Un lugar para el encuentro
entre medicina y psicoanálisis
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¿POR QUÉ SE ENFERMAN LOS NIÑOS?1

L. Chiozza, S. O. de Aizenberg

La enfermedad de un niño despierta, generalmente, un senti-miento de urgencia en cuanto a la nece-sidad de liberarlo de su sufrimiento. Los padres habitual-mente se preguntan, con temor o con angustia, ¿por qué pasa esto? El niño, lo diga o no lo diga, aún siendo muy pequeño, siempre se pregunta lo mismo.

La necesidad de encontrar una explica-ción y una respuesta acerca de las causas de la enfermedad, suele ser, en los pa-dres, la parte más conciente de los interrogantes. Pero su-cede, además, que un niño enfermo siempre establece (y su familia también) algún tipo de relación entre sus síntomas, sus sentimientos, y las dificultades que han surgido, de un modo o de otro, precisamente en ese momento de su vida junto a las personas que comparten su mundo afectivo.

Las consecuencias psicológicas que una enfermedad física puede desencadenar en un niño (angustias, temores nocturnos, depresiones, etc.) son, hoy, ampliamente conocidas. No ocu-rre lo mismo, sin embargo, con los motivos afectivos profun-dos por los cuales se puede enfermar físicamente. Aunque es muy común que esos motivos se presenten fugaz-mente en la conciencia de quienes conocen bien la situación que el niño vive, suelen ser remplazados inmediatamente por argumentos "más razonables".

 

La idea de que la psicoterapia puede ayudar a resolver algu-nos trastornos que se presentan en la infancia (tales como fobias, obsesiones, robos, mentiras exageradas, dificultades de crecimiento o de aprendizaje, etc.) se ha ido introdu-ciendo, cada vez más, en la mente de padres, médicos y edu-cadores. No sólo el psicoanálisis o la psicología, sino tam-bién la pedagogía, la sociología, la literatura u otras for-mas del arte que impregnan la cultura de nuestra época, nos transmiten la idea de que se trata de síntomas que tienen significados ocultos, y que, una vez descubiertos, nos otor-gan un camino para obtener el alivio o la desaparición del trastorno.

Cuando un niño miente, por ejemplo, puede estar expresando, con su construcción fantasiosa, el deseo inconciente de transformar en placentero, algo que siente penoso en su vida, algo que no puede aceptar o tolerar. Cuando un niño roba puede estar expresando una necesidad de amor, insatisfe-cha, que él mismo ignora. La necesidad, por ejem-plo, de que alguien se interese por él, que lo quiera con un intenso deseo y que lo "tome", así como él, en su conducta sintomática, se apodera con irresistible deseo de las cosas que sustrae.

Los trastornos de conducta suelen ser "soluciones" que el niño encuentra para po der expresar dificultades. Desde este punto de vista su comportamiento es una forma de "lenguaje", un intento de comunicación que sólo puede realizar de esa manera.

Pero el panorama actual, en ese campo, no sólo se limita a los trastornos de conducta. Los desarrollos de la medicina psi-cosomática, además de enriquecer, desde una nueva pers-pectiva, el campo médico y las vías de abordaje de las en-fermedades de los adultos, amplían enormemente las posibilida-des de la acción te rapéutica en los niños.

Aunque son todavía muy pocos los que se atreven a pensar que estos fenómenos intervienen en todas las enfermedades, casi todo el mundo acepta, actualmente, que una enfermedad del cuerpo puede llegar a constituir un modo singular del len-guaje y de la comunicación. Un modo cuya singularidad con-siste, precisamente, en que el enfermo mismo no tiene con-ciencia acerca de aquello que intenta comunicar.

La discusión actual, entre los especialistas en estas cues-tiones, pasa por otro terreno.

Muchos, siguiendo una línea de pensamiento cuyo represen-tante más conocido es el francés Pierre Marty2, piensan que la dificultad para expresar o comunicar concientemente los afectos conflictivos proviene de un déficit en la capacidad de "mentalizar" necesidades y excitaciones corporales inconcientes.

