Dr. Luis Chiozza
CAP. II
PRESENTACION DE LAS IDEAS TEORICAS
Hechos y teorías
El "armazón" teórico de un historial, surgido de aquello que en definitiva es la ciencia psicoanalítica, representa lo que convierte un conjunto de hechos en una interpretación significativa. Además, dicho sea de paso, determina inevitablemente cuáles serán los hechos que extraeremos dentro de un contexto ilimitado y tal vez infinito. Aquello que es un "hecho" para un observador sólo es una teoría para otro, y esto ha ocurrido con cosas tan evidentes como el "hecho" de que la menor distancia entre dos puntos es la línea recta o que el átomo es indivisible.
Así, algunas de las consideraciones que expongo en este apartado, muchas de las cuales son un producto elaborado a lo largo de tres años de tratamiento, tendrán para algún lector toda la fuerza de una conclusión, de un hecho. Otras, o las mismas para otro lector, serán valoradas sólo como hipótesis de trabajo que esperan la comprobación. Por fin, habrá quien considere algunas de las ideas vertidas como fantasías injustificadas por los "hechos" clínicos. Que una misma idea sea considerada de una u otra manera depende del punto de partida, de la mayor o menor coincidencia en aquellos supuestos básicos comunes que son considerados "hechos" por ambos interlocutores.
Pensando en el lector más escéptico, me parece importante recordar aquí que la fantasía es tan imprescindible al progreso de la ciencia como puede serlo la observación, mientras que el escepticismo sólo puede ser útil si es benevolente.
La estructura y dinámica en los distintos niveles
En los distintos niveles del desarrollo tanatolibidinoso alcanzados por el yo de mi paciente, las mismas fantasías básicas adquieren distintos matices, son manejadas con diversos mecanismos y poseen una diferente calidad o intensidad de cargas instintivas.
En un nivel genital el lanzallamas, por ejemplo, es el objeto (mi pene) fobígeno, agresivo por los celos que me despierta la unión incestuosa de ella con el pene idealizado, disociado del anterior. Este pene lanzallamas castrador y temido, que es un objeto fobígeno, y la angustia consiguiente, como lo ha señalado Mom (1962) son en realidad objetos tranquilizadores, por lo fácilmente controlables y porque la defienden de la angustia catastrófica correspondiente a otros niveles, contenida y controlada en esa disociación. Otro ejemplo: los celos edípicos de Berta -la cuñada, que en el contexto del material aportado representaba al analista-, ante la unión que ellos tenían entre hermanos, la defendían de la envidia insoportable que sentía por mí, analista-hermano y analista-pareja, y también del ataque taliónico y terrible fantaseado como resultado de su fijación a niveles primitivos. Es evidente que parte de la "tranquilidad" contenida en esta defensa fóbica consistía en que simultáneamente negaba su sometimiento a lo tanático repetido compulsivamente.
En un nivel anal, la basura del sueño mencionado, por ejemplo, son las heces ácidas y quemantes que experimenta como "cagar fuego", y yo con el lanzallamas haciendo "limpieza" y cubierto con un traje y máscara protectores, no sólo represento al objeto que excita y quema sino también a la formación reactiva, obsesiva, frente a esos contenidos fecales erotizados. Tanto el negocio como su casa, en contraste con la del sueño, estaban, a juzgar por lo que ella me contaba, muy limpios y ordenados, y en su aspecto personal efectivamente era así.
En un nivel oral la incorporación del objeto, por ejemplo el analista con el lanzallamas, percibido narcisísticamente (es decir, como si fuera un trozo de su yo o un objeto interno), se realizaba según el mecanismo de la doble introyección (en el yo y en el superyó simultáneamente), con lo cual conseguía mantener en el mundo interno una disociación melancólica intensa (Freud, S., 1917e [1915]). Esta interpretación corresponde a la posición paranoide-esquizoide postulada por Klein y a sus mecanismos de proyección y reintroyección de las distintas imagos yoicas u objetales, en sus aspectos de pecho malo e idealizado.
Su relación conmigo no sólo permite comprender la modalidad persecutoria recíproca de sus relaciones de objeto, sino que el ámbito del consultorio, entendido hipotéticamente como si fuera una extensión proyectiva de su mundo interno, nos permite comprender el interjuego de roles que ocurre en su interior, donde opera no sólo el mecanismo de proyección endopsíquica descrito por Paula Heimann (1939), sino también una especie de "traslado" maníaco, más o menos sostenido, del sentimiento de identidad hacia el superyó. Así ocurre cuando ella "me ayuda", por ejemplo, para que deje de ser "el analista principiante".
