Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP XVI

EL CONOCIMIENTO PSICOANALÍTICO DE LA ENFERMEDAD SOMÁTICA

El cuerpo en la teoría psicoanalítica (65)

En la conciencia se constituyen dos organizaciones distintas del conocimiento de sí mismo: las representaciones de los órganos y sus funciones constituyen el grupo de representaciones que se refieren a aquello que denominamos "cuerpo"; y las representaciones de los deseos, impulsos, afectos e ideas que configuran las fantasías concientes (e inconcientes) constituyen el grupo de representaciones que se refieren a aquello que denominamos "psiquis".

Que ambas organizaciones mantienen en la conciencia relaciones entre sí lo prueba el hecho de que los "objetos", "cuerpo" y "psiquis", a los cuales ambas se refieren, se reconocen como partes de uno mismo. Se trata de un cuerpo animado y de una vida subjetiva siempre ubicada en un cuerpo.

El psicoanálisis ha enriquecido las relaciones que estos dos sistemas de organización del conocimiento mantienen en la conciencia al introducir el concepto de lo inconciente.

Cuando los psicoanalistas usamos la expresión "fantasías orales", por ejemplo, reconocemos implícitamente una relación específica entre este particular tipo de fantasías que configuran un aspecto también particular del psiquismo, y la función corporal del órgano que denominamos "boca". Esto mismo puede describirse con un poco más de prolijidad de la siguiente manera:

1. Existe un grupo de representaciones o ideas del órgano boca y sus funciones que proviene de la percepción proporcionada por los órganos de los sentidos y pertenece al sistema conciente-preconciente. El órgano boca y sus funciones (que forma una parte de aquello que denominamos el cuerpo de un sujeto) corresponde por lo tanto a un objeto de la percepción sensorial de ese mismo sujeto.

2. Existe un grupo de fantasías que pertenecen al sistema conciente-preconciente que derivan de fantasías inconcientes constituidas por impulsos instintivos propios de la zona erógena oral. La zona erógena oral (constituida por el órgano boca y sus funciones), dado que constituye la fuente de determinadas fantasías inconcientes, es conocida en el sistema conciente-preconciente a través de derivados que denominamos fantasías orales precisamente porque, tal como está constituida la teoría psicoanalítica (Freud, 1905d, 1915c, 1924c), quedan indisolublemente ligadas (en el mismo concepto de zona erógena) al grupo de representaciones (o ideas) del órgano boca y sus funciones.

La teoría psicoanalítica avanza sin embargo un paso más cuando denomina "orales" a las supuestas fantasías inconcientes que corresponden al ejercicio de la zona erógena oral, y que sólo conocemos en el sistema conciente-preconciente a través de los derivados que adquieren su nombre a partir de las ideas del órgano boca y sus funciones.

Fig. 1

Dejemos ahora deliberadamente de lado el hecho importante de que estas ideas (acerca del órgano boca y sus funciones) derivadas del ejercicio de los órganos de los sentidos, sean verbales o no verbales, se integren con afectos e impulsos igualmente específicos de la zona erógena oral para configurar en su conjunto la fantasía oral plenamente constituida.

3. Nos encontramos entonces con que se trata de una misma realidad "objetiva", se llame "boca" o "zona erógena oral", que origina según cuál sea su vía de acceso a la conciencia, el sistema de conocimiento de la realidad "material" que denominamos "cuerpo" o el sistema de conocimiento de la realidad "ideal" que denominamos "psiquis". [La cualidad esencial de esta realidad "objetiva", como lo ha subrayado Freud (1915e) apoyándose en los postulados de Kant, es igualmente incognoscible en uno y otro caso.]

De manera que la representación "boca" y la "fantasía oral" no solamente se configuran influyéndose mutuamente en un proceso recíproco y continuo, sino que, como miembros que pertenecen a dos cadenas distintas de organización del conocimiento (corporal y psíquico), mantienen entre sí una relación específica, sancionada ya en la utilización de la palabra con la cual se las denomina.

