Una concepción psicoanalítica del cáncer
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Luis Chiozza

El cancer en dos cuentos de Sturgeon 1

 

I Theodore Sturgeon

Entre los escritores de Ciencia Ficción Theodore Sturgeon sobresale como una figura singular. Comencemos por decir que no le gustaba ser clasificado dentro de ese "género" literario. En un prólogo escrito en 1970 para un volumen (Sturgeon, 1976 [1967]) que reúne una serie de cuentos escritos luego de varios años de "silencio", afirma que los mejores autores de ese género escriben ciencia FICCIÓN y no CIENCIA ficción, ya que no se pueden escribir obras de ficción que traten sobre ideas, sólo se puede hacer ficción sobre personas.

Creo que, en rigor de verdad, existen dos tipos de escritores, que convocan, a su vez, dos tipos de lectores. Hay quienes escriben acerca de cosas que les interesan de un modo indirecto, puesto que sus escritos son medios para alcanzar un fin ulterior que puede ser muy loable, como puede serlo, por ejemplo, el aprender y el capacitarse para algún tipo de tarea. Pero hay otros escritores y lectores que son, como lo dice Ortega (1932) "menesterosos" del conocimiento, que buscan con ahínco en cada frase una orientación para sus vidas.

Entre estos últimos también los hay de dos tipos: unos auténticamente empeñados en demostrar algo falso impulsados por la tendencia a negar una realidad que les duele. Llevados por los avatares de sus necesidades mo mentáneas, recorrerán una línea oscilante desde una conclusión a su contraria, sin orden ni concierto. Otros, entregados al esfuerzo incansable de encontrar para sus vidas una orientación coherente, procuran pensar acerca de cómo viven y tienden a vivir de acuerdo con lo que piensan. Es claro que estos dos tipos son esquemas "puros" que se combinan en los hombres concretos en distinta proporción. Pero no cabe duda de que algunos escritores nos conmueven por su capacidad de perseguir una "verdad" que nos resistimos a pensar.

Sturgeon es una claro ejemplo de esta clase, pero lo caracteriza algo más. No se trata de un hombre que busca la sabiduría que se le ha vuelto imprescindible para seguir viviendo, aislado en una sórdida torre de marfil, en soliloquio con sus ideales. El contacto comunicativo con la vida que lo rodea, su intensa bio-filia, emana de su persona como una urgencia amorosa de convivir compartiendo las más profundas emociones. Citemos sus propias palabras (De Mucci, 1989, págs. 18-19): "Estoy convencido que el secreto de un escritor... consiste en la facultad de escribir un relato como si se tratara de una carta dirigida a una persona bien determinada".

Sus escritos nos llevan a parajes inusitados que se encuentran detrás de las puertas frente a las cuales todos los días pasamos, y que nunca abrimos.

En 1977, en ocasión de realizar la "Jornada sobre el Enfermo Canceroso" que mencionamos en el prólogo, Alejandro Fonzi por un lado, y Enrique Obstfeld y Silvia Furer por otro, presentaron los dos trabajos sobre cue ntos de Sturgeon que reproducimos aquí. Como ellos mismos lo afirman, la coincidencia entre los acontecimientos allí narrados y nuestra interpretación psicoanalítica del cáncer, es impresionante. En el segundo cuento de Sturgeon no sólo se establece una relación entre la consumación del incesto y la desaparición del cáncer (que, como subrayan los autores, adolece de la simplificación propia de una captación intuitiva) sino que la comunicación entre los seres "normales", y los habitantes del planeta incestuoso, se realiza por intermedio de otro país, cuyo nombre es Leteo. Una clara alusión al "río del olvido" representante del fenómeno denominado "letargo" que, a partir de Cesio, ocupa un importante lugar en nuestras elaboraciones teóricas.

El trabajo "Un contenido latente del horror al incesto y su relación con el cáncer", escrito y presentado a la discusión en 1966, fue publicado por primera vez en 1970 (Chiozza y colab., 1970c). El segundo cuento de Sturgeon, que se refiere en el título al incesto fraterno (!), el más "narcisista" de los incestos, fue publicado en 1967, veinte años más tarde de haber sido escrito. Veamos, en sus propias palabras (Sturgeon, 1976 [1967], pág. 153), porqué: "Al seleccionar algún área más o menos inexplorada en la cual pudiera ejercitar esta técnica de un-paso-más-allá me encontré con ésta. Fue aproximadamente veinte años atrás, pero tuve que esperar hasta ahora antes de hallar acogida favorable para algo tan turb ador como este tema. Les quedo, por supuesto, muy agradecido. Espero que la historia, ficticia como es, genere, sin embargo, algunas discusiones fructíferas."

