Luis Chiozza
Un lunar inocente ... 1
El cirujano dejó caer en la cubeta el trozo de piel que había extirpado en la parte posterior del brazo derecho... junto con el nuevo nódulo había quitado la cicatriz del anterior... El informe anatomopatológico diría: "melanoma maligno metastásico en tejido celular subcutáneo"... Qued aban muy pocas esperanzas... Tal vez uno, de cada diez pacientes en estas condiciones, podría sobrevivir cinco años... tal vez ninguno... si, como en este caso, el nódulo afecta a un miembro superior... Parece mentira... Un hombre joven, inteligente, simpático, un arquitecto brillante... con amigos que lo quieren y que preguntan por él... Un hombre que, por culpa de una pequeña mancha obscura, pronto se va a morir...
Alberto estuvo siempre lleno de lunares. Recuerda que, ya hace mucho, a los doce años, cuando su madre dejó el empleo de institutriz y él volvió a vivir con ella en la casa de inquilinato, sus lunares se multiplicaron... allí se masturbaba apretándose las tetillas hasta lastimarse y fantaseando que era hombre y mujer al mismo tiempo... Ahora, cuando se acuesta con Ra quel, algunas veces, las que más goza, todavía se aprieta las tetillas y le vuelven las mismas fantasías. Preferiría no acordarse de esa época, que duró tanto tiempo... Ernesto, de quien su madre se empeñaba en decir que era su padrastro, y que vivía en otra parte con otra mujer y otros hijos, se instalaba en el único cuarto que tenían como si fuera el dueño... por la noche los oía revolcarse en la cama... y luego, de día, le asustaba verlo con su uniforme de gendarmería y el estuche negro en el cual guardaba la pi stola.
Pero eso fue al principio; después, cuando ya era grande y se salvó del servicio militar por ser "hijo único de madre viuda", no era miedo, era una rabia sorda que se convertía en tristeza, en fastidio, o en una permanente e indefinida incomodidad... Mamá ya no trabajaba y, entre los dos, debían mantenerla; pero Ernesto casi nunca traía su parte y el día quince se acababa la plata... La plata... que nunca alcanzaba... y el fin de mes... ese período trágico que siempre volvía... en que Tina "se enculaba" y había que encontrar a quién pedir prestado para poder comer o viajar en colectivo.
Fue hace diez años, cuando se separó de Tina, que dos de sus lunares, el de la espalda y el de la parte posterior del brazo, comenzaron a crecer. Su vida con ella fue una pesadilla. Cuando se casaron estaba encantado por tener su casa y su mujer... nunca, hasta entonces, se había acostado con ninguna... no le importaba que casi todos sus compañeros de la oficina lo hubieran hecho con Tina antes que él, o quizás... ¿por qué no?... el saberlo lo excitaba. Ni siquiera se dio cuenta de que "era loca"... Tal vez porque no era tan diferente de mamá.
Fue por eso, porque casarse le pareció maravilloso, que dejó de psicoanalizarse con Morente, después de esos tres años en que el tratamiento le otorgó la esperanza de haber encontrado, por fin, el padre que nunca había tenido. Un padre que no se muriera, como el suyo, enfermo de tuberculosis en una cama de hospital, sin saber que mamá andaba con Ernesto... teniendo un hijo de ocho años que tanto lo necesitaba, cuando, de noche, tenía miedo, aunque se metiera en la cama con mamá... Pero papá había muerto... sin despedirse siquiera de su hijo, y él, que se enfermó de asma, tuvo que quedarse con sus tíos, porque mamá, que era modista, se empleó de institutriz en esa casa adonde fue a vivir...
Cuando Tina se embarazó y nació Enrique, el desorden y el desequilibrio eran lo normal. Que ella se acost ara con otros hombres, y que se lo contara, no era insoportable. Le dolía como siempre le había dolido el infortunio, casi con un cierto placer, como duele un grano que se aprieta. Ins oportables eran la falta de plata, el desprecio, los reproches y el escándalo... La separación, difícil, caótica, interminable, llegó cuando entre ambos sólo quedaba la locura y un Enrique con el cual no se sabía qué hacer.
