Un lugar para el encuentro
entre medicina y psicoanálisis
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Luis Chiozza

LA INFLUENCIA DE WEIZSAECKER EN LA ARGENTINA 1

 

Un libro reciente del psicoanalista argentino Luis Chiozza se presenta con un curioso prefacio "Mi padre, cuando yo era un niño, me explicó una vez, mientras disfrutábamos los tres de una caja de dátiles, que tanto gustaban a mi madre, que el que siembra dátiles, a menos que sea joven, no llegará a comerlos. Esto me debe haber impresionado, porque nunca más lo olvidé. Hay ideas que son como los dátiles, tardan tanto en crecer, que el que las siembra no verá sus frutos. Pero los dátiles existen, y los sembramos mientras comemos los que otros sembraron" 2. Chiozza no dice si, al formular esta similitud, tenía en mente a Victor von Weizsaecker. No es improbable, ya que el libro aparece en una colección que se llama "Biblioteca del Centro de Consulta Médica Weizsaecker" y Chiozza no hace un misterio, en esta como en otras publicaciones suyas de la deuda que en lo que respecta a su concepción de la enfermedad y de la práctica terapéutica, tiene con von Weizsaecker. Se puede encontrar seductora la idea que alguna semilla de dátil comida en Heilderberg hace algún decenio, haya crecido y fructificado en la Argentina... La metáfora probablemente habría sido placentera para el mismo Weizsaecker. La influencia que él ha ejercido en la renovación del pensamiento y de la práctica no ha generado entusiasmo ni ha tenido una rápida difusión. No ha construido un sistema; y aún menos quiso formar una escuela. Era conciente que la renovación que proponía no era un simple pali ativo a los males de la medicina o un accesorio que podía agregarse, sino que presuponía una desestructuración y una reconstrucción en profundidad. La empresa es tan ardua como para que se necesitara una genio para realizarla: "Faltaba el Paracelso de nuestro tiempo; yo, en todo caso, no hubiera podido serlo, sea por falta de disposición, sea por debilidad de convicción" 3.

Sandro Spinsanti, Guarire tutto l’uomo , edizioni paoline Roma 1988

... no se puede traducir la lengua de las enfermedades al dialecto de la física y de la química. Si, a pesar de todo, se hace, se cometen errores. Es más acertado interpretar cada historial clínico como la historia de una vida, traducir el lenguaje de la enfermedad al lenguaje de la biografía. Yo quisi era ser lo suficientemente joven para poder empezar ahora esta tarea. Mas espero confiado en que vendrán investigadores más jóvenes para llevar a cabo esa traducción.

Victor von Weizsaecker, Los conceptos fundamentales de la investigación, 1951.

 

El contexto constituido por la corriente cultural en la cual hunde sus raíces el pensamiento de Weizsaecker, es el mismo en el cual surgieron dos hombres muy distintos, cuyas obras, sin embargo, tienen mucho de común: Sigmund Freud y Georg Groddeck.

Freud demostró que los síntomas histéricos podían ser leídos como signos de un lenguaje críptico similar al de los sueños. Weizsaecker y Groddeck comprendieron que toda enfermedad del cuerpo podía ser contemplada de una manera idéntica, es decir que podía ser interpretada como un símbolo lingüístico. Comprendieron también que ese modo de pensar iniciaba una tarea cuya magnitud superaba sus fuerzas. Ambos recurrieron a Freud, buscando ayuda frente a las dificultades de semejante empeño. Freud les otorgó repetidamente su simpatía, su interés y su estímulo para la prosecución de ese camino, pero se rehusó a acompañarlos. Tal vez no se atreviera a añadir un nuevo motivo a las resistencias que ya despertaba el psicoanálisis.

Tanto Groddeck como Weizsaecker, ingresando en los confines de una nueva ciencia con problemas que también se plantearon de una manera nueva, se manifestaron, explícitamente, igualmente reacios a trazar un sistema. Solemos decir, acerca de Groddeck, que no formuló una teoría. Tal vez sea más acertado sostener que su teoría funciona tan alejada de los parámetros habituales de la "formación de sistemas", que no parece teoría. Weizsaecker, dotado de una formación multidisciplinaria profunda y extensa, nos enfrenta con un caso distinto. Su esfuerzo por trazar un puente entre el pensamiento habitual y lo aparentemente "impensable", apoyado en fundamentaciones filosóficas y científicas más explícitas que las de Groddeck, se traduce en una obra que resiste con facilidad cualquier tipo de objeción.

