Enfermedades y afectos

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IV - PSICOANÁLISIS DE LAS AFECCIONES MICÓTICAS1

Dr. Luis Chiozza, Dr. Eduardo Dayen, Lic. Oscar Baldino, Lic. María E. Bruzzon, Lic. Mirta F. de Dayen y Lic. María C. Griffa

 

LAS MICOSIS HUMANAS

Al conjunto de microorganismos que aloja el cuerpo humano se lo denomina biota normal. Sin embargo, la calificación de "normal ", en este contexto, es ambigua. El mismo microorganismo que en una ocasión forma parte de la biota normal, en otra puede quedar asociado a una afección. Por otra parte, cada persona posee un espectro particular de microorganismos que, además, varía de momento en momento. En el contacto con esos residentes, «cada ser humano presenta un patrón idiosincrático de respuestas»2 (Eisenstein y Schaechter, 1993, pág. 25).

Los hongos, como los demás microbios que constituyen la biota normal, residen y proliferan en diversas zonas corporales (piel, vías aéreas y urinarias, aparatos digestivo y genital). A estos microorganismos la medicina les atribuye el carácter de "comensal" para significar que obtienen un provecho de la relación simbiótica sin perjuicio ni beneficio aparente de su huésped (Weisz, 1982; Stedman, 1990).

La categoría de comensalismo, junto con la de mutualismo y la de parasitismo, pertenece a una clasificación realizada a partir de lo que se interpreta como benéfico o perjudicial para cada uno de los miembros de un vínculo. Sin embargo, tal como muestra el psicoanálisis, existen propósitos inconcientes y las cosas no suelen ser como aparecen en lo manifiesto. Desde esta concepción resulta inconcebible que una relación íntima pueda ser mantenida sólo para "provecho" de uno de sus miembros, cuestión que nos parece importante a la hora de estudiar el sentido de cualquier proceso infeccioso.

El estado saludable de todo organismo incluye la presencia de una biota. En otras palabras, no existe la posibilidad de vivir sin gérmenes. En un mundo cargado de microbios es razonable llegar a la conclusión de que ningún microorganismo es intrínsecamente benigno o patógeno, y que la biota microbiana normal está adaptada para hacer bien más que daño (Eisenstein y Schaechter, 1993, págs. 41 y 46).

Lewis Thomas (1974, págs. 102–103) sostiene que «los microorganismos que parecen más peligrosos, aquellos que aparentan querer matarnos, resultan ser, cuando se los examina cuidadosamente, [...] espectadores sin participación directa. Ellos invadirán y se duplicarán si les damos la oportunidad y algunos ll egarán a nuestros tejidos más internos y a la corriente sanguínea, pero es nuestra respuesta a su presencia lo que configura la enfermedad».

Burnet y White (1977, pág. 35), a partir de la investigación de epidemias (psitacosis, sarampión, etc.), sostienen que en el estudio de las enfermedades infecciosas debe adoptarse como punto de vista general «el de un conflicto entre el hombre y sus parásitos3 que, en un ambiente constante, se convertiría en un equilibrio virtual, un estado clímax en que ambas especies sobrevivirían indefinidamente».

 

Más adelante los mismos autores sostienen que «cuando se estudia la naturaleza de la enfermedad, es imposible limitarse a los confines de la medicina humana. Hay que abarcar toda la escala de los seres vivos, porque puede que no exista ningún tipo de organismo que alguna vez no haya sido parásito o huésped de un parásito» (Burnet y White, 1977, pág. 37).

 

El hombre suele convivir armoniosamente con los hongos, tal como lo hace con el resto de los organismos de su circunstancia, pero cuando la dinámica de esa relación se altera, el trastorno puede manifestarse en un amplio espectro de enfermedades. Estas afecciones pueden constituir desde problemas estéticos hasta infecciones sistémicas, algunas potencialmente letales (Kobayashi y Medoff, 1993, pág. 595).

Según la descripción que se realiza desde el punto de vista médico mecanicista basada en el modelo de las relaciones causa–efecto, la alteración en el vínculo con un microorganismo encuentra su explicación en debilitamientos producidos por cambios en la nutrición de los tejidos, y también por ruptura, desecación, traumatismos o maceración excesiva de los epitelios o de las mucosas. Las canalizaciones venosas y otros actos quirúrgicos pueden facilitar el ingreso de microorganismos y la producción de una infección. El empleo de antibióticos también genera una ocasión propicia para algunas infecciones, lo mismo que la depresión de los mecanismos defensivos que producen el uso de corticoides, inmunodepresores, drogas citotóxicas o enfermedades que generan inmunodeficiencia.

Desde el mismo abordaje, se considera que en la producción de la enfermedad no sólo tiene mucha importancia el estado de las defensas del huésped, sino también la virulencia4 y la cantidad de los microorganismos invasores (Kobayashi y Medoff, 1993; Joklik y otros, 1994; Negroni y Arechavala, 1996).

Las clasificaciones más actuales describen las micosis como superficiales, c utáneas, subcutáneas y profundas o sistémicas (Jawetz y otros, 1991; Kobayashi y Medoff, 1993).

Las micosis superficiales compromet en la capa córnea de la piel y de las faneras, así como las mucosas y semimucosas. La respuesta inflamatoria es mínima o nula. Generalmente se considera que sólo constituyen un problema estético. Suelen diagnosticarse con facilidad y rapidez y, cuando es necesario medicarlas, responden muy bien al tratamiento. Si bien rara vez ponen en riesgo la salud general del paciente, a menudo son crónicas y pueden ser epidémicas. Algunas de las micosis superficiales son la tricomicosis axilar5, eritrasma6, pitiriasis versicolor7 y epidermofitia8 (Kobayashi y Medoff, 1994; Negroni y Negroni, 1990; Jawetz y otros, 1991).

Las micosis cutáneas, a diferencia de las superficiales, se manifiestan en un plano apenas más profundo que el de la epidermis. Pueden ser agudas o crónicas y suelen ser más rebeldes al tratamiento que las superficiales. Convencionalmente se reserva la denominación de "dermatófitos" para los tres géneros de hongos queratófilos que participan en las micosis cutáneas parasitando piel y faneras: Microsporum, Trichophyton y Epidermophyton.

El "pie de atleta"9 es la más frecuente de las dermatofitosis. En los espacios interdigitales del pie proliferan los Trichophyton o los Epidermophyton floccosum. La primera manifestación es el prurito, luego aparecen pequeñas vesículas entre los dedos y más tarde la piel de la zona, macerada, se desprende. Cuando se producen fisuras pueden agregarse infecciones bacterianas, y la tiña prolongada de los pies suele complicarse con la infección de las uñas (onicomicosis) (Jawetz y otros, 1991).

Las micosis subcutáneas se caracterizan por afectar la dermis y el tejido subcutáneo. Los hongos que participan en la infección (esporotricosis, cromomicosis), y que habitualmente se encuentran en el medio ambiente (suelo o vegetales en descomposición), parecen ver facilitada la penetración de sus esporas10 a través de micro o macrotraumatismos de la piel o de las mucosas (Kobayashi y Medoff, 1994). 11

Las micosis profundas o sistémicas, a diferencia de las superficiales, a menudo producen complicaciones muy serias y pueden llegar a ser mortales (Jawetz y otros, 1991). 12

La Infectología sostiene que la inhalación es la forma más habitual de iniciación de una micosis profunda y que el período de incubación varía desde una semana hasta veinte años o más (Negroni y Arechavala,1996).

 

LOS HONGOS

 

Ubicación taxonómica

Tradicionalmente todo lo existente ha sido clasificado en tres reinos: vegetal, animal y mineral. Dentro de esa clasificación, nunca se pudo encontrar un lugar adecuado para los hongos. Los sabios medievales pensaban, justamente, que los hongos eran " formas medio muertas, a caballo entre los reinos mineral y vegetal" (Margulis y Sagan, 1995, pág. 140). Más tarde se los excluyó definitivamente del mundo de lo inanimado, pero las dificultades para incluirlos en los reinos de los seres vivos, continuaron.

Margulis y Sagan (1995) consideran que la primera clasificación moderna de los seres vivos es la ideada por Herbert Copeland (1902–1968), quien abogó por una agrupación en cuatro reinos: moneras (bacterias), plantas, animales y pr otoctistas. Dentro de esta clasificación, los hongos, bajo la denominación "micófitos", quedaban integrados dentro del grupo de los protoctistas conjuntamente con las algas. El término "protoctistas" deriva de una palabra griega que significa "primeros constructores". De él deriva, a su vez, la nominación, más habitual, "protista", que significa "el verdaderamente primero" (Sahtouris, 1989, pág. 103).

 

Esa fue la primera clasificación moderna, pero la evolución del pensamiento científico siempre desestabiliza el ordenamiento alcanzado. Hay autores que piensan que la clasificación que últimamente propuso Robert Whittaker es la que refleja mejor las relaciones evolutivas. Se trata de una clasificación que separa a los hongos de los protoctistas y establece un quinto reino aparte para ellos. «A los hongos [...] se les ha puesto en el mismo saco que las plantas porque desde luego no son animales […] Hasta hace muy poco la denominación científica de los hongos era "micófitos"13 […] Aunque ninguno de ellos es fotosintetizador, algunos hongos echan raíces como las plantas. Pero la mejor manera de clasificarlos es dentro de un reino aparte: los micotas» (Margulis y Sagan, 1995, pág. 140).

De todos modos, y más allá de las distintas clasificaciones, de los distintos " lugares" en los que la ciencia coloca a los hongos dentro del concierto de los seres vivos, no cabe duda de que se asocia con ellos una fantasía de "primeros constructores", de seres que preceden a los demás y, por tanto, aportan elementos básicos para la subsistencia de otros.

 

Características generales

El amplísimo reino de los micotas hace hábitat de casi todo lugar de la Tierra. Pueden encontrarse en el agua, en el suelo y en el aire, viven en los alimentos más diversos, en las cortezas, semillas y hojas de los vegetales, en insectos, en otros animales y en humanos.

Los miembros primitivos son acuáticos y producen células reproductoras flageladas. Los más evolucionados son terrestres, con células reproductoras que son dispersadas pasivamente por el viento, el agua y los animales14.

Al profundizar en el estudio del reino de los hongos, se tropieza con que las dificultades de clasificación que debe enfrentar la taxonomía vuelven a presenta rse con el resto de las características de estos seres. Las clasificaciones habituales no poseen apartados en los que los hongos "encajen" bien. Así ocurre, por ejemplo, con las formas de reproducción. En los hongos la reproducción puede ser sexual o asexual. Pero la mayor parte de los hongos se reproducen por formación de conidios a través de mitosis, es decir por reproducción asexual, durante la cual el número de cromosomas se conserva igual.15 A la luz de la teoría celular, el hongo sería una masa viviente continua que puede crecer en tamaño y en número de núcleos (Weisz, 1982).

Las ideas acerca de que los hongos habitan en cualquier lugar, con lapsos y márgenes laxos para el crecimiento, y la de que se reproducen asexualmente, asocia a ellos una fantasía, que se suma a la de "primeros constructores": una fantasía de omnipresencia y, además, de autosuficiencia. Una fantasía acerca de seres de potencialidades extraordinarias para quienes los límites prácticamente no existen.

Los hongos no tienen la capacidad de realizar fotosíntesis de modo que deben absorber su alimento a partir de otros organismos. En el caso de los mohos y de las setas, esta absorción se realiza gracias a una red de hifas16. Para obtener sus nutrientes segregan enzimas que degradan una amplia variedad de substratos orgánicos a formas solubles, formas que luego son absorbidas pasivamente o a través de sistemas de transporte activo (Joklik y otros, 1994, pág. 1428). Por medio de las enzimas, degradan las moléculas grandes a formas más simples, en un proceso de "digestión" externa, que les permite la posterior asimilación del alimento.17

Todos los hongos, como los seres más diferenciados, están formados por células eucarióticas18. Su estructura está constituida por uno o varios núcleos rodeados por una membrana, el citoplasma, la membrana celular y la pared celular. La pared celular es un componente esencial porque proporciona rigidez y fuerza, protegiendo a la membrana celular del shock osmótico. En la gran mayoría de los casos, en los hongos, esa pared rígida está formada por quitina, sustancia que también constituye el exoesqueleto de insectos. En otros casos, en cambio, algunos tipos primitivos de hongos, presentan una pared constituida por celulosa, sustancia característica de los vegetales (Joklik y otros, 1994, págs. 1429-31). Dos de las particularidades que han desorientado a los taxonomistas y que, por otra parte, despiertan fantasías acerca de que el reino de los hongos dispone de recursos que los demás tienen limitados.

