III - LOS SIGNIFICADOS DE LA RESPIRACIÓN*
Dr. Luis Chiozza, Lic. Oscar Baldino, Lic. Mirta Funosas, Dr. Enrique Obstfeld.
"Si nos es lícito confiar en el testimonio del len-guaje, fue el aire en movimiento lo que proporcionó el modelo de la es-piritualidad, pues el es-píritu toma prestado su nombre del soplo del viento (animus, spi-ritus; en hebreo: ruach, so-plo). Ello implicaba el des-cubrimiento del alma como el prin-cipio espiritual en el in-dividuo. La observación reen-contró el aire en movimiento en la respiración del hombre, que cesaba con la muerte; to-davía hoy el moribundo espira su alma'. Así pues, se inaugu-raba para el ser humano el reino de los espíri-tus..." (Sigmund Freud, Moisés y la re-ligión mono-teísta, 1939a, págs. 110-111).
I - INTRODUCCIÓN
Nos apoyamos en una concepción epistemológica que nos per-mite sos-tener que las catego-rías que denominamos soma y psi-quis son el resul-tado de que nuestro conocimiento con-ciente se es-tructura al-rededor de dos organizaciones concep-tuales: una física, y otra histó-rica (Chiozza, 1974a; 1976a; 1986a). La primera, que da origen a las ciencias natura-les, incluye todo aquello que percibimos como forma, función, trastorno, evolu-ción o desarrollo corporales. La segunda, que sustenta las cien-cias que toman por objeto al espíritu o a la cultura, alude a un registro que es expe-rimentado como una determinada fan-tasía, como un signifi-cado, inherente a aquel particular existente material.
Las dos organizaciones, irreductibles entre sí, es decir, que no se pueden incluir una en la otra, son derivadas de un mismo existente inconciente que, en sí mismo, no es psíquico ni somático. Esta fuente inconciente se ex-presa, a veces, a través de lo que la conciencia percibe co-mo una transforma-ción del órgano físico, y otras, a través de lo que la con-ciencia interpreta como el significado de un estado anímico. Dicha fuente es lo que denominamos, desde la con-ciencia, una fantasía inconciente específica, y nos la repre-sentamos como una escena, vinculada con actos (Freud, 1895d) y funciones originalmente adecuadas y plenas de sentido. El funciona-miento orgá-nico, los usos del len-guaje y los mi-tos son deri-vados, aspectos parciales del significado original que re-presenta esa escena o fantasía inconciente específica. Las re-presentaciones respiratorias que hemos encontra-do en la bio-logía, la literatura, los mi-tos, el lenguaje po-pular y la etimología, nos permiten, entonces, acceder a una más am-plia com-prensión de los signi-ficados de "lo respiratorio".
En el punto II nos ocupamos de la importancia del oxígeno para la vida, y en el III, de la fun-ción respiratoria que sa-tisface la necesidad de transpor-tar el oxígeno.
En el punto IV, La respiración como símbolo, desarrolla-mos ideas aportadas por la literatura, los mitos y el lenguaje popular.
En el punto V, guiados por la te-oría psicoanalítica de los afectos, planteamos y desarrolla-mos nues-tra tesis acerca de cuáles son los afectos específi-cos vincu-lados con las funcio-nes respiratorias metabólica y pul-monar.
En el punto VI describimos las vicisitudes del afecto "de-saliento", específico de la respiración pulmonar, en sus as-pectos nor-males y patológicos.
El punto VII es una síntesis de los conceptos desa-rrollados.
En el punto VIII se resumen algunas ideas sobre el asma planteadas por distintos psi-coanalistas, y también las que, acerca de los significados del trastorno, desarrollamos en este tra-bajo.
En el punto IX ejemplificamos la teoría con tres enfermos de asma bronquial: uno sin complicaciones, otro con enfermedad broncopulmonar obs-tructiva crónica, y un tercero con repeti-das neumonías.
II - EL OXÍGENO Y LA VIDA
La elevada proporción de oxígeno como elemento constitu-tivo del protoplasma y el hecho de que intervenga como com-burente en todos los fe-nómenos vivientes muestran que es un ele-mento pri-mordial de la vida.
Los seres llamados anaerobios son aquellos que no pueden vi-vir en pre-sencia de oxígeno li-bre. Los anaero-bios absolutos sólo pueden vivir aprove-chando el oxígeno combinado proce-dente de la descomposi-ción de las sustancias oxigenadas orgá-nicas o minerales. La facultad de poder vi-vir privado de oxí-geno libre sólo se observa en las bacterias dimi-nutas, o en seres que no han alcan-zado una gran diferencia-ción celu-lar. En los organis-mos superiores la vida ae-robia no ex-cluye la propiedad de aprovechar tam-bién el oxígeno combi-nado que in-terviene siempre en sus ac-tividades bioquímicas.
A esta observación general podemos agre-gar las conclu-siones de la experimentación biológica que muestra que en el óvulo fecundado la vida es tanto más in-tensa cuanto más acti-vos son los procesos de oxidación, y que la muerte sobreviene cuando cesa la intervención del oxígeno en las reacciones bioquími-cas (Morales Macedo, 1955).
Parte del oxígeno proporcionado por las plantas es con-vertido en ozono (O3) en las zonas superiores de la atmós-fera por acción de la radiación ultravioleta de origen solar. Esta capa de ozono sirve de fil-tro a las bandas de la luz ultra violeta más dañinas para los ácidos nu-cleicos y proteí-nas, permi-tiendo el pa-saje de la luz visible necesaria para la fo-tosíntesis. Si no fuera por esta semipermeabi-lidad nunca hu-biésemos existido (Hoyle y Wickramasinghe 1978; Thomas, 1974).
La formación de oxígeno tuvo que aguardar hasta la apari-ción de las células fotosintéti-cas, pero el au-mento de oxí-geno ac-tuó de membrana protectora por la generación de ozono. "Uno puede decir que la apari-ción del oxígeno en la atmós-fera fue el resultado de la evolución, o por el contra-rio, que la evo-lución provino de la aparición del oxígeno. Es lo mismo. Una vez que aparecieron las células foto-sintéticas [...] el fu-turo mecanismo res piratorio de la Tierra se aco-modó. [...] cuando la vida anaeróbica se vio amenazada (por el aumento de oxígeno en la atmós-fera), la solución inevitable fue la apari-ción de mutan-tes con sis-temas oxidativos y ATP (ade-nosín tri-fosfato). Con esto comenzó una etapa de desa-rrollo explo-sivo en la que se hicieron factibles grandes va-riedades de vida aerobia, incluyendo las formas multicelula-res" (Thomas, 1974, pág. 223).
Algo semejante encontramos en la hi-pótesis de Gaia, de J.E. Lovelock (1979), quien dice que: "...las condicio-nes físi-cas y químicas de la superficie de la Tierra, de la at-mósfera y de los océanos, han sido y son adecuadas para la vida gracias a la presencia misma de la vida, lo que con-trasta con la sabi-duría convencional, según la cual la vida y las condiciones planetarias siguieron caminos separa-dos, adaptán-dose la pri-mera a las segundas" (Lovelock, 1979, p.178).
En la evolución de las especies animales (reptiles, aves y mamíferos), cuando el agua dejó de ser el único medio natu-ral de la vida, en el último momento evolutivo, aparecie-ron los pulmones, órganos que permiten que el intercambio ga-seoso con el aire del medio ambiente sea directo.
Los intercambios gaseosos se efectúan por difusión a tra-vés de la superficie de contacto entre la sangre y el medio am-biente. Dado que la difusión de oxígeno se produce a través de una membrana, se puede decir que la penetración ga-seosa depende del gradiente de presión, del espe-sor de la mem-brana, de su naturaleza y, sobre todo, de la magnitud de la superfi-cie de con-tacto.
La necesidad de oxígeno que tienen los animales va-ría en-tre límites amplios. Toda actividad ligada a una pér-dida de ener-gía eleva el consumo de oxígeno. Así ocurre, por ejem-plo, cuando se intensifica el metabolismo como consecuen-cia del ejer-cicio fí-sico o de un proceso digestivo o febril. En tanto que los ani-males inferiores, cuya necesidad de oxí-geno es es-casa, apa-rentemente no presentan regulación, y los animales acuáti-cos tienen una regulación indirecta (búsqueda de aguas ricas en oxígeno), los vertebrados pueden, por lo general, adap-tarse automáticamente a necesidades varia-bles mediante la modifica-ción de la frecuencia y la am-plitud de los movimien-tos respi-ratorios (Vogel y Angerman, 1974) .
Podemos conjetu-rar enton-ces que la acción (motora), que con-duce a un aumento de oxi-genación y que se configuró en la filogenia como un acto mo-tor justificado11, estuvo rela-cionada con un incremento de la actividad, que creaba una necesidad de adaptación. Retomare-mos esta idea más adelante.
La energía que requieren los organismos superiores para el mantenimiento de sus funciones vitales y para accio-nar en el mundo exterior se obtiene de las oxidaciones de los produc-tos alimenticios. El resultado químico global de estos pro-cesos de oxidación es un continuo consumo de oxígeno y la produc-ción de anhidrido carbónico y agua, a los cuales deben su-marse otros productos residuales de menor importancia cuan-titativa, como los sulfatos y diversos productos nitro-genados.
Casi todas las sustancias que se oxidan en los te-jidos, cuando están fuera de ellos, a temperatura y pH fisio-lógicos, permanecen estables ante la acción del oxígeno. Su fácil oxi-dación en el organismo es el resultado de la acción catalí-tica de enzimas, que aceleran el proceso siguiendo eta-pas de-terminadas.
Muchos procesos de oxidación celular ocurren con una dismi-nución de la energía libre del sistema. Esta dismi-nución re-presenta el máximo de trabajo útil que puede obte-nerse de los mismos. En los organismos existen mecanismos que permi-ten al-macenar y utilizar el oxígeno para llevar a cabo nume-rosas funciones, indispensables para el desenvolvimiento nor-mal.
La utilización de la energía captada por las oxidacio-nes no es directa, sino que se realiza por mecanismos especia-les. El más importante consiste en la síntesis de com-puestos de fós-foro, formando lo que se ha denominado "uniones fosfó-ricas" (Adenosín Trifosfato, por ejemplo), de alto contenido energético. La energía que puede almace-narse en esas uniones constituye las verdade-ras reservas ener-géticas provenientes de las oxi-daciones.
III - LA FUNCIÓN RESPIRATORIA
En los organismos unicelulares el intercambio de gases ocu-rre directamente entre la célula y el medio am-biente, mien-tras que en los pluricelulares ese pro-ceso es mediati-zado por los aparatos respira-torio y circula-torio.
El desarrollo filogenético de nuevas formas de vida trajo aparejada una mayor necesidad de oxigenación. El pasaje de la vida acuática a la terrestre posibilitó que la vejiga natato-ria de los peces se transformara en los pulmones de los ba-tracios, reptiles, aves, y mamíferos. El aumento de la capa-cidad respiratoria no se logró por un gran aumento de ta-maño sino por una subdivisión de los pulmones en sacos cada vez más pequeños. La estructura de los pulmones se hizo así más compleja, a medida que se necesitó mayor oxigena-ción. La con-figuración de los sacos alveolares aumentó la superficie res-piratoria; al mismo tiempo, la mecánica respi-ratoria faci-litó el aumento de las variaciones en la ampli-tud y la fre-cuencia influyendo también de ese modo, activa-mente, en la magnitud del intercambio gaseoso.
En el hombre, durante la inhalación, la acción mus-cular baja el diafragma y levanta las costillas ensanchando el pe-cho. Entonces, la presión atmos-férica empuja el aire den-tro de la ca-vidad del pecho ensanchada. Durante la exhala-ción los múscu-los descansan, el pecho se estrecha y el aire es expe-lido. Esta ac-ción rít-mica combinada se realiza alrededor de dieciséis ve-ces por minuto cuando el sujeto des-cansa. La fre-cuencia es controlada prin-cipalmente por el cen-tro respirato-rio bulbar, que res-ponde a los cambios en el nivel ió-nico de hidrógeno y anhi-drido carbónico en la sangre, así como por otros factores: cam-bios de tempera-tura, actividades mo-toras, alteraciones neuro-vegetativas.
