Cuerpo, afecto y lenguaje
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Dr. Luis Chiozza

CAP III

LOS CAMBIOS EN LA NOCIÓN DE ENFERMEDAD

El hombre enfermo despierta multitud de interrogantes en la mente de cuantos nos acercamos a él. Al mismo tiempo nos ilumina desde un ángulo completamente original e insustituible al hombre mismo, como si en ocasión de esa íntima fractura que llamamos enfermedad tuviéramos oportunidad de penetrar un poco más en el conocimiento de la configuración y la sustancia que lo constituyen.

El hombre enfermo es un objeto ponderable, que pesa sobre el suelo y que ocupa un lugar en el espacio. Que refleja la luz que lo ilumina e interrumpe la trayectoria de los cuerpos que lo tocan. Que opone la resistencia de su masa a las fuerzas que sobre él se ejercen. Puede ser fragmentado y examinado con los métodos de la física, la química, la anatomía, la histología o la microbiología. Es un conjunto de átomos, en su mayor parte agua, puede reaccionar total o parcialmente como un álcali débil, se compone de microestructuras propias e inherentes y contiene otras que consideramos ajenas a su esencia. Estas son algunas de sus huellas mejor exploradas desde la vertiente de la medicina.

Así hemos aprendido que determinados cambios o alteraciones en la estructura material de sus partes coinciden o evolucionan paralelamente con aquello que, conceptualmente abstraído de la realidad material, llamamos enfermedad. Anticipemos la circunstancia más importante: todo nuestro interés por tal enfermedad deriva, desde el momento primero, de que en su epicentro se halla el padecer, un género de sufrir que escapa a toda consideración material de ese objeto cuyo conocimiento procuramos.

Es además un objeto que "funciona", y lo hace de una peculiar manera que denominamos "estar vivo". También hemos aprendido acerca de los cambios que ocurren durante la enfermedad o la terapia con fármacos, en determinadas "funciones", artificial y conceptualmente separadas de un todo inabarcable o incomprensible en su esencia. Estos cambios constituyen aquellos vestigios del hombre enfermo que buscamos con los métodos de la fisiopatología y la farmacología. En el mismo lugar en donde "el terreno" aparentaba no diferenciarse del resto de su masa, su estructura o su función, nuevos métodos descubren nuevas huellas del objeto esquivo.

La investigación realizada a lo largo de los años ha descubierto de este modo, con singular maestría, los rastros que el hombre enfermo graba en algunas de sus partes o "funciones" durante ese proceso que denominamos enfermedad, pero la particular coherencia que se configura o estructura como un "todo" se pierde o se deshace de manera inevitable durante el ejercicio mismo del método con el cual interrogamos a la naturaleza del objeto fragmentándolo en aspectos separados.

Por fin, el hombre enfermo, como objeto, es además un sujeto que padece, que transfiere o comunica su sufrir o su sentir, que produce una cultura y se determina en ella, que hace y es historia, un ser que se articula en el mundo social particular que él mismo crea. Desde este ángulo encontramos otras huellas o vestigios. Descubrimos un sentido comprensible en la crisis del enfermo, y en su misma biografía, cuando seguimos los rastros del proceso "de corazón a corazón".

El ámbito psíquico y somático de nuestra totalidad subjetiva adquiere de esta manera la fuerza de un instrumento que se ejercita a través de leyes diferentes, en el vínculo entre un sujeto que investiga y el objeto que constituye "un hecho clínico". Así, el conocimiento del proceso que denominamos transferencia-contratransferencia abre una nueva vía en la epistemología de la ciencia.

La enfermedad como una transformación de aquello que ocupa un lugar en el espacio y que llamamos materia constituye un trastorno de la forma y la función, un trastorno físico, químico, anatómico, fisiológico; todas éstas son categorías que englobamos cuando decimos síntoma orgánico o somático.

La enfermedad como padecimiento (pathos), como molestia, conforma inevitablemente un acontecimiento psicológico y, ya que puede ser comunicable, transferible, capaz de despertar afectos y cambios en el otro, es además un acontecimiento "social".

Este acontecimiento, la enfermedad, en cuanto se desarrolla en el tiempo, constituye también una historia, que adquiere un nuevo y más rico sentido en la medida en que se la considera como un trozo inseparable de la biografía de un sujeto y su contorno familiar y social.

Pero los hechos que percibimos son en el fondo un resultado codeterminado por la teoría con la cual encaramos al objeto que procuramos conocer. Materia e historia, por ejemplo, son interpretaciones de un mundo al cual nos acercamos con las nociones predeterminadas de espacio y de tiempo; sin estas últimas nociones es imposible definir aquéllas. La solución de un problema, de un experimento, la respuesta, se halla inevitablemente condicionada por la manera de plantearlo, por el modo específico en que se formula la pregunta.

El pensamiento, el descubrimiento, la cultura, tomados en particular y desde un cierto ángulo, pertenecen a una época, constituyen por lo menos una parte de aquello que Walther Tritsch (1954) denomina "el signo de los tiempos".

Según la "historia" que realiza Laín Entralgo (1950), y que debemos suponer "viva" y presente en cada uno de nosotros, la enfermedad fue considerada en la antigua Babilonia como una culpa, un pecado espiritual que exigía para su resolución el arte de la adivinación, ya que este pecado no era "conocido" por aquél que sufría sus efectos.

Para los griegos la enfermedad era un trastorno de la phisis, la materia natural, por obra de las "miasmas" o "manchas" y del dyma o "deshonor", materias malas que debían ser eliminadas mediante la "catarsis", un medio físico de exoneración. La medicina de Galeno vuelve a encontrar al pecador en el que sufre de una enfermedad que se manifiesta en el cuerpo; sin embargo, mientras que para el asirio el enfermo era ante todo un pecador, para Galeno el pecador es ante todo un enfermo.