En nuestros días ya casi nadie ignora que la ciencia física se ha encontrado obligada a incluir al "sujeto" observador en el campo de estudio de sus experiencias "objetivas", y asistimos, en los terrenos más disímiles del conocimiento, a una total renovación de los fundamentos, que desdibuja las fronteras entre las distintas disciplinas. En estas circunstancias las ideas de Weizsaecker pueden encontrar más fácilmente lugar y compañía en el edificio de la cultura. Pero, si tenemos en cuenta la época en que Weizsaecker realizó su obra, no puede dejar de sorprendernos la grandeza de su espíritu, la segura intuición que le condujo a pre-decir un cambio que, todavía hoy, recién comienza, y su excepcional capacidad para soportar la tortura de la soledad implícita en la inevitable incomprensión de su entorno intelectual.

La influencia que ha tenido la obra de Weizsaecker sobre la medicina que habitualmente se practica, ha sido, todavía, escasa. En una época como la nuestra, en que los logros de la técnica nos conmueven cotidianamente con sus contribuciones asombrosas, no suele haber lugar ni íntima disposición para reflexiones tan profundas, aparentemente alejadas del mundo simplificado de los "hechos objetivos". Sin embargo la crisis nos rodea por doquier. No sólo en el ámbito de la medicina en tanto procedimiento concreto, sea diagnóstico o terapéutico, sino también en el terreno ubicuo de la ética, de la convivencia humana, de la solidaridad, y de la responsabilidad. En otras palabras, en todo cuanto se refiere al establecimiento de valores y creencias.

Es cierto que los problemas políticos, económicos, sociales, alimentarios o epidemiológicos, se nos presentan como urgentes e impostergables. Lo mismo ocurre con los problemas perentorios generados por la violencia y la agresión, por el desorden ecológico, por la incomunicación o por la superpoblación. Pero también es cierto que nuestros intentos de darles solución tropiezan con un círculo vicioso, porque nuestro mundo actual carece de creencias y valores universalmente compartidos que funcionen a la altura de nuestra actual necesidad.

El consenso médico de nuestros días, tanto en la investigación, como en la docencia, en la práctica terapéutica, o en la confección de los planes sanitarios, privilegia todo cuanto contribuya a incrementar el poder de una técnica que busca operar sobre causas y efectos. Ignoro las razones por las cuales en la Argentina, hace ya más de treinta años, algunos de nosotros comprendimos lo que hoy es evidente. Sólo una medicina como la que Weizsaecker concibe puede satisfacer realmente las necesidades de un contexto cultural como el actual, cuya demanda más perentoria surge de una carencia grave de espiritualidad y cordura.

La importancia fundamental del descubrimiento de Freud, no reside en el haber demostrado, en sus primeros estudios sobre la histeria, la psicogénesis de un trastorno que se observa en el cuerpo, sino en el haber comprendido el carácter histórico-lingüístico de un fenómeno "físico". La gran mayoría, entre quienes aceptaron la verdad de sus descubrimientos, optó por encerrarlos dentro del marco estrecho de un concepto que provenía de otras fuentes. Comenzó a hablarse entonces de una "etiología psíquica" de las enfermedades orgánicas, en un sentido parecido al que daría lugar a la expresión "psiquiatría dinámica". La inmensa contribución del psicoanálisis a la inteligencia de los significados inconcientes, quedó así reducida a una concepción mecanicista que facilitó su aceptación entre los médicos habituados a los razonamientos de la fisiopatología, pero disminuyó la percepción de sus verdaderos alcances.

La gran mayoría de los psicoanalistas posteriores a Freud, contribuyó a difundir y desarrollar un psicoanálisis concebido en términos de causas y efectos, en el cual el énfasis quedó puesto en un Yo que enfrenta las fuerzas en pugna, o las exigencias de la realidad, mediante "mecanismos" de defensa. Las condiciones estaban dadas para que surgiera un "contramovimiento" que revalorizara el carácter primario que posee la experiencia lingüística, experiencia que dio lugar a una amplia gama de conceptos propios, como, por ejemplo, signo, significancia, contexto, metáfora, etc. Parte del éxito que obtuvo Lacan, cuando asumió la bandera de un "retorno" a Freud, puede explicarse por obra de esa necesidad de revalorización.

