Dr. Luis Chiozza
CAP XVIII
LA ENFERMEDAD DE LOS AFECTOS (72)
La parte "patosomática" de la personalidad
Freud (1900a [1899], pág. 484) se hace solidario con la afirmación de Stricker: "Cuando soñamos con ladrones y sentimos miedo, los ladrones son imaginarios, pero el miedo es real". Tanto en la construcción de un delirio en el cual los ladrones son imaginarios, como en el desplazamiento neurótico por obra del cual los ladrones reciben un afecto injustificado, el miedo primitivo sigue siendo real.
Pero ¿qué significa "real" en este caso? Si el afecto aparece ligado a una deformación delirante de la realidad o se describe como un sentimiento injustificado frente a la representación sustitutiva, la calificación de real que se le aplica sólo puede aludir a una cualidad intrínseca del mismo. En efecto, el miedo constituye, en sí mismo, una emoción coherente que formó parte alguna vez de un suceso motor justificado (Freud, 1950a [1887-1902]*, 1926d [1925]) y que actualmente, como proceso de descarga, se realiza de una manera efectiva.
Parafraseando una conocida expresión de Freud, diremos que es necesario perseguir por separado los destinos que la neurosis, la psicosis y la enfermedad somática imponen al afecto. Diferenciamos entre sí a las neurosis y las psicosis no sólo por sus manifestaciones psíquicas distintas, sino porque, y ante todo, psicoanalíticamente comprendidas se revelan como maneras específicas y diferentes del enfermar.
Del mismo modo es necesario que nos preguntemos, como psicoanalistas, y desde nuestro terreno de la investigación, qué significa la enfermedad somática, cualquier enfermedad somática. Debemos tener en cuenta para esto que, junto a la existencia de una parte neurótica y una parte psicótica de la personalidad, existe siempre una parte de la personalidad que llamaremos patosomática, no tanto porque se manifieste groseramente a la percepción sensorial como una alteración material o funcional de los órganos, lo cual le da su nombre, sino porque constituye una manera específica del enfermar psicoanalíticamente comprensible.
El afecto como histeria universal y congénita. Su deformación en la organoneurosis
Freud sostenía que los afectos pueden ser equiparados con ataques histéricos universales y congénitos que "contienen", como herencia arcaica, la repetición inconciente de un suceso prehistórico, supuestamente filogenético (Freud, 1926d [1925], 1933a [1932]). Freud como es natural, no creía posible obtener la emergencia del suceso prehistórico bajo la forma de un recuerdo; como no creía posible analizar el contenido de los símbolos universales basándose solamente en las asociaciones del paciente (Freud, 1900a [1899]; Canteros, 1975). Creía en cambio en la posibilidad de su reconstrucción a través de la comprensión del sentido de los afectos que constituyen las emociones básicas del ser humano como partes de conductas arcaicas que responden a finalidades del yo universales y congénitas.
No podemos retomar ahora las numerosas citas que testimonian acerca de estas ideas de Freud (Freud, 1916-1917 [1915-17], 1918b [1914], 1923b, 1939a [1934-38]; Mauas, 1975), pero debemos recordar que es desde este punto de vista que retomará en 1926 el problema de la angustia para afirmar (Freud 1926d [1925]) que esta última constituye un afecto que "contiene" la historia del trauma de nacimiento de la misma manera que el síntoma histérico contiene la historia de un suceso traumático infantil. Si, como expresa Freud en 1909 (Strachey, 1968; Mauas, 1975), el afecto es una reminiscencia, ésta no puede sin embargo ser recordada como lo son los sucesos infantiles posteriores al desarrollo individual del lenguaje verbal, que marcan el límite entre prehistoria e historia.
Fig. 1
Fig. 2
La identidad fundamental existente, en cuanto a su estructura constitutiva, entre histeria y emoción, nos permite comprender las llamadas organoneurosis como conversiones histéricas que afectan a las inervaciones vegetativas. Nada habría que objetar al concepto tradicional de organoneurosis si no fuera porque en ese camino la teoría ha perdido la conexión específica del trastorno particular con una determinada emoción primaria deformada que representa o alude (simbólica y específicamente) a la persistencia de una conducta arcaica, determinada por un suceso filogenético particular.
Esta relación muchas veces se halla conservada, como señalaba Freud, en los usos del lenguaje. Precisamente correlaciona tales histerias "vegetativas" con la expresión primitiva de las emociones (Freud, 1950a [1887-1902]*, 1905e [1901], 1908b). Durante el proceso de atemperación de los afectos (íntimamente vinculado con su función en el lenguaje) los productos del acontecer filogenético son continuamente resignificados en el transcurso de la historia individual, recorriendo una secuencia que conduce desde la emoción a la palabra pasando por el campo intermediario del gesto (Chiozza, 1974b).
La destrucción "patosomática" de la coherencia del afecto. Su re-significación mediante la interpretación psicoanalítica
Volviendo ahora sobre nuestra pregunta anterior diremos que en la neurosis, para impedir el desarrollo de un afecto penoso, se destruye la ligadura coherente del afecto primitivo con la idea frente a la cual dicho afecto fue vivenciado al ocurrir el trauma. Lo que aquí se destruye es el significado de una experiencia particular que pertenece a la historia personal del sujeto. Se trata de un suceso traumático ubicado en la infancia. En la psicosis la destrucción alcanza al conocimiento de la realidad exterior mediante una alteración del juicio que denominamos "locura".
