Una concepción psicoanalítica del cáncer
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Luis Chiozza

El contenido latente del horror al incesto y su relación con el cáncer 1

... no podían dormir, estaban tendidos, con los ojos abiertos, y procuraban adormecerse cerrándolos con fuerza. No me interesa establecer qué le pasaba a la muchacha, pero en cuanto a Wiligis diré que conmovido por la muerte de su padre y pensando en su propia vida suspiraba excitado hasta que por fin saltó de la cama y con los pies desnudos... alzó el cobertor de Sibylla y, abandonado por Dios, entre mil ilícitos besos entró en el lecho de su hermana.

Esta dijo, bromeando con voz ahogada que excluía toda broma:

–¿Cómo, señor duque? Me concedéis un gran honor con esta inesperada visita ¿Qué méritos tengo para sentir vuestra querida piel junto a la mía? Mi alegría sería completa si callaran los lúgubres graznidos de las lechuzas que revolotean en torno de la torre.

–Siempre chillan.

–Si pero no tan angustiosamente. En verdad, yo creo que ello se debe a que no dejáis en paz vuestras manos, que de un modo tan extraño están luchando conmigo. ¿Qué significa, hermano, esta lucha? Ahora tengo junto a mis labios tu dulce cuello. ¿Por qué no? Me gusta; sólo te pido que no quieras separarme así las rodillas, pues éstas siempre quieren estar absoluta unidas.

..............

– ... hermana y duquesa, dulce parte mía, amada.

–Recuerda –dijo ella con voz apagada– que murió hoy y está allá abajo en el féretro. ¡Déjame, la noche pertenece al muerto!

–Hemos nacido de la muerte –tartamudeó Wiligis– y somos sus hijos. ¡Oh, dulce amada, ríndete a tu hermano en la muerte y concédeme lo que el Amor otorga como meta del amor!

............................

Así llegaron ellos hasta el fin y satisficieron el deseo que el demonio les había inspirado. Y dijo él enjugándose la boca:

–Ahora ya está hecho, lo podremos hacer una y mil veces más...

Thomas Mann 2

 

I– El Complejo de Edipo y el horror al incesto en la teoría psicoanalítica

En una carta a Fliess fechada el 15 de octubre de 1897, Freud hace la primera referencia de la cual tenemos noticias acerca del posteriormente lla mado Complejo de Edipo. Expresa que "... cada uno de los espectadores fue una vez, en germen, y en su fantasía, un Edipo semejante, y ante la realización onírica trasladada aquí a la realidad, todos retrocedemos horrorizados, dominados por el pleno impacto de toda la represión que separa nuestro estado infantil de nuestro estado actual" (Freud, 1897, pág. 262; Freud, 1950a [1887–1902], pág. 785).

Posteriormente, en 1900, cuando escribe La interpretación de los sue ños, incluye este concepto (Freud, 1900a [1899], págs. 388 y sig.) que en el ínterin ha ido tomando cuerpo en su mente y lo desarrolla, limitándose en esta obra a señalar el hecho de su existencia, sin intentar explicar los factores que lo determinan. Nuevamente menciona el horror que inspira la percepción de estos deseos infantiles.

En 1905, en Una teoría sexual, postula lo que podemos considerar ya una exposición de los motivos que determinan la fijación infantil incestuosa. Expresa que "cuando la primitiva satisfacción sexual estaba aún ligada con la absorción de alimentos, el instinto sexual tenía en el pecho materno un objeto sexual exterior al cuerpo del niño" (Freud, 1905d, pág. 812). Aquí también utiliza la palabra "horror" para referirse a los sentimientos que provoca tal elección de objeto sexual 3.

Ya en su carta a Fliess había expresado Freud que la causa de tal horror debía encontrarse en la circunstancia de que la represión separa nuestro estado infantil de nuestro estado actual. Los motivos que inducen a la represión no son fáciles de comprender. En Una teoría sexual ensaya una primera explicación con las siguientes palabras: "El respeto de estos límites es, ante todo, una tendencia civilizadora de la sociedad, que tiene que defenderse de la concentración, en la familia, de intereses que le son necesarios para la constitución de unidades sociales más elevadas, y actúa, por lo tanto, en todos, y especialmente en el adolescente, para desatar o aflojar los lazos contraídos en la niñez con la familia" (Freud, 1905d, pág. 814).

Esta explicación de la inhibición del incesto era claramente insuficiente, y en las posteriores ediciones, luego de la publicación de Tótem, y tabú (1912–1913) y de El trauma del nacimiento de Rank 4, Freud le agregó dos notas intentando completarla. En la primera de ellas aclara que: "La inhibición del incesto cuenta entre las adquisiciones éticas realizadas por la humanidad en el curso de su evolución, y probablemente aparece ya establecida en muchos individuos por la fuerza de la herencia orgánica, como tantos otros tabúes morales" (Freud, 1905 d, pág. 814). En la segunda de ellas expresa: "... ha referido Rank la adherencia libidinosa a la madre a la prehistoria embrional, señalando así el fundamento biológico del Complejo de Edipo. Apartándose de las opiniones antes expuestas por nosotros, deriva la inhibición del incesto de la impresión traumática del nacimiento" (Freud, 1905d, pág. 815).

Arnaldo Rascovsky y Abadi han enriquecido esta línea de investigación. Aportando nuevos elementos, entre los cuales se destaca el carácter filicida de la madre, nos inducen a pensar que el horror al incesto encubre el contenido siniestro y terrorífico del retorno al vientre materno, retorno a un mismo tiempo deseado y temido.

En Tótem y tabú Freud dedica un apartado al horror al incesto, horror para el cual utiliza también el nombre de fobia. Rechaza la tesis que postula la existencia de un horror innato al incesto, tesis que se basa en una afirmación no comprobada acerca de que los matrimonios consanguíneos son perjudiciales para la descendencia. Argumenta para esto, tomando una cita de Frazer, que: "Lo que la naturaleza misma prohíbe y castiga no tiene necesidad de ser prohibido y castigado por la ley" (Freud, 1912–1913, pág. 578). Luego critica sus mismas postulaciones anteriores acerca de que la inhibición del incesto es una adquisición cultural brindada por la civilización, aduciendo que los pueblos primitivos muestran hoy una mayor fobia al incesto que nuestra sociedad. "Cuando creímos poder elegir –dice Freud–, también para la explicación de la fobia del incesto, entre causas sociológicas, biológicas y psicológicas, nos vemos obligados, a fin de cuentas, a suscribir la resignada confesión de Frazer: «Ignoramos el origen de la fobia al incesto y no sabemos siquiera en qué dirección debemos buscarlo. Ninguna de las soluciones propuestas hasta ahora nos parece satisfactoria»" (Freud, 1912–1913, pág. 579).

No obstante la afirmación anterior, Freud intenta una nueva respuesta, recurriendo para ésta a una más o menos hipotética reconstrucción de las formas de convivencia en las sociedades primitivas. Supone entonces que el tabú del incesto es el heredero del parricidio primitivo y queda establecido por la horda fraterna como una manera de asegurar la convivencia a través del evitar que se constituya un nuevo padre, que queda así sustituido por el tótem.

Más tarde, en El yo y el ello (1923b) y en "El final del Complejo de Edipo" (1924d), Freud realiza algunas otras consideraciones acerca de la constitución del superyó que pueden enriquecer la comprensión de este tema, y que retomaremos más adelante. Señalaremos ahora sin embargo que, en términos generales, el superyó aparece en estos trabajos como heredero, como consecuencia de la inhibición del Complejo de Edipo y no puede por lo tanto ser interpretado como la causa primera de esta inhibición que permanece así inexplicada. En la última de las obras citadas (Freud, 1924d, pág. 501) expresa que tal vez la frustración termina por hacer desaparecer al Complejo de Edipo, o que quizás éste desaparezca porque está en su esencia el ser una etapa de la evolución que debe desaparecer, tal como ocurre, por ejemplo, con los dientes de leche.

Recorriendo el camino de la teoría mediante la cual Freud delineó la e structura del Complejo de Edipo, desembocamos pues en un interrogante que podemos enunciar más o menos de la siguiente manera: ¿qué es lo que determina normalmente la inhibición y represión del incesto?, o ta mbién: ¿cuál es el contenido de una enfermedad, de características poco comunes, capaz de conducir a la consumación material de las fantasías incestuosas que habitan en cada uno de nosotros? El aporte de diferentes autores y otras ideas del mismo Freud permiten arrojar una nueva luz sobre este interrogante.

Melanie Klein, prosiguiendo las investigaciones de Freud, expresa en El psicoanálisis de niños: "... no solamente serían las tendencias incestuosas las que darían lugar primero al sentimiento de culpa, sino que el temor del incesto mismo se derivaría de impulsos destructivos que han entrado en relación permanente con los más tempranos deseos incestuosos del niño" (Klein, 1932, pág. 150). En una nota al pie aclara que en un trabajo anterior sostuvo que "sólo en los últimos estadios del conflicto de Edipo hace su aparición la defensa contra los impulsos libidinosos; en los primeros períodos la defensa se dirige contra los impulsos destructivos ligados a ellos''.

Vemos así cómo para Klein la inhibición del incesto surge como resultado de la ambivalencia y justo en el momento en que para la misma autora hace su aparición el Complejo de Edipo. Es decir cuando la entrada en la posición depresiva y la relación con los objetos totales transforma la ambivalencia en ansiedad y provoca el pasaje del pecho al pene, en un intento de preservar al objeto ambivalentemente valorado. Klein expresa categóricamente que: " ... son principalmente los impulsos de odio los que ocasionan el conflicto de Edipo y la formación del superyó y los que gobiernan los más tempranos y decisivos estadios de ambos" (Klein, 1932, pág. 150). Aquí cita lo afirmado por Freud en "Los instintos y sus destinos" (1915c), cuando expresa que en la relación del yo narcisista con el mundo externo, el odio precede al amor.

Los conceptos de la autora citada parecen por fin encarar la comprensión psicodinámica primaria de la inhibición del incesto, ya que las anteriores aportaciones de Freud nos ofrecían una explicación de los motivos basada en la internalización de factores sociodinámicos y en la repetición de una característica psicobiológica. (Estos conceptos kleinianos se integran con las postulaciones de Rank, Rascovsky y Abadi, quienes subrayan la importancia de las precoces experiencias, ligadas a la vida intrauterina, como fuente del horror al incesto).

Sólo este nuevo enfoque, psicodinámico, de las tendencias incestuosas, podía haber llevado a Klein a escribir las siguientes palabras:

Como he puntualizado más de una vez en estas páginas, la existencia de relaciones sexuales entre niños durante su vida temprana, especialmente entre hermanos y hermanas, es un hecho muy común. Los deseos libidinosos de los niños pequeños, intensificados como están por sus frustraciones edípicas, junto con la ansiedad que emana de sus más profundas situaciones de peligro, los impulsan a realizar actividades sexuales desde que, como he tratado de demostrar en el capítulo presente, no sólo gr atifican su libido, sino que los capacitan para obtener refutaciones a los diferentes miedos en relación con el acto sexual. He encontrado repetidas veces que si tales objetos sexuales han actuado además como figuras «bondadosas», las primeras relaciones sexuales de esta naturaleza ejercen una influencia favorable sobre las relaciones de la niña con sus objetos y sobre sus futuras relaciones sexuales. Donde un miedo excesivo a ambos padres, junto con ciertos factores externos, hubiera producido una situación edípica perjudicial para su actitud hacia el sexo opuesto y le hubiera impedido el mantenimiento de su posición femenina y de su capacidad para amar, el hecho de que ella haya tenido relaciones sexuales con un hermano o hermano sustituto en su primera infancia, y el que ese hermano, además, le haya demostrado afecto real y haya sido su protector, la ha provisto de una base para una posición heterosexual y ha desarrollado su capacidad de amor. Tengo uno o dos casos en los que la niña ha tenido dos tipos de objetos de amor: uno representaba al padre severo y el otro al hermano bondadoso. En otros casos desarrollaba una imago que era la combinación de los tipos: y aquí también sus relaciones con su hermano habían disminuido su masoquismo. Sirviendo como prueba, basada en la realidad de la existencia del pene bueno, las relaciones de la niña con su hermano fortificaron su creencia en el pene introyectado bueno y moderaron su miedo a los objetos introyectados malos. Ellos también la ayudaron a dominar su ansiedad en este sentido, desde que al realizar actos sexuales con otro niño, adquirió el sentimiento de estar ligada a él contra sus padres. Sus relaciones sexuales hicieron a los dos niños cómplices de un crimen, reviviendo en ellos fantasías de masturbación sádica que se dirigían originariamente contra su padre y madre, y permitiendo que las tolerasen juntos.