4. Esa misma realidad "objetiva" de la cual ambas derivan no puede por lo tanto ser considerada, en su propia esencia, como una realidad que posee unilateralmente los atributos de lo corporal o de lo psíquico, dado que, siguiendo los postulados de la metapsicología freudiana, llegamos a la conclusión de que los atributos de lo corporal o de lo psíquico dependen de los modos de acceso a la conciencia.

Desde este punto de vista los conceptos de psicogénesis o somatogénesis resultan tan obsoletos como la afirmación de que existen enfermedades realmente somáticas o psíquicas, ya que, frente a un trastorno particular de un ser humano, el fenómeno somático se manifiesta cada vez que un modo particular de la atención registra en la conciencia del observador una alteración de la materia (o la energía), mientras que el fenómeno psíquico se manifiesta cada vez que el observador obtiene una respuesta con respecto al sentido o significado psicológico de ese mismo fenómeno.

Cuando decimos entonces, siguiendo a Weizsaecker (1946), que todo lo corporal posee un sentido psicológico y todo lo psíquico posee un correlato corporal, no presuponemos que un fenómeno psíquico se convierta en corporal o viceversa, sino que la existencia misma del fenómeno somático puede ser comprendida en su sentido y la existencia misma del fenómeno psíquico puede ser contemplada en su aspecto corporal.

Por tal razón afirmamos en otro lugar (Chiozza, 1974a [1972]) que la progresión de la bilis a través del colédoco es al mismo tiempo y desde otro punto de vista una fantasía inconciente específica, compuesta por un afecto, una idea, un mecanismo, una intención igualmente específicos, para cuya denominación utilizamos la palabra "envidia" por ser la más adecuada a su sentido.

Inversamente la envidia como significado, como sentimiento, como impulso y como actividad del yo, posee un aspecto o correlato corporal que, entre todas aquellas representaciones que constituyen el conocimiento del cuerpo en nuestra conciencia, parece corresponder más acabadamente con aquellas que configuran el conjunto que denominamos proceso biliar.

La interpretación del material

La palabra "interpretación" deriva del latín y posee en su origen el sentido de la acción realizada por el mercader, el mediador o el intermediario, intérpretes que toman sobre sí la tarea de explicar lo que el vendedor o el comprador no quieren o no pueden poner en palabras (Corominas 1961; Meillet y Ernout, 1959; Quillet, 1963).

En su uso actual el término "interpretar" adquiere un amplio significado que abarca varias acepciones: la tarea de determinar el sentido; la de traducir o explicar en un idioma lo que se ha dicho en otro; la de atribuir una acción a un determinado fin o causa; la de comprender y expresar, bien o mal, el asunto de que se trata, y también, por extensión, la de representar una obra de teatro o ejecutar una composición musical (Salvat, 1964; Quillet, 1963; Real Academia Española, 1950).

Frente a este uso amplio de la palabra "interpretar", que queremos mantener aquí a los fines del propósito que nos anima, debemos distinguir explícitamente a la interpretación psicoanalítica como una modalidad particular y diferenciada del ejercicio interpretativo.

Podemos afirmar categóricamente que no toda interpretación de un significado es una interpretación psicoanalítica. Sin embargo, cuando penetramos en la intimidad del proceso, comprobamos un hecho aparentemente paradójico y digno de futuras reflexiones. Toda interpretación de un significado, en la medida en que se constituye como carga de representaciones preconcientes, realiza inevitablemente una manera de hacer conciente lo inconciente.

La conclusión es a un mismo tiempo obvia y sorprendente. El ejercicio psicoanalítico constituye solamente uno de los modos del hacer conciente lo inconciente, dado que esto último ocurre en todas las formas del conocimiento.

La actividad de psicoanalizar se realiza mediante una de las formas de la interpretación. El ejercicio de esta actividad implica una existencia subjetiva que podemos separar, desde un punto de vista conceptual y esquemático, en cuatro sujetos: el que interpreta, aquél a quien la interpretación va dirigida, el que recibe la interpretación y el que produce el material interpretado. Ocurre en la realidad que varios de estos sujetos, o todos, coinciden en una misma persona.

