Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP XIV

APUNTES SOBRE METAPSICOLOGÍA

Configuración del deseo

Admitimos que la experiencia, sea de satisfacción o dolorosa, deja una huella mnémica que corresponde al objeto de la experiencia y al tipo particular de actividad del yo vinculada a esa experiencia.

El resurgimiento de la necesidad provoca la recarga de la huella inconciente que corresponde a la anterior experiencia de satisfacción y la transforma en una re-presentación o fantasía que denominamos deseo. Esta representación, que forma parte del sistema inconciente, es al mismo tiempo una representación de impulso instintivo y una representación objetiva, ya que es un "recuerdo" inconciente surgido de la recarga de la huella mnémica inconciente, que es una huella del objeto y de la actividad del yo durante la primitiva experiencia de satisfacción.

Pero cuando decimos una huella del objeto y de la actividad del yo pocas veces tenemos en cuenta la enorme complejidad de esta huella. Nos gusta trazar un esquema en el cual el objeto es, por ejemplo, el pecho, y la actividad es la succión que se realiza con la boca. Sin embargo esta huella debe forzosamente contener, además de la rica diferenciación de los sentidos en sonidos, imágenes visuales, olores, sabores y experiencias táctiles, la compleja experiencia que corresponde a la preparación de los jugos digestivos, a la digestión del alimento y a su asimilación, pasando por sensaciones de carácter intermedio, tales como la que corresponde a la leche y su tibieza descendiendo por la garganta y el esófago, o el conjunto cenestésico que corresponde a la ubicación del cuerpo en el regazo materno.

La actividad de mamar es un concierto polifacético que constituye una experiencia compleja, cuya realización admitimos que es posible gracias a que el organismo mismo es un engrama o huella mnémica de las actividades anteriores. La recarga de las huellas mnémicas heredadas constituye el primer deseo de mamar y pone en movimiento la primera experiencia individual a través de la realización del acto.

Es precisamente el carácter complejo de esta experiencia el que permite comprender el íntimo entretejido de las huellas mnémicas vinculadas a las experiencias de satisfacción con aquellas otras vinculadas a las experiencias dolorosas. Piénsese, por ejemplo, en la profunda perturbación que introduce un catarro nasal en el acto de mamar, epicentro de la vida placentera del lactante.

Subrayar la complejidad de los restos mnémicos de las experiencias tiene por finalidad el insistir en que la fantasía inconciente que corresponde a la catexis desiderativa de tales engramas, es en realidad un mosaico constituido por elementos adquiridos y heredados que son otras tantas fantasías inconcientes vinculadas específicamente con el funcionamiento de las distintas zonas erógenas, que aportan, de acuerdo con Freud, sus propios fines, cualitativamente diferenciados, a la configuración de las representaciones de impulsos instintivos.

Estas representaciones de impulsos, inseparables de las representaciones objetivas, constituyen las fantasías inconcientes y se estructuran continuamente en nuevas representaciones, algunas de las cuales configuran los derivados preconcientes y concientes vinculados a la reactivación de los restos mnémicos de la percepción acústica y visual bajo la forma de palabra e imagen. Tanto la una como la otra agrupan o evocan una serie de representaciones que hunde sus raíces en el inacabable retículo de la vida inconciente.

Los fenómenos de transformación y las vinculaciones que experimentan entre sí estos elementos del mundo de las representaciones han sido descriptos por Freud en forma de leyes o principios que agrupa en dos procesos: primario y secundario.

El sistema de la conciencia

El sistema de la conciencia se subdivide en dos sistemas. Uno es el sistema percepción-conciencia, que constituye el órgano perceptor de las cualidades sensoriales y que dispone de energía libremente móvil, una parte de la cual es utilizada en forma de atención. El otro es el sistema preconciente, que incluye una parte de los sistemas mnésicos, configura el proceso secundario y dispone de la capacidad de ligar la excitación mediante la existencia de un nódulo, el yo, que se conforma como un conjunto de "pre-juicios" que constituyen el carácter.

El sistema percepción-conciencia percibe los datos provenientes de la percepción sensorial actual y percibe las sensaciones de la serie displacer-placer. Percibe también las representaciones que bajo la forma de ideas o afectos derivan de esos datos "externos" o "internos" y de las fantasías inconcientes. Percibe además una parte del proceso que opera con esas representaciones.

Las huellas mnémicas preconcientes verbales o visuales provenientes de la percepción sensorial son utilizadas para organizar, evocar e interpretar, es decir para calificar, los datos de la serie displacer-placer. Estos últimos, así calificados, pasan a constituir las emociones conocidas por oposición a las sensaciones inefables.

Las fantasías inconcientes inherentes a los datos de la serie displacer-placer y sus derivados preconcientes determinan la meta final de los procesos de pensamiento y de conocimiento que se dirigen hacia el logro de la acción eficaz.

De manera que todas y cada una de las representaciones con las cuales opera el sistema secundario son continuamente entretejidas con el núcleo de pre-juicios que constituye al yo y con productos surgidos actual y materialmente de esos dos ámbitos de la percepción, la serie "interna" displacer-placer y el aporte "externo' de los órganos de los sentidos.