El oxígeno, que se di-funde a través de las mem-branas capi-lares de la red que rodea los alveolos, se com-bina con la hemoglo-bina en los glóbulos rojos. Esta sangre oxige-nada, bombeada por el co-razón, llega por la red arterial a las cé-lulas de los teji-dos.
El anhidrido carbónico realiza el camino inverso, circu-lando en la sangre como ion de bicar-bonato, combinado con la hemo-globina y como gas di-suelto. Sólo en esta última forma está disponible para su difu-sión en los pulmones y su exhalación.
Los pulmones fetales no intervienen en el in-tercambio gaseoso; antes del nacimiento tienen una función secretora y son una de las fuentes principales del líquido amniótico (Murray, 1983).
Las reservas de glucógeno de los pulmones, que au-mentan du-rante la gestación y disminuyen al acercarse su tér-mino, sir-ven probablemente como reservorio de los hidratos de car-bono que deben ser usados por las cé-lulas pulmonares para satisfa-cer sus necesidades energéticas, y tam-bién para el resto del orga-nismo en crecimiento.
Los pulmones son además sitio de producción de ma-teriales tensioactivos12 fundamentales para la fun-ción ventila-toria, que comienza con la primera respiración posnatal y continúa toda la vida.
El desarrollo fetal tiene lugar en un medio muy protegido. Es un medio acuoso, hipóxico y acidótico, es decir, todo lo contra-rio de aquél en el cual se desarrolla la futura vida extraute-rina. Para asegurar la supervivencia en un medio tan dife-rente se deben producir, después del parto, adapta-ciones rá-pidas.
En los pocos minutos que requiere la placenta para sepa-rarse del útero, el recién nacido debe activar el sistema nervioso central y el autónomo, reemplazar por aire el lí-quido que ocupa los pulmones, establecer una circulación apreciable, y reorganizar la dirección del flujo sanguíneo a través de las cámaras cardíacas y de los principales vasos. Estos no son procesos separados, sino fenómenos interdepen-dientes, esen-ciales para el desarrollo de un sistema cardio-respiratorio capaz de mantener un suministro adecuado de oxí-geno.
La culminación del parto es la primera respiración; este he-cho se considera el término de la existencia fetal y el co-mienzo de la vida posnatal. Pero, antes de eso, el cen-tro respiratorio del sistema nervioso central debe integrar los impulsos aferentes que le llegan e iniciar señales efe-rentes dirigidas a los músculos de la respiración (Murray, 1983). La respiración prenatal que se efectúa a través de la pla-centa -cuyo aporte de oxígeno es constante- establece la dependencia materno-filial. Con el inicio de la vida posnatal y la respi-ración pulmonar rítmica, el sujeto recibe el aporte di-recto de oxí-geno que le permite su independencia. Una de las dife-rencias significativas entre la respiración prenatal y la posnatal tie ne que ver con la perentoriedad de la primera y la capaci-dad de espera de la segunda, aspecto que retoma-remos más ade-lante.
IV - LA RESPIRACIÒN COMO SÍMBOLO
a. La respiración como símbolo de lo anímico-espiritual
Hay una relación clá-sicamente establecida entre la respi-ración y lo anímico-es-piritual, que se desprende de los cono-cimientos que nos brindan la literatura, la mitología, la etimología y el len-guaje popular.
En la filosofía griega, el aire fue considerado el princi-pio de la vida (Anaxímenes, en Ferrater Mora). El aire o pneuma ha significado desde el elemento constitutivo esen-cial de cada cosa hasta la representación del "soplo divino", del Es-píritu Santo, creador y ordenador del mundo (Ferrater Mora, 1954).
El relato bíblico dice que "...Dios modeló al hom-bre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado" (Génesis 2:7).
Un mito pelasgo relata la unión de la diosa Euri-nome y el aire, corporizado por ella en la serpiente Orfión, y cómo de esa unión nació el universo (Victor Civita Editor, 1973).
En una fábula griega se narran los amores de Psique con Eros. Según Perez Rioja (1962), "Psiquis es la personifi-cación del alma humana como el objeto amado por Eros...". Es además el símbolo de la espiritualidad. Se la suele represen-tar como una joven bella con alas de mariposa. Re-cordemos que Psique significa "alma" y también "aire", "soplo", "aliento", "ser vivo", "vida" y "espíritu".
Un mito polinesio, referido al origen del mundo, presenta a un ser impersonal llamado Io, que creó la sus-tancia cós-mica con un soplo. Io es considerado el alma del mundo, y por lo tanto, sujeto y objeto de la creación (Gri-mal, 1963).
También en la mitología brahamánica se vincula el aire con el espíritu y la creación. Para los hindúes la pro-piedad vi-talizadora de la respiración se extiende a la crea-ción uni-versal. En los rituales religiosos, la repetición de la voz sánscrita Om remeda el acto por el cual Brahma creó al mundo: es una larga espiración con la cual se hace partici-par al ser íntimo en el conjunto de las fuerzas del universo (Elíade, 1955, 1964).
En nuestro lenguaje hay gran cantidad de vocablos que, en su raíz etimológica, provienen del verbo latino spi-rare, que significa "soplar" y "respirar". Entre ellos en-contramos: espíritu, inspirar, aspirar, espirar, ex-pirar, res-pirar, suspirar y transpirar. Hay otra serie de términos que derivan del latín anhelare (res-pirar con di-ficultad), tales como aliento, alentar y anhelar. Por su parte exhalar, que deriva del latín exhalare y halare, cuya significación es "hacer salir de sí gases, vapo-res ú olores", está relacionado con hálito, aliento, vapor, respiración; y en segunda acepción, es "suspirar o proferir que-jas débiles" (Moliner, 1986).
Según Barcia (1961), suspirar, compuesto de sub: bajo, y de spiritus, supone la idea de una respira-ción que viene de lo hondo del ánimo, un aliento profundo, trabajoso, pero que no supone precisamente una situación do-lorosa, porque mu-chas veces suspiramos por un suceso prós-pero, como si el sus-piro fuese un saludo con el que despedimos las pasadas angus-tias. Después de una aflicción cualquiera, suspiramos, y este sus-piro no es un signo de pena, sino de amplitud y desahogo. Suspirar es dilatar el pecho, respirar hondamente, y presu-pone una opresión anterior.
Entonces, el suspiro, precedido de una situación en la cual se ha "cortado el aliento", es una inspiración fuerte y pro-longada seguida de una espiración, también prolongada que constituye su representante privilegiado y audible, es una respiración que viene de lo hondo del ánimo, como lo mues-tra la etimología de la palabra suspiro. Teniendo en cuenta que proviene de un instante de suspensión del aliento o res-piro, constituye un "des-ahogo" que expresa la supera-ción del desaliento.
En el lenguaje popular encontramos varias expresio-nes vin-culadas con el aire, tales como: "darse aires" (darse impor-tancia), "tener un aire" (tener un parecido), "desairar" (despreciar a una persona), "salir airoso" (superar una di-ficultad con éxito), "estar en el aire" (con poco contacto con la realidad).
También encontramos bofe, que significa pul-món, y bo-far es soplar (Real Academia Española, 1950); "echar los bofes" equi-vale a "afanarse o trabajar excesivamente". La exclama-ción ufa! o uff! usada para expresar fastidio, cansancio o so-focación, está asociada a b...f que es un grupo labial imi-tativo-ex-presivo que contiene la idea de soplar o hincha-zón y la de burla o desprecio; b...f se relaciona también con bufar, cuyo significado es mostrar un enfado violento con sonidos semejantes al del resoplido de los animales (Moliner, 1986). Todas estas expresiones que podemos resumir con el término bufido, pueden ser interpretadas como equi-valentes a un suspiro exagerado, ya que representan un in-tento de desa-hogo más intenso y perentorio.
La expresión "salir airoso" (literalmente: lleno de aire) significa salir con éxito de una situación que haya impli-cado lucha, bochorno, ofensa o desaire. El que sale ai-roso se siente alentado en el sentido de sentirse espiritual-mente sa-tisfecho por la superación de esa dificultad, lo cual queda simbolizado por el respirar con plenitud.
Cuando lo anímico se manifiesta como algo que nos manco-muna solemos hablar de espíritu, como es el caso, por ejem-plo, de las expresiones que se refieren al espíritu de un grupo, una sociedad, un pueblo o una época. Desde ese punto de vista, se puede considerar que el espíritu está "en" los in-dividuos, o "en-tre" ellos, como la forma colectiva del psi-quismo.
Wyss (1947) afirma que el aire que se respira, el pneuma o hálito de vida, fue utilizado como símbolo del espíritu, que es el principio de renovación constante de nuestra vida interior y con el cual estamos en relación recí-proca. Agrega que la palabra, que constituye el representante fundamental de la vida espiritual, necesita de los órganos respiratorios para ser pronunciada; llega a la conclusión de que los órga-nos de la respiración no sólo son medios para re-novar nues-tras energías vitales, sino también para espiritua-lizar la vida.
En la opinión de Wyss (1947), la respiración es la primera experiencia (posnatal) de nuestra ligazón con el mundo exte-rior y del encuentro con una resistencia externa. Es la pri-mera comunicación posnatal que establecemos con el medio, co-municación que se verifica involuntaria y rítmica-mente, por imperio de una necesidad apremiante13.
Weizsaecker (1950b) plantea que la respiración com-prende un trato con una sustancia del medio ambiente que tiene forma de gas, es decir, el aire (oxígeno); y que ese trato con-siste en un intercambio que se lleva a cabo a través de una función rítmica. Cuando esta actividad de ingreso y egreso, de inspi-ración y espiración se altera, como en el caso de la disnea, da lugar a una ansiedad de muerte. Esta ansiedad, que emerge rápida e intensamente, sólo se mantiene alejada a través de aquella misma actividad rítmica respira-toria.
La función respiratoria es perentoria. Si bien se puede dete-ner por un corto período, sólo es posible hacerlo hasta que sobreviene un daño y entonces se restablece en forma auto-mática14.
Esa perentoriedad, mayor que la de otras funciones, deter-mina que sea especialmente adecuada para arrogarse la repre-sentación simbólica de los vínculos en los cuales se ex-perimentan sentimientos de gran dependencia.
Desde una perspectiva simbólica, el espíritu que nos man-comuna anímicamente quedaría representado por el aire, que es un elemento compartido por todos. La relación con el aire sería el símbolo privilegiado de la convivencia. Un in-tercambio social adecuado, que implique la vivencia de una buena relación con los otros puede estar simbolizado por la acción eficaz de una respiración armónica, rítmico interjuego entre el inspirar y el espirar (Obstfeld y co-lab., 1975,1983a y 1983b).
Obstfeld y colaboradores (1975) señalan que la función pulmo-nar, que implica compartir algo común (el aire) se co-necta con la capacidad de empatía y el deseo de comunión. En-cuentran en algunos personajes que padecieron trastornos res-piratorios pulmonares (Dostoievsky, Bolívar, Schreber, el Che Guevara) una situación similar: la dificultad de cum-plir con un ideal social.
En otras palabras: el funcionamiento respiratorio normal, que implica el in-tercambio de gases con el medio am-biente, se arroga la re-presentación simbólica del buen inter-cambio so-cio-espiritual con los objetos del entorno. Por este mo-tivo se utiliza una misma palabra, atmósfera, para referirse al ámbito común compartido, tanto aéreo como social.
b. Creación y respiración
Resulta significativo que la palabra inspiración designe una parte del proceso respiratorio, la inhalación del aire, y también el "efecto de sentir el es-critor, el orador, o el ar-tista, aquel singular y eficaz es-tímulo que le hace produ-cir espontáneamente, como si lo que produce fuera una cosa ha-llada de pronto y no una búsqueda con esfuerzo" (Real Aca-demia Española, 1950). Etimológica-mente inspirar, deri-vado del latín spi-rare, significa "soplar adentro de algo", "infun-dir ideas" (Corominas, 1961).