Habitualmente denominamos "material" al objeto de la interpretación psicoanalítica. Señalamos así, de manera implícita, el carácter de este objeto, que se define como material en su capacidad de impresionar a los órganos de nuestros sentidos.

Dentro del mundo de los objetos que poseen una existencia material consideramos como "material interpretable", desde un punto de vista psicoanalítico, al material cuya configuración es el producto de una existencia subjetiva. Dicho en otras palabras: constituye la manifestación de un sujeto.

Cuando nos acercamos con el anteojo psicoanalítico al objeto de nuestra labor, habitualmente distinguimos entre un contenido latente y un contenido manifiesto. Denominamos contenido latente al que surge como producto de una interpretación psicoanalítica. Este tipo de interpretación revela un segundo sentido, un significado que se hallaba oculto, y constituye, desde este ángulo, una hermenéutica particular que encuentra su clave en el conocimiento psicoanalítico.

Vale la pena insistir ahora sobre una conclusión que, a fuerza de ser obvia, ha perdido parte de la fecundidad que posee. Aunque denominamos material al objeto de la interpretación psicoanalítica, este tipo de interpretación, como arte y como ciencia de un segundo sentido, reprimido, se realiza sobre el material que ha sido previamente interpretado mediante una actividad del intelecto que le brinda un primer significado y lo ubica como producto de una existencia subjetiva.

Esta actividad del intelecto, que transforma el material percibido por los sentidos en un contenido manifiesto que constituye el objeto real de la interpretación psicoanalítica, merece un estudio sistemático que permite descubrir posibilidades cuya riqueza ha permanecido inexplorada.

Comencemos por señalar que los elementos que fundamentan la interpretación psicoanalítica, surgidos de la experiencia previa, del conocimiento teórico y de la contratransferencia, participan regularmente en la elección del material que registran nuestros sentidos y en el tipo de procedimiento interpretativo que obtiene, a partir de este material, un contenido manifiesto como objeto real de la futura interpretación psicoanalítica, cuyo fin es hacer conciente lo inconciente reprimido.

Sin embargo, a pesar de que se trata de un proceso complejo, la mayor parte del cual transcurre inconcientemente, resulta de la mayor importancia el poder distinguir conceptualmente este tipo de labor interpretativa que transforma al material ofrecido a los sentidos en un significado manifiesto mediante la utilización, muchas veces inconciente, de una experiencia que proviene de los más diversos campos del conocimiento.

El psicoanálisis, al establecer la premisa esquemática de la existencia universal de un "doble sentido" en los productos culturales, nos permite señalar dos hechos importantes. El primero es que cuando denominamos "material" al "objeto real" de la futura interpretación psicoanalítica, realizamos una simplificación que encubre la primera transformación interpretativa que acabamos de mencionar. El segundo, que fundamenta al anterior, consiste en que cuando interpretamos y hacemos manifiesto un contenido latente mediante el ejercicio del psicoanálisis, el contenido manifiesto sobre el cual realizamos la interpretación psicoanalítica, y, sobre todo, el ejercicio interpretativo que lo había hecho posible a partir de un material ofrecido a los sentidos, se convierte en un proceso latente que escapa a la atención de la conciencia.

El objeto a partir del cual realizamos la interpretación psicoanalítica se halla constituido habitualmente por un conjunto de palabras que poseen un significado en el sistema de un idioma y que han sido pronunciadas por el paciente a quien psicoanalizamos. Cuando comprendemos el significado manifiesto de este discurso verbal del paciente es porque ya hemos realizado, a partir del material que registran nuestros sentidos, un conjunto de interpretaciones, la mayoría de las cuales transcurre de manera inconciente.

