Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP X

EL CARÁCTER Y LA ENFERMEDAD SOMÁTICA

Acerca de una relación específica entre ciertos rasgos de carácter y determinadas enfermedades somáticas.

L. Chiozza, E. Dayen

 

Sería preciso considerar, en general, si otros complejos de carácter no permitirán discernir su pertenencia a las excitaciones de determinadas zonas erógenas. En ese sentido hasta ahora sólo he tenido noticia sobre la desmedida, "ardiente", ambición de los otrora enuréticos.

Sigmund Freud

 

Si cuando hablamos de un carácter anal, por ejemplo, pensamos en la existencia de rasgos de carácter que se constituyen mediante la integración en el yo de fines específicos del instinto sexual dependientes de determinadas fuentes orgánicas, podemos en teoría admitir la existencia de perfiles de personalidad que, si no específicos, sean por lo menos afines a ciertos trastornos orgánicos. Tal afirmación no implica sin embargo hacerse solidario con un enfoque de la investigación psicosomática que busca una correlación específica entre determinadas enfermedades clasificadas con un criterio nosológico proveniente de la patología médica tradicional y determinados conflictos o perfiles de personalidad que, estudiados a la luz de las clásicas fantasías orales, anales o genitales, no alcanzarían a diferenciarse cualitativamente entre sí más que de una manera a todas luces insuficiente para el objeto que se busca. Creo por lo tanto en la existencia de una relación específica entre el trastorno "somático" y las fantasías que, en estas páginas, consideramos como inherentes a la estructura corporal, pero sostengo con énfasis que debe ser buscada en un nivel de profundidad mayor que el que se ha intentado hasta ahora.

Luis Chiozza

 

Introducción

La tarea realizada durante los treinta años transcurridos desde la publicación de nuestras primeras investigaciones (Chiozza, 1963a), nos condujo al hallazgo de fantasías inconcientes específicas de zonas erógenas distintas. En ese lapso se nos hizo también evidente que la enfermedad somática de los órganos era uno de los desenlaces posibles de un trastorno latente que equivalía a una disposición inconciente a enfermar a partir de la función de una zona erógena determinada. Tal disposición se manifestaba, además, a través de rasgos particulares del carácter que existían independientemente del enfermar somático. Compatibles algunas veces con un grado razonable de salud psíquica, llegan a configurar, en otras circunstancias, verdaderas caracteropatías.

También pudimos observar la existencia de vínculos estrechos --similares a los que establecen personas presuntamente normales con algunos enfermos adictos-- entre pacientes somáticamente enfermos y personas con rasgos caracterológicos afines a la particular enfermedad del paciente.

La investigación de las fantasías inconcientes específicas de los distintos trastornos somáticos nos permitió describir, además, distintas cualidades en la disociación melancólica del mundo interno que configura la estructura subyacente de cualquier trastorno psíquico (Chiozza, 1983a). Encontramos de este modo que, junto a la melancolía amarga del hepático, existía la edulcorada del diabético, la nostálgica del cardíaco, o la del enfermo respiratorio, caracterizada por el desaliento, para mencionar sólo algunas (Chiozza, 1997c [1991], 1998c [1993]).

Esas evidencias, obtenidas mientras nuestra investigación se encaminaba hacia un objetivo distinto, fortalecieron nuestra convicción acerca de la existencia de una estrecha relación recíproca entre la enfermedad somática y la estructuración de aquello que llamamos carácter.

En las páginas que siguen expondremos, con la brevedad que la ocasión requiere, algunos conceptos generales con respecto al carácter y las relaciones existentes entre la formación del carácter y el sistema esquelético, reproduciremos luego algunos párrafos que contienen nuestras primeras postulaciones (Chiozza, 1963a) sobre el tema que nos ocupa, y describiremos, a manera de ejemplo, y en apretada síntesis, los rasgos propios del carácter diabético. El lector interesado en una exposición más completa y una fundamentación más cuidadosa podrá remitirse a la bibliografía que citamos.

El carácter

Con la palabra "carácter", que alude a la "señal que se imprime, pinta o esculpe en alguna cosa", designamos también al "conjunto orgánico y dinámico de las características básicas de un individuo que configuran la estructura de su personalidad y determinan su comportamiento y actitudes" (Salvat, 1986).

