Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP XXIII

ACERCA DE LA RELACIÓN ENTRE SENSACIÓN SOMÁTICA Y AFECTO

La percepción de un mundo físico

Hay una primera "superficie" de la conciencia a través de la cual se perciben los objetos del llamado mundo circundante (cuya imagen se construye, de acuerdo con von Uexküll (1934), según las necesidades perceptivas de cada organismo biológico). Suele decirse que esa superficie está orientada hacia el exterior, pero la idea de "exterior" es un concepto al cual, me parece, no conviene quedar definitivamente anclado.

Se justifica, en cambio, decir "primera" dado que, de acuerdo con Freud, la conciencia se constituye alrededor de la percepción, sobre todo auditiva, pero también visual (Freud, 1923b*, pág. 23) , hasta el punto que, para que una idea inconciente devenga conciente tiene que transferirse sobre el resto mnémico de alguna de esas percepciones. De modo que, tal como lo señala Mark Solms en su trabajo What is affect? (Solms, 1995, nota 13), cuando la atención recae sobre los afectos o sobre los procesos de pensamiento, realiza una "contorsión antinatural", una especie de movimiento antiperistáltico. Tenemos miles de palabras para designar a los objetos, pero muy pocas para diferenciar a los afectos.

Desde la percepción nacen las nociones de espacio, materia y realidad, que pertenecen a la organización del conocimiento que llamamos "física". Da lugar además a la noción de presente no en el sentido de "ahora", sino en el de aquí, "frente a mí", que la etimología de la palabra "presente" revela. Esquemáticamente se configura a través de las puertas constituidas por los cinco sentidos: tacto, gusto, olfato, oído y vista.

Las sensaciones "ligadas al cuerpo"

Hay otra superficie (evito a propósito decir "segunda" y también "interna") a través de la cual llegan las sensaciones de displacer-placer, pero no sólo ellas, también el hambre, la excitación del deseo, la angustia, la vergüenza y, además, la sensación que tengo, cuando percibo, de que estoy percibiendo. Son sensaciones "ligadas al cuerpo", pero no se trata aquí del cuerpo (físico) que percibo, (por ejemplo mis manos cuando las veo pálidas, o el rubor de mi cara en el espejo), sino al "cuerpo" (psíquico, anímico, animado o vivo) con el cual percibo (por ejemplo los movimientos de mi mano cuando busco el encendedor en el bolsillo).

Lo esencial parece residir en este caso en que el "objeto" del cual proviene la sensación (por ejemplo el calor del rubor en mis orejas, o la posición de mis piernas en la silla) forma parte de mi. (Parece, por lo tanto, más correcto, usar, para este tipo de percepción, la palabra "propioceptiva" que la palabra "interna").

Podría decir, por ejemplo, que percibo en el mundo el alfiler que me pincha, pero que siento el pinchazo que me está ocurriendo a mi. Ese pinchazo es mío como sensación "somática" del cuerpo psíquicamente animado, antes que del cuerpo como objeto físicamente perceptible. Es algo actual, pero no tanto en el sentido de real en que se usa la palabra "actually" en el idioma inglés, como en el sentido de que actúa y lo hace ahora, (en el mismo sentido en que Freud la utilizaba en el concepto de neurosis actuales).

Es mío además, pero secundariamente, porque pertenece al "territorio" al cual nos referimos con el nombre "esquema corporal". Este esquema, que debe al encuentro o interfaz entre percepción y sensación el ser "la proyección de una superficie", es una construcción secundaria que tuvo que ser aprendida (como lo muestran juegos infantiles tales como "qué linda manito que tengo yo").

El afecto como sensación y la percepción del afecto

Me parece que nos referimos a los afectos con la palabra "afecto" porque "los nuestros" nos afectan de manera actual, y los llamamos "sentimientos", porque los sentimos como sensaciones que, en principio, penetran a la conciencia por la misma "superficie" por la cual penetran las sensaciones de displacer-placer. Sólo posteriormente aprendemos a reconocer los afectos en los otros (y en nosotros mismos), mediante la percepción, en ellos, de los signos físicos que los acompañan, como, por ejemplo, el rubor de la vergüenza.