Al compartir así esa profunda culpa, cada niño se siente aliviado de algo de su peso y está menos asustado, porque cree que tiene un aliado contra sus objetos temibles. Según lo que he visto, la existencia de una complicidad secreta de esta naturaleza, que en mi opinión desempeña una parte esencial en toda relación de amor, aun en personas mayores, es de especial importancia en las ligaduras sexuales donde el individuo es paranoide.

La niña también considera su ligadura sexual con otro niño, que representa el objeto bueno, como una refutación, por medio de la realidad, de su miedo a su propia sexualidad y a su objeto como algo destructivo, de modo que una ligadura de esta clase puede impedir que se haga frígida o que sucumba de otro trastorno sexual en la vida posterior (Klein, 1932, págs. 234–235).

Luego añade:

Sin embargo, aunque, como hemos visto, las experiencias de esta índole pueden tener un efecto favorable sobre la vida sexual de la niña y sus relaciones de objeto, pueden también conducir a serios trastornos en este terreno. Si sus relaciones sexuales con otro niño sirven para confirmar sus miedos más profundos –ya sea porque su pareja es demasiado sádica o porque la realización del acto sexual hace surgir aún más ansiedad y culpa en ella a causa de su propio sadismo excesivo–, su creencia en la maldad de sus objetos introyectados y de su propio ello serán más fuertes aún, su superyó será más severo que nunca, y, como resultado, su neurosis y todos los defectos de su desarrollo sexual y caract erológico serán mayores.' (Klein, 1932, pág. 235).

Encontramos precisamente en Tótem y tabú algunos conceptos que contienen el germen de la concepción que desarrolló Klein apoyándose en la postulación de los instintos de muerte.

En primer lugar Freud señala la permanente relación del tabú con la ambivalencia, y a pesar de que en esta época la ambivalencia no era conceptualizada como dependiente del instinto de muerte, aquello que más tarde Klein consideró como ansiedad depresiva y paranoide frente al objeto, apa rece aquí delineado con bastante claridad en forma de sentimientos de culpa y temores taliónicos que sustentan el mantenimiento del tabú.

Más importantes aún para el tema que nos ocupa son las siguientes palabras de Freud: "Las personas y las cosas tabúes pueden ser comparadas a objetos que han recibido una carga eléctrica; constituyen la sede de una terrible fuerza que se comunica por el contacto y cuya descarga trae consigo las más desastrosas consecuencias cuando el organismo que la provoca no es suficientemente fuerte para resistirla. Por lo tanto, las consecuencias de la violación de un tabú no dependen tan sólo de la intensidad de la fuerza mágica inherente al objeto tabú, sino también de la intensidad del maná que en el impío se opone a esta fuerza" (Freud, 1912–1913, págs. 521–522). Luego expresa: "... el peligro seria directamente proporcional a la diferencia de tales cargas. Lo más singular de todo esto es que aquellos que tienen la desgracia de violar una de tales prohibiciones se convierten, a su vez, en prohibidos e interdictos, como si hubieran recibido la totalidad de la carga peligrosa" (Freud, 1912–1913, pág. 522).

Estos conceptos de Freud acerca del "maná" pueden ser integrados con sus afirmaciones vertidas en El yo y el ello (1923b, pág. 25), cuando expresa que la debilidad del yo incipiente le impide mantenerse unido frente a las primeras identificaciones, y que el superyó se forma así, en primer lugar, mediante este mecanismo, y se constituye en heredero del Complejo de Edipo. Encontramos en esto la base de lo que Klein conceptualizó como Edipo temprano a partir de los conceptos de instinto de muerte e incapacidad del yo precoz para tolerar la ansiedad.

Apoyándonos en los anteriores postulados de Freud podemos pensar que el temor al incesto y su consiguiente inhibición surgen, no sólo como consecuencia de una necesidad depresiva de preservar a los objetos originales de la acción destructiva de los impulsos ambivalentes, tal como lo expresó Klein, sino también pueden ser el resultado de una ansiedad persecutoria: el temor primario del yo frente a la realización de los instintos en un objeto que lo expone a una descarga instintiva masiva, a un maná excesivo que no está en condiciones de elaborar

 

II– El horror al incesto en la transferencia como expresión de una excitación narcisista y tanática

A partir de las formulaciones de Freud acerca del Complejo de Edipo y de su descubrimiento de la transferencia, ha quedado claro, y es confirmado cotidianamente por la práctica psicoanalítica, que el vínculo transferencial–contratransferencial contiene siempre una fantasía incestuosa actual que resulta precisamente uno de los objetivos primordiales del análisis 5. Se acepta además que este Complejo de Edipo retiene aquellas magnitudes libidinosas que configuran la perturbación económica básica de la neurosis. Tomando en cuenta las ideas que expresa Freud en Tótem y tabú (1912–1913, pág. 557), podemos pensar que la omnipotencia de las ideas brinda a la mera fantasía incestuosa el carácter de un incesto consumado en la transferencia.

Debemos aceptar pues que durante la realización de una sesión de tratamiento psicoanalítico, y cualquiera que sea el caso considerado, el paciente se enfrenta con la consumación del incesto. No se nos escapa sin embargo que subsiste un interrogante de respuesta difícil. Considerando aquellos casos en los cuales el coito incestuoso se ha consumado "real y materialmente": ¿Cuál será la especial característica que esta circunstancia confiere a la transferencia y contratransferencia que se realiza en el tratamiento? No nos ocuparemos ahora de este interrogante, que sólo podríamos responder a medias y cuyo enfoque exigiría una labor más extensa.

Roheim, citado por A. y M. Rascovsky (1967), expresa que "los psicoanalistas han formulado la observación de que, como el mito de Edipo conti ene una versión sin censura del complejo edípico, probablemente esté ocultando algo más". Partiendo de una consideración idéntica procuraremos penetrar en el contenido latente del horror que se experimenta ante el incesto. La unión del horror y el incesto posee un grado suficiente de conciencia como para permitirnos sospechar que tal horror ha de ocultar un contenido latente distinto del incesto aunque asociado con él a través de algunas semejanzas.

De acuerdo con lo expresado por Melanie Klein, podemos interpretar que las fantasías persecutorias vinculadas con el incesto se derivan de impulsos destructivos para con el objeto, inherentes a la carga libidinosa contenida en la fijación a las imagos primarias. Sin embargo, junto al contenido sádico de la cópula incestuosa transferencial, debemos mencionar el carácter superyoico del objeto que a nuestro entender condensa la representación de los impulsos instintivos y de una figura superyoica íntimamente ligada con esos impulsos, y por lo tanto de carácter "temprano". Este superyó precoz, considerado en el sentido que postula la teoría kleiniana, expresa ya una fantasía de castigo que evidencia sentimientos de culpa y temores taliónicos por el daño ocasionado al objeto.

Abandonaremos en este trabajo, apenas esbozada, una línea teórica semejante con la cual nos encontramos en completo acuerdo, para centrarnos en el estudio y la consideración de los aspectos más ''tempranos'' correspondientes a estadios del desarrollo tánato–libidinoso más primitivos aún, vinculados con la vida intrauterina y con la configuración narcisista de las cargas instintivas.

Freud afirma que "la excitación sexual nace, como efecto secundario, en toda una serie de procesos internos – "en realidad en todos y cada uno de los órganos" (Freud 1905d, pág. 818)– en cuanto la intensidad de los mismos sobrepasa determinados límites cuantitativos" (1924c, pág. 1025). Si tenemos en cuenta que para él "la diferencia que presentan las funciones psíquicas de los diversos instintos puede atribuirse a la diversidad de las fuentes de estos últimos" (1915c, págs. 1037–1038), podemos considerar que el aspecto cualitativo queda de esta manera indisolublemente ligado a tal formulación económica.

En lo sucesivo cuando dentro de una separación conceptual, y por lo tanto artificial, nos referimos al aspecto económico, y sobre todo cuando utilizamos la palabra excitación para referimos a una carga tanatolibidinosa del yo que éste procura descargar, suponemos implícita la consideración del aspecto cualitativo, tal como se desprende de las anteriores palabras de Freud integradas con sus conceptos posteriores acerca de los instintos de muerte. Damos por sentado además que , cualquiera sea la excitación a la cual aludimos, ésta se encuentra ligada en la fantasía inconciente al vínculo con determinados objetos.

Años después, y luego de haber postulado la existencia de los instintos de muerte, habla de una energía "... desplazable e indiferente en si, pero susceptible de agregarse a un impulso erótico o destructor, cualitativamente diferenciado, e intensificar su carga general" (Freud, 1923b, pág. 23), y agrega: "Declararé, entonces, que dicha energía, desplazable e indiferente, que actúa probablemente tanto en el yo como en el ello, procede, a mi juicio, de la provisión de libido narcisista, siendo, por lo tanto, Eros desexualizado" (Freud, 1923b, págs. 23–24).

En las anteriores palabras de Freud vemos, pues, cómo la excitación surgida del funcionamiento corporal a través de las zonas erógenas que constituyen simultáneamente fuentes del impulso y agentes de la descarga, puede desplazarse y contribuir a la intensificación de los instintos eróticos o tanáticos cualitativamente diferenciados. Esta posibilidad que posee la energía libi dinosa frustrada de contribuir al incremento de tánatos, nos permite comprender el horror y la angustia como experiencias surgidas ante la excitación insatisfecha que ha emprendido una regresión "narcisista" y ante la posibilidad de una descarga de tal excitación narc isista ya "tanatizada".

Muchas veces el análisis del vínculo objetal que se realiza mediante la transferencia pone en evidencia el intento de satisfacer la fantasía de una unión del sujeto consigo mismo a través del objeto analista que pasa a representarlo. La excitación que corresponde a la frustración de tales pulsiones, ligadas a la elección narcisista, manifiesta en algunas ocasiones un marcado carácter tanático.

Al observar las vicisitudes que experimenta esa excitación en el campo de la transferencia, se enriquece nuestra comprensión de los conceptos de Freud anteriormente mencionados.

Es frecuente que aparezca angustia, por ejemplo, frente a la conciencia de la transferencia positiva, y que esta transferencia positiva muestre pronto el componente de excitación sexual insatisfecha que, coartada en su fin –y si existe un trastorno de la capacidad de sublimación– se incrementa paulatinamente. Una excitación creciente semejante aparece entonces representada como algo doloroso, que suele quedar asociado al insomnio o al desasosiego, y cuyo descontrol suele ser vivenciado como locura o descompostura.

Muchas veces esta "calentura" frustrada aparece simbolizada como fiebre o como sensación de frío, y es común, además, que ambas representaciones queden asociadas en forma de escalofríos. La interpretación de estos contenidos en la transferencia y en la contratransferencia permite comprender a menudo más profundamente la transformación patológica de la excitación, que algunas veces aparece representada a través de perturbaciones en el orgasmo, y que otras puede adquirir la forma de una fantasía de estallar o explotar, y cuyo contenido latente alude a la descarga de una tal excitación que ha tomado por objeto al propio organismo que constituye su fuente.

En los casos más extremos aparece la transformación de la mencionada excitación en el estar "hinchado" o aburrido. También a través del hastío, el fastidio y, más aún, la modorra o el letargo, se expresa el horror encubierto y el efecto traumático que ocasionan al yo los impulsos instintivos que, frustrados, han emprendido una regresión narcisista y se descargan sobre ese yo que ya no puede satisfacer sus demandas.

Una excitación semejante se manifiesta en la transferencia como algo inseparablemente unido al vínculo con diferentes objetos, y configura así un aspecto dinámico–estructural cuyo estudio abandonaremos por el momento para centrarnos en consideraciones económicas tendientes a enriquecer nuestra comprensión del horror al incesto.

Los vaivenes y las vicisitudes de la excitación surgen asociados con fantasías libidinosas y tanáticas, con impulsos narcisistas y objetales, con características sádicas y masoquistas; incluso, a través de fantasías oraldigestivas, la excitación que procuramos destacar puede ser considerada al servicio de los intereses del yo. Estos intereses del yo, que desencadenan junto con la libido oral el mecanismo de identificación, adquieren importancia como determinantes del proceso terapéutico, logrado a través de la transferencia.

