ARTÍCULOS DE VICTOR VON WEIZSAECKER 1
LA HISTORIA CLÍNICA 2- 3- 4
o es tan infrecuente que un campesino acuda al doctor y no al médico. Le duele "ahí en el vientre 5"; quiere saber "qué es eso en realidad". Ni siquiera pregunta qué es lo que se puede hacer para combatirlo; solamente quiere saber lo que significa. El joven doctor revisa su vientre y los demás órganos, pero no encuentra nada. No tiene experiencia; entonces le dice al campesino: "aquí no hay nada". Éste se va con una duda más profunda. Es que él tiene razón, y el doctor no tiene razón; hay algo allí. El doctor debe encontrar el nombre para ello; pero ha de ser el correcto. Cuando algo todavía no ha encontrado el nombre adecuado anda errante e inquieto por el mundo hasta que lo encuentra. ¿Cómo querrá el campesino encontrar qué es lo que le duele? En él la necesidad de saber "lo que es" era efectivamente más fuerte que la necesidad de librarse del dolor. Esto tiene su importancia; pero el doctor no comprendió lo que significa. Significa que el mismo campesino puede hacer una diferencia, que el doctor todavía no ha comprendido del todo, a saber, que algo puede doler aunque no haya ahí "algo verdadero" 6. Esto lo había experimentado oscuramente el mismo campesino, que siente algo diferente de lo que sentiría si tuviera ahí un tumor o "algo verdadero". Es por esto que la necesidad de saber era más fuerte que la necesidad de un remedio o del bisturí.
Es claro que una escena como ésta puede tener también un aspecto completamente diferente en el caso que no se presente algo "verdadero". Que pueda, sin embargo, ser así como se describe acá, eso tiene su importancia. No queremos describir aquí las múltiples posibilidades, sino que queremos captar algo esencial. Lo esencial es que una persona, que no se puede ayudar a sí misma, puede tener la necesidad de acudir al doctor, en su calidad de doctus, y que acude más por razones del saber, que del ayudar. Actúa como si supiera que también el saber puede ayudar. Nunca oyó tal afirmación, nunca pensó tal pensamiento; nunca se le hizo evidente, en el sentido psicológico, que también la duda puede ser aquello que conforma un padecer; resulta, además, que le duele. A pesar de ello puede ocurrir una escena como ésta, y precisamente por eso resulta instructiva. Se refiere a la esencia de una cosa.
Naturalmente el campesino acude a un segundo médico, a uno de más edad. Resulta, entonces, que el primer médico efectivamente había tenido razón; no se encuentra nada en los órganos. El segundo médico descubre rápidamente que el campesino está envuelto en un juicio por una parcela de tierra. Entonces dice: "Los dolores proceden de la alteración; no debes alterarte". El campesino no comprende esto, no puede entender cómo esto podría producir los dolores. Tiene también mucha razón en pensar que de esta manera todavía no se han explicado los dolores. ¿Cómo habría de arreglárselas, además, para no alterarse a raíz de la injusticia?
De una tercer consulta médica resulta que los dos antecesores no se habían equivocado del todo. Pero este tercer médico comprende más: el hecho de que el campesino esté litigando por un terreno que no vale el dinero que está gastando, procede de razones más profundas. Ya de chico había sido un amante de la justicia, dado que un padre severo no lo había dejado manifestarse. De esta manera se había acostumbrado a una impotencia obstinada; pero ahora debe finalmente demostrarse a sí mismo que alguna vez también él puede ser el más fuerte; el lit igante contrario representa en realidad a su padre, la parcela de tierra en realidad a su madre, que ya en aquel entonces siempre le era quitada por el padre. Como vemos, este médico ha aprendido a pensar analíticamente. Sin embargo, no tiene tiempo y opina que no es posible realizar un tratamiento anímico analítico. Es así como no le dice nada al campesino y le da una receta, junto a una promesa de curación: de que esto va a ayudar. Él sabe que ha impresionado al paciente, y que a veces una receta puede ayudar, cuando el paciente tiene fe en lo que el médico no tiene fe, dado que el médico le parece el adecuado es decir que el medicamento será el adecuado para su padecer.
El campesino espera realmente que la receta le ayude. Este médico le ha impresionado más que los anteriores. De hecho mejora considerablemente, pero sólo por un tiempo. ¿Qué ha sucedido? Cuando el campesino acudió al tercer médico, había olvidado que originalmente sólo había querido saber "qué era eso en realidad". En su lugar ha aprendido a imaginarse que había estado buscando un remedio para la enfermedad y no solamente el nombre de la enfermedad. Aquí se esconde, sin embargo, un error que tomará su venganza, que ya se está vengando en el momento en que retornan los dolores. Él creyó creer que el remedio del tercer médico podría ayudarle, y se había olvidado que esto no había sido lo que originalmente le había preguntado al primer médico. Efectivamente había olvidado esto; su fe era, por lo tanto, sincera y, sin embargo, equivocada. Justamente por ser sincero el campesino no reencuentra ahora el camino hacia su primer pregunta. Está atrapado, por así decir, en un error de creencia, que todavía se puede describir más exactamente. El doctor se le ha vuelto médico. En su primera visita creía en el saber, en la tercera aprendió a creer en el portador del saber, en el médico. Dado que el tercer médico le había impresionado a pesar de todo, se volvió infiel a sí mismo y a su fe en el saber. Sin saberlo creía ahora en la persona respectiva, y, finalmente, aprendió también a dudar de ella. Ya que los dolores recién ahora se vuelven intensos. Resulta que todavía no había encontrado al médico adecuado. Éste, se dice él ahora, parece ser difícil de encontrar; mi caso parece ser un caso especial, y mi enfermedad una enfermedad poco común. Allí, en la otra ciudad, se encuentra un médico muy especial. Acude ahora a un homeópata muy famoso. Esto es por supuesto totalmente diferente. Aquí se deberá decidir todo. Y de hecho muchas personas han vivido estas odiseas y han encontrado finalmente ayuda aquí. Esto también le sucede al campesino. Se cura por meses enteros. También por esa época había perdido irremediablemente el juicio.
Recién después de varios años lo volvemos a encontrar. En el interín le sucedieron muchas cosas. Se había enfermado repentinamente de un grave cólico vesicular; poco tiempo después fue operado, el cirujano encontró una infección y cálculos. Le dijeron que las molestias anteriores ya provenían también de los cálculos. Entretanto se habían muerto su padre y su madre. No le iba mal, ya no tenía dolores, pero era una persona descontenta, rodeada de contratiempos. Esto no nos interesa; ya no le vale la pena gastar el dinero para consultar a un médico.
Solamente un médico muy versado puede analizar completamente todas las etapas de esta historia clínica, e interpretarlas correctamente en relación al estado de nuestro conocimiento. Sabe que trastornos y dolores en las vías biliares dependen de factores psíquicos. Sabe que la disposición neurótica tiene siempre sus fundamentos en el desarrollo temprano de la psique infantil. Sabe que ninguno de estos médicos ha cometido un error "en el arte", en el antiguo sentido de la palabra y, también, que si todo el arte de los cinco médicos hubiera estado reunido en el primero, el destino del campesino probablemente hubiera sido más o menos el mismo. Si posee un pensamiento moderno, le reprochará a los tres primeros médicos, a cada uno de diferente manera, de no haber introducido una psicoterapia enérgica, intentando, de este modo, evitar los espasmos en las vías biliares, la infección que representa un peligro mortal, como así también el interminable proceso judicial y con ello el resultante estado de amargura. Esto es posible, pero no se podrá producir una prueba exacta de aquello que hubiera sucedido. Un médico moderno también se inclinaría a pensar que no es casual que una persona con estas características sufra de la vesícula; ambas cosas son más bien la expresión de las mismas características personales, y la expresión enviada en dos direcciones diferentes de la misma cosa. Estos médicos pertenecen, evidentemente, a diferentes generaciones, a diferentes direcciones. Al fin de cuentas el asunto evolucionó todavía de manera bastante aceptable. Hubiera podido evolucionar, quizá, mucho mejor o, con un cirujano peor, todavía de manera mucho más dramática. Sin embargo, esto se podrá decir de la medicina de todos los tiempos.
Nuestra historia es atravesada todavía por un hilo rojo, que no puede ser analizado por el médico instruido desde la posición científica. Seguramente algo todavía no estaba en orden aquí, algo por lo cual, según parece, no se puede hacer simplemente responsable al médico y a su ciencia. Para ello se deberá acusar al enfermo. Se trata de su infidelidad con respecto al primer propósito, el que tenía cuando acudió al primer médico: quería preguntar solamente: "qué es esto en realidad". En aquel entonces este médico le hubiera podido decir: "Tu mismo sabes lo que es. Es la necesidad maliciosa y tonta de litigar; si lo dejas inmediatamente, te curarás". En esa época todavía existía la esperanza de que el campesino se diera cuenta que él mismo ya había pensado en esto, pero que quizás haya sido demasiado cobarde, demasiado miedoso y quizás objetivamente demasiado inseguro. Más tarde olvidó esto, y con el segundo médico este camino ya se encontraba a medias obstruido. El segundo médico se expresó mal al decir que se debía a la alteración que le provocaba el juicio. Había encontrado un nombre, pero era el equivocado. Es que el juicio lo alteraba porque era injusto y sin sentido, y porque él hasta lo sabía en un rincón alejado de su alma. Es así como el tercer médico ya se encontró con un muro de total olvido con respecto al origen: con una represión. Su medicamento, que debía actuar en sentido "sugestivo", le confirmó al campesino su enfermedad y reforzó la represión: sobre todo porque el recurso 7 era eficaz, y la inversión de la marcha, que hubiera podido curar, no lo era. Es así como un caso esencialmente moral se transformó en un caso esencialmente médico.
La expresión "caso moral" es, sin embargo, sólo provisoria y aproximadamente correcta, así como la formulación médica sólo es aproximadamente acertada. La situación de origen se hace interesante de este modo, porque se la puede comprender, a primera vista, como transición misteriosa de la esfera moral hacia la esfera natural o médica. Aparentemente se anuncia aquí un gran tema que, sin embargo, permanece por el momento oscuro y enigmático. Es que la psicología, así parece, recién puede comenzar cuando ha finalizado la moral, y viceversa. Aquí nos encontramos, sin embargo, con una importante transición o relación, que, como se percibe al indagar en las profundidades de una historia clínica, pertenece a toda historia clínica. Para encontrarla en todos los casos, es necesario contemplar el destino de un ser humano con respecto a todas sus relaciones con su mundo circundante, y con respecto a todos los encadenamientos con la historia. Hay que estar abierto a la plenitud de lo real. En este caso se hace evidente a la mirada el reconocimiento objetivo y universal, de que aquel caso particular del campesino representa un ejemplo de una ley de la vida. Por supuesto que aquí, en el caso de nuestro campesino, existía una reacción específicamente neurótica al comienzo de la exposición. Se trata de una circunstancia casual, que aquí ha sido elegida a propósito, porque los hechos se sucedían de tal manera, que era posible abarcarlos escénicamente. Con el segundo médico hubiera sido necesario de todos modos una fuerza mucho mayor, por parte del campesino, para mantener la duda original vinculada al conocimiento, en relación a la tentación que representaba un tratamiento por medicamentos que no proporcionan un saber. Pero también el segundo médico ya se encontraba en una situación más difícil que el primero, y necesitaba un mayor poder de la terapia, una mayor riqueza de palabras y evidencias, para provocar la inversión de la marcha. Todo esto es válido en mayor medida aún para el tercer y cuarto médico; con el quinto se llega a una catástrofe de peligro mortal y la trayectoria del destino desemboca en una escena que, por sí misma, y separada de la historia previa, moralmente indiferente, resulta definitivamente naturalizada. El historiador tiene el aparente derecho bien establecido de tomar esta escena final como si fuera la primera. De esta manera la historia del mundo comenzaría, por así decir, con la enfermedad y no con el pecado original. Podemos, sin embargo, dejar una vez de lado el orden mitológico y hacer valer solamente a nuestro paciente.