Podemos intentar, para dar un ejemplo, un pequeño inventario. Una primera interpretación, frente a lo que oigo, me permite distinguir entre el sonido y el ruido. Junto a esta distinción es necesario que establezca, mediante otra interpretación aplicada al conjunto del material sonoro que percibo, cuál es la parte que proviene del paciente. Debo establecer además, a través de una nueva interpretación, que el sonido que escucho es un sonido vocal. De manera sucesiva, nuevas interpretaciones me conducen a determinar que se trata de un hablar, que este hablar ocurre en el sistema de tal lengua, y que, por fin, transmite un mensaje particular que comprendo.

Rescatar este proceso del automatismo inconciente no valdría la pena si no fuera porque nos proponemos convertir en objeto de la interpretación psicoanalítica a los productos de otras distintas transformaciones del material ofrecido a nuestros sentidos. Este intento constituye un camino que nació, en realidad, junto con el psicoanálisis. Fue recorrido posteriormente por numerosos psicoanalistas y desde diversos ángulos, aunque nunca fue explorado sistemáticamente.

Se justifica el que nos ocupemos ahora de esta cuestión, no solamente porque se ha vuelto actual gracias a la tendencia generalizada hacia el estudio de la lingüística en relación con el psicoanálisis, sino también porque me anima el propósito de contribuir al recorrido de ese camino con la exploración de un nuevo sendero.

Cuando Freud (1905e [1901]) interpreta como una "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación" el acto mediante el cual Dora juguetea con los dedos en su bolsillo de mano, subraya su interpretación con las siguientes palabras: "Teniendo ojos para ver y oídos para escuchar, no tarda uno en convencerse de que los mortales no pueden ocultar secreto alguno. Aquellos cuyos labios callan, hablan con los dedos. Todos sus movimientos los delatan. Y así resulta fácilmente realizable la labor de hacer conciente lo anímico más oculto".

Freud registra mediante su mirada un conjunto de objetos y de movimientos que interpreta como el acto espontáneo de jugar con los dedos en un bolsillo bivalvo que Dora trae por primera vez al tratamiento. La paciente no pronuncia palabras al respecto e ignoramos cuál es su grado de conciencia con respecto a la actividad que realiza con los dedos. De modo que el acto espontáneo constituye un contenido manifiesto en la conciencia de Freud, contenido que este último se ve precisado a describir con palabras.

Cuando Freud realiza a continuación la interpretación psicoanalítica de este acto, sigue una secuencia que pasa por el establecimiento de las categorías de acto sintomático inconciente, símbolo universal del genital femenino y, por fin, "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación" (Freud, 1905e [1901], pág. 635).

Nos interesa determinar en este caso cuál es el objeto de la interpretación psicoanalítica. No cabe duda de que Freud aplica el psicoanálisis al conjunto de representaciones que posee en su conciencia acerca de la mencionada actividad de Dora, de cuya existencia como suceso real y externo Freud está seguro.

Reparemos ahora en el hecho de que cuando, en nuestro ejemplo anterior, nos referimos al objeto constituido por un contenido manifiesto correspondiente a las palabras que un paciente pronuncia, el objeto real de nuestra interpretación psicoanalítica también se hallaba constituido, en última instancia, por el conjunto de representaciones presentes en nuestra mente de analistas como producto de nuestra facultad de comprender el contenido de un tal mensaje manifiesto.

¿En dónde reside pues la diferencia entre la constitución de uno y otro objeto de la interpretación psicoanalítica en los dos ejemplos mencionados? La respuesta resulta clara. Reside en el conjunto de conocimientos y procedimientos interpretativos que aplicamos en uno y otro caso para obtener a partir del material ofrecido a los sentidos el objeto sobre el cual realizaremos la interpretación psicoanalítica.

Para el caso en que se trata de las palabras pronunciadas por un paciente es necesario conocer el sistema de la lengua en la cual éste se expresa. Para el caso del acto realizado por Dora basta con disponer de la integridad del proceso intelectual implícito en el acto de la percepción y el juicio.