Si queremos mostrarnos acordes con las hipótesis postuladas por Freud y citadas anteriormente, podemos pensar que una misma energía se transforma o se desplaza cargando las estructuras inconcientes que constituyen el sustrato de los diferentes instintos.

Si tenemos en cuenta las siguientes palabras de Freud (1924c, pág. 1025): "También la excitación provocada por el dolor y el displacer ha de tener una tal consecuencia [aportar algún componente a la excitación del instinto sexual]". Podemos suponer que aun aquellas energías al servicio de los instintos de muerte, en ciertas condiciones de la economía tánato–libidinosa pueden contribuir con una magnitud determinada a la excitación del instinto sexual.

Los conceptos postulados por Freud acerca de la existencia de una misma energía indiferente y desplazable, capaz de contribuir a la excitación de los diferentes instintos, pueden integrarse con sus afirmaciones expresadas en Tótem y tabú, y citadas anteriormente, acerca del maná como e xpresión de una terrible fuerza cuya descarga es peligrosa sólo en la medida en que el organismo que la provoca no sea suficientemente fuerte para resistirla.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, podemos concluir aceptando que una misma excitación y a través de los distintos momentos que es posible observar expresados en la transferencia, puede ser considerada beneficiosa o perjudicial según la capacidad que posea el yo para asimilar o elaborar dicha excitación, mediante una identificación o relación de objeto exitosas.

En algunos casos las vicisitudes recientemente comentadas nos permiten suponer la existencia de un yo débil e introducirnos así en consideraciones estructurales que nos ocuparán más adelante.

 

III– Contenidos oraldigestivos e intrauterinos del Complejo de Edipo y su interrelación recíproca en las fantasías hepáticas

En el Complejo de Edipo podemos encontrar fantasías correspondientes a los distintos niveles de la evolución tánato–libidinosa. Incluso las fantasías uretrales o anales podrían considerarse especialmente importantes o significativas. Sabemos sin embargo que los núcleos más enfermos dentro de una personalidad, son los que contienen aquellas fantasías y ansiedades que corresponden a las perturbaciones acaecidas en las épocas más "tempranas", y que precisamente es a través de la patología como podemos adentrarnos en la comprensión de los mecanismos y contenidos inconcientes presentes en el hombre normal. Nos limitaremos, pues, para centrar nuestro tema, a destacar algunas fantasías primitivas que pueden ayudarnos a comprender más adelante la dinámica y la estructura correspondiente al horror al incesto y a su consumación material.

En diversos aspectos de las fantasías aportadas por nuestros pacientes aparecen contenidos orales que expresan, en el contexto de la relación objetal transferencial, la equiparación, en la fantasía, del coito con la ingestión. Ya encontramos en esto una estructura regresiva y narcisista. Según esta estructura narcisista, el mecanismo a través del cual se cargan los objetos, es sustituido, siguiendo la pauta señalada por Freud (1917e [1915], 1921c, 1923b), por el proceso más primitivo de la identificación. Fenichel (1957, pág. 508) ha escrito: "«Regresión de la relación de objeto a la identificación», «regresión al narcisismo» y «regresión a la oralidad», significan una y la misma cosa contemplada desde diferentes puntos de vista".

El aspecto digestivo de estas fantasías "genitales" narcisistas aparece ya a la observación superficial en la ecuación simbólica realizada entre el embarazo y la gordura, común en muchas expresiones del lenguaje popular. Sin embargo, profundizando en el análisis de estos contenidos, podemos encontrar un aspecto digestivo esencial de mayor importancia y de cualidades más "tempranas" ligado al mismo proceso de identificación o asimilación de los objetos. Este mecanismo digestivo–metabólico que hemos estudiad o detalladamente en trabajos anteriores (Chiozza, L., 1998a [1963–1970], 1963b, 1970d [1966]), y que aparece simbolizado frecuentemente a través de fantasías hepáticas, surge frecuentemente en la transferencia y en la contratransferencia, vinculado a contenidos representados mediante fantasías que aluden a la vida intrauterina.

Cabe señalar dos aspectos importantes dentro de tales fantasías. Por un lado aparece el carácter placentero del retorno intrauterino, retorno que ha sido señalado por Rank 6, Rascovsky (1960) y Abadi (1960), como una motivación subyacente a la fijación incestuosa. Por otro lado encontramos en cambio el carácter penoso de este encierro narcisista, y la cualidad terrorífica del mismo aparece repetidamente en el contenido latente del material aportado por nuestros pacientes. [En un trabajo anterior hemos estudiado estos dos aspectos en el mito de Prometeo (Chiozza, L., 1970d [1966])].

Abadi (1960) y A. y M. Rascovsky (1967) han vinculado el carácter siniestro y terrorífico de este encierro con la imago intensamente persecutoria de una madre filicida. Han considerado esta temática como un importante contenido latente entre las determinantes del mito de Edipo. En el próximo apartado volveremos a ocuparnos del aspecto terrorífico vinculado a las fantasías embrionarias y fetales, presentes en el incesto.

 

IV– El narcisismo y la fantasía de una cópula hermafrodita contenidos en la fijación a un objeto consanguíneo, incestuoso

Sabemos que Freud define al narcisismo primario como aquel particular estado en el cual una magnitud de libido proveniente del ello carga al yo. Yo que adquiere en esta definición el sentido de ser "ante todo un yo corporal" (Freud, 1923b). El narcisismo secundario surge mediante la asimilación de los objetos en el yo, que provoca la retracción sobre éste de las cargas libidinosas dirigidas hacia esos objetos. Coexistiendo en el aparato psíquico con las cargas narcisistas primarias y secundarias, ambas dirigidas hacia el yo, encontramos el mecanismo que Freud (1914c) denominó introversión y que se ocupó en diferenciar claramente del narcisismo. En la introversión la carga se dirige hacia un objeto introyectado en el mundo interno, que permanece así a mitad de camino entre el yo y el mundo externo.

La introyección de este objeto se ha visto facilitada por la existencia de una previa elección narcisista, modalidad de elección que se realiza mediante la búsqueda y la proyección de una parte considerable del yo en el objeto. Freud (1914c) aclara además que este mecanismo, constituido por la elección narcisista y la introversión de la libido, se diferencia claramente del narcisismo secundario. Se trata, señala, de un mecanismo que sup one la existencia de un yo ideal disociado del yo primitivo; un yo ideal capaz de atraer las cargas del narcisismo primario. Tal formación de un ideal, sostiene, configura ya una salida del narcisismo.

El vínculo introvertido, el vínculo con los objetos de la fantasía, según la descripción de Freud, se halla a mitad de camino entre los estadios narcisistas y objetales de las cargas libidinosas. Esto nos permite considerarlo narcisismo frente a las cargas objetales y asimismo tener en cuenta su carácter objetal frente a la distribución narcisista de la libido.

Por último, cabe señalar aquí las conexiones existentes entre la elección narcisista, el vínculo introvertido con los objetos de la fantasía que constituyen el recuerdo, y la identificación o introyección melancólica, modal idad de identificación que es a la vez causa y consecuencia de los factores mencionados (Chiozza, L., 1970d [1966]).

Solemos destacar repetidamente el carácter narcisista de algunas configuraciones libidinosas. De acuerdo con los anteriores conceptos de Freud, podemos tener en cuenta distintas intensidades o cualidades de esa configuración narcisista de la libido.

El aspecto de introversión surge frecuentemente, por ejemplo, cuando en el contexto de la transferencia se proyecta en el analista un objeto intrapsíquico de naturaleza ideal, elegido de manera narcisista, al cual se fantasea manejar omnipotentemente. Ese mismo aspecto aparece también proyectado sobre el terapeuta cuando se le reprocha que siga ocupado "narcisísticamente" en sus objetos ideales (habitualmente representados por "el psicoanálisis") mientras abandona al paciente dentro de la excitación que el analista mismo le provoca.

El narcisismo propiamente dicho, tanto primario como secundario, caracterizado por la depositación de la carga libidinosa en el yo, puede ser visto en la transferencia de una manera indirecta, ya que es difícil suponer la existencia del mero proceso de transferir sin que haya objetos internos ideales que representan una evolución hacia el objeto de las cargas libidinosas retenidas en el yo. Sin embargo, en el material clínico encontramos repetidamente alusiones a un estado narcisista, habitualmente representado como castillos, murallas, encierros, quistes, etcétera.

Nos centraremos ahora en tratar de comprender un aspecto del incesto íntimamente vinculado tanto con el narcisismo propiamente dicho como con aquella configuración introvertida e ideal que suele también denominarse narcisista, puesto que contiene un importante remanente de ese narcisismo.

Es posible encontrar frecuentemente en el material de algunos enfermos claras alusiones a la pareja incestuosa que forman con el terapeuta en el campo de la transferencia. Suele también aludirse al significado peligroso que adquieren para el paciente las interpretaciones del analista y los sentimientos que, como producto de la transferencia, surgen en él durante el "contacto" con el terapeuta.

Todo eso suele quedar simbolizado a través de un coito prohibido que fructifica en un embarazo deseado y temido. Pero el aspecto que nos interesa destacar es el contenido narcisista que suele adquirir esta fantasía i nconciente por obra de la cual la sesión es vivenciada como si se tratara de una introyección que alcanza al valor simbólico de un coito. Ese carácter narcisista de la fantasía de coito–introyección se manifiesta muchas veces, en el material del paciente, a través de quejas o de "preocupaciones". Puede lamentarse, por ejemplo, de que "tiene que hacer todo", o inquietarse por el hecho de sentirse "dueño", de pronto, del tratamiento, o de bienes materiales. Esta última situación habitualmente representa a la reintroyección de los aspectos yoicos ideales, previamente depositados en el analista. El terapeuta suele quedar entonces desvalorizado y es sentido como alguien ajeno, extraño, incapaz de comprender, mientras que, al mismo tiempo, aparece como alguien que se aleja, abandonando al paciente que ha quedado abrumado por una riqueza que no puede manejar.

Esa "riqueza" que abruma debe corresponder, de acuerdo con lo que hemos desarrollado hasta aquí, y desde un punto de vista económico, a la excitación "narcisista". Podemos sin embargo enriquecer estas consideraciones si adoptamos un punto de vista dinámico–estructural.

En primer lugar, mediante la fantasía de ingestión y embarazo, el paciente no sólo se adueña de la riqueza ideal del analista, sino también de la misma escena primaria que éste contiene y frente a la cual se siente excluido y excitado. En segundo lugar, esta escena primaria (que queda representada en el feto, símbolo de los impulsos del ello y de la unión de los sexos) amenaza ahora "desde adentro" al yo que se siente excluido y excitado, como antes, en la unión incestuosa con el analista, lo amenaza ba "desde afuera" como consecuencia del proceso que denominamos transferencia.

Podemos pensar que esta escena primaria, representada en el feto que contiene la unión de "dos seres", es introyectada como consecuencia de la envidia, los celos, o las ansiedades orales, configurando así una estructura maníaco–melancólica mediante el mecanismo de la identificación con el perseguidor.

Esta interpretación nos parece adecuada, pero si tenemos en cuenta los conceptos postulados por Freud en El yo y el ello (1923b, pág. 17) acerca de la identificación primaria con ambos padres de la prehistoria (1923b**, pag. 31) personal, podemos suponer que esta escena primaria contiene también la protoimago de una cópula arcaica que llega al yo desde el inconciente, modificada o no a través del pasaje por los objetos externos, y como expresión de una fantasía heredada.

Si aceptamos esta última interpretación, que nos parece acorde con el pensamiento de Freud, y con las ideas de algunos autores que se han ocupado especialmente de investigar las fantasías correspondientes a la vida intrauterina (Rascovsky, 1960; Cesio y colab., 1964), podemos enriquecer nuestra comprensión a partir de las consideraciones teóricas que expondremos a continuación.

Freud, a través del estudio de las fantasías inconcientes, llega en repetidas ocasiones a replantear la hipótesis, conocida ya desde los tiempos de Platón, acerca del carácter bisexual del organismo biológico primitivo. Así, por ejemplo, afirma: "En los psicoanálisis de los sujetos psiconeuróticos se transparenta con especial claridad la supuesta bisexualidad original del individuo" (Freud, 1908a, pág. 957).