La inspiración pulmonar se arroga la representación de la inspiración que alienta la creación y deviene un sím-bolo de esa parte del acto creativo. Así lo testimonian el uso de la misma palabra para representar ambos procesos y el hecho de que, tanto en los mitos como en la literatura, se representa al acto de la creación por la participación del aire, del viento o de un "soplo alentador", mediante el cual se anima la materia.
Que una misma palabra designe dos acontecimientos distintos -el fenómeno fisiológico y el estado de ánimo creativo- nos permite pensar que ambos comparten un núcleo común de sig-nificación inconciente y que por lo tanto tales aconte-cimientos están vinculados entre sí por una relación especí-fica.
La inspiración, como momento del proceso respiratorio, in-corpora el aire imprescindible para el mantenimiento de la vida (Zoe), y también, como momento del proceso crea-tivo, mantiene vivo el desarrollo espiritual (Bios)15.
En sentido figurado inspirar alude al acto por el cual Dios ilumina el entendimiento o ex-cita y mueve la vo-luntad y en la teología mística el "afecto encendido del alma ha-cia Dios", es aspiración (Real Academia Española, 1950).
Octavio Paz (1956), cuando se ocupa de la inspira-ción poé-tica, sostiene que la voz del po-eta es, y no es, la suya pro-pia. Quien le hace decir cosas que no pretendía decir se llama "de-monio", "musa", "espíritu", "genio", "trabajo", "azar", "inconciente", o "razón"16. Considera que la inspi-ración no es algo ni está en alguna parte. Es solo una aspi-ración, un ir, un movi-miento hacia adelante, hacia lo que so-mos noso-tros mismos; un ejercicio de la libertad y de la trascendencia. Sólo después de que el mundo se ha va-ciado de sentido, el poeta puede dar un salto para instaurar una nueva significación e inventar otro mundo: el poético. A través de la inspiración, el hombre se realiza, se hace "otro". Cuando pega el salto mortal que lo saca de sí mismo, se entrega y "se pierde" en el otro (Paz, 1956).
Estas reflexiones, que se refieren al arte poético, pueden hacerse extensivas a toda actividad humana que impli-que un proceso creativo. La vida personal y social re-clama esa "inspiración" gracias a la cual la salida del en-cierro y el ir hacia "el otro" permiten acceder a una nueva realidad, producto de una re-creación. En este sentido es di-fícil que surja la inspiración que nos lance más allá de no-sotros mis-mos cuando impera el deseo de mantenernos en un mundo de en-cierro y aislamiento, sin co-nexión ecosistémica.
Desde el psicoanálisis podemos pensar que la inspi-ración puede ser considerada como un momento de mayor permea-bilidad con el ello, fuente de significaciones inconcientes universa-les.
También encontramos en el lenguaje la palabra as-piración, vinculada a la inspiración de la fisiología respi-ratoria. Esta se arroga la representación del deseo, anhelo o impulso de lograr algo, como lo muestra el uso de la misma palabra para representar ambos procesos.
La inspiración pulmonar designa predominantemente la en-trada del aire en los pulmones; la aspiración, como pro-ceso fí-sico, en cambio, designa predominantemente el acto por el cual se quita aire de un determinado lugar. La inspiración creativa acompaña el acto de creación de una obra; la as-piración, como vivencia, en cambio, acompaña a un deseo que no se ha reali-zado.
Mientras que el fumador de ciga-rrillos pone el acento en la inspiración del humo, el fuma-dor de pipa lo pone en aspi-rarlo. Po-dríamos pensar que uno re-presenta de este modo su dificul-tad para "inspirarse"; y el otro sustituye, mediante el acto sintomático, las aspiracio-nes que no logra asumir.
Las vinculaciones estrechas entre la inspiración y la res-piración nos llevan a plantear que así como la repre-sión del fracaso en la capacidad de materialización de los proyectos se puede expresar, específicamente, como trastorno hepático (Chiozza, 1963a), podemos concebir que la represión de la vi-vencia de falta de inspiración para producir de modo crea-tivo podría manifestarse, también en forma específica, como tras-torno respiratorio.
c. Simbiosis y respiración
De acuerdo con las investigaciones realizadas acer-ca de las fantasías hepáticas (Chiozza, 1974b, 1984a), lo res-piratorio y lo oral en la vida posnatal son el resultado de una diso-ciación de lo hepático fetal. Durante el pe-ríodo de gesta-ción el alimento y el oxígeno llegan al feto a través de la pla-centa materna. Luego, como consecuencia del naci-miento, la madre y el niño se independizan; al mismo tiempo se dife-rencian las funciones respiratoria y digestiva.
A partir del nacimiento el niño deja de servirse de la ma-dre para respirar y asume esa función en forma autónoma.
La respiración posnatal puede adjudicarse, por este mo-tivo, la representa-ción simbólica de la ruptura de la simbio-sis ma-terno-filial y del acceso a un nuevo orden de dependencia.
Freud (1916-1917) sostiene que la angustia toma como modelo el acto del nacimiento en el que se produce ese agrupamiento de sensaciones displacenteras, mociones de descarga y sensaciones corporales que se ha convertido en el modelo de los afectos de un peligro mortal y desde entonces es repe-tido por nosotros como estado de angustia. El enorme incremento de los estímulos sobrevenido al interrumpirse la renovación de la sangre (respiración interna) fue en ese mo-mento la causa de la vivencia de angustia; por lo tanto, la primera angustia fue una angustia tóxica. En el mismo texto Freud aclara que la palabra angustia (Angst - que tam-bién quiere decir "angostamiento") destaca el rasgo de la falta de aliento. Esa falta, que en el momento de nacer fue consecuen-cia de una si-tuación real, luego se reproduce casi regular-mente en el afecto. Freud afirma que ese primer es-tado de an-gustia se origina en la separación materno-fetal.
En el trabajo clínico es posible observar que la dificultad para atrave-sar situaciones de cambio que por sus caracterís-ticas evocan el trauma de naci-miento, se expre-sa frecuen-temente mediante trastornos respiratorios.
V - LA ACCIÓN EFICAZ Y LOS AFECTOS IMPLICADOS EN LA RESPIRA-CIÓN
a. Los afectos en la teoría psicoanalítica
El afecto es un proceso que participa de las carac-terísticas del signo y del símbolo. Como indicador de una presen-cia (signo) es parte de un suceso real, somático, que expresa una des-carga motora actual que afecta al yo (Freud, 1915e). Como re-presentante de una ausencia (símbolo) constituye un fenó-meno ideal, psíquico; es un "monumento conmemorativo" que alude a una reminiscencia inconciente (Freud, 1895d; Chiozza, 1986a, págs. 76-88). Tiene el valor de un ataque histérico universal y con-génito que representa un suceso mo-tor que fue, en la filoge-nia, justificado.
Comprendido desde la teoría psicoanalítica, el afecto es "psicosomático" por excelencia, ya que como con-cepto nos ofrece la ventaja de que, al participar de ambas categorías (reminiscencia y descarga actual), hace desapare-cer la tradi-cional alternativa entre psiquis y soma (Chiozza, 1986a, págs. 76-88).
El afecto se percibe, entonces, por un lado como un suceso físico actual, y por el otro como un acontecimiento psí-quico, histórico, que puede ser interpretado en su signi-ficado.
En los términos de la metapsicología el afecto es una des-carga motora vegetativa, cuya magnitud constituye una se-rie complementaria con el monto de la descarga motora que ocurre en la acción ejercida sobre el objeto materialmente pre-sente. Cada afecto es un movimiento vegetativo que se rea-liza con una modalidad típica (cuyas "últimas consecuencias" son per-cibidas por la conciencia en una serie que va desde las sen-saciones "somáticas" al sentimiento). Tal modalidad de des-carga está determinada filogenéticamente por una hue-lla mné-mica inconciente, por un "registro" habitual, que Freud (1900a) denominó clave de inervación17 y que forma parte de las ideas que atribuimos a lo que llamaba inconciente no re-primido (Freud, 1915b).
Como resultado de reiteradas elaboraciones sobre este tema (Chiozza, 1976a) llegamos a la idea de que el enfer-mar somá-tico, desde un punto de vista metapsicológico, im-plica que el desplazamiento de la investidura no se realiza, como en la neurosis, sobre una representación sustitutiva, sino "dentro" de la misma clave de inervación de los afectos, de modo que algunos elementos de la clave reciben una carga más intensa, en detrimento de otros. En este sentido toda en-fermedad somá-tica puede ser concebida como la descomposi-ción de un afecto en su clave de inervación.
b. Los afectos vinculados con la función respiratoria
Intentaremos caracterizar los afectos ligados a la función respiratoria, con el propósito de profundizar en el signifi-cado inconciente específico de esa función.
Llamamos ánimo a un estado general que, a la ma-nera de un trasfondo, talante, o temple básico, tiñe toda la activi-dad vital y que, como buen o mal ánimo, alude al modo en que estamos dispuestos para la acción.
Esa disposición para la ac-ción que denominamos ánimo y la energía que proviene de los procesos metabólicos (según el conocimiento médico) serían expresiones -que la conciencia categoriza como psíquica y somática respectiva-mente- de una misma fantasía inconciente específica, de un mismo exis-tente, de una misma matriz estructural, que consti-tuye su fuente.
La palabra aliento se refiere, fundamental-mente, al aire que se respira. Como vimos, la etimología muestra que respi-rar y alentar poseen una raíz lingüís-tica común (del latín anhelitare) (Corominas, 1961).
El verbo alentar, en su primera acepción, signi-fica res-pirar, o sea aspirar y espirar el aire con los pulmo-nes, pero posee, tanto en el lenguaje literario como en un sen-tido fi-gurado, otras acepciones; por ejemplo, alentamos esperan-zas, amor u odio. Designa asimismo la acción de ani-mar a otra persona, es decir, infundirle ánimos para empren-der una determinada acción (Moliner, 1986). En este sentido, quien es alentado adquiere "vigor del ánim o, esfuerzo o va-lor" (Real Academia Española, 1950). También la palabra aliento se re-fiere al estar con vida, por ejemplo, cuando se usa la expre-sión "hasta el último aliento" para signifi-car "mientras dure la vida".
En el caso de la respiración pulmonar, a partir de una ma-triz inconciente común aparecen en la conciencia, por un lado, las sensaciones y percepciones correspondientes al aliento como producto de la respiración pulmonar, y, por el otro, esa par-ticular vivencia de recibir aliento, implícita en el signifi-cado del verbo alentar. Por este motivo la respi-ración pul-monar puede arrogarse la representación del aliento y del estado afectivo correspondiente al ser alentado.
Mientras que el estar alentado y animado son incon-cientes, el desaliento y el desánimo son afectos típicos y universa-les que alcanzan frecuentemente la conciencia y ad-quieren la ca-tegoría de sentimientos. Estos sentimientos son nominados con las palabras desaliento y desánimo, preci-samente porque los trastornos que der ivan en lo que la con-ciencia categoriza como una falta de aire o de energía se arrogan la representa-ción del proceso afectivo completo, ya que la ma-triz estruc-tural inconciente de la función respira-toria pul-monar y meta-bólica configura parte de la clave de inerva-ción de ese pro-ceso afectivo.
VI - EL DESALIENTO Y LA RESPIRACIÒN PULMONAR
a. Acerca de la clave de inervación del desaliento y del de-sánimo
En trabajos anteriores (Chiozza, 1981c) nos ocupamos de dis-tinguir, entre las diversas formas clínicas de la melanco-lía, algunas caracterizadas como digestivas, hepáticas o cardíacas, según predominen en ellas la acritud, la amar-gura o la nostalgia. Podemos, análogamente, referirnos a una forma "respiratoria" de la melancolía, caracterizada en lo esencial por el desaliento.