Por suerte estaba el trabajo, los amigos, y, otra vez, Morente. Más tarde se presentó Raquel y, cuando se fue (¿o se escapó?) con ella a la provincia, fue el mismo Morente, que mientras tanto lo había curado del asma, quién le recomendó al psicoanalista. Allí nació y creció Adriana, allí el problema terrible de la plata quedó atrás. Allí, hace tres años, cuando Raquel quedó otra vez embarazada, cuando compraron la casa en la cual podría, por fin, poner sus libros en orden, los lunares que le habían crecido en la espalda y en el brazo empezaron a picarle y a sangrar.
¿Por qué esperó dos años? Dos años en los cuales a veces se arrancaba la costrita. Dos años en los cuales sabía que era necesario consultar. Por fin comenzó todo; la primera operación, insuficiente, la biopsia, el viaje a Buenos Aires. La consulta a Morente y al equipo que le recomendó. El Estudio... que lo obligó a atar cabos entre tantos recuerdos de su vida... La nueva operación, el injerto de piel sana en la herida (¿tan grande?) donde antes habían estado los lunares... El miedo nuevo y desconocido, el miedo, en serio, de morir... y la eterna pregunta... ¿por qué?
Y así, entre aturdido y conmovido, pudo volver... con la herida, todavía fresca, que le daba vergüenza, lo humillaba y le dolía... se había cortado por lo sano... las chances eran buenas...
Todo marchó perfectamente. Todo marchó perfectamente hasta hace un mes... tres meses atrás hubo un pequeño nódulo, insignificante, en la parte interna del brazo... y fue mejor sacarlo. El segundo apareció, a escasos centímetros de la antigua cicatriz, hace ya casi un mes.
Mañana será la operación... Parece mentira... Le hubiera gustado decir que Enriquito, que tiene 16 años, es ya casi un hombre... como le gustaría estar seguro de que se arreglará sin él... pero Tina está loca... Hace unos cuantos meses, un poco más de tres, cuando Enrique volvía de sus vacaciones con ella... parecía borracho, pero no había tomado... En la guardia, por suerte, consiguieron que vomitara las pastillas... porque Enrique había dicho... porque Enriquito dijo que... que no quería vivir... dijo que quería ser mujer... que se había entregado a un muchacho... y que le había gustado... y mientras lloraba, y se abrazaba muy fuerte... rodeaba con sus brazos la espalda de Al berto, y apretaba con una de sus manos justo en la cicatriz...
La sexualidad
Freud sostuvo que la excitación sexual no aparece en la pubertad, sino que ya se manifiesta en la infancia. El rechazo intenso y generalizado que esta afirmación produjo impidió que fuera comprendido el verdadero sentido de sus ideas acerca de la sexualidad.
Freud sostenía que cada órgano produce durante su funcionamiento una cuota de excitación, cuya acumulación, más allá de un cierto límite, es displacentera, y cuya descarga puede producir placer. La afirmación, sorprendente, de que este placer es de naturaleza sexual, surgía del conjunto de sus observaciones clínicas como un principio que, en su esencia, podemos resumir así: La actividad genital puede descargar la excitación generada en otros órganos y, recíprocamente, cualquiera de los órganos del cuerpo puede, en determinadas condiciones, descargar, mediante su funcionamiento, la excitación que se origina en los órganos genitales.
Se trata, pues, para Freud, de una misma excitación, la libido, transferible de un órgano a otro. Las diferencias cualitativas en la naturaleza del placer están determinadas por las cualidades de los distintos órganos "elegidos" para la descarga. A partir de este punto surge la posibilidad de comprender teóricamente por qué razón los distintos trastornos corporales llevan i mplícitas distintas fantasías inconscientes que son específicas de cada uno de ellos (Chiozza, L. 1998e [1976]).
Durante el crecimiento y el desarrollo del individuo humano, que culmina luego de la pubertad, su sexualidad evoluciona hacia un predominio genital, recorriendo distintas etapas. En cada una de ellas un órgano disti nto, entrando en "primacía" como zona erógena, determina la modalidad predominante de la descarga libidinosa.
Desde este punto de vista, que es médico antes que moral, las perversi ones de la sexualidad corresponden al predominio, durante la vida adulta, de una etapa pregenital, infantil, que no ha sido superada. Pero la perversión no siempre se actualiza en la conducta. Durante el desarrollo los traumas infantiles dejan en cada uno de nosotros distintas disposiciones o "preferencias" pregenitales, que permanecen latentes o que se satisfacen parcialmente, incluidas en las actividades sexuales de los estadios sucesivos. El psicoanálisis las denomina "fijaciones". Cuando ocurre un fracaso en el ejercicio de la sexualidad correspondiente al período de desarrollo alcanzado, solemos "regresar" a las formas de satisfacción pertenecientes a la etapa en la cual hemos quedado "fijados".
