Dr. Luis Chiozza
CAP. XVII
LA TRANSFORMACIÓN DEL AFECTO EN LENGUAJE (70)
La teoría psicoanalítica de los afectos
Freud (1915e) nos aclara que en su teoría no existen afectos o emociones inconcientes en un sentido análogo al que utilizamos cuando hablamos de representaciones (ideas) inconcientes. Mientras que las ideas inconcientes son cargas psíquicas de huellas mnémicas, los afectos o emociones corresponden a procesos de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas como sentimientos.
Por tal motivo la verdadera finalidad de la represión consiste en impedir el desarrollo del afecto (Freud, 1915e).
Lo que llamamos emoción inconciente no es un producto "real", como en el caso de la idea inconciente que recibe su catexis del impulso instintivo, sino una disposición al afecto que no pudo llegar a desarrollarse (Freud, 1915e). Esta disposición potencial al afecto, que se denomina también, siempre desde el punto de vista cualitativo, estructura afectiva inconciente (Freud, 1915e), corresponde desde el punto de vista cuantitativo a la llamada cuota de afecto o montante de excitación.
Los afectos propiamente dichos son en cambio procesos actuales de descarga, percibidos en la conciencia bajo la forma de sensaciones o sentimientos cualitativamente diferenciados entre sí. Su capacidad de conciencia no depende, como en el caso de las ideas inconcientes, del agregado de un resto mnémico verbal o visual, preconciente (Freud, 1923b).
La presente afirmación de Freud acerca del carácter no actual, sino potencial, de la emoción inconciente, nos introduce en una aparente contradicción con su categórica postulación acerca del carácter patógeno, y aún corporalmente patógeno, de lo inconciente reprimido. Sin embargo el efecto patógeno se establece siempre a través de formaciones sustitutivas que logran el acceso a la motilidad (sea voluntaria o vegetativa) y constituye por lo tanto un fracaso en el mecanismo de la represión.
Estas formaciones sustitutivas pueden ser "interpretadas" por el sujeto que las padece mediante las más diversas alteraciones de su sentido primitivo, pero logran el acceso a la conciencia como procesos de descarga que constituyen afectos actuales.
Freud (1905e [1901]) afirma que el síntoma es en todos los casos una satisfacción enmascarada de los impulsos sexuales que configuran el deseo o idea inconciente. Por lo tanto, el síntoma implica una inhibición del desarrollo del afecto original reprimido que subsiste en lo inconciente como disposición potencial asociada al deseo primitivo, pero también implica una transformación transaccional, no siempre saludable, de dicho afecto potencial original en un afecto actual que se descarga y se vivencia bajo la forma del síntoma y sus fenómenos concomitantes.
Si aceptamos incluir, como lo hace Freud (1926d [1925]) en un sentido amplio, al dolor y a la angustia dentro de la teoría de los afectos, toda descarga motora, exceptuando aquellas destinadas al logro de la acción eficaz sobre el mundo exterior y tal vez sobre los procesos internos, constituye un afecto. Ha sido repetidamente señalado (Rapaport, 1962) que el desarrollo de afecto tiende a incrementarse cuando se incrementa la frustración frente a la ausencia del objeto o frente a otras formas de incapacidad para desarrollar la acción eficaz destinada a satisfacer la necesidad. Freud se ocupa del mismo tema de un modo semejante cuando afirma: "La descarga motora, que durante el régimen del principio de la realidad había servido para descargar de los incrementos de estímulo el aparato psíquico, y había cumplido esta misión por medio de inervaciones transmitidas al interior del cuerpo (mímica, expresión de los afectos), quedó encargada ahora de una nueva función, siendo empleada para la modificación adecuada de la realidad y transformándose así en acción." (Freud, 1911b, pág. 496).
Al definir los afectos propiamente dichos como una clase determinada de procesos de descarga, estos han quedado de algún modo objetivados. Podemos preguntarnos ahora en qué clase de objeto teórico se halla anclada esa estructura afectiva inconciente potencial que, por el mismo hecho de ser potencial, resulta privada de su referencia a algún tipo de substrato material concreto. Freud (1900a [1899]), en La interpretación de los sueños, acuden en nuestra ayuda con las siguientes palabras que deseamos subrayar:
Aquí tomamos como base una suposición precisa sobre la naturaleza del desarrollo de afecto. Se lo considera como una función motora o secretora, cuya clave de inervación está situada en las ideas del inconciente (Freud, (1900a [1899], pág. 566).