Su rol "importante" contiene así un reproche del superyó al yo, es un auto-reproche. Su rol "respetuoso" contiene en cambio una queja, del yo al superyó, que es un contra-reproche, un contra-ataque que busca crear culpa a sus imagos superyoicas. Su sensatez era el producto de una pseudoidentificación, precoz, forzada por el abandono y el temor al abandono, con este objeto idealizado que en el fondo era ambivalentemente valorado, muy necesitado y muy envidiado; este objeto la ayudaba dañándola, forzándola a sentir agradecimiento y culpa hacia alguien por quien a la vez se sentía despreciada.
Así, dentro de esta estructura (cuando yo no podía saber ni su verdadero nombre ni su verdadera edad, por ejemplo), se defendía de la integración temida, es cierto, pero además, como surgió del análisis de mi contratransferencia, yo representaba a la nena despreciada y excluida sin mayor explicación de los secretos que tienen los adultos.
Pero la disociación melancólica descrita por Freud (1917e [1915]) puede ser entendida también en un nivel prenatal. Antes de ocuparnos de estos aspectos de psiquismo de Mary, realicemos un pequeño resumen de las ideas teóricas.
Durante la vida intrauterina ocurre una incorporación "hepática", preoral. Los contenidos oral-primarios más agresivos, oral-digestivos, referidos al "chupar sangre" (vampirismo) en lugar de leche, se confunden, a mi juicio, sin solución de continuidad, con un nivel de fijación y regresión fetal-hepático, en donde el hígado, prolongado en las vellosidades coriales, representa el primer órgano digestivo que recibe el alimento materno, que es sangre, y dispone de una primacía como zona erógena. Esta primacía ocurre en dos niveles, uno hépato-glandular y otro hépato-biliar.
La ambivalencia en el nivel más primitivo, hépato-glandular, queda vinculada a lo siniestro y es sentida en forma "visceral", como asco, posiblemente porque en estos estadios del desarrollo la fantasía se halla quizás mucho más "próxima" a lo corporal.
Análogamente, los contenidos anales más regresivos, digestivo-anales, el convertir al objeto en heces pasándolo por dentro del tubo digestivo, descriptos por Abraham (1924) en la melancolía, se confunden también, a mi juicio, con lo hepático-biliar, y esto último es lo que le confiere a la envidia, de la cual se dice que es amarilla o verde, su cualidad específica de venenosa o amarga (como la hiel).
Según Melanie Klein (1952b) la envidia, como mecanismo de destrucción esencialmente proyectivo, es la causa de la ansiedad paranoide frente al objeto envidiado que se transforma en taliónico -lo cual corresponde a la culpa persecutoria que describe Grinberg (1962)-.
Podríamos pensar también que el asco, previo, conduce a la envidia. La envidia sería así no sólo "un odio hacia todo lo bueno, aunque sea gratificador", como afirma Klein (1952b), o un destruir afuera la presencia estimulante de un objeto que provoca el re-sentimiento de la carencia, porque no se puede incorporar, como diría Racker (1948), sino también un "deseo honesto", como, en parte, la define el diccionario (Real Academia Española, 1950), un intento de "digerir" ("biliarmente"), afuera, algo que se teme incorporar, privando así al objeto de peligrosidad, de lo asqueroso, para luego incorporarlo (como "digieren" afuera, por ejemplo, algunos reptiles o arácnidos "venenosos, etcétera).
El fracaso de este mecanismo de proyección envidioso conduce a la amargura -a la acumulación de veneno (hiel), al temperamento bilioso, a la bilis-negra, o melanos-colia, de donde deriva melancolía (Pichon Rivière, E., 1948)-, reforzando así la ambivalencia y creando un punto disposicional hépato-biliar, que en un nivel progresivo, oral, conduciría a la melancolía clásica.
También el fracaso de la envidia puede conducir hacia la regresión al nivel de fijación hépato-glandular. En este nivel más primitivo el asco puede conducir:
1) a la identificación proyectiva masiva y "difusa" (externalización de la imago asquerosa) que equivale a la "náusea", de la cual hablan los existencialistas, unida al vértigo como síntoma y al sentimiento de vacío (de ser absorbido). Podemos interpretarlo como crisis leves de despersonalización que son "pequeñas pérdidas" del sentimiento de identidad (Grinberg, L., 1954);
2) al aburrimiento (hastío, fastidio, "mufa", "apolillo", "estar podrido", etcétera), que corresponde a un mayor o menor grado de aletargamiento frente a la imago asquerosa internalizada. Tanto la náusea como el aburrimiento pueden ser precedidos de una fase "maníaca" en donde se introyecta negando el asco, o también pueden expresarse "somatizados" como diarrea, hepatitis o urticaria, por ejemplo.
