| Enfermedades y afectos |
Luis Chiozza
PROLOGO
Enfermedades y afectos reúne en sus páginas los resultados de las recientes investigaciones en el lupus eritematoso sistémico, la enfermedad de Parkinson, el síndrome gripal y las micosis. Además, en el primer capítulo, reeditamos un trabajo acerca de las cardiopatías isquémicas, publicado en Psicoanálisis, presente y futuro, hoy agotado.
Hace ya muchos años que dedicamos nuestros esfuerzos a la tarea de investigar las fantasías inconcientes específicas de distintos trastornos somáticos o, en otros términos, el guión biográfico que corresponde, de manera igualmente específica, a cada una de las diferentes enfermedades que alteran los órganos.
Realizamos la primera de esas investigaciones, dedicada a los trastornos hepáticos, en 1963, y continuamos, desde entonces, en esa tarea. Tal como ocurre con la ubicación correcta de las piezas de un rompecabezas, el resultado de cada una de nuestra investigaciones fue revelándonos porciones cada vez más inteligibles del "paisaje de fondo" que vincula, en una trama significativa, cada una de las fantasías específicas que constituyen enfermedades distintas.
No podía ser de otro modo, porque así como la indagación fisiopatológíca y el ejercicio de la clínica médica, cuando identifican alteraciones cardiorespiratorias o vásculoparenquimatosas, nos llevan desde la enfermedad hacia el enfermo, la clínica psicoanalítica y los Estudios Patobiográficos nos permitieron comprender, cada vez mejor, los distintos "mosaicos" que la combinación de distintas fantasías específicas "dibuja" en el cuerpo de cada paciente.
Ese proceso no sólo nos ayudó a comprender, desde las fantasías específicas de los diferentes órganos, la individualidad particular de cada enfermo, nos permitió también identificar significados de un mayor grado de generalidad, como los que corresponden a los procesos exudativos o a los esclerosos, que nos ayudaron a bosquejar una teoría de conjunto acerca de los significados inconcientes de las enfermedades del cuerpo.
Cada descubrimiento de una fantasía específica trajo lo suyo, y enriqueció de este modo la teoría con la cual abordamos, inicialmente, nuestras investigaciones. Uno de los jalones más importantes, en ese camino, fue el haber comprendido la relación existente entre la aparición de una enfermedad que la conciencia registra como alteración somática y la "sofocación" de un afecto que, deformado en su clave de inervación, se descarga como una afección cuyo significado psíquico primordial permanece inconciente.
Entre las últimas cuatro investigaciones, que publicamos por primera vez en este libro, el trabajo sobre el síndrome gripal y el que realizamos acerca de las micosis, nos aportaron, como "cierre" de investigaciones realizadas largos años atrás, un inesperado "regalo" que merece ser descrito en este prólogo, relatando brevemente una historia que puede ser dividida en cuatro partes.
Antes de relatar esa historia debemos al lector una aclaración que evitará malos entendidos. Suele pensarse habitualmente que tanto en la escala zoológica como en el desarrollo individual de un ser humano, es decir en las evoluciones filogenética y ontogenética, el cuerpo aparece primero y la psiquis se le agrega después. En la escala zoológica, tal vez cuando se alcanza el estadio de vertebrado mamífero cerebrado, en la evolución individual del ser humano, después del nacimiento.
Dejando de lado el hecho de que, luego de las exploraciones ecográficas de las mujeres embarazadas ya nadie discute encarnizadamente en contra del reconocimiento de una vida psíquica en el feto, capaz de sentir y conservar "recuerdos" inconcientes, sostendremos aquí, a partir de lo que Freud consideraba la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis, que lo que caracteriza al psiquismo no es la conciencia, sino la significación, y que la finalidad de una función orgánica (teleología) y su significación inconciente (meta pulsional) son una y la misma cosa vista desde dos ángulos diferentes del conocimiento conciente, la fisiología y el psicoanálisis.
Lo diremos quizás más claramente en las palabras del poeta William Blake: el hombre no posee un cuerpo distinto de su alma, porque lo que llamamos cuerpo es el pedazo del alma que se percibe con los cinco sentidos. Podríamos agregar ahora que llamamos alma al conjunto entero de las finalidades o propósitos que "animan" al cuerpo.
