Los afectos ocultos en ...
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IV - LOS SIGNIFICADOS INCONCIENTES ESPECÍFICOS DE LA ENFERMEDAD VARICOSA*

Dr. Luis Chiozza, Lic. Gladys Baldino, Lic. Liliana Grus, Lic. Hilda Schupack

I - INTRODUCCIÓN

Las várices son venas periféricas anormalmente dilatadas y tortuosas (Foote, 1969; Del Campo Llerena, 1984), que pueden, a veces, exteriorizarse en la piel y ser apreciadas a simple vista. Del Campo Llerena (1984) sostiene que las várices responden a factores fisiopatológicos similares en distintos territorios de la anatomía, aunque configuran capítulos especiales de la patología, como las várices esofágicas, el varicocele, las hemorroides, etc. El primum movens de la insuficiencia venosa superficial o periférica es la hiperdistensibilidad de la pared venosa, que provoca la incontinencia valvular que, a su vez, contribuye a agravar la dilatación de la pared. Las consecuencias son: el reflujo, la estasis o rémora venosa y la formación de venas varicosas.

Del mismo modo que la Medicina describe factores que son comunes a los distintos tipos de várices, desde el punto de vista del enfoque psicoanalítico de la enfermedad somática encontramos significados inconscientes específicos que caracterizan al trastorno varicoso y lo distinguen de otras patologías.

Intentaremos describir las fantasías específicas de las várices, desarrollar algunas ideas vinculadas con los significados específicos de esta enfermedad, y realizar una primera aproximación a la comprensión de una de sus formas particulares: las várices de los miembros inferiores.

 

II - LAS VÁRICES DESDE EL PUNTO DE VISTA MÉDICO

a. El sistema venoso

La función más importante de las venas consiste en permitir el retorno sanguíneo desde los tejidos hacia el corazón. Los sistemas porta constituyen una excepción, en tanto conducen la sangre venosa primero hacia otros órganos (por ejemplo, el hígado).

Normalmente, el sentido de la circulación es desde la periferia hacia el corazón, y desde la red vascular superficial hacia la profunda. La acción de las válvulas venosas, que consiste en evitar el reflujo venoso, permite mantener el orden circulatorio (Del Campo Llerena, 1984).

Otras funciones son la termorregulación, ejercida por las venas dérmicas, subdérmicas y subcutáneas con inervación simpática, y la de reservorio de la volemia. El sistema venoso contiene entre el 70% y el 80% del volumen sanguíneo, que es movilizado en caso de emergencia. De este modo asegura el relleno suficiente y adecuado de las cámaras cardíacas en el intervalo de sus contracciones, y actúa como el principal determinante del volumen de sangre en cada contracción ventricular. Por todo ello el sistema venoso puede ser considerado como modulador dinámico del rendimiento cardíaco (Shephard y Vanhoutte, 1978).

 

b. Las várices de los miembros inferiores

De acuerdo con Pietravallo (1985) actualmente se tiende a usar el concepto de flebopatías para designar a las enfermedades venosas de los miembros inferiores, entre las cuales se encuentran las várices (dilatación de uno o varios trayectos del sistema superficial). El término flebopatías designa a la enfermedad venosa en forma global, sin prejuzgar, antes de examinar cada caso en particular, si ésta responde a una patología pura del sistema superficial o del sistema profundo o a formas mixtas.

La circulación venosa de la pierna se realiza por dos sistemas: 1) superficial, que incluye dos ramas principales, la safena externa e interna y 2) profundo, formado por las venas profundas: tibiales, poplíteas, femoral, etc., que siguen el trayecto de las arterias homónimas. Ambos sistemas presentan amplias anastomosis en el pie y son parcialmente independientes en la pierna y el muslo, donde se encuentran vinculados por las venas perforantes o comunicantes (Del Campo Llerena, 1984).

La circulación de retorno en los miembros inferiores es favorecida por: a) la vis a tergo (residuo de la presión arterial), b) la actividad de fuelle de los músculos del tórax, c) las válvulas venosas, d) la contracción de la bomba muscular de la pantorrilla ("corazón venoso periférico"), e) la expresión de la plantilla venosa de Lejars. Dificultan el retorno venoso: a) la fuerza de gravedad, b) el aumento de la presión abdominal y torácica, c) la viscosidad sanguínea.