Estas palabras de Freud clarifican todo el esquema. La estructura disposicional afectiva inconciente desde el punto de vista cualitativo, se encuentra "contenida" en la misma idea inconciente, ya que la forma de esta idea constituye la "clave" de la inervación capaz de desarrollar el afecto.
Los llamados afectos retenidos corresponden entonces a montantes de excitación que buscan su derivación a través de una clave de inervación proporcionada por una idea inconciente. Al ingresar en la conciencia como representación, una parte de ella es capaz de desarrollar aquello que denominamos afecto, mientras otra parte es capaz de desarrollar aquello que denominamos idea.
Se comprende de este modo que distintos "afectos inconcientes" puedan disputarse el acceso a la motilidad o ser víctimas de la represión, que puedan "combinarse" en una transacción que, junto a la persistencia en lo inconciente de la disposición para los afectos primarios (que configuran la "tormenta" afectiva o las distintas pasiones), puedan constituirse, a través de sucesivas elaboraciones, nuevas disposiciones, "atemperadas", hacia el desarrollo de afectos secundarios.
También resulta comprensible de este modo que la descarga de una estructura afectiva inconciente mediante el desarrollo de afecto pueda conducir a la recarga de otra estructura inconciente como producto de aquello que denominamos la existencia de un conflicto afectivo inconciente.
Cuando Freud (1926d [1925]) se ocupa del problema de la angustia, expresa con las siguientes palabras una de sus más profundas postulaciones acerca de los afectos:
"A nuestro juicio, también los demás afectos son reproducciones de sucesos antiguos, de importancia vital y, eventualmente, preindividuales, y los comparamos, como ataques histéricos generales, típicos e innatos, a los ataques de la neurosis histérica, posterior e individualmente adquiridos, cuya génesis y significación de símbolos mnémicos nos ha revelado el análisis" (Freud, 1926d [1925], pág. 53).
Continúa luego esta comparación subrayando que: "Para explicarnos el ataque histérico no tenemos más que buscar la situación en la que los movimientos correspondientes constituían una parte de un acto justificado" (Freud, 1926d [1925], pág. 53).
Esta afirmación de Freud acerca de que los afectos son ataques histéricos heredados y universales posee una trascendencia insospechada, ya que, dado el carácter central de la teoría de los afectos en psicoanálisis, nos permite utilizar su comprensión de los fenómenos corporales de la histeria en el resto de nuestra actividad psicoanalítica.
Ya no se trataría como afirma Freud (1905e [1901]) para el caso de la conversión, de una transferencia de una excitación puramente psíquica a la inervación somática, sino que si bien no todos los afectos son estrictamente hablando, síntomas, todos los síntomas (ya se manifiesten a la conciencia como alteraciones psíquicas o como alteraciones somáticas) son afectos, y, como tales, están dotados de un sentido psicológico y quedan atribuidos tanto a un lugar del cuerpo como a una alteración somática.
Nos falta todavía abordar una cuestión. Hemos dicho que la representación que penetra en el sistema de la conciencia es capaz de desarrollar un afecto y una idea. Rapaport (1962) afirma: "Tanto la 'carga afectiva' como las ideas son representaciones impulsivas; fue necesario distinguirlas teóricamente por ser diferente su destino en el estado de represión".
Es cierto que el psicoanálisis nos acostumbra, siguiendo el consejo de Freud, a perseguir por separado los destinos que la represión impone al afecto de aquellos otros que impone a la parte eidética de la representación. Dentro de esta regla psicoanalítica resulta bastante claro qué es lo que debemos entender por una y otra cosa.
Sin embargo, cuando en un afán de "inventariar" los distintos tipos de representaciones que configuran en el psiquismo la idea o el objeto interno "pecho", por ejemplo, pasamos de aquellas que provienen de los órganos de los sentidos a aquellas otras que corresponden a la tibieza de la leche descendiendo por el esófago y alojándose en el estómago, o al conjunto cenestésico que surge de la posición del cuerpo en el regazo materno, debemos preguntarnos en qué punto de esta escala sin soluciones de continuidad finaliza aquello que denominamos representación-idea y comienza lo que denominamos afecto, ya que afecto es, en última instancia, el registro sensitivo de un proceso de descarga motora, predominantemente vegetativa, realizado de acuerdo con una modalidad preformada.