En el apartado siguiente reproducimos las palabras introductorias que pronuncié al comienzo de nuestra Jornada de 1977, ya que nos parece que coinciden con el espíritu con el cual Sturgeon aborda la existencia del cáncer.

II El encuentro del hombre con el cáncer

A medida que transcurre la vida, el encuentro del hombre con el cáncer se hace de una manera cada vez más personal. Es decir que adquiere progresivamente una mayor intimidad, o también que compromete y envuelve un mayor número de afectos.

El cáncer, sea como tumor perceptible o como fantasía inconciente, posee una fuerza arrolladora, pero si lo observamos "desde lejos" o "desde afuera", a cubierto de esa fuerza, nada podemos comprender frente al enfermo canceroso, quien muchas veces resulta al mismo tiempo espectador y víctima de una carnicería cuya contemplación resulta casi insoportable.

La observación habitual, lejana y borrosa, impregnada de un pánico inconciente que nos invita a distraernos con otros panoramas (compuestos por células mitóticas y fenómenos virósicos, genéticos, o inmunitarios) arroja un resultado que podrá "ser cierto" o "ser útil'', pero que desde el punto de vista de una vida humana (la cual, mientras existe, no puede dejar de ser vivida) constituye "letra muerta".

Es cierto que el enfermo se hace cómplice (muchas veces con gusto y otras con disgusto) de esa historia muerta, y lo hace porque conserva la ilusión de que su cáncer puede existir, o dejar de existir, sin ser vivido. Sin embargo al mismo tiempo se siente profundamente desamparado por esto, y experimenta al médico, en cuanto a su función de psicoterapeuta, como a un ser muy débil, ridículamente impotente, con el cual se puede convivir siempre que se evite hablar de lo único importante y siempre que, además, se tenga la delicadeza de impedir que este interlocutor médico se entere de su propio miedo y de su propia huida (en los cuales recae permanentemente cada vez que se acerca al enfermo canceroso).

No se trata de conversar con el enfermo, de un modo que se llama "francamente", acerca de tumores, diagnósticos o pronósticos cuya traducción al lenguaje de la vida queda sin ser realizada. Se trata, muy por el contrario, de permitir y soportar que la presencia concreta de su muerte reactive la presencia de la nuestra, no tanto más lejana.

De modo que lo único realmente vivo que podemos decir acerca del enfermo canceroso, es una historia del encuentro, personal y auténtico, del hombre con el cáncer. En el enfermo canceroso este encuentro, inevitable, ocurre de mil maneras diferentes, pero éste es el último escalón de un desarrollo que, aunque no siempre alcanza un desenlace semejante, acontece en todas y cada una de las vidas.

Es necesario deshacer algunas ilusiones. Una de cada cuatro (o cinco) personas muere como consecuencia de un cáncer. ¿Quién será, por lo tanto, aquel a quien le toque en suerte? ¿Un padre, un hijo, un hermano, un amigo? ¿El cónyuge que comparte nuestra vida? ¿O crecerá en nosotros mismos, un mal día, a partir del más inocente de los huesos?

Es cierto también que ni siquiera sabemos con cuáles otros compartimos el sorteo. Tal vez el ser querido que ha enfermado a nuestro lado pertenece a otra ruleta y su muerte no nos libera. ¿Cuándo ha de ocurrir este sorteo? ¿Es que ya se ha realizado? ¿O se realiza aquí mientras hablamos? En una vida en la cual "veinte años son nada", más tarde o más temprano la escena nos alcanza más allá de toda huida. Se trata de un singular heroísmo que ocurre sencillamente por el simple acto de vivir.

Lo que llamamos la historia de un encuentro personal y verdadero es la historia de un suceso que compromete una pasión. Como ocurre con las guerras, sean entre países, razas, partidos, bandas o familias, se configura como producto de este encuentro un enemigo que nos impregna de temor y rencor, pero también (jamás lo hubiéramos imaginado tratándose de una enfermedad) nos llena de oprobio, humillación y vergüenza.