Sin embargo toda reacción comporta, en el fondo, los mismos defectos que la acción que le dio origen. Los discípulos de Lacan enfatizaron, con razón, esos a spectos "lingüísticos" del pensamiento freudiano, que, debido a la intensa resistencia que despertaban en un consenso intelectual regido por otros modelos, habían sucumbido a la represión. Pero también pusieron el mayor empeño en señalar que el psicoanálisis no se refiere, en sus afirmaciones y conceptos, al cuerpo físico o "biológico", sino que "trabaja" con las representaciones verbales del cuerpo. Y que el conjunto entero de representaciones del cuerpo investidas por las pulsiones eróticas, constituye el único cuerpo que puede ser "objeto" del psicoanálisis, el "cuerpo del deseo".

Aunque nadie se atrevería a negar que el hombre entero, sano o enfermo, es "psicosomático", la investigación de las relaciones existentes entre el cuerpo y el alma, quedó así dificultada, dentro de la teoría psicoanalítica vigente en nuestra época, desde ambos cuadrantes. Por un lado quienes piensan exclusivamente en términos de causas y efectos, encuentran que no todas las enfermedades "son" psicosomáticas, porque, como es natural, no están dispuestos a admitir que todas se originen en una "causa psíquica". Por otro lado, quienes piensan que el psicoanálisis sólo encuentra su objeto en el "cuerpo del deseo", consideran que la gran mayoría de las transformaciones del cuerpo físico son una realidad "asimbólica", que no nace como investidura de una pulsión inconciente. La conclusión es similar. Sostienen que existen transformaciones del cuerpo físico que no son el lenguaje "que un órgano habla".

Podemos dividir artificialmente los problemas que hoy constituyen el punto de urgencia de la psicosomática en tres tópicos que conservan, en el fondo, una identidad de origen.

El primero es un problema que se presenta "en la práctica" como una dificultad en la colaboración entre los médicos que prescriben medicamentos o procedimientos "físicos" y aquellos otros que intentan curar mediante la palabra. Se trata de una confusión de lenguajes en la cual también solemos incurrir, por desgracia, los psicoanalistas. Además de este malentendido permanente, entre patólogos y psicoanalistas, existe también otra dificultad de diálogo entre quienes intentan una medicina psicosomática de orientación psicoanalítica y aquellos que se inscriben en una corriente culturalista que busca "humanizar" la medicina apoyándose fundamentalmente en una psicología de la conciencia.

El segundo problema se constituye alrededor de la cuestión de si existen enfermedades que son psicosomáticas, y otras que no lo son, o si, por el contrario, todas las enfermedades son, como el hombre entero, "psicosomáticas".

El tercero, cuyos "orígenes" pueden encontrarse en el artículo que Freud escribiera acerca de las perturbaciones psicógenas de la visión4, en el cual distinguía entre trastornos neuróticos y psicógenos del órgano, adquiere en nuestros días la forma de una rotunda discrepancia entre quienes sostienen que la enfermedad somática es el producto de un defecto de "mentalización", y quienes sostenemos que, por el contrario, es la manifestación de una actividad simbólica inconciente.

 

Quienes, en la década del cincuenta, iniciamos nuestra formación psicoanalítica en la Argentina, nos encontramos con una situación privilegiada difícilmente igualable. Disponíamos de la presencia de psicoanalistas como Ángel Garma, Arnaldo Rascovsky, Enrique Pichón Riviere, y Arminda Aberastury, que habían captado la esencia del pensamiento freudiano, y conocían su obra con una profundidad que sólo las personas que unen a una inteligencia excepcional una capacidad intuitiva y afectiva poco común pueden alcanzar. Aunque Rascovsky, Pichón Riviere, y Aberastury nunca se ocuparon de sistematizar en una teoría general su pensamiento en el terreno de la psicosomática, se movían en el mundo de la simbolización somática con una soltura como la que sólo podemos encontrar en Freud, Groddeck o Weizsaecker. Aberastury, además, unía a esa capacidad su conocimiento de la obra de Melanie Klein. Su trabajo en el psicoanálisis de niños, fecundado por su capacidad de leer con facilidad los símbolos corporales, completó los aspectos que Klein no abordó.