Acabamos de afirmar que, de acuerdo con Freud, la verdadera característica del psiquismo es el significado, y que el fenómeno de la conciencia, considerado habitualmente como la cualidad esencial de los fenómenos que estudia la psicología, muy pocas veces se agrega a estos significados, genuinamente psíquicos, que permanecen inconcientes. Pero no debemos confundirnos en esto. Nuestra afirmación no lleva implícito que un ser vivo, animado por procesos psíquicos inconcientes, puede carecer absolutamente de conciencia. Tampoco afirmamos que la conciencia humana es la única forma posible de conciencia viviente. Nada de esto puede ser probado, ya que ni siquiera es posible probar, tal como lo señalara Freud, la existencia de la conciencia en un otro, humano, que solemos llamar semejante. Pero cuando un perro emite un quejido no dudamos de que siente concientemente su dolor.
Volvamos ahora a la historia prometida. La primera parte ocurrió hace casi cuarenta años, cuando nuestra investigación sobre los trastornos hepáticos nos llevó a varias conclusiones. Sostuvimos desde entonces que:
1- Así como la función de mamar en el recién nacido, es tan importante como para teñir toda la vida mental del bebé, que llamamos lactante por que se encuentra, según decimos en nuestra jerga, en primacía oral, durante una parte, por lo menos, de la vida intrauterina, el feto se encuentra en una primacía hepática.
2- El hígado se adjudica la representación predominante de los procesos mediante los cuales se adquieren de la placenta los alimentos "materiales" y se los usa para materializar las formas que el embrión hereda y que lo conducen a evolucionar desde una sola célula hasta la configuración de un bebé.
3- La función de las vías biliares, y especialmente la de la vesícula biliar, se adjudica predominantemente la representación de los sentimientos de envidia que, cuando permanecen inconcientes y coartados en su fin, suelen descargarse como un trastorno biliar. De allí que, así como la vergüenza se asocia con el rojo a través del rubor, la envidia quede vinculada, en los usos del lenguaje, y en varios idiomas, con el amarillo y el verde.
4- Fenómenos y síntomas como la nausea, la somnolencia, el aburrimiento, el hastío, el fastidio, la "mufa", el "vacío" existencial, el mareo, la descompostura, lo siniestro, el humor negro, la drogadicción y la anorexia, demostraron estar relacionados entre sí, y con el fracaso de la acción digestivo-envidiosa sobre los objetos del entorno, acción que se vuelve, entonces, sobre el propio organismo. En un trabajo sobre el opio, que publicamos en 1969, seis años antes del descubrimiento de las endorfinas, vinculábamos estos estados con la particular condición que en el lenguaje popular se denomina "opiarse".
La segunda parte de la historia proviene de la experiencia clínica realizada, desde el año 1972 hasta la fecha, con los Estudios Patobiográficos, un método encaminado hacia el descubrimiento de la crisis "biográfica" que, en cada vida particular, se oculta detrás de la enfermedad que en ese momento la aqueja. Descubrimos entonces que:
1- Las personas casi siempre viven "para" otras personas, y que detrás de esas otras personas siempre predomina una. A veces es la madre, a veces el padre, pueden ser los dos, pero siempre predomina uno. Esta función de "persona para la cual se vive" se puede transferir sobre una o sobre varias personas, que pasan entonces a representarla. Puede ser un abuelo, el cónyuge, un hijo, o también un amigo. Puede ser un conjunto, tal como ocurre a veces con "la gente del club". Dedicamos a los ojos de esas personas las fotos que sacamos durante un viaje, la corbata que nos ponemos con especial cuidado, o el automóvil que acabamos de comprar. Muchos de los deseos que experimentamos como propios son sus deseos, o deseos contrarios a los deseos de ellos, y lo mismo ocurre con las cosas que nos parecen bien o nos parecen mal. De ahí que podamos decir que, habitualmente "nos llenan la vida", y que sin ellas sentimos que nuestra vida "se vacía" de significado, como si perdiera de pronto su norte.
2- Estamos en permanente diálogo con la persona para quien vivimos. Ese diálogo no se interrumpe porque esa persona haya muerto o se encuentre físicamente distante, se interrumpe cuando carecemos de las palabras adecuadas para proseguir el diálogo. Todas las formas del sufrimiento humano pueden ser contempladas como otras tantas vicisitudes de ese diálogo inconciente.