Freud (1933a [1932]*) afirma que el carácter es atribuible por entero al yo y que se constituye como un conjunto de pre-juicios (Freud, 1950a [1887-1902]*). Lo crea, sobre todo, "... la incorporación de la anterior instancia parental en calidad de superyó, sin duda el fragmento más importante y decisivo; luego, las identificaciones con ambos progenitores de la época posterior, y con otras personas influyentes, al igual que similares identificaciones como precipitados de vínculos de objeto resignados". Agrega, además: "... como un complemento que nunca falta a la formación del carácter, las formaciones reactivas que el yo adquiere primero en sus represiones y, más tarde, con medios más normales, a raíz de los rechazos de mociones pulsionales indeseadas" (Freud, 1933a [1932]*, pág. 84).

Diez años antes (Freud, 1923b) había subrayado que el carácter de una persona adopta los influjos provenientes de la historia de las elecciones eróticas de objeto, o se defiende de ellos, en una medida que depende de su capacidad para resistir.

Para W. Reich (1933) el carácter está determinado por las experiencias infantiles repetidas y resulta, entonces, una expresión de la totalidad del pasado. Durante el tratamiento psicoanalítico: "los rasgos neuróticos de carácter se hacen sentir como un mecanismo de defensa compacto que se opone a nuestros embates terapéuticos". Postula la existencia de un carácter genital, distinto del neurótico, y sostiene que en cada sujeto se encuentra una mezcla de ambos modos caracterológicos.

El carácter es, en opinión de Reich, "La coraza yoica contra los peligros que amenazan desde el mundo exterior y desde los impulsos interiores reprimidos". Agreguemos que la idea de coraza yoica que él plantea induce a imaginar al carácter como una estructura que envuelve al yo, cuando, en realidad, el yo mismo es carácter.

Reich sostiene que el carácter es una alteración crónica del yo, una estructura dura que se desarrolla como resultado del conflicto entre las demandas instintivas y el mundo exterior frustrante. Es una coraza que debe concebirse como algo móvil. "El grado de movilidad caracterológica, --dice-- la capacidad de abrirse a una situación o de cerrarse ante ella, constituye la diferencia entre la estructura de carácter sana y la neurótica".

Finalmente Reich describe los tres procesos por los que se produce lo que denomina el endurecimiento del yo:

1) "Identificación con la realidad frustrante, en especial con la persona principal que representa a esa realidad. Este proceso da a la coraza sus contenidos significativos".

2) "La agresión movilizada contra la persona frustrante, que produjo angustia, se vuelve contra el propio ser. Este proceso inmoviliza la mayor parte de las energías agresivas, las bloquea y las aleja de la expresión motriz, creando así el aspecto inhibitorio del carácter".

3) El yo erige formaciones reactivas contra los impulsos sexuales, y utiliza las energías de esas formaciones para hacer a un lado estos impulsos.

Mientras que las normas de la autoridad externa, impuestas por los padres o la sociedad, y las normas superyoicas (conciencia moral), "interiorizadas", son vividas como ajenas al yo, las normas propias, incorporadas, que constituyen el carácter, son inconcientes en su mayor parte y son egosintónicas.

El carácter es una particular manera de ser que implica un modo de pensar, de sentir y de actuar que es constante y estable. Nos parece más adecuado decir que el carácter es el producto de una modificación del yo que deviene estable, y reservar para las estructuras caracterológicas enfermas, viciosas o arruinadas, el término "crónico", que utiliza Reich.

La formación del carácter y el sistema esquelético

Existe una fantasía inconciente de sostén y protección, vinculada a la dureza, que puede manifestarse a la conciencia, desde un punto de vista "psíquico", como sentimiento de seguridad y, desde un punto de vista "físico", como un aparato óseo normal.

El sentimiento de seguridad ("seguridad" deriva de "se-cura", que significa "se-cuida") surge cuando el cuidado, que en un principio es ejercido por los padres, se constituye como una función del yo, mediante un proceso que lo delega, como estación intermedia, en el superyó.

El cuidado, que se ejerce como sostén y protección, se establece como una ética, un sistema normativo, que se instituye o constituye, en el carácter, como un estatuto estable, en un proceso de educación y aprendizaje.

La educación, de acuerdo con su significado de origen, conduce hacia afuera, desarrolla, los "aspectos no nacidos del yo", sirviéndose del aprendizaje, que toma desde afuera los elementos necesarios. Ambos se facilitan mediante la enseñanza, que muestra, da el ejemplo, indica o señala, y la disciplina que corrige, destruye o modifica como tutoría u ortopedia.

Un sistema normativo sano o adecuado es aquel que, además de prestarse a la reforma, a la remodelación necesaria para erigir un estatuto como producto de los cambios implícitos en la educación o el aprendizaje, es capaz, además, de oponerse a esos cambios mediante un cierto monto de "inercia" o resistencia.

