, en realidad se trata de que obtiene sus materiales de la misma fuente inconciente de la cual los obtiene el lenguaje verbal.
Quizás convenga que resumamos ahora cuál es la posición teórica que hemos adoptado integrando, durante un largo camino, un conjunto de conceptos freudianos.
No sólo los trastornos histéricos (incluyendo en ellos las histerias "vegetativas") y los afectos, sino también las enfermedades orgánicas y los órganos mismos, representan a (o "extraen sus materiales" de) una fuente inconciente, que no constituye en sí misma un fenómeno al cual puedan aplicarse los conceptos de psíquico o somático, que se forman como cate gorías en la conciencia.
El lenguaje y su significado (incluyendo en el significado el conjunto entero de lo que denominamos psicológico) representan a (o "extraen sus materiales" de) la misma fuente inconciente.
La idea o el concepto "físico" que bajo el rótulo "un órgano" la conciencia se forma de un determinado existente inconciente específico (incognoscible en sí mismo como la "cosa en sí" de Kant), mantendrá pues una relación específica con determinadas fantasías y significados concientes que, a través de numerosos intermediarios preconcientes, provienen del mismo existente inconciente. (Si dos cosas son iguales a una tercera son también iguales entre sí).
Cuando decimos entonces que el órgano habla, es porque esa fuente inconciente (que corresponde en la conciencia tanto al concepto de ese órgano como a un conjunto especifico de significados o fantasías) se expresa a través de lo que la conciencia percibe como una transformación del órgano físico, así como lo hace otras veces a través de un mensaje verbal. El fenómeno lingüístico no sólo abarca estos dos extremos de las categorías física y psíquica, sino el enorme campo intermedio del afecto y el gesto.
Restan ahora dos cuestiones entre las planteadas con respecto a este punto. La primera de ellas se refiere a si un fenómeno no somático o psíquico puede presentar, en lugar de un lenguaje, la destrucción o la obstrucción de un lenguaje. Este mismo problema adquiere una formulación similar en el interrogante de si una fantasía, en lugar de ser una manifestación de un evento mental, puede ser la negación o la cobertura de un evento mental. En la historia de la ciencia, se afirma, hay sistemas de fantasías que, escasamente productivos, se han mostrado como obstáculos al progreso cognoscitivo.
Resumiría mi posición con respecto a este asunto diciendo, de una manera concisa, que todo sistema de fantasías obstruye a los otros en una proporción que crece precisamente en la medida en que crece su capacidad de producir resultados científicos fecundos, y que toda destrucción de un le nguaje (aunque se trate de un "ruido") arrastra un significado que es, a su vez, nuevamente un mensaje. Pero esto último implica la segunda cuestión que, en este punto, se plantea. ¿Qué es lo que debemos considerar un lenguaje?
En esencia, se sostiene que para que un fenómeno natural pueda ser considerado un lenguaje es necesario que exista un proceso de comunicación caracterizado por el traslado de una información desde un emisor hacia un receptor, y que, además, el intercambio de materia entre ambos debe ser mínimo con respecto al intercambio de información.
Pienso que el hecho de que los intercambios de materia sean tan grandes como los intercambios de información, no quita a estos últimos su condición de tales. Y pienso también que, en el sentido amplio que aquí interesa, el intercambio de formas, presente en la conformación o transformación que todo fenómeno natural implica, equivale también a un intercambio de información. En el sentido restringido que constituye la posición antagónica, podemos negar la categoría de lenguaje (como algunos lo hacen) a la danza con la cual una abeja comunica a sus compañeras la posición de una fuente de néctar, apoyándonos en el hecho de que este mensaje no puede ser transmitido por una abeja interpósita. Que adoptemos una u otra de estas dos posiciones que son, ambas, lícitas, depende de que el momento particular de nuestra indagación científica nos conduzca hacia el reconocer semejanzas o hacia el establecer diferencias.
