Dr. Luis Chiozza
CAP I
EL PSICOANÁLISIS Y LA MEDICINA (2)
Freud inauguró el Segundo Congreso Psicoanalítico Privado, que se realizó en Nuremberg en 1910, con un discurso que se publicó luego con el nombre de "El porvenir de la terapia psicoanalítica" (Freud, 1910d). Han pasado ya, desde entonces, más de sesenta años, y las palabras de Freud, proféticas, han vuelto a ser actuales en un sentido nuevo que me propongo retomar aquí. Es imprescindible sin embargo que realice previamente un pequeño rodeo, necesario a los fines de situar la medicina psicosomática en su relación con el psicoanálisis.
El psicoanálisis nació como un procedimiento terapéutico durante el ejercicio de una actividad médica, el tratamiento de la histeria. Es un hecho indudable que la patología, como ciencia que nos proporciona un conocimiento teóricamente sistematizado de la enfermedad, sólo pudo ser psicosomática a partir de entonces, y que esta última patología nació por lo tanto junto con el psicoanálisis y su posibilidad de interpretar los síntomas histéricos.
Hoy, ochenta años después, apenas resulta posible comprender la profunda subversión del pensamiento médico que significó en su época. No tanto porque se descubriera en ese acto el fenómeno de la conversión, la existencia de lo inconciente o la índole sexual de los conflictos, conceptos éstos que habrían de revolucionar la medicina, sino porque el descubrimiento de tales fenómenos pudo realizarse gracias a una actitud de Freud, quien, con la audacia que caracteriza al genio, se atrevió a leer en las transformaciones del cuerpo físico los signos de un lenguaje arcano, deformado y críptico, similar al de los sueños.
Resulta desde este punto de vista comprensible que el psicoanálisis, como disciplina científica y como método de investigación, fuera abarcando progresivamente un ámbito que trasciende ampliamente los límites de la medicina para involucrar en su campo de estudio objetos de otras esferas del saber, tales como la sociología, la religión, la lingüística o la antropología. Ser psicoanalista no se limita hoy al ser médico. Teniendo en cuenta además que, la medicina general como ciencia y como arte de curar o aliviar la enfermedad, trasciende también los límites del psicoanálisis (ya que posee otras formas y procedimientos, algunos de ellos sancionados por los siglos, que no son los del psicoanálisis), parece razonable denominar medicina psicoanalítica al conjunto de procedimientos médicos realizados mediante la técnica psicoanalítica.
La expresión "medicina psicosomática", en cambio, ha sido utilizada por lo menos en tres sentidos diferentes. Para designar una especialidad que comprende, selectivamente, el estudio y el tratamiento de las enfermedades psicosomáticas. Para subrayar la capacidad de la medicina psicoanalítica para producir efectos terapéuticos tanto psíquicos como somáticos, y, sobre todo, su posibilidad de brindarnos elementos teóricos básicos para comprender esas transformaciones. Para designar, por fin, una orientación de la medicina general que pretende incluir en cada juicio clínico, y en cada acto médico, los elementos que puede aportar el psicoanálisis con respecto a lo que sucede en el enfermo y en las distintas vicisitudes de sus relaciones con el médico, la familia y la sociedad.
Lejos de discutir en este momento acerca de si existen enfermedades que no sean psicosomáticas, o si la expresión "medicina psicosomática" debe limitar su sentido al de la terapéutica psicoanalítica, permítaseme subrayar dos hechos que no debemos pasar por alto.
El primero fue señalado por Freud cuando, en 1905, ante el Colegio de Médicos de Viena, pronunció las siguientes palabras: "...nosotros, los médicos, no podemos prescindir de la psicoterapia por la sencilla razón de que la otra parte interesada en el proceso curativo, o sea, el enfermo, no tiene la menor intención de renunciar a ella... Sin que el médico se lo proponga, a todo tratamiento por él iniciado se agrega en el acto, favoreciéndolo casi siempre pero también -a veces- contrariándolo, un factor dependiente de la disposición psíquica del enfermo... ¿No será entonces una aspiración justificada del médico la de apoderarse de ese factor, servirse de él intencionadamente, guiarlo e intensificarlo? Pues esto y sólo esto es lo que se propone la psicoterapia científica" (Freud, 1905a [1904], t. II, pág. 397).
El segundo de los hechos que deseo subrayar no es menos importante. La medicina no descubre causas únicas y unívocas de las enfermedades; sólo descubre condiciones necesarias pero no suficientes para que la enfermedad adquiera en ese momento considerado la forma y la localización que la caracterizan. El hecho de que sean condiciones necesarias, sin la presencia de las cuales la enfermedad no se produce, nos faculta para fundamentar una terapéutica eficaz. Pero, ya que estas condiciones no son suficientes, el campo de la investigación clínica permanece abierto a la búsqueda de otras condiciones necesarias cuyo conocimiento puede brindarnos el acceso a nuevos enfoques terapéuticos. Dicho en otras palabras: el hallazgo de una causa no nos exime de la tarea de investigar en el terreno de los significados inconcientes, del mismo modo que el hallazgo de un motivo psicológicamente comprensible no nos exime de la investigación de las causas eficientes a través de las cuales el trastorno se realiza como una transformación de la configuración de los órganos y sus funciones. En lugar de ser incompatibles, ambas interpretaciones de la enfermedad pueden ser contempladas como las dos caras de una misma moneda.