La capacidad de instituir o establecer un estatuto normativo saludable, se compone, entonces, de una adecuada proporción entre las capacidades de erigir y resistir. En términos de Freud: adoptar los influjos provenientes de la historia de las elecciones eróticas de objeto y defenderse de ellos.

Su dureza y su capacidad de remodelarse de acuerdo con las distintas tracciones y presiones que le imponen los cambios de función, son las propiedades más características del hueso. La "idea" que conforma su estructura corresponde al "ingenio" de una sustancia que se mantiene viva, inmersa en un entorno calcificado que posee, como propiedad esencial, una cualidad de la materia inerte: la dureza.

Duro es el cuerpo, sólido, que se resiste a la deformación mediante la solidaridad, (grado de cohesión molecular) de cada una de sus partes constitutivas con la parte que sufre un impacto. (En sentido figurado es quien soporta bien la fatiga, fuerte, robusto y firme frente a las penalidades de la adversidad). Durar es también subsistir, permanecer.

El hueso, en virtud de su dureza, otorga sostén (apoyo, sustento, resistencia y firmeza) y protección (techo, cobertura y amparo). Los huesos largos son los representantes privilegiados de la primera función, y los planos lo son de la segunda.

El tejido óseo, por su capacidad de remodelación, y por su característica dureza, puede arrogarse entonces la representación del establecimiento de un sistema normativo "interno", o del sistema normativo mismo en cualquiera de sus formas: los padres, los maestros y la sociedad, el superyó, o el carácter.

Tres momentos significativos en el desarrollo óseo (intrauterino, infantil, y final del crecimiento corporal) que corresponden a tres épocas en las cuales deberían ocurrir los mayores cambios en el sistema normativo, corresponden también, en términos de la evolución libidinal, a tres estadios de una primacía relativa de la zona erógena ósea. Un trastorno en cualquiera de esos tres estadios de la evolución libidinal establecerá un punto de fijación "óseo".

Dado que el sentimiento de seguridad deriva del funcionamiento adecuado de un sistema normativo que otorga sostén y protección, y que la estructura y el funcionamiento óseo se arrogan la representación de ese sistema, llegamos a la conclusión de que el funcionamiento normal del tejido óseo debe formar parte, necesariamente, de la clave de inervación del sentimiento de seguridad.

Frente a la necesidad de remodelar un sistema normativo que funciona mal, pueden experimentarse tres afectos diferentes: el sentimiento de desmoronamiento, el de infracción o el de consolidación. Cuando la conciencia no soporta tales sentimientos, y ocurre su deformación patosomática, puede aparecer en su lugar un trastorno óseo como producto de una descarga que se ha realizado a partir de la sobreinvestidura de uno de los elementos de su clave.

La destrucción de la arquitectura y la disminución de la masa ósea, como sucede en la osteoporosis o en la osteomielitis, corresponden a una variante melancólica del enfermar "óseo". En ella se cumple, simbólicamente, el sentimiento de desmoronamiento a través del trastorno óseo que lo representa.

La fractura, que corresponde a una variante maníaca, puede ser comprendida como el ataque al hueso que sostiene y protege, cuando es "confundido" con un sistema normativo rígido e imposible de remodelar. En estas condiciones, el ataque adquiere el carácter de una infracción cuya conciencia resulta intolerable. La fractura representa, entonces, el intento maníaco de quebrantar una ley y la negación del sentimiento de infracción.

El incremento de la actividad osteoblástica que conduce a una hiperostosis corresponde a una variante paranoica, en la cual el perseguidor queda representado por un influjo remodelador que se debe resistir.

La consolidación de un sistema normativo implica siempre el afianzamiento de una alianza, la docilidad para adoptar un influjo. Puede ocurrir que la docilidad implícita en la consolidación permanezca inconciente, y sólo se conozca el deseo de resistir la adopción del influjo proveniente de la historia de una elección erótica de objeto. En ese caso, cuando la conciencia de la consolidación del sistema normativo resulta intolerable, la ratificación del sistema, representado por el hueso, se expresa, entonces, en la hiperostosis.

Fijación y regresión hepáticas. Sus consecuencias en la estructuración del carácter

Es "hepático" quien ha experimentado un trastorno en un estado de desarrollo tánato-libidinoso que corresponde a la vida fetal y a la primacía de la zona erógena hepática. Un trastorno que es el resultado de la primera serie complementaria descrita por Pichon Rivière (1947), y constituida por la interrelación de lo heredado con lo adquirido durante la vida fetal.