3- Nos sentimos permanentemente sometidos a un juicio ejercido por la persona para quien vivimos. Un juicio que se dirige hacia la absolución o hacia la condena y que jamás se cierra definitivamente. La situación puede compararse a la de tener un expediente en trámite en un determinado juzgado. Los pacientes que sufren una "desilusión" en el amor, que toma la forma de una separación traumática unida, por lo general, a multitud de reproches y al incremento de los sentimientos de culpa, testimonian de manera muy clara que el proceso necesario para "cambiar de juzgado al expediente" se realiza con una dificultad muy grande.
4- Nuestra vida transcurre entre sentirnos benditos o malditos, bendecidos o maldecidos por el "decir" de esa persona "para quien vivimos" que habita nuestro mundo interno, muchas veces de manera inconciente. Freud decía que encontramos el origen de ese gesto que llamamos sonrisa en la relajación de las mejillas que sucede en el bebé después de haberse satisfecho durante el acto de mamar. Toda madre sabe que la sonrisa de su bebé es una de las formas más logradas de la bendición, pero también ocurre que el bebé recibe, como respuesta a su sonrisa, la sonrisa de su madre, y que desde allí para adelante buscará, toda su vida, la repetición de esa sonrisa. La búsqueda de esa sonrisa primordial, cuya autenticidad se revela especialmente en el brillo que adquiere la mirada, y cuya contraparte es lo que se denomina "mala cara", tomará frecuentemente la forma, archi conocida y equívoca, de la búsqueda de "reconocimiento". Un reconocimiento que jamás se encontrará, porque cuando se lo encuentra se revela distinto de aquello que se necesitaba y entonces, siempre, parece ser insuficiente.
5- Hay dos formas de estar solo. Una es estar físicamente solo, como Robinson Crusoe en su famosa isla, y la otra es estar solo en una gran ciudad, rodeado de gente que se siente extraña. Tan extraña como la que rodea a un bebé que "extraña" a su mamá. Esta última forma de la soledad, que se experimenta como abandono, es un estar solo "de alguien" muy precisamente definido. Tal como sucede con el ostracismo, el juez que posee nuestro "expediente", se trate de una persona bien determinada o de un entero conjunto que la representa, nos ha hecho saber, desde su "mala cara", que merecemos la condena.
La tercera parte de la historia surge de la investigación acerca del síndrome gripal que publicamos en un capítulo de este volumen. Encontramos entonces que:
1- Los síntomas del síndrome gripal: fiebre, dolor en todo el cuerpo, decaimiento y falta de fuerzas, dolor de cabeza, y trastornos respiratorios tales como tos y catarro, se parecen notablemente a lo que experimenta el neonato en la primera semana de vida. Cuando un niño nace pasa de un ambiente donde la gravedad opera levemente, ya que esta inmerso, como en una piscina, en el líquido amniótico, a una gravedad que lo aplasta hasta el punto en que no logra sostener erguida su cabeza. La temperatura que lo rodea es diez grados menor a la del ambiente intrauterino. No es difícil imaginar que también debe sentirse dolorido por el apretón que sufrió mientras atravesaba el canal del parto. Tiene, además, que inaugurar la función respiratoria con su propio esfuerzo, ya que, hasta entonces, recibía el oxígeno directamente de la sangre materna. La gripe, que también dura una semana, como la situación que llamamos neonatal temprana, se constituye con un conjunto de síntomas que remedan esa condición del bebé que acaba de nacer.
2- Durante la vida intrauterina la madre "rodea" al hijo que lleva en el vientre, es decir que lo envuelve de tal modo que esta presente en todas las direcciones de su entorno. La madre constituye el entorno completo del feto, es decir su mundo, ya que mundo significa precisamente eso, entorno circundante. Esta madre, que llamamos umbilical porque se relaciona con su hijo de modo sobresaliente mediante el cordón umbilical, es una madre que "da todo" a su hijo, entrega el oxígeno y el alimento sin demora, satisfaciendo de manera inmediata la necesidad. Podemos decir, en otras palabras, que durante la vida prenatal la madre y el mundo son lo mismo. Esa madre-mundo constituye el único "objeto" que el feto ha conocido y, en virtud de esa condición, será investido con el total de la "significancia" que el feto sea capaz de vivenciar.