Tal como lo afirma Solms (1995, nota 33) el registro conciente de una sensación somática se organiza como una percepción compleja referida al esquema corporal y, por lo tanto los afectos se refieren a órganos internos vagamente representados en la "superficie" orientada hacia la percepción, que da origen a una imagen física del mundo. Solms también señala, en relación con este punto, que " ... el paciente confunde sus percepciones internas (psíquicas) con objetos externos (físicos)." y que "Esta confusión entre las dos clases de percepciones alcanza su más extrema forma en el lenguaje de órgano de la esquizofrenia, en la cual sentimientos generados internamente son confundidos con los órganos internos del cuerpo.", Sin embargo el término "lenguaje", que utiliza Freud, alude a una forma de ejercicio expresivo o simbólico que va más allá de la confusión.

La cualidad "somática" de la sensación

Tratar de interpretar el significado inconciente de las distintas enfermedades que alteran al cuerpo, nos obliga a prestar atención al hecho de que lo esencial de la sensación somática es, precisamente, no ser percepción (por eso no me satisface hablar de "percepción interna", o de "dos clases de percepción"). Tal vez quedaría más claro si, al referirnos a ese aspecto esencial de las sensaciones, renunciáramos definitivamente a llamarlas "somáticas". Pero, claro está, eso sólo es posible si, lejos de reducirlas a la mera intensidad de un "quantum", o al incremento o disminución de la excitación en la unidad de tiempo, conservamos su aspecto cualitativo específico, que diferencia a las sensaciones del asco, de las de la envidia, de las del miedo, o de las de la vergüenza, y que condujo a Freud (1900a [1899]*, pág. 582) a postular, en su Interpretación de los sueños, la existencia, para cada afecto, de una "clave de inervación" particular e inconciente.

Por otro lado, aunque renunciemos a llamarlas "somáticas", subsiste el hecho de que, para referirnos a la cualidad específica de cada sensación, no podemos prescindir de las representaciones del cuerpo. No es casual que, cuando diferenciamos una fantasía inconciente oral, de otra, anal, las nominamos y diferenciamos con términos que aluden a estructuras y funciones corporales . Interesa subrayar entonces que el afecto, cuya actualidad depende de las sensaciones corporales, no es sólo cantidad, es también cualidad, y que, además, no determina un proceso particular de descarga motora o secretora, sino que es ese proceso particular contemplado desde la vertiente de su significado.

Aparentemente, cuando hablamos de la cualidad de la envidia, o de la vergüenza, ya nos hemos salido del terreno de la "pura" sensación, para entrar en el campo del afecto, que (tal como lo afirma Solms [1995]) se constituye de una manera "mixta" integrando los elementos de la serie displacer-placer y el recuerdo de las escenas del pasado, con los que provienen del registro perceptivo "físico" de los órganos del cuerpo. Aclarar esta cuestión nos lleva a señalar el hecho de que el Freud de la segunda hipótesis nos obliga a reflexionar cuidadosamente acerca de las distintas formulaciones del concepto freudiano de pulsión.

La cualidad de la pulsión

Creo que no podemos considerar que la pulsión es el representante psíquico de una excitación física "endosomática", como sostiene Green (apoyándose en Freud) en su introducción al seminario de Organsprache (Chiozza, Green, 1992a [1989]), porque eso, aunque él lo llame "dualismo de la reunión", es otra vez paralelismo. Pero por la mismas razones tampoco puede ser un concepto límite entre lo psíquico y lo somático. ¿En esa frase la pulsión es un concepto y lo psíquico y lo somático no lo son? Si lo psíquico y lo somático son la "cosa en sí" de Kant, hemos recaído en el paralelismo, si son conceptos (lo cual debería ser explícito diciendo: el concepto de la pulsión es un concepto límite entre el concepto de lo psíquico y el concepto de lo somático) no me parece una formulación feliz reducir la magnitud teórica del concepto de pulsión que emerge de la segunda hipótesis, a una metáfora geográfica que no explica ni ilumina.