Una de las descripciones más habituales dice que los hongos pueden presentarse bajo tres formas: como moho, como levaduras o como especies que forman setas.19 Muy frecuentemente constituyen organizaciones simbióticas muy estables como, por ejemplo, el liquen, una asociación de alga y hongo20. También se los encuentra asociados con las raíces de ciertos vegetales a los cuales el hongo les resulta indispensable para la obtención del nitrógeno (Weisz, 1982; Zeta multimedia y Dorling Kindersley, 1996). Ejemplo de esta asociación es lo que se conoce como la micorriza21.

 

Su función en el ecosistema

La principal tarea que los hongos realizan en la naturaleza, junto con algunos otros microorganismos, es la degradación de material de desecho orgánico. Esta función descomponedora resulta imprescindible para la obtención del carbono, el nitrógeno y otros elementos esenciales que la vida necesita para su desarrollo (Baldacci, 1964; Dickinson e Lucas, 1979; Weisz,1982). Además, «sin los hongos, las plantas, y en última instancia todos los animales, se quedarían sin suministro de fósforo» (Margulis y Sagan, 1995, pág. 149). Vale recordar que el fósforo es un elemento esencial del ácido desoxirribonucleico (ADN)22, del ácido ribonucleico (ARN)23 y del adenosintrifosfato (ATP)24. También resulta revelador que el carbono contenido en tejidos resistentes como pelos, cuernos o pezuñas puede ser reciclado sólo por los hongos, que son los únicos que poseen enzimas capaces de digerir tales tejidos.

Como puede comprobarse en muchas otras de las acciones que desarrollan los seres vivos, el resultado de la actividad descomponedora de los hongos excede a las necesidades vitales de los individuos que la desarrollan, y este plus queda a disposición de otros organismos.

De modo que, debido a su capacidad de descomponer la materia orgánica en sus componentes más elementales, la existencia de los hongos es fundamental para la vida de los organismos superiores. Esta función, en especial en lo relacionado con el nitrógeno, el carbono y el fósforo, permite la creación de nuevas combinaciones que reinician el ciclo vital.

Los hongos no son los únicos que cumplen esa función descomponedora. Las bacterias, líquenes, y algunos protozoarios, forman una inmensa comunidad de seres responsables de crear, mediante la función descomponedora, los ambientes que las plantas y animales de mayor tamaño y complejidad requieren para su subsistencia.

La actividad descomponedora de los hongos es similar a la operación que en los individuos heterótrofos, aquellos organismos que sólo pueden nutrirse de las sustancias elaboradas por otros seres vivos, se denomina "digestión".

 

 

 

LA CONVIVENCIA CON EL HONGO

Hoy conocemos un poco más acerca del tipo de vínculo que muchos hongos mantienen con organismos de otros reinos. «Muchos forman equipos con plantas, algas o cianobacterias y dan lugar a entes orgánicos combinados: las micorrizas y los líquenes. La fisiología planetaria —Gaia25— es el resultado de la interacción de innumerables seres, redes fúngicas incluidas. Gaia es simbiosis vista desde el espacio. Los hongos reciclan nutrientes y convierten desechos en alimento utilizable dentro de una biosfera simbióticamente integrada»26 (Margulis y Sagan, 1995, pág. 154).

Desde el punto de vista que analizan Margulis y Sagan, que es el punto de vista de muchos científicos actuales, todos los organismos vivos transcurren su existencia entrelazados en una red de convivencia. Se trataría de una red de la que, desde nuestra mirada individualista, pocas veces tenemos noticia. Pero así como los organismos son la convivencia de órganos, los órganos son la convivencia de individuos celulares que, lo mismo que los órganos en el organismo, cumplen la función que les ha tocado desempeñar para poder vivir. El panal cumple una función, que podemos conocer, en la red que conforma un lecho ecológico. Y el panal, a su vez, es una red de abejas conviviendo.

Así como conocemos el sentido de la convivencia que, por ejemplo, tejen las llamadas "bacterias intestinales"27 y el ser humano, también sabemos de la asociación de algunos hongos y el hombre, aunque no conozcamos el sentido de esa convivencia. «Los microorganismos Cándida suelen hallarse en la boca, vagina, esputo, y heces de personas por lo demás normales» (Beeson y Mc Dermott, 1971, pág. 729).

Burnet y White (1977, pág. 17) enuncian de un modo conciso los dos factores esenciales para la supervivencia de la vida animal: «en primer lugar, el que un animal encuentre suficiente alimento, y en segundo lugar, el que evite ser devorado. De esta manera, el alimento se convierte en el problema central de la ecología». Más adelante, continúan diciendo que «todos los animales viven a expensas de algún otro organismo [...]. Cada animal, de los protozoos para arriba, de be obtener los aminoácidos que necesita para construir sus propias proteínas de las proteínas de alguna otra espec ie de organismo» (Ibíd. pág. 41). Los autores señalan como ejemplo, que cuando un ser como la ameba incorpora una bacteria o una diatomea para su nutrición, ocurre que lo ingerido se vuelve resistente a la acción enzimática, y hasta a veces, puede proliferar a expensas del citoplasma amebiano. Este proceso ofrece «el modelo más primitivo de la enfermedad infecciosa. Desde un sentido realista, toda enfermedad infecciosa de un animal incluido el hombre se reduce a la cuestión de "comer o ser comido"» (Ibíd., pág. 42).

Podemos entender que, desde un particular recorte, hongo y hombre forman parte de una organización ecológica que los trasciende. La convivencia armónica de ambos sería el estado de salud del "organismo" que los trasciende. El estado de salud de ese "organismo" implica la convivencia armónica de ambos en un ecosistema y es, al mismo tiempo, la salud para el hombre y para el hongo. Cuando la dinámica de la relación entre el hongo y el hombre se altera, el trastorno puede manifestarse (en el ser humano) en una amplia gama de afecciones que van desde problemas estéticos hasta infecciones sistémicas, algunas letales.

 

Pero son muchos los motivos que llevan a la alteración de esa armonía. Cuando entre el hombre y el hongo surge una desavenencia, el hombre se siente perjudicado por el hongo. Como ocurre con cualquier otra convivencia alterada, suele negarse que, mientras la convivencia se mantiene a pesar de los perjuicios, cada uno de los miembros obtiene un "beneficio" que se escotomiza.

 

LOS HONGOS EN LA MITOLOGÍA Y EN ALGUNAS COSTUMBRES

 

La humanidad, en sus diferentes culturas, muchas veces asoció el origen y las cualidades del hongo con lo misterioso, con lo divino y, en ocasiones, con lo demoníaco.

Las teorías más primitivas presentan un elemento común: los hongos son considerados el producto de una relación misteriosa entre la tierra y algún otro elemento sobrenatural (Dickinson e Lucas, 1979).

Los griegos y los romanos creían que los hongos se formaban en el lugar donde un rayo impactaba la tierra, creencia similar a la que perdura aún hoy en ciertas regiones de Méjico donde, además, algunos hongos son considerados como seres sagrados (Dickinson e Lucas, 1979; Graves, 1958a).

 

Algunos hongos brotan con sus micelios en forma circular luego de una noche de lluvia28. Una leyenda atribuye al rayo esa particular formación circular que es conocida como "anillo" o "círculo de la bruja" (Dickinson e Lucas, 1979, pág. 25).

Por su inmensidad y sus infinitas fuerzas la tierra asume en la mitología los significados de madre todopoderosa, proveedora de bienes y frutos, capaz de dar y quitar la vida (Bartra, 1982). En el mismo sentido, Pérez–Rioja (1962, pág. 400) sostiene que «la renovación anual del mundo vegetal despertó, desde la más remota antigüedad, la idea de la Tierra como madre engendradora».

Si tenemos en cuenta los significados atribuidos a los hongos, a la tierra y al rayo, se puede afirmar que la idea mítica común alude a una fantasía en la que el hongo es el producto ideal de la "cópula" entre una madre poseedora de inmensa potencialidad y un ser sobrenatural, representado por el rayo .

Graves (1958a) encontró coincidencias entre los relatos míticos provenientes de la cultura griega y la mazateca. En el folklore de ambas, a los hongos se los denomina "alimento de los dioses". Las dos culturas atribuyen al rayo la generación de los hongos, y tanto una como otra conciben dioses relacionados con los hongos: en Grecia, el dios Dioniso, y en Méjico, entre los mazatecas, Tlaloc.

En el banquete de la orgía otoñal que realizaban los seguidores de Dioniso, «no se embriagaban solamente con vino o cerveza de hiedra, sino que utilizaban estas bebidas para suavizar los tragos de una droga mucho más fuerte [...] un hongo crudo, amanita muscaria29» (Graves, 1958a, pág. 7; 1958 b; 1961).

Graves descubrió, por otra parte, que las letras iniciales de las palabras con que se denominan los ingredientes de la fórmula de la "ambrosía" (la comida de los dioses del Olimpo) forman la palabra muketa, acusativo de mukes, que en griego significa "hongo". Comprobó lo mismo en las fórmulas del "néctar" (la bebida de los dioses), que también remiten a la palabra hongo, lo que permite suponer que los hongos integraban las fórmulas secretas y sagradas de la ambrosía y el néctar (Graves, 1958a, pág. 8; 1958b; 1961).

Recordemos que tanto la ambrosía como el néctar, vinculados al hongo, se relacionaban íntimamente con una fantasía de inmortalidad. La palabra "néctar" deriva del griego nektar, de ne , "negativo", y kteinein, "matar", es decir, "que no mata, que hace inmortal" (Corripio, 1974). Por su parte, la palabra "ambrosía" proviene del griego ámbrotos, inmortal. En la época en que se consumían, la creencia era que tanto la ambrosía como el néctar tenían la virtud de convertir en inmortal a quien lo ingería, además de ponerlo a salvo de cualquier herida o enfermedad (Lezama, 1974).

 

Pérez–Rioja (1962) afirma que el hongo es «símbolo de longevidad e inmortalidad. También —entre los pueblos primitivos— era un talismán de buen augurio». Es decir que el hongo no sólo se relacionaba con fantasías de inmortalidad sino que también quedaba vinculado a la buena fortuna.

Algunos autores (Mingoia, 1970; Graves, 1958b) relatan curiosas costumbres de comunidades que viven muy aisladas, como los cosacos de Siberia, quienes para combatir la soledad que sobre todo en los largos inviernos constituye una amenaza permanente, se reúnen en singulares ceremonias en las cuales los participantes ingieren el amanita muscaria, desarrollan bailes frenéticos y, para volver a gozar de los efectos del hongo, beben su propia orina.

 

De modo que las fantasías presentes en los mitos, en las costumbres, y en algunas adicciones, parecen revelar que el hombre, más allá de su coexistencia normal con el hongo, alienta deseos ilusorios de conseguir, a través de los hongos, la potencia necesaria para satisfacer, sin esfuerzos y sin espera, todos sus anhelos.

 

Así como el temor a la muerte encubre una frustración actual (Freud, 1916a [1915]), el anhelo de inmortalidad nace también de una frustración actual y del deseo de resolverla a través de la eliminación mágica de los límites que impiden la satisfacción. Desde ese deseo nace la fantasía que le atribuye al hongo, asociado a la imago de una madre todopoderosa, la capacidad omnipotente de no tener que enfrentar límite alguno.

La creencia en "la buena fortuna" corresponde a la ilusión de que es posible tener todo aquello que se desea. Esta ilusión supone la existencia de una "madre" disponible de manera incondicional, una madre que, además de tener todo solucionado, puede, si quiere, dar soluciones mágicas. De esa manera se tendría garantizado el éxito y no resultaría necesario el trabajo.