Interpretación
La física propone un axioma que resulta por cierto convincente: allí donde se encuentra un cuerpo no puede estar simultáneamente otro. También allí donde un hombre está parado no se puede encontrar simultáneamente otro; le obstruye el camino al primero. Sin embargo, resulta más difícil tomar conciencia de que un hombre que se encuentra allí, también se obstruye el camino a sí mismo; que esto pertenece a la verdadera esencia del ser humano, por lo cual se diferencia de cualquier otra cosa que fuera sólo cuerpo. El hecho de obstruirse el camino a sí mismo es quizá un secreto de su inquietud; el ser humano no puede permanecer quieto. El movimiento del hombre es explicado frecuentemente de otra manera, a saber "que responde a un llamado". Va, porque es impulsado, o porque es atraído por algo externo a él. De este modo le cede el lugar a otro y desplaza al mismo tiempo a otro. Con esto no se hace evidente, sin embargo, que se obstruye el camino a sí mismo. La importancia de esto recién se hace patente, cuando ocurre el movimiento sin que el hombre se mueva del lugar. Tal situación no la llamamos mala, pero también la experimentamos como algo que no debiera ser, pero que de un modo diferente a "lo malo". El ser humano que durante días o semanas enteras permanece inmóvil en el mismo lugar, o aquel que continuamente pisa en el mismo lugar, es considerado un enfermo mental. Aparentemente se trata de un ser humano que no se puede decidir por algo nuevo. Cada acto motor exige esto de él. Si, por ejemplo, está parado allí y se quiere ir, deberá decidir si quiere comenzar con la pierna izquierda o con la derecha. Tal determinación inocente no es tomada, sino que más bien le sucede. Se trata, sin embargo, también de una decisión. Si su cuerpo, que después de todo le pertenece a él, y que es el suyo, no la puede tomar, está enfermo. Entre este caso y aquel del campesino que no se pudo decidir a abandonar el juicio absurdo y pendenciero, hay muchos puntos de transición. A lo largo de esta escala nadie es capaz de indicar el lugar donde termina la coerción, y en qué lugar comienza la libertad. Para tener voluntad deberá estar posibilitado 8 para tener voluntad, y de esta manera la voluntad depende de una condición de la posibilidad. No puede tener voluntad para todo. Lo que no puede lograr queriendo, lo realiza bajo coerción (ya se trate de un hacer o de un dejardehacer). Indudablemente el campesino recién llegó a estar envuelto en tal coerción. Hubo un tiempo en la cual hubiera podido dejar de litigar, y luego hubo un tiempo en el cual él solo ya no lo hubiera podido dejar. En el momento que sintió llegar esta segunda época acudió al médico para encontrar a alguien que sabe. Su desgracia consistió en encontrar solamente a alguien que ayuda. Su desgracia fue, por otro lado, que, además, comenzó a confiar en una personalidad, en lugar de con fiar en un saber. De esto todavía se hablará más adelante.
De ahora en adelante se obstruye el camino a sí mismo, ya que pierde algo del campo de su conciencia. Se vuelve ignorante respecto de algo que anteriormente sabía, y ha perdido el hilo a lo largo del cual hubiera podido avanzar. Es como si de algún modo estuviera pisando en el mismo lugar. También al perder el juicio se volvió otra persona; sólo que ahora ya no tiene dolores, un síntoma ha desaparecido. En otro caso esta "curación" también podría haber sido provocada por un suceso afortunado. Ambas cosas no llegaron a tiempo, y en cierto sentido la catástrofe y la operación también llegaron demasiado tarde. El síntoma ha desaparecido, pero el carácter malicioso y ensañado permanece: como carácter pisa en el mismo lugar. Junto al deseo de saber también ha desaparecido la posibilidad de cambiar. De cualquier manera, toda vida transcurre de este modo, también aquella que algún observador denomina "armónica". Lo paradójico no consiste en que constantemente se escape algún saber de la conciencia, sino que esta pérdida de saber conforme uno de los lados de la formación de la personalidad. Lo que importa ahora es la clase de conocimiento que la persona en particular pierde en cada oportunidad y, en resumidas cuentas, de la clase de conocimiento de la cual se trata en realidad aquí. De esto también depende, aparentemente, si se origina una penuria 9 que le llega al médico que quizás todavía no ha perdido un determinado saber y que lo puede brindar nuevamente. Naturalmente habrá ocurrido también en el médico idéntico proceso de olvido formativo; probablemente dependerá entonces, de que nuevamente, o todavía, posea algo que el otro ha perdido. La frase "como que no volváis a ser como los niños" no significa que obtendrá ayuda el ignorante como tal, sino que, por el contrario, deberá volver un saber perdido el de la niñez allí donde reina la preocupación angustiosa. Esto también es válido para la penuria que lleva al arqueólogo, al físico, al biólogo, hacia aquella parte de sí mismo que él ha "olvidado". El apremio y la penuria de experimentarlo nuevamente es la enfermedad de la existencia que se ha de aliviar.
Esta pérdida de saber propia del ser humano representa, entonces, aquello por lo cual éste se obstruye el camino a sí mismo. A ella se debe la inquietud que no lo deja avanzar, que permanece, por el contrario, como la inquietud del péndulo en la maquinaria del reloj. Es así como se transforma en enfermedad esta tranquilidad de quien pisa en el mismo lugar, de quien ciertamente sabe lo que sabe, pero de quien no sabe, que cualquier saber al mismo tiempo representa un nosaber. Es por esta razón que el médico tuvo que volver a ser un doctor, un docente, una persona que se dedica a enseñar. Quizá la expresión de que toda penuria representa un deseo de saber, ya contiene una corrección de la afirmación de que la penuria es provocada por la pérdida de un saber; puesto que: lo que se perdió ¿consistía efectivamente en un saber? Y el saber recuperado, ¿es idéntico al saber perdido? Lo único que resulta cierto es que la penuria contiene este preguntar, que el saber produce alivio y que, de este modo, todo padecer contiene una pregunta por la verdad, y en toda ayuda podrá encontrarse una respuesta a ella. Nuestras enfermedades tienen algo que ver con nuestras verdades. El dirigirnos hacia la enfer medad puede contener también curiosidad, un juego con la verdad. Nuestro apartamiento de la enfermedad puede contener miedo a la verdad, es decir, en aquel juego y en este miedo hay siempre una secreta referencia a la verdad.
Aquí nos encontramos nuevamente con aquel tema inquietante: ¿de qué se trata esto, a través de lo cual la penuria no solamente se constituye en una pena, sino también en un deseo de saber? ¿En qué punto se relaciona el hecho de estar enfermo con el hecho de estar seccionado de la verdad o del entendimiento? Sobre esto ciertamente habrá que volver a reflexionar. Se podrá tratar el tema de mane ra psicológica o especulativa, de manera moral, teológica o filosófica. Sin embargo, el que se pueda hacer todo esto significaría solamente que el encadenamiento entre penuria y el deseo de saber se confirma siempre de nuevo: todas esas formaciones de pensamiento por el momento solamente repetirán el secreto sin revelarlo. Al responder de este modo la pregunta surgida de la penuria, se hará, sin embargo, una experiencia diferente. Aquellas respuestas psicológicas, morales o teológicas, podrán eliminar la penuria pero esto no es obligatoriamente así . Se hace evidente, entonces, que estas respuestas no son suficientes; ahora se quiere saber de qué dependía en realidad; si tales respuestas "conforman", "ayudan", "curan", "calman", "liberan", o si no hacen todo esto. Se nota que todavía debe haber algo más ahí, que vigila si todo este pensar, este tener fe, este entender, este creer, es destinado realmente a la penuria o solamente a sí mismo.
Todos los que enseñan, informan, los que convencen, los que persuaden, saben por cierto que el oyente acepta la verdad o la rechaza. Allí donde escuchan varios casi siempre se encuentran algunos que no aceptan. Pero el interlocutor frecuentemente no sabe que entre los oyentes existen nuevamente aquellos, a quienes no los abandona la penuria, a pesar de la aceptación. Estas mismas personas que aceptan, no saben tampoco claramente que a ellos les sucede algo distinto, que a aquellos que también aceptan, y con ello se alivian de una penuria. Si todo esto sucede entre médico y paciente, y si la penuria consiste en una enfermedad, entonces se constituye el caso como un caso subordinado a la terapia. El acento no recae aquí sobre el enseñar y el saber, como sucede en la escuela, sino sobre el ayudar y la desaparición de la penuria: esto es ahora lo más importante.
La historia clínica propiamente dicha
Alguien podría decir que todos aquellos médicos, excepto el primero y el último, habían actuado equivocadamente; que deberían haberle dicho al campesino: tu no estás enfermo, y yo no soy la persona adecuada para ti. El campesino, al menos, dice: El único que me ayudó fue el cirujano. Y tiene razón.
Pero el cirujano, quien efectivamente ha cumplido con su deber, y quien quedó de esta manera tranquilo con su conciencia, es solamente un funcionario, quien ya no puede ni quiere restablecer el saber perdido, sino quien lo decide definitivamente. Esta última escena se ha desarrollado en un campo de batalla en el cual se luchó por más, y por otras cosas, que por los órganos sanos, y en el cual ya yacen los cadáveres del saber, cuya supervivencia no significa honra, sino vergüenza, para una conciencia agudizada. El paciente también ha recibido con ello paz para su conciencia, pero ha perdido para siempre una parte de su antiguo saber. Ya no puede retornar a él del mismo modo que tampoco puede recuperar el órgano que el cirujano le ha extirpado. También se puede decir: la última escena en la cual se le ayudó verdaderamente al paciente, en realidad sólo liquidó el caso. Es así como el cirujano le devuelve al enfermo una vida mutilada, que así como es ahora, no debería ser. Ciertamente: mientras lo mantiene con vida, le mantiene también una nueva chance: la de decidir esta vida nuevamente, en caso de que se aproximen nuevas decisiones. Como funcionario de los restantes órganos sanos, les ha ayudado a éstos a hacer valer su pleno derecho: el de estar ahí hasta una nueva decisión. Esto le otorga derecho al cirujano y le otorga derecho a aquel enfermo, que quiere ser ayudado y que no pregunta por la verdad cuando acude al médico. ¿Qué le importa al médico la verdad del enfermo, qué le importa a éste la verdad del médico? Quien habla así se sustrae, sin embargo, a la verdad misma, y quien solamente desea escuchar de nuestra historia clínica la última escena, no podrá, a pesar de todo, dejar sin efecto las anteriores. El campesino hubiera necesitado a tiempo una persona con saber, un doctor, quien, en lugar de querer quitarle su padecer, le hubiera dicho, en primer lugar, la palabra adecuada y le hubiera dado el nombre adecuado. ¿O se pretende combatir y negar todo tratamiento realizado por medio de palabras? Esto no tendría ningún sentido. Cada médico, aunque lo niegue, evite o ni siquiera lo sepa, posee poder de palabra. Nuestra historia clínica representa una prueba mejor que cualquier otra: el efecto bueno o malo de la palabra es inevitable; está siempre presente y forma algo en el enfermo agregando o sustrayendo, también doblando o estirando, elevando o descendiendo, la trayectoria de su destino. ¿Qué cuerpo pesado es capaz de sustraerse al efecto gravitacional con respecto a cualquier otro? Con las palabras no sucede otra cosa diferente.
Todos aquellos médicos tenían entonces un derecho, y dado que suponían haber sido consultados, también tenían el deber de tratar. También el primero realizó una acción, ya que las consecuencias de su omisión quizás hayan tenido, en el destino y en la historia del enfermo, mayores y más graves consecuencias, que cualquier otra forma de actuar. Justamente su actuación fue la que trajo consecuencias más graves, en la medida que lo estimuló al campesino, a través de la palabra: "aquí no hay nada" hacia una contradicción, con la cual niega más ahora, que antes de la consulta. Al principio niega solamente que en él esté todo en orden, y deja con ello completamente abierta la posibilidad de que esto pudiera depender de él mismo. Todavía admite que el error yace dentro y no fuera de su arbitrio. Esto cambia después de la primer consulta. La negación del error realizada por la persona a la cual le tuvo que dar su dinero, promueve, sin embargo, en él una enemistad, un odio oculto, puesto que tenía derecho a su ayuda. El le había, por cierto, pagado al médico. Hasta este momento su odio solamente había negado el derecho del litigante contrario, pero su odio alcanza ahora también al médico, quien no le deniega menos su derecho. Es así como agrega también a la negación las manifestaciones del médico: ¡seguramente que le pasa algo en el cuerpo! A través de este rodeo que pasa por el odio y la asociación del odio, se va concentrando su conciencia de sufrimiento, hasta llegar a la enemistad contra un poder ajeno: así como contrincante y médico son poderes ajenos, también lo es ahora el propio padecer ligado a aquellos. En la medida que ahora su padecimiento interno se transforma para él en un padecimiento externo, puede llegar a suceder que se vuelva incapaz de criticar al médico nuevo, quien no le quita su padecimiento interno, sino quien, en su lugar, "trata" su padecimiento externo, cuidando y fomentando de esta manera el fruto de su odio. Toda persona razonable está ahora de acuerdo con él, que él es un pobre enfermo, a quien le debe pasar algo en el cuerpo y el desenlace de la infección les da la razón. De esta manera la historia natural objetiva es aquello que representa la cáscara que recubre la verdad relatada de lo sucedido y lo que finalmente castiga, en vista de todas las mentiras, a aquellos que sólo quieren enterarse de una historia natural objetiva y que son ciegos a una verdad que se encuentra, o que, más bien, opera dentro de esta historia.