A partir de este enfrentamiento brutal sólo es posible luchar o someterse. Sin embargo, como médicos que somos y habiendo llegado a esa etapa de la vida en que se tiene la ventaja de haber visto la cara al enemigo, hay dos lujos que no nos podemos permitir. No podemos dar la espalda a este enemigo, ignorando su fuerza y nuestro miedo. Tampoco podemos pretender que nuestro enojo apasionado sea capaz de sustituir a nuestro esfuerzo de estrategos.

Como producto de una lucha encarnizada, radioterapeutas y cirujanos arrancan todos los días su sustento a millones de células cancerosas. Pero esta población cancerosa, forzoso es reconocerlo, tampoco ceja en la batalla por la cual cobra siempre nuevas víctimas entre los médicos y sus pacientes.

El encuentro del hombre con el cáncer ha tenido hasta hoy la característica del encuentro entre dos poblaciones extrañas y hostiles que se disputan cruelmente los mismos bienes para distintos fines. Dos poblaciones entre las cuales toda comunicación fue siempre inconcebible. Pero ¿qué cosa mejor puede hacer un estratego que comprender a su enemigo? ¿Es que el hombre no puede acaso llegar a saber lo que el cáncer piensa y se propone, convirtiendo su encuentro con él en un diálogo inteligible?

Esta manera de decirlo (que alude al camino que va desde la descripción de una patoneurosis hasta el análisis de una contratransferencia) intenta ser algo más que una metáfora. Sólo podremos enunciar ahora la temática a que este desarrollo da lugar. El psicoanálisis ha demostrado que sólo se teme lo que se desea. Es imposible temer lo inconcebible, y toda concepción no es otra cosa que un derivado de un deseo. El temor al cáncer es, por lo tanto, el temor a una tentación. Tentación por la realización de un deseo conflictivo que permanece reprimido.

Hace ya algunos años (Chiozza, L., 1970i [1967-1969]) 2 sostuvimos que se trata de un deseo de crecimiento ilimitado y narcisista que queda repr esentado en la fantasía como el producto de un coito hermafrodita. Tanto ese deseo como su representación suelen quedar encubiertos por un deseo incestuoso, consanguíneo, que le sirve de satisfacción transaccional. El horror al incesto, por lo tanto, oculta el temor al producto monstruoso de aquel crecimiento ilimitado.

Nuestro interés por lo inconciente nos ha hecho olvidar que el verdadero enigma es la conciencia. Fuera de la conciencia no sólo existe la materia, sino que, además, pululan las ideas. Las funciones y los órganos son ideas inconcientes. Precisamente funcionan cumpliendo una finalidad implícita en su estructura. Como dice Ortega (1946), no sólo la función hace al órgano, sino que, además, lo explica.

Se puede decir que las ideas inconcientes una vez fueron concientes (en esta o en anteriores existencias) y también que la conciencia es un particular estado que lo inconciente alcanza. De uno u otro modo debemos suponer que existen diferentes clases de conciencia y que, además, la concie ncia limita un territorio que llamamos "yo". "Yo" es el título que damos "desde adentro" a lo que "desde afuera" denominamos "individuo". ¿Pero qué es un individuo sino algo que no se puede dividir sin dejar de ser el mismo? ¿No es acaso una ameba un individuo? ¿No lo es una nación?

Como producto de las dos consideraciones anteriores podemos concluir en que el cáncer representa la realización de una idea inconciente que habita permanentemente, como deseo insatisfecho, en cada uno de nosotros; y que esta idea se rige por la noción de pertenencia a un individuo que no coincide con aquel que, desde nuestra conciencia, llamamos "yo". Tal idea se realiza porque ha evadido el "control de población" celular ordenador que nace de las conveniencias del individuo humano.

Si tenemos en cuenta que el planeta Tierra, como ecosistema (Bateson, 1972), constituye una unidad individual estructurada en sutiles equilibrios que se encuentran muy lejos de la conciencia humana, no deja de ser significativo el hecho de que el hombre, capaz de sostener empeñosa mente propósitos egoístas y lineales que amenazan el equilibrio del conjunto Tierra, albergue dentro de sí una criatura que denominamos "cáncer", para tratar con la cual no basta con la lógica y el odio, hace falta el amor.

III "Cuando se quiere, cuando se ama" de Sturgeon (con Alejandro S. N. Fonzi)

Esta coincidencia entre mis investigaciones y la creación poética ha sido utilizada por mí como demostración de la exactitud de mi análisis onírico, dice Freud (1900a [1899]), y sólo con esta frase sintetiza una posición, que no abandonó nunca, respecto del grado de verdad que contiene toda manifestación artística. Tales manifestaciones pueden ser utilizadas , por lo tanto, como un medio para la investigación del inconciente.