La fantasía inconciente de una madre omnipotente y envidiada lleva implícito, además, que si el dolor o la frustración no desaparecen es porque el objeto se rehúsa y abandona injustamente. Frente al dolor y la frustración por la carencia se confunde, en la fantasía inconciente, la ausencia del objeto proveedor con la presencia de un objeto devorador (Klein, 1952b, págs. 178–180).30

 

ACERCA DE LA DIGESTIÓN

"Digestión" es la «acción y efecto de convertir los alimentos en sustancias químicas que puedan ser absorbidas y asimiladas» (Dorland, 1992), la acción de disolver una sustancia convirtiéndola en otra albuminoidea (Moliner, 1986). Es interesante reparar en que la palabra "albuminoidea" está conformada por el término "albumen" y el sufijo "–oide", «que añade la significación de "parecido a lo que se especifica en el morfema al que se une"» (Dorland, 1992). Así que se denomina "albuminoidea" a toda sustancia que se asemeje a albumen. "Albumen", por su parte, es la sustancia que acompaña al embrión de las semillas y le sirve de alimento en la primera fase de su desarrollo. De modo que cuando un organismo se toma el trabajo de digerir es porque necesita obtener el mismo tipo de sustancia de las que en una breve etapa al comienzo de la vida, se dispone libremente. En ese momento dichas sustancias les son dadas sin requerir ningún esfuerzo. Los seres humanos, naturalmente, también conocimos un momento semejante en nuestras vidas.

La embriología sostiene que unas treinta horas después de ser fecundado, el huevo humano experimenta una serie de divisiones mitóticas que hacen aumentar rápidamente su número de células. Después de cierto número de divisiones, y por su parecido con una mora, se lo denomina "mórula" (Langman, 1963, pág. 25).

En la mórula se va introduciendo «líquido por la zona pelúcida31 hacia los espacios intercelulares de la masa interna; gradualmente los espacios intercelulares confluyen y, por último, se forma una cavidad, el blastocele. En esta etapa, la zona pelúcida desaparece rápidamente y el cigoto se llama blastocisto» (Langman, 1963, pág. 26).

Mientras progresa la segmentación, el cigoto desciende por la trompa de Falopio; en el momento en que tiene de doce a dieciséis células, estas se organizan en un grupo central o "masa celular interna", y una capa circundante o "masa celular externa". La masa celular interna conformará los tejidos del embrión propiamente dicho, mientras que la masa celular externa se irá transformando hasta constituir el "trofoblasto", que más tarde se convertirá en "placenta" (Lang man, 1963, pág. 25).

«La nutrición del embrión durante este descenso se realiza por difusión, ya que él viaja embebido en un magma mucoso que cubre las paredes de los órganos y llena la escasa luz de los mismos. Este mucus es segregado por las glándulas de trompas y útero. Alrededor del séptimo día, después de la fecundación se produce la implantación del embrión […] La penetración se realiza favorecida por la digestión de las capas más superficiales por enzimas segregadas por el trofoblasto» (Narbaitz, 1963, pág. 12). «Sin embargo, la mucosa uterina facilita la acción trofoblástica del blastocisto de manera que la implantación es resultado de acción mutua trofoblástica y endometrial» (Langman, 1963, pág. 27).

Se puede sostener que la actividad trofoblástica del blastocisto es la primera digestión, la primera vez que el ser humano ejercita la capacidad de digerir, y que, en la etapa anterior de la vida embrionaria la nutrición no requiere del ejercicio de la función digestiva, ya que el blastocisto dispone libremente de los elementos necesarios (glucógeno y mucina) segregados por las glándulas de las trompas y el útero maternos.

 

"Los alimentos que mantienen la vida del organismo pueden clasificarse, con la excepción de las pequeñas cantidades de ciertas sustancias como las vitaminas y los minerales, en carbohidratos, grasas y proteínas. En general, la mucosa intestinal no puede absorber ninguno de ellos en su forma natural, por lo que, sin un proceso de digestión preliminar, no podrían servir como elementos nutritivos" (Guyton y Hall, 1997, pág. 903).

 

La química de la digestión es simple. El mismo principio de base, la hidrólisis32, se aplica en los tres tipos de alimentos. La única diferencia estriba en el fermento33 que en cada caso inicia el proceso.

 

 

LA CAPACIDAD DE DESCOMPONER

Hemos visto ya que la función de descomponer la materia orgánica en sus componentes más elementales para permitir la creación de nuevas combinaciones que posibilitan reabrir el ciclo vital es característica de los hongos, dado que la ejercen de manera más completa que los otros tipos de organismos. También subrayamos que la actividad descomponedora de los hongos es similar a la operación que en los individuos heterótrofos, aquellos organismos que sólo pueden nutrirse de las sustancias elaboradas por otros seres vivos, se denomina "digestión".

 

Los aspectos comunes a estas dos funciones configuran una capacidad para la que creemos que la denominación más ajustada es la de "descomponer". Es cierto que con ese fin podrían utilizarse otras palabras que también parecen adecuadas: desintegrar, digerir, separar, desunir, dividir, desmontar, analizar, dispersar, por ejemplo. Sin embargo pensamos que de todos los términos, el que connota la significación más acertada para referirse al fenómeno en general, es "descomponer".

Para Moliner (1986), la palabra "descomponer" tiene varias acepciones, entre las que se encuentran: 1) separar los componentes de una sustancia, cosa o argumento; 2) podrir; 3) frustrar; 4) aturdir; 5) encolerizar.

 

Una diferencia entre la capacidad descomponedora del hongo y la del proceso digestivo humano reside en la profundidad del nivel que cada uno de ellos puede alcanzar en su labor. Los hongos pueden descomponer la materia orgánica hasta sus elementos esenciales, en tanto que el proceso digestivo del organismo humano no puede alcanzar tal punto. Mientras el proceso digestivo en el hombre alcanza el nivel de los aminoácidos, el proceso realizado por los hongos llega a descomponer hasta el nivel de los elementos que, como el nitrógeno, constituyen los aminoácidos. De modo que así como la función digestiva, de la cual la bilis suele arrogarse la representación (Chiozza, 1970o [1969], pág. 29; 1974a [1972], pág. 196), resulta esencial para la obtención de los aminoáci dos que el organismo precisa para estructurar las proteínas que lo constituyen, la función descomponedora que cumplen los hongos resulta esencial para la obtención de los elementos que constituyen a los aminoácidos.

Las proteínas y los ácidos nucleicos son las dos clases fundamentales de moléculas biológicas; las proteínas están constituidas por aminoácidos y los ácidos nucleicos, por cadenas de nucleótidos.

Los aminoácidos que constituyen las proteínas son compuestos formados por un grupo ácido, carboxilo (–COOH) y un grupo básico, amina (–NH2). Los aminoácidos se clasifican en esenciales y no esenciales. El ser humano no dispone de la capacidad metabólica para sintetizar los llamados esenciales o indispensables, por lo cual deben ser suministrados en la dieta. Los aminoácidos denominados no esenciales o dispensables, son también necesarios, pero pueden ser sintetizados siempre que el aporte de aminoácidos esenciales y nitrógeno sea suficiente (Blanco, 1997, pág. 25; Henrikson, 1989, pág. 43). Esta clasificación en esenciales y no esenciales toma como parámetro la necesidad de que sean o no incorporados en la dieta y, tal como lo destaca Weisz (1982, pág. 304), el término "esenciales" resulta inadecuado porque todos los aminoácidos tienen esa cualidad para todos los organismos vivos.

El carbono es un componente fundamental de la materia viva y posee una extraordinaria capacidad para formar compuestos consigo mismo y con otros elementos. Las combinaciones del carbono pueden ser sumamente complejas y variadas, y las sustancias orgánicas presentan «mayor complejidad y variedad que todos los demás compuestos químicos juntos» (Weisz, 1982, pág. 52).

El fósforo es un componente fundamental de la parte mineral del hueso, abunda en todos los tejidos y participa en casi todos los procesos metabólicos (Dorland, 1992). Los fosfatos son quizás el constituyente mineral aislado más importante y necesario para la actividad celular (Guyton y Hall, 1997).

El nitrógeno es un gas incombustible y no comburente, que constituye casi las cuatro quintas partes del aire, y en tal estado no es metabolizable para la mayoría de los seres vivos. Esa condición de gas tóxico motivó, según Moliner (1986), que Lavoisier lo llamara "azoe" (del gr. "zoe": vida, y la partícula privativa "a"). En estado gaseoso es soluble en la sangre y líquidos del cuerpo, y cuando se libera en sangre en forma de burbujas, por reducción de la presión atmosférica, puede causar síntomas graves (El Ateneo, 1992).

El llamado "ciclo del nitrógeno en la naturaleza" es un proceso que se describe así: un grupo de bacterias fijadoras se encargan de un complejo proceso que termina por suministrar el nitrógeno a los organismos fotoliotótrofos (vegetales). Estos organismos lo toman del suelo y de las aguas, bajo la forma de compuestos inorgánicos nitrogenados. De este modo pueden incluir el nitrógeno en sus moléculas de aminoácidos. Los animales herbívoros obtienen el nitrógeno a través de su ingesta. Por su lado, los animales carnívoros, que incluyen en su alimentación a los herbívoros, acceden así al nitrógeno que más tarde vuelve al suelo y a la atmósfera, en forma amoniacal, a través de los excrementos y la putrefacción de los cadáveres (Weisz, 1982, pág. 132).

Los ácidos nucleicos son polímeros nucleótidos; hay dos clases: ADN y ARN.

«Un nucleótido es un complejo molecular formado por tres unidades: un grupo fosfato, una pentosa y una base nitrogenada. Los grupos fosfato derivan del ácido fosfórico, [… ] una sustancia mineral inorgánica […] La pentosa de un nucleótido puede ser de dos clases, ribosa o desoxirribosa», mientras que «la base nitrogenada de un nucleótido pertenece a una serie de compuestos anillados que contienen nitrógeno, así como también carbono» (Weisz, 1982, pág. 60).

Las proteínas cumplen dos funciones celulares esenciales. Son la materia vital a partir de la cual se construyen muchos de los armazones básicos de las células, una especie de "andamiaje" alrededor del cual se disponen los hidratos de carbono, las grasas, los minerales y otros componentes celulares. La otra función es servir como enzimas catalizadoras de reacciones (Weisz, 1982).

La palabra "proteína", que deriva del griego prótos que significa "el primero", designa al grupo de compuestos orgánicos complejos cuyos elementos son carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y, por lo general, azufre. El nitrógeno es el elemento característico de las proteínas. Las proteínas son de elevado peso molecular y consisten esencialmente en combinaciones de –aminoácidos en enlaces peptídicos. "Los aminoácidos contiguos de una proteína se unen de modo que el grupo amino de un ácido lo hace con el grupo carboxilo del próximo; el enlace se forma por eliminación de una molécula de agua. El grupo resultante –NH–CO– representa un enlace peptídico, y dos aminoácidos unidos de este modo forman un dipéptido. Si por medio de enlaces peptídicos se polimerizan muchos aminoácidos, la compleja cadena que resulta es un polipéptido" (Weisz, 1982, pág. 58).

 

Generalmente en cada proteína se encuentra una veintena de aminoácidos diferentes con una secuencia única y genéticamente definida, secuencia de la que dependen la forma y la función específicas de la proteína (Dorland, 1992).

Mientras que los hidratos de carbono y las grasas, aún los de estructuras muy complejas, son químicamente siempre los mismos aunque varíen los organismos, no ocurre igual con las proteínas. Las proteínas varían tanto, y tienen tan alto grado de especificidad que no hay dos organismos que posean exactamente la misma formulación, al punto que los organismos gemelos presentan pequeñas variaciones en la constitución de sus proteínas. Estas variaciones aumentan con la "distancia" existente entre los orígenes filogenéticos de los diversos organismos.

 

 

LA FANTASÍA DE VIVIR SIN EL ESFUERZO DE DESCOMPONER

Podemos pensar que la etapa que comprende los primeros siete días posteriores a la fecundación, durante los cuales la nutrición es "directa" y anterior a la primera actividad digestiva, etapa que podríamos llamar blastocística, constituye una fase evolutiva que se presta para una fijación. Tal fijación determinaría una disposición a una modalidad de descarga a la que es posible "regresar"34 en aquellos períodos críticos en los que la capacidad de digerir no resulta suficiente.

La "regresión" a esta etapa permite sostener la fantasía, o la ilusión, de que se puede disponer del alimento que permite crecer, sin el esfuerzo de poner en juego la capacidad de digerir, fantasía que sostiene, a su vez, la idea omnipotente de que es posible acceder directamente a los elementos necesarios para materializar los proyectos, sin necesidad del proceso simbolizado en la actividad de digerir. Corresponde a una actitud que busca soluciones35 mágicas, fáciles, salteando los pasos necesarios, en lugar de descomponer la dificultad actual en los elementos que permitirían componer una solución acorde con la realidad.