Veamos ahora un ejemplo de otro tipo. El paciente ha pronunciado una frase que, sometida al ejercicio interpretativo que nos permite comprender su significado manifiesto, se convierte en un mensaje que relata un acontecimiento concreto al cual el paciente hace referencia. Sin embargo, en lugar de tomar a este relato por objeto de la interpretación psicoanalítica, nuestra atención repara en que el paciente utilizó en esta frase la palabra "usted" para dirigirse a un analista al cual habitualmente "tuteaba". Esta palabra, contracción de "vuestra merced", y el uso consiguiente del verbo en la tercera persona del singular (Cesio y otros, 1966b) corresponden a una forma de trato indirecto. El sujeto habla en esta forma con una segunda persona; y le habla de ella misma como si se estuviera refiriendo a una tercera representada por la "merced" o "gracia" del interlocutor. Estos conocimientos permiten al analista interpretar el significado gramatical de la sustitución realizada por el paciente, y establecer, mediante este camino interpretativo que pertenece a la gramática, un objeto distinto sobre el cual realizar la interpretación psicoanalítica.

En "El problema psicosomático y la técnica psicoanalítica" (Chiozza, 1974c), y refiriéndonos a esta misma cuestión, explorábamos otras de las posibilidades interpretativas a través de las cuales se constituyen los diferentes objetos de la interpretación psicoanalítica. Lo expresamos con las siguientes palabras:

Lo que nuestro tacto registra en la mano del paciente es interpretado como humedad y como frío; la humedad es reinterpretada como sudoración. Lo que notamos en el apretón de manos que constituye el saludo es interpretado como blandura y ésta es reinterpretada como un edema leve. Lo que vemos en la punta de los dedos es interpretado como azul, y este color reinterpretado como cianosis.

El conjunto recibe una nueva interpretación y pasa a constituir el síndrome acrocianótico.

Así como lo que nuestra vista registra en la cara del paciente puede atravesar, por ejemplo, la línea conceptual palidez-anemia o la línea conceptual palidez-ictericia, propias de la patología médica y de las ciencias de la naturaleza, este material puede estructurarse en la conciencia del observador siguiendo otras líneas de organización (palidez-susto, por ejemplo), propias del ámbito del lenguaje como mímica, gesto o expresión del afecto.

El conjunto de lo que nuestra atención obtiene puede también interpretarse como juego, dibujo, conducta, mito o teatro.

La progresiva estructuración de los significados que se constituyen mediante la interpretación admite diferentes posibilidades de organización en la conciencia. La física o la patología médica, la historia o la gramática, constituyen ejemplos de las distintas formas de organización que pueden ser científico-naturales, tanto como religiosas o metafísicas, éticas o estéticas. Todas estas interpretaciones son el producto complejo de una "historia" personal del observador, tejida con métodos, recuerdos y juicios, que constituyen los pilares de nuestra facultad de conocimiento.

A pesar de que la interpretación habitualmente privilegiada es la que nos conduce a transformar el material en un discurso manifiesto del paciente, cualquiera de las interpretaciones que dotan al material de un primer significado que implique la existencia de un sujeto, puede formar parte del origen de la interpretación psicoanalítica, que nace como producto de una hermenéutica particular cuya tarea es la búsqueda de un segundo significado, reprimido.

Habíamos prometido al comienzo de este apartado contribuir al recorrido de este camino con la exploración de un nuevo sendero. Digamos ahora, a modo de conclusión, lo siguiente: del mismo modo que Freud señala en el juego de Dora una "inconfundible exteriorización mímica de la masturbación", y el estudio del uso del "Ud." nos demuestra de manera inequívoca el encubrimiento del horror al incesto (Freud, 1912-1913; Cesio y otros, 1966b), a partir de las interpretaciones propias de las categorías conceptuales que pertenecen a la ciencia médica tradicional, podemos descubrir, mediante la interpretación psicoanalítica, fantasías específicas que nos permiten afirmar, por ejemplo, que la ictericia es una inconfundible exteriorización "orgánica" de la envidia inconciente (Chiozza, 1974b).