Surge de la segunda hipótesis que lo psíquico genuino o verdadero no se define por la conciencia sino por el sentido o, en otras palabras, por su pertenencia a una serie encaminada a un fin. Las pulsiones son, pues, tendencias hacia metas, y Freud dirá que muchas veces de el examen de sus fines es posible deducir cuál es la fuente, cualitativamente diferenciada en términos de zonas erógenas (es decir: de funciones corporales teleológicamente orientadas), que le ha dado origen.

Me parece entonces que lo esencial de la sensación no está en el punto de "llegada" (central o neurológico) que la refiere a una determinada zona del esquema corporal o a la representación vaga de un órgano "interno" en términos de un espacio físico. Lo esencial me parece que consiste en que la pulsión o el placer (organlust), son cualitativos "desde su fuente" inconciente, que representamos de dos modos, como meta psíquica cualitativa e inconciente (sin necesidad de que la conciencia, el cerebro o el hipotálamo la convierta en cualidad) y como función fisiológica teleológicamente comprensible, o interpretable como el efecto de una causa física. En otras palabras, no es el punto de llegada sino "la superficie de entrada" lo que las diferencia.

Una tercera "superficie"

Hasta aquí dos superficies, pero las cosas presentes (aquí) pueden estar ausentes, en el sentido de que tenemos noticia de su ausencia específica, y las cosas actuales (ahora) pueden estar latentes, es decir ser potenciales, en el sentido de que notamos el hecho de que no estén ocurriendo.

Hay pues otra superficie más, a través de la cual "ingresa" una representación de un objeto que alguna vez fue percibido (presenciado), generando la noticia de su ausencia específica y generando también, simultáneamente, la noción de pretérito implícita en el recuerdo, y la noción de futuro implícita en el deseo y el temor.

Metapsicológicamente (en el sentido "fisicalista" freudiano de tópica, dinámica y economía) recuerdo y deseo (o temor) son idénticos, ambos equivalen a la investidura de una huella mnémica, pero se diferencian en la medida en que generan tiempos distintos, es decir que dan lugar, desde el preconciente (como afirmaba Freud [1920g*, pág., 28] de la mano de Kant), a la categoría "tiempo" que, junto a la de "espacio", no son propias del mundo, sino del modo de pensar del hombre. En otras palabras: derivan del ejercicio del sistema preconciente-conciente.

La distinción entre percepción y recuerdo

La posibilidad de distinguir entre percepción y recuerdo constituye un concepto esencial de la teoría psicoanalítica. Freud tuvo que postular la existencia de una imaginaria "oficina etiquetadora" que, tautológicamente, otorgaba a las percepciones y negaba a los recuerdos los llamados "signos de realidad objetiva" a partir de las cualidades perceptivas (Freud, 1950a [1887-1902]*, pág. 370).

Esa distinción se halla en la base de la diferencia entre identidad de percepción (propia del proceso primario, de la magia y del principio del placer) e identidad de pensamiento (propia del proceso secundario, de la lógica y del principio de realidad). De allí surge también la distinción entre las descargas propias de la acción (o del afecto "actual"), que se realizan con investiduras plenas, y las descargas propias del pensamiento, que se realizan con investiduras de pequeña cantidad que son ensayos "tentativos".

También surge de allí la diferencia entre la satisfacción de la necesidad, que hace cesar la excitación que emana de la fuente pulsional, y el cumplimiento alucinatorio del deseo. En este último caso se otorga (o transfiere) "falsamente", y a los fines de postergar la frustración, los signos de cualidad perceptiva que son propios de la percepción del dedo pulgar succionado, al recuerdo (representación) del pecho ausente, el cual, debido precisamente a su ausencia "específica", no puede hacer cesar la excitación correspondiente, y ocurre entonces que la excitación emanada de la fuente se descarga sobre el propio organismo "sobreexcitando" otras zonas erógenas.