VII El psiquismo inconciente
Llegamos por fin a la cuestión de "qué es lo que el cáncer piensa y se propone". Comprendo perfectamente que no se pueda resistir la tentación de pensar en Walt Disney presentando los objetos inanimados como vivos y pensantes. Esto equivale preguntarse si mi pensamiento no incurre en un retorno a lo que se suele llamar animismo primitivo. Despierta mi mayor respeto el que se apele a la prudencia y se afirme que "sobre este lenguaje y sobre los conceptos que sobreentiende es necesario sostener una más larga discusión antes de encontrar un terreno común de entendimiento". Es el mismo asunto que se define, con justeza, como una propuesta escandalizante, a la cual se llega por un proceso que se describe recurriendo a la metáfora de las cajas chinas. Me atrevería a sostener que, si se desconfía del proceso de pensamiento que propongo, es precisamente porque la propuesta a la cual conduce es bastante difícil de admitir.
Debo aclarar en primer lugar que cuando me pregunto qué es lo que el cáncer "piensa y se propo ne" ignoro si las palabras "pensamiento" y "propósito" pueden llegar a adquirir en esta frase un sentido similar a lo que percibimos en nuestra conciencia humana como pensamiento y propósito. Esto lo ignoro, porque, para decirlo en las palabras de Weizsaecker, nunca estuve dentro de una célula o, mejor dicho, una vez estuve pero ya me olvidé de lo que entonces viví (Weizsaecker, 1947). En mi frase, lo que comenzó por ser una metáfora que intentaba enriquecer la comprensión del significado del fenómeno, crea ndo una vía de abordaje mediante la contratransferencia, acabó por adquirir el valor ineludible de aquello que los metodólogos llaman una analogía positiva entre el modelo y el fenómeno. Antes de decidir si este "pansiquismo" se justifica o constituye, pura y simplemente, el animismo de un pensamiento mágico, les pido que hagan uso de la prudencia a la cual la crítica varias veces apela. Dicha prudencia implica considerar si esta teoría puede conducir a la interpretación de fenómenos que de otro modo quedan inconexos.
¿Cuáles son estos fenómenos? Freud señala que las series psíquicas concientes forman cadenas de significación con eslabones faltantes. La psicología, por lo tanto, se vio forzada a crear la idea de que estas series interrumpidas se hallan vinculadas entre sí por un concomitante somático. La segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis, sostiene Freud entonces, es que estos pretendidos concomitantes somáticos, expresados en términos de un significado que cierra la brecha de la cadena psíquica conciente, no son otra cosa que lo psíquico inconciente o, mejor dicho, lo genuinamente psíquico, siendo la conciencia un carácter accesorio que se agrega a algunos de ellos solamente. Renunciar a la idea de este significado psíquico inconciente, ocupando el lugar teórico del pretendido concomitante somático, es renunciar a la idea de lo psíquico inconciente, ya que ambas son una y la misma idea. Hasta aquí aunque en mis palabras estrictamente Freud (1940a [1938]).
Ingresemos ahora en lo que se describe como una "extensión". Para que la misma no adquiera la apariencia de un "artificio retórico", sería tal vez necesario que utilice más espacio del que puedo disponer aquí. Intentaré de todos modos señalar, aunque más no sea, los jalones de este camino cognitivo.
Primer paso: El concomitante somático capaz de cerrar la brecha entre los significados concientes es, somáticamente hablando, un proceso cerebral, hipotalámico, neurovegetativo o endocrino, en el cual la estructura anatómica y el proceso funcional evolutivo están ligados de manera indisoluble. (De acuerdo, por ejemplo, con el principio de que la función hace al órgano). Creo que es razonable suponer que hasta aquí todos estaremos de acuerdo.
Segundo paso: ¿En qué "nivel" de "tamaño", o jerarquía de la estructura y función neuroendócrinas, pondremos el limite de lo que podemos considerar concomitante somático? ¿En el nivel tisular o en el célulohumo ral? ¿Incluiremos en ello la estructura y función genética de los núcleos celulares? En el caso de que decidiéramos que sí: ¿incluiremos solamente los núcleos de las células nerviosas y endocrinas? ¿o también inmunitarias y "metabólicas" (por ejemplo, linfocitarias, musculares o hepáticas)?
