Luis Chiozza
A manera de epílogo 1
Tengo entendido que los cabos de la marina inglesa poseen un hilo rojo que ininterrumpidamente los recorre denunciando su filiación. El "hilo" intercomunicante que recorre y nutre este libro, que en última instancia le permanece siempre fiel, proviene, a mi entender, de la captación intuitiva y "global" de una gestalt que habita el retículo inconciente de la vida intelectual de nuestra época.
Creo que se trata de una gestalt que en los últimos años ha empezado a surgir en la conciencia de un número cada vez más grande de autores de las más diversas disciplinas. Al principio, como puntos aislados emergentes que de pronto quedaron "casualmente" vinculados; luego, como los miembros sensibles y móviles, mutuamente influyentes, de un conjunto que despierta la sospecha de un complejo sistema subterráneo que constituye un engendro unitario.
Entre los miembros de ese sistema subterráneo que han atraído nuestro interés hay muchos importantes. Algunos son temas que forman parte de lo que podemos considerar el punto de urgencia de nuestra época. Pienso especialmente en:
- la noción de ecosistema de la mente
- las paradojas que plantea la conciencia
- la extensión de la existencia de lo psíquico mucho más allá del hombre y de su ser como individuo
- la incipiente noticia de un proceso terciario, de un estado de conciencia "ampliada" y de un tiempo primordial que no coincide con la "cronológica"
- el planteo de dos epicentros del conocimiento constituidos por la física y la historia
- el recíproco esclarecimiento que se otorgan entre sí experiencia, importancia y diferencia
- la participación del sentimiento y la voluntad, junto con el pensamiento, en la forma más elevada de la inteligencia
- la existencia de una conciencia nueva acerca de que, más allá de la subsistencia material o energética de los órganos, existe una continuidad o subsistencia semántica de esos mismos órganos
- la comprensión de que la relación de significación, que depende de la existencia misteriosa de la función simbólica, es tan fundamental como la relación que llamamos causalidad y mecanismo, o, tal vez, más fundamental aún
- la no menos misteriosa articulación de ficción, metáfora y sacramento, de algún modo similar a la que mantienen el juego o el teatro con el mito y el ritual, o también los elementos de un código con el símbolo y el sig no
- la revaloración de la importancia de la forma como totalidad
- el papel de la llamada "redundancia extrasistemática" y de la polisensorialidad en el arte y en la comunicación
y, por último no menos importante,
- las complejas relaciones que mantienen el hablar y el callar con la verdad y la mentira, y con las significaciones directa e indirecta que nos introducen en el campo de la metacomunicación.
Son muchos los nombres vinculados con estas ideas. Quiero citar aquí unos pocos entre los que parecen hallarse más cercanos a la incipiente conciencia de una totalidad subterránea que lleva implícita una mutación epistemológica, cuya trascendencia, en opinión de Gebser (1954 [1950]) sólo puede ser comparada con la que tuvo en su momento la adquisición del pensamiento racional.
Mencionemos, entre los físicos, a Erwin Schrödinger (1947, 1953, 1958) y a Jean Charon (1977); entre los biólogos, a Ludwig von Bertalanffy (1949), a Conrad Waddington (1977) y a Konrad Lorenz (1973, 1979); entre los psicólogos, a Karl Buhler (1960); entre los ensayistas de carácter general, a Raymond Ruyer (1974), a Arthur Koestler (1978) y a Rattray Taylor (1979); entre los lingüistas, a Colin Murray Turbayne (1970) y a Tzvetan Todorov (1967, 1978); y entre quienes se han dedicado al estudio de la comunicación en psicoterapia, a Paul Watzlawick (1976, 1980). Agreguemos a Joseph Weizenbaum (1976), Douglas Hofstadter (1980, 1985) y Daniel Dennett (1978), (Hofstadter D., y Dennet, D., 1981), cuyos trabajos sobre los pro blemas del self, el alma y la inteligencia artificial, son lúcidos, profundos y apasionantes.
Podrían citarse seguramente muchos más entre quienes son, al mismo tiempo, los detectores y los artífices de la profunda transformación epistemológica que anteriormente mencionamos, pero me he limitado a consignar aquellos cuya lectura reciente me ha conmovido más. Ocupa un lugar especialmente destacado Gregory Bateson, cuyo último libro, Mind and Nature (1979), me produjo el placer de un encuentro largamente esperado.
Entre los múltiples temas que constituyen otros tantos emergentes de la transformación cultural subterránea que nutre el universo simbólico de nuestra época, hay dos que deseo destacar aquí.
El primero de ellos, porque me parece el peñón más abrupto, el filón más inex plorado y más inaccesible. Me refiero a la noción de un tiempo primordial (tiempo que se diferencia inclusive del que forma parte como "cuarta dimensión" del universo de la física relativista) que nos promete el acceso a una nueva concepción del recuerdo, del deseo y de la melancolía.
El segundo, porque, curiosamente, parece pesar entero sobre nuestros hombros. Se trata del haber comprendido que cada ser humano enfermo con una diferente alteración de su cuerpo físico representa, en el escenario de la vida, un drama y una historia tan diferente como lo es esa precisa alteración del cuerpo. De modo que a cada una de las enfermedades físicas identificables, es decir, típicas, corresponde en el terreno de la historia una temática, un guión, un libreto, igualmente típicos.