Tan importante fue este tema para Freud, como para llevarlo a pensar que nada que estuviera privado de los supuestos signos de cualidad perceptiva podía penetrar en la conciencia, de modo que las representaciones (recuerdos y deseos) que carecían de ellos, debían, para poder devenir concientes utilizar los signos que alguna vez (Freud, 1950a [1887-1902]*, pág. 421-422) llamó "de descarga lingüística", es decir los que provenían de lo restos mnémicos acústicos de la percepción de la palabra oída.

Usó también la misma idea para explicar la represión "propiamente dicha", sosteniendo que a la represión (secundaria) le basta con "substraer" la investidura de una tal asociación con los restos perceptivos (generalmente palabras), para lograr su cometido.

La actualidad del afecto

A pesar de la "limpieza" de este esquema es necesario admitir que a través de la "tercera" superficie de la conciencia no sólo penetran representaciones de ausencias que lo logran asociándose a los restos de antiguas percepciones. Recordemos, antes de proseguir, lo que Freud afirma en su artículo acerca de lo inconciente. Los afectos inconcientes no existen, en realidad, como tales, del mismo modo en que existen las ideas (o representaciones) inconcientes. Hablando con propiedad se trata de disposiciones (potenciales) que sólo existen como actuales en la medida en que constituyen procesos de descarga que logran acceso a la esfera motora del yo (Freud, 1915e*, págs. 173-174).

Tal es así que los afectos no necesitan unirse a los signos de descarga lingüística, no necesitan, para devenir concientes, de la intermediación de la palabra (Freud, 1923b*, págs. 22-25). (Incidentalmente, toda la teoría de la alexitimia o incapacidad para hablar de los afectos, como origen de la enfermedad "psicosomática" se desmorona en este punto, lo mismo que la teoría de la incapacidad simbólica).

Junto a la postulación de los signos de cualidad perceptiva que permiten hablar de un capacidad para "examinar la realidad" Freud menciono, una sola vez (Freud, 1917d [1915]*, pág. 231), la idea de una análoga capacidad para "examinar la actualidad", de modo que, así como la primera testimonia que lo que se recuerda, como registro conciente de una representación inconciente, además está allí presente, y es por ese motivo y en realidad también una percepción, la segunda testimonia que lo que se desea o teme (recuerda) como registro conciente de una disposición latente, además está ocurriendo actualmente (inmediacy) ahora, y es por ese motivo y "de verdad" (actually) también un afecto que se siente como sensación. Por esto suscribe Freud la afirmación de Stricker: "cuando soñamos con ladrones y sentimos miedo, los ladrones podrán ser imaginarios, pero el miedo es real".

Presencia, actualidad y representación

Ya dijimos que la actualidad (ahora) proviene de una sensación que penetra a la conciencia por una superficie o "puerta" distinta de la que usa la percepción real de los objetos presentes (aquí) y de la que usa el recuerdo, (que en su estado "puro" es la re-presentación conciente de un objeto ausente). Podemos sostener entonces que existen signos de actualidad que poseen un tipo de relación, con la sensación "somática", análoga a la que poseen los signos de realidad objetiva con la percepción y los signos de descarga lingüística con el recuerdo.

Si aceptamos cuanto llevamos dicho existe un tipo de derivado conciente de una representación inconciente, el deseo (o el temor), que corresponde a lo latente, y que penetra en la conciencia como "recuerdo", por una superficie distinta de la que usa la sensación y distinta de la que usa la percepción.

En la distinción entre percepción y recuerdo se basa la oposición presencia-ausencia, en la distinción entre percepción y sensación se basa la oposición presencia-actualidad (que da lugar también a la oposición entre el aquí y el ahora), y en la distinción entre sensación y recuerdo se basa la oposición actualidad-latencia.

