Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP II

EL PROBLEMA PSICOSOMÁTICO Y LA TÉCNICA PSICOANALÍTICA

Mano y palabra

Basta recorrer las páginas de la excelente Introducción histórica al estudio de la patología psicosomática realizada por Laín Entralgo (1950), para comprender que la palabra psicosomática" encuentra su mejor sentido en designar a una orientación de la medicina que se caracteriza por incluir en cada acto médico y en cada juicio clínico la consideración de las emociones inconcientes que contribuyen a que cada paciente configure una persona enferma en una situación particular siempre diferente.

Vistas las cosas de este modo, según el cual es imposible afirmar que hay enfermedades psicosomáticas y otras que no lo son, la medicina y la patología psicosomática enfrentan, en la práctica y en la teoría, el problema de la integración coherente de los distintos procedimientos médicos con los descubrimientos y procedimientos propios del psicoanálisis.

Esta integración, lejos de ser un preciosismo teórico, surge como una necesidad ineludible frente a la comprobación de los efectos que la técnica de una de estas medicinas produce en los fenómenos que constituyen el campo de observación de la otra.

Vale la pena meditar acerca de las razones que determinan una dificultad tan tenaz como la que siempre se ha presentado en cuanto al logro de esta integración.

Los límites del encuadre en el cual transcurre la terapéutica psicoanalítica han sido señalados como una barrera que se opone al intento de integración de dicha terapéutica con aquellos procedimientos médicos que implican necesariamente la transgresión de ese encuadre. Esta oposición forma parte del fenómeno que necesitamos comprender. Cabe preguntarse sin embargo si es posible atribuir a este motivo las razones de una dificultad tan general como la que, más allá de la terapéutica, abarca el campo entero, teórico y práctico, de la medicina psicosomática.

Resulta un lugar común afirmar que el hombre se diferencia del conjunto de los seres vivos gracias al ejercicio de la palabra. Es en cambio mucho menos frecuente el saber que para establecer la enorme distancia que separa al hombre del animal el ejercicio de la mano no es menos importante que el ejercicio de la palabra. Gracias a la oposición del pulgar, la mano, al inaugurar a un mismo tiempo que la herramienta como instrumento el mundo de lo construido mediante el artificio, brinda un acceso tan importante a la cultura como aquel constituido por el reino de la palabra. La técnica que agiganta el poder del hombre sobre la naturaleza y que, a través del pensamiento, es hija de la palabra, no es menos hija de la mano que mediante su ejercicio inauguró el hacer instrumental.

Está lejos por lo tanto de ser una coincidencia casual que el problema central de la medicina psicosomática consista en encontrar una fórmula de integración entre las técnicas, terapéuticas o de investigación, que derivan del ejercicio de la mano y aquellas otras que derivan del ejercicio de la palabra.

La mano, aunque movida por la idea, hace y explora en la materia. De este modo, haciendo en la materia, puede también cambiar un sentimiento y una idea, como lo hace una caricia. La palabra, hablada o escrita, oída o leída, aunque se presenta siempre como un existente material, provoca el cambio o la emergencia del afecto y de la idea. La ofensa y el consuelo, que pueden derrumbar o sostener a un ser humano, demuestran la capacidad que posee la palabra para modificar la estructura material de los órganos.

Tanto el psicoanalista que reduce al mínimo de un apretón de manos todo contacto físico con su paciente, como el cirujano que procura abstraerse de cuanta coparticipación emocional en la vida del enfermo pueda hacer vacilar la mano que empuña el instrumento, conocen de manera directa la existencia de un dualismo radical entre la mano y la palabra. Sin embargo, mano y palabra implican una estructura constitutiva. Su oposición y mutua influencia van más allá de las necesidades técnicas, no solamente surgen de la técnica, sino que la determinan.

Una vez que hemos llegado a un punto desde el cual mano y palabra, como opuestos que se influyen mutuamente, aparecen caracterizando a la estructura constitutiva del hombre, el problema de la integración psicosomática se transforma en otro mucho más amplio e importante.

Por todos lados nos rodea casi la misma alternativa. Mano y palabra, acto y sentido, forma y significado, materia e historia, espacio y tiempo, objeto y sujeto, movimiento y percepción, afecto e idea, impulso y posición, representan otras tantas versiones de una problemática semejante.

Heisenberg sostiene en su principio de incertidumbre que posición e impulso, las dos coordenadas que determinan el "comportamiento" de una partícula elementaI, no pueden ser simultáneamente conocidas.