El advenimiento del cristianismo introduce una variante. Si bien puede decirse que Dios castiga el pecado con la enfermedad, lo más importante de la interpretación cristiana parece residir en que la enfermedad posee un sentido: poner a prueba a la criatura de Dios y ofrecerle la ocasión de merecer el cielo.

El desarrollo de la ciencia nos introduce en una nueva visión de la enfermedad. Su sentido es abandonado a la esfera de la religión, o sencillamente abandonado, desconsiderado, en la interpretación científica de la enfermedad. La causa "primera", obra de Dios o del accidente, transferida sobre el agente patógeno, sea físico, químico o biológico, constituye la causa magna de la enfermedad; causa que sólo acepta compartir su trono con las causas menores, asociadas, que actúan como predisponentes del terreno en el cual ésta se desarrolla.

Si para los asirios babilónicos la terapéutica fue adivinación del pecado espiritual, para los griegos la catarsis de las materias malas y para los cristianos la comunión con Dios, para el pensamiento científico occidental esta terapéutica es una técnica de combate, precisa y definida, con la causa. Este combate entre el médico y la causa se desarrolla en el hombre que sufre la enfermedad y que debe convertirse, a la vez, en campo de batalla y en espectador pasivo de la terapéutica.

Llegamos así a nuestro tiempo, uno de cuyos signos está constituido por lo que Laín Entralgo (1950) denomina "voluntad de plenitud histórica", plenitud que a nuestro juicio contiene en su esencia un enfoque atemporal que incluye y revaloriza actitudes "pasadas" frente a la enfermedad y que contempla y respeta posibilidades "futuras", teniendo en cuenta que unas y otras constituyen representaciones de una realidad que vive y obra en nuestro presente. En nuestra época Freud nos introdujo otra vez, y desde un nuevo ángulo, en la consideración del sentido de la enfermedad, que cobra así significado como una forma de lenguaje.

El hombre como sujeto y como ser social volvió a ser tenido en cuenta no ya en el arte o la técnica de la medicina, de los cuales nunca pudo ser desalojado del todo, sino en la misma teoría acerca de la enfermedad y acerca del ejercicio de la terapéutica.

Apéndice

Las teorías acerca de la enfermedad y la terapéutica dependen de los famosos "criterios de salud y enfermedad", en cuya discusión se omite, habitualmente, tanto una exposición ordenada de los fundamentos cuanto la consideración de parámetros que hoy, en 1980, no pueden ser desestimados. Mientras que en la práctica opera de manera inconciente el consenso predominante (generalmente indiscutido porque no es explícito) de que la enfermedad equivale a la distorsión o descomposición de un mecanismo que es necesario restaurar, en la teoría suelen emitirse opiniones pseudofilosóficas poco responsables. La confusión, frecuente y lamentable, de este tipo de opiniones con el filosofar, contribuye a la connotación peyorativa que la palabra "filosofía" alcanza entre la mayoría de los médicos.

A los fines de una discusión más prolija me parece posible sostener que la medicina se propone modificar la evolución alterada de una parte conceptualmente separada, respetando las siguientes premisas:

a) Irreversibilidad. Reconocer aquellas alteraciones de la forma, estructura, función o proceso evolutivo, que constituyen un cambio que se considera irreversible, y establecer, desde un enfoque terapéutico lo más amplio posible, el grado de probabilidad de la irreversibilidad actual o futura. (Si los signos objetivables que constituyen la alteración somática vinculada a los síntomas, corresponden a otras tantas significaciones inconcientes específicas, dicha correspondencia debe mantenerse no sólo en la evolución natural de la enfermedad, o en las evoluciones habituales observadas durante las terapéuticas clásicas, sino también en cualquier otro cambio evolutivo).

b) Restitución. Dado el carácter utópico y equívoco de la llamada "restitutio ad integrum", establecer el valor, positivo o negativo, de la posible restitución de una alteración parcial a un estado similar al primitivo, "normal", en función de un sistema más amplio del cual esa alteración forma parte. Esto implica:

1) No tener en cuenta solamente la contribución de la parte enferma a la enfermedad del todo que esta parte integra, sino además, la contribución que la totalidad de los sistemas, especialmente aquellos que llamamos "el hombre enfermo'' o "la familia", aporta a la enfermedad de la parte que motiva la consulta.

2) Adquirir conciencia de que el logro de la "normalidad" de una parte puede obtenerse a veces a expensas de una alteración más grave, sea del metasistema en el cual aquella se integra, o de alguna otra de sus partes.

3) Revalorizar las relaciones, recíprocas y con los megasistemas familiar, grupal o social, de los parámetros cantidad y calidad de vida y sus vinculaciones con la calidad y oportunidad de la muerte.

c) Cambio evolutivo. Concebir (estocásticamente), a los fines de establecer la dirección deseable o el sentido del cambio evolutivo, un modelo que permita distinguir entre un "estar en forma", que equivale a la conservación de un máximo de flexibilidad a partir del núcleo constitucional invariante que corresponde a cada identidad particular, y un "estar en ruinas" que equivale al gasto máximo de flexibilidad con forzamiento o deterioro de ese núcleo constitucional invariante.

Notas

(5) El texto del presente capítulo pertenece a las notas editoriales escritas por el autor para el Periódico informativo del Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP) enero 1969 y enero 1970. El apéndice fue escrito en oportunidad de su publicación en Trama y figura del enfermar y del psicoanalizar (Chiozza, 1980a).

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