La distinción entre recuerdo y deseo

Freud decía que es necesario perseguir por separado los destinos que la represión impone al afecto de aquellos que impone a la parte eidética de la representación (Freud, 1915d*, págs. 146-147). La representación puede descomponerse pues, en dos partes, es decir que lo que llamamos afecto forma parte de la representación o, en otras palabras, no sólo la idea que constituye el recuerdo, sino el afecto (que no necesita para ello palabras) pueden re-presentarse en la conciencia. El recuerdo es la representación de una idea unida a los restos de percepción, El afecto, cuando se descarga, se experimenta directamente en la conciencia como una sensación actual que no necesita de las palabras para ser conciente, aunque, sin embargo, puede quedar unida a los recuerdos.

Pero, cuando el afecto no se descarga, ¿tampoco se "re-presenta"? ¿que constituye entonces la latencia? ¿cómo nos enteramos de ella? Creo que los afectos latentes pueden "re-presentarse", (exentos de los signos de actualidad que sólo existen cuando el afecto se descarga) a través de la superficie por la cual penetra el recuerdo, como las formas particulares del recordar que llamamos "deseo" y "temor".

De modo que habría una manera de distinguir, metapsicológicamente, al recuerdo del deseo (o del temor), ya que si bien ambos se constituyen como la investidura de una huella mnémica (de percepción en ambos casos pero también de sensación) el deseo se constituiría con una investidura "media" mayor que la pequeña investidura del recuerdo. De modo que el recuerdo, testimonio de una ausencia, genera la noción de pretérito, y el deseo, testimonio de una latencia, de una disposición "en potencia", genera la noción de futuro. Por eso la nostalgia se constituye con recuerdos, el anhelo con deseos y la ansiedad con temores.

Decirlo de este modo nos llevaría a sostener que el deseo no se caracteriza, como el afecto, por ser un proceso de descarga, ni se caracteriza, como el recuerdo, por unirse a los restos mnémicos de percepciones anteriores, aunque ambos procesos forman parte de él, sino que lo que parecería constituir la peculiaridad esencial que lo "define" es el devenir "actualmente" conciente a partir de los restos mnémicos de sensaciones anteriores.

La percepción somática en la sensación

De todo cuanto hemos dicho hasta aquí surge la importancia de distinguir la sensación de la percepción (y la actualidad de la presencia). Esto nos obliga a tener en cuenta el tema de las llamadas sensaciones exteroceptivas, que se constituyen (en términos del aparato psíquico freudiano y de acuerdo también con la neuroanatomía [Solms, 1995]) integrando funciones que corresponden a la percepción del mundo físico.

Podemos concluir entonces en que es indudablemente lícito otorgarle a la sensación somática el carácter de formación mixta secundaria (que se constituye combinando sensación con percepción), siempre que, al mismo tiempo, admitamos la necesidad teórica de postular sensaciones primarias que llegan a la conciencia por la superficie de la actualidad, y cuya cualidad proviene de las zonas erógenas que las originan.

Memoria y recuerdo

Falta aclarar, todavía una última cuestión, que atañe a la diferencia entre representación y reactualización, implícita en algunos de los planteos que hemos realizado.

El idioma italiano distingue dos formas de la amnesia: la palabra scordare se usa para denominar el hecho de arrancarse un recuerdo del corazón, y dimenticare para referirse al sacárselo de la mente. La expresión castellana "me asaltan los recuerdos", que generalmente se usa para describir algo que ocurre durante una parte del proceso de duelo, muestra que los recuerdos "llegan" a la conciencia, pero ¿a qué se refiere esa diferencia entre llegar al corazón y llegar a la mente?

Admitimos que el registro inconciente de un hecho acontecido deja una huella que llamamos mnémica, de manera que llamamos memoria (como es el caso de la memoria inmunitaria) a la existencia de esa huella inconciente. Cuando la huella se reactiva a partir de una pulsión que la inviste puede representar en la conciencia una imagen del objeto que la produjo y reactualizar, de modo atemperado, la sensación somática que formó pare de la experiencia que dejó esa huella. Dada la carencia de términos suficientes, me gustaría reservar la palabra "memoria" para la representación "mental" de la imagen, ya que la palabra "recuerdo" (que literalmente significa "volver al corazón") se presta mejor para designar a la reactualización "afectiva".