El estado anímico más característico de lo que en la clínica psiquiátrica se llama depresión parece ser el desánimo. Pero, tal como se desprende de lo que hemos dicho hasta aquí, el desaliento es una forma particular del desánimo y se arroga, muchas veces, su representación.
Noyes (1951) y Ey y colab. (1965), señalan el descenso del metabolismo basal en la depresión. Dumas (1933), basado en las experiencias de laboratorio de Badonnel, afirma que esta disminución del proceso metabólico es expresión global de la disminución de las oxidaciones que se producen en la mayor parte de los tejidos. Sostiene que la respiración se encuen-tra disminuída en su ritmo, es superficial y tiene tiempos de pausa muy prolongados.
Podemos pensar, tal como lo hemos señalado ya, que las varia-ciones del proceso energético metabólico son el equiva-lente somático de aquello que, en el plano vivencial, se experi-menta como las variaciones del ánimo, y que ambos fe-nómenos derivan de una misma clave inconciente.
Los afectos desaliento y desánimo pueden ser equiparados a formas menores de la depresión melancólica y, desde ese punto de vista, no es aventurado suponer que muchas de las altera-ciones somáticas que se describen en la depresión son iner-vaciones pertenecientes a la clave que corresponde a esos afectos. Lamentablemente las descripciones de la psi-quiatría nos ayudan poco porque consignan, sin orden ni concierto, demasiados síntomas y signos distintos18.
Debemos conformarnos, por ahora, con establecer la hipótesis de que la función respiratoria metabólica, en el caso del de-sánimo, y la función respiratoria pulmonar, en el caso del desaliento, son los elementos privilegiados de las respecti-vas claves de inervación de esos afectos.
b. La hibernación: una reacción fisiológica relacionada con el desánimo y el desaliento
La biología nos describe un modelo defensivo adap-tativo que se conoce como hibernación. Cuando un ani-mal hiberna re-duce su metabolismo al mínimo, hay descenso de la tempera-tura corporal, la respiración es casi nula y se sume en una espe-cie de letargo, lo que le permite subsistir en medios cuyas condi-ciones se han vuelto muy hostiles. La hibernación su-pone, por parte del animal, una forma de ais-lamiento res-pecto del medio y una espera de que mejoren las condiciones negati-vas para su modo de vida.
Podemos pensar, entonces, que las funciones corpo-rales que languidecen19 constituyen, en la hi-bernación, una modali-dad orgánica adaptativa cuando se hace necesario so-brevivir en un entorno en el cual hay es-casez de elementos nutritivos. La disminución del metabo-lismo, que implica un menor consumo de oxígeno, es, en estos casos, una res-puesta eficaz.
En la hipotermia, por debajo de 35 grados C, dismi-nuyen to-das las ac-tividades fisiológi-cas, de-cae la fre-cuencia del pulso, la presión sanguínea y el metabolismo. En el pa-ciente qui-rúrgico esto es útil porque reduce la necesi-dad de oxí-geno en un 40 % (Cecil & Loeb, 1972).
Observamos que los cambios somáticos que se regis-tran como acción eficaz en la hibernación, son similares a las ma-nifestaciones somáticas concomitantes a la depresión o a sus formas menores, el desánimo20 y el desaliento.
Nos ha resultado llamativa la descripción de un estado que la medi-cina de-signa con el poco cono-cido término de "astenobio-sis". Esta palabra designa un estado de reducida activi-dad bioló-gica semejante a la hiber-nación, pero que no depende ni está relacionado con la tempe-ratura o la humedad. (Diccionario de Ciencias Médicas, 1985).
Como sabemos, el afecto equivale a un ataque histé-rico uni-versal y congénito (Freud, 1926d); es la repetición de una ac-tividad motriz que otrora fue justificada pero en el pre-sente ya no lo es.
Podemos pensar, por lo tanto, que aquellas manifestaciones somáti-cas con-comitantes a la depresión constituirían una re-acción injusti-ficada -en el sentido que hemos mencionado al ocupar-nos de la teoría de los afectos- como producto de una confusión, inconciente, de la carencia espiritual con la ca-rencia de elementos nu-tritivos.
c. El desaliento como reacción actualmente injustificada
Tal como lo formulamos en el apartado anterior, la frustra-ción en la necesi-dad de inter-cambio espiritual, atribuida a la presencia de un am-biente hos-til, de una atmósfera ad-versa, puede generar el afecto particular, como proceso de descarga "actualmente injustificado", que llamamos desa-liento.
El desalentado se siente impotente para satisfacer sus as-piraciones de cariño, atención, consideración o estima, dé-ficit que experimenta como si le faltara el aire, situación que corresponde a lo que en el lenguaje habitual se deno-mina, y no por casualidad, un desaire. Recurre entonces, automá-tica e inconcientemente, a una reacción, el desa-liento, como forma del desánimo, que en la filoge-nia se jus-tificaba frente a la carencia del objeto de la ne-cesidad (el aire), pero que no resulta adecuada actualmente ya que la necesidad ha cambiado para ser, actualmente, por ejemplo, un halago.
Como ya dijimos, "estar alentado" es contar con la dis-posición y la inspiración para emprender una obra, lo cual requiere, entre otras cosas, tener una repre-sentación de las acciones que deben realizarse para concre-tarla. Esta imagen anticipatoria de las acciones a realizar constituye lo que podríamos llamar una protoacción, que no debe confundirse con tener un ideal, una ilusión, una aspiración o un an-helo.
Cuando una persona siente que posee los esquemas de ac-ción adecuados, o cuando tiene la esperanza de que sus esque-mas de acción sean eficaces, se siente alentada. En este sen-tido, considera-mos que lo respiratorio pulmonar -el aliento- se arroga la representa-ción del estado afectivo pla-centero que se experi-menta cuando los esquemas de acción (protoacciones) funcionan ade-cuadamente.
Por otro lado, como señalamos antes, el aliento también se arroga la repre-sentación del ánimo para realizar la acción. Por esta razón, el desa-liento no sólo surge ante la falla de los esquemas de acción, o por-que la acción es más difícil de lo que se suponía, sino también por-que se "desanima" la bús-queda de nuevos esque-mas.
Solemos considerar que el desaliento es un es-tado afec-tivo de connotaciones negativas, pero en ciertas oportu-nidades la ac-ción de de-salentar contiene un aspecto posi-tivo. En deter-minadas condiciones, desalentar un deseo o una con-ducta que pueden ser perjudi-ciales, adquiere el sen-tido de una actitud de protección.
d. La desestructuración del afecto desaliento
Aquello que conocemos como desaliento y que experimen-tamos como falta de disposición para la acción, apa-rece mu-chas ve-ces en la conciencia sin que sepamos cuáles son los motivos que lo sostienen desde lo inconciente.
Pensamos que en algunas cir-cunstancias la represión de-saloja de la conciencia no sólo los motivos del desaliento sino tam-bién al desaliento mismo. En ese caso (tal como la experien-cia nos ha enseñado que ocurre con otros afectos) un recurso para evitar la concien-cia insoportable del desa-liento con-siste en deformar su clave de inervación, de modo que uno de los elementos de esa clave atraiga sobre sí la investidura completa y penetre, sólo él, en la conciencia, privado del significado afectivo original.
Como antes afirmamos, los elementos privilegiados para re-cibir esa investidura son los que constituyen la función res-piratoria. De ahí que lo que se presenta a la con-ciencia como un trastorno respiratorio pueda ser conside-rado una ex-presión del afecto desaliento, que al no poder hacerse con-ciente como tal, se ha desestructurado en su clave de iner-vación.
El trastorno de la función respiratoria pulmonar, la dis-nea, puede ser inter-pretado como un desarrollo equiva-lente al afecto desaliento, trastorno que resulta de la deformación patosomá-tica de la clave de inervación correspondiente. El trastorno se defi-nirá como dis-nea cuando la conciencia lo ca-tegoriza como un proceso so-mático -privado de significado afectivo-, o como una forma particular de desaliento cuando la conciencia lo interpreta como un acontecimiento psíquico.
e. Diferentes formas del desaliento
De acuerdo con nuestra tesis la función respiratoria normal se acom-paña de la viven-cia de "estar alentado". El "estar alen-tado", como hemos visto, se acompaña de un fun-cionamiento respiratorio normal, es in-conciente y, por lo tanto, no se nomina.
Cuando el estar desalentado alcanza la con-ciencia adquiere la categoría de un senti-miento que puede ser recono-cido como tal en sus diferentes aspectos. Los distintos trastornos res-piratorios representan, en cambio, a nuestro juicio, dife-rentes for-mas de un desaliento inconciente.
El desaliento puede expresarse simbólicamente, den-tro de las formas de predomi-nio inspiratorio, de dos modos distin-tos. El primero es el sentimiento de ser de-satendido o ex-cluído de un entorno so-cial, que suele simbolizarse por medio de la falta de un "aire" que ha sido "quitado", tal como lo testi-monia la elección de la palabra desaire para referirse a este tipo de rechazo o desprecio. El segundo modo de predo-minio inspira-torio corresponde al sentimiento de no recibir el apoyo o el estímulo necesario para emprender una acción. Ese apoyo queda simbolizado por un "aire" que no ha sido otor-gado. Así lo testimonia el uso de la expresión "no me han alentado para".
Existe una forma de desaliento que pone el acento en la fase espira-toria. Configura el senti-miento de ahogo, sofocación o estrangulamiento, que se expe-rimenta en un vínculo estrecho, de características simbióti-cas, que coarta el desempeño de las actividades vita-les y de la creatividad, vínculo que so-lemos denominar "as-fixiante".
Otra forma de desaliento, que pone el acento en la acelera-ción del ritmo respiratorio, puede expresarse o simbolizarse mediante la respiración disneica anhe-lante. Anhelar signi-fica "respirar con dificultad" (es decir: disnea) y, tam-bién, "tener ansia o deseo vehemente de conse-guir alguna cosa" (Real Academia Española, 1950). Aquí tam-bién la co-existencia de ambos signi-ficados en una palabra nos remite a un mismo núcleo común in-conciente. Si aceptamos que el an-helo lleva implícita una espe-ranza, y que la espe-ranza co-rresponde a la idealización defensiva de una espera (Chiozza, 1963a) que ha perdido la confianza en que se produ-cirá el hecho deseado (desespera-ción), encontramos otro mo-tivo para sostener que el an-helo encubre al desaliento (Chiozza, 1981c).
VII - RESUMEN DE LA FANTASÍA ESPECÍFICA DE LA RESPIRACIÓN
1) Tal como sucede con cualquier otra función, aquello que desde nuestra conciencia denominamos respiración metabó-lica y pulmonar obtiene su configuración de una matriz es-tructural inconciente específica.
2) En el caso de la respiración metabólica, a partir de esa matriz inconciente común, aparecen en la conciencia: por un lado, la energía que proviene de los procesos metabólicos (conocimiento médico) y, por el otro, esa disposición para la acción que denominamos ánimo. Por ese motivo, la respira-ción metabólica puede arrogarse la representación del ánimo y del estado afectivo correspondiente que denominamos estar ani-mado.
3) En el caso de la respiración pulmonar, a partir de una ma-triz inconciente común, aparecen en la conciencia: por un lado, las sensaciones y percepciones correspondientes al aliento como producto de la respiración pulmonar y por el otro, esa particular vivencia de recibir aliento, implícita en el significado del verbo alentar. Por ese motivo la res-piración pulmonar puede arrogarse la representación del aliento y del estado afectivo correspondiente al signifi-cado de la palabra alentado.
4) Mientras el estar alentado y ani-mado son inconcien-tes, el desaliento y el desánimo son afec-tos típicos y uni-versales que alcanzan frecuentemente la conciencia y adquie-ren la ca-tegoría de sentimientos. Estos sentimientos son no-minados con las palabras desaliento y desánimo precisa-mente porque los trastornos que derivan en lo que la con-ciencia categoriza como una falta de aire o de energía se arrogan la represen-tación del proceso afec-tivo completo, ya que la matriz es-tructural inconciente de la función respira-toria pulmonar y metabólica configura parte de la clave de inervación de ese proceso afectivo.