Otros autores se han ocupado de este mismo tema, entre los cuales podemos destacar a Rado (1962), quien en "Un examen crítico del concepto de bisexualidad" discurre acerca de la existencia real en el hombre de las características constitucionales hermafroditas repetidamente señaladas.

Sin entrar en consideraciones biológicas acerca de la realidad de esta supuesta organización bisexual primitiva en el ser humano, nos interesa el hecho clínico de su existencia en la fantasía, y nos interesa también comprender el contenido latente que se manifiesta en las fantasías bisexuales o hermafroditas. Podemos suscribir aquí las palabras de Nunberg (1950, pág. 81): "Suceda lo que suceda, en la fantasía el hombre es un ser bisexual".

Abadi (1960) ha realizado un profundo estudio del Complejo de Edipo, en el cual el análisis de estas fantasías hermafroditas contenidas en el Mito ocupa un lugar destacado. Examinando distintos mitos, y desarrollando consideraciones que encontramos en Freud (1905d, 1910c), ha destacado que las fantasías homosexuales contienen un anhelo procreativo narcisista y bisexual, simbolizado a través del ser andrógino o hermafrodita y presente entre los atributos de la divinidad.

Esta divinidad, tal como lo ha señalado Freud, es a su vez no sólo representante del superyó, sino también de "la omnipotente vida instintiva" (Freud, 1932a [1931], pág. 25). Utilizaremos la palabra "hermafrodita" para referirnos a este aspecto procreativo de las fantasías narcisistas, íntimamente ligado, en la fantasía inconciente, a vivencias hipocondríacas de crecimiento corporal.

El paradigma de estas fantasías bisexuales que se utiliza como ejemplo en la mayoría de los trabajos que se ocupan del tema, desde Freud hasta nuestros días, es el conocido mito de El banquete, de Platón, según el cual el ser humano era primitivamente un ser andrógino, hermafrodita, de forma esférica, que fue separado en dos mitades "hetero–sexuales" por Zeus, quien castigó así su arrogante soberbia (Abadi, 1960) 7.

En el estudio que acerca del Mito de Prometeo realizamos (Chiozza, L., 1970d [1966]) nos ocupamos de analizar uno de los contenidos de estas fantasías bisexuales. Llegamos a la conclusión de que el carácter narcisista de la libido al servicio de los intereses del yo, entretenida en el proceso de crecimiento que se realiza mediante la reproducción celular y a través del proceso de identificación o asimilación, adquiere una representación en la forma de una escena primaria bisexual, o sea hermafrodita.

De acuerdo con el planteo que acabamos de exponer, la excitación que se manifiesta en la transferencia a través de fantasías incestuosas (y el horror que la acompaña, que suele expresarse a través de fantasías de un embarazo temido, de estar "hinchado" o aburrido, o del temor a explotar) surge del inconciente unida a la protoimago de una pareja que cohabita en el interior del sujeto, de una manera que podemos calificar de narcisista, bisexual o hermafrodita. Se trata de un "coito" que lo expone en la fantasía a un crecimiento angustiante que habitualmente se representa en el propio esquema corporal. Volveremos nuevamente sobre este tema, ya que ahora sólo nos interesa destacar las relaciones que este contenido de excitación posee con la fijación incestuosa y con la consumación del incesto.

Señalamos ya que la excitación sexual "placentera" que se experimenta en la transferencia, y el horror que aparece tan estrechamente asociado con ella, pueden ser considerados, de acuerdo con las afirmaciones de Freud acerca del "maná", como dos experiencias diferentes del yo frente a una misma energía. Señalamos también que el carácter incestuoso siempre está presente en esa excitación transferencial, y nos ocupamos luego de estudiar el contenido narcisista del incesto.

El considerar este carácter narcisista de la fantasía incestuosa nos permite comprender que el incesto constituye también un intento, a medias logrado, de abandonar el narcisismo propiamente dicho, en el cual la libido se deposita sobre el yo, y que, simultáneamente, constituye un intento de conservar este narcisismo a través de la elección de un objeto consanguíneo o endogámico que represente al propio yo.

Cabe preguntarse cuál es la razón por la cual la elección narcisista es en algunos casos predominantemente homosexual (sea o no consanguínea), mientras que en otros el narcisismo se manifiesta en la particular intensidad de la fijación incestuosa heterosexual. Es indudable la intervención de otros factores cuyo estudio no podemos emprender en este momento 8.

La relación entre el narcisismo y el incesto nos parece, a través del mecanismo señalado y presente a nuestro juicio en la fijación incestuosa, indudable 9. Si integramos estas consideraciones con el estudio realizado acerca del incesto por otros autores que han señalado repetidamente el carácter hermafrodita de Edipo (Abadi, 1960) y sobre todo el de la esfinge 10, podemos subrayar nuevamente, entre los contenidos determinantes de la fijación incestuosa, una transformación progresiva de la libido narcisista que abandona la descarga a través de una fantasía bisexual, hermafrodita, que corresponde al crecimiento y al desarrollo corporal, para dirigirse a un objeto consanguíneo capaz de satisfacer, dentro de esa misma fantasía, el remanente de excitación narcisista.

 

V– Fantasías de un crecimiento maligno, invasor, y de un embarazo monstruoso, contenidas en el horror al incesto

Cesio (1964, págs. 55–56) ha escrito:

En el psicoanálisis de la mujer encontramos que las fantasías de embarazo y parto, además de los contenidos estudiados por Langer, están en relación con fantasías de desarrollar e integrar en el yo posnatal los contenidos que han quedado excluidos, aletargados en lo inconciente... Los contenidos prenatales aletargados (incesto, parricidio, etc.) son muy persecutorios y cuando «despiertan» el yo reacciona con alarma. El embarazo es una manera de proyectar en el feto estos contenidos persecutorios disociándolos por completo del yo. Otra manera de disociar los contenidos prenatales aletargados que «despiertan» es a través de desarrollos patológicos en el cuerpo que resultan así versiones regresivas muy vinculadas a fantasías de embarazo y parto. El aparato digestivo es uno de los medios más utilizados en ese sentido.

Es más, el carácter masoquista de estos contenidos prenatales hace que, tal como ya dijimos, se expresen en niveles anales; es así que en el aparato digestivo encontramos una rica patología que corresponde a la elaboración de fantasías de embarazo y parto... Los aspectos prenatales que permanecen aletargados están «perdidos» para el yo. El anhelo por la fecundación implica en la mujer la fantasía que en la unión de las gametas consigue integrar en su yo estos elementos primarios (escena primaria) que perdió en su desarrollo postnatal.

En el desarrollo de un historial clínico escrito en 1963 (Chiozza, L., 1998c [1963–1970]) nos ocupamos detalladamente de la evolución de estos aspectos en la transferencia. Ese historial fue centrado en la consideración del letargo, la somatización y la simbiosis como expresiones de una regresión defensiva a las fantasías y mecanismos fetales ante las repetidas y masivas pérdidas de objeto. Nos apoyamos también en esa ocasión en ideas de Bleger (1962), quien señala que la ruptura de un vínculo simbiótico y la correspondiente reintroyección traumática del objeto depositado, puede ser expresada a través de una fantasía de embarazo. Subrayamos entonces especialmente el carácter profundamente regresivo, prenatal, de tal estructura melancólica, y sus fantasías digestivas anales, orales y hepáticas, estructura a la cual denominamos protomelancolía (Chiozza, L., 1998 a [1963–1968]; Aizenberg, 1964), para señalar sus diferencias con la melancolía clásica, centrada en los contenidos orales y anal–sádicos de la vida postnatal.

En el próximo apartado retomaremos un aspecto parcial de estas ideas al ocuparnos de las relaciones entre la estructura melancólica presente en el psiquismo y la materialización del incesto. A partir de nuestras consideraciones anteriores acerca del contenido narcisista que posee el incesto, contenido que puede llegar incluso a quedar representado en la fantasía como una cópula de carácter hermafrodita, nos interesa destacar ahora cómo el producto de una tal escena primaria se expresa muchas veces en el símbolo de un embrión en el útero, símbolo que alude en algunas ocasiones al crecimiento corporal del propio individuo, y que adquiere, en circunstancias patológicas, la representación de un desarrollo tumoral y maligno.

Cabe recordar aquí parte de las palabras que Freud ha escrito en Más allá del principio del placer:

Las células germinativas mismas se conducirían de un modo "narcisista", calificación que usamos, en nuestra teoría de las neurosis, para designar el hecho de que un individuo conserve su libido en el yo y no destine ninguna parte de ella al revestimiento de objetos. Las células germinativas precisan para sí mismas su libido, o sea la actividad de sus instintos vitales, como provisión para su post erior magna actividad constructiva. Quizá se deba también considerar como narcisista, en el mismo sentido, a las células de las nuevas formaciones nocivas que destruyen al organismo. La patología se inclina a aceptar el innatismo de los gérmenes de tales formaciones y a conceder a las mismas cualidades embrionales" (Freud, 1920g, pág. 1118).

Si aceptamos estos conceptos de Freud no ha de extrañarnos pues el que pueda utilizarse la representación de un crecimiento tumoral para aludir al contenido narcisista de una excitación incontrolada, siendo que precisamente suponemos que el proceso somático que corresponde a tal representación se halla determinado por una semejante configuración narcisista.

El carácter regresivo del vínculo transferencial, un "vínculo de sangre", tal como el que forma la base del incesto, suele quedar expresado mediante símbolos que aluden a la vida intrauterina, y habitualmente se manifiesta a través de fantasías de incorporación parenteral endovenosa, tal como llega el alimento materno durante la vida prenatal.

Tal como lo ha manifestado Cesio en las palabras anteriormente citadas, el embarazo y el parto simbolizan la integración del yo coherente con los elementos aletargados, prenatales, que contienen fantasías muy primitivas, heredadas, correspondientes al incesto, al parricidio y, lo que nos interesa destacar ahora, a la escena primaria que hemos caracterizado, apoyándonos en las ideas de otros autores, como hermafrodita. Estas fantasías permiten comprender por qué el embarazo es frecuentemente vivenciado como patológico o, inclusive, como monstruoso, y el parto queda muchas veces asociado a fantasías de aborto y hemorragias uterinas o, también, a la castración genital que suele ser representada por fantasías de técnicas quirúrgicas.

Hemos interpretado el contenido narcisista presente en el carácter consanguíneo del incesto, fantaseado como una cópula hermafrodita, como determinante inconciente del horror al coito endogámico. Ese horror se experimenta frente a una excitación que es terrorífica en la medida en que provoca la vivencia de un desarrollo monstruoso, de un crecimiento anómalo, tumoral, incontrolado y ajeno al plan general del organismo. Esta interpretación nos parece que integra las fantasías de embarazo monstruoso y las fantasías de tener un cáncer, que encontramos frecuentemente asociadas, en el contenido latente, con el horror al incesto. Tal vez constituya una puerta de entrada al estudio de las fantasías inconcientes específicas de las formaciones tumorales.

VI– Hipótesis acerca de las condiciones dinámico–estructurales que determinan la materialización del incesto

Quedaría incompleta la formulación de nuestra tesis, delineada en los úl timos párrafos del apartado anterior, si no vinculáramos esa formulación con diversas consideraciones dinámico–estructurales esbozadas a lo largo de las páginas precedentes, que nos permitirán integrar además algunos postulados de otros autores acerca de las condiciones que determinan la materialización del incesto.

A. y M. Rascovsky (1950) realizan consideraciones dinámico–estructurales que han enriquecido nuestro interés y conocimiento del tema. Nuestra observación clínica coincide con la mención que hacen estos autores acerca de los contenidos correspondientes a diferentes estadios postnatales de la evolución tánato–libidinosa, tales como las fantasías oral–canibalistas y los impulsos envidiosos hacia el pene, cuya ponderación en el contexto del incesto consumado no retomaremos ahora. En el presente trabajo hemos encarado un aspecto parcial dentro de la multitud de interrogantes que plantea la realización material del incesto y nos hemos ded icado a intentar profundizar en los contenidos latentes más tempranos exis tentes en el horror al coito endogámico. Procuraremos penetrar ahora en la comprensión dinámico–estructural de algunos factores que posibilitan o determinan la conducta incestuosa.

