Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP. XI

LA INTERIORIDAD DE LOS MEDICAMENTOS (48)

L. Chiozza, V. Laborde, E. Obstfeld, J. Pantolini

La idea medular de este capítulo (y de los dos siguientes) proviene de estructuras teóricas emanadas de distintas ciencias. La dificultad principal para captar lo esencial de esa idea (y sus consecuencias en el ejercicio de la medicina) reside en que estamos consubstanciados con las habituales nociones "lógicas" del espacio, el tiempo, la materia, la idea, la energía, la vida, la conciencia, lo psíquico y el individuo, que constituyen la base conceptual, generalmente latente, y hasta hace poco inconmovible, de nuestra cultura. Es necesario tener esto en cuenta para no confundir el pensamiento que exponemos aquí con un ingenuo retorno al animismo primitivo.

La teoría que proponemos en parte se nutre, y en parte confluye, con los conceptos de materia, energía, espacio y tiempo en un continuo cuatridimensional, postulados a partir de Einstein, con la aplicación de la teoría físicomatemática de campo a los fenómenos social-psicológicos y de percepción extrasensorial realizada por Wasserman, con el concepto de interioridad formulado por Portmann, con la interpretación de la zona limítrofe entre lo vivo y lo no vivo realizada por Schrödinger, con el manejo de la comunicación y la teoría de la información en la cibernética creada por Wiener, con el concepto de Ello como capacidad creadora de formas elaborado por Groddeck, con la noción de genio medicamentoso fundada por Hahnemann y con el contenido "social" de la teoría psicoanalítica de las relaciones de objeto.

Mencionamos esas teorías, que conocemos de manera parcial e incompleta, porque nuestro interés en el psicoanálisis nos conduce hasta el punto en que nuestra ciencia confluye con los aportes de otras disciplinas.

La idea medular lleva en su esencia la afirmación de que toda interpretación, sea, o no, psicoanalítica, sea verbal, preverbal, o "psicodramática", es o se manifiesta como una sustancia "medicamentosa" y, a la vez, como un campo genético que quizás, algún día, se pueda formular matemáticamente. Análogamente los actos terapéuticos más diversos, por ejemplo quirúrgicos o fisioterápicos, tanto como las sustancias medicamentosas, alimenticias, tóxicas, enzimáticas u hormonales, constituyen fantasías genéticas y específicas, "códigos de información", "unidades" discretas de una energía cualitativa que se manifiesta de manera potencial o cinética, estructuras que son interpretaciones capaces de un efecto mutativo cuya índole es en última esencia similar al efecto de una formulación verbal psicoanalítica lograda.

Encontramos en el pensamiento de Freud un antecedente parcial para estas ideas, cuando pronostica que llegará un día en que los progresos de la química y de la biología harán posible hallar las sustancias que permitirán influir en los procesos estudiados por el psicoanálisis.

 

El concepto de lo psíquico plantea innumerables problemas en cuanto a sus posibilidades de aplicación en los diferentes desarrollos, especialmente en los más primitivos, de la organización biológica.

Pero hay algo que hace de todo ser vivo lo que ese ser es, un ámbito subjetivo no espacial, que presuponemos presente aun en los organismos más primitivos, y para denominar lo cual, evitando una estéril polémica acerca de lo anímico, preferimos utilizar el término "interioridad" propuesto por el biólogo Adolf Portmann (1954).

Schrödinger (1947), desde el campo de la física teórica, ha intentado definir las estructuras que constituyen la frontera entre lo vivo, lo animado, y lo inorgánico, inanimado. Según nos muestra Schrödinger, no existe una neta solución de continuidad, más fácil de concebir en la teoría o más fácil de extraer de la tosca evidencia cotidiana que de la microestructura de los hechos biológicos y físicos estudiados a la luz de una prolija formulación teórica.

Desde un ángulo totalmente distinto Norbert Wiener (1964), el creador de la cibernética, sostiene que es conceptualmente imposible distinguir entre un cierto tipo de máquinas modernas y los seres que poseen las cualidades de la vida.

Puede pensarse que lo vivo y lo no vivo son diferentes, y que es sólo la imperfección de la teoría del aparato para pensar que el hombre posee, o la imperfección del instrumento que registra las cualidades de los hechos, aquello que nos lleva a confundir los límites de lo vivo y lo no vivo, llamado inanimado.

Pero ¿qué sentido tiene semejante pregunta? Digámoslo con un ejemplo: podemos decir que una palmera pertenece al reino vegetal y que un elefante pertenece al reino animal, pero, cuando se trata de una bacteria, ¿resulta pertinente afirmar que no podemos descubrir a qué reino pertenece? Parece mucho más sensato convenir en que los conceptos animal y vegetal han sido creados a partir del elefante y la palmera, y sin tener en cuenta ese fragmento de realidad representado por la bacteria; son pues conceptos impertinentes a la bacteria. De la misma manera una molécula de aquella nucleoproteína que contiene una determinada información genética, y que posee una constitución química similar a la de los virus, nos enfrenta con un dilema semejante y nos lleva a replantear el concepto de lo vivo.