Cuando no se alcanza el "nivel melancólico" oral, la situación proto-melancólica, según "el área" (Pichon Rivière, E., 1961) en que se exprese, determinaría una hipocondría, una "somatización", un vínculo simbiótico o un tipo de estructura mental equivalente al autismo. La "presencia" de un objeto o núcleo aletargado puede "ubicarse" así "en" el cuerpo, "en" la mente, "en" el esquema corporal o "en" un partícipe simbiótico.
La disociación mencionada, proto-melancólica, adquiere en este nivel prenatal hepático características que la diferencian de la disociación melancólica propia del nivel oral.
La más importante de estas características consistiría en la disociación entre idea y materia. Podemos vincular esta separación entre ideal y material a un conjunto de conceptos vertidos por otros autores. Por ejemplo, la manía primaria, descripta por Rascovsky (1961); la disociación primaria descripta por Freud (1923b) en El yo y el ello, y la negación de la unidad de placer en la esquizofrenia descripta por Garma (1944). Esta vinculación nos daría una clave para considerar la existencia de un "nivel" simbiótico correspondiente a la vida intrauterina (Chiozza, L., 1963a).
"Materia" -cuya etimología, según lo ha señalado Freud (1916-17 [1915-17]), se vincula a la de madre a través de mater- e "idea", serían respectivamente equiparadas, en el inconciente, a rol materno-placentario (aportes materiales) y rol embrionario-fetal, ya que el feto materializa, gracias a su "hígado" y a su madre "placenta", las protoimagos contenidas en el ello como ideal del yo. Tales protoimagos le confieren al feto una riqueza distinta de la riqueza material, una riqueza "ideal", de posibilidades a realizar.
Volviendo a la señora Mary, el incesto -que como señalara Freud (1932a [1931]), no le estaba prohibido a los dioses, representantes del yo ideal- queda vinculado a una manía primaria que corresponde a la identificación con los contenidos (ante todo filogenéticos) del ideal del yo, existentes en el ello. La disociación, negación y depositación de "lo material" estarían pues en la misma esencia de esta manía, y entonces, así como hay asesinos que "matan sin asco", mi paciente consumaba el incesto, también "sin asco", con el hermano. Identificada con "los dioses" del ello, como Prometeo, se permitía más de lo que podía, se quemaba, o se consumía a sí misma, víctima de sus propios instintos del yo, que no podían ser derivados "materialmente" hacia el exterior. Por supuesto, en otro aspecto, era también víctima de un superyó cargado con esos instintos.
El asco negado, y lo podrido, forman solamente parte del cadáver que mi paciente debía "desenterrar del nicho", porque, como lo ha señalado Cesio (1960), el cadáver no es más que una representación psicológica del núcleo aletargado, que no sólo contiene pulsiones de muerte, sino también de vida.
Junto a este cadáver, materia descompuesta (los antiguos llamaban "materia" al pus), que debía "resucitar" como el cadáver de Lázaro, existía idealizado otro objeto, presentado como Jesucristo, cuyo cuerpo atormentado es el mismo cadáver y cuyo tormento, como el de Prometeo, se revive en cuanto deja de mantenerse la disociación.
Una representación de lo que acabamos de decir (referente a lo aletargado como producto de una disociación entre idea y materia que se traduce en la manía primaria que permite el incesto) podría encontrarse quizás en el hecho de que el pueblo egipcio, cuyos reyes se casaban entre hermanos, conservara los cadáveres de esos mismos reyes en forma de momias.
Pienso que el aspecto momificado de mi paciente era el producto de su identificación con un núcleo aletargado, y la cualidad avinagrada de su rostro debía corresponder a la identificación con los contenidos oral-digestivos (Garma, A., 1954), quemantes, sádicos, de ese núcleo aletargado, los cuales, carentes de un objeto externo adecuado, tomaban por objeto al mismo organismo (Garma, A., 1954; Racker, H., 1957), lo cual se manifestaba en la pérdida de peso. Junto a este objeto "venenoso y ácido" mantenía uno cuidadosamente idealizado, a pesar de que negaba esto diciendo: "Nadie es químicamente puro". De acuerdo con la teoría psicoanalítica planteada por Freud, cuanto mayor es el grado de fijación y regresión a las etapas más primitivas del psiquismo, mayor es el grado de enfermedad. Los núcleos más enfermos dentro de una personalidad son los que contienen aquellas fantasías y ansiedades que corresponden a las perturbaciones acaecidas en las épocas más tempranas. Siguiendo en esto a la escuela inglesa, que desarrolló Klein a partir de los trabajos de Freud y Abraham fundamentalmente, y a sus continuadores argentinos, mi trabajo psicoanalítico se encaminó hacia la interpretación de los contenidos más primitivos, correspondientes a las ansiedades más psicóticas. Por eso tales contenidos, especialmente anal primarios, orales y prenatales, ocupan un lugar destacado dentro de esta exposición.