En el estudio de la fisiología de los sentidos Weizsaecker (1962) ha demostrado en forma experimental que percepción y movimiento (sentido y acto), aunque se ocultan mutuamente a la conciencia, constituyen una estructura indisoluble configurando un circulo que sólo puede ser recorrido de manera sucesiva y mediante una especie de "inversión en la dirección de la mirada". Establece así un principio psicofísico teórico de validez general que domina, metafóricamente el principio de las puertas giratorias aplicable a las alternativas entre objeto y sujeto, materia e historia, forma y significado.

Hay un aforismo que afirma que no se puede ser al mismo tiempo juez y parte, es decir, observador y participante. Pero juzgar implica haber participado, y participar implica haber juzgado. Una y otra manera del ser se encuentran en relación recíproca en la unidad de una estructura "circular" sucesiva.

Energética y hermenéutica

La historia de la teoría psicoanalítica contiene un desarrollo de la alternativa que venimos exponiendo.

Tal como señala Paul Ricoeur (1965), el problema epistemológico del psicoanálisis ocurre en el intento de articular una energética con una hermenéutica.

Freud aclara explícitamente que la ciencia psicoanalítica, como cualquier otra ciencia, posee el derecho de establecer sus propios elementos teóricos fundamentales y que la idea de carga o de un aparato psíquico extenso, por ejemplo, no deben ser consideradas como hipótesis idénticas a sus equivalentes pertenecientes a otras ciencias, en este caso la física o la anatomía, las cuales trazan sus principios teóricos constitutivos sobre bases igualmente inseguras. Sin embargo, la teoría de las pulsiones instintivas como derivados de una fuente somática y la descripción de un aparato psíquico con una tópica, una dinámica y una economía, revela su origen en conceptos propios de la física y la biología como ciencias de la naturaleza. En este mundo teórico operan los conceptos de causalidad y determinismo.

La introducción de los acontecimientos biográficos en la comprensión de los fenómenos histéricos y la interpretación de los sueños implican en cambio una teoría emanada de las ciencias de la cultura, que operan con los conceptos de historia, mito, lenguaje, arte, sociedad, y también conciencia, representación, significado y deseo. En este otro ámbito, además hermenéutico, caracterizado por la búsqueda de un segundo sentido, de un lenguaje oculto, inconciente y al mismo tiempo revelado mediante derivados que deben ser interpretados como signos "bilingües", la comprensión en términos de finalidad, el enfoque teleológico, amplían el campo del pensamiento causal.

Preguntémonos ahora a quién psicoanalizamos y qué es lo que psicoanalizamos. Mientras que la primera pregunta lleva implícita la respuesta de que psicoanalizamos a una existencia subjetiva, la segunda nos conduce nuevamente a la misma alternativa que despierta nuestro interés.

Psicoanalizamos los "productos culturales", sean individuales o sociales, pero estos productos culturales se presentan bajo la forma de una existencia material. Aunque el objeto que sustenta nuestra interpretación psicoanalítica se halle constituido por una cadena de "significantes" que llamamos, por ejemplo, discurso manifiesto, la existencia de este discurso es el producto de una primera interpretación que transforma en un lenguaje que transcurre de sujeto a sujeto aquello que por su cualidad de impresionar a nuestros sentidos denominamos el material.

Dado que los acontecimientos registrados por los órganos de los sentidos (o sus prolongaciones instrumentales) constituyen signos que denotan una significación, lo que denominamos el material recibe siempre una interpretación en el terreno de la percepción, el concepto o el juicio.

Lo que nuestro tacto registra en la mano del paciente es interpretado como humedad y como frío; la humedad es reinterpretada como sudoración. Lo que notamos en el apretón de manos que constituye el saludo es interpretado como blandura y ésta es reinterpretada como un edema leve. Lo que vemos en la punta de los dedos es interpretado como azul, y este color reinterpretado como cianosis. El conjunto recibe una nueva interpretación y pasa a constituir el síndrome acrocianótico.

Así como lo que nuestra vista registra en la cara del paciente puede atravesar, por ejemplo, la línea conceptual palidez-anemia o la línea conceptual palidez-ictericia, propias de la patología médica y de las ciencias de la naturaleza, este material puede estructurarse en la conciencia del observador siguiendo otras líneas de organización (palidez-susto, por ejemplo) propias del ámbito del lenguaje como mímica, gesto o expresión del afecto.

El conjunto de lo que nuestra atención obtiene puede también interpretarse como juego, dibujo, conducta, mito o teatro.