3- Hay dos traumas de nacimiento que se diferencian claramente. Uno es el trauma del estar naciendo, del cual se ocuparon Freud y Rank, durante el cual se experimenta la angustia de estar atravesando, penosa e inevitablemente, la angostura de un canal oprimente, mientras se ignora lo que sucederá. Algo muy distinto es el trauma del haber recién nacido a un mundo diferente al de la madre-mundo prenatal. Un mundo frío en la piel y en los pulmones, un mundo que aplasta y en el cual todo pesa hasta el punto en que es muy difícil moverse. Un mundo en el cual el hambre llega a sentirse y es necesario respirar. Un mundo en el cual la madre-mundo, que lo significaba todo, se ha perdido. Si el trauma de el estar naciendo genera esa forma indeterminada del miedo que llamamos angustia, el trauma del haber nacido origina una forma magna de tristeza sin consuelo que denominamos "desolación", y que solemos encubrir con la palabra "soledad".
4- Cuando un niño nace se encuentra con la madre-pecho. Pero esa madre-pecho que periódicamente se ausenta, aunque le salve la vida cuando lo alimenta y lo cuida, es sentida al principio como un pobre substituto de la madre-umbilical, permanentemente presente. Encontrar la salvación en la presencia de la madre-pecho, y recobrar, junto con eso, una significancia para un mundo nuevo, exige un duelo inevitable, indisolublemente unido a un cambio en la percepción y en la significación del entorno. Todo tratamiento psicoanalítico testimonia la situación descripta, dado que el encuadre del proceso es decididamente postnatal, y el paciente sentirá una y otra vez que el analista "no está" en los momentos en que más lo necesita.
La cuarta y última parte de la historia, surge de la investigación que realizamos acerca de las enfermedades micóticas, cuyos resultados publicamos en otro de los capítulos de este libro. Llegamos allí a las siguientes conclusiones:
1- Los hongos constituyen un reino aparte, distinto del animal y del vegetal. Así como los vegetales que poseen clorofila se caracterizan por su capacidad de realizar la fotosíntesis, los hongos se caracterizan por ser los que poseen la máxima capacidad de descomponer las substancias complejas en elementos simples. La digestión, que realizan con sus fermentos otros seres vivos, es también una forma de descomposición, pero no alcanza a ser tan completa como la que logran los hongos. En la digestión de los alimentos proteicos que realiza el ser humano se llega al nivel de aminoácidos, mientras que los hongos pueden descomponer las proteínas degradándolas en elementos tan simples como el nitrógeno, el carbono y el fósforo. Los hongos, por lo tanto, suelen arrogarse, en las fantasías inconcientes, la representación de la capacidad para descomponer lo complejo en sus componentes más elementales. Los seres humanos no sólo necesitamos digerir los alimentos, sino también "analizar" el mundo que nos rodea para recomponerlo según una síntesis acorde con nuestros propósitos. El lenguaje lo revela cuando llamamos "soluciones" a nuestro modo de "disolver" los problemas. Los hongos, como representantes magnos de la actividad "descomponedora" suelen quedar revestidos, en nuestras fantasías inconcientes, que se pueden observar en algunos mitos populares, con cualidades mágicas y omnipotentes.
2- Hay una etapa de la vida embrionaria en que el ser humano no necesita descomponer, ya que se alimenta por difusión incorporando las substancias elementales que la madre le ofrece de manera directa. Es la manera más completa de recibir, sin ningún esfuerzo digestivo, "la papa en la boca", situación que va unida a la fantasía de una madre todopoderosa, una madre que puede darlo todo sin ningún esfuerzo, es decir, mágicamente. Los hongos son, pues, representantes adecuados de esta imago de una "madre" omnipotente y mágica.
3- Cuando un sujeto experimenta dificultades en "procesar" el mundo que lo rodea, para reordenarlo de acuerdo con sus necesidades, experimenta también, por lo general, dos sentimientos. El primero de ellos consiste en que ese objeto, la "madre" omnipotente, lo priva arbitrariamente de los elementos que necesita para sobrevivir en el mundo. El segundo, más importante, ocurre porque el sujeto, que experimenta el apremio de la necesidad que, descargándose sobre su propio organismo lo "descompone", siente que el objeto que lo priva es el mismo que opera sobre él descomponiéndolo.