5) La inspiración pulmonar se arroga la re-presentación de la inspiración que alienta la creación y de-viene un símbolo de esa parte del acto creativo. Así lo tes-timonian el uso de la misma palabra para representar ambos procesos y el hecho de que tanto en los mitos como en la literatura se repre-senta al acto de la creación por la par-ticipación del aire, el viento o un soplo alentador, me-diante el cual se anima la materia.
También encontramos en el lenguaje la palabra aspira-ción, vinculada a la inspiración de la fisiología respirato-ria. Esta se arroga la representación del deseo, anhelo o im-pulso de lograr algo, como lo demuestra el uso de la misma palabra para representar ambos procesos.
La inspiración pulmonar designa predominantemente la en-trada del aire en los pulmones; la aspiración, como proceso fí-sico, en cambio, designa predominantemente el acto por el cual se quita aire de un determinado lugar. La inspiración creativa acompaña al acto de creación de una obra; la aspi-ración como vivencia , en cambio, acompaña a un deseo que no se ha reali-zado.
6) El aire respirado (aliento) o pneuma simboliza al alma y al espíritu, como lo testimonian numerosos ejemplos ex-traídos de la etimología y de la mitología. De modo que el funciona-miento respiratorio pulmonar normal, que implica el intercam-bio de gases con el medio ambiente, se arroga la re-presentación simbólica del buen intercambio socio-espiritual con los objetos del entorno. Por ese mismo motivo se utiliza una misma palabra, atmósfera, para referirse al ámbito co-mún, tanto aéreo como social, compartido.
La expresión "salir airoso" (literalmente: lleno de aire) posee el significado de salir con éxito de una situación que haya implicado lucha, bochorno, ofensa o desaire. Respi-rar con plenitud simboliza en esa forma lingüística sentirse espiritual-mente satisfecho por la superación de una dificul-tad.
7) El afecto desaliento puede expresarse sim-bólicamente de dos maneras distintas.
Una de ellas, de predominio inspiratorio, admite a su vez dos posibilidades. La primera es el sentimiento de ser desa-tendido o excluído de un entorno social, simbolizado por la falta de un aire que ha sido quitado, como lo testimonia la elección de la palabra desaire para referirse a este tipo de rechazo o desprecio. La segunda corresponde al senti-miento de no recibir el apoyo o el estímulo necesario para emprender una acción, simbolizado por la falta de un aire que no ha sido otorgado, como lo tes-timonia el uso de la ex-presión "no me han alentado para".
La otra, de predominio espiratorio, configura el senti-miento de ahogo, sofocación, o estrangulamiento, que se expe-rimenta en un vínculo estrecho, de características simbióti-cas, que coarta el desempeño de las actividades vitales y de la crea-tividad, vínculo que solemos denominar "asfixiante".
8) El suspiro, precedido de una situación en la cual se ha "coartado el aliento", es una inspiración fuerte y prolon-gada, seguida de una espiración, también prolongada que constituye su representación privilegiada y audible. Es una "respiración" que viene de lo hondo del ánimo, como lo mues-tra la etimología de la palabra suspiro (sub, bajo y spiritus, espíritu). Si tenemos en cuenta que proviene de un instante de suspen-sión del aliento o respiro, podemos pen-sar que representa un des-ahogo que expresa la supe-ración del desaliento.
La expresión ¡ufa!, asociada al bufido (de bofe, pul-món) y al resoplido de los animales, considerada como la exagera-ción de un suspiro, podría representar una forma de desahogo vio-lenta, un intento más intenso de terminar con el desa-liento.
9) La biología interpreta a la hibernación, que se caracte-riza por la diminución del metabolismo y la temperatura, y un mínimo con-sumo de oxígeno, como una res-puesta arcaica de adaptación a la carencia externa de los suministros del am-biente que son impres-cindibles para el cumpli-miento de las funcio-nes vitales.
Encontramos en la hibernación el modelo filogenético que con-figura la clave de inervación del afecto desaliento.
Cuando la frustración en la demanda de intercambio socio-es-piritual es, en lo inconciente, errónea y simbólicamente in-terpretada como la carencia de alimentos y de oxígeno, surge el afecto desaliento como un acto motor filogenética-mente justificado (hibernación) pero ineficaz ante esa situa-ción. Representa además, simbólicamente, un intento de actua-lizar la etapa prenatal conservando la fantasía omnipotente de prescindir del intercambio.
El desalentar una acción o un deseo puede funcionar, sin em-bargo, en algunas circunstancias, de una ma-nera protectora.
10) El trastorno de la función respiratoria pulmonar, la disnea, puede ser interpretado como un desarrollo equiva-lente al afecto desaliento, que resulta de la de-formación patosomá-tica de su clave de inervación. El tras-torno se de-finirá como dis-nea cuando la conciencia lo cate-goriza como un proceso so-mático -privado de significado afectivo-, o como una forma particular de desaliento cuando la conciencia lo interpreta como un acontecimiento psíquico.
11) El verbo anhelar significa: tener ansia o deseo ve-hemente de conseguir alguna cosa, y también, respi-rar con di-ficultad. Por este motivo, podemos afirmar que la respira-ción anhelante, una forma particular de la disnea, se arroga la representación de un deseo vehemente, el cual por otra parte, suele constituirse como una formación reactiva frente al de-saliento.
VIII - LOS SIGNIFICADOS DEL ASMA
a. Síntesis bibliográfica
T. French y F. Alexander (1943) sostienen que dado que la respiración constituye la primera función pos-natal, repre-senta la independencia biológica del niño respecto de su ma-dre. De ahí que en el acceso dis-neico se expresen simultánea-mente un pedido de amparo y la protesta contra la relación de excesiva de-pendencia. Los determinantes del ata-que se asocian a situaciones de temor y rabia, a situaciones que ame-nazan la relación de dependencia y la seguridad ba-sada en ella, y a conflictos sexuales. La separa-ción temida de la madre, que amenaza la dependencia y la seguridad, no es una verdadera separación fí-sica sino el peligro de aleja-miento de la madre debido a alguna tentación a la que el pa-ciente está ex-puesto; el ataque parece significar un grito suprimido y una confe-sión sofocada dirigidos a la ma-dre. Los autores remarcan que la situación precipitante la constituye la indecisión y el conflicto en-tre ad-herirse y sepa-rarse de la madre. Los moti-vos de la inhibición del grito son atri-buidos a la exi-gencia materna de acti-tudes independientes y autosuficientes prema-turas, así como a la tendencia que se opone a la depen-dencia excesiva materna. El ataque de asma expresaría también una protesta frente a la separa-ción y contra la necesidad de pro-curarse independientemente el oxí-geno, como así también la protesta contra el deseo de resta-blecer llorando (o gri-tando) la dependencia con la madre. La madre del asmático es carac-terizada como narcisista, ambi-ciosa, poco maternal. Los padres son descriptos como pasivos y ale-jados del hijo, y el niño asmático como uniformemente terco, exhibicionista y exi-gente.
Weizsaecker encuentra, como rasgo caracterológico en los pacientes asmáticos, una terquedad ven-gativa. Consi-dera que esta terquedad surge frente al miedo a la pérdida de se-guridad. Dice: "el ataque asmático es una especie de escena de llanto que tiene lugar en los pulmones, como ex-presión de miedo, terquedad y de aquella amenaza de enferme-dad y muerte" (Weizsaecker, 1950a, pág. 86) . Refiriéndose a lo que diría un psicó-logo acerca de una paciente describe que su imago-madre recibió un duro golpe que la hirió en su ánimo. Agrega que en el asma se llora y se grita en lo más profundo de los pulmones y con-cluye di-ciendo que "las funcio-nes fisiológicas en el asma reflejan algo de las fuerzas apasionadas que en el es-píritu son más eficaces que las lógicas e intelectuales".
E. Racker (1948) dice que el nacimiento marca el momento de la primera función puesto que rompe la iden-tidad entre su-jeto y objeto; desde entonces el objeto y lo malo quedarán equipa-rados. En varios pacien-tes asmáticos encontró que se inhibían para amar porque lo vivían como un desprendimiento de li-bido del yo, equivalente a la muerte. Estos pacientes experimentan el peligro de ser absorbidos (amados, comidos, ma-tados) por la madre-Moloc21, y ante ese peligro se tienen que defender.
Surge entonces:
1) un conflicto entre incorporar (amar, comer, tener dentro, estar unido, salvarse de la muerte) y no incorporar (evitar lo malo, la muerte y también morir por falta de seno) a la madre.
2) una lucha entre la madre que quiere entrar por sus vías respiratorias y el paciente. La de-fensa consiste en ce-rrar los bronquios.
3) Otra defensa que consiste en incorporar al objeto, y que instala un conflicto entre rete-ner a la madre o expul-sarla.
4) Ante el temor de ser absorbido, búsqueda (en la an-gustia de muerte) tanto de llenarse de nuevo, como de eliminar al mismo tiempo al objeto peligroso. El asmático trata de conseguir ambas cosas, inspirando al objeto. Como es un ob-jeto malo se lo tiene que agredir. El ataque asmático se constituye entonces en un "proceso melancólico" en el apa-rato respiratorio, según lo describe Pichón- Rivière (1943).
5) El enfermo introyectó al objeto y éste lo ataca, lo mata desde adentro. En este sentido, el asma sería una con-versión somática de un delirio de ahogamiento. El hecho de que el objeto sea "inspi-rado" representa la tentativa de in-corporarlo evitando la agresividad oral. El estornudo sería un re-chazo del objeto por la nariz y el "deseo de salud", un apoyo externo.
En los asmáticos la madre es equiparada al aire. Tanto la inspiración como la espiración son mortales y el enfermo se ahoga, muere en este conflicto. Ahogarse equivale a la falta de aire y a haber per-dido a la madre. La contradicción entre la independencia y la pasividad se comprende en un plano más profundo: el del nacimiento. Nacer es separarse de la madre y morir. Pero nacer es también vivir. No nacer es tam-bién la muerte, pero es estar unido a la madre y, por lo tanto, vi-vir. Es esto lo que elige finalmente el asmático.
O. Fenichel (1957) se refiere al asma bronquial como una ór-ganoneurosis del aparato respiratorio. En el asma bronquial es especialmente un anhelo (pasivo-receptivo) de la madre lo que expresan las alteracio-nes patológicas de la función res-piratoria. El ataque asmático es, ante todo, un equivalente de angus-tia; ésta es percibida como un temor de asfixia, es un grito en pedido de ayuda dirigido a la madre, a quien el paciente trata de introyectar por la respiración para estar permanentemente protegido. La orientación anal de los pacien-tes, por regla general, ha evolucionado de un interés de oler a un interés de respirar.
Arminda Aberastury (1951) observó que los niños asmáticos construyen las casas con gran cantidad de ven-tanas, pequeñas y colocadas en lo alto, para simbolizar la dificultad respi-ratoria.
Adriana, una niña que comenzó con crisis asmáticas a los ocho años, cuando nació su hermano que la des-plazó del lugar de "la menor", representó la sensación de ahogo dibujando una figura en la que los bra-zos salían de la garganta.
Otros niños que sufrían fuertes ataques rompían parte de una pared de la casa construida, dejando un bo-quete por donde en-trase el aire.
Una línea de investigación iniciada por M. Abadi (1968) y con-tinuada por Cagnoni (1971)22 vin-cula la respi-ración con el na-cimiento.
Abadi habla de la imagen de una madre esfinge que retiene al hijo y no le permite el nacimiento, y que amenaza así con ahogarlo. Habla de la ausencia de un buen padre partero que ayude al hijo a nacer y lo rescate del encierro materno. Si-guiendo estas ideas, entiende el drama del ataque asmático como la repe-tición de la situación traumática del nacimiento impedido. Según este autor el asmático se siente ence-rrado y ahogado por esa madre-esfinge (Abadi, 1968).