Si repasamos atentamente cuanto llevamos dicho hasta aquí, concluiremos en que la distinción entre afecto e idea no corresponde a la existencia de categorías diferentes fuera del ámbito de la conciencia, sino a las distintas manifestaciones concientes de un proceso que es complejo y unitario.
La intención de significar
En el historial de Isabel de R., Freud (1895d) formula un pensamiento cuya profunda concepción acerca de la relación existente entre histeria, afecto y lenguaje, nos permite ya entrever sus posteriores afirmaciones acerca de que los afectos constituyen ataques histéricos universales y congénitos. Sus palabras son las siguientes:
Tomando al pie de la letra las expresiones metafóricas de uso corriente y sintiendo cómo un suceso real, al ser ofendida, la "herida en el corazón" o la "bofetada", no hacía uso la paciente de un abusivo retruécano sino que daba nueva vida a la sensación a la cual debió su génesis la expresión verbal correspondiente. En efecto si al recibir una ofensa no experimentáramos cierta sensación precordial, no se nos hubiera ocurrido jamás crear tal expresión. Del mismo modo la frase "tener que tragarse algo", que aplicamos a las ofensas recibidas sin posibilidades de protesta, procede, realmente, de las sensaciones de inervación que experimentamos en la garganta en tales casos.
Todas estas sensaciones e inervaciones pertenecen a la "expresión de las emociones" que, según nos ha demostrado Darwin, consiste en funciones originariamente adecuadas y plenas de sentido. Estas funciones se hallan ahora tan debilitadas que su expresión verbal nos parece ya metafórica, pero es muy verosímil que primitivamente poseyeran un sentido literal, y la histeria obra con plena justificación al restablecer para sus inervaciones más intensas, el sentido verbal primitivo. Llego incluso a creer que es equivocado afirmar que la histeria crea por simbolización tales sensaciones, pues quizás no tome como modelo los usos del lenguaje, sino que extraiga con él sus materiales de una misma fuente.
En estado de profunda modificación psíquica surge una orientación del lenguaje hacia la expresión artificial en imágenes sensoriales y sensaciones (Freud, 1895d, pág. 103).
En otro párrafo de la misma época Freud (1950a [1887-1902]*) nos aclara cuál es su concepto acerca de la relación que la expresión de las emociones mantiene, desde el punto de vista genético, con el instrumento de comunicación que denominamos lenguaje. Afirma que el organismo humano, incapaz en un principio de llevar a cabo la acción específica destinada a satisfacer la necesidad, recurre a la asistencia ajena llamando la atención de una persona experimentada, sobre el estado en que se encuentra el niño, mediante la conducción de la descarga por la vía de la alteración interna. Esta vía de descarga, el afecto, adquiere, así, "la importantísima función secundaria de la comprensión" (Freud, 1950a [1887-1902]*, pág. 362-363).
De más está decir que la relación existente entre afecto y lenguaje brinda su fundamento teórico a la posibilidad de realizar la interpretación psicoanalítica y a los efectos que ésta persigue y obtiene.
Quince meses después de haber interrumpido el tratamiento Dora visita a Freud. Padece de un dolor en la cara que la atormenta día y noche. Freud descubre (siguiendo la inspiración de una ocurrencia) que este dolor ha comenzado en ocasión de haber leído Dora en los periódicos acerca de él. Interpreta que la supuesta neuralgia facial corresponde al autocastigo, al remordimiento por la bofetada propinada a K, y por transferencia sobre Freud de los sentimientos de venganza.
La localización del dolor orienta la interpretación hacia la bofetada, su momento de aparición hacia la relación con Freud. Vemos que el dolor que Dora interpreta como el efecto de una causa somática pasa a ser interpretado por Freud como un elemento que corresponde a una fantasía inconciente. Esta última completa una serie conciente interrumpida, configurando de este modo un nuevo conjunto, dotado de un significado más rico.
Puede discutirse el carácter somático de este dolor que Dora ubica en una región de su cuerpo y que queda atribuido a "una supuesta neuralgia" facial. Sin embargo esta objeción carece de importancia para los fines que nos proponemos, ya que Freud interpreta de una manera semejante distintos fenómenos clínicos que se manifiestan en la histeria como una indudable alteración somática.