En la enfermedad somática (mejor sería decir en la parte patosomática de la personalidad) se destruye la coherencia del afecto. El afecto desaparece como tal para descomponerse en sus diferentes "inervaciones" constitutivas que, como otras tantas funciones, se derivan entre sí las magnitudes de la carga.
Fig 3
La enfermedad que "clásicamente" reconocemos como histeria constituye un campo intermedio entre la neurosis y la enfermedad somática. Si bien en ella ocurre una descomposición "patosomática" de la coherencia del afecto, los remanentes o equivalentes afectivos resultantes derivan de un suceso que perteneció a la infancia individual y constituye, por lo tanto, una "mímica" expresiva (Freud, 1909a [1908]) que conserva suficiente proximidad con la conciencia como para poder recuperar su coherencia, a través del recuerdo, como parte de un acto originalmente justificado (Freud, 1909a [1908]).
Si sostenemos, por comparación con la psicosis, que la enfermedad somática es la locura del afecto, la interpretación deberá restablecer la coherencia primitiva mediante la capacidad de reconocer los distintos componentes como partes de un conjunto significativo que constituye una fantasía específica (Chiozza, 1974b, 1975c) en los términos de un deseo o de la finalidad de una conducta.
Pero la interpretación de un afecto que ha perdido su coherencia más allá de lo que habitualmente conocemos como histeria exige una labor particular en el proceso de hacer conciente lo inconciente, que trasciende la tarea de llenar las lagunas mnémicas que corresponden a la infancia individual.
Veamos, por ejemplo, lo que sucede con el llanto, del cual nos ocupamos detalladamente en "Una idea de la lágrima" (Chiozza y colab., 1970b [1968]). El estudio etimológico de la palabra "llorar" y sus equivalentes demuestra que el llanto, como proceso de descarga, como acontecimiento emotivo, puede ser considerado un afecto. Como ocurre con cualquiera de los afectos, el llanto se registra bajo la forma de sensaciones interiores cuya percepción por la conciencia no depende de las huellas mnémicas verbales (Freud, 1923b) y ofrece al mismo tiempo la característica de poder ser "objetivado" mediante los órganos de los sentidos (Chiozza, 1974b).
Para describir las sensaciones interiores que constituyen el proceso del llanto sería necesario disponer de la riqueza verbal propia del poeta. Para los fines que nos ocupan nos bastará con suponer que podemos resumirlas esquemáticamente y representarlas con la palabra "tristeza", que alude a uno de sus sentimientos más característicos.
Los aspectos del llanto que se perciben mediante los órganos de los sentidos pueden resumirse en tres clases de sucesos o funciones, ordenados en una secuencia creciente de especificidad: los gritos o lamentos que surgen de los órganos de la fonación, el sollozo que se constituye como un episodio muscular convulsivo, fundamentalmente diafragmático y asociado a las funciones de los órganos que intervienen en la respiración, y la efusión de lágrimas, su fenómeno más característico.
Las tres funciones mencionadas constituyen las diferentes "inervaciones" que en su conjunto integran el afecto "llanto", configurando de este modo un ejemplo de los planos de clivaje a través de los cuales los afectos se descomponen en la enfermedad somática, tornándose de este modo irreconocibles.
Tal como lo planteamos en "Una idea de la lágrima", la efusión de lágrimas representa el intento de borrar los recuerdos traumáticos que adquieren una viva reproducción visual (Freud, 1950a [1887-1902]*) y que, debido a la persistencia de una conducta arcaica (actualmente injustificada) son tratados como si fueran cuerpos extraños que se han depositado sobre la superficie externa del ojo . Suele ocurrir además que una de las funciones que integran el llanto se arrogue la representación del conjunto mediante el recurso de atraer sobre sí la derivación total de la carga que correspondía al afecto original, que resulta de este modo deformado. Señalemos solamente a manera de ejemplo la posibilidad, ampliamente reconocida en diversas investigaciones (ibíd.), de comprender las enfermedades catarrales de distintos órganos como otros tantos llantos vicariantes que simbolizan, en la elección del órgano, el contenido de la vivencias particular frente a la cual se llora. Finalizaremos este punto recordando las siguientes palabras de Weizsaecker (1947, pág. 125): "Es una idea atractiva el que la función fisiológica escueta no se comporte de otro modo que como lo hace el hombre bien comprendido psicológicamente".
Notas
(72) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el VII Simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), noviembre 1975, y publicado por primera vez en Eidón, año 3. N° 5, marzo 1976
(73) Acerca del sentido metafórico de la palabra "contenido" usada en este lugar. volvemos sobre lo dicho en el capítulo XVI
(74) Capítulo IX del presente volumen
(75) En el "Apéndice" del artículo "Corazón, hígado y cerebro: introducción esquemática a la comprensión de un trilema" (Chiozza, 1980c) realizamos otras consideraciones que enriquecen estas ideas.