Es importante aclarar que, así como distinguimos una representación de una presencia, distinguimos una reactualización de una actualidad, y que la reactualización corresponde a la cualidad de investidura "media" que en los apartados anteriores atribuimos al deseo y al temor.

Llamaríamos entonces "memorias" a los recuerdos implícitos en las representaciones de ausencias , y reservaríamos las palabras "recuerdo" y "presentimiento" para las reactualizaciones de latencias, que no descargan, a plena cantidad, la excitación que ha reactivado una disposición afectiva.

Si pensamos en el afecto como en una formación "mixta" que integra sensaciones "somáticas" con percepciones, debemos reconocer ahora que esta formaciones mixtas abundan, y que lo que habitualmente denominamos "recuerdo", o "presentimiento", debe constituirse también como una formación mixta que integra las reactualización de las sensaciones que corresponden al afecto, con la representación de las imágenes que corresponden a la percepción.

Aquello que, a partir de Freud, hemos llamado la parte eidética de la representación, correspondería entonces a la noticia de una ausencia que deviene conciente gracias a la existencia de signos de descarga lingüística que le prestan su carácter "perceptivo". Y aquello que llamamos reactualización de una disposición, correspondería, en cambio, a la noticia de una latencia que deviene conciente gracias a la existencia de signos de "descarga" que no son lingüísticos, sino "sensoafectivos", y que corresponden a sensaciones somáticas atemperadas que prestan a la reactualización su coloratura o su tonalidad afectiva.

Notas

(133) Uno podría ponerse riguroso y restringir la "superficie" de entrada que constituye a la conciencia (desde un núcleo perceptivo, como quería Freud) sólo a los dos "sentidos" distales, la vista y el oído. Me parece excesivo y, ante la alternativa, prefiero aceptar también (aunque sé que es un poco arbitrario) un tipo de conciencia menos "nítida" que se realiza a partir de los restos de percepciones olfativas, gustativas y táctiles.

Pero entonces ¿por qué no seis? ¿por qué no incluir las sensaciones somáticas dentro de esta serie? Es cierto que las sensaciones somáticas se ligan a la percepción "física" de los órganos, pero la cuestión tiene una dificultad "doble". Por un lado no se trata de un tipo, "la" sensación somática, tan bien diferenciado como los célebres cinco sentidos, se trata de un conjunto heterogéneo de sensaciones somáticas que se constituyen de muy diversa manera. No es lo mismo la sensación de estar sentado que la sensación de tragar un líquido tibio. Por el otro lado cabe distinguir aún, dentro, por ejemplo, de la percepción visual, aquello que veo, de la sensación de ver. Sobre este último tipo de sensaciones sensoriales edifica Nicholas Humphrey (1993), en su libro A History of the Mind, su teoría acerca de cómo se constituye la conciencia.

Me parece que de agregar la sensación somática a la lista de los sentidos no deberíamos pensar "en el sexto", sino tal vez en más de uno. Es claro que nunca encontramos percepciones ni sensaciones "puras", pero la cuestión tiene una importancia adicional, porque si definimos como mundo físico aquel que se construye sobre los datos de la percepción, no podemos después definir a la percepción por el hecho de que se dirige "hacia" el mundo físico.

Podemos preguntarnos, claro está, ¿Por qué el dolor de un pinchazo, o ver una luz deslumbrante ha de ser una sensación, y sentir un perfume, saborear una manzana, ver un sillón, o registrar que en la piel de mi espalda se ha trazado un triángulo con la punta de un lápiz, ha de ser una percepción? Me parece que hablamos de percepciones cuando reconocemos objetos, y que, en cambio, hablamos de sensaciones cuando nos afecta una actualidad más allá de nuestra capacidad para construir la imagen de un objeto

(134) Este punto se relaciona con el tema del narcisismo primario. Creo que el niño necesita aprender que la mano que se ve (percepción) y la mano que se siente (sensación propioceptiva) son la misma mano.