¿Cuáles son las conclusiones que podemos extraer de los dos hechos mencionados? La respuesta parece clara. La necesidad de una psicoterapia científica para cada acto médico y la necesidad de un enfoque complementario psicoanalítico formando parte de cada juicio clínico.
Basta contemplar a nuestro alrededor para comprobar qué difícil es realizar este postulado, y es precisamente con respecto a este punto que resulta pertinente recordar a Freud.
En aquel discurso inaugural del congreso de Nuremberg al cual me referí en el comienzo, describe Freud "...los encantos de aquellos tiempos en los que era yo el único representante del psicoanálisis", con palabras que no quiero reproducir aquí a pesar de ser ciertas porque en su ironía amarga contienen todavía un resto de su dolor y de su enojo. Reflexionando acerca del porvenir de la terapia psicoanalítica pensaba Freud que el futuro del psicoanálisis dependía esencialmente de tres factores: el progreso interno de la ciencia psicoanalítica, el incremento de autoridad que deriva de un ejercicio bien logrado y el efecto general de la labor del psicoanálisis sobre la sociedad de la cual forma parte. Sesenta y cinco años han bastado para demostrar que sus palabras han sido proféticas. La práctica del psicoanálisis no constituye hoy, como lo fue antaño, un descrédito para el profesional que la realiza.Y sin embargo es necesario volver a meditar sobre estos hechos.
Los factores que Freud describe, y de los cuales depende la condena y el rechazo que se ejerce sobre el psicoanálisis, se despiertan de nuevo ante cada progreso. Las actividades humanas influidas o transformadas por el psicoanálisis reaccionan sobre el ser psicoanalista con la misma pujanza que éste puso en su acción. Cuando el psicoanálisis hizo públicos sus hallazgos acerca de la vinculación de los deseos inconcientes y la sexualidad, con los actos fallidos, los sueños y los síntomas neuróticos, impuso una nueva tarea creativa a las fuerzas de la represión que, ellas también, trabajan en algunas condiciones al servicio de la vida. Tal como lo había previsto Freud, se inició así un movimiento de transformación en los mecanismos de la enfermedad que, desde entonces, se dirigieron paulatinamente hacia la construcción de su baluarte en otros reductos. La aceptación social del psicoanálisis implica, no podía ser de otro modo, una transacción que contiene la adaptación a la creciente necesidad de producir nuevas formas de la enfermedad. La investigación psicoanalítica de las enfermedades somáticas, al descubrirnos el drama íntimo que se oculta púdicamente en cada trastorno, se trate de un resfrío, una angina tonsilar o un infarto cardíaco, desnuda otra vez públicamente nuestra vida privada, nos despoja de los recursos de la adaptación en sus nuevos reductos e impone un muevo esfuerzo creativo a nuestra represión.
Decíamos que ya no constituye un descrédito ser psicoanalista; pero es forzoso que tomemos ahora conciencia de cuánto en esta tolerancia o en este respeto depende de que limitemos nuestra actividad a la atención de un número limitado de pacientes en la intimidad de nuestros consultorios. ¿Qué sucede en cambio cuando queremos abandonar los márgenes estrechos que encierran nuestra labor en el tratamiento de unas pocas enfermedades y recomendamos como imprescindible la participación del psicoanálisis en la oportunidad concreta de cada juicio clínico y de cada acto médico? Es impresionante comprobar entonces cómo las antiguas fuerzas cobran nueva vida. Cómo la descripción que Freud realizara en 1910 vuelve a ser actual y de qué manera el enfermo, la familia y el colega vuelven a recorrer aquel camino que presenciara Freud.
Quienes formamos parte del conjunto de personas que experimentan al psicoanálisis como un movimiento vivo, que nos recuerda aquellas palabras de Nietzsche cuando afirma que el filósofo compromete su vida en cada pregunta y la arriesga en cada respuesta, debemos también tener presente lo que sostuvo Freud: "Por muy poderosos que sean los afectos y los intereses de los hombres, lo intelectual también es un poder. No precisamente de aquellos que se imponen desde un principio, pero sí de los que acaban por vencer a la larga. Las verdades más espinosas acaban por ser escuchadas y reconocidas una vez que los intereses heridos y los afectos por ellos despertados han desahogado su violencia. Siempre ha pasado así, y las verdades indeseables que nosotros los psicoanalíticos tenemos que decir al mundo correrán la misma suerte. Pero hemos de saber esperar".
Notas
(2) Estas palabras fueron pronunciadas en la inauguración del Encuentro ArgentinoBrasileño sobre el tema "Contribuciones Psicoanalíticas a la Medicina Psicosomática", presidido por el autor y realizado en Buenos Aires, mayo 1975. Han sido omitidos solamente algunos párrafos alusivos a la ocasión concreta del Encuentro
(3) Han transcurrido ya otros veintitrés años desde el momento en que escribí estas palabras, y por circunstancias distintas, el psicoanalista ha ingresado en otro género de desprestigio. Véase al respecto el artículo "Recuerdo, repetición y elaboración, en la crisis actual del psicoanálisis" (Chiozza, 1995s [1994]).