Es así como esta verdad de la historia clínica había sido la verdad propiamente dicha, hasta el momento en que se tuvo que llamar al cirujano, ya que toda la realidad de la situación se había trasladado a la amenaza corporal de la vida. Hablamos entonces de las figuras de la historia clínica propiamente dicha, en contraposición a la historia clínica externa o de las ciencias naturales. El médico se encuentra con el enfermo, tanto en el estadio "propiamente dicho", como en el de las ciencias naturales. Mejor dicho: detrás del proceso natural que es aprehendido científicamente, a través de los medios del conocimiento objetivo, y también es (por parte del enfermo) pensado de manera objetiva, se desarrolla continuamente la historia clínica, en la cual esta aprehensión y este pensamiento constituyen precisamente una parte inseparable de la historia del enfermo. La posibilidad de su aprehensión y su conceptualización aparece en ellos mismos como poder histórico de la enfermedad, empeorando o curando, según la dirección que pudiera tomar. No tiene ningún sentido hablar, en el caso de la historia clínica propiamente dicha, de un diagnóstico objetivo que acompañe a la terapia, de un reconocimiento, al margen de un tratamiento, ya que más bien todo reconocimiento (oculto o manifiesto) ya constituye un tratamiento (correcto o incorrecto). Cuando se cree que un médico puede mantener en silencio su reconocimiento y limitar su tratamiento a acciones audibles, visibles y sensibles, puede dar la impresión de que es posible reconocer, sin al mismo tiempo tratar. Pero el callar es tan efectivo como el hablar, el omitir tanto como el hacer. Y todo esto también es válido para el enfermo, para la conversación que mantiene consigo mismo, para su actuar sobre su propia persona.
¿Cuál es ahora el camino para llegar a la verdadera experiencia? Tal camino es la camaradería itinerante entre médico y enfermo. A través de su monografía se revela lo que jamás puede ser representado objetivamente, lo que más bien permanece siendo un devenir. Esta monografía siempre contiene solamente estas historias clínicas individuales. Pero no habla de la enfermedad, no habla de la historia natural de este caso especial, sino de su más intensiva, extrema, auténtica y verdadera realidad para la vida de esta persona o para la muerte de esta persona. No consiste en la descripción de lo enfermo que sucedió objetivamente no es nosografía sino que consiste en lo relativo a la vida misma en el hecho de estar enfermo. Esta vida, ella misma, puede ser siempre solamente la vida de este ser humano real. Pero aquí no se trata de que sea único, inconfundible, real, sino que se trata de su realidad. Su carácter de individual, extraño, diferenciado, finalmente resulta ser siempre mucho más típico y sujeto a leyes de lo que queremos creer. Justamente sus rasgos, sus peculiaridades, la fecha, y toda la causalidad en la que se encuentra, es de poca importancia. Y aquello que en él es colectivo, generalizable, sujeto a leyes de la naturaleza y del alma, tiene valor cognitivo "para nosotros", pero no tiene valor vital para él. Su verdad no puede ser ni solamente individual, ni solamente general; ya que deberá ser válida para su realidad: deberá proporcionar un saber para su penar; como también le podría ayudar el quitar de su saber el penar.
Cualquier idea prejuiciosa acerca del hombre, cualquier recepción de una herencia sin propio esfuerzo, puede significar aquí, sin embargo, un robo al enfermo, una mera dominación extranjera, una autorepresentación por parte del médico y de su ciencia, y no un producto de la historia propiamente dicha del enfermo. Deberemos acercarnos a él de una manera tan silenciosa, expectante, receptiva, tolerante, como ninguna otra profesión lo podría exigir, y nos deberemos conducir de manera mucho más eminente aún, de un modo experiencial empírico, como ninguna otra ciencia lo sería capaz de hacer. Cada ciencia posee la dirección obligada de una pregunta, de una organización experimental, y cada profesión tiene la forma brindada por una costumbre trasmitida, por una tradición y por una institución. Puede por lo tanto suceder, y sucede continuamente, que en medio de esa forma brindada y el ruido que ella hace, se vuelva inaudible aquella pregunta hecha en voz muy baja, pero que puede ser la más importante. De este modo en el enfermo no puede resonar la pregunta, ni en el médico se puede hacer oír la respuesta. En este momento ambos se desvían de la historia clínica propiamente dicha, y fabrican juntos una artificial. Ejemplifican ahora una idea del hombre que, sin embargo, no es la correcta. La historia clínica propiamente dicha se transforma ahora en una historia clínica sujeta a la fatalidad, ya sea racional o metódica, o más bien irracional, discontinua e informe. Esto no significa que la inclusión del método y de la ciencia, y el salto fuera de ellos dirigido hacia un actuar afortunado, profano, genial o paradójicamente chapucero e intuitivo, sean un desvío con respecto a la verdadera hist oria clínica la terapia metódica, como así también la irregular, pertenecen necesariamente también a la historia clínica verdadera. Sin embargo esta desaparición de las verdaderas y fundamentales situaciones decisivas de la historia clínica, significa en todos los casos, un aumento del peligro, de la inseguridad, la exhortación hacia la cautela, y la consideración, la exhortación hacia el retorno al momento propiamente dicho. La total habituación al método, la total afirmación y certeza en formas de acción y tratamiento, ponen al médico y al enfermo frente al peligro decisivo de que se escurran definitivamente las posibilidades de lograr un éxito.
¿Cómo se podrán, entonces, educar a ambos para respetar la historia clínica, propiamente dicha; qué podrán hacer para permanecer cerca de ella, para volver a ella después de haberse desviado? El desvío con respecto a la verdadera historia clínica puede surgir tanto del cumplimiento, como del incumplimiento de los deberes médicos, de la fatiga o del exceso de fuerzas puestas en el actuar. El camino hacia ella no está señalado ni por un postulado ético, ni por uno energético. Ha de ser representado y puesto en evidencia algo real y no algo prohibido. Este es el primer problema que hemos de resolver. Finalmente lo "real" se muestra justamente como algo que es ofrecido. Esto real surge y se desenmascara, como ya se ha dicho, con mayor facilidad y claridad en una camaradería entre enfermo y médico. No se origina en las leyes de tiempo y espacio, causa y efecto, motivo y decisión, sino detrás de todas ellas. Pero no detrás de ellas, a la manera como en una tropa un hombre está parado detrás de otro; éste podría, de la misma manera, estar parado delante de él. Tampoco a la manera como alguien puede estar parado, sin que lo vean, detrás de un muro infranqueable; la suposición de que detrás de todo suceso patológico reconocible y detrás de todo actuar médico, todavía operan fuerzas vitales desconocidas, podrá ser cierta, pero esto no es lo que queremos decir. Cuando se dice, por ejemplo, que el médico sólo puede ayudar a la naturaleza, pero que curar se deberá curar sola, o cuando se opina que también en el médico se debe hallar todavía, aparte de lo sabido, aprendido y experienciado, una fuerza inabarcable, entonces no podemos justamente rebatir todo esto, pero tampoco lo podemos afirmar desordenadamente y sólo obedeciendo a un sentimiento a qué engaño, a qué fracaso estaríamos sometidos, si quisiéramos introducir verdadera y seriamente tales fuerzas oscuras o tales apremios inconcebibles en el armazón de nuestras reflexiones, de nuestro actuar. Tales suposiciones de impulsos vitales, autocuraciones, fuerzas naturales, mágicas o demoníacas, poseen por cierto, en determinada etapa de la experiencia, el rango de conocimiento útil. Pero ellas tienen, comparado con el conocimiento de las ciencias naturales, ni más ni menos derecho para expresar la realidad de la verdadera historia clínica. Cuando de ella se trata, deberemos apartarnos de aquel submundo subterráneo, mágico, demoníaco, vitalista, irracional, en suma, de cualquier submundo sustancial y seriamente considerado, que pudiera gozar del privilegio de quedar sustraído permanente e indefectiblemente de la luz y de la razón, y que poseyera entonces, un intocable lugar asegurado con respecto a los órdenes del espíritu. El misterio ateo de la pulsión o del apremio, y el de la fuerza creadora que fluye libremente, nunca podrán exigir un respeto y un sometimiento particular o especial. Sabemos que la entrega a tales poderes absolutos concede dicha, como su exceso significa miedo. Y sabemos que forma y ley pueden representar algo impuesto, como también algo prohibido: podrá tratarse de su cumplimiento, como también de su quebrantamiento. La facultad de conocimiento no nos ubica cual enemigo en contraposición a las fuerzas y pulsiones invisibles, o a las normas y leyes visibles, sino que está contenido en ellas: la auténtica inteligencia quiere lo mismo que ellas.
En el uso de esta inteligencia experimentan ahora el enfermo y su médico aquellas etapas de la experiencia que construyen la "historia clínica propiamente dicha". Por supuesto que el enfermo las puede atravesar también sin el médico; en ese caso él es su propio médico; una rara y valiosa capacidad para el encuentro consigo mismo: en la cual sin embargo no aprenderíamos nada fundamentalmente nuevo para nuestra tarea, en relación a lo que ocurre en la formación histórica más accesible y cotidiana en la relación de médico y paciente.
En una consideración como esta se deberá, sin embargo, partir siempre de la base que aquello que la ciencia ha promovido y el arte ha enseñado, también debe estar a disposición del médico; que él hubiera aprendido qué y cómo se podrá actuar con las hojas de la digitalis; cuándo y cómo una operación es posible, necesaria, conveniente o probablemente represente el mejor recurso. El pensamiento médico deberá ser desarrollado entonces trascendiendo el estado más exquisito de la teoría, y debe tenerse en cuenta como algo obvio, que con el conocimiento teórico de los procesos naturales y de los métodos de tratamiento comprobados, no se ha dicho todo. En una palabra: los límites de la medicina deberán ser corridos de tal manera, que también abarquen todavía el campo de la historia clínica propiamente dicha. No deberá existir padecimiento, penuria alguna que ésta no pueda abarcar. Deberá, al menos, educar espiritualmente en relación a esta enorme dimensión y deberá agudizar la mira, considerando la totalidad de aquello que pide ayuda. Deberá suspender momentáneamente las fronteras de las facultades y abrirse hacia la original unidad de toda penuria del ser humano. Puesto que solamente desde aquí podrá estar completamente abierta y libre para dejarse penetrar por la experiencia que hace surgir y comprender, detrás de las observaciones clásicas, el nódulo de la historia clínica verdadera y propiamente dicha. Esta experiencia y sus etapas no pueden moverse en relación a otros mandatos y leyes, que los de la vida humana en general, y solamente puede comprenderse la salud y la enfermedad desde una experiencia de la vida, no desde sí mismos. La historia de una salud se le parece más a la historia de un amor, de una obra, de una comunidad o de una amistad y le está más emparentada en su sentido, que por ejemplo al transcurso de una reacción química o al proceso de una excitación fisiológica. La salud tiene en común con el amor, la obra, la comunión y la amistad, aquello que es la afirmación, la dirección inequívoca que es imposible de ser revertida. No se puede ser médico y en algún momento, y en algún lugar, desvalorizar la salud y con ello la vida terrenal, y no resulta suficiente describir negativamente la tarea del médico como la lucha contra la enfermedad. De esta manera también se pueden expresar los errores de aquellos médicos diciendo: no tenían un concepto positivo de la salud, para reconocer la historia clínica propiamente dicha, que les hubiera permitido ser eficaces. No resultaba suficiente decir "no hay nada" o "solamente hay algo nervioso", etc.
Resumiendo podemos decir ahora también: ni el entusiasmo moral, ni la plenitud de la energía, ni el reconocimiento y la utilización de fuerzas o misterios vitales anónimos, que prescinden del uso de la inteligencia, ni el uso inteligente de conocimientos científicos naturales, podrán aportar la experiencia de la historia clínica propiamente dicha. Esta se fundamenta en el reconocimiento vivencial de la realidad del ser humano determinada por el espíritu. Todos aquellos medios del arte curativo racional o irracional, ya sea que se valgan de los medicamentos, de las fuerzas fisicalistas o de la palabra, tienen ciertamente, según las circunstancias, su lugar invariable en la historia clínica, pero no son ellos los que "verdaderamente" conforman esta historia, sino el acercamiento realizado a través de etapas de experiencia hacia la realidad vital del ser humano dotado de espíritu.
¿Cuáles serán estas etapas? Esto dependerá de la clase y de la dimensión del sufrimiento y de la clase y de la dimensión de la relación médica. El estado de carencia del ser humano alcanza desde la etapa de la duda en el saber, hasta la etapa de la pérdida del saber, desde la etapa de la limitación de la vida, hasta la etapa de la negación de la vida. Y en la relación médica se generan de esta manera las formas de protección, de sostén, de contraste, de complementación, de amor, de la verificación. En todos estos niveles de la experiencia del padecer, del enfermar y del curar, transita toda historia clínica, así también aquella que aquí sirvió de ejemplo.
