Dr. Luis Chiozza
PRÓLOGO Y EPÍLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN DE CUERPO, AFECTO Y LENGUAJE
La utilización del psicoanálisis en el ejercicio cotidiano de la medicina, o en el trazado teórico de una patología general (lo que representa la misma cuestión desde otro ángulo), constituye una necesidad que plantea problemas difíciles tanto al médico general como al psicoanalista que ejerce el psicoanálisis en la intimidad de una sesión con su paciente. Esta problemática gira alrededor de la clave constituida por la relación existente entre cuerpo, afecto y lenguaje. El contenido del presente volumen es el producto del trabajo que, en los últimos diez años, realicé sobre distintos aspectos de tales problemas. Como es natural esos distintos aspectos no se reproducen aquí en el orden cronológico ni respetando la unidad primitiva en que fueron elaborados durante los años pasados. Fue necesario estructurarlos de distinta manera, a fin de que el conjunto gozara de la coherencia y la continuidad necesarias para que el lector pudiera recorrerlo de un modo ordenado, profundizando paulatinamente en el asunto tratado.
En la conciencia se organizan los datos de la percepción sensorial orientada hacia el mundo exterior, "objetivo", y aquellos otros que provienen de la vida interior, caracterizada como subjetiva. Los datos actuales de una u otra fuente se integran con nuestro conocimiento previo de aquello que denominamos la realidad y que solemos dividir en exterior e interior. El sistema percepción-conciencia se halla construido alrededor de dos nociones básicas: espacio y tiempo. Si continuamos profundizando en este análisis comprobamos que nuestro conocimiento se ordena primariamente en dos sistemas. Uno es el de los cuerpos materiales que ocupan un lugar en el espacio exterior que establece la física. El otro es el de los acontecimientos que se registran como cambios, como sucesos que transcurren en el tiempo interior que constituye la historia. Aparentemente no es así. Aparentemente el tiempo físico, como magnitud exterior, constituye una realidad primaria que se configura alrededor de la percepción del movimiento. Sin embargo el tiempo de la física es un tiempo histórico artificialmente objetivado. Cuando creemos que estamos comprobando su medida sólo estamos midiendo un espacio que denominamos recorrido en virtud de nuestra capacidad para rememorar una posición anterior. Es cierto que el sol, como un objeto del mundo exterior, concurre todos los días puntualmente a la cita; pero de lo que aquí se trata es de que el establecimiento de esta puntualidad no se percibe sensorialmente de una manera directa como el espacio y los cuerpos, sino que es el producto de una operación del intelecto que (para establecer la simultaneidad que constituye la cita) interviene sobre la realidad exterior construyendo un sistema que permite constatar en un espacio el transcurso de un tiempo proyectado desde el interior. Todas las formas del reloj, aún la de aquellos llamados naturales, pertenecen a este sistema. Aunque el color rojo o la nota musical "do" constituyen el producto de una frecuencia regular que, como tal, se realiza en un tiempo físico "exterior", también en este caso resulta evidente que no percibimos este tiempo de manera directa, como un transcurso, sino que lo objetivamos como resultado de una operación de nuestro intelecto.
Los modos concretos del espacio y el tiempo, a través de los cuales la realidad se manifiesta de manera primaria, son dos: la materia que constituye la física y el recuerdo que constituye la historia. Las otras maneras se establecen a través de una transformación secundaria que, en estados de profunda regresión, se pierde totalmente de modo que lo que penetra en la conciencia se experimenta como proveniente del exterior y la vivencia del transcurso del tiempo se independiza por completo de la marca objetiva del reloj.
La realidad psíquica es una realidad primariamente histórica que ocupa de un modo segundo un espacio virtual, imaginario, introyectado, dentro del cual se presenta. El espacio de la historia es siempre un "escenario animado" en el cual el acontecimiento adquiere preeminencia con respecto al lugar. La realidad del cuerpo y el mundo es primariamente una realidad presente que cambia de modo secundario en un tiempo ausente... Sólo podemos presenciar este tiempo, que es transcurso, mediante el recuerdo de un pasado que hace presente la transformación y la proyecta sobre el mundo percibido. La proyección imaginaria de ese pasado, bajo la forma de un deseo o un temor, nos permite construir la representación de un futuro y las normas de una realidad que llamamos ideal porque pertenece al mundo de la idea.
El médico que interroga y examina al paciente recoge una historia y constata un estado de la materia que examina. Comparando el estado con la norma descubre una historia en la materia. Su interpretación de la realidad clínica tangible es siempre histórica. Su historia clínica es la interpretación de un proceso, una mecánica y una evolución que transcurren en el tiempo. En cuanto el médico es un ser humano, posee la capacidad de relatar una historia, desarrollada en el tiempo, acerca de los hechos que él selecciona. El relato del paciente también es procesado, durante la confección de la historia clínica, en búsqueda de los hechos seleccionados mediante un determinado criterio.