Los autores mencionados expresan: "Creemos que la consumación actual de la relación incestuosa, la cual constituye un proceso secundario derivado de un estado primario de grave melancolía disminuye la posibilidad de psicosis en el sujeto y le brinda una mejor adaptación hacia el mundo externo" (Rascovsky, A. y M. 1950, pág. 4). Y luego agregan que en algunos casos con una fijación incestuosa intensa, en los cuales la consumación no tuvo lugar, han observado una constelación similar, pero con una fuerte acentuación de los rasgos psicóticos maníaco–depresivos.

Nos parece importante destacar ante todo el énfasis que han puesto los autores en el carácter defensivo del incesto, afirmación en la cual podemos apoyarnos para sostener que desde el punto de vista dinámico, la materialización del coito endogámico puede muy bien representar una defensa contra los aspectos narcisistas temidos que hemos encontrado en el contenido latente del horror al incesto. Aunque tales aspectos narcisistas retornen sin embargo nuevamente en la conducta incestuosa que posee, como toda defensa, un carácter transaccional11.

Otro concepto sobresaliente contenido en las palabras citadas consiste en afirmar la configuración melancólica subyacente al incesto consumado. A. y M. Rascovsky (1950, pág. 5) señalan que "la pérdida previa del padre del mismo sexo parece constituir un prerrequisito en los mitos concernientes al incesto". Los mismos autores, años más tarde, en su trabajo "Génesis del acting–out y de la conducta psicopática en Edipo", señalan nuevamente la importancia que posee el abandono y lo relacionan con los aspe ctos filicidas contenidos en el mito de Edipo (Rascovsky, A. y M., 1967).

En ese último trabajo hacen hincapié en los aspectos maníacos y psicopáticos contenidos en la conducta de Edipo, y señalan la importancia que posee para tal conducta la negación (que los autores denominan "renegación") del abandono, posible gracias a la disociación de la pareja parental y a la construcción de una novela familiar, índice de una pareja idealizada, la cual constituye un elemento constante en todo mito del héroe.

Los autores señalan también cómo la negación contenida en el coito de Edipo con su madre incluye la del daño ocasionado a los objetos y al propio self (Rascovsky, A. y M., 1967, pág. 6) y posibilita la materialización del incesto.

Los presentes conceptos pueden relacionarse con las postulaciones kleinianas acerca de la ansiedad depresiva vinculada con los impulsos destructivos contenidos en la fijación incestuosa como determinante de la inhibición del coito endogámico. Cabe señalar aquí, además, que la me nción del daño sobre el propio self, daño que debe ser negado para poder materializar ese coito endogámico, coincide con nuestra suposición (acorde también con las formulaciones de Freud (1912–1913) sobre el temor al maná que proviene de las imagos prohibidas) acerca de que la inhibición del incesto contiene no solamente una preocupación depresiva por los impulsos dirigidos hacia los objetos, sino también una ansiedad paranoide, "anterior a los sentimientos de culpa", constituida por el temor al daño que la descarga de la excitación incestuosa puede provocar en el yo.

A. y M. Rascovsky (1967, pág. 7) estiman que la consumación del incesto ocurre debido a la persistencia de una estructura psíquica anterior al establecimiento de la represión, caracterizada por una fuerte disposición paranoide–esquizoide y por el empleo de mecanismos primitivos, tales como la omnipotencia, la idealización y la negación. Consideran que esta estructura "condiciona el fracaso de la organización del ulterior proceso de represión" 12.

Abandonaremos sin embargo estas consideraciones referidas a determinadas etapas del desarrollo postnatal, para centrarnos en otro aspecto que nos interesa destacar especialmente. Freud, en El yo y el ello (1923b), cuando se ocupa de las relaciones entre el superyó y el Complejo de Edipo, expresa que "el superyó no es simplemente un residuo de las primeras elecciones de objeto del ello, sino también una enérgica formación reactiva contra las mismas. Su relación con el yo no se limita a la advertencia: «Así (como el padre) debes ser», sino que comprende también la prohibición: «Así (como el padre), no debes ser: no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le está exclusivamente reservado». Esta doble faz del ideal del yo depende de su anterior participación en la represión del complejo de Edipo, e incluso debe su génesis a tal represión" (Freud, 1923b, pág. 19). Podemos preguntarnos pues cuál es el carácter del superyó en el incesto consumado 13.

Integrando con las anteriores palabras de Freud todo lo que hemos dicho hasta aquí acerca del contenido latente expresado en el horror al incesto, y teniendo en cuenta por lo tanto que el superyó se constituye mediante el mecanismo de la identificación (nos referimos aquí a aquellas identificaciones que no logran ser totalmente asimiladas en el yo y para las cuales suele reservarse el nombre de introyección o internalización), vale la pena destacar la circunstancia de que siendo el superyó el heredero del Complejo de Edipo, debe ser precisamente el incesto expresado a través de fantasías oraldigestivas, y fundamentalmente la vivencia de su realización material en ese nivel oraldigestivo, aquello que conforma o instala intrapsíquícamente al superyó, como resultado de la incapacidad del yo incipiente para mantenerse unido frente a la intensidad de la descarga instintiva.

Tal formulación nos permite comprender desde un nuevo ángulo por qué encontramos con particular intensidad en el contenido latente del horror al incesto, fantasías oraldigestivas que sustituyen al contenido edípico genital manifiesto, y nos permite comprender también desde un nuevo ángulo la vinculación existente y señalada especialmente por A. y M. Rascovsky (1950) entre la estructura melancólica y el incesto.

La descarga instintiva misma, tal como lo ha señalado Racker (1957), constituye una fantasía de ser devorado que debe proyectarse hacia un objeto exterior adecuado. Podemos agregar, siguiendo el pensamiento expresado por Freud (1923b), que esta descarga, como resultado de la acción del ello sobre el yo, conduce a la formación del superyó cuando el yo, incapaz de tolerar la carga proveniente del ello en el proceso de identificación primaria con las protoimagos heredadas, se disocia.

Podemos comprender entonces que el superyó así constituido sea, como lo afirma Freud (1923b, pág. 30), el representante del ello ante el yo 14. Y podemos comprender también el doble carácter, persecutorio y protector, que posee este superyó. Es persecutorio porque contiene la tentación y el peligro que corresponden a un maná excesivo fantaseado como un castigo. (El superyó atrae al yo, puesto que contiene una parte de este último que el yo intenta recuperar). Es protector porque contiene la experiencia de un contacto desorganizador con el ello y su imagen se interpone entre este último y el yo evitando la reiteración del trauma.

En este mecanismo precoz que constituye el superyó podemos encontrar el origen de la culpa heredada, inconciente y anterior a toda acción sobre el objeto. Si lo expresamos con los términos dinámico–económicos utilizados por Freud en El yo y el ello (1923b), esta culpa aparece como la tensión existente entro el yo y el superyó. En este nivel de organización primitiva, el ideal del yo y el superyó quedan confundidos y pueden diferenciarse a lo sumo como dos aspectos (protector o persecutorio) que adquiere, frente al yo precoz, una misma imago 15.

En el Mito de Edipo encontramos algunas alusiones que nos permiten comprender la estructura instintiva del superyó temprano indisolublemente ligado a las fantasías de castigo y a los sentimientos de culpa. Por ejemplo, teniendo en cuenta que Tiresias, como lo han señalado otros autores (Rascovsky, A. y M., 1967; Roheim 16), es un desdoblamiento de la figura de Edipo, encontramos en un mismo trastorno padecido por ambos, la ceguera, esta doble etiología, ideal y superyoica, vinculada a los instintos y a los sentimientos de culpa.

Tiresias, ante la vista de la diosa Atenas en el baño, representante de su propia madre Caricleia, enceguece cuando la diosa deseada le toca los ojos con sus dedos. Edipo se hiere en los ojos con la hebilla de Yocasta, torturado por los sentimientos de culpa.

En las fantasías incestuosas transferenciales de nuestros pacientes encontramos repetidamente elementos que nos permiten observar este aspecto instintivo muy primario del superyó, que configura las fantasías de castigo como un impulso masoquista, perverso, que podemos suponer presente en la base de los sentimientos de culpa heredada e inconciente.

Podemos ver frecuentemente en la transferencia, y con bastante claridad, esta estructura del superyó temprano fuertemente impregnado por elementos instintivos cuyo carácter libidinoso o tanático, de acuerdo con las consideraciones acerca de la excitación que hemos expuesto detalladamente en párrafos anteriores, depende de la capacidad que posea el yo para descargar adecuadamente las magnitudes de esa excitación.

Recuerdo, por ejemplo, el caso de un paciente que, durante una sesión, en la cual la regresión transferencial lo condujo por un momento a expresarme parte de sus fantasías a través de símbolos que aludían a la vida intrauterina (calurosamente unido a su ideal que depositaba sobre mí –decía que mis palabras le "entraban por las venas"–), me manifestaba pocos instantes después su temor hipocondríaco a morirse de un cáncer, fantasía con la cual representaba su excitación creciente, vivenciada como algo que se hallaba fuera del control de su yo.

Podemos pensar que sobre esa estructura tanática o masoquista básica que condiciona y perpetúa la debilidad del yo, se estructuran los sentimientos de culpa inconcientes y las fantasías de castigo primarias. Para evadirlas se realizan aquellos actos que, dentro de una repetición compulsiva, conducen a incrementar secundariamente los sentimientos de culpa que pasan a quedar contenidos así en un superyó más tardío referido a los objetos externos de un ligamen incestuoso. Los sentimientos de culpa resultan así atribuidos a los actos realizados precisamente para encubrir la conciencia angustiante del masoquismo primario.

Cabe recordar aquí las consideraciones que estableció Freud cuando se ocupó de los delincuentes por sentimientos de culpabilidad: "... he de afirmar que el sentimiento de culpabilidad existía antes del delito y no procedía de él, siendo, por el contrario, el delito el que procedía del sentimiento de culpabilidad"; "... los delitos cometidos para la fijación del sentimiento de culpabilidad habían de ser realmente un alivio para el sujeto atormentado" (Freud, 1916d, págs. 1093–1094).

Muchas veces los sentimientos de culpa conducen al paciente a preguntarse por qué han de ser así las cosas, por qué le ocurre, o desea, dañar a los objetos, sintiéndose esclavo de impulsos que le hacen sufrir y que no logra dominar. Podemos pensar que la vivencia de esclavitud alude a la debilidad del yo que, como lo señala Freud (1923b), se ve obligado a servir a tres amos: el ello, el superyó y el mundo exterior.

Lo que corresponde al ello y lo que corresponde al superyó suele aparecer netamente diferenciado en las fantasías de algunos pacientes cuando nos manifiestan, por ejemplo, que se sienten esclavos del deseo y experimentan sentimientos de culpa frente a los objetos que sienten haber complicado en los actos prohibidos y que, vivenciados como dañados, se han tran sformado así en acusadores.

Si tomamos nota sin embargo de lo que suele experimentarse en la transferencia y en la contratransferencia frente a tales situaciones, caemos en la cuenta de que el mismo objeto superyoico contiene la excitación incontrolable que el paciente teme y constituye a la vez un ideal sedu ctor y excitante capaz de engendrar el horror al incesto. Así el superyó y el ello quedan confundidos como fuentes de un tormento ejercido a través de los impulsos instintivos que recaen sobre el yo en la forma de una excitación inmanejable.

Llegados a este punto de nuestra construcción teórica, tal vez podríamos atrevernos a dejar planteada una hipótesis dinámico–estructural seductora:

1) La prohibición del incesto puede quizás derivar de la experiencia traumática (en parte heredada pero vuelta a vivir individualmente) de haberlo realizado en un nivel oraldigestivo (o embrionario metabólico) muy precoz.

2) Lo que conduce a la consumación del incesto es la debilidad del yo frente al superyó identificado con los impulsos del ello. Esto equivale a afirmar que la culpa inconciente es también causa y no sólo consecuencia del incesto. Cabe recordar aquí nuevamente los conceptos que estableció Freud cuando se ocupó de los delincuentes por sentimiento de culpabilidad.

Estas consideraciones dinámico–estructurales pueden integrarse con la tesis sustentada en el presente trabajo para constituir así un tercer postulado: el incesto es a la vez una defensa, y un retorno, de un contenido narcisista, desplazado sobre el ideal del yo o el superyó temprano. Este contenido narcisista queda unido a la fantasía de una cópula hermafrodita proliferativa, capaz de dar vida a un teratoma siniestro, a un engendro monstruoso que posee otra vez en su interior a esa misma pareja en cópula permanente, y que puede quedar representado a través de un crecimiento embrionario fetal anómalo o a través de un desarrollo tumoral canceroso que invade y devora.