La descarga del deseo

El deseo puede ser descargado mediante la intervención de un objeto presente en la realidad material, o puede ser descargado mediante la reactivación alucinatoria de la huella, cuya presencia psíquica es entonces confundida con la presencia de la realidad material. Aclaremos que tanto en uno como en otro caso ocurren cambios materiales, pero nos referimos simplemente a la diferencia que existe entre la presencia de un objeto, su recuerdo, y la percepción alucinatoria del mismo. Esta diferencia no es ociosa, ya que admitimos que en el primer caso la descarga del deseo se une a la satisfacción de la necesidad.

Entendiendo la realización (o el cumplimiento) del deseo en términos de descarga de la huella que lo codetermina, el deseo se realiza siempre, pero cuando esta realización se obtiene a través de una alucinación, el estado de descarga es efímero, puesto que la necesidad insatisfecha recarga al deseo dentro de una estructura cada vez más desorganizada.

Ésta última situación conduce a que el placer en un sistema se acompañe de displacer en el otro. El camino que conduce desde el recuerdo de la experiencia de satisfacción a la descarga del deseo con un objeto de la realidad material implica varias condiciones. Es necesario que la sobrecarga del recuerdo no llegue al extremo de reactivar las huellas de la percepción, ya que en ese caso la descarga sería alucinatoria. Es también necesario, por lo tanto, que la descarga con plena catexis quede coartada por la inhibición que proviene de la experiencia dolorosa organizada como un "pre-juicio" del yo, mientras tanto se desplazan pequeñas cantidades tentativas de excitación a través de una serie de representaciones sustitutivas que buscan una identidad secundaria entre las huellas de percepción de los objetos materialmente presentes y las huellas que corresponden al recuerdo de la experiencia de satisfacción.

La identidad entre percepción y recuerdo nunca es absoluta, como en el caso de la identidad primaria que se obtiene cuando la reactivación alucinatoria del recuerdo lo transforma directamente en percepción. El grado de correspondencia es suficiente cuando la descarga, a plena cantidad, del deseo, se acompaña con la satisfacción de la necesidad.

Pensamiento, conocimiento y acción eficaz

El desplazamiento de pequeñas cantidades tentativas constituye el pensamiento. Su conclusión en la identidad secundaria, o el fracaso en el logro de esta identidad, constituye el juicio. El juicio afirma o niega la identidad entre presencia material y recuerdo. Nos introducimos así en el núcleo del problema epistemológico.

Las cadenas asociativas que constituyen el curso de nuestro pensamiento están formadas por el conjunto de representaciones que configuran el conocimiento.

Llamamos conocimiento a la capacidad de obtener un grado de correspondencia suficiente como para poder anticipar las consecuencias de la acción. De este modo la acción se transforma en acción eficaz, es decir, una acción que es capaz de hacer cesar el flujo de cantidad mediante una modificación en la fuente somática que origina la necesidad.

Cuando se indaga acerca de las formas en que es posible obtener un grado tal de correspondencia se entra de lleno en el debatido campo de la epistemología. Eludamos, como le gustaba decir a Freud, semejante tentación. Mencionemos en cambio cuál es la concepción epistemológica que más nos convence. Nos permitirá contemplar desde otro ángulo el íntimo entretejido de lo que denominamos percepción de los objetos "externos" (conocimiento "objetivo") con el mundo de los significados (conocimiento "subjetivo") derivados de los impulsos "internos", sus motivos y su sentido. La encontramos en Filosofía de las formas simbólicas, de E. Cassirer (1971), y fue planteada por H. Hertz. en la introducción a sus Principios de mecánica.

Según esta concepción las representaciones que constituyen el conocimiento no "copian" de manera directa o ingenua la realidad material a través de la reproducción, en el mundo de las imágenes, de las unidades elementales que pretendidamente constituyen el mundo de la realidad material. Por el contrario, la regla epistemológica básica consiste en formar "imágenes virtuales internas o símbolos" de los objetos exteriores, de tal modo que "las consecuencias lógicamente necesarias de las imágenes sean siempre las imágenes de las consecuencias naturalmente necesarias de los objetos reproducidos".

Estas imágenes constituyen un modelo analógico, para construir el cual se ha abandonado la búsqueda de una coincidencia de elementos aislados reemplazándola por la búsqueda de una semejanza "de funcionamiento", que conduce a un tipo particular de coincidencia entre los resultados finales de ambos procesos, el lógico y el natural.

Escuchémoslo en las palabras del físico (Hertz):

Las imágenes a las cuales nos referimos son nuestras representaciones de las cosas; tienen con las cosas la sola concordancia esencial consistente en el cumplimiento de la exigencia mencionada, pero para su fin no es necesaria cualquier otra concordancia con las cosas. De hecho tampoco conocemos ni tenemos ningún medio para averiguar si nuestras representaciones de las cosas concuerdan con ellas en algo más que en aquella única relación fundamental (Cassirer, 1971, págs. 14 y 15).