Tal como señalara en una oportunidad Arnaldo Rascovsky (1979, pág. 48) en la situación fetal las funciones de adaptación que realiza la madre le permiten al feto desenvolverse "desconociendo o negando el mundo externo de donde proviene su suministro". Pero lo cierto es que necesitamos digerir para poder vivir, y lo necesitamos en su doble condición de proceso químico que descompone la materia en sus nutrientes elementales, y de proceso mental que analiza las estructuras complejas descomponiéndolas en constituyentes más simples. Recordemos que, según señala Moliner (1986), digerir es "la acción de disolver una sustancia convirtiéndola en otra albuminoidea", pero "solución" es también "la manera de resolver una dificultad"36. René Descartes (1637, pág. 65) exhortaba: «Dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuera posible y como se requiriese para su mejor resolución».

 

Weizsaecker (1956 [1951]) afirma que «[…] el concepto de alimentación contiene todavía algo particular, a saber, que el ser vivo no puede subsistir nutriéndose de sí mismo. Vive de sí mismo, pero no puede continuar viviendo sin ser alimentado, es decir, depende de lo externo, del aporte proveniente del exterior. Lo principal en este aporte ha sido evaluado de diferente manera a lo largo de las disti ntas épocas de investigación; se consideró como determinantes o, al menos, como indispensables, a los aportes energéticos, a determinados elementos, luego también vitaminas y sustancias activas, y actualmente se dará a cada uno de ellos su derecho. Pero ninguna de estas representaciones condicionales modifican algo en la idea básica, de que un ser vivo necesita ser alimentado desde el exterior para continuar viviendo. Esto es tan seguro, que la alimentación entra asimismo en estrecha relación con la muerte, pero también con la reproducción. Sólo si aceptamos esa relación, experimentamos completamente lo que significa la alimentación. Lo que no es alimentado no puede vivir, y lo que no vive no puede procrear. De manera que la alimentación es también una condición de la reproducción»37.

 

Esta idea se jerarquiza aún más si cobramos conciencia de que "no sólo de pan vive el hombre", y que en el concepto de necesidad alimentaria debemos incluir los alimentos espirituales que otorgan a la vida su sentido. El hombre, como la neurona, vive inmerso en un mundo de interlocución (Chiozza, 1983d [1982]) y se constituye, como sostienen Weizsaecker, Heidegger, Sartre y Ortega y Gasset, como un ser–siendo que marcha en pos de una meta.

El crecimiento requiere de la alimentación, y la alimentación tiene condiciones ineludibles: proviene del exterior y requiere de la digestión. Podríamos pensar que la fantasía de alimentarse a sí mismo encubre no sólo la aspiración de no depender sino, además, el deseo de desarrollarse sin tener que poner en ejercicio la capacidad de descomponer, propósito que nace de la fantasía optativa de resolver la frustración sin esfuerzo y sin espera. Se trataría del deseo de acceder a los nutrientes sin tener que digerir, del afán de conseguir soluciones sin tener que profundizar en la comprensión de las dificultades.

Con frecuencia Melanie Klein (1952a, pág. 35) se refiere en su obra al deseo del bebé de disponer de un pecho inagotable, siempre presente. Podemos pensar que se trata de un deseo que es resignificación de vivencias más primitivas, un deseo que encuentra su mejor representación en una etapa anterior del desarrollo. La autora aclara que no es sólo alimento lo que el bebé desea: «quiere ser liberado también de los impulsos destructivos y de la ansiedad persecutoria» (Klein, 1952a, pág. 35). Los impulsos son destructivos en la medida en que el yo se siente acosado por "sueños" que es incapaz de materializar y a los que, además, no puede duelar. De ese modo, es la misma insatisfacción creciente la que se transforma en ansiedad persecutoria.

La cuestión se esclarece si agregamos «que aquellas cargas eróticas que no logran ligarse a través de un crecimiento armónico, o descargarse a través de la capacidad efectora del yo y se acumulan más allá de un cierto límite, constituyen los potenciales del instinto de muerte y actúan como un tóxico tanatizando a los órganos que han sido su fuente o a las estructuras corporales vecinas» (Chiozza, 1998a [1970], pág. 124).

Los términos "objeto bueno" y "objeto malo" fueron introducidos por Melanie Klein para designar los primeros objetos de la pulsión, parciales o totales, tal como aparecen en las fantasías del niño. Las cualidades de "bueno" y de "malo" se les atribuyen, no solamente por su carácter gratificador o frustrante, sino, y sobre todo, porque sobre ellos se proyectan las pulsiones libidinales o destructoras del sujeto (Laplanche y Pontalis, 1967). Pero además, tal como sostuvimos en otras oportunidades (Chiozza,1970d [1966], pág. 94), que un objeto funcione como "bueno" o como "malo" depende de la capacidad de materializar del yo. Cuando los estímulos superan la capacidad de que dispone el yo para materializarlos, el individuo se siente débil y experimenta la incitación como algo dañino o "demoníaco". Pero si su capacidad, o fortaleza, es suficiente, los mismos estímulos que eran vividos como demoníacos se transforman en "angelicales" y alientan al sujeto a concretar su crecimiento (Chiozza, 1970d [1966], pág. 94).

 

Klein afirma que una posibilidad de enfrentar la propia incapacidad para poseer un objeto bueno, es idealizándolo. De este modo lo que al sujeto "le falta" lo aportará el objeto idealizado, para quién "todo es fácil". «Esta primera idealización es precaria, pues la envidia experimentada hacia el objeto bueno está destinada a extenderse hasta su aspecto idealizado. Lo mismo es valedero para la idealización de otros objetos y la identificación con ellos a menudo es inestable e indiscriminada» (Klein, 1952a, pág. 49). Se establece así un círculo vicioso, porque cuando aumenta la distancia entre el yo y el ideal, el trabajo de la asimilación es mayor (Chiozza, 1970d [1966], págs. 86–111).

De todos modos, la madre queda idealizada, convertida en omnipotente: «Esta sensación de que la madre es omnipotente y de que a ella le toca impedir todo dolor y todo mal provenientes de fuentes internas, también se encuentra en el análisis de adultos» (Klein, 1952a, pág. 35). Si un dolor no calma, desde esta visión se piensa que la madre, o el objeto sobre quien se transfirió su imago,38 se rehúsa a calmarlo, es decir, abandona. De modo que la creencia en torno de esta problemática no se agota con la idealización del objeto que lo convierte en omnipotente. También se extiende hasta la idea de que el objeto omnipotente se rehúsa a dar la satisfacción esperada, o abandona, y, además, se alimenta a sí mismo.

La idea parece completarse con la creencia de que el objeto puede acceder a los elementos esenciales y no necesita de ningún intermediario que le ofrezca un tipo de alimento que él tenga que digerir. No necesita de otros que lo alimenten. Una idea que se suma a la vivencia de un objeto que se rehúsa, abandona, y que hace crecer las dolorosas vivencias de envidia y de injusticia, ya que, en la fantasía, goza del privilegio de acceder a voluntad a los elementos esenciales.

Klein cuenta que una de sus pacientes le relató el siguiente sueño: «estaba sentada en una mesa en un restaurante. Sin embargo, nadie vino a servirla. Decidió unirse a una cola y buscar algo para comer. Delante de ella había una mujer que tomó dos o tres pastelitos (petits–fours) y se fue con ellos. La paciente también tomó dos o tres pastelitos». Klein interpreta que la mujer que tomó dos o tres pastelitos, en el presente de la sesión representaba a la analista. «La analista que se fue con los dos o tres petits–fours no sólo representaba al pecho que le fue rehusa do, sino también al pecho que iba a "alimentarse a sí mismo" [...] Así a la frustración se había sumado la envidia del pecho. Esta envidia había causado un amargo resentimiento, puesto que la madre había sido sentida como egoísta y mezquina, alimentándose y amándose en lugar de hacerlo con el bebé39. En la situación analítica —continúa Klein— yo era sospechada de haberme divertido durante su ausencia, o haber dado el tiempo a otros pacientes a quienes prefería. La cola a la que ella decidió unirse se refería a otros rivales más favorecidos» (Klein, 1952a, pág. 71).

Melanie Klein termina por afirmar que «en el adulto, la dependencia de una persona amada hace renacer el desamparo del bebé y es sentido como humillante» (Klein, 1952a, pág. 102).

Resulta especialmente importante señalar aquí el hecho, subrayado por Racker, que la ausencia del objeto proveedor es vivida como la presencia de un objeto devorador40.

 

EL HUMOR Y LA HUMEDAD

 

La "maceración" es una «operación farmacéutica que consiste en someter una sustancia orgánica a la acción de un líquido […] durante más o menos tiempo para obtener la disolución de los principios solubles de aquella sustancia». Se trata del «ablandamiento y descomposición de tejidos u órganos en el agua u otro líquido» (Salvat, 1974).

De modo que se puede pensar que el agua, aunque no sea su función esencial, tiene también la función de descomponer41. En algunas ocasiones, las condiciones en las que impera la humedad, a esa función descomponedora del agua, se suma la función descomponedora del hongo.

Acerca del término "humedad", Moliner dice que proviene del latín "úmidus". De la misma raíz que el latín "umor, –oris", de donde proviene también "humor", en sus dos sentidos. La "h" —continúa la autora— «proviene de la relación establecida erróneamente con "humus", tierra» (Moliner, 1986). En ese sentido, nos parece que el aparente error que señala Moliner manifiesta un significado que, en el fondo, mantiene la unidad de sentido. Se puede pensar que la "h" de humus, la vinculación entre la idea de "humedad" y la idea de "madre" (tierra) más allá de la conciencia, una vez comprendido su sentido, permitiría un esclarecimiento interesante. El estar en medio de la humedad puede despertar fantasías de estar "rodeado" de una imago madre, de un particular "humor".

Esto parece esclarecer por qué suelen exponerse determinadas partes del cuerpo a la humedad42. Sería el modo de recrear las fantasías atinentes al punto de fijación de la etapa blastocística. El entorno de humedad permite revivir las sensaciones que deben experimentarse al descender por las trompas, embebidos en el mucus (el buen humor) que provee del alimento que no requiere digestión. Y en esas condiciones se recrean las mismas fantasías que llevan a alterar el vínculo con los hongos.

Ver las cosas de este modo también nos permite comprender el porqué de las creencias tan tenaces que vinculan las enfermedades micóticas con las piletas de natación. Más allá de las explicaciones acerca de que la circunstancia de maceración de los tejidos favorece la proliferación de los hongos, pensamos en el conocimiento inconciente de que en las piletas de natación se recrean fantasías de la etapa blastocística43. Así como se puede decir que quien presencia un film en el cine actualiza fantasías de características visuales, o quien come en un restaurante actualiza fantasías orales, en quien va a una pileta de natación, se recrean fantasías atinentes a la etapa blastocística.

Sabemos que todo temor encubre un deseo. ¿Cuál es el deseo oculto en el temor a contraer micosis en las piletas de natación? Nos parece que la actualización de la etapa blastocística en la que, como dijimos, se tiene la vivencia de que " el alimento está a disposición", podría despertar la fantasía tentadora de que todo está solucionado y no es necesario realizar el esfuerzo de trabajar.

 

Recordemos que esta fantasía supone la ilusión de contar con una madre incondicional que, además de tener todo solucionado, cuando quiere, puede dar soluciones mágicas. El hongo, que como vimos, es un símbolo de esa imago de madre nutricia y todopoderosa, se torna por ese motivo en el objeto idealizado del cual se espera la realización de todo el trabajo.

Como retorno de lo reprimido, "aparece" la alteración en la convivencia con el hongo que se llama micosis.

Acerca del "humor", Moliner aclara cuales son las dos acepciones a las que se refería: a) «cualquier líquido del cuerpo animal», y b) «estado de ánimo de una persona, habitual o circunstancial, que le predispone a estar contenta y mostrarse amable, o por el contrario, a estar insatisfecha y mostrarse poco amable» (Moliner, 1986). Nos parece que así como desde las fantasías respiratorias nos sentimos rodeados de una determinada atmósfera, desde las fantasías blastocísticas nos sentimos inmersos en un particular humor. El sentirse de buen humor hablaría de la vivencia de estar en un medio en el que se siente, o se presiente, todo solucionado. Estar de mal humor sería lo contrario, a lo que se suma la vivencia de que se ha sido abandonado por la fortuna, es decir, que se recae en la vivencia que suele denominarse "mufa".