VII– A manera de síntesis

a– El horror al incesto

Freud descubrió la existencia de las fantasías incestuosas inconcientes, ya "presentadas" en otras manifestaciones de la cultura, por ejemplo en el drama de Sófocles. Tales fantasías son reprimidas porque la omnipotencia de las ideas brinda a la "mera" fantasía el carácter de un acto consumado materialmente. La inhibición del acto es un hecho comprobado dentro de todas las culturas (Levi–Strauss, 1946), su explicación teórica ha sido siempre dificultosa: "... cuando creíamos poder elegir –dice Freud–, también para la explicación de la fobia al incesto, entre causas sociológicas, biológicas y psicológicas, nos vemos obligados, a fin de cuentas, a suscribir la resignada confesión de Frazer: «Ignoramos el origen de la fobia al incesto y no sabemos siquiera en qué dirección debemos buscarlo. Ninguna de las soluciones propuestas hasta ahora nos parece satisfactoria»," (Freud, 1912–1913, pág. 579).

Una explicación basada en la internalización de factores sociodinámicos no aclara por qué en el hombre y sólo en él se internalizan tales factores; sobre los cuales se afirma, por otro lado, que han surgido, como la sociedad misma y la cultura (Levi–Strauss, 1946), precisamente en torno de la inhibición del incesto (!).

Recorriendo el camino de la teoría mediante la cual Freud delineó la estructura del llamado Complejo de Edipo –como lo hemos hecho en la introducción de este capítulo–, desembocamos en un interrogante que podemos enunciar más o menos de la siguiente manera: ¿Cuál es el motivo "primario" que conduce a la inhibición del incesto y determina en cada hombre "de nuevo", "más allá" de la internalización actual de las normas sociales, el pasaje de la naturaleza a la cultura? 17.

El concepto del superyó como instancia cuya formación se inicia con la "destrucción" del complejo de Edipo, consecuente con su represión (Freud, 1923b, pág. 19), no puede sernos de utilidad para comprender la inhibición del incesto, puesto que tal superyó procede precisamente de la inhibición del incesto, y, por lo tanto, ésta no puede proceder de aquél.

El intento de abordar esta problemática recurriendo al concepto de superyó precoz puede contribuir a enriquecer su estudio, especialmente si tenemos en cuenta que la organización estructural primitiva debe coexistir en el individuo desarrollado junto a las organizaciones posteriores.

Los conceptos que Freud expresa en Tótem y tabú (1912–1913, pág. 521) acerca del "maná" como fuerza cuya descarga es destructiva cuando el organismo que la provoca no es suficientemente fuerte para resistirla, pueden ser integrados con sus afirmaciones, vertidas en El yo y el ello (1923b, pág. 17), cuando manifiesta que la debilidad del yo incipiente le impide mantenerse unido frente a las primeras identificaciones. El superyó se forma así, en primer lugar, mediante este mecanismo, y se constituye en heredero del Complejo de Edipo. El "maná" sería pues la característica de estos objetos de las primeras identificaciones.

Subrayemos que, en su opinión (Freud, 1923b**, pág. 31), las identificaciones primarias ocurren con ambos padres de la prehistoria personal y son directas, inmediatas y anteriores a toda catexis del objeto externo 18.

Encontramos en la identificación primaria una base para lo que Klein conceptualizó como formación del superyó temprano y Edipo temprano a partir de los conceptos de instinto de muerte, incapacidad del yo precoz para tolerar la ansiedad sin recurrir a la disociación, e internalización del pecho. El superyó precoz ha quedado fuertemente impregnado por elementos instintivos cuyo carácter libidinoso o tanático, de acuerdo con las consideraciones apuntadas acerca del "maná", depende de la capacidad que posea el yo para descargar adecuadamente las magnitudes de la excitación. Se comprende que se halla constituido así, tal como lo afirma Freud (1923b, pág. 30), en el representante del ello ante el yo.

Klein (1932, pág. 150) sostiene la existencia de una necesidad de preservar a los objetos originales de los impulsos destructivos ligados a los deseos incestuosos precoces, como determinantes de la inhibición del incesto. Esta postulación implica la conciencia precoz del daño que puede s ufrir ese objeto. Racker (1957) nos permite avanzar un paso más cuando afirma que la conciencia del daño provocado proviene de la vivencia depresiva primaria de haber experimentado el dolor de ese mismo tipo de daño ya realizado en el yo.

Rank –de acuerdo con lo señalado por Freud (1905d, pág. 814)–, Rascovsky (1960) y Abadi (1960) subrayan la importancia de las precoces experiencias, ligadas al trauma de nacimiento y a la vida intrauterina, como fuentes del horror al incesto.

Apoyándonos en las consideraciones anteriores podemos sostener que el temor al incesto y su consiguiente inhibición surgen no sólo como consecuencia de una necesidad depresiva de preservar a los objetos originales, ambivalentemente valorados, de la acción destructiva de los impulsos precoces, tal como lo expresó Klein, sino que también puede ser el re sultado de una ansiedad persecutoria: el temor "primario" que experimenta el yo frente al "maná" de los primeros objetos, "maná" surgido de la identifica ción primaria.

Este temor, válido para la sociedad en su conjunto, no impide el que ocurra la consumación del coito incestuoso en algunos casos particulares que, según lo demuestra Kirson Weinberg (1966), son más frecuentes de lo que nuestra represión procura hacernos creer.

Podemos preguntarnos entonces: ¿en qué caso o circunstancias, con qué contenido latente, o en qué condiciones dinámico–estructurales, ocurre la consumación material de las fantasías incestuosas que habitan en cada uno de nosotros?

Una hipótesis acerca de las condiciones que determinan tal ocurrencia puede contribuir ulteriormente a enriquecer la comprensión de las transformaciones que naturaleza, religión y cultura experimentan en el mundo interno de cada sujeto.

b– Oralidad y genitalidad en el incesto

Freud (1921c) nos aclara que tanto la fijación como la regresión determinan que el fin sexual genital sea muchas veces sustituido por el más primitivo de la identificación, fin "oral" 19 que se diferencia del genital en que en lugar de intentar tener al objeto se intenta ser el objeto. Esta finalidad "oral" posee un desenlace narcisista y conduce, como es obvio, a una incorporación que determina el crecimiento y el desarrollo.

Pero este enfoque evolutivo admite un abordaje atemporal, válido en cualquier momento del desarrollo que nos plazca considerar, si tenemos en cuenta lo que Freud (1923b) afirma cuando dice, tomando como prototipo al varón, y en términos del predominio del complejo positivo sobre el negativo, que del padre se apodera por identificación, mientras que realiza una elección de objeto que recae sobre la madre.

La identificación homosexual y la relación de objeto heterosexual no constituyen fines absolutos, sino predominantes sobre sus complementarios (exceptuando los incrementos transitorios del Edipo negativo), pero lo importante radica sobre todo en que de una u otra manera ambos fines, ser o tener al objeto, pueden ser encontrados en cualquier estadio considerado.

El abordaje de estas fantasías desde un ángulo biológico, tan habitual en Freud, nos permite profundizar en su sentido. Así como la identificación, si bien predomina durante el crecimiento, continúa operando a lo largo de toda la vida individual, la reproducción genital, que inicia su predominio una vez finalizado el crecimiento, encuentra su antecedente en la reproducción celular, como si fuera una cópula "narcisista" y "hermafrodita", durante la etapa del crecimiento.

Este abordaje biológico puede ser interpretado como una realidad de ca rácter genético y subyacente a la fantasía, o puede ser considerado como un modelo propio del lenguaje. Para los fines que nos proponemos es indiferente una u otra postulación. Tampoco resulta decisivo el limitarse a un enfoque evolutivo o atemporal.

Es importante en cambio subrayar que ambos fines, orales y genitales, no sólo pueden transformarse uno en otro o sustituirse recíprocamente, sino que la actividad yoica correspondiente a uno cualquiera de ellos puede adquirir en la fantasía la representación del otro. El coito puede quedar representado por la incorporación tanto como la incorporación por el coito.

c– La inhibición del incesto

Si la identificación primaria es una modalidad "oral" de la actividad sexual que, en este "nivel", se realiza precisamente con los objetos originales –ambos padres de la prehistoria personal–, podemos decir, aunque sea en sentido metafórico –ya que la palabra "incesto" implica un fin genital–, que los sentimientos de culpa que se originan de la identificación primaria nacen de un "incesto oral " consumado. "Incesto" oral significa aquí: oralidad con un objeto consanguíneo o endogámico.

Los sentimientos de culpa que nacen, junto con el superyó precoz, de este "incesto oral" consumad o, representan, como "tensión", una tendencia del yo hacia la "asimilación" de ese superyó precoz, ideal y también temido, porque contiene el "maná" de los objetos originales de la identificación primaria, que fue traumática porque se realizó "siendo aún débil el yo".

Pero al mismo tiempo este superyó protege al yo de una nueva identificación con los objetos originales, ya que se interpone, en virtud de la atracción que ejerce sobre el yo, entre este último y dichos objetos, ofreciéndose en su lugar al yo como un objeto interno que, aunque temido, es menos temido.

Podemos formular esto mismo diciendo que los sentimientos de culpa impiden una nueva consumación del "incesto oral" original, repetición que sólo sería posible, en "utópica teoría", una vez que la completa asimilación del superyó precoz hiciera desaparecer a este último junto con los sentimientos de culpa correspondientes. La persistencia de este núcleo superyoico puede ser atribuida a la circunstancia de que conserva una parte del "maná" de los objetos originales, lo cual impide su completa asimilación por parte del yo precoz.

Nos encontramos ya ante un conflicto, en el yo, entre el deseo y el temor con respecto a la asimilación de su ideal. Este ideal, el superyó precoz, proyectado sobre los objetos de la identificación secundaria, la madre y el padre de la "historia" personal, determina una elección narcisista que alcanza su máximo exponente precisamente con los objetos consanguíneos o endogámicos, que son los que mejor se prestan a esa proyección. Con uno cualquiera de estos objetos la identificación "completa" 20 tampoco resulta posible, ya que se encuentran cargados con el "maná" que proviene ahora del superyó precoz proyectado sobre ellos.

El grado de renuncia a la identificación implica la progresiva sustitución de ser el objeto por el tenerlo. Es forzoso suponer que este cambio en el fin debe encontrarse condicionado a una progresiva merma en la capacidad de crecimiento y alcanzar al mismo tiempo diferente intensidad frente a los objetos homo y heterosexuales, como corresponde a las características biológicas.

También es forzoso suponer que los sucesivos pasajes proyectivo–introyectivos fortalecen al yo y lo orientan progresivamente hacia nuevas experiencias cada vez menos peligrosas, mientras lo mantienen separado de la asimilación completa de los objetos internos arcaicos. Estos objetos ideales, aún temibles y alejados del yo, ya no poseen, en términos relativos, el "maná" que poseían al comienzo.

Cuando por fin el desarrollo conduce a la posibilidad de consumar los fines genitales específicos, el más evolucionado de los cuales es la procreación, la excitación que provocan los objetos de la elección endogámica, cercanos a los originales arcaicos, ya ha quedado transferida, a través de sucesivos pasajes, a sustitutos exogámicos menos peligrosos.

Reconocemos así, implícitamente, entre el coito con un objeto consanguíneo (incesto en la verdadera acepción del término) y el "incesto oral", una actividad sexual "incestuosa" para cada uno de los períodos evolutivos, pero tenemos en cuenta que, en condiciones consideradas normales, dicha actividad no alcanza, en todos esos periodos, el mismo grado de inhibición, cuyo máximo observamos en el incesto "genital", es decir verdadero.