En cuanto a la tarea del psicoanalista volvamos sobre lo que escribimos hace ya varios años en "Una hipótesis sobre la génesis del incesto consumado" (Chiozza, 1984c [1970]).
Desde mucho antes que el psicoanalista conozca a su paciente el pasado se hace "carne" en el enfermo formándolo como persona. Mientras una pequeña parte quedó "disponible" como recuerdo, otra parte configuró su carácter y su enfermedad. Luego, durante el tratamiento psicoanalítico, una parte de ese pasado (repetido mediante la transferencia inconciente en la conducta y en la enfermedad) se transformó "momentáneamente" en recuerdo, en historia personal o familiar. Pero no permaneció ahí. Disponible como recuerdo sólo permaneció "el esqueleto" de los acontecimientos pasados. La vivencia que constituía "la carne" de tales recuerdos ha pasado nuevamente a formar parte de la conducta, el carácter y el cuerpo del paciente, modificados por ese proceso.
Hay en la mente del psicoanalista y en la del paciente, aunque no siempre presente en la conciencia, un estado actual de aquello que constituye "la vida" de esa historia, pero se trata de un estado actual en continua evolución. Las imagos yoicas y objetales del paciente, lo mismo que los antecedentes personales y familiares que el psicoanalista podría relatar, son "distintos", hoy, de los que ambos tuvieron cuando comenzó ese tratamiento. Seguramente serán distintos también los que tendrán cuando el proceso ininterrumpido del análisis vaya transformando el sentido de los "datos objetivos", completando las "series psíquicas" con eslabones inconcientes que transforman su significado.
En cuanto al campo de trabajo terapéutico psicoanalítico, el "hecho" histórico importa (más que como una realidad "externa", pasada, a la cual no se tiene un acceso directo) como una realidad "psicológica" del paciente o como una representación mental del psicoanalista (ambas en continua evolución) que permiten inferencias genéticas y construcciones a partir de la transferencia.
Los hechos que se presentan en una historia personal o familiar seguramente ocurrieron; pero, puesto que no tenemos acceso directo a la llamada realidad histórica, no podemos saber si "realmente ocurrieron así", es decir, de qué modo significaron en su época pretérita. Podemos pensar que el producto de la transformación de la historia está y es presente en la transferencia-contratransferencia y que a su vez ese presente se transforma momentáneamente en historia, en recuerdo, mediante la interpretación. El grado de coincidencia de este recuerdo con el pasado "objetivo" es teóricamente incognoscible.
Tal como se puede comprobar en Rashomon, o en Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello, los acontecimientos pasados sólo constituyen historia en función de un significado que, por su misma naturaleza de significado, ocurre forzosamente en un ámbito subjetivo y variable. Lo único que podemos afirmar "objetivamente", desarrollando un paso más el razonamiento que llevó a Freud al descubrimiento del carácter encubridor de algunos recuerdos, es que la "historia objetiva" es presente en una totalidad cuatridimensional inabarcable, mientras que el recuerdo, todo recuerdo de aquello que ocurrió, sea del paciente o del analista, es una representación o apariencia de aquello que está ocurriendo actualmente.
Sin embargo la presentación de cualquier material clínico constituye, inevitablemente, una historia (entre las tantas que podrían relatarse sobre ese paciente), y, como tal, implica detenerse a pensar y escribir acerca de un paciente que en ese momento no ocupa el diván. Pensar en lo que pasó más que en lo que está pasando actualmente, durante el mismo proceso de realizar esa historia, como el producto de una situación compleja, rica en contenidos inconcientes. Situación que conjuga al analista con el significado de sus notas o grabaciones, sus recuerdos del paciente, de sí mismo y del contorno social profesional al cual dirige su trabajo, sus propósitos, concientes e inconcientes, frente a sus objetos internos, representados ahora en especial por ese medio social y ese paciente. Recordemos aquí la profunda pregunta que formula G. Bateson en sus Metálogos: "¿Cómo determina la gente objetiva cuáles serán las cosas sobre las que va a ser objetiva?" (Bateson, 1948-69).
Si bien es cierto que el psicoanálisis construye su cuerpo teórico fundamental sobre el modelo de las ciencias que investiga la naturaleza, su esencia consiste en la interpretación de una historia olvidada que permite re-significar el presente. En ese presente, dicha historia ha sido sustituida por otra, detrás de la cual al mismo tiempo que la primera se oculta, se manifiesta bajo la forma de signos arcanos.