El ánima o alma, que fuera característica esencial de lo vivo, se ha ido transformando insensiblemente, sin solución de continuidad alguna, en un "frío" y "mecánico" código de información que, como un virus, puede "injertarse" y es capaz de "nacer", "crecer", "reproducirse" y "morir", creando en todo momento su "propio e indeterminado" programa de trabajo, lo cual, por supuesto, tiene cada vez menos de frío y de mecánico.

Las sustancias llamadas inanimadas, entre las cuales se encuentran los medicamentos, también deben poseer, en forma de una fantasía específica, la "interioridad" que atribuye Portmann a los seres vivos (Chiozza, 1970k [1968], pág. 50). Esto se parece de una manera indeseada al animismo primitivo, que es un producto del pensamiento mágico; pero si tenemos en cuenta los nuevos desarrollos de la ciencia y sus consecuencias teóricas, esta semejanza con el pensamiento primitivo es sólo aparente.

Hoy podemos replantearnos preguntas que la ciencia, a fuerza de contestarlas de una manera pragmática, mediante una evidencia intuitiva, llegó a abandonar como inoperantes. Pero las condiciones han cambiado, y eso permite sospechar que ya han dejado de ser inoperantes. Podemos preguntarnos: ese trozo de lo vivo que constituye el alimento, la hormona, el medicamento, ¿deja de estar vivo por ser sólo un trozo de lo vivo? Aquello que llamamos sustancias orgánicas –derivadas del carbono– ¿es algo que supone lo no vivo? Y aún las sustancias inorgánicas, ¿suponen lo no vivo? ¿Dónde se deshace la "interioridad"? ¿Dónde deja de estar? Y esos trozos que contienen por lo menos "algo" de "interioridad", ¿pueden inyectarse o transferirse a otras interioridades? Tal vez haya llegado el momento de preguntarse: ¿qué es esta "interioridad"?.

Sostenemos que aquello que denominamos cuerpo, órganos, tejidos, células, o más simple y generalmente la existencia material del ser vivo, constituye, desde otro ángulo de observación y "al mismo tiempo", una fantasía específica. Por específica queremos significar propia de una determinada y particular realidad material. Es decir que puede ser distinta de otra, que su conexión con aquello que llamamos lo material es propia y particular. La idea o fantasía específica es aquello inherente, inseparable de una determinada materia, en cuanto ambas se constituyen recíprocamente o dependiendo de un mismo proceso.

Desde este punto de vista, química, física, biología y psicología vendrían a confluir en un enfoque estructural en donde "la configuración de una estructura" es la fantasía que en un ser vivo se manifiesta groseramente como ese ámbito subjetivo que Portmann llama la "interioridad".

Estamos acostumbrados a decir que el hombre proyecta o transfiere fantasías sobre los alimentos y sobre los medicamentos. Pero además de estas fantasías proyectadas que "revisten" los objetos, por decirlo así, con la imago de un pecho bueno o un pecho malo, y que pueden inclusive transformar esos objetos en su misma intimidad, existe esa intimidad del objeto. La fórmula química de una sustancia es una configuración y esa configuración o fórmula la distingue en el carácter de su acción, en su conducta, constituye su "alma". Esa fórmula "vive" y se transforma en su contacto con otras fórmulas que constituyen su mundo "social". "Afuera" o "adentro" de aquello que denominamos hombre, planta o animal son términos que poco significan si miramos al mundo con el anteojo de la química.

Ser ingerido, metabolizado, excretado, fijado a los tejidos, son vicisitudes en la "vida" de un alimento, de un tóxico o de un medicamento. Su identidad suele transformarse entonces tan completamente como para que sea necesario y útil cambiar el nombre en los diversos estados de esos procesos.

En el lenguaje habitual utilizamos a veces los mismos términos para hablar de aquello que se considera vivo y de aquello que se considera inanimado. Así ocurre por ejemplo con el término "identidad", o con "el nombre", o con "el carácter", que se aplican tanto a un sujeto como a una sustancia.

Aquello que llamamos alimentación, intoxicación, terapéutica, constituye desde este, nuestro punto de vista, una interrelación entre "dos" interioridades que en nada se diferencian, enfocado desde este ángulo, de lo que ocurre cuando "dos" interioridades se unen en un campo transferencial-contratransferencial. En este último caso la "fórmula" de interrelación suele adquirir la manera que denominamos formulación de una interpretación.