El principio explicativo que en última instancia hemos utilizado acerca de la inhibición o prohibición del incesto (y por lo tanto del nacimiento de la civilización y la cultura), y ante el cual se detiene la investigación psicoanalítica, es pues la debilidad del yo incipiente, que constituiría así una característica exclusiva del hombre. Este principio ha sido utilizado por Freud (1923b, pág. 25) en sus formulaciones acerca de la génesis del ideal del yo y de la represión (Freud, 1940a [1938], pág. 85). Su exclusividad en cuanto al hombre parece coincidir con la tesis biológica acerca de que es la inmadurez en el desarrollo neurológico con el cual el hombre –como repetición de una pauta heredada– nace, aquello que determina a un mismo tiempo su prolongada dependencia y su excepcional apertura al aprendizaje. Esto le permite emanciparse, en una proporción inigualada, de la naturaleza y del instinto.

d– El incesto consumado

La primera tentación con la cual uno se encuentra al procurar comprender desde el punto de vista dinámico–estructural la génesis del incesto consumado, consiste en interpretarlo como una " falla" en el mecanismo de la represión que equivale a un "déficit" en la "severidad" del superyó. Si tenemos en cuenta sin embargo que el incesto consumado es un delito en el universo civilizado, prohibido por las leyes sociales de todas las cult uras (Levi–Strauss, 1946), acude a nuestra memoria lo que Freud (1916d, 1923b) afirmó acerca de los delincuentes por sentimiento de culpabilidad, cuando sostiene que no es el sentimiento de culpabilidad el que procede del delito, sino el delito el que proviene del sentimiento de culpabilidad. En opinión de Freud (1923b, pág. 27) "... se trata de un hecho indudable" y es "... como si para el sujeto hubiera constituido un alivio poder enlazar dicho sentimiento inconciente de culpabilidad con algo real y actual".

A. y M. Rascovsky (1950), partiendo de un ángulo diferente, han subrayado el carácter defensivo del incesto consumado frente a un estado su byacente de grave melancolía. Podríamos, por lo tanto, atrevernos a trazar una hipótesis según la cual son los sentimientos de culpa provenientes de la existencia del superyó precoz, aquellos que conducen a la consumación del coito incestuoso. Deberíamos aclarar entonces por qué tales sentimientos determinan sólo en algunos casos, y además específicamente, la realización de ese delito particular.

En cuanto a la primera parte de la pregunta, referente a en qué casos se produce, responderíamos que se trata de un estado de particular intensidad en los sentimientos de culpa provenientes de la organización estructural primaria, debido precisamente a la carencia de una organización superyoi ca secundaria suficiente, que sería menos severa. Esto equivale a afirmar la existencia de una organización "oral" de carácter muy "regresivo".

Respecto al porqué la severidad del superyó precoz conduciría precisamente a la consumación del coito endogámico, diríamos que el coito endogámico representa una transacción.

Por un lado es una elección narcisista, en cuanto se realiza con los objetos próximos a los originales, objetos consanguíneos que contienen la proyección del primitivo superyó ideal. Visto desde este ángulo constituye un "retorno", modificado, del "incesto oral" en la defensa, y puede, quedar representado en la fantasía como una "cópula hermafrodita", proliferativa, que alude a una descarga sexual propia de la identificación durante la época del crecimiento, y que constituye el contenido latente del horror al i ncesto.

El coito incestuoso, con su estructura narcisista, conserva así, frente al coito exogámico, el carácter de un delito contra la sociedad, nacida precisamente de la exogamia (Levi–Strauss, 1946).

Por otro lado configura una defensa que, bajo la forma de un cambio en el fin sexual constituye una "salida" de ese "incesto oral". Este último sería mucho más narcisista y angustioso, en cuanto representa la persistencia de una forma de satisfacción sexual "regresiva" que, actualmente inadecuada, resulta una amenaza para el yo.

Se comprende mejor de esta manera el que Klein (1932, págs. 234–35) señale que las relaciones sexuales entre hermanos, durante la infancia, contribuyen frecuentemente a la instalación de un superyó más tolerante y a la disminución de los temores y sentimientos de culpa frente a la sexualidad.

Repasemos ordenadamente los fundamentos de la hipótesis.

Desde el punto de vista económico, la existencia de impulsos incontrol ables que no encuentran adecuada canalización yoica sobre la realidad circundante y que, frustrados, contribuyen a intensificar o realizar los componentes tanáticos que desorganizan al yo.

Desde el punto de vista evolutivo, la existencia de una intensa fijación a los estadios más precoces del desarrollo. Las consideraciones realizadas se enriquecen sustancialmente si tenemos en cuenta la persistencia posnatal de fantasías de incorporación y asimilación que corresponden a funciones propias de la vida intrauterina (Chiozza, L., 1998a [1963–1968]), que a los efectos de una síntesis incluimos aquí con el concepto de "oralidad". En opinión de Fenichel (1957), oralidad, narcisismo e identificación "significan una y la misma cosa contemplada desde diferentes puntos de vista".

Subrayamos aquí, además, la equiparación inconciente del coito con la incorporación y las fantasías hipocondríacas "proliferativas" ligadas a la regresión narcisista, que encontramos en el contenido latente del horror al incesto.

Desde el punto de vista estructural, la existencia de figuras superyoicas "precoces", dentro de las cuales se encuentran, íntimamente unidos, los impulsos instintivos y las fantasías de castigo, y que se hallan intensamente cargadas frente al complemento de un yo "débil", en términos relativos a dichas figuras.

 

VIII– Aplicación de la hipótesis al fragmento de Thomas Mann utilizado como epígrafe

Con el propósito de subrayar las conclusiones a las cuales hemos llegado al final de este trabajo, analizaremos la cita de Thomas Mann que hemos utilizado como epígrafe. Esto nos permitirá reencontrar los elementos que hemos destacado en la estructuración teórica.

Los protagonistas del incesto fraterno narrado por Thomas Mann (1953), tal como aparece en las primeras palabras que citamos al comienzo, "no podían dormir", el insomnio representaba a la excitación que no podían elaborar. Así Wiligis, que procuraba adormecerse cerrando los ojos con fuerza, "suspiraba excitado hasta que por fin saltó de la cama... y... entre mil ílícitos besos entró en el lecho de su hermana".

Thomas Mann subraya que Wiligis estaba "conmovido por la muerte de su padre y pensando en su propia vida" cuando "suspiraba excitado". Esta excitación queda ya desde el comienzo vinculada a la muerte. El intento de elaboración o control a través del pensamiento o del sueño refleja la lucha en el yo, cargado de libido y de impulsos tanáticos provenientes del ello. Forma parte de esa excitación la entrega masoquista al superyó, ya que el carácter ilícito de los besos contribuye a encenderla.

El componente tanático de estos impulsos aparece otra vez cuando el personaje tartamudea "hemos nacido de la muerte", y surge también vinculado a la satisfacción del deseo "que el demonio les había inspirado" cuando exclama "ríndete a tu hermano en la muerte", expresión con la cual se alude en el contenido manifiesto al fallecimiento de la madre ocurrido durante el parto de ambos hermanos gemelos, y en el contenido latente a la confusión del orgasmo con la entrega erotizada a la muerte.

Lo divino y lo demoníaco, que hemos caracterizado en otro trabajo (Chiozza, L., 1970d [1966]) como dos experiencias diferentes del yo frente a un mismo contenido ideal, sagrado y persecutorio, aparecen también en el epígrafe cuando Wiligis es "abandonado por Dios" y satisface el deseo que "el demonio les había inspirado".

El componente melancólico y letárgico, presente en la estructura subyacente a la conducta incestuosa, nos hace pensar en objetos "muertos" o aletargados, vinculados a continuas y dolorosas pérdidas de objeto, que se manifiestan frecuentemente en la transferencia y en la contratransferencia como aburrimiento y letargo. Estos mismos objetos surgen delineados con toda claridad, en las palabras de Thomas Mann, a través de la mención de la muerte de ambos progenitores, y quedan estrechamente vinculados a la consumación del acto prohibido en las palabras de Sibylla: "murió hoy y está allá abajo en el féretro. ¡Déjame, la noche pertenece al muerto!", donde la alusión al féretro señala inequívocamente el intento de mantener aletargados los impulsos que aparecen en "la noche", y son la causa por la cual "no podían dormir".

Los impulsos orales afines a la estructura melancólica y presentes en el contenido latente de los deseos incestuosos, quedan también evidenciados en el siguiente párrafo del epígrafe citado: "Así llegaron ellos hasta el fin y satisficieron el deseo que el demonio les había inspirado. Y dijo él enjugándose la boca: –Ahora ya está hecho, lo podremos hacer una y mil veces más".

Si tomamos en consideración los conceptos de Freud (1923b) acerca de la identificación incompleta con el padre en la formación del superyó, ya que esta identificación incluye también un "así (como el padre) no debes ser: no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le está exclusivamente reservado", podemos pensar que la actitud de Wiligis cuando "conmovido por la muerte de su padre... entre mil ilícitos besos entró en el lecho de su hermana", contiene una identificación maníaca con el superyó.

En Sibylla, en cambio, esta identificación maníaca es parcial, ya que, cuando habla "bromeando con una voz ahogada que excluía toda broma", se disocia. Una parte de su yo se confunde mediante un mecanismo semejante a la manía y señalado ya por Freud (1927d): el humorismo (que en este caso se acerca a la ironía). Otra parte de su yo, angustiada, expresada a través de la "voz ahogada", contempla horrorizada la fusión con el superyó temprano, representante del ello, simbolizado a través del demonio y "los lúgubres graznidos de las lechuzas que revolotean en torno de la torre". Sibylla nos muestra su narcisismo, simbolizado en la "torre" en torno a la cual revolotean las lechuzas, y su pregunta "qué significa, hermano, esta lucha", nos permite comprender su "disociación", mezcla de ironía, angustia y horror, frente al "conflicto" que abriga en su interior.

Hasta aquí, y resumiendo lo anterior, hemos podido comprobar, sólo en este breve fragmento de un dramatismo conmovedor, algunos de los elementos que estudiamos acerca del incesto. Hemos visto la excitación incontrolable, la amalgama libidinosa y tanática contenida en esa excitación, la estructuración melancólica y letárgica subyacente a la consumación del incesto, y sus componentes orales. También vimos el intento de elaboración de esa excitación a través del pensamiento, el intento de aletargar los contenidos de "la noche" que deben permanecer en el "féretro" y frente a los cuales "tendidos, con los ojos abiertos... procuraban adormecerse cerrándolos con fuerza".

Vimos además la estructura primitiva del superyó vinculado con la materialización del incesto y el doble aspecto divino o demoníaco que adquiere frente al yo. Nos encontramos ahora en este fragmento de Thomas Mann con una pregunta que se halla en la base del pensamiento que motivó este trabajo, cuando Sibylla expresa: "Ahora tengo junto a mis labios tu dulce cuello. ¿Por qué no? Me gusta".

Este "por qué no", como ocurre en la vida cotidiana, representa una aceptación, enmascarada mediante la racionalización, de los impulsos, pensamientos o actos que intentan vencer la inhibición. Mientras que el "utilizar" esta pregunta que encubre una forma de aceptación conduce a la ac tuación de los actos prohibidos que satisfacen impulsos que permanecen fuera de la conciencia, el intento de contestar a este interrogante puede llevarnos, siguiendo los pasos de Freud, a superar la represión para penetrar en el conocimiento de lo inconciente.

Las palabras con las cuales Sibylla continúa nos muestran el contenido latente de su horror y su placer frente al incesto cuando dice: "sólo te pido que no quieras separarme así las rodillas, pues éstas siempre quieren estar absoluta y completamente unidas".

Estas rodillas unidas aluden al encierro en la torre que sólo puede ser vencido por alguien que, como Wiligis, su hermano gemelo, le ofrece un coito consanguíneo y le expresa: "dulce parte mía, amada", satisfaciendo así, en la unión de los gemelos iguales, los deseos de unión narcisista expresados a través de las dos rodillas simétricamente idénticas que, "absoluta y completamente unidas" custodiando el interior de su cuerpo, revelan el temor a la separación como un símbolo de la pérdida injuriosa del narcisismo primitivo.

Es posible comprender así el carácter transaccional defensivo que posee el incesto frente a la profunda injuria narcisista contenida en el coito exogámico, injuria que aparece simbolizada en la separación de las rodillas "absoluta y completamente unidas" de Sibylla.

Podemos ordenar los elementos del trabajo que hemos destacado, a manera de conclusiones, en estas consideraciones finales, y encadenarlos para llegar a constituir la tesis principal que sustentamos:

1) El incesto consumado aparece colocado entre una distribución narcisista de la libido, que se descarga en el desarrollo y en el funcionamiento corporal, y el coito exogámico como una descarga genital heterosexual.