Al leer el cuento "Cuando se quiere, cuando se ama", de Sturgeon (1976a1), me impactó la inequívoca correspondencia que existe entre esta creación literaria, pura fantasía, y las ideas desarrolladas por Chiozza (1970i [1967-1969]) 3. Me propongo exponer, aunque parcialmente, la re lación entre las ideas poéticas de Sturgeon y las científicas de Chiozza. Creo que el número de puntos de coincidencia, por sí solo, excluirá toda posibilidad de azar, evidenciando que, en este caso, tanto el arte como la ciencia se nutren de la misma fuente inconciente. Cuento e investigación científica se complementan, enriqueciéndose mutuamente.

Debo, a mi pesar, sintetizar brevísimamente el cuento, a expensas de borrar la mayor parte de su valor literario. Antes de ello haré una descripción del coriocarcinoma, tal como lo concibe Sturgeon, ya que sin tal explicación el relato resultaría incomprensible. Este cáncer se origina en las células sexuales totipotenciales que se reproducen indiscriminadamente dando origen a "embriones" más o menos monstruosos. Estos se vehiculizan por vía sanguínea y tienden a implantarse por doquier (como una especie de embarazo ectópico). Los más logrados llegan al pulmón, donde van ocupando cada vez más territorio para sus fines, sustrayéndolo al necesario para el intercambio gaseoso (los enfermos mueren ahogados). Si bien la reproducción es anómala, como el número de células afectadas es enorme, puede pensarse, por ley de probabilidades, que algunos de estos falsos embriones son parecidos a uno normal. Por supuesto tendería a reproducir un ser idéntico al huésped, ya que poseen el mismo código genético. El coriocarcinoma es un embrioma, un teratoma maligno capaz de reproducir esbozos de órganos y tejidos embrionarios o adultos.

Y ahora el argumento. Guy es un muchacho sin historia, "invasor de propiedades ajenas". En una propiedad de ensueño se encuentra con Sylva Wyke, quien lo salva de morir ahogado. Ésta es la única heredera de una fabulosa potencia económica, totalmente ignorada por el mundo, ya que cuatro generaciones de su familia se rigen por el décimo mandamiento (enmendado por el fundador de la dinastía): "no codiciarás los bienes ajenos... ni serás causa de codicia". Se enamoran, se casan y en seis semanas se declara el coriocarcinoma de Guy, que lo matará en otras seis. Sylva "no le permitirá morir" y haciendo acopio de todo su poder, logrará llevar adelante la gestación de miles de esos "embriones" con la esperanza de recuperar un Guy idéntico al suyo. También reconstruye toda la historia de Guy. Prepara una "biografía escrita en forma de guión, hora tras hora", para que ese nuevo ser viva las mismas experiencias de su amado, para no duplicar "sólo, la corteza exterior". Cuando quedan cuatro fetos de ocho meses y medio, ella se hace hibernar para despertar veinte años después. Sólo un feto llega a término...

Aquí termina la historia "del muchacho que fue su propia madre". La verosimilitud no está dada en el argumento, sino en la forma en que maneja Sturgeon su relato. Incluso al describir el encuentro entre Guy y Sylva, lo hace con tal maestría que no se sabe si se trata de un primer encuentro o del enésimo, ya cumplida la parábola, y siendo el nuevo Guy idéntíco al anterior... incluso en el cáncer.

La extensión de esta presentación no me permite un análisis exhaustivo del cuento. Me apoyaré en el conocido método que toma al relato como el contenido manifiesto de un sueño, cuyo contenido latente se refiere sólo a un personaje desdoblado en todos los que aparecen en el sueño y que gira en torno de una situación, si bien a través de diferentes escenas.