Hasta donde me es posible saberlo, nadie parece ocuparse de este tema y de su enorme importancia para el futuro de la medicina. Por eso decía, en el discurso de clausura de la actividad correspondiente al año 1979 de nuestro Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP):
"Es natural entonces que debamos dedicarle lo mejor de nuestro esfuerzo a su investigación, utilizando para esto todas aquellas nociones que constituyen las claves de nuestra época... teniendo en cuenta que, para decirlo con palabras de Freud, ... al llegar a su término, por ahora indeterminable, todos aquellos conocimientos que hayamos adquirido en nuestro camino, por mínimos que parezcan, se encontrarán transformados en poder terapéutico".
Antes de terminar debo señalar algo más. La conciencia incipiente de que aquello que llamamos individuo humano es solamente uno de los recortes posibles del concepto "individuo", y de que la humanidad, como conjunto, no puede sobrevivir mucho tiempo rigiéndose por una concepción del mundo trazada sobre el concepto de individuo humano, por mejor regulados y concebidos que se hallen, desde un punto de vista racional, los procesos de interrelación entre los propósitos egoístas y lineales de cada uno de los hombres individualmente considerados. En otras palabras, la conciencia incipiente de que la unidad de supervivencia no se recorta sobre aquello que llamamos un ser humano particular, sino sobre estructuras sistémicas complejas que incluyen en su equilibrio "ecológico" algo más que ese trozo de la realidad que llamamos hombre.
Esto no solamente nos ha llevado a considerar a enfermedades como el cáncer desde un punto de vista diferente, que las rescata de su aparente sinsentido, sino que nos conduce a la convicción de que nuestra convivencia (y no sólo la convivencia humana, sino también la biológica o la "ambiental") ha dejado ya hace mucho de ser un sobreagregado "cultural" para convertirse en un "órgano" de la supervivencia cuyo deterioro, tal como ocurre con el riñón o el corazón enfermos, se manifiesta muchas veces lentamente y en la distancia de los años.
De modo que vivir, lejos ya de ser un ilusorio vivir para sí mismo, o para los personajes queridos de la infancia que habitan nuestro mundo interno otorgándole un sentido o dirección a nuestra vida, es, ante todo, un vivir actualmente para un "otro" que nos incluye, más allá de los límites de nuestra piel, en el seno de una familia, un grupo, una sociedad, pero también en el seno de un hábitat, un panorama, un terruño y un planeta que integran un mundo natural.
Subrayemos esto bien. Más allá de la vivencia ilusoria de que podemos "seguir siendo" como entes aislados autosuficientes, vivir en un grupo, formar parte de un movimiento intelectual que es una manera particular de la conciencia, y desarrollarse con él, no es un sobreañadido cultural que adorna o viste nuestra vida natural, es la forma misma de nuestra supervivencia actual. Es el índice de nuestra participación en una evolución sistémica que es inteligencia y que se manifiesta, en la conciencia restringida de cada uno, como el sentimiento ilusorio de que se es, aislada e individualmente, libre.
La ignorancia de que ese sentimiento de libertad proviene precisamente de la participación en la libertad que ejerce un conjunto formado por seres interdependientes, crea así la ilusión de una "voluntad" que pretende sostener "linealmente" la utopía de un proyecto egoísta individual.
Finalizaremos este libro citando las conmovedoras palabras de Ludwig von Bertalanffy, que forman parte de la introducción a su Perspectivas en la teoría general de sistemas (1979):
Como suele suceder cuando se trata de ideas nuevas, las del autor encontraron la oposición y el rechazo de la "ciencia normal". Su vida, de hecho, fue una lucha áspera y continua, y hay que decir que, enfrentado a menores resistencias durante sus años productivos, sin duda hubiese podido realizar una obra mejor y menos fragmentaria. Le han vindicado, no obstante, sus frutos. La concepción organísmica, el enfoque sistemático, el simbolismo como característica del hombre y la consideración perspectivista se han convertido en parte de la escena intelectual. No hace mucho tiempo eran herejías contra un dogma instituido; hoy no suscitan ciertamente unanimidad, pero están ganando terreno poco a poco. El autor está a la vez sorprendido y agradecido al ver lo mucho que coincide su obra con los trabajos de Le wis Mumford, Arthur Koestler, Susanne Langer v Silvano Arieti, para mencionar sólo a un puñado de autores. La importancia de este denominador común no puede pasarse por alto. No significa conformidad en un marco dominante y aceptado; por el contrario, cada uno de estos autores lucha por algo nuevo contra la mayoría del claustro intelectual, actitud ésta poco cómoda y sin la esperanza de fáciles recompensas, y por ello sostenible únicamente a costa de una gran integridad intelectual. Más que soluciones finales, existen enfoques diversamente prometedores. Las premisas, puntos de partida, campos de interés y de investigación, son diferentes. A lo que debe añadirse que, debido a la inmensidad de la producción literaria contemporánea, la comunicación científica es difícil sino nula, a despecho de la buena intención personal para conocer y apreciar a nuestros aliados intelectuales. Con todo, y a pesar de los obstáculos que erigen ante nosotros prejuicios, inadecuaciones e idiosincrasias particulares, los esfuerzos de cada uno comienzan a complementarse para despejar un panorama de conjunto. Será difícil encontrar otro ejemplo más adecuado de revolución científica y de desarrollo de nuevos paradigmas que asoman sobre el colapso de los antiguos. Una nueva tendencia axial, como la llama Lewis Mumford, parece estarse desarrollando en nuestra edad de crisis; lo que no deja de re gocijar, cuando casi todo nos conduce a la desesperación.
Notas
1 El texto del presente capítulo proviene, con escasas modificaciones del que, escrito en marzo de 1980, se publicó, con igual título, en el libro Psicoanálisis, presente y futuro (Chiozza, L., 1983a).