Se trata entonces de figuras concretas de penuria, a las cuales corresponden figuras bien determinadas de la dedicación médica. El hecho de que esta dedicación provenga de la carencia y de la `penuria, le otorga esa posición particular con respecto a todo aquello que surge de la plenitud y del goce. Aquello que regala y embellece, lo que juega y se dedica a la poesía, no necesita de la ciencia, ni produce la medicina, sino que les huye. Solamente la carencia clama por estos dos, que de esa manera también llegan a tener estrecho parentesco: ciertas ciencias pueden ser consideradas como médicas, ya que surgen como consecuencia de un estado de carencia y estas ciencias se encuentran entonces más cerca de los medicamentos que de las artes.
Desde acá podemos precisar todavía más nuestro concepto de historia clínica. Los errores de aquellos médicos consistieron en apartamientos de la penuria propiamente dicha, y con ello también, en el mismo acto, en acercamientos a órdenes, valores o conceptos alejados de la penuria. El diagnóstico "no hay nada verdadero" significa un apartamiento de lo propiamente dicho, mediante una vuelta hacia una (en sí misma, es decir, objetivamente correcta) medida de la anatomía normal, que en ese instante no poseía un contenido de verdad médica. El diagnóstico "solamente nervioso" significa apartamiento de lo propiamente dicho, mediante una vuelta hacia una escala de valores que era políticamente válida y, en el interés de un propósito comunitario, eficiente, correcta, pero que, sin embargo, era médicamente errónea; así como Platón desaprueba el tratamiento médico de los discapacitados y con ello destruye, a través del orden político, el orden médico. El juicio "sólo imaginación" también puede representar un apartamiento hacia el orden de la teoría del conocimiento y, sin embargo, transformarse con todo, en boca del médico, en un desprendimiento de su categoría; al igual que en otro caso de enfermedad orgánica (como, por ejemplo, en el estado quirúrgico de nuestra historia) el diagnóstico "solamente trastorno nervioso", sería el desprendimiento hacia la categoría psicológica, y un apartamiento fatal de la ahora correcta objetividad médica anatómica. Vemos que el orden médico puede atravesar por todas partes el orden del estado, de la ciencia, de la teoría del conocimiento y de la lógica. Dado que la "penuria no conoce mandato alguno", y dado que exige el apartamiento de otros valores e intereses, puede entrar en irremediable contradicción con respecto a órdenes de otra procedencia. Desde aquí solamente se comprende que la verdad propiamente dicha de una historia clínica solamente se puede experienciar, no comprobar; solamente se puede formular en una interpretación, no examinar a través de una observación; no es demostrable a través de la suma observaciones singulares o de los juicios causales que unen a éstos. Puesto que todas las observaciones y juicios causales singulares pertenecen a un orden del conocimiento distinto a aquello originado por la experiencia de la penuria. Esto resulta válido tanto para el sistema científico natural de la medicina, como para el psicoanalítico; ambos crean diferentes órdenes y con ello también diferentes panoramas acerca de la realidad del ser humano que sufre. Pero ¿cómo podrán entrar en contacto con esa realidad? Precisamente sólo a través del contacto y sólo a través del sólocontacto: contacto sensible con naturaleza en espacio y tiempo, contacto espiritual con los seres humanos en sentimiento y acción. Esto es lo único que legitima su comprensión. Este contacto durante la experiencia representa entonces la vía regia hacia el mundo real, y a través de él, y sólo de él, tienen aquellas ciencias una participación en la historia clínica propiamente dicha, en el verdadero ser humano. En el momento en el que el espíritu que formula juicios se aparta del momento de contacto en la experiencia, y sólo representa al ser humano en el espacio como formación espacial, en el tiempo como proceso que transcurre; en que sólo lo piensa como alma, como yo o como carácter, en ese instante se origina una teoría equivocada del hombre. Es pensado, entonces, como un ser de tamaño, superficie, peso, función, pulsión, conciencia, propiedades y actitudes de todo tipo. Todas estas formas de conocimiento, en la medida que son transformadas en juicios ontológicos, al mismo tiempo también devienen juicios erróneos, representaciones equivocadas. Según ellos el hombre sería un ser limitado por espacio y tiempo; él es sin embargo ilimitado, tanto en tiempo como en espacio, y se constituye más bien él mismo en un límite. Según ellos el hombre sería también un ser de acuerdo a una cifra, tendría una conciencia de acuerdo a la identidad, como si él mismo no se dividiera y gestara, como si no creciera y se desintegrara, como si no se transformara. Se encuentra como una gaviota entre los elementos, ya sea elevándose en el aire, ya sea sumergiéndose en el agua, en realidad solamente rozando la superficie entre ambos. De esta manera el hombre existe entre la carne y el espíritu, a través de ambos, en ninguno; por doquier se encuentra uno a través del otro, nunca existe uno aisladamente. Es aquí donde surge entonces una teoría de la experiencia, cuyo "comienzo" deberá ser eternamente un comienzo a través del contacto de mano y ojo, de oído y alma; una teoría de la camaradería itinerante entre médico y paciente, no a pesar de, y contra la técnica y racionalización, sino a través de y con ellos. Se hará visible entonces el fenómeno original de todo suceso patológico: la relación entre enfermo y verdad, de padecimiento y saber. Podrá entonces superarse la visión todavía igualmente pagana de la enfermedad como lo malo, ajeno, casual, como lo enviado por el "Dios" de la necesidad o por el mago de la casualidad; en su lugar la enfermedad no será otra cosa que aquel "suspiro de la criatura", que aquel estado de sus criaturas por cierto "necesario" pero solamente vuelto hacia Dios, pensado en función de Dios, necesario ante ningún mundo y ante ninguna ley de la Naturaleza. No se trata de que debamos estar enfermos para aprender, no se trata de que el fruto del árbol de la sabiduría sea la causa de la enfermedad, sino que la enfermedad es verdaderamente el ofrecimiento que ocurre de caso en caso de un saber por la verdad. Desde aquí se podrá formular lo siguiente: la enfermedad podrá entenderse como la creación de un desarrollo de la conciencia a través de un suceso corporal. Deberá, sin embargo, agregarse a esto, y con ello se dice lo mismo, que la enfermedad es experienciable a través de un suceso corporal creado por un desarrollo de la conciencia. También nuestro arte de curar es, en cuanto suceso espiritual, sólo esto, que aquello que sucede en el hombre enfermo se repite espiritualmente en el médico, y de esta manera es conducible a su último destino. La enfermedad es un examen pero también una lección; se examina, pero también se informa.
La sabiduría y la ciencia pertenecen a la medicina, porque de esta manera las enfermedades pueden ser mejor dominadas. Sólo se pueden dominar, sin embargo, porque ellas mismas pertenecen al género del saber y del nosaber, porque las enfermedades son elementos constitutivos de la conformación del saber, del cam ino de la verdad. En este sentido la condición y la profesión de médico pertenecen también a la enfermedad; es que éste sólo es médico, en la medida que "enferma en el paciente" 10, cuando la enfermedad de éste se continúa hacia su interior y también afecta sus órganos.
El "sentido de la enfermedad" solamente es realizable por el enfermo, desde el médico no debe ser exigido. Este sentido le debe representar al enfermo sólo una salvación, al médico sólo una penuria.
Crueldades de orden teológico moral como aquellas que sostienen que las enfermedades son enviadas por Dios, para que alguien tenga fe en él, contienen realmente una verdad, sólo en el caso en que la fe también verdaderamente cura, en la medida que un proceso orgánico patológico sana o se detiene, en la medida en que un ser humano encuentra una verdad; cuando sucede el milagro en el verdadero y literal sentido de la palabra. En la medida que aquello en lo que se tiene fe también representa algo verdaderamente comprendido. Una extraña forma de no querer tener fe consiste en pretender del milagro lo paradójico, lo supersticioso: debe estar en contradicción con las leyes naturales, debe derribar las leyes naturales vigentes, como si el derribar tales órdenes fuera más divino que su confirmación.
VIDA Y SISTEMA NERVIOSO11
| En
la medicina actual nos llena de preocupación que tantos
médicos e investigadores parezcan creer que las
dificultades del materialismo se pueden vencer,
considerando que la actividad de los órganos está
dirigida por el sistema nervioso. Citando a Speransky se
piensa que el espíritu, la sabiduría o la totalidad-
del organismo se hacen más comprensibles si se achacan
al sistema nervioso. Ellos, empero, se representan al
sistema nervioso como una máquina. En este caso el
maquinista es imprescindible. Si algo se dirige, no
significa esto que la dirección en sí esté aclarada.
Es el conductor el que diferencia, el que decide y ¿por
qué ha de ser más capacitado el sistema nervioso, la
materia nerviosa, que el hígado o el riñón? Este estado de cosas no mejora si se confía esta tarea misteriosa solamente al sistema nervioso vegetativo. Y si el sistema nervioso vegetativo posee esta facultad, ¿por qué no habrían de tenerla los músculos o el ojo? Si el llamado sistema nervioso animal es una máquina de reflejos, para el sistema vegetativo no tenemos una teoría mejor. Durante algún tiempo se ha creído que el sistema nervioso animal servía a las percepciones sensoriales racionales y movimientos, mientras que el vegetativo era el portador de los sentimientos y de los movimientos emocionales. Pero esta separación no es correcta. Los órganos de los sentidos también son racionales, por ejemplo: los sentidos proporcionados por la piel, así como las actividades de los órganos internos.
También era falso llamar autónomo al sistema nervioso vegetativo, ya que no es independiente; el antiguo nombre "simpático" estaba mejor aplicado, pues debía hacerse resaltar una aso-ciación, si bien ésta no se realiza únicamente por medio de los sentidos. Así, pues, ¿cuáles son las dificultades del mate rialismo? 1. Cuando un ser material está animado, debido a ello se destruyen las leyes de la natu-raleza. 2. Estas leyes naturales (las clásicas) no confieren ninguna libertad. No permiten nin-guna decisión y donde no son reconocibles se habla de casualidad. 3. Los conceptos básicos de la lógica, de las matemáticas, de la física, etc., son incapaces de representar a lo vivo. Pues la estructura de lo vivo es, en una palabra, antilógica. Por ejemplo, no sólo es cuantitativa, sino también cualitativa; no solamente lo es, sino que tam-bién lo será. Por lo tanto, a lo vivo le llamo no sólo óntico, sino también pático. En la prác-tica, donde c omo médicos tratamos a enfermos, o sea el hombre trata al hombre, encontramos el quiero, puedo, podría, debo y tengo que, y a esto lo llamo el "pen tagrama pático". Si uno se figura un órgano nervioso que posea estas tres subpropiedades, entonces no se puede utilizar para explicarlo ni el reflejo, ni la conducción, ni la localización. Tampoco se puede explicar la restitución, ni la regeneración, ni la anexión de lo extraño. Esto es igual para el sistema nervioso animal que para el vegetativo. En ningún caso se puede introducir en el proceso, mediante una regulación nerviosa, lo que falta en una representación materialista o mecánica. Por otra parte, el proceso investigado histológica o químicamente, no es ni más ni menos capaz que la función nerviosa, de poseer estas propiedades de la vida. |
ESQUEMA BIOGRÁFICO DE WEIZSAECKER 1 Viktor von Weizsaecker, nieto y bisnieto de teólogos de Suabia, nació el 21 de Abril de 1886 en Stuttgart. Hijo de Karl Weizsaecker, quien, más tarde, fue Presidente del Consejo de Ministros de Wurtemberg, y a quien le fue otorgado un título nobiliario, y de su esposa Paula von Meibom. Comenzó sus estudios en Tubingen, en 1904, durante su época militar, y los continuó en Freiburg, en 1906, donde trabajó en el Instituto de Fisiología con Johannes von Kries, sobre la propagación de la excitación en los nervios. Amistad con Franz Rosenzweig y contactos con el ambiente filosófico de Rickert. En 1908, luego de pasar un semestre de invierno en Berlín, donde realiza prácticos en el Sanatorio Am Urban, y en donde se intensifica su preocupación por las cuestiones sociales, continúa con sus estudios en Heidelberg. En el laboratorio de Ludolf Krehl conoce a Otto Warburg y a Otto Meyerhof. Circulo psicoanalítico con Jasper, Gruhle y Kronfeld. Allí se encuentra con la filosofía del sudoeste de Alemania y participa por tres semestres en seminarios sobre Kant dictados por Wilhelm Windelband. 2 En 1909, a los 23 años de edad, rinde examen de estado en Medicina En 1910 presenta su disertación Contribución a las cuestiones de la velocidad sanguínea en caso de anemia, y realiza, durante un año, trabajos experimentales en fisiología cardíaca, en Freiburg, en el Instituto de Fisiología, con J. von Kries. Frecuenta un seminario sobre Fichte. También es Asistente en la Clínica Médica que dirige Ludolf Krehl, en Heidelberg. En 1914 se ocupa de físicoquímica, en Gottingen, con R. Zsigmondy, y realiza trabajos fisiológicos en Cambridge con A. V. Hill y J. N. Langley. Al comenzar la primera guerra es médico del ejército en Francia y Polonia. En 1915 es médico en un hospital para enfermedades infecciosas en el río Maas, cerca de Verdun, y en 1916 escribe Especulación y Crítica acerca del Concepto de Naturaleza. En 1917 es trasladado a un hospital militar, en Montmediy, bajo la dirección de von Krehl. Presenta el trabajo Sobre la energética del músculo, especialmente del músculo cardíaco, y su relación con la patología del corazón, y adquiere el derecho para enseñar en cátedras universitarias de medicina interna. En Montmédy realizó estudios sobre casos de trastornos de la sensación espacial. En 1918, a la edad de 32 años, es hecho prisionero de guerra en Virtón (Bélgica). |
Las otras células y tejidos también tienen las facultades de reproducción, de crecimiento, de la vida y de la muerte, y para esto no precisan ninguna dirección nerviosa.
| Ahora
bien, existe una esfera de la realidad en la que podemos
observar con facilidad estas propiedades vitales: la
psíquica. Pero tampoco tenemos prueba alguna de que las
células del hígado o de la piel estén menos animadas
que las células del sistema nervioso. Solamente la parte
de la psiquis que se llama conciencia, parece estar
ligada a la integridad del cerebro. Ha surgido la moda de
esperar la curación de muchas enfermedades orgánicas
con un tratamiento psicoterápico. Esta esperanza no es
del todo vana, pero se exagera cuando se espera curar
psíquicamente todo lo imaginable, sin haber cambiado el
concepto actual sobre el hombre y sobre la curación.
