Cuando la envidia es esperanza
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Dr. Luis Chiozza

CAP. I

PRESENTACIÓN DE LA PACIENTE

Primer contacto

Yo tenía tres años Dr. ...no lloré, no hice ninguna cosa de tragedia.

Mamá contaba que ella había dicho que volvería a buscarme.

Tal fue el disparate que mi ropa quedó en el baúl que se llevaron.

Tía lloraba con desesperación; fue tía la que dijo, eso le escuché a mamá contar, que fue tía la que dijo: por qué no me dejás aunque sea a la pequeña, que yo voy dentro de un año y te la llevo.

En el momento en que se despedían y tía me tenía en brazos, le dijo: tú tienes cuatro y yo me quedo sola.

Tía dijo: te juro que te la llevo.

Dos hermanas que se habían criado juntas. ¡Era su hermana!

Esto ocurrió en una pequeña aldea de Sicilia hace cuarenta y seis años.

Casi cuarenta y seis años después (en junio de 1963), hace seis meses, mi paciente pudo comenzar a ponerlo en palabras llorándolo quizás por primera vez.

En octubre de 1960 una mujer de cuarenta y seis años, seca, agria y momificada, con una colitis diagnosticada como amebeásica y con doce deposiciones diarias, comenzó su tratamiento psicoanalítico.

Recuerdo el primer contacto con ella, que fue telefónico, como algo que me despertó la idea de una persona muy atemorizada pero sin embargo sensata. Se presentó como la señora Mary y en parte, hablaba como si yo la conociera ya.

Pocos días después y antes de la primera entrevista, el colega que me la envió me dijo: "Es un caso de incesto consumado entre hermanos". Me explicó que el incesto se había realizado hasta hacía muy poco tiempo y agregó: "Al hermano me lo trajeron hace tres años al borde del suicidio, con la fantasía de estar enfermo de cáncer".

Se trataba de aquella nena de tres años... cuarenta y tres años después.

Dar vida a la señora Mary fue y sigue siendo como humedecer en un clima siniestro y peligroso a esa momia seca, dentro de la cual no sólo estaba sepultada la nena como la vida aletargada, sino también se había iniciado la putrefacción, una fantasía inconciente contenida en su diarrea.

 

Según lo afirmado por Cesio (1960), los objetos y partes del yo aletargados adquieren representación psicológica como cadáveres. El 7 de septiembre de 1963, promediando una sesión en la que comenzó diciendo que tenía frío y "humedad en los huesos", cuando le señalaba en relación con otros contenidos su enorme dificultad para hablarme de sus relaciones sexuales con el hermano, Luego de un silencio "sepulcral" me dijo: "¿Sabe la imagen que se me presentó, Dr.?, cuando uno tiene que cambiar a un muerto de nicho y tiene miedo, y piensa cómo estará, y se deja estar, y prefiere pagar la multa, y siempre lo posterga y no quiere pensar".

Antecedentes

De todo aquel pasado que se ha hecho "carne" en ella formándola como persona, parte ha resultado en enfermedad, sea corporal o psíquica; otra parte a lo largo de tres años de tratamiento psicoanalítico se ha transformado de repetición en recuerdo, en historia personal o familiar.

Hay pues un estado actual, en mi mente y en la de ella, de sus imagos yoicas objetales, o sea de sus antecedentes personales y familiares. Un estado actual distinto del que tuvimos de ella y su familia "allí y entonces", cuando comenzó el tratamiento, y seguramente muy distinto del que tendremos cuando saquemos del nicho sus "muertos".

Las páginas que siguen son el relato de una relación transferencial que ha ido evolucionando con el análisis a lo largo de tres años. Los antecedentes, teniendo en cuenta la evolución de sus imagos, aparecen diseminados en ese transcurso. Porque consideramos que el hecho histórico-genético (sea como "dato" extratransferencial que permite inferencias y construcciones a partir de la transferencia, sea como material analizable transferencialmente), en un campo de trabajo terapéutico ortodoxo, importa ante todo como una realidad psicológica, en constante evolución, del paciente, y luego como una realidad "externa", pasada, a la cual no tenemos acceso directo.

Primera entrevista

A pesar de que en general suelo atender en mangas de camisa, me puse el saco para recibirla en la primera entrevista. Por ese entonces, pensando en mi actitud contratransferencial, lo atribuí a que me había sido recomendada de una manera que me dejó esperando a una persona "importante", pero luego comprendí que era sobre todo una forma de poner "distancia", una forma de protegerme frente a la depositación de sus contenidos.

Bajita, delgada, de aspecto duro y apergaminado, con un rostro entre descompuesto y agrio, se presentó como una señora "bien" y vestida muy elegantemente.

Cuando le solicité sus datos personales dijo tener cuarenta y tres años (se quitó precisamente tres), y luego de darme su apellido agregó: "Me dicen Mary, mi nombre no se lo digo porque es muy feo... No creo que sea necesario que se lo diga".

Produjo una impresión doble en mí: por una lado, una persona "importante", por otro, un trato muy respetuoso hacia "el médico".