Intervienen aquí dos cuestiones. Una es el precio que debemos pagar en una moneda que podemos llamar "disminución en la comprensión del sentido", en el momento que trazamos el límite. La otra reside en que el lugar en donde pongamos el límite no dejará de parecernos arbitrario, caprichoso o ambiguo, debido a que carecemos de fundamentos sólidos para dicha tarea. ¿Por qué, por ejemplo, el concomitante somático de esa función psíquica conciente que llamamos memoria, puede concebirse a nivel de los ácidos nucleicos de cualquier célula y nos negamos a pensar la posibilidad de que lo mismo pueda llegar a suceder con otras funciones, como la atención o la capacidad de juicio? 11.
Tercer paso: Cuando admitamos, en el nivel que querramos, que una estructura o función somática posee un significado inconciente que Freud postulaba para el concomitante, estaremos simultáneamente admitiendo que: a) en su cualidad de significado o sentido está dotada de un propósito o meta que no deja de ser psíquico por el hecho de ser inconciente; y b) en tanto significado, indica una presencia o representa una ausencia. Es decir, que su propósito se halla indisolublemente ligado al ejercicio de una función simbólica que constituye, en otros términos, el núcleo esencial de lo que se denomina pensar 12.
Llegamos así a lo que "el cáncer piensa y se propone" de un modo que, creemos, es "algo más que una metáfora".
Sé que la exposición descarnada de estos pocos jalones no basta para convencer a quien no tiene un motivo propio, para que recorra un camino cognitivo que conduce hacia semejante respuesta final. Añadiré solamente que, en una época en que la mayoría de los científicos se empeñan en diferenciar fenómenos, hace falta que, aunque sean unos pocos, nos ocupemos de buscar las semejanzas que los vinculan a un "tronco" o metamodelo común.
Busquemos ahora un poco de compañía para nuestra "escandalizante" propuesta.
Hemos visto ya que para Haeckel (en opinión de Etcheverry el ineludible contexto del texto freudiano) la célula primordial (protista), así como las células unidas entre sí en un ser vivo pluricelular, poseen alma. Weizsaecker (1947, pág. 42) señala textualmente: "Es una idea atractiva ésta de atribuir pensamiento al órgano". Portmann (1960) denomina "interior idad" a la cualidad subjetiva no espacial propia de los seres vivos, cuyas formas y colores pueden ser mejor comprendidos como maneras de una autorrepresentación simbólica, que explicados como resultados de una función; y afirma que todo trabajo en biología es, en última instancia, una exploración de lo inconciente (Portmann, 1970, pág. 29). Jennings el más eminente de los protozoólogos en opinión de Lorenz (1973, pág. 63)- señala que, si en lugar de observar una ameba sometida a la instilación sobre un portaobjeto la observáramos en su espacio vital ordinario, y si, además, fuera tan grande como un perro, nadie dudaría en atribuirle una vivencia subjetiva. Bateson (1979, págs. 12 y 13), a partir de la conocida frase de Próspero, "estamos hechos de la sustancia de la cual están hechos los sueños", sostiene que la embriología está hecha de la sustancia de las historias, y que la anatomía participa del contexto de la gramática, porque toda parte anatómica es un mensaje contextualmente formado.
Sherrington, que en opinión de Schrödinger (1958) ha dedicado un esfuerzo enorme al problema de la relación entre la mente y el cuerpo, afirma desde el otro extremo: "Tenemos que ver el problema de la relación entre psiquis y cerebro como un problema, no meramente irresuelto, sino como un problema mal planteado desde sus inicios" 13.