Debemos añadir a esto la figura singular de Enrique Racker, quien, dotado de una cultura filosófica y humanística poco común, y conociendo profundamente la obra de Freud y Klein, nos introdujo decididamente en la utilización técnica de la contratransferencia, lo cual implicaba percibir la importancia del lenguaje preverbal. Rascovsky, además, enriqueció ese caldo de cultivo con un aporte que, en esa atmósfera intelectual, era un desarrollo previsible, su insistente defensa del psiquismo fetal, que engendró incomprensiones y cuestionamientos que no siempre se justificaban.

Se explica de este modo que aquellos que tuvimos la oportunidad de formarnos al abrigo de esas enseñanzas, no experimentáramos la necesidad de "retornar" a un Freud que nunca habíamos desestimado. Aunque conocíamos los desarrollos de la psicología del Yo o de la escuela kleiniana, no habíamos quedado encerrados en sus limitaciones. Se explica también el que estuviéramos preparados para retomar, en el punto en que había quedado abandonado, el pensamiento "psicosomático" que Freud, Groddeck y Weizsaecker lograron iniciar.

 

El hecho de que entre 1946 y 1950 la editorial Pubul, de Barcelona, publicara dos libros de Weizsaecker ( Problemas clínicos de medicina psicosomática 5 y Casos y Problemas clínicos 6), me permitió entrar en contacto con sus ideas cuando aún era alumno en la Facultad de Medicina. De modo que su pensamiento impregnó desde un comienzo mi práctica profesional en la clínica médica. Cuando, pocos años después, inicié mi formación psicoanalítica, me motivaba ya la convicción de que las enfermedades que se manifiestan como trastornos en la estructura o en el funcionamiento del cuerpo, no solamente revelan una alteración del hombre entero, que incluye su alma y su espíritu, sino que cada una de ellas corresponde a una particular y específica perturbación anímica, distinguible de todas las demás.

La influencia que el pensamiento de Weizsaecker ha ejercido, tanto en mi trabajo junto a los pacientes, como en el desarrollo de mi manera de concebir la medicina, ha sido, desde entonces, constante y duradera. Esa influencia se fue extendiendo, paulatinamente, hacia un número cada vez más grande de colegas. En 1967 fundamos el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática, y en 1972 un centro asistencial que denominamos Centro de Consulta Médica Weizsaecker (Centro Weizsaecker de Consulta Médica), porque sentíamos la necesidad de otorgarle ese homenaje, y porque compartíamos profundamente su manera de concebir la medicina.

Todos estos años dedicados a la investigación del significado inconciente de las distintas enfermedades somáticas nos han convencido de que la teoría que nos permite concebir mejor la relación que existe entre psiquis y soma, nace de lo que Freud pensaba acerca del "pretendido concomitante somático", y nos conduce a sostener que psiquis y soma son categorías que establece la conciencia.

Freud, en 1938, en su Compendio de Psicoanálisis7, señala que las series psíquicas concientes forman cadenas de significación a las cuales les faltan algunos eslabones, y que la psicología, por este motivo, se vio forzada a crear la idea de que estas series interrumpidas se hallaban vinculadas entre sí por un concomitante somático. Sostiene que la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis es que estos pretendidos concomitantes somáticos, expresados en términos de un significado que cierra la brecha de la cadena psíquica conciente, no son otra cosa que lo psíquico inconciente, o, mejor dicho, lo genuinamente psíquico, porque la conciencia es un carácter accesorio que se agrega a algunos de ellos solamente. Si quisiéramos esquematizar la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis, creo que deberíamos decir que lo psíquico inconciente equivale al significado específico de lo que la conciencia registra como cuerpo.

Creo que podemos sostener que las categorías que denominamos "soma" y "psiquis" derivan de que nuestro conocimiento conciente se estructura alrededor de dos organizaciones conceptuales. Una, "física", que da origen a las ciencias naturales, y la otra, "histórica", que sustenta las ciencias que toman por objeto al espíritu o a la cultura. Estas dos organizaciones me parecen irreductibles entre sí, en el sentido de que una no puede ser "convertida" en la otra y funcionar como única interpretación del conjunto entero de la realidad existente.