Pensarlo de este modo lleva implícito que el yo fetal no sólo se encuentra en relación con las protoimagos del ello, sino también con los objetos externos (que están primordialmente constituidos, en este nivel del desarrollo, por el ambiente uterino y por la sangre materna), y con los objetos internos resultados de la introyección (tanto de los objetos externos como de las protoimagos del ello).

El trastorno al cual nos referimos determina o constituye una fijación hepática, hacia la cual se puede regresar cuando ocurre una frustración importante en las etapas siguientes. La regresión hepática, entonces, reactivará, con investiduras que habían sido derivadas hacia otros niveles progresivos del desarrollo, el trastorno hepático latente, que podrá manifestarse en la conciencia como un trastorno psíquico, o físico, como consecuencia de la intervención de otros factores.

La etapa hepática deberá participar y quedar incluida, en los casos normales, dentro de estructuras evolutivas orales y anales, que son integradas por fin en lo genital, de acuerdo con lo postulado por Freud para esos estadios del desarrollo libidinoso.

La capacidad para sacar el jugo a las cosas, o para agotar un tema, o también la capacidad para analizar y discriminar exhaustivamente una cuestión, pueden ser vistas, respectivamente, como la sublimación de contenidos oral-primarios o anal-primarios. Pero si consideramos a lo hepático en un sentido amplio, como el "cerebro" de un sistema "endodérmico", podemos pensar en contenidos "anteriores", hepáticos, en esos rasgos de carácter.

Los rasgos caracterológicos más específicos de la sublimación de investiduras hepáticas, deben corresponder, sin embargo, a la capacidad de realizar concretamente, de materializar, y a la capacidad de adquirir los objetos y convertirlos en propios.

Cuando ocurre un trastorno hepático que permanece como un punto disposicional irresuelto, podemos hablar de un núcleo, o de un objeto interno "hepático", con el cual el resto del yo mantiene relaciones de objeto.

Si consideramos al psiquismo "entero" de una persona "hepática", es necesario tener en cuenta que el "núcleo" constituido por el trastorno hepático que describimos, puede crecer "por aposición", incluyéndose, por ejemplo, en una estructura oral patológica, y volver luego a quedar disociado frente al resto del yo (el llamado yo coherente), que progresa en un desarrollo más "sano" logrado a expensas de esta disociación.

Las relaciones de objeto que mantiene el yo coherente con el núcleo hepático pueden adquirir diversas modalidades, dependientes del grado de desarrollo tánato-libidinoso que haya alcanzado ese resto más sano del yo, resto que podríamos comparar a lo que Bion (1957) llama la parte neurótica de la personalidad. Pero dichas relaciones de objeto están más o menos influidas por las investiduras hepáticas del núcleo, según un principio análogo al del retorno de lo reprimido en la defensa.

Los mecanismos predominantes por los cuales adquiere el yo coherente los caracteres que derivan del núcleo hepático, dependerán del grado de desarrollo que haya alcanzado ese yo. Pueden ser mecanismos orales, anales o genitales; por ejemplo la identificación introyectiva, la formación reactiva, la sublimación, etcétera. También dependen de este desarrollo los mecanismos mediante los cuales el resto del yo se defiende de ese contenido; por ejemplo el letargo, la identificación proyectiva, la misma formación reactiva. Unos y otros darán como resultado un diverso grado de permeabilidad existente entre el núcleo, producto de un trastorno hepático, y el resto del yo.

Dejaremos así planteada la cuestión, sin pretender hacer una exposición completa de las posibilidades caracterológicas derivadas de los contenidos del nivel hepático, adquiridos como rasgos por el resto del yo según una compleja estratificación, que depende de diversos mecanismos, distintos para cada etapa.

Mencionaremos a continuación, en cambio, algunos rasgos que nos parecen importantes.

Si la identificación del yo coherente con el contenido del trastorno hepático es directa, o sea una situación en la cual el trastorno no sólo ha quedado realizado dentro del yo --con la pérdida consiguiente de la conciencia de enfermedad, como ocurre en toda formación caracterológica--, sino que además ha permanecido con escasa o nula transformación, nos encontraremos con un sujeto amargado y envidioso, un envenenados (si la fijación hepática predominante corresponde a la fase hepatobiliar) o con un individuo asqueado y "distraído" (si se trata de una fijación hepatoglandular).

a) El humor negro, la ridiculez patética y la seriedad cómica.

Freud (1905c*) expresa la hipótesis de que el placer extraído de la formación de un chiste deriva de un mecanismo por el cual la representación displacentera logra, bruscamente, una vía aceptable hacia la parte efectora del yo, burlando la censura que se oponía a esa satisfacción. El chiste sería así un mecanismo que no se hace a "expensas" del yo, sino más bien del superyó, que es el que resulta "burlado".