La interpretación psicoanalítica de los fenómenos somáticos

Cuando un paciente realiza un acto o experimenta un trastorno somático que interpretamos como "producto" de la envidia inconciente, suponemos que esta envidia, a la cual denominamos "el contenido latente", determina desde lo inconciente la conducta o el síntoma que estamos considerando. Solemos pensar entonces, casi involuntariamente, que la envidia inconciente continúa existiendo como tal, reprimida, detrás del contenido manifiesto o en algún otro lugar. Sin embargo no parece ser esto lo que pensaba Freud.

La envidia, como sentimiento, se establece como una multitud de procesos, los cuales constituyen en su conjunto una "conmoción vegetativa" que precisamente configura la particular emoción que aprendimos a denominar de esa manera. Cuando ocurre una represión de la envidia es, precisamente, para impedir el desarrollo, específico, de tal afecto (Freud 1915e). La idea inconciente que continúa siendo actual y que constituye en sí misma una disposición a la envidia (Freud 1915e; Chiozza, 1974d) ha exteriorizado su eficacia a través de un proceso distinto.

Es nuestra interpretación la que asevera, a partir de ese proceso, del contexto y de nuestro propio inconciente, que el proceso en cuestión constituye una transformación de la envidia. Para decirlo con mayor exactitud, constituye el efecto de una idea inconciente que hubiera podido, en condiciones diferentes, exteriorizarse como envidia.

De este punto de vista el contenido latente, la envidia inconciente, no es actual como lo son la conducta, el síntoma o los afectos e ideas concientes que el paciente experimenta. Llamamos contenido latente (Chiozza y colab., 1966a) a lo que conocemos como un producto manifiesto en la conciencia del intérprete capacitado para comprender que la conducta o el síntoma constituyen en el paciente un desarrollo equivalente la envidia que, como tal, existe sólo en la conciencia del observador.

La teoría psicoanalítica de los afectos (Freud, 1900a [1899], 1911b, 1915e, 1923b; Rapaport, 1962; Chiozza, 1974d) nos ofrece la ventaja de un aparato conceptual dentro del cual desaparece la tradicional alternativa entre psiquis y soma (Chiozza, 1970k [1968]). Ya no se trata de comprender cómo lo psíquico se transforma en corporal o viceversa, sino que un determinado fenómeno somático adquiere un significado. Es decir que se hace psicológicamente comprensible en la conciencia de un observador. Este observador que capta un significado "psicológico" experimenta un estado de ánimo que también puede ser descripto u observado como somático (Cesio y otros, 1968; Chiozza, 1975c, 1970k [1968]).

Si el significado obtenido por la interpretación, es decir lo que solemos denominar "el contenido latente", pasará a sustituir en el enfermo al síntoma llamado somático (o se hubiera desarrollado espontáneamente en lugar de constituirse ese síntoma), el conjunto del fenómeno ocurrido podría ser descripto como psíquico o somático según cuál fuera nuestro modo de abordarlo y nuestra capacidad para percibirlo o comprenderlo.

Las ideas o fantasías inconcientes son "claves de inervación" de los afectos –de acuerdo con la expresión de Freud, (1900a [1899])– para las cuales los conceptos de psíquico o somático son impertinentes (Chiozza, 1971b, 1974d). Del mismo modo que diferentes formas, funciones, desarrollos o trastornos corporales pueden ser comprendidos como la exteriorización de diferentes "claves", cada uno de los fenómenos que denominamos "somáticos", "posee" (más allá de cuál sea nuestra actual capacidad para descubrirlo o expresarlo en términos verbales) un significado específico (Chiozza, 1963a), en el sentido de que ha ocurrido "en lugar" de un afecto y una idea conciente particular que hubieran podido ser un desarrollo equivalente de la misma "clave" o fantasía inconciente.

Es obvio que nuestra capacidad para comprender el significado inconciente de la conducta o los síntomas depende, como en el caso de cualquier otro tipo de lenguaje, de la existencia de un sentido unívoco con respecto a determinadas "unidades" o estructuras significativas, aunque las posibilidades de combinación, prácticamente ilimitadas, de estas unidades nos enfrenten con posibilidades de expresión igualmente ilimitadas.