El esquema teórico básico de este historial
Cuando mi paciente comenzaba a caminar, al año de edad, la madre se trasladó a Italia con los hijos; el padre quedó en Buenos Aires. A los tres años de edad fue cuando en Sicilia, en brazos de la tía, se separó de la madre, de los hermanos, y hasta de su ropa, que quedó en el baúl que trajeron a Buenos Aires. A los siete años de edad, cuando ya sus tíos eran sus nuevos padres, tuvo que volver requerida por la madre, y viajar con gente extraña. En esa ocasión la tía quedó en casa para no verla partir. Cuando el remolcador que debía llevarla hacia el barco despegaba del muelle, mientras mi paciente gritaba hasta quedar afónica, el tío, que había estado llorando, desesperado, se escapaba corriendo por el muelle, para no oírla.
Utilizaremos estos antecedentes unidos a los que mostró en la transferencia como reacción ante mis "abandonos" (fin de semana, vacaciones, etcétera), para hacer una construcción hipotética cuyo punto de partida será, pues, la pérdida de objeto. Esta construcción hipotética será entonces un esquema teórico que nos servirá para verificar su evolución en el tratamiento.
Podemos pensar que la pérdida del padre justo en un momento en que debía despegarse de la madre, al comenzar a caminar, no sólo incrementa su regresión a un tipo de vínculo simbiótico con ella, sino que creó un punto disposicional oral, o sea una introyección melancólica del objeto perdido.
Más adelante las nuevas pérdidas, en un psiquismo debilitado por esta fijación oral intensa, se habrían traducido en una regresión a lo oral. Pero estas nuevas pérdidas fueron tan masivas, que sus ansiedades psicóticas no hubieran podido ser manejadas dentro de esta estructura oral. Por lo tanto deben haber intervenido nuevos mecanismos defensivos del yo. Así aparecería otra vez la regresión, y entonces nos encontraríamos en mi paciente con todo un sector de su vida psíquica en donde operan mecanismos y contenidos fetales. Tales serían el letargo, el vínculo simbiótico y también sus "somatizaciones".
El esquema patológico, siguiendo el modelo de Pichon Rivière, puede ser descripto como estructurado en una línea "espiral" (trayectoria helicoidal) que vincula en este caso los niveles oral y prenatal. Esta trayectoria puede ser recorrida en sentido progresivo o regresivo. El abandono refuerza la ambivalencia. Esta ambivalencia, que suponemos fue intolerable en la estructura oral, forzaría la regresión a lo fetal. En este nivel primitivo el equilibrio se habría mantenido con una simbiosis mediante la cual depositaba en la "madre-familia protectora" los aspectos vinculados a la materialización necesaria para la adecuada descarga instintiva, y se hacía cargo del rol fetal vinculado a lo ideal y omnipotente. Así, por ejemplo, la sucursal en donde "dejaban todo en sus manos" y la trataban "como si fuera de la familia", le facilitaba la pseudoidentificación con ese aspecto omnipotente e idealizado, al permitirle disponer de un objeto sometido, el negocio con sus empleados. También representaba un vínculo simbiótico muy inconciente con esa "madre-familia protectora", de la cual recibía negando su profunda dependencia. La "pérdida" de esa sucursal, que la llevó a comenzar su tratamiento, representa la ruptura de ese vínculo simbiótico. Este abandono, en un nivel preoral, fue catastrófico.
Según lo ha señalado Bleger (1961), la ruptura de la simbiosis se acompaña de la reintroyección brusca y masiva de lo depositado y el insight aparece en estos casos en forma explosiva y vinculado a fantasías de embarazo y parto, acompañadas frecuentemente por somatizaciones. Si pensamos que durante la vida embrionario-fetal se realiza la magna actividad organogenética, no resulta aventurado suponer que toda "somatización" lleve implícita una regresión a nivel prenatal.