Las várices o flebopatías superficiales de los miembros inferiores pueden ser congénitas o adquiridas y se clasifican en dos grandes grupos: 1) primarias, idiopáticas o esenciales, que coexisten con un funcionamiento normal de las venas profundas, y 2) secundarias, que se presentan como consecuencia del reflujo circulatorio en venas superficiales desde el sistema venoso profundo a través del sistema venoso perforante. Constituyen un síntoma secundario en la evolución de diferentes afecciones, cuyo común denominador es generar hipertensión venosa: várices postrombóticas o postflebíticas, várices producidas por compresión tumoral abdominopelviana, várices secundarias a la existencia de fístulas arteriovenosas, etc.

En la génesis de las flebopatías intervienen factores: a) predisponentes (terreno varicoso hereditario o congénito) y, b) desencadenantes o adquiridos. Entre los primeros, la herencia condiciona la diátesis varicosa reflejada en la debilidad mesenquimática de las paredes venosas o en la hipoplasia valvular. Esta tendencia no suele limitarse exclusivamente al terreno venoso, ya que coexisten los cuadros de hipotonía muscular, hipodistrofia, flaccidez, hernia, pies planos, etc. (Lacour, 1981) (Shephard y Vanhoutte, 1978). Algunos autores proponen como causa primaria la presencia de hormonas del grupo de los estrógenos que, por intermedio del sistema simpático, producirían hipotonía en los músculos lisos de las venas (Lacour, 1981).

Los factores desencadenantes más frecuentes son todos los que actúan incrementando la presión abdominal en forma iterativa, la posición de pie prolongada, el sedentarismo, la obesidad, los traumatismos, el embarazo, etc.

La distrofia parietal y valvular produce reflujo a partir del sector valvular afectado. El reflujo actúa progresivamente sobre la vena distal al mismo, produciendo una serie de cambios en su calibre (dilatación y tortuosidad) y en su citología (pérdida de la elasticidad, resistencia, fragilidad) (Barrow, 1948; Farreras Valenti & Rozman, 1982; Pietravallo, 1985). A su vez el peso de la columna líquida, menos fragmentada debido a las válvulas incompetentes, produce más dilatación y estasis sobre trayectos aún no enfermos, generando un círculo vicioso (progresión varicosa) (Pietravallo, 1985). La estasis o rémora venosa (sangre estancada que va perdiendo O2 y aumentando su contenido de CO2) puede explicar la fácil fatigabilidad, el dolor y los calambres que suelen experimentar los pacientes varicosos (Foote, 1969).

Las várices de los miembros inferiores constituyen una afección muy difundida en la especie humana. Alrededor del 10% de las personas mayores de 35 años padecen de várices, con mayor frecuencia mujeres, en proporción de 4 a 1 en relación a los hombres. Los enfermos suelen consultar por dolor y/o edema de las piernas y por el problema estético. En otras ocasiones el motivo es una complicación de la enfermedad varicosa: varicorragia, varicoflebitis o trastornos tróficos de la piel. Ni la sintomatología ni la aparición de complicaciones son proporcionales al desarrollo de las várices, dado que pueden observarse várices morfológicamente importantes que son bien toleradas y no presentan mayores complicaciones (Del Campo Llerena, 1984).

El tratamiento de las várices puede ser: a) medicamentoso, por medio de medicamentos antiinflamatorios y restauradores del tono venoso, a los que puede sumarse el uso de vendaje elástico, elevación de los pies durante el reposo, masajes, gimnasia, etc.; b) esclerosantes, que destruyen el endotelio venoso de las várices por medios químicos; y c) quirúrgicos, que consisten en desconectar las fuentes de la hipertensión venosa (ligadura y sección de todas las comunicantes insuficientes y resección de las venas varicosas (Del Campo Llerena, 1984; Pietravallo, 1985).

 

III - LAS FANTASÍAS ESPECÍFICAS DE LAS VÁRICES

a. El retorno venoso

La función más importante del sistema venoso consiste en permitir el retorno de la sangre desde los tejidos hacia el corazón. El corazón es un vaso que se modifica y se diferencia hasta convertirse en el órgano central del aparato vascular (Houssay, 1955). Las grandes venas próximas al corazón, en su posición adyacente a este último, muestran contracciones rítmicas, sincrónicas con la actividad cardíaca. Así como la Medicina señala la unidad vasos-corazón, desde el punto de vista psicoanalítico encontramos significados de la función cardíaca que el sistema venoso comparte.