Cuando habitualmente decimos, por ejemplo, que la envidia es el contenido latente, queremos decir "envidia" y no "miedo". Justamente de la diferencia entre una y otro depende el éxito de nuestra interpretación. Cuando en lugar de una conducta se trata de un síntoma somático, es igualmente importante comprender lo más exactamente posible cuál es su "desarrollo equivalente".

Mediante la interpretación psicoanalítica nominamos, a partir de los afectos primarios y sus desarrollos (Cesio, 1969; Chiozza y colab., 1966a), los fenómenos actuales que constituyen los desarrollos equivalentes de cada uno de estos afectos e ideas. Es necesario, por lo tanto, que frente a un síntoma somático que interpretamos como "producto" de la envidia inconciente, mantengamos en claro las implicaciones siguientes:

1. En lo inconciente, como actualidad, existe solamente una idea o fantasía que, como clave de inervación, constituye una disposición potencial al desarrollo de envidia.

2. El síntoma somático constituye el desarrollo actual de tal idea inconciente.

3. El paciente percibe concientemente ese síntoma o sus derivados y le atribuye un significado distinto al de la envidia.

4. El psicoanalista que interpreta utiliza la envidia que él es capaz de sentir para nominar el significado que atribuye al síntoma somático comprendido como un equivalente específico al desarrollo de la envidia que no se produjo.

5. Sin embargo el fenómeno somático actual es, al mismo tiempo, un fenómeno psíquico igualmente actual que adquiere la forma de afectos e ideas concientes cuya conexión con la envidia permanece inconciente.

6. Cuando el psicoanalista interpreta y nomina a partir de la envidia, sostiene que dicho síntoma somático y los afectos e ideas concomitantes constituyen como actualidad otra forma de envidia que ocupa el lugar de aquella envidia que todos, e inclusive el paciente, somos capaces de reconocer como tal.

7. El psicoanalista supone, por lo tanto, que ambas formas de envidia, la que todos somos capaces de reconocer como tal y la que él ha descubierto en el paciente bajo una forma distinta mediante el psicoanálisis, son derivados de una misma clave inconciente.

8. El fenómeno somático adquiere entonces, para el psicoanalista, la categoría de un fenómeno psíquico actual, en cuanto éste logra comprenderlo como un equivalente específico de la envidia potencial que no ha llegado a desarrollarse como tal, sino bajo esta otra forma distinta que denomina envidia inconciente o reprimida. Completa así una serie psíquica cuya continuidad se hallaba interrumpida en la conciencia del paciente (Chiozza, 1974d; Freud, 1940a [1938]).

Antes del descubrimiento de Freud la histeria se expresaba en un lenguaje arcano e incomprensible. Desde esa época hasta nuestros días cada vez es mayor el número de las enfermedades que podemos comprender en el lenguaje del deseo y sus vicisitudes. Es posible suponer por lo tanto que aquellos fenómenos somáticos que hoy se consideran como transformaciones inexpresivas (que forman el llamado cuerpo asimbólico) constituyen en cambio una evidencia de nuestra actual insuficiencia para comprender su lenguaje.

Notas

(65) El texto de este apartado pertenece a un trabajo presentado en el I Encuentro Argentino-Brasileño sobre el tema "Contribuciones psicoanalíticas a la medicina psicosomática. Buenos Aires, 1975, y fue publicado en la primera edición de Cuerpo, afecto y lenguaje (Chiozza, 1976a).

(66) El texto de este apartado pertenece a un trabajo presentado en el VI Simposio del Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP), Buenos Aires 1974 y publicado por primera vez en Eidón, año 2, Número 3, Buenos Aires, 1975.

(67) Capítulo II del presente volumen

(68) El texto de este apartado pertenece a un trabajo presentado en el I Encuentro Argentino-Brasileño, Buenos Aires, 1975, y publicado en la primera edición de Cuerpo, afecto y lenguaje (Chiozza, 1976a).

(69) Este punto ha sido expuesto con mayor amplitud en el capítulo VII de este mismo volumen

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