Según Cagnoni "... respirar es tener alma porque es nacer y esto equivale a salir de la muerte, a la que condena una ma-dre que lo dificulta". (Cagnoni, 1971, pág. 4)
N. Canteros (1979)23, siguiendo el método de investigación de las fantasías específicas, plantea que en el asma se hallan presentes fantasías exudativas, alérgicas y espasmódicas y que ese mosaico comprende tam-bién una fantasía pulmonar.
La autora sostiene que "el asmático, en su ataque de disnea espiratoria, se niega con terquedad a reali-zar un intercam-bio múltiple que lo asusta, y trata, a través del aire rete-nido y de sus secrecio-nes y exudados, de cumplir con el de-seo de conservación del vínculo simbiótico remedando la si-tuación prenatal. Lo que intenta evitar a través de este cumplimiento de deseos es el sentimiento de susto, de sole-dad y de responsabilidad que acompaña al proceso de naci-miento-individuación" (Canteros, 1979, pág. 24).
Subraya la vinculación existente entre el ataque de disnea y la angustia catastrófica. Señala que este sen-timiento no aparece en la conciencia del asmático, y que en su lugar, aparece la disnea. Afirma que los pacientes asmáti-cos repi-ten en el ataque un modelo basado en el acto del nacimiento. El ataque tiene dos momentos: el primero es reten-tivo simbiótico, a la manera de un útero que no estimula el desprendimiento del feto, y el segundo, como el acto de nacimiento mismo, es de corte brusco y lleva a la vivencia de un desamparo ex-tremo y al desarrollo de una angustia ca-tastrófica. Consi-dera que el estrechamiento bron-quial y la retención del aire son la expresión de un cumplimiento de deseos: el de recrear el pri-mer mo-mento del acto de nacer, o sea el de la simbio-sis pre-natal, retentiva. Si el asmático, en su ataque, cum-ple tam-bién con el deseo de no haber nacido, evita sentir la angus-tia traumática que el nacimiento trae aparejada.
De acuerdo con nuestras investigaciones (Chiozza y colab., 1987)24 todos los trastornos de la respira-ción pulmonar son la expresión del afecto desaliento que, al no poder hacerse conciente, se ha de-formado en su clave de inervación.
El afecto puede expresarse simbólicamente de dos maneras dis-tintas. Una de ellas, de predominio inspira-torio, y la otra, de predominio espiratorio. Esta última configura el senti-miento de ahogo, so-focación, o estrangulamiento, que se expe-rimenta en un vínculo estrecho, de características simbióti-cas, que co-arta el desempeño de las actividades vi-tales y de la crea-tividad, vínculo que solemos lla-mar "as-fixiante".
El asma sería la principal enfermedad entre las que ex-presan el conjunto de fantasías correspondientes al desaliento de tipo espi-ratorio.
b. La disnea asmática
El cuadro configurado como asma bronquial se caracteriza fundamentalmente por un espasmo bronquial que conduce a una disnea espiratoria y por la presencia de exudado alveolar. El exudado alveolar puede ser comprendido como la expresión pa-tosomática25 de un llanto vicariante.
La existencia de una dis-nea asmática depende, en cambio, de que se establezcan las siguientes condiciones:
1) Una frustración actual en el nivel de desarrollo tanatolibidinoso26 alcanzado y la regresión a un punto de fija-ción res-piratorio neonatal27.
En ese nivel el funcionamiento respiratorio pulmonar nor-mal, que implica un adecuado inter-cambio de gases (aire) con el medio ambiente, y el buen intercambio socio-espiritual con los objetos del entorno (atmósfera), pueden presentarse re-cíprocamente mediante el aliento, ya sea el físico o el aní-mico, usados como símbolo.
Cuando existe una regresión respiratoria la frustración ac-tual de una demanda afectiva se expe-rimenta con una perento-riedad similar a la de la necesidad de oxígeno y el vínculo con el ob-jeto adquiere características semejantes a las que han sido descriptas en la simbiosis.
La ausencia de un entorno social bueno es experimentada en-tonces como la ausencia de un ob-jeto alentador y anhelado, equiparada siempre a la presencia de un entorno hostil que "de-salienta".
2) Un vínculo simbiótico con un objeto que, en la viven-cia del sujeto, lo amenaza continuamente con el abandono y al mismo tiempo debe satisfacer una necesidad perentoria.
En un nivel respiratorio el abandono se experimenta como el "desaire" de un objeto desa-lentador y la fase espiratoria de la respiración normal puede confundirse en lo incon-ciente con una forma de arriesgarse al abandono.
3) Un intento de retener a ese objeto del anhelo, intento que aumenta, en la vivencia del sujeto, su carácter frus-trante, ya que la retención no disminuye "el desaliento".
Así como el aire retenido pierde su contenido de oxígeno e impide obtención de un aire nuevo, oxigenado, al objeto rete-nido en un nivel de regresión respiratoria se lo experi-menta como un objeto malo, que coarta el desempeño de las activida-des vitales y la creatividad del sujeto.
Debido a la regresión respiratoria, un vínculo semejante es sentido como una forma parti-cular, espiratoria, del afecto desaliento: la ausencia de un objeto alentador equiparada, en lo inconciente, con la presencia de un objeto que ahoga, as-fixia o es-trangula.
4) La imposibilidad de que el afecto desaliento acceda a la conciencia.
5) La desestructuración de la clave de inervación del desa-liento y su representación simbólica por uno particular en-tre los elementos de esa clave de inervación: la dis-nea, que atrae sobre sí la intensidad total de la investidura y pene-tra en la concien-cia como un fenómeno somático privado de su significado afectivo. Adquiere, de este modo, el carácter de un desarro-llo equivalente al afecto desaliento.
IX - CASOS CLÍNICOS
Mónica (22 años)
Mónica, estudiante de arquitectura, nos consulta a raíz de un ataque de mal asmático que requirió internación y máscara de oxígeno.
El cariño que siente por Gustavo, su novio, no es el amor que experimentó por Juan, con quien a los 15 años tuvo su pri-mera relación sexual. Suelen pelearse, porque es muy so-ñador y no tiene los pies en la tierra. Gustavo le propuso irse a vivir juntos, para probar. Mónica no se siente pro-tegida, porque lo ve inestable y débil como un niño.
La familia de Mónica está de acuerdo con el proyecto, y hasta le ofrecen un departamento, pero ella no sabe qué ha-cer. Siente que su familia no se da cuenta de sus insegurida-des, de sus miedos, y de sus dudas. Experimenta la actitud de ellos como un abandono, desearía que la compren-dan y la ayu-den a decidir, y se angustia cada vez más.
Desde niña sentía el deseo de alguien que estuviera siem-pre a su lado, sin condiciones. Sufrió su primer ataque de asma a los tres años de edad, cuando sus padres se separaron. Mó-nica dormía entonces con su mamá, pero igual la sentía le-jos. Su madre siempre estaba ocupada con las cosas de la profe-sión y no le gustaban las cosas de la casa. Se sentía continuamente amenazada por la sensación de que su madre la iba a abandonar. Su padre tampoco le ofrecía una presencia segura. Se volvió a casar, y la cama de Mónica se la dieron a Adriana, la hija de la mujer de papá.
Creció muy apegada a la madre, y aún conserva la ilusión de tenerla para siempre consigo, pero cuando le cuenta sus co-sas y la mamá opina, Mónica comienza a sentir que se mete dema-siado en su vida, que tiene que estar frenándola. Le da el departamento donde tiene que vivir, le indica lo que debe hacer, cede, sin consultarla, su cuarto y su cama a los pa-rientes que vinieron a visitarlos.
El día del último ataque estaban festejando Navidad en fami-lia. Había un clima raro, una atmósfera asfixiante. Vi-nieron de visita sus primas, altaneras y despreciativas, le usaban sus cosas y su casa. Uno de los primos más chi-cos, ju-gando, le rompió su guitarra. Se sentía cada vez más an-gustiada, nerviosa, impotente, invadida e incomprendida. Su madre y Pablo, el marido, se retiraron luego del al-muerzo para dormir la siesta. Gustavo también se fue a dor-mir, de-jándola sola. Recordó entonces a su madrina, internada por una crisis depresiva, y tuvo miedo de terminar como ella. De pronto siente que no puede respirar, que se ahoga. Es el co-mienzo del mal asmático que motivó la consulta.
El contraste que se establece el día del ataque entre la es-cena de su madre y Pablo disfrutando la siesta en una misma cama y ella, "abandonada" por Gustavo que se acuesta solo, dramatiza adecuadamente la desilusión de Mónica frente a un proyecto de "casamiento" inminente que no la entusiasma. Esta frustración actual, y la regresión respiratoria que desenca-dena en Mónica, cumplen la primera condición para la emergen-cia de su enfermedad somática.
La regresión respiratoria de Mónica no sólo se observa en el hecho de que vivencia su entorno familiar como una atmós-fera asfixiante, sino, sobre todo, en la perentoriedad con que experimenta su necesidad de los objetos con los cuales esta-blece un vínculo de características similares a la sim-biosis. Los necesita "como el aire", y experimenta, en este nivel, la frustración, como un "desaire" que la "desalienta".
La segunda condición para que pueda establecerse una dis-nea espiratoria, es decir, que las personas tomadas como ob-jetos de una necesidad perentoria sean al mismo tiempo experimen-tadas como objetos que amenazan continuamente con el aban-dono, se observa con claridad en la historia de Mó-nica. Siente que su madre, la única persona "cercana" desde la se-paración de los padres, está "lejos". Este tipo de vín-culo, caracterizado por un anhelo de salir airosa, que culmina en el desaire, queda simbolizado en el hecho de que le quiten repentinamente su cama y se repetirá en sus rela-ciones más íntimas y significativas, por ejemplo, en su de-pendencia ha-cia Gustavo, que la desalienta y no le inspira entu-siasmo.
Mónica no sólo conserva la ilusión de tener a la madre para siempre consigo, sino que, además, realiza el intento de re-tenerla para que no la abandone. Por este motivo le cuenta sus cosas, aunque hace ya tiempo que sabe que no puede com-prenderlas. Siente entonces que la madre retenida la invade metiéndose sin comprender, determinando su vida de un modo que la hace sentir asfixiada. Vemos aquí la ter-cera condi-ción para la existencia de una disnea espiratoria. La en-ferma, que intenta defenderse del desaliento y del de-saire, incapaz de "soltar" al objeto, en lugar de salir airosa, se ahoga.
El temor al enojo, a la pelea, al riesgo de ser abando-nada, pero sobre todo la arraigada convicción de un desam-paro ex-tremo, incompatible con la vida -convicción que sólo se mani-fiesta algunas veces, oscuramente, en la angustia de Mó-nica frente a la idea de la soledad- deben haberse reunido para que no soportara la conciencia del desaliento afectivo que experimenta en sus vínculos más entrañables.
El desaliento afectivo de Mónica se manifiesta en su concien-cia como una disnea que prefiere atribuir a un origen "somá-tico", porque, de este modo, además de evitar la con-ciencia traumática de las circunstancias en las cuales ex-perimentó el desaliento, evita la vivencia, para ella inso-portable, del desaliento mismo.
La intensidad de la regresión, que determina la intensidad de la vivencia afectiva, hace necesaria la deformación defen-siva de la clave de inervación del afecto implicado y, al mismo tiempo, facilita esa deformación por obra de la misma inten-sidad de las investiduras. En otras palabras: en ese ni-vel de regresión, en el cual la madre es como el aire que se res-pira, no se puede concientizar su falta, pero esto mismo conduce a representarla como si faltara el aire.
Hugo (39 años)
El diagnóstico decía: "enfermedad broncopulmonar obstructiva crónica". Tenía enfisema. Padecía asma bronquial desde que tenía dos años, y la bronquitis que le había venido hacía ya cinco años no se le iba más...
Siempre trató de mostrarse optimista, activo, eufórico, pero últimamente se le habían juntado demasiados sinsabores...
Cuando, a fines del año pasado, vinieron sus hermanos a Bue-nos Aires, todo hubiera debido ser como antes: los cuatro juntos con mamá ... pero empezaron los reproches y termi-naron en una pelea que le dejó un sabor muy feo. La imagen de la gran familia unida se esfumó... la reunión de fin de año, que siempre se había hecho en su casa, tal vez ya no valía la pena...