Cuando uno se entrega a la representación del cuerpo
animado, pronto surge un nuevo problema. ¿Por qué se
inclina tanto nuestro espíritu a confiarse en la
generalización, la abstracción y la objetividad de las
leyes de la naturaleza? ¿Por qué la reiteración y el
método experimental tienen un prestigio tan grande?
¿Por qué se cree más en los procedimientos
demostrativos que en la casuística? La psiquis es
individual y original y parece obedecer menos al
espíritu que al cuerpo. Frecuentemente, es sólo por
temor el que amemos tanto los métodos espirituales. Una
gran parte de la técnica no está confirmada por
resultados, sino por el gusto que pro-ducen los métodos
técnicos. Pero todavía no sabemos de dónde procede
este gusto. Cuando buscamos la verdad por lo que
significa ella misma, entonces es cuando los testigos
ver-daderos no son el temor y la satisfacción. También nuestros pacientes se encuentran en el dilema de la explicación lógica (espiritual, causal) y la interpretación psicológica. A un joven labrador de Barcelona que padecía ataques epilépticos, le pregunté por qué mo-tivo se producían sus ataques. Contestó pri-meramente: "Cuando he comido demasiadas almendras". Algunos minutos después dijo: "Cuando alguien me ha enojado". Así, pues, él pensaba en dos explicaciones diferentes, la primera era causal, corporal y la segunda psicológica. |
3 En 1919 es nuevamente Asistente en la
Clínica Médica de Heidelberg. Curso sobre la filosofía
de la naturaleza y se encuentra con Martín Buber.
Presenta su conferencia : Al comienzo Dios
creó el cielo y la tierra, y su trabajo: Sobre
algunos engaños en la percepción del espacio en casos
de enfermedad del aparato vestibular. En 1920 asiste como oyente a las clases de M. Nonne y A. Jakob en la Clínica neurológica de la Universidad de Hamburgo y es nombrado Director del Servicio de Neurología de la Clínica Médica de Heidelberg. Tiene entonces 34 años y se casa con Olympia Curtius, nacida el 26-12-1887, hija de Friedrich Curtius, jurista, presidente de la iglesia evangélica de la confesión de Augsburgo en Alsacia, y de Louise, condesa de Erlach en Thann, de Alsacia. Un año más tarde nace su hijo Robert, y en 1922, es nombrado profesor extraordinario en neurología. En esa fecha tiene su primer encuentro con Max Scheler, y escribe Lo antilógico. Al año siguiente nace su hija Ulrike y escribe Acerca del cambio de función, especialmente de la sensación de presión en enfermos neurológicos, y sus relaciones con la ataxia. |
Para su comportamiento práctico sería mejor si hubiese podido dar una aclaración; y para nuestra medicina sería mejor si pudiésemos lograr una concepción uniforme. De antemano, sin embargo, no está claro que la explicación material sea la verdadera y la psicológica la falsa. También pudiera ser que comiese demasiadas almendras cuando alguien le había enojado.
| También
se ha sentado una afirmación según la cual debería
resultar comprensible que muchas enfermedades orgánicas
provengan de conflictos psíquicos. Se ha afirmado que
una fun-ción de curso duradero y anómalo conduce
finalmente a una alteración más o menos irreparable del
órgano, la cual se hace entonces perceptible. En la
angina de pecho y en la arteriosclerosis, por ejemplo,
debe suceder algo por el estilo. Pero no estoy seguro de
que se haya observado tal proceso con la frecuencia y
exactitud necesarias para establecer con ello una ley
general al revés de la enfermedad, como se le ha
atribuido especialmente por G. v. Bergmann. Es algo más
sencillo comprender que cuando una contracción vascular
conduce a una oclusión, ésta pr ovoca la Iesión de las
células irrigadas por su circulación. Entonces, uno
puede representarse el origen nervioso como causa
primaria de la enfermedad. Pero éstos son precisamente
casos especiales. No es po-sible deducir de ello una
teoría tan importante como sería la de Speransky, si
fuese verdadera. Así, pues, yo no creo que se puedan vencer las dificultades del materialismo, aduciendo la intervención del sistema nervioso o de la función nerviosa para explicar las enfermedades orgánicas. Incluso allí donde existen buenos motivos para hacer esto, tenemos que pregun-tar si se conocen suficientemente y si se representan correctamente las funciones del sistema nervioso. Como hemos visto antes, el reflejo, la conducción y la localización no pueden representar la libertad, la decisión, la reproducción, la anexión de lo extraño, etc. Por ejemplo, no podemos comprender, en una demostración con fundamento cartesiano, si en una horquilla la incitación oscila hacia la derecha o lo hace hacia la izquierda. Esto precisamente lo decide el proceso de la vida. Una reflexión teó-rica demuestra que necesitamos otros conceptos básicos además de los clásicos de tiempo, es-pacio, fuerza y número. Pero al hombre le es muy difícil cambiar los conceptos clásicos fundamentales. |
4
En 1924 escribe Acerca de una disfunción
sistemática del sentido del espacio, y
realiza experimentos sobre procesos de la dinámica de la
motilidad. En 1925: intervención pública en defensa del
psicoanálisis en ocasión del Congreso de Neurología, y
escribe Afirmaciones circunstanciales sobre la
tarea y el concepto de ciencia médica neurológica.
En ese mismo año nace su hijo Eckhart. En 1926, a los 40 años. visita a Freud en Viena, y escribe: Sobre la estructura neurótica de las enfermedades internas; La estructura neurótica de las enfermedades del estómago y del intestino y Psicoterapia y clínica. En ese mismo año funda la revista La Criatura, con Martín Buber y Josef Wittig. En ella publica Trozos de una medicina Antropológica y Tratamiento del alma y conducción del alma. En 1927 rechaza la solicitud de cubrir una cátedra en el Policlínico de Heiderberg. En 1928, mientras realiza estudios en fisiología y patología de la sensibilidad y de la motilidad, se interesa en cuestiones de medicina social y política social. Instala servicios para terapia laboral en Heidelberg y Schlierbach. En 1929 nace su hija Cora, y escribe Acerca de las neurosis jurídicas. |
Solamente, si atribuimos al órgano nervioso otras propiedades que las acostumbradas en la ciencia, podemos esperar exponer correctamente el proceso de la vida con la descripción del proceso nervioso. Pero esta modificación también es necesaria y posible en los procesos no nerviosos; y en este caso el sistema nervioso pierde su situación privilegiada. Entonces los procesos no nerviosos también reciben una es-tructura en la que tienen asiento la libertad, la decisión, el crecimiento, la reprod ucción, la anexión de lo extraño, etc.
| Esto no es
solamente una especulación teórica. Tiene un valor
práctico cuando tratamos una depresión no mediante un
shock, sino modificando las causas propias de la
depresión. En esto también pueden cooperar los
economistas, los políticos, los artistas y los
sacerdotes. Desde luego aun todos éstos, generalmente
tampoco saben lo que hacen, pero muchos de ellos se
comportan como si practicasen una terapéutica por shock.
Así una ventaja económica, una guerra, una impresión
de belleza o una esperanza de vivir después de la muerte
pueden anular o impedir una depresión. Mientras que el
shock sólo actúa durante breve tiempo, un cambio
anímico y una comprensión espiritual, son mejores y
más eficaces durante más tiempo. Yo propongo, pues, aprender a sustituir paulatinamente la terapéutica por shock por la psicoterapia y ésta por la logoterapia. Cuando, sin embargo, hablamos de logoterapia, antes de-bemos comprender que la vida es lógica y antilógica. Si solamente la consideramos ló-gica, como en las ciencias naturales clásicas, entonces no sólo nos la representamos de un modo insuficiente, sino falso. Y si nos la repre-sentamos sólo lógicamente, entonces ejecu-tamos terapéutica por shock, es decir que em-pleamos solamente la violencia. |
5
En 1930 es nombrado profesor ordinario de neurología,
trabaja en el análisis de la teología dialéctica,
escribe Medicina y cuidado del alma
y Enfermedad social y curación social.
Al año siguiente se ocupa del pensamiento médico acerca
de la reforma de las obras sociales. Contactos con Alfred
Weber. Paul Vogel publica sus trabajos con la rueda
óptica. En 1932 escribe: El círculo de la Forma representado como análisis psicofisiológico del experimento óptico giratorio; Sucesos corporales y neurosis y ¿Qué es lo que enseña la novedosa patología de los órganos de los sentidos a la fisiología de los rendimientos de los sentidos? Intercambio epistolar con Lou Andreas Salomé. |
He observado que el empleo de la violencia y el misticismo se asocian con demasiada fa-cilidad. Este maridaje debe desaparecer. Esta asociación descansa en el dominio de una parte sobre la otra. En ella se esconde un falso so-cialismo, que se basa en el dominio de los listos sobre los tontos. Llamo reciprocidad a una vida de conjunto, en la que una parte no domina a la otra. El dominio del sistema ner-vioso sobre otras partes del organismo tampoco es una reciprocidad, sino un método de violencia.
La intención de este pequeño artículo, es imbuir esto en la conciencia. No doy ninguna receta nueva, sino que prevengo contra una falsa unión de la lógica y la mística y animo a continuar trabajando. En realidad el trabajo de la medicina no es más que una de las muchas tareas del hombre.
EN TORNO A LA MEDICINA PSICOSOMÁTICA12
| Cuando
mi maestro Ludolf Krehl entraba en el laboratorio de la
clínica, solía decir en ocasiones: "Probablemente,
todo esto es falso". Para él, semejante paradoja
era lo mejor, porque no entendía casi nada de
psicología. Ahora bien: yo ocupo desde hace cinco años
una cátedra de Medicina Clínica General en Heidelberg,
y no me atrevería a explicar sin los recursos de la
nueva psicología, es decir, de la psicología
"profunda" o del psicoanálisis. Pues ahora se
trata de vincular esta psicología con la fisiología y
la anatomía del siglo XIX. Sólo así puede darse una
medicina psicosomática.
Quisiera hablar particularmente de la alteración que se opera en la psicología dentro de tal medicina. No se me oculta que tendrá aspecto distinto si trato un trastorno circulatorio que si trato una agorafobia. Hemos observado frecuentemente que un hombre sufre una descompensación de la circulación cuando se desanima y que la descompensación desaparece cuando recupera ánimos. De modo, pues, que lo decisivo no es la energética de la circulación sino la del ánimo. Pero, ¿qué es "ánimo"? Es el caso que la mayoría de los médicos creen saber lo que es energética, hemodinámica, mecanismo; pero sobre el ánimo todos hablan como buenamente pueden. ¿Es el ánimo voluntad de vivir o deseo de morir? ¿Es un estado de espíritu o es una fuerza? Cada cual dice lo que mejor le parece. Yo tengo la convicción de que nadie ha aprehendido la estructura anímica con mayor profundidad que Sigmund Freud. Pero el sistema doctrinal de los psicoanalistas no casaba enteramente con los problemas de la moderna medicina orgánica. De aquí que tratáramos de elaborar un método que concediera igual atención a la parte psíquica y a la somática de los síntomas, y a este método lo calificamos de biográfico. ¿Qué es, pues, la biografía médica? Alguien, por ejemplo, nos cuenta que tuvo una madre irascible, o que se vio obligado a aprender su profesión contra sus deseos, o que fue desgraciado en amores, etc. |
6 En 1933 aparece en la Internationale
Zeitschrift für Psychoanalyse su trabajo
Mecanismo orgánico y neurosis, (caso A). En 1934 Cuestiones
médicas . Es rechazada por las autoridades
nacional-socialistas su solicitud de cubrir la cátedra
de medicina interna en Heidelberg. En 1935 el libro Estudios
acerca de la patogénesis. En 1939 El
sistema nervioso y sus correlaciones. En 1940
el libro El círculo de la Forma. Teoría de la
unidad del percibir y del mover. En 1941 en la cátedra que fue de Krehl es nombrado Siebeck y Weizsaecker deja Heidelberg y acepta el cargo de profesor ordinario de Neurología y director del Instituto de Investigación Neurológica en Breslau, como sucesor de Otfried Foerster. En calidad de oficial de salud, conduce y asesora los hospitales del ejército durante la guerra e instala un hospital de guerra para accidentados cerebrales en Breslau. Escribe El médico y el enfermo y Presentaciones clínicas. En 1942 escribe el libro Gestalt y tiempo. En 1943 su hijo Robert es registrado como desaparecido. En ese año escribe Verdad y percepción. Acerca del sistema nervioso. En 1944 escribe dos libros autobiográficos: Naturaleza y espíritu y Anonyma |
¿Es esto psicología médica? Lo es cuando luego nos enteramos de que por este motivo adquirió una hipertensión, una úlcera de estómago o una tuberculosis pulmonar. Pues estas enfermedades, particularmente las que en general se denominan orgánicas, explican lo que en rigor ocurrió en este caso; interpretamos, pues, la historia de este hombre a partir de su enfermedad orgánica. Si la catástrofe amorosa se manifestó en este caso por la tuberculosis pulmonar, sólo entonces advertiremos todo lo que le pasaba a este hombre, nos daremos cuenta de qué clase de hombre es.