Si entendemos por narcisismo primario la investidura del Yo desde el Ello, el Mito de Narciso no parece representar al narcisismo primario, ya que Narciso (que muere de hambre y sed) se enamora de su cara en el espejo del estanque, tal como la ven los demás, es decir que se ama "con el amor del objeto" o, para decirlo mejor, en lo que el Mito de Narciso narra, el Ello no inviste directamente al Yo, sino que lo hace a través del objeto (aunque no a la manera del narcisismo secundario, que se da cuando el objeto, perdido, es introyectado en el yo).

Si lo pensamos de este modo, el cuerpo del narcisismo primario no sería el cuerpo "de la percepción", sino, antetodo, el cuerpo "de la sensación" que proviene de la fuente pulsional como placer cualitativo de órgano (organlust).

Sé que Freud diferenció entre este autoerotismo y el narcisismo que opera cuando ya se ha "establecido el Yo", pero me parece que, de todos modos, no es posible sostener la idea de un autoerotismo "desintegrado", ya que existen protoimagos prenatales del Yo. Recordemos que, en El Yo y el Ello, Freud (1923b*) sostiene que el Ello contiene dentro de sí las innumerables existencias filogenéticas del Yo. Parece por lo tanto más verosímil concebir que el narcisismo primario, en tanto investidura directa del Ello, que no inviste a los objetos de la percepción, se constituya como sensación desde la fuente pulsional

(135) En los capítulos XVII, XVIII y XIX, exploramos esta cuestión a partir de la afirmación de Freud de que el afecto es equivalente a un ataque histérico universal y congénito, y la histeria puede ser contemplada como un afecto neoformado. Solms (1995) menciona esta afirmación freudiana cuando se ocupa de los "correlatos somáticos " del afecto

Dado que la expresión "correlato somático" es equivalente a la de "concomitante somático", y que ambas son propias del paralelismo, de acuerdo con la segunda hipótesis (que ve en tales correlatos lo genuinamente psíquico, es decir lo inconciente) es mejor hablar de representaciones del significado inconciente del afecto como monumento conmemorativo de un suceso motor que en la filogenia fue justificado, es decir que allí tenía sentido.

Creo que el hecho de que el afecto sea, desde su mismo origen, significado o, mejor aun, constituya la significancia (es decir la importancia del significado), enriquece la idea de Damasio (Solms, 1995, nota 49) de que el afecto "es el punto de referencia subjetivo para las experiencias perceptivas externas" y constituye también un aporte esencial para profundizar en el tema de la contratransferencia

(136) Falta aclarar todavía una cuestión. Freud sostuvo que: 1- El principal motivo de la represión es impedir el desarrollo de un afecto penoso 2- La represión se ejerce mediante la substracción de la representaciones verbales preconcientes. 3- El afecto no necesita de la representación verbal preconciente para devenir conciente.

Si aceptamos estas tres afirmaciones cabe preguntarse: ¿Cómo impide la represión el desarrollo de un particular afecto?

Los afectos son procesos actuales de descarga que se producen, siempre, frente a un particular estado del sistema conciente, de modo que cuando cambia el estado conciente cambia, necesariamente, el afecto actual. La descarga, en si misma, no puede ser impedida, pero su forma o cualidad puede alterarse como para permitirnos hablar de "substitución" de un afecto (acción, o pensamiento) por otro.

El estado del sistema conciente, lo que suele llamarse "contenidos de conciencia", se sostiene mediante signos de realidad objetiva, signos de descarga lingüística y signos de actualidad, y son estos estados de conciencia los que "atraen" la descarga afectiva.

Podemos admitir entonces, de manera esquemática, que:

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