La sexualidad propia de las funciones orgánicas que mantienen la vida, no sólo toma por objeto a las personas del entorno que contribuyen a la realización de esas funciones, sino que también, y en primer lugar, es c apaz de satisfacerse, autoeróticamente, sobre distintas partes del mismo cuerpo que la origina. Cuando las distintas partes que son objeto de la satisfacción autoerótica se integran en la imagen corporal de uno mismo, aparece, como un componente normal del desarrollo, el narcisismo.
El esquema que, acerca de la sexualidad, hemos trazado, quedaría incompleto si omitiéramos señalar que el dolor y los impulsos destructivos no intervienen solamente en la génesis de la angustia, sino que pueden aportar sus propios componentes a la excitación, generando tendencias sádicas o masoquistas.
Una concepción psicoanalítica del cáncer
Desde hace algunos años trabajamos en la interpretación psicoanalítica del cáncer (Chiozza, L. 1984b [1967], 1970i [19671969] 2; Chiozza, L. y colab. 1978a [1977]), lo cual nos ha llevado a establecer algunas conclusiones que intentaremos resumir aquí.
Si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas muere como consecuencia de un cáncer, y que se admite que la desviación neoplásica de células aisladas ocurre de manera continua sin que, en la mayoría de las veces, llegue a constituir una enfermedad cancerosa, podemos suponer que existe una primera condición para enfermar de cáncer que todos compartimos en alguna medida.
Esa primera condición, expresada en el lenguaje que utilizamos los psi coanalistas, consiste en una fijación a un período prenatal de la evolución libidinosa, que corresponde al desarrollo embrionario 3. Todos los seres humanos experimentamos fijaciones que permanecen como deseos inconcientes, insatisfechos y reprimidos, y que configuran de este modo disposiciones latentes.
La "cuota" de fijación embrionaria que constituye la precondición cancerosa, puede concebirse como un deseo "narcisista" prenatal que no se integra con el desarrollo que emprende el resto de la personalidad hacia los estadios sucesivos, y permanece, por lo tanto, completamente ajeno a la conciencia.
La segunda condición necesaria para la aparición de un cáncer consiste en un fracaso, actual, de la gratificación libidinosa correspondiente a los úl timos estadios de la evolución que la sexualidad ha alcanzado en una determinada persona. Especialmente en aquellos que, para esa persona, son los más eficaces, "económicamente", y constituyen su modo habitual de descargar la libido. A partir de esa frustración se condiciona una regresión que incrementa la energía pulsional contenida en la fijación narcisista e mbrionaria, "reactivando" las fantasías que ese núcleo inconciente "contiene".
La observación clínica muestra que esta segunda condición, necesaria para la aparición de un cáncer, suele presentarse bajo la forma de un duelo importante, provocado por la pérdida de alguna persona, o situación, significativa.
La tercera condición necesaria consiste en la imposibilidad de descargar, en sentido progresivo, es decir, a través de cualquier otro de los estadios posteriores de la evolución libidinosa, la excitación generada en la fijación embrionaria.
La etapa que sigue inmediatamente, en sentido progresivo, a la fijación narcisista, surge de la relación de objeto endogámica que el niño establece con su madre y excita los deseos incestuosos que determinan el Complejo de Edipo. Por este motivo, el fracaso en la descarga "progresiva" que constituye la tercera condición necesaria para la aparición de un cáncer, surge, la mayoría de las veces, como un fracaso en la descarga de la excitación incestuosa, excitación que, en situaciones normales, se satisface con los objetos consanguíneos en forma sublimada o coartando y substituyendo su finalidad genital.
Entre las teorías que surgen de la investigación en el terreno denominado psiquismo, no encontramos otra que nos permita explicar las características que diferencian el cáncer de cualquier otra enfermedad somática. Es decir: un crecimiento celular ilimitado e invasor, que no se conforma al plan de los órganos y tejidos diferenciados que constituyen al individuo pluricelular, jerárquicamente estructurado, en el cual el cáncer aparece.