Una parte de los sonidos vocales del paciente, que nuestro oído registra, es interpretada como habla. Si se da la coincidencia, nada casual, de que nuestra conciencia se halle organizada en la misma lengua, podemos reinterpretar este hablar para obtener lo que se dice en un idioma verbal. La organización de la conciencia que denominamos idioma no se clasifica entre las ciencias; sin embargo, el grupo de conocimientos que la constituye debe ser aprendido, y la experiencia nos muestra que es posible estudiar una lengua que no hemos adquirido en la infancia, tanto como enriquecer el conocimiento de nuestro idioma natal.

Aquello que denominamos "el discurso manifiesto" es el producto de una interpretación del material que atraviesa la línea constituida por el sonido, el habla y el sentido de este hablar en el sistema de un idioma. La progresiva estructuración de los significados que se originan mediante la interpretación admite diferentes posibilidades de organización en la conciencia. La física o la patología médica, la historia y la gramática, constituyen ejemplos de las distintas formas de organización que pueden ser científico-naturales o científico-culturales, tanto como religiosas o metafísicas, éticas o estéticas. Todas estas interpretaciones son el producto complejo de una "historia" personal del observador, tejida con métodos, recuerdos y juicios, que constituyen los pilares de nuestra facultad de conocimiento.

A pesar de que la interpretación habitualmente privilegiada es la que nos conduce a transformar el material en un discurso manifiesto del paciente, cualquiera de las interpretaciones que dotan al material de un primer significado que implique la existencia de un sujeto puede formar parte del origen de la interpretación psicoanalítica, que nace como producto de una hermenéutica particular cuya tarea es la búsqueda de un segundo significado, inconciente.

Este segundo significado, que se da a la manera de un doble sentido como producto de la interpretación psicoanalítica, se obtiene siempre, en todos los casos, mediante la carga de las representaciones preconcientes del psicoanalista durante el proceso de la atención flotante, carga que constituye una contratransferencia. De acuerdo con el pensamiento de Freud, quien consideraba que los procesos internos, que configuran a los afectos a partir de las pulsiones inconcientes, constituyen en su origen también una realidad material, encontramos aquí una segunda fuente del "material" para la interpretación psicoanalítica. Debemos subrayar el hecho de que la contratransferencia que se configura bajo la forma de atención flotante determina cuál va a ser el material del paciente que elegiremos para la interpretación psicoanalítica, determina también cuál va a ser el sistema de organización conceptual que elegiremos para brindarle (la mayoría de las veces de manera inconciente) su primer significado y, por último, lo más importante, determina además la desorganización del sistema que rige esta primera interpretación, de modo que se hace posible la adjudicación de ese segundo sentido que se constituye como interpretación psicoanalítica.

Surge de lo que hemos dicho hasta aquí que a pesar del dualismo constitutivo de la teoría psicoanalítica, el encuadre dentro del cual transcurre el trabajo interpretativo psicoanalítico pertenece decididamente al terreno de la hermenéutica. Una hermenéutica que deja de ser solamente un arte para adquirir la categoría de una ciencia que trata con el mundo de la idea, el afecto y la relación personal con los objetos animados en el terreno específico de los significados inconcientes.

Pero el círculo configurado debe ser recorrido. En algún punto del camino la actividad hermenéutica como interpretación de los significados ocultos y revelados en la materia y en la forma, debe "volver" mediante una inversión de la mirada a la contemplación de la transformación en el objeto que percibimos con los órganos de los sentidos. Esto nos informa a un mismo tiempo sobre el término y sobre la finalidad del proceso psicoanalítico.

Llegamos así a la conclusión de que aquello que denominamos el problema de la integración psicosomática constituye en su esencia lo mismo que encontramos en el principio y en el fin de toda técnica psicoanalítica. El comienzo y el término de cada unidad de este proceso, sea en la macrounidad de varios años o en la microunidad que media entre el material y su interpretación en cada sesión psicoanalítica, tanto en la indicación del tratamiento o en la contemplación del nacimiento de la interpretación a partir del material como en la observación del resultado, implica una inversión de la mirada que, al mismo tiempo que interrumpe el trabajo psicoanalítico interpretativo, nos enfrenta otra vez con la problemática de la articulación entre el objeto y sujeto que constituye la esencia de la dificultad psicosomática.

Notas

(4) El texto del presente capítulo pertenece a la Nota Editorial escrita por el autor para la revista Eidón, año 1, Nº2, septiembre 1974.

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