Sistematizar teóricamente lo esencial de la técnica y la observación psicoanalíticas implica por lo tanto la necesidad de trazar una metahistoria, junto a la metapsicología que Freud nos legó como derivado indirecto de la ciencia física. La necesidad de esta tarea sólo se hace evidente cuando, luego de haber establecido que la interpretación psicoanalítica es la determinación de un significado, se intenta progresar en la metapsicología de los significados. Cuando se investiga qué clase de cosas son los significados, cuál es su naturaleza, uno se encuentra con que debe comprender además qué significan las cosas, es decir, cuál es su valor o su "importancia".
Frente al material que impresiona a nuestros órganos sensoriales existe una interpretación que nos otorga, mediante un proceso constructivo, la imagen o la representación de un objeto, que experimentamos como presente, y que forma parte de lo que von Uexküll, en sus Ideas para una concepción biológica del mundo, denomina nuestro mundo perceptivo particular (Uexküll, 1934).
Utilizando los términos de la metapsicología freudiana podemos definir al conocimiento como la capacidad de prever las consecuencias de la acción y lograr, de este modo, que dicha acción se constituya en la acción eficaz capaz de hacer cesar la excitación, que emana de la necesidad, en la misma fuente instintiva.
De modo que el mundo perceptivo, constituido por el material que registran los sentidos y por el conjunto de los objetos reconocidos, se encuentra ordenado de acuerdo con las finalidades que dirigen y orientan las acciones que el sujeto realiza en el mundo circundante sobre el cual ejerce sus efectos. Por lo menos una parte de las mencionadas finalidades se halla constituida por lo que Freud denominaba "representación-fin".
Prosiguiendo con la metapsicología psicoanalítica llegamos a la conclusión de que el conocimiento de los objetos a partir de un material sensorial, o sea la significación que se otorga a dicho material, se constituye precisamente en una amalgama indisoluble con el interés cualificado que esta presencia sensorial despierta debido al grado de relación que se establece entre la misma y determinadas y particulares necesidades instintivas. Representaciones tan abstractas como las de la ciencia matemática no son una excepción; sólo nos permiten comprobar una capacidad casi ilimitada para interponer intermediarios numerosos en la serie de derivados que vincula a las representaciones de impulsos instintivos inconcientes con las representaciones preconcientes que, en tanto constituyen imagos de los objetos del instinto, reciben las transferencias de las catexis instintivas. La idea metapsicológica de carga, tal como se desprende del pensamiento de Freud, nos introduce paulatinamente, a través de los conceptos de valor, importancia y significado, en el terreno de una incipiente metahistoria.
De modo que la "mera" percepción de los objetos a partir de un determinado material sensorial, es un proceso indisolublemente ligado con el establecimiento de la significación de dichos objetos. Constituye, desde este punto de vista, una interpretación y compromete un afecto.
El idioma, como residuo organizado de una con-vivencia pretérita, configura un aspecto privilegiado del mundo social, que permite objetivar las líneas que estructuran el universo de los significados. La relación existente entre lenguaje e historia nos brinda por lo tanto la apariencia de una base suficiente para construir, a partir de ese único punto, la teoría metahistórica que necesitamos. Pero esta exclusividad, a pesar de lo fructífero de tales investigaciones, me parece injustificada. Más aún, es frecuente que a partir de este punto se desconozca el hecho de que en el sistema que constituye una lengua confluyen precisamente de manera irreductible materia e historia, como dos términos de una oposición que sólo en su interrelación recíproca se iluminan mutuamente. Es decir que el lenguaje, en lugar de ser el punto en el cual se establece la solución del dilema entre el cuerpo y el alma, o entre naturaleza y cultura, constituye un campo en donde éste se reinstala y nos permite, otra vez, contemplarlo.
No se trata por lo tanto de que, en aras de una metahistoria, abandonemos una metapsicología cuyos conceptos, extrapolados de las ciencias de la naturaleza, constituyen la oposición imprescindible que nos permite apresar "desde afuera" la escurridiza realidad de los significados. Muchas veces he tenido la impresión de que la discusión de la metapsicología freudiana en su conjunto, o la oposición a algunos de sus conceptos esenciales, proviene de no haber comprendido que constituye el punto de apoyo imprescindible para la existencia de una metahistoria. Esto es especialmente válido en lo que respecta a la teoría psicoanalítica de los afectos. Así como mientras no se realice esta metahistoria los elementos que debían constituir su base determinan desde lo inconciente el curso "idealista" de nuestras investigaciones metapsicológicas, es posible suponer que cuando dirigimos nuestra atención hacia la construcción de una metahistoria, nos ocurrirá un fenómeno recíproco y similar y quedaremos impregnados de una tesis materialista inconciente, en la medida en que nuestra mirada no retorne periódicamente sobre los fundamentos de la metapsicología. Un ejemplo del primer caso lo encontramos en el psicoanalista que, frente a una teoría que busca resumir en una tópica, una dinámica y una economía, estructura un conjunto de valores "intocables" que permanecen siempre fuera de su esquema teórico. El segundo caso aparece, por ejemplo, en quienes al estudiar las vicisitudes del deseo inconciente y su estructuración en el campo social del lenguaje, encuentran vedado su acceso teórico a un terreno que llamamos biológico, por un límite que surge de un prejuicio inconciente hacia aquella parte de la realidad que denominamos materia. Oculto muchas veces bajo la forma de un aparente desprecio, este respeto casi místico por la materia la transforma otra vez en un campo psicoanalíticamente intocable. Esto ocurre en un época en que la biología, a través de uno de sus más eminentes representantes, Adolf Portmann (1970), afirma: "En la exploración de lo inconciente (y todo trabajo en biología es en el último de los casos una exploración de este tipo) tratamos de trascender la arcaica distinción de cuerpo, alma y espíritu, y no porque demos poca importancia a lo que estos términos designan, sino porque vemos con otros ojos las formas de vida en que esas distinciones fueron hechas una vez".