Quería tener más hijos... en las vacaciones de verano le ha-bía propuesto a Rony que se sacara el dia-fragma para siempre ... Ella, más realista tal vez , le había dicho que hasta que él no mejorara no convenía... que cuando nacieron los mellizos él empezó con la bronquitis... y que fue ella la que había tenido que cargar con los chicos y con él.
Su compinche y camarada, Pedro, compañero de facultad y so-cio desde que se graduaron de ingenieros ahora se dedica a de-sarrollar proyectos propios...
Rony tampoco es la de siempre... está muy ocupada con los hijos que empezaron la escuela, y el instituto que acaba de inaugurar. Por la noche llega agotada, sin ganas de iniciar ningún juego amoroso...
En la cama siente ese tremendo frío en todo el cuerpo, y cada vez que tose tiene que escupir... No debe olvidarse de lle-varse el pañuelo y el broncodilatador... por las du-das....
El también la besa menos... tampoco se ríe como antes ... pero es por temor a agitarse... (¡y al mal aliento!) Cada vez tose más... cada vez tiene más fatiga... ¡cada vez está más débil... y más flaco!
Su infancia, a pesar del asma, había sido una época feliz. Mamá era la que estaba siempre... el espíritu de la casa... pendiente de su enfermedad de niño. Era la que lo com-prendía, aunque casi siempre le imponía sus gustos sin que él pudiera reaccionar...
Cuando, recién graduado, se casó con Rony, se fueron a vivir a los EE.UU. Fueron tiempos buenos... la bronquitis empezó cuando volvieron... querían que los mellizos nacieran aquí.
Mamá no era la misma: la encontró más distante, metida en sus cosas... no se portaba como la abuela que esperaba ofre-cerles a sus hijos... una abuela como la que él había te-nido. Sus amigos también estaban muy cambiados... in-teresados en sus propias vidas... tampoco eran los mismos que había soñado reencontrar...
Fue entonces, en el momento en que, más solo que nunca, iba a ser padre, cuando sintió en la carne el agujero que dejó en su vida la muerte de papá. Por culpa de un cáncer de pul-món cuando Hugo tenía veintiséis años.
Papá nunca había sido fuerte, era mamá la que, siendo to-davía un niño, le mostraba cosas referidas al sexo y al parto, ¡para que supiera!... sin medir las consecuencias, sin cal-cular las emociones que él pudiera sentir...
Todavía se acuerda de los ojos que lo miraban, desde todos lados, en la oscuridad del cuarto, cuando, lleno de angus-tia, se quedaba en la cama sin atreverse a llamar... y tam-bién re-cuerda que, en su adolescencia, decidió abandonar a su pri-mera novia, porque no le gustaba a mamá.
Es inútil que repita una y otra vez que "a la realidad te-rrestre, le camina por encima". Es inútil negar que, cuando llega a su casa y tiene que comer solo, se pone a mi-rar cual-quier porquería por la televisión.
Se siente muy flaco y muy débil ... casi postrado, pero está Rony, que es un tractor, tiene una capacidad de trabajo que es una maravilla... un vigor increíble... la iniciativa es toda de ella.
Rony, cada vez más entusiasmada con sus nuevas ocupaciones, ya no tiene ganas de iniciar ningún juego amoroso. El tam-bién la besa menos, y se ríe menos, por evitar la fatiga y por te-mor al mal aliento. Así re-lata Hugo su frustración ge-nital actual, que determinará su regresión a los puntos de fijación en los cuales, durante el desarrollo, ha quedado detenida la mayor parte de su libido.
Aparentemente la sensación de debilidad que siempre lo acosó, desplazada hoy sobre su extrema delgadez, simbolizada con el agujero que le dejó la muerte de su padre, lo con-dujo a adoptar una posición de niño frente a su mujer. Pero, sin em-bargo, una intensa fijación a la primacía respirato-ria, neo-natal, permite comprender mejor las vicisitudes de los víncu-los que Hugo ha establecido.
La necesidad del objeto es para él tan perentoria como la del aire que respira. La amenaza de abandono contenida en el des-gano genital de Rony, que Hugo también reencuentra en el he-cho de que no quiera tener más hijos, es experimentada, en ese nivel respiratorio, como un desaire que produce desa-liento.
Algo similar le ocurre cuando, al regresar de los EE.UU., en-cuentra a su madre más distante, metida en sus cosas, y a sus amigos muy cambiados, cada uno en lo suyo.
El intento de retener a ese objeto de un anhelo perentorio, a ese objeto que, al mismo tiempo, desaira, no disminuye el desaliento, sino que, por el contrario es vivenciado como la presencia de un objeto malo que invade, ahoga y asfixia; un objeto que no es posible espirar.
Hugo sufre, "somáticamente", por el aire viciado y retenido mediante la disnea espiratoria , el enfisema y la bronquitis obstructiva, cuyos exudados simbolizan, además, a un llanto reprimido que se expresa de manera vicariante.
Prefiere interpretar su sufrimiento como un "síntoma somá-tico" porque necesita mantener inconciente el tipo par-ticular de malestar que experimenta cuando, como le pasaba con su ma-dre, Rony le impone su voluntad, sus deseos, su forma de vida, sus horarios.
Si la vivencia de sometimiento alcanzara su conciencia se ve-ría obligado a enfrentarse con el temor al abandono y con la extrema dependencia que le impide reaccionar, pero ese en-frentamiento es casi imposible para él, ya que en su in-conciente el abandono se confunde con una vivencia te-rrorífica de asfixia, de la cual, lo que retorna en cada episodio de disnea asmática es solamente una pequeña mues-tra.
Mariana (30 años)
Cuando, hace ya cinco años, conoció a Juan, se sentía atrapada. Con Roberto, el gerente de la empresa donde traba-jaba, había tenido su primera relación sexual... lo nece-sitaba mucho... la idea de hacerlo con otro hombre le des-pertaba un sentimiento de violencia... pero con él no había futuro... Roberto no pensaba separarse de su familia... ja-más sería totalmente suyo... no podía seguir ni cortar...
A Juan lo había visto muy solo y había sentido deseos de ayudarlo... ¡ella podía ser, ahora, su tabla de salvación! Cuando Juan le propuso hacer un viaje juntos, dejó de ver a Roberto, aunque nunca lo dejó de querer...
A pesar de que con Juan no todo era perfecto, que las rela-ciones sexuales no eran buenas, había encontrado a alguien que podía ser "suyo", que veía en ella a una chica "de su casa", seria, profesional. Sentía que tocaba el cielo con las manos... Tal vez una cierta concesión en la sexualidad era parte de lo que había que dar para poder ocupar el lugar de una novia...
Es cierto que a veces era un poco contradictorio, proponía y decidía, pero al final nunca se sabía lo que iba a hacer... a lo mejor, con el tiempo, llegaría a sentirse más segura de ser alguien importante para él... tenía(!) que con-seguirlo porque la idea de la soledad le parecía sen-cillamente insoportable.
En esa época, para colmo, comenzó a enfermarse... antes del aborto, la bronquitis, y luego la primera de sus crisis as-máticas. ¡No fue posible seguir el embarazo!... casi no se conocían todavía.
Poco tiempo después del aborto se casaron sin saber que, estaba embarazada otra vez. Cuando nació Fernando, Juan se quedó sin trabajo... y empezaron las peleas por asuntos que era difícil recordar... Dios sabe que luchó por mantener sus ilusiones, las mismas del comienzo, cuando, aunque él era au-toritario y ella se sometía, todo era idílico.
A pesar de las peleas, estaban juntos entonces, pero la dis-tancia era enorme... se sentía sola, torturada por la penosa humillación... y por un llanto sin lágrimas, como aquella vez en el andén, a los catorce años, cuando su novio, que regre-saba del viaje de egresados, bajó del tren con la chica que la sustituyó.
¡Qué mal se había sentido!... oscilando entre la torpeza, unida al sentimiento de patito feo, y la injusticia, que la habían perseguido desde niña, a pesar de los deberes per-fectos, como exigía, autoritariamente, su madre, que se mos-traba sin defectos... o como en el colegio de monjas, donde pensar en ser mujer era pecado...
Y sin embargo, aunque se sentía insignificante frente a sus amigas más sexis, que no se vestían como nenas, Raúl, el mu-chacho que todas pretendían, la había buscado para que fuera su novia... antes de abandonarla en el andén en el mismo año en que, de golpe, sin que pudiera despedirse, se murió su padre por culpa de un cáncer de pulmón... cuando empezaba a transformarse en su compinche...
Se habían ido, por fin, con Juan, unos días a Mendoza, en un inútil intento de recrear un buen clima. Fue cuando volvie-ron que se enfermó de neumonía... Y fue luego de la neumonía que comenzó nuevamente a traba-jar, pero le costaba relacionarse con la gente. Había per-dido la alegría y la iniciativa que tenía cuando era adoles-cente, cuando lideraba a sus compañeros del colegio y de la facultad. Siempre había deseado hacer algo que le permi-tiera trascender...
Sola, en la casa grande que construyeron con tanta ilu-sión, con un hermoso jardín, y con un bebito recién na-cido... pero en las afueras de la ciudad, sin coche y sin te-léfono, ahora que ha dejado de trabajar y se siente re-cluida, se le hace difícil soportar que Juan se quede tra-bajando en el centro durante todo el día... y que, in-diferente, vuelva cada vez más tarde!...
Además le volvió la neumonía y el asma ha empeorado... una vez más lo intentó, como desde que era niña.. y otra vez fue a parar a la misma situación, sin salida, donde queda atra-pada...
Mariana, sometida en el vínculo con Roberto, que ex-perimentaba como el continuo desaire de un objeto que no po-día retener, que no era suyo, sólo pudo prescindir de él porque logró salir airosa, sustituyéndolo por Juan, ya que la idea de la soledad le parecía sencillamente inso-portable.
Juan, a quien había visto muy solo, no podría aban-donarla jamás, porque él, como si corriera precisamente el peligro de morir ahogado, la nece-sitaba a ella; Juan, que sin embargo podía ser "retenido", se hizo rápidamente malo: ella piensa que quizás, con el tiempo, llegaría a sen-tirse más segura de ser alguien importante para él, y agrega, también, que tenía que conseguirlo. Al mismo tiempo, empezaron las peleas por asuntos que era difícil recordar.
Vemos, en esta parte de su historia, la segunda y la tercera condición para la existencia de una disnea espiratoria: su vivencia de que el objeto de una necesidad perentoria la ame-naza nuevamente con el abandono y el intento, fa-llido, de disminuir el desaliento reteniendo a ese objeto que se trans-forma, así, en una presencia que ahoga.
Mientras tanto Roberto volvió a ocupar el lugar del objeto del anhelo, convirtiéndose, ahora, en el hombre que nunca dejó de querer, ya que con Juan las relaciones sexuales no eran buenas, pero había sido necesaria una cierta conce-sión en la sexualidad para poder ocupar el lugar de una novia.
Mariana expresa claramente de este modo que resigna una parte de su genitalidad para disminuir el peligro de ser abando-nada, pero la frustración genital, que incrementa la regre-sión y constituye aquí la primera condición para el es-tablecimiento del asma bronquial, incrementa el temor al abandono y el sufrimiento por un vínculo asfixiante.
Las crisis de asma que experimenta en esta época correspon-den entonces al hecho de que la intensidad de los afectos compro-metidos condiciona la represión del desaliento y lo trans-forma, mediante la deformación de su clave de iner-vación, en una disnea espiratoria.
Los dos episodios de neumonía que padece Mariana nos mues-tran, en cambio, la operación inconciente de fantasías dis-tintas.