Más adelante, en su estudio sobre El humor (1927d*), retoma estas consideraciones y expresa que la escena del humor consiste en un ahorrarse los afectos penosos surgidos de una representación intolerable, eludiéndolos por un traslado de la investidura desde el yo hacia el superyó.

En otras palabras, el mecanismo básico del humor consistiría en la identificación con el superyó, como ocurre en la manía, que permite eludir la situación melancólica "imperante en el yo".

Luego conecta esta técnica con la de la omnipotencia cuando afirma: "...lo grandioso (del humor) reside, a todas luces, en el triunfo del narcisismo, en la victoriosa confirmación de invulnerabilidad del yo", y añade: "Este último rasgo es absolutamente esencial para el humor". Más adelante agrega: "El humor debe a esta vinculación una dignidad que le falta del todo, por ejemplo, al chiste".

Resulta claro, pues, que la manía y la omnipotencia son rasgos esenciales del humorismo, y que se mantienen a expensas del propio yo, que resulta escarnecido y que este último, el humorismo sería una suerte de "contacto", de "descarga", entre ambas partes disociadas, de tal manera que momentáneamente se ha conseguido evitar lo displacentero, mediante la "huida" del sentimiento de identidad hacia el superyó.

Todo lo anterior sugeriría circunscribir el humorismo a una estructura melancólica. La palabra humorismo (Escarpit, 1952) proviene de la época de la teoría de los humores --Hipócrates, Galeno-- . De esa misma época es la palabra "melancolía" (Pichon Rivière, 1948), es decir bilis negra, o también humor negro o humor bilioso.

Hemos descrito, esquemáticamente, el mundo interno del hepático como caracterizado por un tipo de disociación en donde uno de los términos se identificaba sobre todo con el ideal del yo contenido en el ello, y el otro predominantemente se convertía en objeto "real" de las investiduras del ello y era a su vez el encargado de su derivación, igualmente "real", al exterior.

Si pensamos en el sentido original de los términos "humorismo" y "melancolía" y en el mundo interno del hepático, nada nos impide suponer que el humorismo pueda establecerse también en ese nivel más regresivo, que se presta aún más que el melancólico clásico (ubicado en la etapa oral) para dotarlo de esa omnipotencia y narcisismo que le atribuye Freud, y que (de acuerdo con el principio del retorno de lo reprimido en la defensa y con el contenido del núcleo disociado, "hepático") pueda este humorismo en algunos casos adquirir la forma de humor siniestro o humor negro.

Cuanto de "negro" (o siniestro) contenga este humor dependerá del grado de elaboración que pueda prestarle el resto del yo al incluirlo como rasgo de carácter.

Por otro lado cabe señalar que, si lo incluido en el carácter corresponde más al contenido yoico hepático que al superyoico visual-ideal de la situación humorística, el rasgo aparecido puede corresponder a un tipo de seriedad cómica (el cómico que no se ríe), o de ridiculez patética (el payaso de circo), que, vistos desde un cierto ángulo, pueden tal vez ser interpretados como un menor grado de "insuficiencia hepática", una mayor capacidad de enfrentamiento con el superyó visual-ideal, en lugar del sometimiento implícito en el humor como mecanismo maníaco de identificación.

b) El idealismo visionario, el estoicismo y el materialismo prosaico. La inconstancia, la tozudez y la tenacidad

Cuando nos ocupamos (Chiozza, 1963a) de "lo prometeico", contenido también en lo fáustico (como pacto con el demonio) o lo mesiánico, hablamos de un idealismo descarnado.

En términos clásicos tal idealismo correspondería a la identificación con el yo ideal, identificación que, según lo afirmado por Freud (1914c), cabe distinguir de la sublimación. Además, según el mecanismo descrito por Garma (1944), corresponde a la negación de la unidad de placer, compuesta por instinto, yo y realidad exterior.

Si examinamos la cuestión teniendo en cuenta el tema que hemos desarrollado, veremos allí, en tal idealismo, la causa y la consecuencia de un trastorno, de una "insuficiencia" hepática. Tomando como ejemplo a Prometeo, vemos que su identificación con el fuego del ello le provoca el sufrimiento hepático, y lo convierte en un dios-ideal, que posee el fuego. Pero es a la vez por la insuficiencia del yo (que contiene a lo hepático) para asimilar y metabolizar los estímulos internos y externos que se convierte en un idealista-visionario.