Trataré de ir relacionando algunos de los conceptos teóricos que encuentro en Chiozza, con algunas de las representaciones del cuento. 1) Excitación insatisfecha que emprende una regresión narcisista (Eros desexualizado) que, tanatizada, tiende a descargarse en el yo, en el propio organismo [Guy penetra en el castillo de los Wyke, amurallado, secreto, cerrado en sí mismo, paradisíaco. Allí casi muere en el lago]. 2) Una defensa contra esa descarga puede ser una relación narcisista, introvertida, ideal, incestuosa [Sylva, irreal, ideal, lo salva (la formación de un ideal es ya una salida del narcisismo)]. 3) Esta unión ideal contiene una fantasía de coito prohibido que fructifica en un embarazo deseado-temido cargado de aspectos ideales [Romance perfecto con Sylva (él mismo, su propio ideal)]. 4) Esta escena primaria puede reintroyectarse melancólicamente por envidia y experimentarse como ser el dueño de una "riqueza que abruma", que corresponde, económicamente, a la excitación narcisista y, dinámico-estructuralmente, a la fantasía de ingestión y embarazo [Guy, a través de un tutor, se entera de todo lo referente a Sylva y a los Wyke. ¿La envidia? ¿Siente "codicia" (el peor de los pecados de los Wyke)? Es en ese momento que se declara su cáncer]. 5) El fracaso de la relación narcisista-incestuosa como defensa, deja expuesto a un narcisismo extremo que ya toma al propio cuerpo como objeto y cuya representación contiene una cópula hermafrodita proliferativa que queda adscripta a fantasías de embarazo maligno o desarrollo tumoral, de teratoma siniestro o cáncer devorador. [El cáncer de Guy es un coriocarcinoma. El coriocarcinoma es a la vez embarazo maligno y desarrollo tumoral, teratoma siniestro y cáncer devorador. Pienso que no existe cáncer que responda mejor a este grupo de representaciones ya que re sponde a todas ellas].

Todavía me queda un último planteo que dejo como interrogante. A través del intento omnipotente de Sylva de recrear a Guy ¿podríamos pensar que el cumplimiento de deseos de este cuento-sueño-enfermedad es el logro de un ideal de narcisismo extremo que no sólo sería la autosuficiencia perfecta, sino la autorreproducción? ¿Podríamos pensar que este cáncer y todos los cánceres son intentos fallidos de transformarnos en "madres de nosotros mismos"?

 

IV Nuevamente Sturgeon (con Enrique Obstfeld y Silvia Furer)

La obra de T. Sturgeon "Si todos los hombres fueran hermanos, ¿permitirías que alguno se casara con tu hermana?", aborda una de las problemáticas básicas del hombre: el horror al incesto. En el clima oniroide de la ciencia-ficción el autor penetra en la comprensión de las más profundas fantasías inconcientes.

Nos describe un planeta maravilloso, Vexvelt, donde el aire es embriagador, claro, limpio, con un espléndido panorama que posee todo lo que un libro de paisajes debe tener; la ropa de sus habitantes responde sólo a dos convenciones: comodidad y belleza. A primera vista parece un planeta pastoril; sin embargo, sus abundantes recursos naturales son explotados al máximo. "Es la cueva del tesoro, trabajada y organizada, planeada y concebida como en ningún otro planeta del universo conocido". Su gente es física y mentalmente sana, sin segundas intenciones, nunca sufrió una guerra, ni modificó el plan cultural originario, vive con alegría.

El relato no nos hubiera despertado mayor interés que el producido habitualmente por un buen argumento de ciencia–ficción. Pero la historia nos atrapa, en un vuelco inesperado, al saber que una de las características de Vexvelt es la práctica habitual, aceptada socialmente, de las rel aciones sexuales consanguíneas. El conocimiento de este hecho generaba en el resto de los planetas una actitud de intenso rechazo. Situación que conducía a la abolición de todo intercambio comercial, pese a que los productos vexveltianos eran de excelente calidad y bajísimo costo. Edificaban a su alrededor un muro de silencio. Fingían ignorar su existencia.

Quedaba así impedido el acercamiento al mundo vexveltiano, a pesar de los numerosos beneficios que ofrecía, uno de los cuales era un método que impedía todo tipo de cáncer. Esta enfermedad no existía entre ellos. En un diálogo entre Charlie Bux –e1 héroe de nuestro cuento– y el Director de Archivos de Terratu, el planeta natal de ambos, éste último pregunta:

-¿Sabe usted cuál es ese tratamiento?

-No, yo no, pero a ningún equipo clínico le llevaría más de una semana averiguarlo.

-Los cánceres incurables no son materia de análisis clínicos. Son considerados enfermedades psicosomáticas.

-Lo sé. Eso es exactamente lo que el equipo clínico descubriría

Hubo un largo y tenso silencio.

-Usted no ha sido totalmente franco conmigo, muchacho.

-Es verdad, señor.

Otra larga pausa.