Buscaba un hermoso jardín, símbolo del aire, que re-presenta, en un nivel de regresión respiratorio, un buen in-tercambio con las personas del entorno que son, para ella, objetos de una necesidad perentoria. Su intento de recrear un buen clima, de recuperar la atmósfera de alegría adolescente que había perdido, fue, en cambio, derrotado por la compul-sión repetitiva. Se encontró, de pronto, torturada por un "llanto sin lágrimas" y enojada con Juan, que vuelve cada vez más tarde, con quien la distancia afectiva es enorme. Estaba sola, re-cluída, sin coche y sin teléfono, incomunicada, sin-tiendo que le costaba relacionarse con la gente, cada vez más lejos de algo que le permitiera trascender.
Notas
(*) El texto del presente capítulo pertenece a un trabajo rea-lizado en el Departamento de Investiga-ción del Centro de Consulta Médica Weizsaecker. La Lic. Lidia Carotenuto (1933-1989) colaboró también du-rante una parte de su realización. Fue pre-sentado para su discusión en la sede del Cen--tro, el día 28 de setiem-bre de 1990.
(11) Freud afirmó que un ataque histérico es una acción motora justificada por una escena traumática en la infancia. El término justificado, en este contexto significa " que tiene un significado dentro de una serie psíquica" (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901b). Posteriormente, sostuvo que los afectos son equivalentes a ataques histéricos congénitos y universales (Freud, 1926d, pág. 89) de modo que los afectos pueden considerarse acciones motoras filogenéticamente justificadas. Luego (Freud, 1926d) afirma que "si uno quiere explicar el ataque histérico, basta con buscar la situación en la que los movimientos correspondientes formaron parte de una acción justificada" (1926d, pág. 127). Y en sus Conferencias de Introducción al Psicoanálisis escribe: "Para que se me comprenda mejor: el estado afectivo tendría la misma construcción que un ataque histérico y sería, como éste, la decantación de una reminiscencia. Por tanto, el ataque histérico es comparable a un afecto individual neoformado, y el afecto normal a la expresión de una histeria general que se ha hecho hereditaria" (Freud, 1916-17, pág. 360).
(12) Los alvéolos están tapizados por una delgada capa lí-quida de lipoproteínas, fosfolípi-dos con po-der tensioactivo cuya disminución favorece el colapso, como ocurre, por ejem-plo, en la atelectasia al-veolar.
(13) Las vías respiratorias constituyen también una puerta de entrada para los gérmenes pa-tógenos, los cuales son, en sentido figurado, las fuerzas enemigas con que tenemos que enfren-tarnos en nuestra rela-ción con el mundo exterior (Wyss, 1947).
(14) Wyss (1947) afirma que la inervación voluntaria del sistema respiratorio, sirve, principal-mente, al lenguaje so-noro. Es posible pensar que a través del lenguaje sonoro intenta-mos restablecer la primi-tiva unión perdida. La fisio-logía sostiene que durante la fonación dis-minuye notable-mente la sensi-bilidad al CO2 y el sujeto tolera valores de P CO2 arterial consi-derablemente superiores a los que to-lera cuando está inactivo (Murray, 1983).
(15) Clásicamente se consideró a la inspiración como un po-der que, proveniente del exte-rior, ilumi-naba al artista. Para Platón, el poeta es el poseído; su delirio y entusiasmo son los signos de la pose-sión demo-níaca. Dante relata que en el sueño, el Amor le dicta e inspira sus poemas, como una revela-ción en la que intervienen poderes superiores (Paz, 1956). La mito-logía griega asocia alegóri-camente a la inspira-ción con un altar en llamas, con el caballo Pegaso y con el color amarillo (Pérez Rioja, 1962). Pegaso es el cor-cel alado de las Musas, que simboliza "el poder ascensional de eleva-ción, gracias a la innata capa-cidad de espiritualiza-ción". Las nueve Musas eran las inspiradoras y protectoras de las artes y las cien-cias.
(16) Para comprender la esencia de la inspiración, el autor plantea previamente su concep-ción del hom-bre. El hombre no es algo hecho, acabado, sino algo que siempre se está ha-ciendo, pero esto no im-plica que el hombre saque algo de adentro ni que lo reciba de afuera. En su constante hacerse, el hom-bre, como una flecha disparada, rasga el aire y se precipita más allá de sí mismo, siendo a cada paso un "otro" y él mismo. En tanto la "otredad" está en el hombre mismo, cuando el poeta crea, sale de sí mismo pero para ser él mismo (Paz, 1956).
(17) Para Freud, los afectos no existían en el inconciente como "actualidades" presentes, sino como disposiciones al desarrollo de un afecto dado (Freud, 1915e, Lo inconsciente). Esta disposición inconciente como actualidad es una idea inconciente, una representación inconciente. Freud estableció claramente en La interpretación de los sueños (1900a, pág. 573) que la idea es un código o clave que determina las inervaciones que constituyen las diversas descargas somáticas características de cada afecto. Los fenómenos somáticos, tales como la midriasis o la taquicardia, por ejemplo, son el resultado de inervaciones que son una parte de la clave del afecto temor. Esto es así en condiciones fisiológicas. Cuando el afecto es reprimido y toda la investidura se desplaza a uno de los elementos de la clave de inervación, encontramos un estado patofisiológico, por ejemplo, la taquicardia paroxística, que es una deformación patosomática, un equivalente somático del afecto temor, es decir, una deformación patosomática de la clave de inervación. (Chiozza, La transformación del afecto en lenguaje, 1976c [1974]).
Freud establece que: "Los estados afectivos están incorporados en la vida anímica como unos sedimentos de antiquísimas vivencias traumáticas y, en situaciones parecidas, despiertan como unos símbolos mnémicos. Opino que no andaría desencaminado equiparándolos a los ataques histéricos, adquiridos tardía e individualmente y considerándolos sus arquetipos normales"(Freud, 1926d. pág. 89). Y luego afirma: "Opinamos que también los otros afectos son reproducciones de sucesos antiguos, de importancia vital, pre-individuales. Llegado el caso, y en calidad de ataques histéricos universales, típicos, congénitos, los comparamos con los ataques de la neurosis histérica, que se adquieren tardía e individualmente, ataques estos últimos cuya génesis y significado de símbolos mnémicos nos fueron revelados con nitidez por el análisis" (Freud, 1926d, pág. 126).
(18) Henry Ey comprueba trastornos digestivos (anorexia, náuseas, constipación o despeños dia-rreicos, trastornos he-patobiliares); trastornos cardiovasculares (perturba-ción del pulso y ten-sión arte-rial); ame-norrea; hipotonía muscular e hipoestesia.
Noyes, Darwin (1872) y Dumas coinciden en la des-cripción de gestos característicos de lo que Noyes deno-mina "depresión"; para Darwin son la expresión del "aba-timiento", la "an-siedad", la "pena", el "de-saliento" o la "desesperación"; y para Dumas son manifestacio-nes de la "tris-teza pasiva". Ob-servan que la circulación lan-guidece, el rostro gana en pa-lidez y se estira, los mús-culos se dilatan, los párpados ba-jan, la cabeza se dobla so-bre el pecho oprimido; los labios, las mejillas y la mandíbula inferior se in-clinan bajo su propio peso; las orejas bajan; los ojos inexpresivos tienen menos bri-llo, están muy abier-tos y con la mirada fija, a ve-ces con lá-grimas. Las cejas se presentan en posición oblicua (se eleva el extremo interno); aparecen arrugas en la frente, los extremos de la boca descien-den y los sur-cos nasola-biales quedan muy marcados. Dumas señala, además, que en la tristeza hay modi-ficaciones en el color de la piel y de los cabellos. La piel apa-rece violácea y algu-nas veces blanca; algunos sujetos tienen el ros-tro pá-lido y las ex-tremidades braquiales y crurales están azu-ladas. Esto se debe a la lan-guidez de la cir-culación pe-riférica. Los cabe-llos pierden su brillo debido a la dismi-nución no sólo de las secreciones sebáceas, sino también de su propia nutri-ción.
Los autores señalan otros signos tales como tras-tornos del sueño, deseo sexual alterado, inhibi-ción en el pensamiento y en la actividad psicomotora, lentitud en la iniciación y en la ejecución, res-piración lenta y con suspiros y "necesidad de recibir aliento para poder comer", como si se tuviera la vivencia de ser indigno de recibir comida.
Según Dumas, el sentimiento más intenso que aparece en la tristeza pasiva es el de impo-tencia y desa-liento; todo el cuerpo experimenta la tristeza: la cabeza se in-clina, las piernas se doblan, los bra-zos cuelgan, el or-ganismo entero se abandona. Los sujetos se sienten disminuidos en el ritmo de sus movi-mientos, difícilmente llegan a calentarse, tienen frío en las manos, tiritan (pág. 446, Cap. IV).
Aunque Dumas describe en la tristeza pasiva varios senti-mientos depresivos, aclara que el conte-nido del es-tado afec-tivo "tristeza" no se agota mencionando la de-bilidad, el de-saliento, la resignación, la impo-tencia y el aflojamiento orgánico y mental. Considera que todos esos es-tados afecti-vos pueden for-mar parte de la tris-teza pero en sí mismos no la constituyen. El sen-timiento de tristeza podría apa-recer en la conciencia prescin-diendo de la resignación, la impo-tencia o el desaliento, sin que aquella quede su-primida. Más aún, pueden ser concientes la im-potencia física y mental y el de-saliento, sin que se sienta tristeza.
(19) Languidez es "flaqueza, debilidad, falta de ánimo o energía" (Real Academia Española, 1950)
(20) También el desgano queda emparentado con el desánimo. El desgano es "inapetencia, falta de ga-nas de comer" (Real Aca-demia Española, 1950). Etimológicamente deriva de gana, que remite a "abrirse en dos par-tes de un objeto", "estirar el cuello hacia algo" y también "quedarse boquiabierto" (Corominas, 1961). Obstfeld y colab. (1982) sugieren que el desgano se re-fiere a la falta de de-seo de incorporar ob-jetos externos, y por lo tanto, comprometería más la disposición a re-cibir; mientras que el desánimo, como una falta de espíritu como principio de la actividad humana, se rela-cionaría además, con el dar.
(21) Racker utiliza la idea de la madre Moloc para referirse a la imagen de una "madre absorbente" que da a la vez que quita. Moloc era un dios fenicio que, como Saturno, comía niños
(22) Cagnoni, J. (1971) "Interpretación psicoanalítica sobre la función respiratoria", trabajo presentado en el CIMP, Buenos Aires (inédito).
(23) Canteros, Noemí (1979) "Contribuciones al estudio del asma bronquial", trabajo pre-sentado en el CIMP, Buenos Aires, 1979
(24) Chiozza, L., Baldino, O., Carotenuto, L., Funosas, M. y Obstfeld, E. (1987), "Las fantasías específicas de los trastornos respiratorios. Comunicación preliminar," trabajo presentado en el CIMP, Buenos Aires. (inédito)
(25) Junto a la neurosis y a la psicosis como trastornos psíquicos, incluimos la patosomatosis, que se manifiesta como trastorno en el cuerpo. La represión patosomática de un afecto se produce mediante el desplazamiento de la investidura que se da dentro de la clave de inervación.
(26) Con respecto al desarrollo tanatolibidinal, afirmamos en Psicoanálisis de los trastornos hepáticos (Chiozza, 1963a) que Freud, además de hablar del desarrollo de la libido, señaló que hay una evolución en el modo de actuar los instintos tanáticos. Esto nos permite hablar de desarrollo tanatolibidinal en la medida que las distintas formas de primacía de las etapas de la libido determinan distintos modos de fusión de los instintos.
(27) En relación al punto de fijación respiratorio neonatal, Freud puntualizó la fijación de un instinto en un punto específico del desarrollo y también afirmó que todo proceso importante puede transformarse en zona erógena. También sostuvo que la primacía de una zona erógena se establece durante el desarrollo de la libido, por ejemplo, la primacía oral, lo que da lugar a un punto de fijación. En Psicoanálisis de los trastornos hepáticos (Chiozza, 1963a) afirmamos, en base a estos conceptos freudianos, que es posible encontrar otras primacías y otros puntos de fijación además de los que se han descrito clásicamente.