El sistema conceptual que estructura la temática de este libro constituye, en última instancia, una metapsicología acorde con la que postula Freud. Constituye también al mismo tiempo, sin haberlo pretendido, una introducción al trazado de una teoría psicoanalítica metahistórica. Este trazado implica la ejecución previa de tres tareas que, en mayor o menor grado, se encuentran aquí prefiguradas y esperan ser acometidas de manera deliberada y sistemática. La primera es un intento por llevar a sus últimas consecuencias la investigación (metapsicológica) acerca de la naturaleza de los significados; la segunda es hacer conciente qué elementos latentes a la metapsicología exigen un tratamiento metahistórico; la tercera es reunir aquellas observaciones psicoanalíticas y aquellos aspectos de la técnica interpretativa que se resisten a la explicación metapsicológica o quedan deformados por ella y reclaman, en cambio, su comprensión en términos de la historia de un sujeto frente al otro.
De modo que nuestro interés en incursionar en la función del psicoanálisis en la medicina se traduce en un enriquecimiento de la significación del psicoanálisis, que abarca no solamente el ámbito de sus fundamentos teóricos, sino también la esfera de su aplicación "primaria" a los diversos asuntos humanos, que (como es el caso de la historia, la religión o la literatura), trascienden el campo de la medicina. Quiero decir con esto que (aunque nació del ejercicio de la medicina y su tarea se ejerce aún hoy predominantemente en ese campo) la aplicación del psicoanálisis a la interpretación de la cultura en cualquiera de sus formas no debe ser considerada como una labor "secundaria" a los fines delimitados de la actividad médica (aunque se trate de aquella actividad médica que se ejerce en el consultorio del psicoanalista). Junto al mencionado enriquecimiento de la significación del psicoanálisis, en el recorrido de las páginas que siguen se dibuja para el médico general una nueva tarea. Esta nueva tarea, más allá del justificado estudio de la relación médico-paciente, tantas veces subrayado, surge de la introducción del sujeto humano entre los elementos que estructuran la teoría científica que denominamos patología.
Dejo ahora al lector con el libro que, una vez terminado, ha comenzado a dejar de ser mío. Mi mayor anhelo es el haber logrado transmitir, junto con su contenido y como vehículo de un pensamiento que me trasciende, por lo menos una parte del placer intelectual que me acompañó todos estos años, en el transcurso de su gestación.
Entre todas aquellas personas a quienes debo agradecimiento, quiero mencionar especialmente a mi mujer, Paula, y a mis hijos, Silvana y Gustavo, por todas las horas-marido y las horas-padre que han donado generosamente durante el largo proceso de su realización, ya que tengo plena conciencia de que son horas que no volverán.
Luis A. Chiozza
Buenos Aires, mayo de 1976.
En Abril de 1977, agotada la primera edición, se realizó una reimpresión que fue prologada con las siguientes palabras: "El interés que este libro ha suscitado en el lector se ha puesto de manifiesto al agotarse su primera edición apenas transcurridos seis meses desde la fecha de su publicación y en que, a partir de ella, ya se halla en preparación una edición italiana. Una de las razones de que así haya sucedido consista tal vez en que su contenido contribuye a llenar una necesidad que crece velozmente, tanto en el psicoanálisis como en la medicina de nuestra época. La misma necesidad insatisfecha se manifiesta también, de manera dramática, en el hecho de que existan muchos enfermos que no encuentran su médico. Al prologar esta segunda edición (reimpresión) lo hago con el deseo de que el lector de este libro encuentre en sus páginas el estímulo para proseguir su camino hacia el conmovedor horizonte, todavía lejano, que desde aquí se divisa. Al mismo tiempo me ocupa la impostergable tarea de propiciar un nuevo encuentro, con ese lector que no se detiene en su marcha, en algún otro punto del interminable camino".