El componente de sufrimiento material --corporal-- puede ser negado, como ocurre en Don Quijote; pero si se adquiere conciencia de tal sufrimiento, como sucede con Prometeo, el idealismo se acompaña de estoicismo, es decir, de la capacidad de sobreponerse al dolor. (Recordemos que "ahigadado", según el diccionario [Real Academia Española, 1950], significa valiente, esforzado).

Si frente a los contenidos del trastorno hepático el resto del yo se estructura sobre el molde de una formación reactiva (para lo cual debe colaborar un cierto grado de "capacidad" hepática), el idealismo visionario o el estoicismo se manifiestan transformados en lo contrario; el materialismo prosaico.

Tanto el idealismo como el estoicismo, o el materialismo, pueden darse con una mayor "capacidad" hepática latente, o con un mayor grado de sublimación, en caracteres más cercanos a lo genital.

La misma disposición estructural puede darse con otra "serie" de rasgos caracterológicos.

La inconstancia de algunos tipos de personalidad, que los lleva a variar de carrera, ocupación, o hasta de hobby, continuamente, acompañada de dificultad para terminar lo que se emprende, y que se manifiesta generalmente por el emprender constantemente nuevas actividades, no sólo equivale a una impotencia orgástica genital, sino que, ante todo, debe corresponder a una expresión común de este trastorno o "insuficiencia yoica hepática", que impide o dificulta la elaboración sustancial, en la realidad material, de lo emprendido.

La tozudez, terquedad, el ser "cabeza dura", implica un constante retornar a lo mismo que no se puede abandonar ni finalizar, y constituye un rasgo caracterológico que puede ser conectado con una cierta formación reactiva frente a la inconstancia. La tenacidad representaría, en cambio, una formación análoga a la de la tozudez, pero a la cual una mayor capacidad hepática de elaboración le proporciona un carácter positivo, que la aleja de la inútil compulsión a la repetición, característica del tipo más grave del tozudo.

El apasionamiento que se ha descrito en el hepático correspondería, de acuerdo con lo antedicho, a la unión del idealismo con la tenacidad.

Julius Bauer (1933), refiriéndose al terreno hepático como una cierta predisposición a "...la ictericia infecciosa, a la litiasis biliar, a la cirrosis, al carcinoma primario de hígado, e incluso a la localización hepática del quiste hidatídico", habla del "color amarillento de la piel...acompañado de falta de tendencia al enrojecimiento vasomotor", y más adelante de "...individuos inteligentes, apasionados, ambiciosos y testarudos. Alejandro el Grande, César, Bruto, Pedro el Grande, Mahoma, Napoleón I, etcétera, parece que pertenecieron a este tipo".

Si unimos el idealismo visionario, alucinado, a la tozudez, y a una seriedad cómica, que por momentos se transforma en ridiculez patética, caemos en la cuenta de que podríamos estar hablando de "el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", "desfacedor de agravios y enderezador de entuertos", de quien dijo Miguel de Unamuno (1951): "...su color amarillo y sus actos, le acreditan de bilioso".

La fantasía específica diabética. Sus consecuencias en la estructuración del carácter

La investigación psicoanalítica del trastorno diabético nos ha llevado a las conclusiones que a continuación resumimos:

1) El trastorno diabético y el conjunto de fantasías que consideramos específicas de ese trastorno se desarrollan a partir de una misma fuente inconciente.

2) El metabolismo glúcido normal implica una adecuada utilización y producción de la insulina. Este proceso posee una relación específica con el sentimiento de propiedad, que deriva del sentirse capaz de:

a) disfrutar del gasto y del ahorro

b) obtener y mantener, con los propios medios, lo que se posee.

3) El metabolismo glúcido normal es uno de los elementos de la clave de inervación de tales sentimientos, que resumimos en la expresión: sentimiento de propiedad. El sentimiento de no haber obtenido o mantenido por los propios medios lo que se posee o utiliza, constituye, en cambio, lo que denominamos "sentimiento de impropiedad".

4) Sabemos que una actitud de sumisión tiende a provocar, en algunas especies animales, la inhibición del agresor aún durante la lucha; lucha que se ejerce, por lo general, en torno a una propiedad (sea alimento, territorio, objeto sexual o protección de la prole). De modo que, desde este punto de vista, la sumisión equivale a un reconocimiento de la impropiedad.

Podemos suponer que el afecto que denominamos sumisión, (otrora un acto motor justificado para sobrevivir en ciertas circunstancias, exhibiendo una debilidad), corresponde al sentimiento de impropiedad de los bienes, (sentimiento nacido de la carencia de los medios para obtener o mantener esos bienes mediante la lucha).