¿Se puede, pues, llegar a conocer lo que un hombre es? ¿Puede haber una antropología médica? Es seguro que una medicina psicosomática constituye una contribución a su existencia. Pero si hay una medicina psicosomática como ciencia, entonces desearemos también saber algo de sus métodos. Un método que apenas merece el nombre de tal es el reconocimiento paralelo de la aparición simultánea de síntomas corporales y anímicos. Así, si alguien investiga cómo es el cuadro hemático de una melancolía, a su investigación no le llamo todavía método psicosomático. Cierto que también es posible que en tal investigación se encuentre algo interesante que después pueda utilizarse. Pero el resultado que arroje sólo será valioso en el aspecto psicosomático si vemos que la alteración corporal era una expresión específica y característica de la alteración anímica, o a la inversa; así como el rubor expresa vergüenza y las palpitaciones, miedo. Este primer método es, pues, la comprobación de tales síntomas con fuerza expresiva.
Hay un segundo método que es totalmente distinto. Investiga aquello que radica en la base de los síntomas en forma de culpa, sacrificio, voluntad o conciencia. A tal investigación la califico de ético-moral. Ha sido, sin duda, Freud el que modernamente ha estudiado las neurosis desde el punto de vista ético-moral. En la realización de tal estudio le interesaba el hecho de que en los neuróticos se encontrasen de un modo regular sentimientos reprimidos de culpabilidad, necesidad inconciente de castigo, refugio en la enfermedad ante un conflicto de conciencia, narcisismo y represión de instintos. Tales cuadros ético-morales de los hombres sirven luego también para la explicación y tratamiento de los enfermos.
Con el tercer método sólo hemos dado al tratar de comprender de tal modo no sólo las neurosis sino enfermedades de todas clases. A mí me había llamado la atención que el psicoanálisis, aunque tenía muy en cuenta los procesos sexuales, casi nunca hablaba del orgasmo y del niño. Las funciones nutritivas sólo las consideraba también de pasada. Pero cuando se pasa del psicoanálisis a la medicina psicosomática, se tropieza con ciertas ordenaciones vitales que atañen a la nutrición y a la reproducción. Especialmente el orden de la generación (en el que también se basa la historia) reviste importancia para el origen y curso de todas las enfermedades. Este orden vital se establece o se malogra, tendrá uno u otro curso, e investigar esto es la tercera manera de pasar de una medicina psicosomática a una medicina biográfica.
Expresión, investigación ético-moral, exploración del orden vital: éstos son, pues, tres métodos distintos y, sin embargo, conexos. Quisiera exponer algo de los resultados concretos de estos tres métodos, pero sólo podré dar ejemplos.
Un primer ejemplo de fuerza expresiva es el adelgazamiento que encontramos en las personas depresivas. En estos casos parece como si la emoción, en vez de vivirse, se reprimiese, o, por así decir, se transformase en corporal, pero de modo tal que el proceso somático tiene una semejanza plástica con la emoción a que sustituye. Ahora bien: si alguien adelgaza y además sufre crecimiento de su tiroides, aumento de su metabolismo basal, palpitaciones, temblor y sudores, decimos, como internistas, que tiene hipertiroidismo. Esta vez, el adelgazamiento no es expresión de una negación de la vida sino consecuencia de una exaltación vital. Nos enteramos también de que el enfermo se excita por pequeñeces, que se agita enseguida y mucho. El adelgazamiento sería una expresión de lo contrario de lo anterior, algo así como si alguien no pudiera sacar bastante de la vida. En este caso el adelgazamiento expresa tanto negación como afirmación vital. Con ello vemos que la expresión corporal es equívoca, que expresa cosas opuestas, que manifiesta una contradicción interna. Esta índole contradictoria se puede formular mecánicamente como antagonismo de fuerza y contrafuerza, y también, desde el punto de vista ético-moral, como duda, conflicto, cargo de conciencia, antinomia. Por ello, vemos que el primer método, el de la expresión, y el segundo, el ético-moral, guardan relación entre sí. También los sentimientos, como el amor y el odio, presentan tal nexo que pueden sustituirse mutuamente.
Hemos encontrado además que con el método biográfico, se logra muy a menudo comprobar que una enfermedad se declara precisamente en el momento en que un hombre está en duda moral o se encuentra en un conflicto ético. Por ejemplo, una ictericia infecciosa se produce precisamente después de irritarse alguien con su competidor; o una insuficiencia cardíaca precisamente después de que el hijo sufriera una enfermedad peligrosa; o un cáncer de estómago precisamente después de haber muerto el padre. Estos son ejemplos observados. La patología académica apenas se preocupaba del por qué una enfermedad se inicia "en un preciso momento", en ese "precisamente después". Por ello, algunos médicos y pacientes se inclinan a discutir que tales nexos tengan validez general para ese "preciso momento", mientras que nosotros lo consideramos cosa importante y éxito del método biográfico.
Pero hay otra razón poderosa para esta negativa, y es que la relación entre con flicto y enfermedad no puede ser vivida en la conciencia del enfermo. La materialización no es conciente. Como entre conflicto y materia hay tal barrera, como se da una ocultación ante sí mismo, la relación no puede vivirse, no puede percibirse directamente. Referiré un ejemplo sencillo. Hace años que un auxiliar me contaba que un día le llevaron a la clínica a una estudiante que no podía articular palabra. En reconocimiento comprobó la existencia de una imponente angina tonsillaris. Entonces le dijo "Buena la ha cogido usted". Al oír lo cual la muchacha, súbitamente, habló diciendo "Pero, al fin y al cabo, esto es mejor que tener un hijo". Entonces el auxiliar se enteró de que, el día antes, la estudiante se había encontrado en una situación que hubiera podido tener tales consecuencias, pero que había resistido al hombre. En aquel entonces pensamos en el concepto de "angina psicogenética"; pero yo rechacé este concepto aunque hemos visto muchos casos análogos. Si se habla de "psicogenia", se piensa en que primero se presenta el conflicto anímico y después el proceso corporal. Pero no es posible demostrar semejante sucesión cronológica. No se puede observar "quien empezó". No conocemos la educación de la muchacha; ignoramos a qué clase de amor o de sexualidad se ha dado; no sabemos cuando penetraron los agentes patógenos en la boca; desconocemos si primero desapareció la inmunidad, etc. Sólo sabemos que entraron en juego ambos procesos, tanto el anímico como el corporal. Investigamos la psicosomática, no la psicogenia.
Éxito mucho más escaso tuvo la pesquisa biográfica cuando no sólo nos preguntamos "¿por qué precisamente en tal momento?", sino también "¿por qué precisamente aquí?". ¿Por qué contrae un hombre asma bronquial? ¿Por qué diabetes otro? ¿Por qué un tercero una afección hepática?, etc. Creo que también en esto conseguiremos éxitos si no sólo nos referimos a la expresión y a la decisión ético-moral, sino que insertamos ambas en un "orden vital". Por ejemplo, se logra demostrar que una mujer engorda cuando ya no puede tener hijos, lo cual constituye la adiposidad, sustituto del embarazo. O bien una persona contrae asma bronquial cuando ya no puede gritar y llorar; entonces se encargan de ello la musculatura y la mucosa de sus bronquios. Así estudiamos ahora todas las enfermedades en medicina interna y, paso a paso, encontramos una sustitución, una operación sucedánea, tan llena de sentido que sólo puede ser el equivalente de todo un orden vital. La hipertensión, las alergias, los trastornos de la circulación, del metabolismo, las infecciones crónicas, también son capaces de explicar su localización.
Ahora bien: esto no significa que la medicina psicosomática sólo explique estas dos cuestiones en el grado que alcanzan aquí y ahora. Dice mucho más que algo sobre la localización temporal y espacial; dice que toda enfermedad es un falso orden vital. Dice que la enfermedad es un orden vital malogrado; que es una manera de ser hombre; que, por lo tanto, tiene sentido; que, por ello, también tiene sentido; que el hombre no adquiere casualmente la enfermedad sino que la hace de extraña manera, y que cuando la "hace", no sabe en su conciencia cómo la hace, porque está sujeto a la ley de la ocultación ante sí mismo.
Si todo esto es cierto, combatiremos la enfermedad no sólo negativamente para eliminar el trastorno, sino también, de un modo positivo, para instaurar un orden vital mejor y más adecuado. Pero, ¿cuál sería este orden vital? Ahora advertirán ustedes, al instante, que esto constituye también una cuestión política, social y religiosa. Por tanto, no es cierto que en la medicina no tengamos nada que ver con ordenaciones políticas, sociales y religiosas. Queramos o no, con nuestra medicina realizamos una ordenación política y una ordenación social, otra religiosa y tamb ién, siempre, histórica. No es verdad que sólo realicemos una ordenación natural; por "naturaleza" entendemos algo que realizamos históricamente. Y de aquí que también la historia de la Medicina sea una parte de la Medicina y una parte de la Historia. Felicito a los médicos españoles por tener en el profesor Laín Entralgo a un hombre que sabe esto.
Por ello, también tiene toda la razón la opinión popular que dice de alguien que ha enfermado de calamidades o de disgustos, o que ha muerto de pena. Esta opinión es, desde luego, primitiva; pero es más certera que la que dice que alguien ha contraído casualmente una infección o mecánicamente una obstrucción vascular. La miseria, el disgusto y la pesadumbre, son los fenómenos que las ciencias naturales no comprenden; mientras que se entienden más fácilmente si se conciben como consecuencia de que el hombre no es lo que quisiera ser. Por tanto, si no rechazamos la sabiduría popular sobre las enfermedades, tampoco tenemos por qué rechazar las conquistas de la Medicina moderna. La Cirugía, la Química, los laboratorios, han realizado grandes progresos. No despreciamos la insulina, la penicilina, las sulfamidas, la estreptomicina. Pero no veo por qué habría de considerarlas con menos espíritu crítico que la invención de la pólvora, de la imprenta, de la física atómica y de la dinámica. Todas estas ciencias son explosivas, peligrosas, y no veo camino por el que el hombre pueda escapar a su propia destrucción. No seremos, pues, nosotros quienes rindamos un culto idolátrico a las ciencias naturales. No tiene Dios aquel para el que la ciencia es el Dios supremo.
Quisiera ahora decir todavía algunas palabras sobre la diferenciación y la clasificación de las enfermedades. Hace mucho tiempo constituyó una gran iluminación el que los anatomistas descubrieran los órganos internos y los fisiólogos explicaran su función. Fueron posibles las sedes et causae morborum de Morgagni. Pero luego se advirtió que la cooperación de los órganos seguía siendo incomprensible. Tan pronto había de constituir una unidad la constitución, como el sistema nervioso, o el metabolismo nutricio o energético, o bien las hormonas. Tampoco esto se consiguió. Por último, fue la psique, la animación, la que había de poner de manifiesto tal nexo; pero se halló que la psique conciente carece en absoluto de tal facultad. Incluso encargando a la psique inconciente la tarea de hacer posible tal cooperación, se seguía en el terreno de la hipótesis, y, además, lo inconciente seguía conteniendo muchísimos elementos destructivos. Parece que empezamos a dirigirnos no sólo al ser, sino también a la nada.