Pero esta lista, forzosamente desprolija, parcial y mutilada en pensamientos y autores, se vincula inevitablemente con otras cuestiones que, tarde o temprano, son ineludibles para todo el que quiera internarse en la investigación del significado inconciente de los procesos somáticos.
Existe en primer lugar el problema de la noción de individuo, creado por el descubrimiento de un psiquismo inconciente. Citemos, otra vez de manera arbitraria e incompleta, al Ello de Groddeck, al inconciente colectivo de Jung, a las jerarquías holónicas de Koestler (1978), y a la idea de un ecosistema de la psiquis de Bateson (1972), que lo lleva a trascender la polémica entre darwinianos y lamarckianos 14.
Existe también el problema de la universalidad del fenómeno lingüístico. Ruyer (1974) atribuye a los Neognósticos de Princeton el concepto de que los órganos, como ocurre con las palabras de un idioma, poseen una subsistencia semántica que trasciende, en cada nuevo "pronunciamiento", su subsistencia física. Turbayne (1970) afirma que el mundo puede ser ejemplificado de igual manera, si no es que mejor, suponiendo que se trata de un lenguaje universal en lugar de una gigantesca maquinaria de reloj.
Debo detenerme ahora, pero repito una vez más mi convicción de que todas estas cuestiones son ineludibles cuando se profundiza en la tarea de comprender la significación inconciente de los fenómenos somáticos.
Notas
1 Grignani F., «Leggendo "Psicoanalisi e Cancro" di L. A. Chiozza», en Quaderni di Psicoterapia Infantile, año 1982, Nº 7, Borla , Roma. Scotti F., «Pensare il Cancro. Nota di lettura di "Psicoanalisi e Cancro", e "Corpo, Affetto e Linguagio"», en Quaderni di Psicoterapia Infantile, año 1982, Nº 7, Borla, Roma. Mis respuestas, utilizadas como introducción al seminario que desarrollé en Perugia en Noviembre de 1982, fueron también publicadas en la revista Quaderni ..., Año 1983 , Nº 9, Borla, Roma, y en Buenos Aires como un capítulo del libro Psicoanálisis, presente y futuro (Chiozza, L. 1983a).
2 Erwin Schrodinger, Premio Nobel de Física, ha escrito los libros What is life (¿Qué es la vida?) (1947), y Mind and matter (1958) como producto de una preocupación que se halla muy lejos de una inclinación de amateur.
3 No puedo proporcionar datos bibliográficos fidedignos que ubiquen con exactitud el tiempo y la so lvencia científica de las afirmaciones de este ejemplo, pero la ciencia oficial está llena de otros similares. Cuando Jones (según él mismo lo cuenta; Jones, 1959) le aconsejó a Freud suprimir un párrafo de Moisés y el monoteísmo en el cual defendía la tesis de Lamarck con respecto a la herencia de los caracteres adquiridos, porque "ya ningún biólogo responsable la consideraba sostenible", Freud se negó categóricamente a modificar las conclusiones obtenidas en su campo de experiencia. Años después, como lo muestra Bateson (1979), la biología misma se vio obligada a reestructurar, en un campo significativo más amplio, sus propias conclusiones con respecto a este punto.
4 Cuando fue escrito este párrafo aún no había publicado el trabajo que constituye el capítulo anterior.
5 Desde la fecha original de este capítulo (1983) hemos publicado numerosos "casos clínicos". Véase, por ejemplo, Chiozza, L., 1997b; Chiozza, L., 1997c [1991]; Chiozza, L.,1998b [1993]; y Chiozza, L., 1998c [19631970].
6 Se trata de un artículo publicado en Ideas para una concepción psicoanalítica del cáncer, (Chiozza y colab., 1978a)
7 El trabajo al cual se alude forma también parte del libro ¿Por qué enfermamos? (Chiozza, L., 1997a [1986]) , con el título: "Un dolor que no vale lo que vale la pena".
8 Han desaparecido actualmente los motivos que impedían su publicación y el material al cual se hace referencia puede encontrarse en el libro Cuando la envidia es esperanza (Chiozza, L., 1998c, [1963 1970]).