Otros, desarrollando ideas que se inician con Freud, Groddeck y Weizsaecker, sostenemos3 que tal "insu-ficiencia" es aparente y que constituye una "actitud" que adopta la conciencia frente a determinadas fantasías que no puede to-lerar, fantasías que, aunque inconcientes, poseen un signi-ficado afectivo o "mental".

Esta segunda posición teórica nos permite comprender un he-cho que la observación atenta corrobora una y otra vez: los distintos trastornos corporales corresponden a significados psicológicos inconcientes que son particulares de cada tras-torno.

Que un niño se resfríe, por ejemplo, no es lo mismo, en lo que respecta a los significados emotivos inconcientes de su trastorno, a que sufra una crisis asmática. (Tampoco es lo mismo, desde ese punto de vista, que padezca una psoriasis, una hepatitis, una leucemia, o cualquier otra enfermedad).

La fotografía de un niño resfriado se parece extraordinaria-mente a la fotografía de un niño que llora. La investigación psicosomática demuestra, concordantemente, que cuando un niño se resfría a menudo, es porque se encuentra embargado por sentimientos de tristeza que no puede tolerar y que, du-rante el resfrío, permanecen inconcientes.

En el asma, en cambio, los sentimientos comprometidos son otros. La tristeza se ha reprimido más profundamente; el llanto, para decirlo con una metáfora, "se ha metido en los pulmones" y se expresa como secreción bronquial. Pero, ade-más, el niño asmático vive atrapado por una fantasía inconciente que posee, para él, toda la fuerza de una realidad: está convencido, sin tener conciencia de ello, que alguna persona de su más íntimo entorno, sin la cual le parece que no podría vivir, lo amenaza con el abandono. Siente que de-pende de ella tan intensamente como dependemos, todos, del oxigeno que respiramos, pero al mismo tiempo experimenta, también de modo inconciente, que el vínculo con ella con-tiene todos los peligros de un contacto hostil. Con el es-pasmo bronquial se aferra al aire que respira y no lo deja escapar, pero ese aire, viciado, que ya no le sirve, que im-pide la llegada del aire fresco y necesario, funciona como una presencia asfixiante que restablece el círculo vicioso.

Comprender las distintas enfermedades físicas de la infancia como la expresión de distintas fantasías que no son concientes, nos enfrenta con una realidad cuya importancia, en los últimos años, se nos ha revelado cada vez con mayor clari-dad. Dado que esas fantasías se desarrollan en el vínculo con las personas del entorno, la enfermedad del niño, fun-cionando como el fusible de un circuito eléctrico, consti-tuye siempre el emergente de conflictos inconcientes que in-volucran a toda la familia.

Un niño, mucho antes de nacer, ya es hijo, nieto, sobrino o hermano. No sólo ocupa, desde entonces, un lugar en las fanta-sías inconcientes de ambos padres, sino también en una comple-jísima trama de emociones inconcientes en la cual par-ticipa, en mayor o menor grado, toda la familia. La observa-ción y el estudio de la conducta en los recién nacidos, de-mostraron que poseen una riquísima vida emocional, y que todo niño, aún siendo muy pequeño, no sólo recibe la in-fluencia de las fantasías inconcientes de las personas que lo rodean, sino que reactua sobre ellas mediante un tipo de "diálogo" cuyas "palabras" se construyen con las funciones del cuerpo.

Notas

1 El contenido del presente apartado corresponde a un trabajo que publicamos en el diario La Nación de Buenos aires, el 8 de Abril de 1992.

2 Marty, P.; M'Uzan, M.; David, C. (1967), La investigación psicoso-mática, Luis Miracle, Barcelona.

3 Luis Chiozza (1997a [1986]), ¿Por qué enfermamos?, Alianza Editorial, Buenos Aires.

 

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