Voy a decirles a ustedes ahora cómo procedo yo en esta desesperada situación. Hago como el niño al que se le ha derrumbado el castillo de naipes: construyo otro nuevo. Y emprendemos la construcción desde abajo; comenzamos por lo más inmediato. Una de estas actividades más inmediatas es la distinción y clasificación de las enfermedades. Yo no creo que siga siendo sostenible por mucho tiempo la clasificación o división por órganos. Quien considere atentamente la evolución operada recientemente en la patología, lo advertirá. Hace ya mucho tiempo que no consideramos al tifus como enfermedad intestinal. La nefritis es una enfermedad de todos los vasos, quizá de todo el cuerpo. La miocarditis y las enfermedades cardíacas son, en rigor, enfermedades de la circulación toda. Las inflamaciones locales sólo se originan cuando se produce una alergia de todo el organismo, etc. Pero tampoco la división en cuerpo, alma y espíritu puede servir de base para una clasificación de las enfermedades. Todas las enfermedades afectan a los tres: al cuerpo, al alma y al espíritu. La "medicina psicosomática" demuestra que siempre intervienen, cuando menos, dos de ellos, a saber: el cuerpo y el alma; pero todavía presenta una gran deficiencia: el espíritu también interviene siempre. De aquí que ya no sea buena la clasificación en enfermedades orgánicas, psíquicas y mentales. Sino que la división con arreglo a órganos, a funciones, a materias, tiene solamente un significado técnico. La clasificación futura será la que tienda a los grados de realización del orden vital. Pero el orden vital es el orden de la vida para con la muerte. Cuando, por ejemplo, alguien perpetúa la vida engendrando hijos, busca servir a la vida con la vida, pero cuando alguien perpetúa la vida forjando valores espirituales, entonces trata de servir a la vida temporal mediante la vida eterna. Yo no digo que lo uno haya de preferirse a lo otro en cualquier caso. Diría más bien que toda vida está presa en esta alternativa como en una forzosidad de decisión. Esta decisión forzosa es el módulo, la piedra de toque, el shibbolet, para comprobar al orden vital y sus grados.
| Como
con estas frases ya me he adentrado mucho en una
antropología general, permítanme que haga algunas
consideraciones de orden práctico tomadas de la
experiencia médica. Lo más sencillo parece una
observación hecha en la consulta. ¿Qué pacientes son
los que más suelen venir hoy a mi consulta? Y ¿cómo
resulta este encuentro entre médico y enfermo? Pues
bien: he de decir que (por desgracia) casi todos son
pacientes decepcionados por la medicina académica o por
sus médicos; están descontentos porque nadie les ayudó
o porque ya no creen que se les pueda ayudar con
medicinas, inyecciones, rayos, operaciones; se resisten a
creer que ya no haya remedio o que ellos mismos sean la
causa de la enfermedad. Yo no reprocho esto solamente a
la medicina científico natural. También los
psicoanalistas crean a menudo la ilusión de la
posibilidad de curación. Lo mismo, naturalmente, los
curanderos, al margen de la medicina científica. La
actitud acertada del médico es, sin embargo, ayudar al
paciente a distinguir lo curable de lo incurable.
"Ayudar", por tanto, no significa en este caso
eliminar un trastorno o una molestia a cualquier precio,
sino que, en este caso, "ayudar" significa
contribuir a la distinción de lo curable respecto de lo
incurable. Por ello, una parte importante del
reconocimiento, del diagnóstico y del mantenimiento, es
un trabajo mental. "Desgraciadamente" he de decir otra vez, pues las palabras se han convertido aquí en hechos; sería mejor que los hechos pudieran cristalizar inmediatamente. Pero el camino de la cabeza a la mano se ha acortado en demasía y he de acusar a la medicina moderna de pensar poco o de pensar mal. Ahora bien: para distinguir acertadamente lo curable de lo incurable, hay que aprender y saber muchísimo. Por ello, estoy a favor de las Universidades. |
7
En 1945 abandona Breslau por orden militar. Es hecho
prisionero de guerra por los americanos en Heiligenstadt,
Gottingen y Heidelberg. Su mujer y su hija van a Lindau.
Se e ncuentra en Dresde durante el bombardeo. Pierde su
puesto, su propiedad y numerosos trabajos científicos.
Su hijo Eckhart cae en el campo de batalla en los
últimos días de la guerra. En ese año retorna a
Heidelberg y escribe el libro Encuentros y
decisiones. En el semestre 1945/46, ocupa la
cátedra de Fisiología en la Universidad de Heidelberg,
dicta las clases magistrales, los prácticos de
Fisiología y también la conferencia El
psicoanálisis de Sigmund Freud. En 1946 es
invitado en la cátedra de Medicina Clínica General en
el Hospital de Clínicas de Heiderberg. En 1947 escribe; Eutanasia y experimentos con seres humanos; Aportes al concepto de medicina general; La medicina en la lucha de las facultades y el libro Casos y problemas. En 1948 muere su hija Ulrike. Ese año escribe Aportes al concepto de trabajo y al año siguiente La resistencia en el tratamiento de enfermos orgánicos y medicina psicosomática. |
Pero las Universidades sólo enseñan la mitad. La otra mitad solamente puede aprenderse de los hombres, no de las ciencias.
ANTROPOLOGÍA MÉDICA13
| Puesto
que el tiempo de que dispongo es breve, les ruego me
permitan que sucintamente exponga ante ustedes algunos
principios de antropología médica. Mas antes les debo
una explicación de esta noción. En mis dos conferencias
an-teriores me propuse desarrollar dos ideas: la primera,
que la llamada medicina psicosomática sólo viene a ser
una fase preliminar de la medicina antropológica; la
segunda, que los conceptos fundamentales de las ciencias
clásicas de la natu-raleza deben modificarse de acuerdo
con ello. Hoy me propongo sacar la conse-cuencia de lo
anteriormente expuesto, construyendo una noción
reformada de la enfermedad. La medicina psicosomática representa, por tanto, sólo un acceso entre varios. Hace tiempo que quisiera ser una célula hepática para comprender cómo las cé-lulas hepáticas hablan entre sí, cómo se comunican con las restantes partes del organismo, etc. Es probable que la psicología de este lenguaje de las células fuera totalmente diferente de la que nosotros conocemos. La inflamación, el neoplasma, la alergia son procesos que tal vez nos abran la cerrada puerta de la enfermedad tan bien como nuestra psicología. La antropología médica representa un intento de reunir todo esto en un concepto del hombre. Porque el hecho de que el hom-bre pueda enfermar y muera es sumamente característico para él. Tiene un punto débil; aunque bien es verdad que mi debilidad puede ser la fuerza de otro. |
8 En 1950 da una serie de conferencias en
España, es nombrado profesor honorario en Valencia y
funda el Instituto de Psicoterapia de Stuttgart. Escribe Cambio
de función y círculo de la Forma y De
uno y de otro lado de la medicina. Médico y enfermo,
nuevas consecuencias. En 1951 Medicina
y lógica y el libro El hombre
enfermo. En 1952, a los 66 años, obtiene su jubilación luego de contraer la enfermedad de Parkinson y es nombrado Miembro Honorario de la Sociedad Alemana para la Neurología. En 1955 escribe La tarea principal de mi vida, y en 1956 su obra más importante, que denomina Patosofía. El 8 de Enero de 1957, a los 71 años, muere en Heidelberg y ocurre la publicación póstuma de su Patosofía. |
Si yo soy ignorante, tú podrás dominarme más fácilmente. Si no hubiera más enferme-dades, los médicos estarían llamados a desaparecer. Y, asimismo, es completa-mente cierto que los procesos que se producen en las células hepáticas no sólo se reducen a choque y contrachoque. También en ellas hay atracción y repulsión, violencia y astucia y seguramente también, errores y menti-ras. Si en la víspera de emprender un viaje me da fiebre y un cólico, mi organismo se comporta como si intentara impedir el viaje. El propósito de hacer el viaje no es, pues, tan sencillo; está lleno de ocultas contradicciones. Del mismo modo que por nuestros sueños llegamos a saber algo del incongruente fondo de nuestra con-ciencia, es decir, de lo inconciente de la conciencia, así por la enfermedad, llega-mos a tener alguna noticia del trasfondo, lleno de contradicciones, de nuestra vida. Por tanto, el primer teorema de nuestra antropología será éste: la vida es una contradicción que tiene sentido.
Mas una enfermedad es también un enigma. Yo trato de estudiar lo que las partes de mi cuerpo hablan entre sí; pero al principio no entiendo una sola palabra. Sólo al cabo de algún tiempo comprendo lo que se dice o percibo el ambiente, la emoción. La enfermedad es una especie de trastorno. Su estructu ra es tal, que yo sólo puedo comprenderla parcialmente; una parte está oculta. El se gundo teorema de nuestra antropología se enuncia así: la vida está oculta para sí misma.
La enfermedad es, además, repugnante; se aspira a eliminarla. Si tratamos de deshacernos de ella aparecerá otra vida que llamamos la vida sana. Para eliminar una enfermedad, no puedo, no quiero, no debo matar. Lo que hago es modificar. La medicina debe ser terapia; pero sólo puede sustituir una clase de vida por otra diferente. Ello representa una necesidad. El tercer teorema de nuestra antropología médica será, pues: la curación es la sustitución de una forma de vivir por otra forma de vida.
La contradicción que tiene sentido, la ocultación y la sustitución no son sino tres categorías de la realidad que la antropología admite, pero a las que las ciencias naturales han tratado de ignorar y eliminar. Por consiguiente, la medicina no puede ser una ciencia natural. Si yo digo que toda enfermedad tiene un sentido humano, el cual consiste en que un hombre es apartado de algún modo de su decisión; si afirmo, además, que su propia persona colabora en ello como sujeto y que, por tanto, el hombre no sólo adquiere su enfermedad sino que él mismo también la hace; si, por último, el trato de hombre a hombre es el fenómeno por el que conocemos la naturaleza del estado de enfermedad, entonces también el arte de curar debe definirse como un trato de hombre a hombre. Por tanto, lo que importa no es eliminar de esta ciencia lo antropomorfo, lo propio del hombre, sino, por el contrario, introducir en ella lo humano. Esta es la empresa que aquí hemos de demostrar como factible y defender contra aversiones y ataques.
Hablemos primero de la aversión y de los ataques. Omitamos lo que haya que achacar a la costumbre, la comodidad y la pereza. La principal objeción viene a ser entonces que jamás habrá una ciencia del hombre, puesto que sólo los artistas pueden investigarlo y porque sólo la religión sabe o vislumbra algo del enigma del hombre. Tan poderoso es este argumento que la propia antropología médica tropieza con él, dentro de su recinto, con la mayor dificultad. Homero, Shakespeare y Goethe, y, en el idioma de ustedes, Calderón y Cervantes, saben más del hombre, más de los límites de este saber, que los investigadores científicos. Y las religiones, para nosotros principalmente el cristianismo, no nos conducen al conocimiento del hombre, sino a conocer la insuficiencia de ese conocimiento. El hombre no es Dios. Sólo existe una sola razón para, a pesar de ello, investigar al hombre en la medicina: esta razón es la participación del hombre en su enfermedad, tanto en el origen como en el curso de la misma. Por eso es necesario crear primero una medicina antropológica. Sólo entonces será posible formular una antropología médica.
De quien más aprendí fue de los propios enfermos. Después de ellos, aprendí mucho de Sigmund Freud. En tercer lugar citaré lo que entonces parecía lo más evidente: la Escuela de Medicina, las Universidades y Ludolf Krehl, de quien fui ayudante.
Si acude a mí una persona que tiene mucha sed, y también hambre, y yo le diagnostico una diabetes mellitus, su metabolismo anormal representará un peli-gro para esa persona. Esto significa que mejorando el metabolismo, guardando dieta y mediante insulina puede reducirse el peligro. Este ejemplo permite sacar como consecuencia que, en un caso concreto, la medicina no tiene nada que ver con la política, la jurisprudencia ni la religión. El diabético mejorado podrá ser capitalista o comunista, cuáquero o criminal, católico o brahmán. Pero si esto, como médico, me es indiferente, política, jurídica y religiosamente habré hecho algo por la unidad de la humanidad, seré un servidor de la idea de un mundo úni-co. La autonomía de la verdad científica es, pues, una idea política y también ju-rídica y religiosa. La autonomía de la medicina no es neutral; la salud significa un determinado orden vital dentro de la convivencia. Es peligroso rechazar los con-ceptos absolutos de la naturaleza. Pero también es peligroso defenderlos. Incluso la medicina misma puede enfermar, y su actual enfermedad viene a ser su su-peditación absoluta al pensamiento de las ciencias naturales.
Las cuatro ideas de la medicina antropológica que voy a exponer a continuación tienen todas importancia práctica en un caso concreto de enfermedad. Por eso les presentaré cuatro casos, y de cada uno de ellos derivaré un teorema de la antro-pología medica.