Una pequeña disminución de la actividad insulínica, en un metabolismo glúcido normal, forma parte de la clave de inervación de la sumisión que acompaña a un sentimiento de impropiedad normal y conciente.

5) El trastorno diabético se arroga la representación simbólica de la actitud de sumisión implícita en el sentimiento de impropiedad. Ocurre cuando ambos (actitud sentimiento) desaparecen de la conciencia, por obra de una defensa patosomática que descompone su clave de inervación y desplaza el total de su investidura sobre uno de los elementos de esa clave: la disminución de la efectividad insulínica.

6) Un pequeño aumento de la actividad insulínica, en un metabolismo glúcido normal, forma parte de la clave de inervación de la actitud de afirmar, con el propio esfuerzo, el sentimiento de propiedad, actitud que surge, como una formación reactiva, o como una sobrecompensación, frente a un sentimiento de impropiedad negado.

El aumento anormal de la actividad insulínica, que se traduce en un trastorno hipoglucémico, puede ser comprendido como una deformación de la clave de inervación de esa actitud.

7) El concepto de puntos de fijación prenatales nos permite conjeturar un punto de fijación insulino-pancreático, que configura un núcleo insulino-pancreático de la personalidad, cuya mayor o menor importancia depende de la intensidad de la fijación.

8) Los rasgos más evidentes del carácter que denominamos diabético se adquieren, de acuerdo con la mayor o menor permeabilidad del resto del yo frente a ese núcleo, por identificación directa o por formación reactiva.

9) Todo enfermo de diabetes posee, en mayor o menor medida, un carácter diabético, pero no todo el que evidencia un carácter diabético sufre el trastorno insulínico que llamamos diabetes.

Para enfermar de diabetes es necesario que se mantenga inconciente una actitud de sumisión, (asociada al sentimiento de impropiedad), cuya conciencia resulta insoportable, y que se desestructure la clave de inervación correspondiente "sobreinvistiendo" la disminución, otrora normal, de la función insulínica.

10) Los rasgos más típicos del carácter diabético pueden dividirse, esquemáticamente, en:

a) Los que corresponden a la identificación directa con el núcleo de fijación insulino-pancreática, donde "existe" pobreza o miseria, malgasto e incapacidad para obtener el provecho normal. Esos rasgos son la pusilanimidad, el derroche y la insatisfacción permanente.

b) Los que corresponden a una formación reactiva frente a ese núcleo de fijación. Estos rasgos son la fanfarronería que aparenta riqueza, la mezquindad que intenta, fallidamente, oponerse al derroche, y una dulzura empalagosa, sobreprotectora, culpógena y sacrificial, que busca acumular falsos méritos y provocar compasión procurando disminuir el sentimiento de una deuda que no se piensa pagar.

En síntesis

Creemos que la enfermedad somática de los órganos es uno de los desenlaces posibles de un trastorno latente, que equivale a una disposición inconciente a enfermar a partir de la función de una zona erógena determinada. La investigación psicoanalítica que, acerca de las fantasías inconcientes propias de los distintos trastornos orgánicos, hemos sostenido durante muchos años, nos enfrentó con la evidencia de que algunos rasgos de carácter se relacionan específicamente con la disposición inconciente a determinadas enfermedades somáticas.

En otras palabras: Tal disposición se manifiesta, también a través de rasgos particulares del carácter, que existen independientemente del enfermar somático, compatibles algunas veces con un grado razonable de salud psíquica, pero que llegan a configurar, en otras circunstancias, verdaderas caracteropatías. Existe, pues, una estrecha relación recíproca entre la enfermedad somática y la estructuración de aquello que llamamos carácter.

Luego de exponer algunos conceptos esenciales acerca del carácter, resumimos los hallazgos obtenidos durante la investigación de los trastornos óseos, que nos permitieron comprender la relación existente entre la constitución del sistema esquelético y la formación del carácter.

Reproducimos también algunos postulados que utilizamos para comprender la estructuración del carácter "hepático", dado que, en cuanto se refieren a los distintos "mecanismos" mediante los cuales se "obtienen" los rasgos de carácter a partir de los puntos de fijación que constituyen las diferentes disposiciones inconcientes, poseen una validez general.

Entre los numerosos caracteres que hemos logrado identificar durante la realización de nuestra tarea, (hepático, canceroso, cardíaco, diabético, renal, litiásico, ampuloso, respiratorio, cerebral, leucémico, psoríasico, varicoso, esclerótico, autoinmunitario, hipertensivo, etc.) elegimos exponer de manera sucinta los rasgos propios del diabético para ejemplificar la relación existente entre la enfermedad somática y el carácter.