 

LA INCAPACIDAD DE DESCOMPONER

La función del aparato psíquico, cuyo paradigma lo constituiría "el feto durante la vida intrauterina" (Chiozza, G., 1998, pág. 379), es la de "materializar ideas". En el modelo teórico que establece esa conclusión (Chiozza, 1963a, 1998a [1970]), el yo presenta dos polos: uno "visual–ideal", capaz de ser impresionado por los estímulos que "provienen" tanto del ello como del mundo exterior; y otro, "hepático–material", capaz de recibir la "materia" que se necesita para "rellenar" la impronta producida por los estímulos. Es decir que, con otras palabras, «el proceso de materialización de las formas ideales contenidas en el ello requiere de materia y energía; materia y energía que se obtienen de los nutrientes aportados por la incorporación de los alimentos» (Chiozza, y colabs., 1997e [1996], pág. 130).

El hígado representa una central digestiva capaz de transformar lo ajeno al organismo, los alimentos, en "nuestra propia carne" (Chiozza, 1970b [1964]). Esta función, relacionada con los procesos de asimilación, hace del hígado el órgano más adecuado para asumir la representación total de los procesos de materialización. Es por esta razón que al polo yoico por el que "ingresa la materia" necesaria para concretar los proyectos, lo llamamos "polo hepático–material".

El funcionamiento hepático tiene un aspecto glandular, asimilativo, y otro biliar, digestivo, dos modalidades que son, desde otro punto de vista, dos constelaciones de fantasías diferentes. Las fantasías asimilativas se corresponden en lo inconciente con una imago de «"madre" viscosa, absorbente, "chupasangre", una madre vampiro, terrorífica y siniestra, que destruye y licua —proteíno y hemolítica—, que digiere y asimila, amenazando con aniquilar completamente al sujeto» (Chiozza, 1998a [1970], pág 149). «Las fantasías hepatobiliares se asocian a una imago envidiosa y venenosa, una "madre ponzoñosa" que adquiere frecuentemente la representación de una serpiente» (Chiozza, 1998a [1970], pág 146).

 

El modo en que las fantasías hepatoglandulares y las biliares se manifiestan en el mundo afectivo también es diferente. Mientras las fantasías hepatoglandulares se expresan como asco, aburrimiento y letargo, las biliares lo hacen como amargura y envidia.

«La progresión de la bilis a través del colédoco es al mismo tiempo y desde otro punto de vista una fantasía inconciente específica (Chiozza, 1963a), compuesta por un afecto, una idea, un mecanismo, una intención igualmente específicos, para cuya denominación usamos la palabra envidia por ser la más adecuada a su sentido. Inversamente, la envidia como significado, como sentimiento, como impulso y como actividad del yo, posee un aspecto, o coexistencia corporal que, entre todas aquellas representaciones que constituyen el conocimiento del cuerpo en nuestra conciencia, parece corresponder más acabadamente con aquellas que configuran el conjunto que denominamos proceso biliar» (Chiozza, 1974a [1972], págs. 196–197). A partir de estas afirmaciones sostuvimos la importancia de una «acción del yo consistente en "desmenuzar o analizar" un objeto que se halla "fuera", antes de incorporarlo» (Chiozza, 1998a [1970], pág. 98).

Cuando esta actividad del yo fracasa, el sujeto vivencia la envidia, coartada en su fin, como intoxicación y amargura. Pero nos interesa comprender ahora cual es la forma que ese fracaso adquiere cuando el nivel de regresión es mayor.

Desarrollos ya realizados (Chiozza, 1998a [1970]) nos ayudan en este esclarecimiento. Con la expresión "sentirse descompuesto" suele aludirse a determinadas sensaciones. Las llamadas descomposturas muchas veces se relacionan con trastornos digestivos, es decir que se las vincula con una incapacidad en la función descomponedora. El descomponer, es decir, el separar en partes para volver a integrar en una nueva organización, es una tendencia natural del ser vivo. Podemos pensar, ya que sabemos que las tendencias se descargan siempre, que si el impulso a descomponer "afuera" se ve coartado, se producirá una situación de estancamiento, de frustración, de descarga sobre el propio organismo que constituye una vivencia de desintegración o "intoxicación" a la que solemos llamar "sensación de descompostura", y que puede manifestarse a través de f enómenos tan diversos como la lipotimia, el desvanecimiento, la pérdida del sentimiento de identidad o la despersonalización.

Conviene agregar que la descompostura se asocia muy frecuentemente con un malestar que denominamos "náusea". Es un síntoma que se vincula con la dificultad para asimilar un objeto, pero en su forma más extrema, el vértigo, es un síntoma que se asocia a la "descompostura" que llamamos despersonalización (Chiozza, 1998a [1970], págs. 160–163).

El lenguaje suele recurrir a la expresión "sentirse descompuesto", en distintas formas, personas y tiempos reflexivos del verbo "sentir", reconociendo, de este modo, la existencia del sentimiento de descompostura. La existencia de ese sentimiento, y el referente (lipotimia, náuseas, sudor frío, etc.) al cual alude la palabra "descompostura" en la expresión que consideramos, nos lleva a pensar que, cuando el sujeto abandona el intento de descomponer la dificultad con la cual tropieza, la acción de descomponer puede recaer sobre el propio organismo.

Racker (1957, págs. 276-280) considera que «el primer fenómeno en la sucesión de los acontecimientos biopsicológicos [...] no es el impulso sino la carencia [...]»44. Agrega que, en términos psicoanalíticos, se trata de que los impulsos toman como objeto al organismo mismo y denomina "situación depresiva primaria" a la vivencia de "tristeza y desesperación por el desastre en sí que el yo ha sufrido". Define como situación paranoide primaria a la proyección de esa agresión (dolor originalmente sufrido por el sujeto) sobre la imago de un objeto que se torna persecutorio y dañino.

Si el sentimiento de descompostura se deforma "patosomáticamente" sobreinvistiendo alguno de los elementos de su clave, por ejemplo las náuseas, será registrado en la conciencia como una sensación somática que es propia de una afección más que de un afecto. No debemos sin embargo desconocer el hecho singular de que el lenguaje reconozca frecuentemente el carácter afectivo inconciente de tales sensaciones reuniéndolas en la expresión "sentirse descompuesto".

Diremos entonces que, cuando el yo fracasa en su acción de descomponer un objeto del entorno, el remanente de la excitación puede manifestarse como un afecto: el sentimiento de descompostura y ese sentimiento quedará referido a la acción de un objeto que descompone al yo.

Podemos suponer que la acción descomponedora fallida se descarga, cuando se convierte en afecto, según una clave de inervación en la que uno de sus elementos es la actividad digestiva, acerca de la cual hemos dicho que la función biliar suele arrogarse la representación.

Sin embargo, ya durante la investigación psicoanalítica de los trastornos hepáticos, se nos hizo evidente la vinculación de lo hepático con el aburrimiento y la mufa. «[… ] se usa la expresión "estar podrido" para referirse al estar aburrido o fastidiado [...] Lo mismo que la expresión "estar mufado", usada como sinónimo de "estar podrido", y que deriva de "mufa", que es un hongo de hifas verdes que suele aparecer en alimentos expuestos a la humedad» (Chiozza, 1998a [1970], pág. 158). El "estar mufado" es una vivencia que forma parte del aburrimiento (Chiozza, 1998d [1963], pág. 26), sentimiento que encubre el horror y la lucha con los objetos persecutorios (Chiozza y colabs., 1969b, pág. 163), mientras el yo queda sometido a la destrucción.

Hoy estamos en condiciones de afirmar que el hongo es el paradigma ecosistémico de la capacidad de descomponer que constituye el modelo de la función digestiva y que, como tal, se presta para arrogarse la representación inconciente de una "madre" blastocística dañina y omnipotente que ejerce su actividad descomponedora sobre el propio sujeto.

El sentimiento de descompostura, que afecta profundamente al sujeto, hasta el punto, a veces, de hacerle perder la conciencia, como ocurre en la lipotimia, tiene entonces el valor inconciente de una vivencia catastrófica de aniquilación digestiva por obra de un agente descomponedor que "ataca" al sujeto. La idealización defensiva de la madre blastocística conduce a que se atribuya, a ese agente descomponedor, la potencia que, tal como lo hemos visto a través del estudio de los mitos y de la función de los hongos en el ecosistema, es "propia" del hongo.

Pero el sentimiento de descompostura puede ser evitado, cuando la fortaleza yoica es suficiente, si antes de que se desarrolle totalmente alcanza la conciencia, como un representante señal de la misma familia, el sentimiento de mufa. Podemos ver, en el sentimiento de mufa, a un representante atemperado del sentimiento de descompostura. Se trata de un sentimiento que, a través de la palabra "mufa", vincula a la descompostura, que encubre y representa, con las representaciones inconcientes propias de las fantasías fúngicas.

 

"LA MUFA"

Etimología, semántica y usos del lenguaje

«Muffa llaman los italianos al "moho", es decir, al hongo muy pequeño que se cría en la superficie de los cuerpos orgánicos» (Gobello, 1978, pág. 191).

Acerca del término "moho", Moliner aclara que es el «nombre de varias especies de hongos que forman una fungosidad algodonosa sobre los cuerpos orgánicos en descomposición; por ejemplo, sobre el pan o el queso». También, agrega, tiene la acepción de «pereza45, o resistencia a recomenzar el trabajo, después de un período de inactividad» (Moliner, 1986).

La palabra "mufa" pertenece al lunfardo porteño y tiene tres acepciones: "mal humor", también "mala suerte" y, además, "esplín, tedio" (Gobello, 1975).

Para Gobello (1978), el estudio etimológico del vocablo "mufa", descubre dos líneas significativas. La primera alude al malhumor, mientras que la segunda, la que tiene un uso más habitual, especialmente entre los jugadores porteños, se refiere a la "mala suerte" o "yeta". Además, señala que habría otra acepción que toma el sentido de "sentimiento de frustración".46

El mismo autor (Ibíd. pág. 192) destaca que para otros estudiosos el término "mufa" se encuentra entre los genovesismos y otros dialectos italianos. Dice, además, que Gaspero Patriarchi había registrado en su Vocabolario Veneziano e Padovano: «Star mufo, o esser mufo. Star taciturno, malinconico, solo, abbandonato47» (Estar mufado, o ser mufoso. Estar taciturno, melancólico, solo, abandonado).

Respecto de la vivencia de estar solo y de sentirse abandonado, nos parece que es interesante reparar en que un modo de defensa (maníaca) frente al sentimiento de abandono debe ser, justamente, el abandonarse, la pereza, el dejarse estar. Ya no se trata de que uno siente que lo han abandonado sino que es uno quien decide abandonarse. En un intento de evitar el dolor por el abandono, surge la identificación con el ideal abandonante haciendo activo lo que se sufre pasivamente. Gobello cita a Pablo Rojas Paz cuando dice: «Aquella mañana Laura amaneció con muffa, como le oía decir a su marmolista italiano. Tiró por el aire sus chinelas y cubierta a medias con su batón rosa, se dejó estar» (Gobello, 1978, pág. 192).

"Mufado", además, significa "enojado" (Vaccaro, 1976; Gobello, 1978). En un sentido semejante, la expresión italiana venire la muffa al naso, alude a encolerizarse (Gobello, 1978).

Por otro lado, pensamos que la vivencia de mufa contiene el estado de ánimo que llamamos "fastidio" (Chiozza, 1970b [1964], pág. 43). Para Moliner (1986), "fastidio" es un cultismo derivado del latín " fastidium", también vinculado a "hastío", que quiere decir «malestar que causa en el estómago una comida que cuesta trabajo digerir o el mal olor de una cosa». También quiere decir «disgusto que se experimenta por un contratiempo de poca importancia» o molestia causada por una cosa o persona .

Mufar también es "transmitir mala suerte, y generar mal humor". Estar mufado es "tener mala suerte y, además, mala disposición del ánimo". El mufado es el que se siente "malhumorado y perseguido por la desgracia". También a la persona que transmite la mala suerte se la llama "mufosa" (Gobello, 1994).

Pensamos que la vivencia de "mala suerte" siempre queda asociada a una fantasía de abandono de la "buena fortuna". Seguramente es por eso que la vivencia de estar mufado es un sentimiento de frustración que cae bajo la interpretación que atribuye a un abandono la causa de la frustración. De modo que a la vivencia de mala suerte, se suma, además, el fastidio que despierta un abandono que es vivido como una injusticia.48 Por otra parte, se evita enfrentar maníacamente el abandono con la pereza, la fiaca.