De esta conceptualización extrae Cassirer dos consecuencias importantes. La primera es que existen tantas estructuras diferentes del objeto del conocimiento como son de diversos los medios o los puntos de vista en el planteamiento de un problema. La unidad esencial del objeto, si es que existe, transcurre en un campo inaccesible. La segunda es que en el mundo de imágenes particulares que configura cada ciencia no se refleja simplemente algo dado empíricamente, sino que este mundo de imágenes constituye el producto de un acto de creación autónoma, a través del cual "la simple presencia del fenómeno recibe una significación determinada, un contenido ideal peculiar" (Cassirer, 1971, pág. 18).

Los afectos primarios y secundarios

El sistema secundario, o sistema de la conciencia, como dijimos anteriormente, carga o descarga las distintas series de representaciones hasta obtener la descarga del deseo a través de una identidad secundaria adecuada a los fines de satisfacer la necesidad.

En este proceso no sólo trabaja con los datos de la percepción sensorial actual, con las huellas mnémicas preconcientes de percepciones anteriores organizadas y evocadas por la palabra o la imagen visual, y con los derivados de aquellas representaciones, sean primitivas o reprimidas, que configuran las fantasías que pertenecen al sistema inconciente, sino también, y en primerísimo lugar, con las sensaciones de la serie displacer-placer que constituyen, una vez calificadas por las conciencias, los afectos propiamente dichos. Estos afectos propiamente dichos, que solemos denominar sentimientos, integran, junto con las ideas, las representaciones preconcientes.

El logro de la identidad secundaria a través del pensamiento implica la capacidad de tolerar la postergación de la descarga coartando mediante la defensa primaria, que nace de la experiencia dolorosa, el desarrollo de la plena cantidad que corresponde al modo primario del funcionamiento.

También es cierto que este proceso implica muchas veces el vencimiento del dolor que motivó otra "zona" de la defensa, aquella que separa el curso de un pensamiento particular de las representaciones que pueden brindarle un camino hacia la identidad secundaria buscada, camino que en el pasado quedó cerrado por una experiencia dolorosa perteneciente a un contexto actualmente inexistente.

La excitación que provoca los llamados afectos inconcientes proviene de los impulsos inconcientes que configuran el deseo. La carga que constituye el deseo, una vez sobrepasado cierto umbral, engendra displacer. La descarga del deseo es placentera, pero en el caso de la descarga alucinatoria esta experiencia placentera queda unida a una experiencia dolorosa, ya que la necesidad se satisface a expensas del propio organismo. Freud sostuvo que la esencia de la represión consiste en que el placer para un sistema implica displacer para el otro.

También afirmó Freud que los afectos son procesos de descarga y que son ataques histéricos universales, "específicos" y congénitos. Corresponden en cierto modo a la descarga "somática" de montantes de excitación retenidos que no han sido derivados por reacción.

Cuando la descarga se realiza según el modo primario del funcionamiento psíquico, mediante la utilización de la plena cantidad y en ausencia del objeto que satisface la necesidad, estamos en presencia de un afecto primario.

El núcleo de "pre-juicios" que constituyen el yo se estructura bajo la forma de lazos asociativos entre experiencias placenteras y experiencias dolorosas; estas últimas inhiben el desarrollo de la plena cantidad y configuran el modo de funcionamiento secundario. Surgen así los afectos secundarios.

El carácter, como núcleo de "pre-juicios", es al mismo tiempo una modalidad de respuesta afectiva. La descarga moderada que constituye los afectos secundarios vuelve a ser utilizada como señal que determina la inhibición o el progreso de la excitación.

Es esencial tener en cuenta que tanto los afectos primarios como aquellos otros atemperados que hemos llamado secundarios, equivalen a un componente instintivo, a un impulso, que se satisface en el propio organismo. Lo único que diferencia a los primeros de los segundos es la intensidad de esta descarga y, por lo tanto, la menor posibilidad de la elaboración cualitativa. Estos afectos inconcientes, una vez descargados, sólo perduran en lo inconciente como potencialidad disposicional; en esto se diferencian de la parte ideativa de la representación inconciente.

A partir de estas disposiciones o "afectos" inconcientes se estructuran a través de la participación del yo con sus inhibiciones, que equivale al establecimiento de ligaduras o umbrales de descarga, y mediante la atribución de signos de cualidad por parte del sistema de la conciencia, los afectos propiamente dichos, que forman parte de las representaciones preconcientes y que solemos denominar sentimientos.

Si volvemos a la consideración de ese concierto polifacético constituido por la actividad de mamar, y retomamos nuestra afirmación de que la fantasía inconciente que corresponde a la catexis desiderativa de tales engramas es en realidad un mosaico complejo configurado por distintas fantasías específicas con respecto a las distintas zonas erógenas, podemos comprender ahora que la estructura de los afectos inconcientes coincide "punto por punto" con la estructura de ese concierto.

Notas

(59) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el IV Simposio del Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP), 1972 y publicado por primera vez en la primera edición de Cuerpo, afecto y lenguaje (Chiozza, 1976a).

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