9 En una extensa nota al pie del fascículo correspondiente al seminario que realizamos en Roma (Chiozza y colab., 1979a*, págs. 6, 7 y 8) agrego algunas consideraciones más a este tema, que algunos años más tarde se desarrollará en toda su amplitud en el seminario sostenido con Green que se publicó en forma de libro (Chiozza, L. y Green, A., 1998b [1989])
10 Dicho sea de paso, no creo que fueran ideas que "se hicieron al principio Breuer y Freud", ya que Freud las retoma, por ejemplo, en 1926, en Inhibición síntoma y angustia (1926d [1925]), cuando habla de los afectos como equivalentes de ataques histéricos universales y congénitos.
11 En "Corazón, hígado y cerebro; introducción esquemática a la comprensión de un trilema"(Chiozza, L., 1980c), se desarrolla este tema retomando algunos conceptos de Bateson (1979) acerca del "saber cómo" inconciente. El proceso binario que denominamos "juicio", se encuentra "incluido" en los circuitos de retroalimentación negativa que participan en los mecanismos de autorregulación de los sistemas, ya en los organismos más elementales. Por otra parte, tal como sostiene lúcidamente, Weizenbaum (1976), entre otros, en la función que denominamos "inteligencia" intervienen también las estructuras orgánicas que no forman parte del sistema nervioso.
12 Sergio Aizenberg, colega con quien trabajamos durante muchos años en estrecha colaboración, publicó un interesante y bien fundamentado trabajo, titulado "El pensamiento de los órganos" (Aizenberg, 1978), dedicado a exponer este tema. Sus conclusiones, sin embargo, no asignan, a mi juicio, suficiente importancia a la distinción entre pensamiento como ejercicio del pensar y pensamiento como producto de ese ejercicio.
Tenemos por un lado el pensar del conjunto entero que constituye la psiquis de un organismo pluricelular o de un protista, y por otro las ideas inconcientes que constituyen los órganos parciales. Estas últimas, aunque como productos del proceso cognitivo que las forma, pueden llamarse pensamientos, se ejercitan de una manera automática que no corresponde ni conviene que denominemos pensar. Schrodinger (1958) sostiene que todo saber o conocimiento consolidado es inconciente y que la conciencia es la sede del aprendizaje. Es cierto que la existencia de procesos como los inmunitarios nos demuestra que la inclusión de un aprendizaje inconciente no debe descartarse. También es cierto que el ejercicio de la función simbólica inconciente constituye, en sus dos fases, el núcleo de la actividad cognitiva integrada por los procesos primario y secundario. Pero tanto las formas y funciones orgánicas normales, como las patológicas, se repiten de una manera típica, mucho menos creativa, o más lentamente creativa, que las complejísimas permutaciones e intermediaciones simbólicas, ejercitadas en el proceso que habitualmente denominamos pensar.
El trabajo de Aizenberg posee el mérito indudable de haber explorado en profundidad estos procesos y, precisamente por eso, el defecto que señalo se destaca como una carencia que compromete el resultado. Pienso que por ese motivo la expresión "pensamiento de los órganos", privada de una aclaración suficiente, tiene más inconvenientes que ventajas. Quien desee profundizar en este tema encontrará sin embargo muy útil su lectura.
13 No he podido volver encontrar el lugar de donde extraje una vez esta cita.
14 Bateson considera criaturas psíquicas a entes tan diversos como la anémona de mar, el bosque de pinos, el Senado de los Estados Unidos, y aquello que denominamos "tú" o "yo" (Bateson, 1979, pág.. 4). Weizsaecker (1956 [1951], pág.. 528) escribe: "... Mis órganos, tejidos, células, viven sin estado conciente... al menos viven sin mi estado conciente. Claro que no se puede saber si mis células corporales, cada una para sí, tienen su conciente; mejor dicho: se lo puede afirmar o discutir, sin estar obligado a decidirse".