La actividad psicoanalítica, al interpretar el material constituido por alteraciones somáticas, síntomas, gestos o sonidos vocales, encuentra en cada uno de ellos aquello que denominamos metafóricamente un "contenido" psíquico. Expresándolo en términos más rigurosos: cada uno de estos fenómenos adquiere, mediante la interpretación un significado que permite categorizarlo como una forma de lenguaje.
El estudio del significado es el problema clave de la lingüística; constituye además, en opinión de algunos filósofos (Christensen, 1968), el problema fundamental que se ha planteado a este siglo. Se trata de comprender qué clase de cosas son los significados, cuál es su naturaleza. Este problema puede ser abordado desde diversos ángulos. En "El significado de la enfermedad" (Chiozza 1971a) hemos intentado abordarlo desde un terreno que posee sus propios derechos: la experiencia psicoanalítica. Dijimos entonces que la vivencia que acompaña al acto de significar constituye "lo" significado en el objeto que ha recibido y perpetúa el signo o señal.
Señalemos ahora que si la vivencia que solemos denominar "significado" acompaña al acto de significar, de trazar el signo que la "posee", la relación entre el signo y su significado no puede ser arbitraria, no puede ser el producto de un "convenio" independiente y posterior, por la sencilla razón de que ambos forman parte de un mismo acontecimiento biológico, constituyen dos manifestaciones de un mismo fenómeno. Las palabras que Freud escribió en el historial de Isabel de R. y que citamos anteriormente enriquecen estas consideraciones.
Debemos traducir ahora la palabra "vivencia" en los términos de la metapsicología que venimos utilizando. La palabra "sentido" utilizada como sinónimo de la acepción habitual del término "significado" (lo mismo ocurre con el francés sens), nos refiere al mismo tiempo a un grupo de fenómenos en los cuales se conjugan la percepción y el sentimiento. "Sentido" es "significado", pero también es lo que llega a través de órganos como la vista, el tacto o el oído. "Sentido" es además "lo que siento" y, por último no menos importante, es una dirección hacia la cual me encamino.
Recorriendo atentamente esta línea de pensamiento parece indudable que la naturaleza primaria del significado debe ser encontrada en los procesos de descarga que constituyen una serie complementaria entre la acción y el afecto.
Cuando frente al material constituido por una alteración somática, un síntoma, un gesto o un sonido vocal, nuestra interpretación, mediante la atribución de un significado, descubre el signo de un lenguaje, cabe preguntarse quién ha trazado ese signo. ¿Es el ejercicio mismo de nuestra actividad interpretativa el que atribuye al fenómeno considerado, mediante un artificio, la cualidad de signo? ¿O, por lo contrario, la existencia misma de ese fenómeno que puede ser comprendido es la evidencia de una intención de significar que pertenece al organismo del cual emana el fenómeno?
Esta cuestión, así planteada, coincide con la antigua e insoluble pregunta acerca de cuáles son las pruebas de la existencia de la conciencia en el otro, con la cual Freud defiende su posición frente a quienes dudan acerca de la existencia de lo psíquico inconciente. Sin embargo, cuando nuestra investigación psicoanalítica se dirige hacia el estudio de los más diversos procesos orgánicos en la búsqueda del lenguaje de los órganos, esta cuestión recobra parte de su urgencia.
Podemos ensayar aquí dos respuestas. Desde el punto de vista genético podemos concebir el origen de la intención de significar en la experiencia que se constituye cuando la descarga primaria del afecto conduce por vía de la asistencia ajena a la satisfacción de la necesidad, condicionando de este modo el nacimiento de un proceso de comunicación que configura una acción eficaz y específica indirecta. Nos encontramos entonces con que junto a los dos modos primarios de la experiencia, constituidos por la experiencia de satisfacción y la experiencia dolorosa, existe un tercero que también deja huellas: la experiencia de comunicación, que nos coloca frente a la noticia de la existencia del "otro".
Desde el punto de vista metodológico podemos afirmar la existencia de un lenguaje en el fenómeno que se manifiesta como una alteración somática, cuando la interpretación que descubre un sentido conduce hacia un cambio igualmente interpretable que permite la instalación de un "diálogo" que restablece una continuidad interrumpida en el terreno de la conciencia.
Notas
(70) El texto de este capítulo constituye un extracto del trabajo presentado en el Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis. Río de Janeiro 1974. Fue publicado por primera vez en la primera edición de Cuerpo, afecto y lenguaje (Chiozza, 1976a).
(71) Capítulo IV del presente volumen