4- El sentimiento de descompostura se presenta de diferentes maneras que suelen combinarse entre sí y alcanzar, según las situaciones, intensidades distintas. Puede adquirir la forma de un súbito desvanecimiento de la conciencia que solemos denominar lipotimia. Puede manifestarse como náuseas o mareos, o como diarrea y vómitos. Puede también aparecer como un hastío, fastidio, o mal humor, que se configura muchas veces como "mufa" en una clara alusión a la muffa, que es el nombre, en italiano, de las hifas verdes de un hongo que se desarrolla en algunos alimentos que se abandonan a la humedad.
Llegamos, por fin, a la conclusión de nuestra historia. Lo que durante el psicoanálisis de los trastornos hepáticos se configuró como una incapacidad de materializar y de procesar los contenidos ideales, manifestándose como náuseas, aburrimiento o letargo, que el lenguaje popular suele designar con las palabras "mareo", "fiaca", "apolillo" y "mufa", encontró, gracias al trabajo sobre las micosis, un lugar adecuado como parte del sentimiento de descompostura.
Análogamente, aquello que los Estudios Patobiográficos nos mostraban una y otra vez como una dependencia extrema de determinados objetos significativos (correspondiente a los vínculos simbióticos con características prenatales que también llamaron nuestra atención en los trastornos hepáticos) alcanzó, luego de investigar en el síndrome gripal, una comprensión más completa como parte del sentimiento de desolación.
No fue este sin embargo el "regalo" inesperado al cual nos referíamos. Una y otra vez, enfrentados con las distintas formas del padecer humano, encontrábamos en la angustia la última e irreductible condición a partir de la cual procurábamos explicarnos las distintas vicisitudes del sufrimiento como otras tantas configuraciones que los intentos defensivos imponían a los sentimientos de angustia. ¿Acaso no describen los filósofos una angustia existencial inherente a la existencia humana que trasciende en su universalidad cualquier intento de justificación en la neurosis?
La descripción que Freud hace de la angustia, como un afecto primordial cuya figura encuentra su explicación en las peripecias del nacimiento, posee una fuerza de convicción innegable. La clínica permite corroborar cotidianamente, además, la utilidad de distinguir, como lo hace Freud, entre un ataque de angustia "plena", "automática", que solemos denominar catastrófica, y la descarga, a pequeña cantidad, de un sentimiento de angustia atemperado que constituye una señal destinada a evitar una descarga plena.
A pesar de estos preciosos instrumentos teóricos que nos legara Freud, nos encontramos muchas veces frente a cuadros clínicos unidos a sentimientos regresivos primordiales que son muy difíciles de reducir a meras transformaciones de la angustia. Luego de las investigaciones sobre el síndrome gripal, y sobre las micosis, creemos comprender que los sentimientos de desolación y de descompostura poseen una arquitectura primordial similar a la que es propia de la angustia.
Si encontramos en la angustia un equivalente del miedo a lo desconocido por venir, podemos ver en la desolación una forma de tristeza por una pérdida magna e insoportable que ya se ha realizado, y en el sentimiento de descompostura un daño igualmente radical que nos enfrenta con la propia desintegración. Junto a estas formas "catastróficas" de la desolación y la descompostura, podemos reconocer una desolación señal, que se manifiesta como una soledad que busca desesperadamente compañías forzadas, y una descompostura señal que se presenta como aburrimiento y como "mufa".
Cuando el aburrimiento y la "mufa" se intensifican, y nos aproximan peligrosamente a la descompostura catastrófica, podemos todavía recurrir al letargo, esa forma de somnolencia o modorra "patológica" que describiera Cesio como un mecanismo de defensa extremo. Se trata de una forma particular de "anestesia" que denominamos "opiarse", y que se acompaña de la secreción aumentada de endorfinas.
Antes de finalizar este prólogo deseo agradecer a los numerosos colegas que me ayudaron con su presencia, con su estímulo, y con su trabajo, en la realización del camino que dio origen a la historia que he resumido aquí. Siento especial gratitud hacia quienes, coautores de las últimas investigaciones, siguen entregando muchas horas de sus vidas a una empresa interminable.
Luis Chiozza
Setiembre de 2001