Esta nueva "fórmula", la interpretación, nacida desde el "metabolismo" del analista, también constituye una estructuración configuracional, una interioridad que "separada" de la interioridad que la produce, ingresa en la interioridad que la recibe, el paciente. Allí se combina, se transforma y constituye así otra nueva fórmula -¡un derivado!-: la interpretación que hace el paciente de la interpretación del médico. [Hemos simplificado ex profeso las cosas al suponer a las interioridades interrelacionadas pero funcionando separadamente; en otro lugar estudiamos la estructuración del campo transferencia-contratransferencia como una "doble" -múltiple- interioridad (Chiozza, 1970k [1968]).

¿Pero el suero antidiftérico, no es, por decirlo así, la "interpretación" como un producto de la "contrarresistencia" que hace el caballo para su propio uso, frente a la "transferencia" del bacilo diftérico? Esta "formulación equina" de la interpretación, convertida en sustancia medicamentosa, puede ser recetada por un médico que sólo conozca los síntomas "externos" de la difteria y aplicada exitosamente por un enfermero que ni siquiera necesita saber eso.

El caballo, desde la intimidad de su interioridad, ha "formulado la interpretación" que el hombre ha sabido provocar, descubrir y aislar para su propio provecho, aún sin comprender del todo su íntimo contenido. De una manera semejante, un estudiante de una escuela elemental puede utilizar exitosamente, como si fuera una fórmula mágica, sin comprender su contenido, la fórmula 2p * r, que comunica a quien la entiende la constancia de las relaciones entre el radio y la circunferencia.

Formular esa relación entre el radio y la circunferencia exige la actividad determinada (en este caso conciente) de una interioridad que, como en el caso del caballo, experimentó un proceso y formuló, y exigió el producto de la evolución de siglos en la mente del hombre. Pero análogamente a lo que ocurre con la morfina, esta formulación puede ser utilizada exitosamente por el hombre incapaz de crearla. Cada uno de nosotros puede utilizar un teléfono, una regla de cálculo, una IBM, o "consumir" una ampolla de digital, sin comprender la teoría necesaria para su realización (tanto sea en la fábrica como en la planta vegetal) o implícita en su funcionamiento.

Pensamos que el farmacólogo, acostumbrado a manejarse con "funciones" químicas cuyo "carácter" llega a conocer, es capaz de sintetizar "intuitivamente" nuevos derivados cada vez más eficaces, de una manera que se nos antoja semejante a la creación, por parte del analista, de representaciones sustitutivas cada vez más adecuadas que llamamos interpretaciones.

Considerarlo así nos permite poner en duda el que la represión implícita en una prescripción medicamentosa y llamada habitualmente supresión del síntoma, sea en principio y en teoría más dañosa que la interpretación psicoanalítica, ya que siendo el efecto en cierta forma semejante, lo único que diferencia desde este punto de vista la acción farmacológica de la acción psicoanalítica es que en la primera la acción suele ser única o por lo menos estereotipada, y en esta última existe una permanente apertura del campo y una reforma continua del agente terapéutico.

Resulta tentador pensar para un futuro en la existencia de un laboratorio "psicoanalítico" capaz de sintetizar continuamente "sustancias-interpretaciones" capaces de transformar la enfermedad en manos de quien no comprende su interioridad, y prescritas por aquellos que fueran capaces de comprender solamente los sutiles matices de sus síntomas "externos".

El "hombre" psicoanalista es hoy ese laboratorio, e ignorarnos todavía si algún día podrá "externalizarlo" y "disociar" de esta labor la "prescripción" y "aplicación" del remedio.

Queremos terminar con una metáfora, que hemos construido inspirados en Las ruinas circulares, de Borges (1957b), aunque sólo nos sirva para enriquecer la fantasía.

Pensaron...

Pensaron que un dios llamado Marciano fue creando, como producto de una lenta evolución, las máquinas mineral, vegetal, animal y humana, interrelacionadas entre sí por fenómenos como la fotosíntesis o la fecundación de las flores por los insectos.

Pensaron que éstas funcionaron así, interrelacionadas entre sí, durante milenios, y que una de estas máquinas, el hombre, sintiéndose viva, e incapaz de conocer la fórmula de los circuitos impresos "pensados" por el dios Marciano, y que la han hecho posible, tomó a estas fórmulas por sustancias esenciales, "no pensadas", existentes "de por sí", y vacías de la "interioridad" que él poseía. Pensaron que por eso lo asombró al hombre durante un tiempo la "casualidad" de que pudieran inyectarse a un ser humano, y con un efecto definido, "transistores" que, como la morfina, provenían de una planta vegetal a la cual éste no reconocía del todo como hermana.