-De lo dicho por usted se deduce que están libres de cáncer a causa del tipo de cultura que han organizado (Sturgeon, 1976b, págs. 128–129).

Sturgeon expone y rebate, en esta obra, las "creencias" y razones sociales que sustentan el horror al incesto (temor por la descendencia, celos, parricidio, etcétera).

La sociedad vexveItiana era un lugar de amor, procreación, productividad, paz y alegría. Es decir, ofrecía "todo". Sin embargo, debía ser rechazada porque permitía y aceptaba las relaciones incestuosas. Y aun sabiendo que los vexveltianos poseían el remedio para el cáncer, los seres de otros planetas preferían morir o ser devorados vivos por el cáncer antes que vivir con "tal cordura". A consideraciones como estas, expresadas por el Director de Archivos, responde Charlie:

-Quizás otros estén en desacuerdo con usted.

-¡Nadie podría estarlo! ¿Hizo la prueba? ¡Hágala! ¡Lo despedazarían! Eso es lo que le hicieron a Allman. ¡Eso es lo que le sucedió a Balrou! Nosotros mismos matamos a Trosan... ¡Salga! ¡Salga! ¡Salga!

Sturgeon no ha elegido para esta sociedad que tan poéticamente describe, ningún otro padecimiento que pueda ser erradicado, sino precisamente el cáncer, que, como lo ha demostrado Chiozza (1970i [1967-1969]) 4, queda específicamente ligado a las fantasías incestuosas.

El artista intuye la existencia del vínculo estrecho que existe entre cáncer e incesto, cuando insinúa que el incesto es una terapéutica para el cáncer. Es importante señalar sin embargo que, del mismo modo que Sturgeon "simplifica" el problema, al mencionar que el incesto puede evitar el cáncer, omite también la comunidad existente entre la cultura y la inhibición del incesto, señalado por numerosos autores.

En las conclusiones del cuento el autor confiesa que debió esperar veinte años para publicarlo, por tratarse de un tema sumamente perturbador. Frente al rechazo de esta temática, sostiene que hay que "abandonar el área de la convicción emotiva y aventurarse en el plano de la investigación científica". Agrega que "el único daño que puede sobrevenir no procede de la respuesta sexual en sí misma, sino del complejo de culpa y de la actitud punitiva del medio ambiente social...".

Esta opinión revela su profundo conocimiento del mundo fantástico del hombre, aunque creemos que el sentimiento de horror al incesto va más allá del temor a la acción punitiva social. De acuerdo con las ideas de Chiozza (1970i [1967-1969]) 5, este rechazo proviene del temor a la propia destrucción, frente a un estado de excitación que el yo es incapaz de tolerar. Se trata de una excitación que adquiere, en la fantasía inconciente, la representación de una cópula hermafrodita endogámica, proliferativa, capaz de dar vida a un teratoma siniestro o un cáncer invasor.

Refiriéndose a la capacidad de tolerar esta excitación fascinante y tanática (de la cual el incesto es sólo una representación), Sturgeon pone en boca de Vorhidin, un vexveltiano, las siguientes palabras: "Lo que quiere decir es que capacidad es capacidad, ya sea para el contenido de una taza, para un caballo de fuerza o para la altura límite de un avión. Hombre o máquina no los dañarás si te mantienes dentro de los parámetros para los que fueron diseñados".

Pensamos, apoyándonos otra vez en las ideas de Chiozza (1970a), que esa excitación que los vexveltianos pueden asimilar y con–formar (es decir, darle forma a través de sus creaciones), se torna temible, invasora y tanática para quienes no poseen aquella capacidad. Y es esa la razón que, a nuestro entender, sustenta el rechazo a Vexvelt por parte de los otros planetas. El único planeta que comerciaba con Vexvelt era Leteo, cuyo nombre queda para nosotros asociado con el letargo.

F. Cesio, que ha realizado una teoría psicoanalítica acerca del letargo, analiza la etimología de la palabra "letargo", derivada de lethe (olvido) y argos (inactivo), y sostiene que el término alude a los significados de olvidadizo y perezoso (Cesio, 1960).

La zona de fractura del aparato psíquico producida por el contacto del ideal con el yo, constituyó el letargo primario (Chiozza, L., 1970a), que se manifiesta, durante el dormir, en el soñar. Sobre este núcleo se instala, de acuerdo con la tesis de Chiozza, el letargo al cual Cesio se refiere y que correspondería a la zona de contacto entre el yo ideal y el resto del yo coherente.