El término "fiaca"49 tiene cuatro acepciones: hambre, astenia, pereza y quietud (Gobello, 1975).

 

El sentimiento de "mufa"

 

Consideramos que el sentimiento de mufa es una emoción compleja que se e xperimenta bajo la forma de tres variantes afectivas diferentes, tres modalidades que se corresponden con las acepciones con que el diccionario define al afecto en cuestión. Frecuentemente una o dos de estas variantes se hacen concientes por vez, en tanto que las restantes permanecen inconcientes.

1. El sentimiento de fastidio. Sería la variante paranoica del sentimiento de mufa y la que más habitualmente solemos asociar a ese sentimiento. Esta variante nace de haber atribuido la insatisfacción a que el objeto priva del nutrimento, niega las soluciones, mientras goza del privilegio de disponer, sin ningún límite, de aquello de lo que priva. El fastidio, que remite tanto al "disgusto o desazón que causa la comida mal recibida por el estómago", como al "enfado, cansancio, aburrimiento, tedio", nomina a la forma que nos resulta más familiarmente relacionada con el sentimiento de mufa.

2. El sentimiento de tener yeta o mala suerte. Sería la variante melancólica del sentimiento de mufa, que suele manifestarse menos frecuentemente que la de fastidio. Se trataría de la vivencia de haber sido abandonado por la Fortuna, que revive la sensación de haber perdido el "nutrimento en que se flotaba", nutrimento que estaba a disposición y que no requería de alguien que realizara la labor de descomposición.

3. El sentimiento de pereza (la fiaca) se caracteriza por el dejarse estar, por la tendencia a abandonarse. Sería la variante maníaca del sentimiento de mufa y la modalidad que vinculamos con mayor dificultad a ese sentimiento. La pereza induce a un abandonarse que sería la negación del sentimiento de haber sido abandonado por la Fortuna. Y la postura maníaca intenta la salida en un abandonarse a la espera de que "algún día venga, mágicamente, la solución".

 

La mufa como afecto y como afección micótica

Podemos concluir que la mufa, o su referente encubierto, la descompostura, queda siempre referida a un objeto que, además de abandonante, es dañino. Se trata de un objeto actual que debía haber otorgado la fortuna de una solución sin esfuerzo y que, en cambio, ejerce su actividad descomponedora sobre el propio sujeto. Un objeto que ha recibido la transferencia de la imago propia de una "madre" de la etapa blastocística investida, a su vez, con las características de una imago fúngica omnipotente. Se trata, también, de un objeto que, dado que posee los bienes de los cuales el sujeto depende, aparece al mismo tiempo como un objeto imprescindible para la vida del sujeto.

A partir de la línea de pensamiento que venimos desarrollando, se puede inferir que el sentimiento de mufa que nace de una frustración actual con los objetos significativos de nuestro entorno "presente", se acompaña de una cierta disfunción en la convivencia normal que mantenemos con los hongos con quienes compartimos un lecho ecológico. Una convivencia de la cual, en la mayor parte de los casos, no tenemos noticia.

La doble condición de imprescindible y omnipotentemente dañino, atribuida al objeto "que mufa", conduce a un conflicto cuya conciencia no se tolera y que exige nuevos desenlaces. En esas condiciones la desestructuración del sentimiento de mufa permite mantener el vínculo con el objeto en cuestión y, al mismo tiempo, descargar como afección los elementos sobreinvestidos que deforman la clave impidiendo que la conciencia reconozca al afecto comprometido.

Se trata de un recurso represivo que, desalojando de la conciencia el "sentimiento de mufa", permite mantener el vínculo con el "objeto actual que mufa" al tiempo que ocurre la inevitable descarga de la investidura que adquiere, ahora, la forma de una afección micótica.

El sujeto ya no siente mufa y conserva la armonía aparente, pero el afecto se transforma en afección. Podemos sostener entonces que toda micosis es la manifestación patosomática de un sentimiento de mufa que permanece latente. Las fantasías inconcientes comprometidas en las zonas corporales afectadas por la micosis50 y el significado que podamos atribuir al tipo de hongo complicado en ella, se agregan a la fantasía básica que todas comparten, para constituir distintos "dramas micóticos".

 

 

RESUMEN

I

Todos los seres humanos conviven con un determinado espectro de microorganismos que constituyen su biota normal. Desde ese punto de vista, hongo y hombre forman parte de una organización ecológica que los trasciende. El estado de salud de ese "organismo" implica la convivencia armónica de ambos en un ecosistema y es, al mismo tiempo, la salud para el hombre y para el hongo. Cuando la dinámica de la relación entre el hongo y el hombre se altera, el trastorno puede manifestarse (en el ser humano) en una amplia gama de afecciones que van desde problemas estéticos hasta infecciones sistémicas, algunas letales.

Si bien la clasificación más moderna ubica a los hongos en un quinto reino, los micófitos, la idea de "primeros constructores", presente en la denominación de protoctistas con la que se alude a ellos en las clasificaciones habituales, no pierde por eso su valor.

En la mitología y en las costumbres de los pueblos, los hongos su elen vincularse con lo misterioso, con lo divino, con lo demoníaco y también con lo cadavérico y lo muerto. Se los considera el alimento de los dioses, se los relaciona con la inmortalidad y también se les atribuyen las cualidades de un talismán que promet e la buena fortuna.

Considerado como producto de una relación misteriosa entre la tierra y algo sobrenatural o ideal, el hongo representa a un ser que posee dones y poderes sin límites.

II

Las fantasías presentes en los mitos, en las costumbres, y en algunas adicciones, parecen revelar que el hombre, más allá de su coexistencia normal con el hongo, alienta deseos ilusorios de conseguir, a través de los hongos, la potencia necesaria para satisfacer, sin esfuerzos y sin espera, todos sus anhelos.

Se trata de una fantasía que vincula los hongos con la imago de una "madre" que posee omnipotencia y dones sobrenaturales, una madre cuya presencia podría ser permanente e incondicional, un objeto que, si quiere, puede otorgar mágicamente soluciones que garanticen el éxito sin necesidad de esfuerzo.

La fantasía inconciente de una madre omnipotente y envidiada lleva implícito que si el dolor o la frustración no desaparecen es porque el objeto se rehúsa y abandona injustamente. Frente al dolor y la frustración por la carencia se confunde, en la fantasía inconciente, la ausencia del objeto proveedor con la pr esencia de un objeto devorador.

III

La actividad que descompone, que en la naturaleza puede quedar representada por la actividad de los hongos, en el ser humano se manifiesta corporalmente en la labor digestiva. La bilis suele arrogarse la representación de esa función digestiva que, cuando se efectúa adecuadamente, transcurre de un modo inconciente.

La capacidad de descomponer la materia orgánica llega, en los seres humanos, hasta la posibilidad de aislar los aminoácidos que la constituyen. Los hongos, en cambio, son capaces de descomponer los aminoácidos hasta llegar a los elementos esenciales que los conforman, es decir, el nitrógeno, el carbono y el fósforo.

El yo posee la capacidad de descomponer lo complejo en elementos simples. Dicha capacidad se expresa, desde el punto de vista físico, como capacidad de digerir y, desde el punto de vista anímico, como capacidad de analizar. La capacidad de descomponer, tanto en su expresión corporal como en la anímica, posibilita la desintegración que libera los elementos, de una sustancia o de una idea, para la realización de nuevas síntesis.

IV

En los primeros estadios del desarrollo ontogenético humano, el cigoto se alimenta por difusión. Desciende por la trompa de Falopio embebido en el magma mucoso segregado por las glándulas de las trompas y del útero. Es una etapa de la vida que se presta para mantener, en los estadios posteriores del desarrollo, la ilusión de que se puede acceder a los elementos necesarios para materializar los proyectos sin necesidad de tener que realizar el trabajo de "digerir" el entorno.

En el séptimo día de gestación se produce la implantación. El embrión penetra en la pared uterina digiriendo el endometrio con las enzimas segregadas por el trofoblasto. Esta es la primera digestión, la primera vez que el organismo pone en ejercicio su capacidad de descomponer un objeto de su mundo circundante.

La etapa anterior a esa "primera digestión" constituye una fase evolutiva que podríamos llamar "blastocística" y que, como toda etapa evolutiva, se presta para constituir una fijación. La fijación blastocística determinará entonces la disposición a una modalidad funcional a la que se puede "regresar" cuando la capacidad de descomponer resulte insuficiente. Se crea de este modo la imago de una "madre" blastocística a la cual se le atribuye, defensivamente, una omnipotencia ideal.

Cuando la regresión actualiza la modalidad blastocística, propia de la etapa en la cual no se experimentaba la necesidad de digerir el entorno, el sujeto se entrega a la espera de soluciones mágicas, y abandona el intento de descomponer la dificultad actual en los elementos que le permitirían componer una solución acorde con la realidad.

V

El lenguaje suele recurrir a la expresión "sentirse descompuesto", en distintas formas, personas y tiempos reflexivos del verbo "sentir", reconociendo, de este modo, la existencia del sentimiento de descompostura. La existencia de ese sentimiento, y el referente (lipotimia, náuseas, sudor frío) al cual alude la palabra "descompostura" en la expresión que consideramos, nos lleva a pensar que, cuando el sujeto abandona el intento de descomponer la dificultad con la cual tropieza, se "descompone" y experimenta que la acción de descomponer recae sobre su propio organismo.

Esta acción de "descomponerse" coincidiría con lo que Racker describe como la acción del instinto que consume al propio organismo y que se experimenta como la acción directa de un objeto dañino que opera sobre el yo. Si el sentimiento de descompostura se deforma "patosomáticamente" sobreinvistiendo alguno de los elementos de su clave, por ejemplo las náuseas, será registrado en la conciencia como una sensación somática que es propia de una afección más que de un afecto. No debemos sin embargo desconocer el hecho singular de que el lenguaje reconozca frecuentemente el carácter afectivo inconciente de tales sensaciones reuniéndolas en la expresión "sentirse descompuesto".

Diremos entonces que, cuando el yo fracasa en su acción de descomponer un objeto del entorno, el remanente de la excitación puede manifestarse como un afecto: el sentimiento de descompostura y ese sentimiento quedará referido a la acción de un objeto que descompone al yo.

Podemos suponer que en esas condiciones, la acción descomponedora fallida se descarga, cuando se convierte en afecto, según una clave de inervación en la que uno de sus elementos es la actividad digestiva, acerca de la cual hemos dicho que la función biliar suele arrogarse la representación.

Sin embargo, ya durante la investigación psicoanalítica de los trastornos hepáticos, se nos hizo evidente la vinculación de lo hepático con el aburrimiento y la mufa. Hoy estamos en condiciones de afirmar que el hongo es el paradigma ecosistémico de la capacidad de descomponer que constituye el modelo de la función digestiva y que, como tal, se presta para arrogarse la representación incon ciente de una "madre" blastocística dañina y omnipotente que ejerce su actividad descomponedora sobre el propio sujeto.

VI

El sentimiento de descompostura, que afecta profundamente al sujeto, hasta el punto, a veces, de hacerle perder la conciencia, como ocurre en la lipotimia, tiene entonces el valor inconciente de una vivencia catastrófica de aniquilación digestiva por obra de un agente descomponedor que "ataca" al sujeto. La idealización defensiva de la madre blastocística conduce a que se atribuya, a ese agente descomponedor, la potencia que, tal como lo hemos visto a través del estudio de los mitos y de la función de los hongos en el ecosistema, es "propia" del hongo.

Pero el sentimiento de descompostura puede ser evitado, cuando la fortaleza yoica es suficiente, si antes de que se desarrolle totalmente alcanza la conciencia, como un representante señal de la misma familia, el sentimiento de mufa. Podemos ver, en el sentimiento de mufa, a un representante atemperado del sentimiento de descompostura. Se trata de un sentimiento que, a través de la palabra "mufa", vincula a la descompostura, que encubre y representa, con las representaciones inconcientes propias de las fantasías fúngicas.

La mufa, como afecto, posee tres variantes que suelen presentarse alternativamente a la conciencia. El fastidio, su variante paranoica; la yeta, que, en tanto variante melancólica, es la vivencia de tener mala sue rte; y la pereza (fiaca), como variante maníaca, que niega la experiencia de daño y de abandono.