Trabajó durante toda su vida en un mismo negocio, grande e importante, en tareas vinculadas a la decoración y la tapicería. Hasta hacía poco tiempo, y desde años atrás, había estado a cargo de una filial de ese negocio. Cuando la firma decidió prescindir de esa sucursal, despidió al personal, y a ella le ofreció un cargo en la casa central; no lo pudo soportar, fue desastroso. El día de la mudanza se volvió a su casa enferma, con náuseas y diarreas. Desde entonces, hacía varios meses, no pudo volver a trabajar, se sentía sin lugar en la casa central.

Estaba "piel y huesos", anémica, sin fuerzas, y cualquier cosa que comiera le sentaba mal. Llegó a tener doce deposiciones diarias, y había ensayado distintos tratamientos sin resultado, a pesar de haber recurrido a gastroenterólogos capaces.

Era la menor y la más pobre. Sus hermanos, que presentó como "ricos", se analizaban; le habían pedido que "probara con el psicoanálisis", y le pagarían el tratamiento. Comenzamos con cinco sesiones semanales.

Primeras sesiones

El punto de urgencia de estas primeras sesiones estaba en el sometimiento temeroso contenido en su "respeto", del cual se defendía asumiendo casi simultáneamente el rol complementario de persona "importante". Ambas situaciones, ella "arriba", o ella "abajo", tenían una base común, como se hizo más claro luego: la idealización. Con esta idealización y con el sometimiento temeroso intentaba defenderse de la persecución contenida en la ambivalencia, de acuerdo con las ideas de Melanie Klein sobre la disociación de la imago pecho. Pero en cualquiera de las situaciones, la incorporación-asimilación (integración) era imposible por la extrema persecución contenida en la idealización.

Veamos un sueño en donde aparece esta persecución

Octubre de 1960 (una de las primeras sesiones):

P: (En un clima tenso)... Anoche tuve un sueño,... estaba en una casa vieja, toda rota, no sé qué casa podría ser,... no la conozco, pero era mía... Alguien, un hombre, entraba entre todas las cosas revueltas,... había basura,... limpiaba todo con uno de esos aparatos que usan en la guerra... ¿cómo se llaman Dr.?... que queman con fuego... Tenía un traje especial... que lo cubría todo... y como una máscara en la cara.

A: Así se imagina el tratamiento, yo entrando en su cuerpo que siente viejo y roto, en su intestino infectado, para remover las cosas que siente adentro. Se ve que tiene miedo de mí, del lanzallamas... Yo estoy protegido con el traje y la máscara,... del contagio y del olor...

Aunque no se lo dije, el saco que me había puesto en la primera entrevista representaba a este traje protector del sueño y era el producto de mi contraidentificación inconciente con sus ansiedades paranoides más primarias proyectadas sobre mí (correspondientes a un segundo "estrato" de la misma persecución).

Luego de la interpretación se quedó en silencio, conmovida; la tensión había desaparecido. Fue quizás la primera interpretación que "le llegó". En el material que siguió me habló de una prima del esposo que había progresado mucho en el análisis; a pesar de analizarse con un "analista joven", éste le había tomado mucho cariño y trabajó con entusiasmo. Con esta última afirmación ya iba "retomando" nuevamente el rol "importante".

Sus celos y envidia totalmente inconcientes fueron así (con este rol) depositados desde el comienzo en mí, negaba que se sentía "la hermana menor pobre" y en cambio yo era "el analista principiante". Continuamente me hablaba de la mayor experiencia de otros colegas, y de sus hermanos "ricos" con los cuales actuaba identificada. Mostraremos esta proyección inconciente de los celos en un material de la misma época, en el que llamaremos Adrián al hermano copartícipe del incesto y Berta a su esposa:

P:... me encontré con Berta, mi cuñada; debe estar enterada que me analizo pero no me preguntó nada. No sé si Adrián le habrá dicho que me pagan el tratamiento. No me gusta que sepa, porque es tan atravesada que... bueno, ahora no tanto... pero antes tenía celos de la unión que tenemos entre hermanos; se sentía fuera de la familia, en una época se la había tomado conmigo y no me podía ver.

A: No le gusta que yo sepa sus cosas de familia. Tiene miedo de mis celos y de mi rabia contra usted cuando me deja fuera de la familia.

Ella inconcientemente sabía que yo estaba enterado; ahora cada uno de nosotros tenía un "secreto" para con el otro. Con esto, y a través del colega que me comunicó lo del incesto, en su fantasía me hacía reo del mismo delito, ocultar, y entonces yo no tenía derecho a reprocharle que callara. Esto correspondía a la dramatización en la transferencia de su mundo interno disociado. La disociación era cuidadosamente mantenida. Durante estas primeras sesiones, cuando mis interpretaciones amenazaban destruir esa disociación, yo sentía que se alejaba y adquiría la actitud de abandonar el tratamiento. Esto correspondía a su temor de enloquecer y morir, que pronto se hizo evidente.

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