2) Lo que impide la descarga genital madura, heterosexual exogámica, es un componente narcisista intenso asociado a una estructura melancólica muy primitiva en la cual el ideal del yo o el superyó temprano, cargados de instinto de muerte, invaden al yo.

3) El yo, inevitable y masoquistamente identificado con esos instintos y objetos internos, intenta controlarlos mediante una descarga incestuosa, rica en las fantasías oraldigestivas correspondientes a su estructuración melancólica.

4) Esta descarga incestuosa ligada a las fantasías tempranas, es dolorosa y horrible debido precisamente a las características primitivas de la excit ación que contiene. Sin embargo, posee un carácter transaccional entre el coito exogámico y un contenido latente más horroroso aún, constituido por la exigencia de un narcisismo extremo, que expone al yo a la carencia de objetos materiales en los cuales satisfacer las necesidades correspondientes al nivel de desarrollo alcanzado.

5) La representación de este narcisismo extremo, como algo proliferativo e invasor, que hemos caracterizado como hermafrodita y que queda asociada a fantasías de un embarazo maligno o de un desarrollo tumoral (como, por ejemplo, un teratoma siniestro o un cáncer devorador), queda nuevamente proyectada sobre el coito incestuoso y constituye el contenido latente del horror al incesto.

Hemos podido mostrar inequívocamente, en el epígrafe analizado, el contenido narcisista presente en el coito fraterno, en este caso gemelar, contenido que se hace más evidente aún en diferentes fragmentos de la novela. El carácter monstruoso asociado a la profunda regresión narcisista y a las fantasías de un embarazo patológico como la expresión de un crecimiento anómalo, aparece en el material de algunos pacientes representado en el cáncer o en el paradigma de una gravidez siniestra 21.

Mostrar estas mismas fantasías en la obra citada nos exigiría transcribir otros pasajes en los cuales el autor nos comunica el desenlace del coito fraterno que fructifica en el engendro de un niño que, luego de ser abandon ado, y luego de descubrir con el paso de los años, horrorizado y asqueado, su origen incasto, se llama a sí mismo "dragón" y "monstruo" y cohabita como Edipo, sin saberlo, con su propia madre viuda. Pero a diferencia de este último no se hiere en los ojos cuando se deshace su negación, sino que se recluye en una roca pelada en medio del mar, en donde, sometido a las inclemencias del tiempo, sin más alimento que el agua de lluvia que se acumula en el hueco de la roca transformándose en un líquido lechoso, expuesta su piel desprotegida a los rayos quemantes del sol, se va reduciendo y encogiendo durante diecisiete años hasta quedar transformado en una especie de erizo cubierto de pelos y enrollado sobre sí mismo.

De esa roca es liberado por obra de los principales de la Iglesia, a quienes les fue revelado en sueños que en esa isla desierta se encontraba quien debía llevar el anillo de Pedro. Así, convertido en Papa, abandona la profunda regresión narcisista y embrionaria, y se identifica con el yo ideal como representante de Dios, el ideal, en la tierra, según el mecanismo que Freud (1914c) describió cuando expresa que la formación de un ideal constituye una salida del narcisismo primitivo.

Cuando años después, en posesión de la investidura papal, es visitado por la que es al mismo tiempo su madre, tía y esposa, nos muestra, al hablar de sí mismo en la primera persona del plural, como corresponde a los papas, el carácter de escena primaria hermafrodita contenido en su mística comunión con Dios.

Nuestra primitiva pregunta resumida en un lenguaje de acción en el "¿Por qué no?" de Sibylla, ha quedado sin contestación, ya que comprendiendo precisamente el carácter transaccional del incesto, queda deshecho el sentido de semejante planteo que no admite una respuesta en términos de "sí" o "no"

Thomas Mann, a través de su lenguaje magistral, pone en boca del narrador del relato contenido en su novela las siguientes palabras, en las cuales un cierto humor deja entrever la angustia indisolublemente ligada a la identificación con los impulsos instintivos más reprimidos: " ... Guárdese muy bien nadie de sacar una falsa moraleja... pensando que, a la postre, el pecado es cosa fácil de lavar; que se guarde de decirse: « ... si tan bien les fue a éstos de la historia, ¿por qué habrás de perderte tú?». Ese es el susurro de Satanás... Más, por cierto que es justo y razonable pensar que el elegido lo sea entre los pecadores y es bueno que el mismo pecador lo sepa, pues, advirtiendo la posibilidad de ser elegido, el pecado mismo se le hace fructífero y le da alas para que se eleve." (Mann, 1953).

Notas

1 Las ideas vertidas en este capítulo formaron parte, originalmente, del trabajo "Una contribución al estudio del horror al incesto" presentado en la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1967. Una segunda versión, con el presente título, fue expuesta en el CIMP (Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática), en agosto de 1969, y publicada en Un estudio del hombre que padece (Chiozza, L. y otros 1970c), la cual, con algunas actualizaciones y el agregado del parágrafo VII, A manera de síntesis, se incluye en este volumen. El material clínico que acompañaba a la versión de 1967, fue publicado, muchos años después, en Cuando la envidia es esperanza (Chiozza, L., 1998c [1963])

2 El elegido, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1953, págs. 40–43.

3 Sabemos que horroroso es aquello que inspira temor, estremecimiento, espanto (Real Academia Española, 1950). La etimología (Corominas, 1961) nos ayuda a comprender el contenido de excitación que poseen tales sentimientos, puesto que "horror" proviene del latín horrere, que puede traducirse como "erizarse", "temblar", y su origen está vinculado con el de la palabra "horripilar", que significa en su sentido más literal "hacer erizar los pelos".

4 Citado por Freud en Inhibición, síntoma y angustia (1926d [1925], pág. 54).

5 Considerando lo que Bion (1966) denomina transformation, el concepto de "presente atemporal" desarrollado por Cesio (1965) y las ideas de Rodrigué (1966) sobre lo que llama "el carácter actual de la transferencia", vale la pena meditar acerca de que los hechos que se relatan durante un tratamiento seg uramente ocurrieron, pero que, puesto que no tenemos acceso directo a la realidad historicogenética, no podemos saber si "realmente" ocurrieron así. El producto de la transformación de esta historia está y es presente en la transferencia, y a su vez ese presente se re–transforma en historia, en recuerdo, cuando nos acercamos a él y lo mutamos mediante la interpretación. El grado de coincidencia con lo pasado de este recuerdo es teóricamente incognoscible, tal como se expresa en Rashomon o en Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello. Lo único que podemos afirmar "objetivamente", desarrollando un paso más el razonamiento que llevó a Freud al descubrimiento del carácter encubridor de algunos recuerdos, es que la historia objetiva es presente, mientras que el recuerdo, todo recuerdo de aquello que ocurrió, sea del paciente o del analista, es una re–presentación de lo que está ocurriendo actualmente.

6 Citado por Freud en Inhibición, síntoma y angustia (1926d [1925], pág. 54).

7 Cabe citar aquí la paciente estudiada por Perestrello (1963), cuando se ocupa del contenido de escena primaria incestuosa presente en el dolor de cabeza. Esta paciente padecía una cefalea jaquecosa con fenómenos hemianópsicos, los cuales expresaban su intento de disociar a la pareja, vivenciada como un ser único en cópula y asociado por la misma paciente con el Mito descrito en El banquete de Platón.

8 Este tema se desarrolla en el próximo capítulo.

9 No podemos resistir la tentación de incluir aquí la nota o comentario que, en la edición de la Biblia (s.f.), se agrega al versículo 9, cap. 18, del Levítico, Antiguo Testamento, versículo que se refiere a la prohibición del incesto fraterno. Dice así: "El principio en que se basa la prohibición del incesto es que los parientes son una misma carne, y nadie debe fecundarse a sí mismo". Subrayamos que el énfasis de la prohibición recae, más allá del acto mismo, en su consecuencia, la fecundación, que representaría precisamente el grado más acabado de desarrollo en cuanto a los fines genitales del instinto.

10 P. Heimann, citada por A. y M. Rascovsky (1967, págs. 10–11), expresa que "la noción de la mujer vampiro que succiona su pareja hasta matarla, los monstruos del folklore y la mitología que son parcialmente hombre y parcialmente mujer, o mitad humano y mitad animal; éstos constituyen algunos ejemplos que dan testimonio del horror causado por las fantasías más profundas y arcaicas sobre la unión de los padres". J. Cardeña (1962) ha dedicado un interesante trabajo al estudio de la esfinge como una imago compuesta que condensa las fantasías inconcientes más primitivas.

11 La circunstancia de que el coito consanguíneo fuera no sólo permitido sino prácticamente exigido a los faraones del antiguo Egipto y a los reyes incas, semidioses que se constituían en depositarios del yo ideal de sus súbditos, no constituye, en opinión de Levi–Strauss (1946, pág. 42) una excepción a la regla social, sino una forma de prescribir la prohibición. Esta prohibición puede ser interpretada a la luz de estas mismas conclusiones como la necesidad de satisfacer y evitar simultáneamente, en esta transacción, los deseos narcisistas más profundos proyectados sobre el soberano. En el mismo sentido cabe interpretar también el hecho señalado ya por Freud (1932a [1931]) de que en general el incesto fuera ejercido libremente por los dioses de la mitología.

12 Liberman, citado por estos autores (Rascovsky, A. y M., 1967, pág. 8), cuando se ocupa de las relaciones recíprocas entre el acting–out y la psicopatía, aporta un nuevo elemento que puede arrojar alguna luz sobre los múltiples interrogantes que plantea la realización material del incesto. Expresa: " ... en dicha época, en que el desarrollo del pensamiento verbal es incipiente aún y el niño tiene que expresar sus necesidades por medio de la acción muscular y de los símbolos verbales equivalentes de la acción (órdenes verbales, por ejemplo "dame"), las respuestas parentales fueron inadecuadas o inexistentes, debido a que procedían de una figura parental con incapacidad de realizar una reflexión previa con que permitirse comprender el sentido del mensaje del niño, o bien con una ausencia de respuesta por tratarse de una figura parental alejada emocionalmente".

13 En cuanto a la doble faz del Ideal del yo como producto de la identificación incompleta con el padre, véase también "El falso privilegio del padre en el complejo de Edipo" (Chiozza, L., 1977b), en el cual se discute esta postulación freudiana.

14 Garma (1942, 1962), retomando estas ideas de Freud, ha subrayado esas características encuadrándolas en su concepto del superyó biológico.

15 En trabajos anteriores (Chiozza, L., 1963a, 1964a, 1970d [1966]), vinculados al estudio de las fanta sías correspondientes a la vida intrauterina, analizamos con más detalle las posibles relaciones entre el yo precoz y el superyó temprano, integrando estas consideraciones con las ideas que expresó Melanie Klein (1932, págs. 154–155), acerca del superyó precoz en los estadios orales.

16 Citado por A. y M. Rascovsky (1950).

17 Levi–Strauss afirma: "Sólo se puede hablar de explicación a partir del momento en que el pasado de la especie vuelve a jugarse, en cada instante, en el drama indefinidamente multiplicado de cada pensamiento individual, porque, sin duda, él mismo no es más que la proyección retrospectiva de un pasaje que se produjo, puesto que se produce continuamente". (Levi–Strauss, 1946, pág. 569).

18 A los efectos restringidos a la hipótesis que desarrollaremos en este trabajo resulta indiferente determinar si los objetos de la identificación primaria son, como hemos afirmado en otros trabajos (Chiozza, L., 1964a, 1970a) y apoyándonos en otros autores (A. Rascovsky, 1960; Cesio y colab. 1964), los arquipadres heredados provenientes del ello, o como sostiene Klein (1952, pág 121), debemos entender únicamente que Freud significa con esto que la introyección aún precede a las relaciones de objeto". En cambio es importante tener en cuenta que cuando nos referimos al superyó o al ideal del yo, estamos definiendo funciones o relaciones entre instancias que pueden asumir dichas funciones en diferen tes contextos, y que, precisamente por su carácter de funciones, no son inherentes a una determinada instancia, unívocamente diferenciable, como estructura aislada.

19 Usamos "oral", entre comillas, porque dejamos abierta la hipótesis a la consideración de los estadios prenatales del psiquismo (Rascovsky, 1960; Chiozza, L., 1998a [1963–1968]), que enriquecen profundamente su sentido.