El objeto reintroyectado en la ruptura de la simbiosis, que ya de por sí es terrorífico y deseado porque contiene en la fantasía partes escindidas del self que no pueden perderse, incrementa todavía más su carácter persecutorio porque el odio y el resentimiento que crea la ruptura (vivida como un abandono) engendran fantasías taliónicas. De acuerdo con las ideas que anteriormente expresamos, la ambivalencia entre deseo y temor, en este nivel regresivo, es experimentada como asco. Asco que conduciría a la envidia como un intento desesperado, una esperanza, de "digerir afuera" lo asqueroso, para luego incorporarlo privado de peligrosidad. Tal mecanismo envidioso proyectivo fracasaría en su cometido cuando el monto de las ansiedades persecutorias es muy grande, lo cual resultaría en un nuevo mecanismo: la negación del asco unida a la introyección maníaca (esta introyección equivale también al incesto "digestivo", experimentado como un "fruto prohibido").
El mecanismo maníaco de defensa que permite la incorporación de lo asqueroso no puede sostenerse mucho tiempo; entonces aparecería el letargo, la náusea (asco), el hastío (aburrimiento y asco), o "somatizaciones" digestivas (sobre todo hepáticas o intestinales). El uso de la identificación proyectiva frente al objeto que corresponde a una fijación prenatal y que engendra asco, conduce al sentimiento de se absorbido o succionado y a una vivencia de vacío. Esta vivencia es la expresión de ansiedades más primitivas, catastróficas, vinculadas a procesos de desintegración y fragmentación.
Frente a esta situación, que equivale a la despersonalización (la náusea), el letargo es a la vez una defensa y un sometimiento encubierto.
La diarrea de Mary -"diarrea" etimológicamente significa: "yo fluyo por todas partes" (Corominas, J., 1961)- expresaba sus ataques destructivos al objeto, que era así eliminado, y, además, su sometimiento masoquista (Garma, A., 1962) al aspecto persecutorio de ese mismo objeto idealizado que la succiona como un vampiro (Chiozza, L., 1963a).
Es el parásito ameba, que recuerda al embrión en el útero; es también el hombre con la máscara en el sueño del lanzallamas, como un feto monstruoso producto del incesto. Mary le entrega las heces malas que son la muerte, el excremento cadáver (Garma, A., 1962; Cesio, F., 1960), pero también las heces buenas que son la vida, el hijo (Freud, S., 1918 [1914]; Klein, M., 1932; Garma, A., 1962), la sangre (Garma, A., 1962) que se le escapa por el intestino.
La gravedad de esa colitis, que fue refractaria a diversos tratamientos, nos permite equipararla al cuadro (melancólico e hipocondríaco) que presentaba el hermano copartícipe del incesto, y que lo llevó "al borde del suicidio".
Podemos equipararla también a los cuadros de diarrea, hiponutrición y marasmo que presentan los lactantes abandonados por sus madres (con un hígado agrandado que por su tamaño recuerda las proporciones del de un feto) tal como los ha descripto Margaret Ribble (1953).
Si el yo, aunque sea mediante la disociación de las partes involucradas en el conflicto (que quedan así separadas configurando un "núcleo" aletargado), puede utilizar mecanismos más maduros, aparecería nuevamente la envidia como una forma de ataque destructor y proyectivo que puede ser realizado, en este nivel primitivo, tanto sobre sí mismo (protomelancolía) como sobre un copartícipe simbiótico que contiene las partes perdidas del self.
La envidia puede conducir entonces a un nuevo abandono o ruptura del equilibrio simbiótico, cerrando de esta manera un círculo vicioso cuando el objeto envidiado se transforma en taliónico, pero también puede, si opera con cierta eficacia, destruir aquellos elementos del objeto que impiden una buena introyección.
Resumen
Como conclusión diremos que el esquema teórico básico que organiza este historial es el siguiente:
Las pérdidas de objeto, actuando en Mary sobre un psiquismo debilitado por fijaciones orales y fetal-hepáticas intensas, habrían determinado una regresión a lo oral. Pero la importancia de estas pérdidas y sus ansiedades psicóticas, unidas a la debilidad provocada por las fijaciones prenatales mencionadas, la hubieran conducido a la muerte de no haber intervenido una nueva regresión hacia aquellos "niveles" prenatales en donde se hallaba depositada gran parte de su libido. En estos "niveles", las fantasías correspondientes a la vida intrauterina, que es posible interpretar en la transferencia, se manifiestan como letargo, "somatización" y simbiosis.
En resumen, pues, se trata en este trabajo de la regresión a lo prenatal ante la pérdida de objeto, manifestándose como letargo, "somatización" y simbiosis.
Notas
(2) Seminarios de tercer año del Instituto de Psicoanálisis de la APA, 1961.
(3) Seminario del tercer año del Instituto de Psicoanálisis de la APA.