Es evidente que existen muchos sectores de la realidad acerca de los cuales tenemos un registro "doble", es decir, uno en cada una de las dos organizaciones conceptuales. Cuando esto ocurre, a veces podemos encontrar una correspondencia "punto por punto" entre ambos registros, de manera que aquello que desde un ángulo se percibe como forma, función, trastorno, evolución o desarrollo corporales, desde el otro es experimentado como una determinada fantasía, es decir, como un significado específico, inherente a ese particular existente material. ¿No es entonces natural suponer que nuestra conciencia puede crecer, en conocimiento y poder, ampliando la extensión del sector de realidad que puede comprender de una manera "doble"? Este camino, en verdad, es el mismo que iniciara Freud, cuando, al contemplar los trastornos físicos de la histeria como se contempla a un jeroglífico, interpretó su significado inconciente, y consiguió, de este modo, restablecer la continuidad de sentido, interrumpida, de algunas series psíquicas concientes.

Algunos colegas psicoterapeutas piensan, en lo que respecta a este punto, que una cosa es la histeria, o las enfermedades somáticas que radican en las zonas erógenas que alcanzaron su primacía en la infancia, involucradas en una intensa investidura libidinosa, y otra un tumor de la vesícula biliar, que transcurre en el interior de una estructura que jamás pudo ser reprimida, porque nunca formó parte de la vida erótica conciente. Aunque algo diré más adelante, no puedo presentar ahora las razones, expuestas en numerosos trabajos 8, que, sin anular esa distinción entre histeria y tumor vesicular, permiten comprender que ambos tipos de trastorno puedan ser interpretados como un lenguaje inconciente.

Una vez que comprendemos que el conocimiento científico no es propiedad unilateral de las ciencias naturales, comprendemos también la importancia del error en que incurrimos cuando pensamos con conceptos tales como el de "suelo" biológico, o nos expresamos en términos del "sustrato" físico de una realidad psíquica. Procedemos entonces como si las ciencias naturales tuvieran la última palabra acerca del grado de verdad que poseen los resultados de nuestras investigaciones, en lugar de constituir otro campo de trabajo con sus propios aciertos y sus propios errores.

Ampliar la extensión del sector de realidad que la conciencia puede comprender de una manera "doble" no equivale solamente a interpretar el significado psíquico inconciente de una enfermedad somática, implica también la posibilidad de contribuir desde ambos ángulos al progreso teórico. Cuando Freud, en 1895, en su Proyecto de una psicología para neurólogos9, describió las barreras de contacto, describía, tal como se presentaba en su campo de trabajo, el mismo segmento de realidad al cual Sherrington, desde la neurología, se referiría dos años después con el nombre de sinapsis neuronal. La investigación de las fantasías inconcientes más profundas inherentes a la acción farmacológica del opio, nos llevó a escribir en 1969 10, seis años antes de que se descubrieran las endorfinas, que la acción de la morfina podía tal vez concebirse como una opoterapia, es decir, como una terapéutica que reemplaza sustancias que existen naturalmente en el organismo que se trata y que producen el mismo efecto.

 

La emoción es un tipo de proceso intermedio que participa de las características del símbolo y el signo. Por este motivo pudo decir Freud que el afecto, equivalente a un ataque histérico universal y congénito, es una reminiscencia y, al mismo tiempo, un suceso "real", una descarga actual que afecta al Yo. La teoría psicoanalítica de los afectos nos ofrece la ventaja de un concepto dentro del cual desaparece la tradicional alternativa entre psiquis y soma.

La metapsicología psicoanalítica sostiene que la acción eficaz hace cesar la excitación que emana de la fuente pulsional. Podemos decir, desde este punto de vista, que en el camino que transcurre desde el impulso hasta la acción sobre el objeto, el afecto es una descarga vegetativa, una acción motora cuya magnitud constituye una serie complementaria con la magnitud que se descarga en la acción eficaz. La emoción se percibe entonces como un suceso físico actual que, al mismo tiempo, puede ser interpretado como un fenómeno psíquico, como un acontecimiento que encierra un significado históricamente comprensible.

Expresándonos de un modo muy esquemático diremos que en las neurosis se desplaza un afecto, a los fines de evitar el displacer, de una representación a otra, y que, en cambio, en las psicosis, lo esencial del mecanismo defensivo consiste en alterar el juicio de realidad, de modo que el desarrollo de un afecto que hubiera sido penoso, queda sustituido por la descarga de otro, acorde con una realidad que ha sido deformada para satisfacer una fantasía optativa. Tanto en una como en otra enfermedad los modos de organización de la defensa permiten que los procesos de descarga se realicen de acuerdo con las claves normales de inervación de los afectos.