A los estudiantes yo les digo a menudo: antes se podía decir "¿Una enferme-dad? ¡Eliminémosla!" Ahora tenemos que decir a la enfermedad "Sí, pero no así". Y es que con frecuencia hemos visto que una enfermedad infecciosa, por ejemplo unas anginas o una septicemia, podía ser eliminada, pero que el enfermo contraía después una depresión o una neurosis. Si la enfermedad orgánica representaba la evasión de un conflicto, podía suceder que después del tratamiento el conflicto volviera a presentarse: la retirada quedaba así cortada. El conflicto puede consis-tir, por ejemplo, en la resolución de contraer matrimonio. Ahora bien; como quiera que toda enfermedad encierra un peligro para la vida, todo conflicto de esta índole es también un conflicto con la muerte. Este conflicto es inevitable. Quienes dicen estas verdades se hacen impopulares. Si se trata de grandes verdades, sus compatriotas los matan; si son verdades de menor cuan-tía, se contentan con encarcelarlos. La solidaridad de la muerte es una de estas verdades impopulares.
Una de las obligaciones profesionales del médico es ocultar la verdad. Es éste un ejemplo que permite apreciar muy fácilmente el origen de las falsedades. Porque éstas no nacen para engañar a alguien, sino por consideración. El médico dice "Esto no es más que...", y coadyuva así a ignorar la causa más profunda. Los convencionalismos, los respetos humanos, la cortesía, los modales, las ceremo-nias y los ritos tienen todos la misma misión de desvirtuar los terrores del morir y de la muerte, convirtiéndolos en un servicio a la vida, y de hacer tolerable para la vida y en beneficio de la supervivencia, esa fatal solidaridad de la muerte.
Pero ¿cómo es posible vivir? ¿Sólo por el rito? ¿Sólo por aquello que iguala? No; la vida sólo es posible si la diversidad es reconocida y respetada mutuamente. Donde mejor se manifiesta esto es en la psicoterapia. Pues aquí sólo durante algún tiempo puede tener efectos tranquilizadores el que determinadas dificultades sean no sólo individuales, sino que, en su estructura más general, residan en cada alma. Pero luego nos encontramos con lo que es único, con lo que existe solamente en ese hombre y en lo que nada puede cambiarse. Es lo que llama-mos disposición o constitución. Un ejemplo sencillo y evidente lo constituye el color de la piel. Otro, el sexo. Toda reciprocidad debe, pues, aceptar la disposi-ción, la constitución, lo individual, peculiar y único. Así, después de la solidaridad de la muerte, la reciprocidad de la vida es el segundo principio fundamental que ha de estar en la base de toda antropología médica. La solidaridad de la muerte y la reciprocidad de la vida son todavía anteriores a la antropología médica, pues son sus premisas y por ellas resulta comprensible lo peculiar de las enfermeda-des y del enfermar; pero no es necesario que así sea.
¿En qué se diferencia la enfermedad de las demás contrariedades de la vida? No lo sé, ni nadie que yo conozca lo sabe. No existe ninguna definición del concepto de "enfermedad"; es de aquellos que todo el mundo comprende, sin que puedan definirse. También los conceptos de muerte y vida figuran entre los mismos. He-mos de indicar, pues, otro camino distinto del de la definición. Puesto que toda enfermedad es una sustitución, puesto que sólo reemplaza un mal por otro, nos movemos, en el trato con el enfermo, en las esferas de aquello que no es sino de lo que se produce. El que está enfermo dice, por tanto "no puedo", "quiero otra cosa", o bien "tengo que hacer esto", o "esto no me está permitido", o también "realmente yo debiera". Poder, querer, tener que, estar permitido, deber: he aquí cinco ejemplos que apuntan en dirección hacia algo que no es sino que se está produciendo. Yo denomino a estos cinco extremos "pentagrama pático", para concretar la esfera en que se mueven el enfermo y las enfermedades. "Pático": he aquí una palabra con la que expresamos lo que padecemos, no lo que somos.
A menudo el psicoanálisis freudiano ha sido interpretado como una teoría de la estructura del hombre. Nos enseña se pretende que el hombre se compone de un yo, un super-yo y un ello. Pero éstos son solamente cómodos puntos de refe-rencia en una situación. Lo principal es que del Ello y del super-yo llegue a pro-ducirse el yo. Añado que, después de considerar del mismo modo las enfer-medades orgánicas, del yo deben producirse también el super-yo y el Ello. Por-que lo principal fue el gran descubrimiento de que nuestra conciencia no es un testigo seguro de cuanto en ella realmente sucede, sino que interviene también lo inconciente, del mismo modo que el pueblo interviene al lado de sus dirigentes. Lo principal era que sólo podemos vivir si convivimos, y sólo podemos convivir si respetamos lo inconciente de nuestro prójimo. Lo inconciente ha de definirse no sólo psíquicamente; reside también en el cuerpo. Pero en los últimos siglos se ha creído unilateralmente que sólo es posible investigar lo corporal. Por eso yo propugno ahora una buena formación psicológica y la medicina psicosomática. Pero al mismo tiempo ha de ser una psicología de lo inconciente, una psicología llamada profunda.
Después de la solidaridad de la muerte, de la reciprocidad de la vida y del penta-grama pático, nos queda por enunciar el cuarto principio, el más grave: qué es lo que hemos de hacer propiamente. La gente me lo pregunta a menudo. Como no podemos designar ni planear una meta determinada (la religión dice con gran acierto que ha de actuar la gracia), yo tengo que contestar: ya la pregunta en sí está mal planteada. En el curso de una larga vida y por numerosas observaciones aisladas he llegado a la conclusión de que la medicina y sus conceptos presentan el mismo aspecto que la naturaleza de la convivencia social y política. Representa una grave exageración el que el materialismo dialéctico subraye tan marcada-mente el lado económico. Lo único acertado en él es que también el movimiento del dinero es característico para el orden vital; pero no exclusivamente. Y cuando un médico haya de aconsejar si lo indicado en un caso es una operación, una quimioterapia o la psicoterapia, yo debo decir: la psicoterapia sería mejor que la quimioterapia, y ésta preferible a una operación quirúrgica; pero tal como están hoy las cosas, en el caso suyo queda por adoptar y aconsejar uno de estos tres procedimientos. Es, pues, conveniente una solución de compromiso; pero debe saberse que el camino material es peor que el espiritual. Éste es, por tanto, el orden vital al que debiéramos aspirar.
El cuarto principio es, pues, que el orden vital sea espiritual. Tal vez ustedes juz-garán ahora que yo, pese a todo, soy un viejo europeo. No tengo nada que obje-tar a esto si añaden ustedes: pero el viejo europeo debe convertirse en un euro-peo nuevo. Yo no critico de la vieja Europa el que haya contenido demasiado espíritu, sino demasiado poco.
LOS CONCEPTOS FUNDAMENTALES DE LA INVESTIGACIÓN14
Lo que ahora me propongo decir no tiene su punto de arranque en la hipótesis de que el pensamiento de los hombres y las bases de la ciencia sean siempre iguales, eternos e inmutables. Por el contrario, yo considero ese pensamiento, y esas bases, como un esfuerzo en el tiempo, mudable en la historia, humano en su naturaleza, dependiente de estados de ánimo, de sentimientos y tendencias inconcientes. Por ello, quienes consideren esto totalmente falso deben separarse de mí ya ahora; no trataré de hacerles cambiar de parecer.
En el trato con niños, con estudiantes, con mujeres, he aprendido que la mayoría de los humanos no consideran lo más importante las argumentaciones, los pensamientos, las pruebas, sino el carácter, las resoluciones en una situación difícil.
Este reconocimiento de un misterio irracional no es pesimista. No me agrada la resignación y no venero el fracaso sino que alabo la limitación, la modestia. No podemos hacerlo todo y no podemos abarcar el mundo entero con el pensamiento; hemos de tomar de él un trozo. Por ello, sólo me voy a referir a tres o cuatro conceptos importantes para las ciencias. Son los de tiempo, espacio, fuerza y número. Pero si es cierto que el carácter es más importante y eficaz que el conocimiento de la verdad, entonces un carácter que se modifique, se desarrolle y mejore lentamente será preferible a un carácter que siempre siga igual, fijo y rígido. Con otras palabras: investigaremos si tiempo, espacio, fuerza y número se modifican, y si en el futuro hemos de realizar investigaciones científicas, han de modificarse estos conceptos precisamente ahora. Yo sustento la opinión de que en lugar de los conceptos fundamentales contemporáneos de tiempo, espacio, fuerza y número, hay que emplear otros distintos para representar lo real. Estos conceptos distintos se enunciarán, cierto es, con las mismas palabras; el lenguaje es, pues, más estable que el concepto, pero únicamente porque el contenido de las palabras puede modificarse de modo que la palabra altere su sentido sin que las letras cambien; con lo cual, lo anterior y lo posterior se hacen análogos, y análogo significa entonces que una cosa sigue siendo la misma y, sin embargo, no la misma, al igual que su carácter.
Conviene esto a los cuatro términos mencionados: tiempo, espacio, fuerza y número.
Ahora bien, en el ejemplo del tiempo advertimos al instante que a esta palabra se le pueden dar distintos contenidos. Las ciencias naturales de la época moderna entienden por "tiempo" una multiplicidad continua, homogénea, que también ha sido designada con el nombre de "tiempo matemático".
Sin embargo, la ciencia futura, la biológica y la antropológica, entenderá por "tiempo" la estructura inhomogénea, que se eleva desde el pretérito, a través del presente, hacia el futuro. Esta estructura es rítmica, discontinua, se mueve a pasos. Todo lo pasado también fue una vez futuro; pero estos tres tiempos pasado, presente y futuro son cualitativamente distintos: el pasado es irreversible, el futuro es indeciso, el presente decide. Por tanto, con respecto a la decisión estos tres tiempos son distintos. De aquí que lo real no esté en el tiempo matemático, sino que el tiempo sea producto de la decisión. Por ello en medicina se ha distinguido entre diagnóstico, terapéutica y pronóstico; en biología, entre clase, evolución y fin. Por ley natural entendemos solamente un intento mental de destruir estos tres tiempos y de retener algo que siempre se conserva igual. Pero dado que esto no se consigue y es una ficción, los filósofos han acabado por decir que la ley natural sólo describe una posibilidad, no una realidad.
También, en cuanto al espacio se refiere, cabe contraponer a un concepto antiguo, clásico, uno moderno, que en el futuro logrará la victoria sobre el pretérito. En las ciencias naturales clásicas, "espacio" significaba un continuo isótropo, homogéneo, infinito; pero en la época que ahora empieza no importará este contenido sino el lugar. El lugar en que una cosa está se improvisa en cada caso. Sólo se puede decir que una cosa se encuentra en su lugar en relación con otras cosas, pero no que se encuentre en cualquier sitio en el espacio matemático. Significa esto, pues, que las cosas no se encuentran en un espacio absoluto sino que ocupan un lugar en relación con otras. No están en el espacio, sino que por su mutua relación surge en cada caso un espacio y la vez siguiente, otro. A esto se ha llamado también relatividad.
Si se resumen estos dos enunciados se puede decir que las cosas no están en el tiempo y en el espacio sino que perduran a través del tiempo y del espacio, improvisándose en cada caso su punto temporal y su lugar espacial. Guardan ambas cosas nexo tan estrecho que también es posible sustituir tiempo por espacio y espacio por tiempo, y esto también lo ha enunciado la teoría de la relatividad. Los físicos teóricos han formulado esto antes y con mayor rigor que los biólogos; pero éstos, a su vez, no han sabido entregarse tan completamente en brazos de la anterior representación natural; pues los biólogos sabían que no es posible localizar en el tiempo o en el espacio a la vida, la generación, la conservación y la muerte.
El tercer concepto que hemos de reformar es el de fuerza. Galileo, Newton, Leibniz y otros dieron el paso audaz de equiparar una a otra la fuerza motriz y la acumulada (lo que luego se ha llamado la igualdad de la energía cinética y potencial). Pero lo que en tal equiparación permanece igual no es la fuerza, sino la magnitud del efecto. El sino de la igualdad equipara cosas distintas, aunque sean distintas; por lo cual establece la equiparación de cosas distintas (no se dice A igual a A, sino A igual a B). Si equiparamos así cosas distintas, con la ecuación expresamos en rigor una parábola.
Ahora bien: si se dice que fuerzas distintas ejercen un efecto de igual magnitud, en tal caso se quiere indicar, evidentemente, que en un efecto lo que importa solamente es la magnitud, no la clase. Pero esto constituye una simplificación forzada; se ha tratado notoriamente de que triunfara el propósito de suprimir las diferencias cualitativas por ejemplo, los valores, los sentimientos, las tendencias o apetencias ignorándolas. No era forzoso que este propósito fuera conciente; pero, sin embargo, el resultado es ese. El hecho de que en la equiparación de diferencias sólo resulte una imagen natural muy restringida se puso también de manifiesto en las investigaciones de la Física y de la Química mismas: las inhibiciones y las explosiones no se expresaban de ningún modo en la ley natural más general, la de la conservación de la energía (y también de la materia). Ni explosiones ni acumulaciones podían representarse en las leyes de la conservación. Pero la biología siempre ha tenido que oc