Pensaron que esto no había cambiado, que el hombre, un robot capaz de trazar su propio programa, dio en crear a su vez a una máquina llamada cibernética, que estando casi tan "viva" como él, lo llevó a sentirse máquina y Dios al mismo tiempo, y a suponer que el mismo Dios habría de preguntarse, cuando observaba al hombre, surgido del programa que él mismo continuamente se creaba, cuál sería la fórmula de su propio circuito "divino".

Sólo al salir de "las ruinas circulares" pudieron las máquinas comprender que Dios crecía junto con ellas en la estructura del conjunto, al cual ellas iban dando cada vez más vida y más "interioridad", interrelacionadas entre sí. Y que desde la misma intimidad elemental de la trama "mineral y viva" nacían las raíces de Dios junto con ellas, las máquinas, en cada sustancia.

Notas

(48) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el I simposio del Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP), mayo 1969.

(49) Este tema ha sido retomado recientemente por Hofstadter y Dennet (1981) y desarrollado extensamente

(50) Desde la época de a publicación original de este trabajo, 1969, Mind and Nature, de Bateson (1979), y L'esprit cet inconnue, de Charon (1977), aportaron, años antes de que la existencia de los virus de computadora motivara reflexiones semejantes, nuevas construcciones teóricas que pueden enriquecer este tema.

Bateson establece una lista de criterios que permiten, a su juicio, sostener que un agregado o sistema particular puede ser considerado como psíquico. Son los siguientes: 1) La psiquis (mind) es un agregado o interacción de partes o componentes. 2) La interacción entre partes de la psiquis es desencadenada o "gatillada" por diferencias (la diferencia es un fenómeno no sustancial, no localizado en el espacio ni en el tiempo, que se relaciona con la negentropía y con la entropía más que con la energía). 3) El proceso psíquico requiere energía colateral. 4) El proceso psíquico requiere cadenas de determinación circulares o más complejas aún. 5) En los procesos psíquicos los efectos de la diferencia han de ser considerados como transformaciones (por ejemplo versiones codificadas) de eventos que los preceden. (Las reglas de tales transformaciones deben ser comparativamente estables, más estables, por ejemplo, que su contenido, pero ellas mismas están sujetas a transformación.) 6) La descripción y clasificación de estos procesos de transformación muestran una jerarquía de tipos lógicos inmanentes en el fenómeno. Insistamos aquí en que Bateson encuentra, siguiendo estos criterios, sistemas psíquicos transindividuales en los más variados interjuegos de la vida. Ya en Pasos hacia una ecología de la mente (1972) encontramos una lograda "metáfora" donde Adán, Eva, Dios y el Paraíso ejemplifican o representan propiedades o características de un ecosistema.

Charon sostiene que lo psíquico puede ser equiparado al universo de la antimateria y que los electrones, como "agujeros negros" similares a los de ciertas estrellas enanas en las cuales la gravedad es tan intensa que ni siquiera permite que la luz escape a su fuerza, son los puntos limítrofes entre ambos universos. En el universo "normal" opera el segundo principio de la termodinámica, según el cual la entropía, equiparable al desorden y la degradación de la información, es creciente, y la negentropía, por lo tanto, decreciente. En el antiuniverso, en cambio, el orden o negentropía es creciente, y la información, por consiguiente, no se degrada jamás. Este antiuniverso, en el cual el espacio es irreversible (pues nada de lo que recorre la dirección de "entrada" puede "volver" a salir) y el tiempo es reversible (puesto que, al contrario de lo que observamos en la vida cotidiana, un jarrón roto en mil fragmentos, es decir "desordenado", tiende a reorganizarse espontáneamente a partir de ellos), es equivalente al universo de lo psíquico, en el cual la información tiende continuamente a enriquecerse.

Tanto uno como otro autor se acercan así, desde distintos ángulos, a los conceptos que aquí sostenemos, simbolizados en la metáfora con la cual finaliza este capítulo. Citemos, además, las siguientes palabras de Raymond Ruyer (1974, págs. 160 - 161): "En el hombre el cerebro es un área orgánica que permanece indefinidamente en el estado de esbozo embrionario, de manera que pueda reproducir, sin comprometerse orgánicamente, órganos externos, útiles y máquinas, mientras que los otros esbozos embrionarios se diferencian en el lugar, irreversiblemente, en órganos internos. Que el esbozo cardíaco devenga corazón, o el esbozo nervioso, cerebro, no es un fenómeno diferente de aquel por el cual el cerebro adulto es, a su turno, una especie de esbozo para la realización, en técnica externa, de bombas industriales o de máquinas de calcular, según un estado ya dado de la cultura humana, del mismo modo que la embriogénesis de los órganos y de los aparatos orgánicos se opera según el estado alcanzado por la técnica interna, según la fase lograda por la 'cultura' orgánica".

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