Podemos sostener, en los términos de la metapsicología, que en la enfermedad somática el proceso defensivo altera el equilibrio con el cual el montante de afecto inviste los distintos elementos de la clave de inervación, determinando que la descarga se realice de un modo que torna irreconocible la cualidad de ese particular afecto, y conduce a que la conciencia lo experimente como un fenómeno somático privado de toda significación afectiva. Se trata de la diferencia que existe entre el llanto y la epífora.

En resumen: el desplazamiento que en las neurosis se efectiviza transcurriendo desde una representación a otra, en las enfermedades que, desde la conciencia, consideramos somáticas, ocurre dentro de la idea inconciente que constituye una clave de inervación, mediante la sobreinvestidura de algunos de sus elementos a expensas de la investidura de otros. Así como en todo individuo normal funcionan mecanismos neuróticos y psicóticos, funcionarán también, normalmente, estos aspectos o mecanismos que, a falta de nombre mejor, llamamos patosomáticos.

 

En todo paciente que recurre a un médico porque se considera físicamente enfermo, cabe distinguir dos tipos de fenómenos, los signos físicos, que registra el médico y el paciente ignora, y los síntomas "somáticos", que el paciente recibe en la conciencia como sensaciones "físicas" privadas de un significado psíquico intrínseco o primario. A esto último el paciente se refiere diciendo que son síntomas o sensaciones de origen físico. No existe otra posibilidad, porque cuando el paciente es capaz de comprender, de un modo que no sea meramente intelectual, el significado psicológico del fenómeno que lo aqueja, jamás categoriza a su trastorno como síntoma de una enfermedad, sino que lo experimenta como un afecto penoso que puede integrar, en una coherencia de sentido, con el conjunto entero de sus vicisitudes vitales.

Si, desde una óptica psicoanalítica, contemplamos a la fisiología, diremos que es aquella parte de la ciencia que se ocupa de los signos cuyo significado psicológico (sea como signo expresivo o como símbolo representante) ha quedado fuera de una conciencia que, de este modo, queda liberada para nuevas tareas. La fisiopatología, en cambio, describe signos cuyo significado psíquico permanece inconciente como resultado de una "defensa" cuyos productos, como psicoanalistas, aspiramos a mejorar.

 

La obra de Weizsaecker inicia el dificultoso camino hacia la posibilidad de influir sobre las enfermedades somáticas mediante la "lectura" de los símbolos específicos que cada una de ellas constituye. Esa influencia es escasa todavía, comparada con la que se ejerce cotidianamente mediante la terapia que se dirige a las resignificaciones secundarias de esos mismos símbolos. Son las resignificaciones que corresponden a los "traumas" infantiles o al Complejo de Edipo "clásico". Pero la influencia terapéutica derivada de la interpretación de las resignificaciones secundarias no alcanzará jamás el grado de eficacia que cabe esperar de la interpretación de los significados primarios, y específicos, correspondientes a los símbolos inconcientes implícitos en la constitución de cada si gno.

En los años transcurridos desde 1972 estudiamos, junto con un grupo de colegas, unas 2000 historias de otros tantos enfermos. Si el espacio del cual dispongo lo hubiera permitido, hubiera presentado los problemas que se plantean a la psicosomática actual, relatando, resumidamente, tres historias, entre las múltiples que tuvimos la oportunidad de contemplar. Hubiera elegido el caso de un niño de ocho años que sufría un herpes ocular recidivante, el cual, afectando el mismo ojo por tercera vez, lo colocaba en grave riesgo de perder la visión, el de un melanoma metastásico en un hombre joven, y el de una mujer con una leucemia linfoblástica aguda 11. Los hubiera elegido precisamente porque los tres enfermos padecían enfermedades que no suelen considerarse psicosomáticas, porque enfrentaban un trastorno grave, dos de ellos una enfermedad mortal, y porque los tres recuperaron la salud. Tengo plena conciencia de que estos tres casos no son suficientes para demostrar que, con la ayuda del psicoanálisis, se pueden curar enfermos frente a los cuales la medicina tradicional posee muy poca confianza en sus propios recursos, pero me hubiera gustado presentarlos por otras razones. No sólo al comparar esas historias resulta evidente que son tan distintas entre sí como lo son las enfermedades que sus protagonistas padecían, sino que nos muestran la posibilidad de comprender a los trastornos del cuerpo como los signos de un lenguaje inconciente que completa el sentido de la biografía conciente.