Las observaciones realizadas han consolidado progresivamente la convicción que nos despierta esta teoría y nos han permitido encontrar repetidamente, en el momento de la vida de los pacientes en que la enfermedad cancerosa se desencadena, un tipo particular de fracaso. Se trata, como dijimos antes, de un fracaso constituido por la pérdida de la satisfacción de los deseos inconcientes correspondientes a un vínculo incestuoso, detrás del cual se oculta una excitación hermafrodita, satisfacción hasta entonces obtenida, casi siempre, mediante la substitución de los fines directos, pero no de los objetos consanguíneos.
Este tipo de fracaso rara vez está ausente entre los enfermos de cáncer; sin embargo dicha ausencia no es incompatible con la teoría que planteamos. Como acabamos de ver, esta teoría concibe otras maneras de alcanzar la regresión y la reactivación narcisista necesarias para la aparición del cáncer.
En los últimos años, nuestro interés por la investigación metahistórica fue cubriendo de carne nuestro esqueleto teórico metapsicológico, y nos condujo hacia una práctica psicoterapéutica que, en el trato con el paciente, fue abandonando la jerga de nuestra especialidad, para expresarse cada vez mejor en el lenguaje de la vida. En este lenguaje podemos decir que la forma patológica del narcisismo esconde una íntima traición del amor a sí mismo (Chiozza, L. 1995g [1983]). Es soledad, incomunicación, aislamiento, desinterés en los otros, falta de participación en la comunidad, falta de curiosidad en la vida. Una pérdida del entusiasmo y del significado de los actos del vivir, que desemboca en la hipocondría, en el temor a la ruina en el terreno de la salud o del dinero, en el tedio, o en el sentimiento de vacuidad y de fracaso 4.
La posibilidad de instaurar, a través de la "respuesta" orgánica de estos enfermos, un diálogo similar al que estamos habituados a contemplar en la psicoterapia de los pacientes neuróticos, dependerá del progreso alcanzado por nuestro conocimiento metahistórico de la temática cancerosa.
El cáncer de Alberto
La relación existente entre las enfermedades de la piel y los problemas afectivos de la infancia vinculados a las dificultades, o a la carencia, del contacto, es ampliamente conocida. En el caso de Alberto, cuya relación con su madre, que no lo amamantó, fue muy conflictiva desde la más tierna infancia, no es inverosímil suponer que haya existido esa carencia de contacto.
Aunque el comienzo de su pubertad permite ofrecer una explicación endocrina a la multiplicación de sus lunares (George y Jeff, 1958), que ocurre en esa época, su coincidencia con el clima promiscuo y excitante, que experimenta durmiendo en la misma habitación con la madre y el amante, es significativa.
Podemos comprender que en el clima de celos y promiscuidad en el cual vivía con su primera esposa, satisfacía el mismo tipo de excitación que lo conducía a apretarse las tetillas fantaseando que era hombre y mujer al mismo tiempo. Estas fantasías no eran en realidad homosexuales, sino que correspondían a una excitación "indiferenciada", narcisista, bisexual y "hermafrodita", que no cesaba nunca. En la época que culmina con su separación, a los treinta y dos años de edad, ocurre que algunos de sus lunares crecen.
Con su segundo casamiento el desorden, paulatinamente, queda atrás. Queda atrás la promiscuidad que daba salida a la excitación bisexual y enloquecedora, detenida en su desarrollo hacia la sexualidad adulta; excitación representada en la promiscuidad de la madre con su amante, y de su primera mujer, infiel. Se va configurando una nueva familia, más normal. Su esposa se embaraza nuevamente. Su situación económica se estabiliza. Compra una casa, y en ella aparece el orden. Era típico de su vida anterior que sus libros se esparcieran, caóticamente, por el suelo. En su nueva casa conforman una biblioteca ordenada.
Este es el momento del cáncer. Su excitación "loca", desordenada, no encuentra ya satisfacción en su vida. Sí la encuentra en un conjunto de células que crecen liberándose del resto. Su hija, y el acercamiento con ella, parecían reactivar su clima infantil de excitación incestuosa, caracterizado por la falta de límites. Se encuentra en el punto donde los caminos se abren. Ya no puede volver a ese clima. Tampoco le es posible olvidar, derivar los impulsos de esta excitación integrándolos en rendimientos más sanos. "Hace" el cáncer. En él encuentra satisfacción esa fuerza arrolladora que no tiene otro camino.