VII

La mufa, o su referente encubierto, la descompostura, queda siempre referida a un objeto que, además de abandonante, es dañino. Se trata de un objeto actual que debía haber otorgado la fortuna de una solución sin esfuerzo y que, en cambio, se experimenta como si ejerciera su actividad descomponedora sobre el propio sujeto. Un objeto que ha recibido la transferencia de la imago propia de una "madre" de la etapa blastocística, investida, a su vez, con las características de una imago fúngica omnipotente. Se trata, también, de un objeto que, dado que posee los bienes de los cuales el sujeto depende, aparece al mismo tiempo como un objeto imprescindible para la vida del sujeto.

La doble condición de imprescindible y omnipotentemente dañino, atribuida al objeto "que mufa", conduce a un conflicto cuya conciencia no se tolera y que exige nuevos desenlaces. En esas condiciones la desestructuración del sentimiento de mufa permite mantener el vínculo con el objeto en cuestión y, al mismo tiempo, descargar como afección los elementos sobreinvestidos que deforman la clave impidiendo que la conciencia reconozca al afecto comprometido.

Pensamos que toda micosis es la manifestación patosomática de una disposición latente al sentimiento de mufa, el cual, en lugar de desarrollarse en la plenitud de su forma, se descarga, de manera encubierta, como una afección. Las fantasías inconcientes específicas de las zonas corporales afectadas por la micosis y el significado que podamos atribuir al tipo de hongo complicado en ella, se agregan a la fantasía básica que todas las micosis comparten, para constituir distintos "dramas micóticos".

 

EL ABANDONO DE CINTIA

Cintia comienza el Estudio Patobiográfico cuando está por cumplir los 27 años. Es una joven de aspecto desaliñado y actitud recelosa, que se empeña en mostrarse atenta y dispuesta.

Desde los 17 años padece infecciones vulvovaginales de origen micótico. En un comienzo solían ceder con tratamiento médico, pero, a partir de sus 24 años, cada vez fueron más severas y resistentes a la terapéutica, hasta que finalmente se hicieron crónicas.

Las infecciones comenzaron al conocerlo a Roberto, su primer novio, y se agravaron cuando empezó a salir con Diego. Con él tuvo sus primeras relaciones sexuales, pero enseguida las molestias se convirtieron en un impedimento. "Así tampoco quiero tener relaciones —explica Cintia— porque me pica y me duele".

La picazón, el dolor y el ardor la llevaron a visitar a varios médicos. El diagnóstico de candidiasis se repetía, y la frustración por la ineficacia de los tratamientos, también. Y no consultó sólo a ginecólogos. Vio homeópatas y hasta curanderos… pero el tiempo pasaba y cada vez se sentía más desesperanzada. "Cuento lo que me pasa a medio mundo para ver si alguien tiene lo mismo que yo —decía—, pero mis amigas no tienen nada de eso… o si lo tienen se les va enseguida".

Además, le costaba mucho mantener los tratamientos. Aunque consiguiera alguna mejoría, siempre terminaba abandonándolos. Con un gesto de hastío, cuenta que la cansaba tener que estar tomando las pastillas, antes de comer, después de comer, en el almuerzo, en la cena... pastillas que le hacían "mal al hígado" (!). Y explica que finalmente dejaba, "porque no es solución estar con las pastillas todo el tiempo…"

 

Es la única mujer y "la del medio". Jorge de 29 años, hoy casado y con un hijo, es su hermano mayor. A ella le sigue César, de 19 años, al que su madre "siempre prefirió y apañó… primero porque era chico y después porque a los 15 se quedó sin papá".

A los ojos de Cintia, su padre era un hombre inflexible y autoritario. Siempre parecía enojado, como si viviera irritado por las exigencias. Un hombre celoso que a su mujer no la dejaba ni hablar. "Con él había que respetar los horarios de las comidas".

Para Cintia, su padre era muy inteligente y había llegado muy alto. Entró en el Banco teniendo tercer año del secundario, estudió mientras trabajaba y llegó a ser contador. Un bancario que se desarrolló dentro de los límites que le ofrecía la Institución, hasta que lo jubilaron. "Cuando salió la ley por la que se podía elegir quedarse o irse —cuenta Cintia— … él eligió irse. Y ahí decayó. Al tiempo se enfermó de cáncer de pulmón y en un mes y medio se murió". Ella tenía 23 años.

Su madre, como si se hubiera liberado, enseguida empezó a salir más. Se la veía más jovial. Comenzó a trabajar y al año inició una relación con un amigo del que fuera su esposo. Una relación que, a duras penas, todavía se mantiene.

 

Cuando recuerda, Cintia se siente confundida. Por aquella época le parecía razonable que su madre "saliera". Al fin y al cabo le había llegado la hora de disfrutar. Siempre pensó que el padre los había tenido enclaustrados en límites arbitrarios. Pero, por otra parte, hoy la ve otra vez "sola y amargada… y encima tiene que aguantar que le use la ropa y los perfumes". Por eso le parece que tendría que estar contenta cuando la madre se va de viaje. Pero el día anterior al que su madre se fuera de paseo a Europa, tuvo muchas náuseas y la cabeza "se le partía". Sin embargo Cintia piensa que "fue una cosa hepática" , porque había dejado de tomar unas pastillas…

Sin pena ni gloria, Cintia cursó la primaria, el secundario y después la universidad. "Me gusta saber —dice—… que me cuenten. Hoy en día si me dijeran te pagamos por estudiar, voy y dejo de trabajar". Casi se puede decir que, un buen día, el título de licenciada en Relaciones Públicas, la sorprendió.

Cuando tenía 23 años, empezó a trabajar en un Banco como cajera. El padre decía que fuera a la misma Institución en la que él siempre trabajó… pero nunca insistió demasiado. Cintia aclara que ella "no quería que fuera por acomodo… aunque ahora me arrepiento". Hoy se siente descontenta con lo que hace y con lo que gana. "Yo no la pego con el trabajo" —dice—. Y entonces, se acuerda con amargura de sus sueños infantiles y de sus ansias de estrellato, de las clases de danza que interrumpió porque sentía vergüenza al exhibirse. Hoy querría encontrar un trabajo acorde con su título, pero tiene "fiaca de arrancar". Hasta abandonó la natación. Y eso que le gustaba mucho… "Pero —dice Cintia— me daba frío, fiaca… me tenía que depilar".

A los 14 años tuvo la menarca. Se puede decir que fue un alivio. Hacía mucho que la esperaba. Todas sus amigas ya la habían tenido. Cintia cuenta que "rezaba para que le viniera". "Me sentía culpable y anormal". Y lo mismo le pasaba con la sexualidad. A los 17 años "todas habían tenido relaciones y yo estaba fuera del tema". Pero cuando llegó el momento, empezaron las molestias. Por eso —dice Cintia— "le propuse a mi novio (Diego) que si se quería buscar otra yo lo iba a comprender… porque yo no podía tener relaciones. Él me dijo que no sea tarada. Entonces hacemos otras cosas… yo lo masturbo y él me mastur ba… todo siempre por afuera".

Sólo al principio, algunas veces, intentaron la penetración. Pero a Cintia le dolía y después se quedaba mal. Durante unas vacaciones en Brasil, se enteró que es taba embarazada. Hacía seis meses que salía con Diego. No quiso ni pensar en el problema y al llegar a Buenos Aires, abortó.

 

Justo en esas vacaciones fue que lo reencontró a Roberto. No lo podía creer. Él estaba casado y con un hijo. Ella no podía disimular el temblor.

A Roberto lo conoció cuando entró a trabajar en el club. "Cuando vi al guardavidas —dice Cintia— me enamoré. Pensé que era el hombre de mi vida". Así iniciaron una relación en la que alternaban las rupturas y los reencuentros. Cua ndo uno perdía el interés, el otro lo recuperaba. "Nunca llegamos a ser novios —dice— pero siempre fue alguien especial para mí. Aunque no sé si volvería con él. Yo no estoy en el destino de él, ni él en el mío. Cuando me enteré que consumía drogas, se me cayó el ídolo". Sin embargo, cada vez que se fastidia con Diego, se acuerda de Roberto y se pone a llorar.

Al mes del aborto, su hermano Jorge se casa y le ocurren una serie de contrariedades. La asaltan, se muere el hijo de un primo muy querido y su dolencia se agrava. Entonces Cintia interpreta que la mala suerte se ensaña con ella. Dice que desde que tiene relaciones sexuales "le empezó a pasar de todo" y que la mala racha no terminó. Para colmo, le parece que "Diego es muy débil, que siempre está cansado y que la mayor parte de las veces los dos terminan tirados mirando televisión… hasta cuando van a la casa de algún amigo".

"Cuando me cure —dice Cintia al terminar la anamnesis— voy a estar re contenta y re feliz porque es uno de los problemas... bah, es el mayor problema de mi vida. Y después… disfrutarlo con mi novio… porque no lo disfruté… yo no empecé todavía".

Al despedirse, sonriendo le da la mano al entrevistador y le dice "suerte".

 

 

Ante la muerte de su padre, Cintia supo que lo que sentía era odio y dolor. Siempre esperó todo de él, y siempre tuvo la impresión de que los abandonaba. Ahora, con su muerte, siente que la dejó para siempre.

Cada vez que piensa en él, queda enredada en una mezcla de admiración y resentimiento. Siempre lo vio como el hombre fuerte que hacía lo que quería. Cree que cuando a su padre se le antojaba, les daba todo servido. Pero cuando no, era un déspota que gozaba retaceando las soluciones.

Toda la vida se sintió una abandonada, como cuando él no insistió en lo del Banco. Hundida en el resentimiento, pensaba que tenía que aprender a arreglárselas sola. Al final, el fastidio se disipaba… pero la fiaca le impedía arrancar y, abandonándose, terminaba postergando todo.

A su madre siempre le dieron todo en la boca. Pero al morir su padre, de golpe ella le pareció más fuerte. Hace lo que le da la gana. Cintia ahora lo espera todo de ella. Por eso, cuando ella se va, Cintia siente que con la madre se van las soluciones. Y entonces vuelve a sentirse víctima de la mala suerte y el abandono.

Casi sin darse cuenta, Cintia sueña con encontrar hechas las cosas que quiere, como cuando esperaba ser una estrella pero dejó todo porque bailar, el proceso de "hacerse", la turbaba. Siente que todo le cuesta, y que "es difícil" o "me da vergüenza" le parecen argumentos válidos para renunciar a cualquier proyecto.

 

Cursó y hasta se recibió porque le enseñaban y ella repetía, pero siempre con la impresión de que no hacía nada por aprender. Por eso desde que tiene el título, le parece que no tiene nada para ejercer, que no sabe ... y que ella no es lo que en ese papel se dice.

 

Siempre quiso evitar la vergüenza. Ya a los 17 años le dolía escuchar cuando sus amigas hablaban de novios. Seguramente por eso cuando lo vio a Roberto, el guardavidas, sintió que se enamoraba. En el fondo alentaba la esperanza de que él le diera un noviazgo hecho, una relación que en lugar de problemas le presentara todo resuelto y no la obligara, como tantas otras situaciones de su vida, a tener que meterse con las cosas.

Le gustaba vivir "todo por afuera", porque, en el fondo, no quería ver. Pero, aunque intentaba vivir de ilusiones, las vicisitudes del vínculo la enfrentaban con las imperfecciones de Roberto y con las suyas. Por eso las peleas y la eterna indecisión de seguir o romper. Y así siguió, hasta que él la dejó plantada.

 

Después fue como si la muerte de su padre, el recibirse y el cumpleaños de 24, la empujaran sobre Diego y sobre las relaciones sexuales. Ella hubiera querido seguir sin tener que meterse, pero le daba miedo "perderse el último tren".

Ya en las primeras relaciones sintió el dolor de enfrentarse con que lo posible resulta imperfecto. Cintia prefirió pensar que lo imperfecto era producto de su mala suerte y, como tantas otras veces, la invadió la mufa. Pero la mufa por las fallas de Diego hacían peligrar lo que vivía como su última oportunidad. En el fondo, confiaba en que sobreponiéndose al destino y con buen humor, haría de Diego el príncipe azul que siempre soñó, el fuerte y comprensivo que la sacara de los sufrimientos y le brindara todo resuelto.

Sin que Cintia sepa, la mufa "se le hizo" micosis. Mientras se afana en sostener la relación y lo arrastra a Diego en los preparativos para el casamiento, la atormenta la picazón y el ardor. Además, le sigue doliendo no tener la sexualidad que imagina "fácil" en los demás. Mientras tanto, la enfermedad le brinda el beneficio de sentirse con derecho a no meterse, a seguir viviendo "todo por afuera".