Iniciamos el camino que recorriera Weizsaecker, sumidos en la impotencia del que comienza a comprender sin poder influir, y sintiendo la necesidad de encontrar un lenguaje capaz de producir un cambio en la enfermedad del cuerpo. Pronto nos dimos cuenta de que cuando interpretamos una enfermedad somática cuyo tratamiento habitual es difícil, ya sea porque evoluciona tórpida y crónicamente, o porque su desenlace es mortal, y descubrimos su significado como crisis y punto de ruptura en la trayectoria vital de un ser humano, nos enfrentamos con una "enfermedad psicológica" igualmente grave, y con una tarea psicoterapéutica que presenta una análoga dificultad. Así nos encontramos, durante mucho tiempo, desarmados e impotentes frente a enfermedades como el cáncer, la diabetes, o la esclerosis en placas, sintiéndonos perseguidos por nuestra imposibilidad de mejorar las "cifras estadísticas" de las enfermedades que tratamos. Nos sentimos, también, obligados a refugiarnos en la convicción de que nuestra interpretación habría de alcanzar alguna clase de eficacia, o, cuando menos, traducirse en una más adecuada profilaxis.

Los progresos que obtuvimos en la comprensión del significado inconciente de las cardiopatías isquémicas, nos condujeron hacia nuevas exigencias en lo que respecta al contenido vivencial, la formulación verbal y la autenticidad contratransferencial durante la comunicación de nuestras interpretaciones al enfermo somático. De este modo, paulatinamente, llegamos a experimentar el sentimiento de que algunos de nuestros pacientes graves "responden" a nuestro tratamiento; su mejoría somática adquiere la apariencia de la continuación de un diálogo simbólico inconciente similar, aunque distinto, de aquel otro que estamos acostumbrados a presenciar durante el psicoanálisis de los enfermos neuróticos. Nuestra convicción va creciendo, pero nuestro "diálogo" es todavía un balbuceo torpe, y nuestra convicción deberá esperar aún mucho tiempo para adquirir la fuerza con la cual hoy creemos en otras terapias. Eso sólo podrá llegar a suceder como resultado de una labor ampliamente compartida. Entonces habremos retribuido a Weizsaecker, mediante la materialización de su sueño, una parte del legado que en nuestras manos dejó.

Notas

1 El texto del presente capítulo formó parte del libro Viktor von Weizsaecker zum 100, Hahn, P.; Jacob, W. (comps); Geburststag. Springer, Berlín-Heilderberg-Nueva York, pp 221-231, 1987, sólo se han modificado los datos que debían ser actualizados.

2 Luis Chiozza (1983a), Psicoanálisis: presente y futuro, Edit. Cimp, Buenos Aires.

3 Victor von Weizsaecker, Natur und Geist, Göttingen, pág. 138, 1954.

4 Sigmund Freud (1910i), "Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicopatógenas de la visión", en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Tomo I, págs. 982-985.

5 Víctor von Weizsaecker (1941), Problemas clínicos de medicina psicosomática, Ed. Pubul, Barcelona, 1946

6 Víctor von Weizsaecker (1947), Casos y problemas clínicos. Lecciones de Antropología Médica en la Clínica de Medicina Interna, Pubul, Barcelona, 1950.

7 Sigmund Freud (1940a [1938]), Compendio del psicoanálisis, en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Tomo III, págs. 1009-1062.

8 Luis Chiozza (1998f [1976]), Cuerpo, afecto y lenguaje, Alianza Editorial, Buenos Aires.

9 Sigmund Freud (1950a [1887-1902]), "Fragmentos de la correspondencia con Fliess" y "Oríge nes del Psicoanálisis. Proyecto de una psicología para neurólogos", Amorrortu Editores, Tomo I.

10 Luis Chiozza (1998a[1970]), Psicoanálisis de los trastornos hepáticos, Alianza Editorial, Buenos Aires.

11 Una versión resumida de esas historias fue publicada en ¿Por qué enfermamos?, Luis Chiozza (1997a [1986]), Alianza Editorial, Buenos Aires.

 

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