Así como Leteo era el planeta intermediario entre Vexvelt y el resto del universo, también los sueños (letargo primario) son la "vía regia" del acceso conciente al inconciente. El contenido latente de los sueños son los deseos inconcientes, de los cuales no debemos enterarnos. Son deseos que sólo acceden a nuestra conciencia disfrazados por la elaboración secundaria.

Algo semejante, en el cuento, ocurre con los productos vexveltianos que, disfrazados por los fraccionadores de Leteo, eran usados por el resto del universo, sin enterarse de su lugar de origen. Del mismo modo que los sueños, a través de la elaboración secundaria, son el disfraz de nuestras ideas inconcientes y son, al mismo tiempo, una especie de delirio que convive con nuestra normalidad cotidiana, Leteo, "... lugar donde se desarrollaban todas las perversiones...", convivía con el resto de los planetas del universo, como un puente entre ellos y Vexvelt.

La fascinación que ejercen los contenidos narcisistas inconcientes vinculados al cáncer, queda expresada por Sturgeon en el siguiente párrafo que sigue al relato del mito de Platón acerca de los primitivos andróginos posteriormente divididos: "Cada uno de los seres de los sexos opuestos puede hacer algo, pero habitualmente eso de alguna manera resulta incompleto... Pero cuando una parte encuentra su otra mitad, ningún poder de la Tierra puede mantenerlas separadas, ni apartarlas una vez que se han unido. Eso sucedió aquella noche, en algún momento de un sueño tan profundo que ninguno de los dos pudo recordarlo jamás… Ese fue el comienzo de algo eterno" (Sturgeon, 1976b, pág. 136).

El aspecto oral-digestivo "persecutorio" vinculado a estas fantasías aparece también claramente descrito en la escena en la que Charlie ve que Tyng, su amada, no sólo le ofrecía a él su suave "canción", sino que aquella "canción" era brindada también a Vorhidin, su propio padre. Es entonces cuando, presa del dolor y los celos, siente en su hombro la mano de Vorhidin y "... el resultado fue sorprendente. Charlie Bux no movió nada visible, excepto los tendones de la mandíbula y la garganta, y al contacto con la mano del vexveltiano, vomitó. Fue lo que clínicamente se denomina un «Vómito proyectante»".

Charlie terminó su informe sobre Vexvelt y expresó que su deseo, más que el de ser un vexveltiano, era que ellos lo necesitaran (el deseo de ser necesitado por un objeto ideal, al cual se busca satisfacer, parece conllevar el peligro de exponerse a una excitación intolerable). Los vexveltianos le responden a Charlie:

-Nosotros te amamos... pero… ¿Necesitarte?... Charlie, si hubieras nacido aquí, no importaría tanto para ti. Pero si te juegas a todo o nada por nosotros, ése será un compromiso total. Al tomar esa decisión, debes hacerte a la idea de que quedarás completamente excluido de todo lo que has conocido siempre (Sturgeon, 1976b, pág. 151).

Charlie, luego de fracasar en su intento de levantar la represión en Terratu, para que el mundo vexveltiano pudiera enriquecer con su sabiduría al resto de los planetas, se encamina al lugar secreto donde estaba posado el navío vexveltiano que lo había traído, y dice: "Llévenme a casa".

Charlie logra así evitar "su" cáncer, mutando su identidad, al comprender y aceptar ese mundo presente en cada uno de nosotros, que contiene la fantasía inconciente del coito endogámico hermafrodita.

Sturgeon expresa acerca de este cuento la esperanza de que una historia como ésta, ficticia, genere discusiones fructíferas. Pensamos que, más allá de la discusión fructífera, el poder comprobar en una obra literaria la emergencia de fantasías que fueron descriptas, desde el ángulo constituido por la teoría psicoanalítica, en el trabajo de Chiozza sobre el contenido latente del horror al incesto y su vinculación con el cáncer, fortalece nuestra convicción acerca de esta idea.

Notas

1 Los dos trabajos que forman este capítulo fueron presentados en la "Jornada sobre El enfermo canceroso", realizada en el CIMP (Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática) en 1977, y publicados por primera vez en Ideas para una concepción Psicoanalítica del cáncer (Chiozza y colab., 1978a).

2 Capítulo VI de este volumen.

3 Capítulo VI de este volumen.

4 Capítulo VI de este volumen.

5 Capítulo VI de este volumen.

 

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