Notas

1 El texto del presente capítulo corresponde al trabajo que, con el mismo nombre, fue presentado para su discusión en la sede del Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación Luis Chiozza el día 18 de mayo de 2001.

2 El destacado es nuestro.

3 El destacado es nuestro.

4 El término "virulencia" alude al grado de patogenicidad de un microorganismo, entendido en el sentido de su capacidad para invadir el organismo del huésped y de la mortalidad que puede resultar de la infección. Estas propiedades dependen, básicamente, de la rapidez con que el germen puede penetrar, multiplicarse y diseminarse, y de la cantidad y calidad de las toxinas que elabora (El Ateneo, 1992).

5 Las tricomicosis son afecciones micóticas de los pelos.

6 "Eritrasma" es el trastorno micótico de piel y faneras (dermatomicosis) de la ingle, escroto o axila que la medicina relaciona con los hongos Microsporum o Nocardia minutissimum.

7 Dermatomicosis que la medicina relaciona con el hongo Microsporon furfur, caracterizada por manchas amarillentas diseminadas, de las que, por rascadura, se desprenden escamitas.

8 Infección relacionada con el hongo Epidermophyton.

9 Así como al "pie de atleta" se lo denomina también "tiña del pie", existen otras tiñas que toman su nombre del área corporal afectada (Kobayashi y Medoff, 1994).

10 Elemento reproductor del hongo.

11 Los hongos proliferan por contigüidad o por vía hematógena. Generan una respuesta inflamatoria relativamente intensa con supuración, formación de granulomas de células epitelioides gigantes y fibrosis (Negroni y Arechavala, 1996, pág. 446).

12 Las llamadas micosis sistémicas endémicas (histoplasmosis, blastomicosis, paracoccidioidomicosis, y coccidioidomicosis) están relacionadas con hongos cuyas esporas son inhaladas constituyendo las llamadas primoinfecciones pulmonares. Estas infecciones, que habitualmente son asintomáticas y curan espontáneamente, en ocasiones se propagan por vía linfática o sanguínea. El organismo genera entonces una respuesta inmunitaria mediada por linfocitos T, que al cabo de la tercera semana posterior a la infección limita su proliferación por fagocitosis y lisis de los agentes. Después de ese lapso, la micosis suele quedar reducida a unos pocos nódulos granulomatosos rodeados por una pared fibrosa o calcificada. Según la concepción médica clásica, cuando la micosis–enfermedad progresa es por una falla de la inmunidad mediada por células durante la primoinfección o por una reactivación azarosa de alguno de los nódulos quiescentes que resta como secuela de la infección primaria (Negroni y Arechavala,1996, pág. 446). Desde el punto de vista psicoanalítico, creemos que la aparente falla en el destino de un accionar puede ser considerada desde otro punto de vista. Las operaciones fallidas poseen sentido y, como dice Freud, «Podemos hacer a un lado […] todos los factores fisiológicos o psicofisiológicos, y nos está permitido consagrarnos a indagaciones de carácter puramente psicológico acerca del sentido, vale decir, el significado, el propósito de la operación fallida» (Freud, 1916–1917 [1915–1917], pág. 32).

13 "Micofitos" deriva del griego myke, es decir "hongo", y phyton, que significa "planta" (Margulis y Sagan, 1995, pág. 140).

14 Los hongos desarrollan cuerpos fructíferos para reproducirse. El tamaño de estos cuerpos puede ser tan pequeño como la cabeza de un alfiler o tan grande como el de una pelota de fútbol. Cada cuerpo fructífero puede liberar miles de millones de esporas. C uando una espora aterriza en un lugar adecuado, germina y forma una nueva red de micelios que empieza a extenderse. Los hongos llegan a conformar algunos de los organismos más grandes de la Tierra. Existe una red de micelios de hongo armilaria que abarca 14 hectáreas (Margulis y Sagan, 1995; Weisz, 1982; Zeta multimedia y Dorling Kindersley, 1996).

15 Los hongos pueden ser unicelulares o pluricelulares. Desde el punto de vista de la teoría celular, todos los hongos son o se convierten en organismos plurinucleados que forman células uninucleadas distintas sólo en el momento de la reproducción. La división del citoplasma ocurre unicamente cuando la célula se parte en numerosas células hijas. Estas células nuevas (esporas) pueden entonces hacerse temporalmente flageladas o ameboides, o desarrollar directamente nuevas células plurinucleadas inmóviles (Weisz, 1982).

16 La unidad fundamental del cuerpo de mohos y setas es la hifa, filamento tubular que, a menudo, está ramificado y en el cual proliferan núcleos y organelas. Crece en longitud alargándose por una punta y puede ramificarse cada vez más. Es muy frecuente que las hifas se entrecrucen, formando una red irregular, el llamado micelio, tallo del hongo que es su aparato de nutrición. Cada hifa es una sola célula multinucleada. A veces se presenta tabicada pero, aún en esos casos, los tabiques no son continuos sino que presentan uno o varios poros a través de los cuales se produce un activo intercambio del citoplasma y aún el pasaje de núcleos (Basualdo, Coto y de Torres, 1996). La estructura que presenta tabiques semeja una organización pluricelular, pero no llega a constituir un verdadero tejido. La forma que no tiene tabiques se llama cenocítica y es la que se presenta con más frecuencia en este gran grupo de organismos.

17 Maeterlinck dedica un capítulo de su libro La vida de las hormigas (1946) a describir la tarea que desempeñan las hormigas "setistas" típicas de la América Tropical. Estos insectos se dedican a cultivar hongos en sus ciudades subterráneas sin admitir ningún otro alimento que esos mismos hongos cultivados por ellas (Maeterlinck, 1946, págs. 94–6). Baldacci sugiere que las hormigas, filogenéticamente posteriores a los termes, han aprendido de ellos este novedoso recurso que a las hormigas, por su constitución biológica, no le es imprescindible. Los termes, que sólo se alimentan de celulosa, recurren a la digestión previa realizada por protozoarios que habitan en sus intestinos para poder asimilarla. Para suplir la pobreza de nitrógeno en su dieta siembran esporas fúngicas que cultivan hábilmente (Baldacci, 1964, págs. 128–9).

18 En función del tipo celular, todos los seres vivos se pueden dividir en dos grupos:

Con células eucarióticas (que significa "con un karyon, o semilla, por núcleo"). En este caso la estructura está basada en células que tienen un núcleo con organización genética compleja materializada en cromosomas. Este núcleo aloja los comandos genéticos vegetativos y es la base de los mecanismos de división celular por mitosis. Además, es carácter diferencial de la célula eucariótica tener una organela en el citoplasma: la mitocondria. Mediante el oxígeno que se respira, la mitocondria produce la energía necesaria para crecer y repararse (de Torres, 1996, págs. 27–30).

Todos los parásitos están constituidos por células eucarióticas, y ya sean uni o pluricelulares obtienen energía por procesos heterotróficos. Ninguno posee cloroplastos.

Con células procarióticas (que significa "antes de un núcleo"). Las células procarióticas están asociadas a la organización unicelular por excelencia. No existen especies pluricelulares con organización procariótica. Las células procarióticas poseen una sola unidad de ADN genómico que flota libre en el citoplasma. Por otra parte, no poseen mitocondrias ni la organización típica de los individuos que fotosintetizan (de Torres, 1996, págs. 27–30).

19 La mayoría de mohos son ascomicetos. «Forman estructuras llamadas ascas, sacos o cápsulas que se desarrollan cuando hifas de géneros compatibles se "besan" y quedan permanentemente fundidas. Los tejidos complejos y las esporas sexuales que resultan de tales enlaces constituyen el "moho"» (Margulis y Sagan, 1995, pág. 144) .

Las levaduras también, en su gran mayoría, son ascomicetos. Son células únicas, ovoides o esféricas, con una pared celular rígida y la misma complejidad celular que las hifas. La mayor parte de las levaduras se dividen por gemación y unas pocas por fisión binaria como lo hacen las bacterias.

Las setas pertenecen al grupo de los basidiomicetos. Son los hongos que nos resultan más familiares. «Tienen estructuras reproductivas en forma de maza denominadas basidios ("maza" en griego). En las setas laminadas corrientes estas estructuras productoras de esporas están en la cara inferior» (Margulis y Sagan, 1995, pág. 144)

20 El alga, dotada de clorofila, contribuye a la nutrición a partir del aire y la luz, mientras que el hongo suministra los elementos de las sustancias inorgánicas y de las orgánicas que descompone (Baldacci, 1964, págs. 121–122).

21 La micorriza es la fusión de las hifas de los hongos con las raíces de los árboles. La micorriza permite al hongo, que carece de clorofila, obtener azúcares y almidón y, a las plantas, incorporar los elementos nitrogenados que están en el suelo en fórmulas complejas insolubles en agua. Además de los árboles muchas otras plantas mantienen este mismo tipo de relación. En el caso de la orquídea, por ejemplo, las semillas que no se relacionan con el hongo que las nutre, en la mayor parte de los casos, no germinan (Baldacci, 1964; Weisz, 1982).

22 El ADN lleva la información necesaria para dirigir la síntesis de proteínas y la replicación.

23 El ácido ribonucléico (ARN) dirige las etapas intermedias de la síntesis proteica.

24 El ATP se encuentra en todos los seres vivos y constituye la fuente principal de energía utilizable por las células para realizar sus actividades.

25 "Gaia" es un término utilizado por James Lovelock (1979) para designar al planeta Tierra (incluyendo las rocas y el aire) como un sistema vivo que tiene la capacidad de regular su clima y su composición química.

La mitología griega denomina "Gaia" o "Gea" a la deidad primordial de la que provienen las razas divinas. «Es la Madre Tierra, productora de todo lo viviente y fuerza nutricia inextinguible» (Pérez-Rioja, 1962).

26 Los destacados son nuestros.

27 «Las bacterias intestinales producen prácticamente todas las vitaminas hidrosolubles salvo la C» (Meyer, 1985, pág. 256).

28 En el folklore del norte de Europa se pueden encontrar creencias aún más fantásticas. Por ejemplo, que en las noches de tempestad el dios Odín cabalga a través del cielo seguido por los demonios; aumentando el furor de la persecución, una baba de sangre cae de las fauces de su caballo y en los puntos donde toca la tierra, crecen hongos venenosos rojos y blancos (Dickinson e Lucas, 1979). Según Benítez, en Méjico existe una versión sobre el origen misterioso de los hongos alucinógenos sagrados: «Nuestro Señor atravesó el país y donde escupía allí crecía un hongo»; se interpreta que escupir es un eufemismo de esparcir la simiente. Dice que cada una de las especies sagradas de hongos tiene su nombre propio, y todos designados por "si tho": «la palabra "si tho" significa literalmente "el que brota"». Sostiene que hay quienes dicen que "nti ti tho" significa "brote de la sangre de Cristo que María no pudo recoger". Añade que "nti si se", que significa "el más pequeño de los hongos ", apareció allí donde Cristo tropezó bajo el peso de la cruz (Benítez, 1964, págs. 20–22).

29 El amanita muscaria es un hongo venenoso cuya ingestión origina un cuadro parasimpáticomimético (síndrome muscarínico). «Su acción tóxica remeda en cierto modo la intoxicación atropínica, con midriasis y un cuadro de excitación psicomotriz, con delirio y alucinaciones visuales y auditivas, y a veces con reacciones agresivas, terminando con un estado de depresión que llega al sopor. El sujeto cura en pocos días, con amnesia del episodio. La toxina actuante parece ser la bufotenina» (Calabrese y Astolfi, 1969, págs. 290 y 295).

30 «Las vivencias recurrentes de gratificación y frustración son estímulos poderosos de las pulsiones libidinales y destructivas, del amor y del odio. En consecuencia, en la medida en que gratifica, el pecho es amado y sentido como "bueno"; y en la medida en que es fuente de frustración, es odiado y sentido como "malo". [...] Sugiero que esta alteración del equilibrio entre libido y agresión es causa de la emoción que llamamos voracidad, la cual es primeramente y sobre todo de naturaleza oral. Cualquier aumento de la voracidad fortalece los sentimientos de frustración y éstos, a su vez, fortalecen las pulsiones agresivas. En los niños en quienes el componente agresivo innato es fuerte, la ansiedad persecutoria, la frustración y la voracidad se despiertan fácilmente y esto contribuye a las dificultades del niño para tolerar la privación y manejar la ansiedad» (Klein, 1952b, pág. 178).