Casi un año después, en el contacto con la excitación homosexual, y por lo tanto narcisista, de su hijo, se le vuelve a reactivar, junto con intensos sentimientos de culpa, su "viejo drama" de excitación bisexual, indiferenciada. Poco tiempo después, en un lugar donde debe haber entrado en contacto con su hijo durante el abrazo traumático, aparecen los nódulos que corresponden a las metástasis del melanoma extirpado. Sus células metastásicas representan adecuadamente el remanente de excitación narcisista. Así, dentro de una fantasía hermafrodita, niega de manera omnipotente sus sentimientos de pérdida y abandono, reiterados ahora en la relación con su hijo.
¿Por qué un melanoma?
En cuanto al "¿por qué un melanoma?", como tipo particular de cáncer, es poco todavía lo que podemos decir 5.
Existe una línea que vincula la pigmentación (melanina) con el ciclo luzoscuridad y con la sexualidad. La palabra "lunar", que se utiliza para designar al nevo pigmentario, deriva de "luna", que en su origen etimológico significa "luminosa". La pigmentación melánica de la piel es estimulada por la luz solar. La glándula pineal, estimulada por la oscuridad, segrega melatonina, la cual, si bien en los peces y anfibios actúa antagónicamente con la hormona melanocitoestimulante hipofisaria, en el hombre y demás mamíferos actúa como inhibitoria de la secreción gonadotrófica hipofisaria. La sexualidad excita el sistema melanocitoestimulante, y la contemplación de los lunares, a su vez, produce un efecto excitante de la sexualidad. Algunas mujeres se pintan artificialmente lunares, y otras se visten con tules, o medias, con espesamientos de la trama que los remedan. En condiciones normales se observa, además, hiperpigmentación en las zonas de la piel especialmente vinculadas al ejercicio de la sexualidad.
Antecedentes
Abril de 1972: Fecha de la primera consulta. Presenta en todo el cuerpo un centenar de nevus pigmentarios de tamaño variable. Le acaban de extirpar dos nódulos, uno en región posterior del brazo derecho y el otro del mismo lado en el dorso del tórax. De acuerdo con la biopsia realizada se trataba de melanomas melanóticos. El anatomopatólogo 6 que examina en Buenos Aires los preparados histológicos que trajo de la provincia en la cual reside, informa melanomas malignos invasores. Los niveles de infiltración histológica en profundidad corresponden, respectivamente, para los tumores del dorso y brazo, a los grados 3 y 4 de Clark. Aproximadamente la mitad de estos pacientes sobreviven cinco años con tratamiento adecuado 7. La extirpación había sido completa pero con escaso margen de seguridad. Aconseja extirpar ahora hasta aproximadamente 3 cm de la herida anterior y completar con vaciamiento de los ganglios axilares.
Junio de 1972: El Estudio Patobiográfico confirma la intensidad del i mpulso bisexual, hermafrodita, indiferenciado y narcisista, que explica la eficacia específica del momento vital en el cual "hace" el cáncer. Su excitación regresiva ya no encuentra lugar en el nuevo sesgo que ha adquirido su vida. La intervención psicoterapéutica no consiguió actuar más allá de las resignificaciones secundarias postnatales homosexuales vinculadas a sus mecanismos de idealización, las actitudes pregenitales sadomasoqui stas y los problemas ligados a las dificultades con la identificación masculina.
El paciente fue intervenido quirúrgicamente. El informe anatomopatológico 8 señala adenopatías con linfadenitis retículohiperplásica. Se prescribe tratamiento con BCG y levamizol tendiente a estimular el sistema inmunitario.
Febrero de 1973: Aparece un pequeño nódulo en la parte interna del brazo derecho. Se le extirpa, en su lugar de residencia, en el mes de marzo. En mayo le aparece otro nódulo cercano al lugar en que se encontraba el anterior. El primer Estudio Patobiográfico pudo seguramente consolidar y reforzar los aspectos más "ordenados" de su vida y conducirlo hacia la iniciación de un nuevo tratamiento psicoanalítico, pero no pudo protegerlo del desarrollo de una nueva formación cancerosa. El tipo de relación transferencial que el paciente mantuvo con nuestro Centro 9 le permitió consultarnos nuevamente con motivo de sus nódulos metastásicos.
La aparición del segundo nódulo, un mes más tarde de la aparición del primero, permite suponer que la cirugía, que, como cualquier otro evento biográfico, posee siempre un efecto sobre la fantasía inconciente, no modificó la situación de base.