Notas

(37) El presente trabajo fue publicado en el libro de Loredano M. Lorenzetti Psicología e Personalitá, editado por Fanco Angeli S.R.L. en Milán, Italia, en 1995

(38) "Carácter y erotismo anal" (Freud, 1908b*, pág. 158)

(39) Psicoanálisis de los trastornos hepáticos (Chiozza, 1984a [1970], págs. 37-38)

(40) Por "sistema normativo" entendemos el conjunto de normas –sean concientes o inconcientes– que regulan la conducta de un individuo. Si tales normas si encuentran en una situación de interrelación no contradictoria funcionan armónicamente, organizadas en un conjunto que, siendo coherente, puede ser denominado "sistema".

(41) La palabra "ortopedia" es específica de la terminología médica. Sin embargo su origen etimológico la vincula a la educación de los niños. Por esta razón, en el escrito original que fundamenta estas ideas (Chiozza y colab, (1991c [1990]) se decidió usarla manteniendo su doble significado: médico y etimológico, en tanto corroboraba las hipótesis que sosteníamos.
La ortopedia fue a menudo comparada con la educación. Nicolás Andry –a quien se atribuye la invención del término "ortopedia"– fue también autor de un tratado sobre la educación de los niños rectos. El tratado se llamaba: La ortopedia o el arte de prevenir y de corregir en los niños las deformidades del cuerpo por todos los medios al alcance de los padres, de las madres y de aquellas personas que tienen que educarlos (Andry, en Del Sel, 1963, pág. 11).
El autor trató en esta obra, escrita en 1741, los problemas del desarrollo del niño. Andry simbolizó en un grabado el objeto de la nueva especialidad. En el dibujo aparece un árbol cuyo tronco se ve torcido y se encuentra afirmado por una soga a un tutor. Es decir que el término "ortopedia" contiene la captación intuitiva de Andry, de la fantasía específica ósea. La palabra "ortopedia" (del griego orthos, recto, y paidos, niños) se inspiró en dos especialidades que se enseñaban entonces: la Callipedia (del griego calios, bello) "tratado para tener niños hermosos", y la Trofopedia(del griego trofos, nutrir) , "el arte de nutrir a los niños" (Del Sel, 1963).

(42) La solidez es la propiedad de un cuerpo entero. Utilizamos en cambio la palabra "solidaridad" para referirnos a una propiedad de las partes que lo constituyen. Si bien la palabra "solidaridad" alude normalmente a las relaciones interpersonales, utilizarla para referirse a la cohesión molecular es más que una simple licencia. El diccionario de la Real Academia Española dice que "solidarizar" quiere decir hacer a una persona o cosa solidaria con otra. Por lo tanto, si se analiza todo este grupo de palabras se ve claramente que, se refieran a cosas o a personas, corresponden todas a un mismo tipo de concepto.

(43) Freud sostiene que en realidad pueden funcionar como zonas erógenas todos y cada uno de los órganos, y no sólo la piel y las mucosas, sino también los órganos internos, aportando sus propios componentes, cualitativamente diferenciados, a la excitación general de las pulsiones sexuales. Sostiene además que del examen de los fines pulsionales puede muchas veces deducirse cual es la fuente que le ha dado origen. partiendo de estos postulados freudianos hemos, en los últimos treinta años, desarrollado algunas investigaciones sobre las fantasías inconcientes específicas de los diversos trastornos somáticos. El análisis de las enfermedades de los huesos ha conducido al concepto de zona erógena ósea, que corresponde a la actividad fisiológica del tejido óseo.

(44) Un razonamiento análogo, que consiste en considerar los elementos "hepáticos" involucrados en fantasías que se consideran oral-primarias, nos permite comprender que en las fantasías de vampirismo, por ejemplo, no se incorpore leche sino sangre, el alimento normal durante la vida fetal.

(45) La expresión "el resto del yo" proviene del mecanismo de la represión, dado que cuando el yo no logra mantenerse entero y se disocia, se genera un "núcleo" yoico reprimido que funciona como si fuese un objeto interno que se contrapone al resto del yo, que se mantiene coherente, y con el cual el sujeto puede identificarse.

(46) Recuérdese el Sancho Panza de Kafka (s. f., pág. 80) "Sancho Panza ... logró ... apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales, empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiera debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie."

(47) Don Quijote, frente a un impacto traumático similar, se convierte en un alucinado. Babieca, el caballo del Cid, le dice a Rocinante: "Metafísico estáis", y éste le contesta: "Es que no como".

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