Junio de 1973: El cirujano al cual lo enviamos extirpa, en losange, el nuevo nódulo y la cicatriz del anterior. El anatomopatólogo informa melanoma metastásico en tejido celular subcutáneo. Según la clasificación T.N.M., tratándose de un nódulo alejado más de dos centímetros del tumor original, debe interpretarse como metástasis linfática en tránsito (Koliren y otros, 1978). Los oncólogos consultados (J. Chacón y R. Estévez) siguen dando validez de actualidad a las cifras publicadas por Knutson, Horn y Sprapp en 1971 (Knutson y otros, 1971), quienes, de acuerdo con el criterio general, consideran importante distinguir entre las diferentes zonas de radicación de la neoplasia. La evaluación estadística de cuarenta y dos recurrencias de este tipo tratadas quirúrgicamente muestra que a los dos años han muerto los cuatro enfermos cuya lesión se hallaba localizada en un miembro superior. Cuatro enfermos sobrevivieron cinco años, es decir, algo menos de un diez por ciento del total.
El segundo Estudio Patobiográfico inmediatamente posterior a su intervención quirúrgica muestra que el contacto con la excitación homosexual, es decir, narcisista, de su hijo mayor, reactiva su propia excitación bisexual, indiferenciada, que durante casi un año se mantuvo somáticamente asintomática. Alberto dice, refiriéndose a Raquel: "... me satisface la parte sexual con ella... pero debe haber otra que no me satisface. Esta la satisfago con la masturbación", "... gozo pensando en lo que yo, idealmente, le hago a la mujer, pero también en lo que la mujer siente...".
Epílogo
Marzo de 1976: Sabemos, indirectamente, que le ha sido extirpado un lunar sospechoso, y que su examen anatomopatológico mostró que se trataba de un proceso benigno. Nuestra intervención terapéutica durante el segundo Estudio Patobiográfico pudo centrarse en los contenidos más precoces de su excitación narcisista y, desde entonces, el paciente ha evitado reanudar su contacto con nosotros.
Las últimas noticias que recibimos acerca del paciente se refieren a siete años después de la operación de sus metástasis. Hasta entonces vive sin nuevas manifestaciones de cáncer. Uno de cada cuatrocientos casos, entre todos los melanomas, aun en condiciones avanzadas, remiten en forma espontánea (Koliren y otros, 1978). En opinión del anatomopatólogo 10 es posible considerar a nuestro enfermo "curado". ¿Azar o acción terapéutica? Nuevas experiencias lo dirán poco a poco. Mientras tanto la estadística, sujeta a su extraña y eterna condena de tarea contable, no puede hacer más que computarlo como si se tratara de un suceso fortuito entre casos aleatorios equiposibles.
Notas
1 El presente capítulo se basa en un trabajo anterior, realizado sobre el mismo paciente, con la colaboración de los doctores S. Aizenberg, C. Califano, A. Fonzi, R. Grus, E. Obstfeld, J. J. Sainz y J. C. Scapusio. Fue publicado por primera vez en ¿Por qué enfermamos? (Chiozza, L. 1997a [1986]).
2 Capítulo VI del presente libro.
3 La primera condición para enfermar de cáncer, expresada en términos oncológicos habituales, correspondería a lo que se caracteriza como predisposición genética hereditaria.
4 Hemos observado frecuentemente que las circunstancias vitales en las cuales aparece un cáncer, conf iguran crisis "biográficas" que se caracterizan por la pérdida de una situación en la cual satisfacía su capacidad productiva o creativa, a menudo vinculada a una influencia importante sobre las personas del entorno.
5 El melanoma, que representa entre el 1 y el 3 por ciento de los cánceres humanos, es el cáncer de los melanocitos. Estos derivan de la cresta neural y aparecen en la epidermis aproximadamente al tercer mes de vida intrauterina (Lerner, 1971). A diferencia de los queratinocitos, carecen de desmosomas. Se postula que este hecho favorece la conducta de los melanocitos atípicos que, al adquirir caracteres embrionarios, migran fácilmente de la epidermis, ocasionando metástasis precoces (Abulafia, J., 1979, comunicación personal)
6 Dr. J. Abulafia.
7 El pronóstico de la enfermedad depende de varios factores: variedad clínica, tamaño tumoral, espesor (niveles de infiltración histológica en profundidad de Clark), compromiso ganglionar y cuantificación y tipo de las metástasis (Clasificación T.N.M. de la O.M.S.) (Koliren y otros, 1978).
8 Dr. J. Abulafia.
9 Centro Weizsaecker de Consulta Médica.
10 Dr. J. Abulafia.