Considerado desde antiguo como "la sede de los sentimientos", el corazón, con sus latidos y sus distintos ritmos (marcapaso), se presta especialmente para simbolizar los diferentes tonos afectivos que cualifican, en general, las emociones (Chiozza, 1978f; Chiozza y otros, 1983b [1982]).

El corazón se arroga también la representación de otro factor anímico: el proceso de recordar. La etimología señala la relación entre "lo cardíaco" y el recuerdo: la palabra recordar se compone de la partícula re, que denota repetición, vuelta, movimiento hacia atrás, y de cor-cordis, que alude al corazón (Chiozza, 1978f).

El proceso de recordar -de acuerdo con su acepción amplia y habitual, que equivale a memoria, reminiscencia, recuerdo, etc.- es un fenómeno complejo que implica la presencia de ideas, sensaciones, imágenes visuales, afectos, etc. En este sentido, son varios los órganos del cuerpo que podrían simbolizar los distintos componentes de este proceso. Así, por ejemplo, la reminiscencia (derivada de re, repetir, volver, y de mente) (Corominas, 1961) entrañaría el volver una idea a la mente, mente que adquiere su representación corporal principal en el órgano cerebro. El recuerdo, en cambio, en su sentido etimológico de "volver al corazón", entrañaría un re-vivir o re-sentir afectos que quedan referidos concientemente a un tiempo que pasó, e implicaría un componente cardíaco.

El sistema venas-corazón (circulación de retorno) se vincula entonces específicamente con el aspecto emocional del recuerdo. Tanto las venas como el corazón se arrogan la representación de un proceso complejo, del cual forman una parte importante. En este sentido podríamos decir, con una frase sintética, que recordamos cuando el corazón re-siente algo que la vena (que etimológicamente significa "venir, llevar, traer") (Corominas, 1961) "re-trae".

De acuerdo con estas ideas, el flujo venoso constituiría uno de los componentes de la clave de inervación del proceso normal de recordar.

Cuando los recuerdos quedan entorpecidos la clave se deforma y una parte, en este caso la circulación venosa, recibe una investidura más intensa, desplazándose allí la importancia del proceso de "re-sentir" o recordar. La conciencia percibe entonces una alteración del retorno venoso, cuyo significado "afectivo" es: no deben "venir" directamente (por la vía más corta) determinados recuerdos.

Las várices -del griego uarix: "dilatación", "vena dilatada" (Pietravallo, 1985)- con sus signos característicos: dilatación anormal de las venas, rémora y reflujo sanguíneo, aparecen como el desarrollo equivalente de la actitud de demorar, detener o retroceder el flujo normal de algunos recuerdos.

En condiciones normales, la demora de los recuerdos penosos se produce, frecuentemente, mediante la evitación de aquellos estímulos perceptivos que podrían desencadenarlos. Debemos suponer que en la clave de inervación de este proceso participa un cierto retardo de la circulación venosa, que se produciría dentro de los límites fisiológicos. El trastorno varicoso ocurriría, en cambio, cuando se desestructura el intento normal de demorar los recuerdos y la investidura recae predominantemente sobre el elemento constituido por la función venosa.

Según relata Foote (1969), hay tratados antiguos que sostienen que las várices son dilataciones de las venas originadas en una mezcla de "bilis negra" (melanos-colia) que, "llevadas a estas venas las llena". La materia que contienen es usualmente "sangre melancólica", dado que las várices aparecen casi siempre en personas con ese temperamento. Esta descripción, que vincula la estasis venosa (rémora), con la estasis biliar (melanos-colia) y el temperamento melancólico, nos llevó a indagar la relación entre las várices y la melancolía cardíaca, una variante de esta enfermedad que se caracteriza por la presencia de intensos sentimientos de nostalgia, a diferencia del sentimiento de amargura que tipifica a la melancolía hepática.

Desde el punto de vista metapsicológico, nostalgia y anhelo, recuerdo y deseo, constituyen un mismo proceso visto desde ángulos diferentes. Recordamos porque deseamos (o tememos) aquello a lo que el recuerdo alude y porque el objeto de nuestro deseo no está presente. Sufrimos entonces su ausencia y experimentamos un sentimiento de nostalgia. Toda nostalgia encubre un anhelo e, inversamente, todo anhelo encubre una nostalgia. La nostalgia (del griego nostos: regreso y algos dolor: "deseo doloroso de regresar") (Corominas, 1961) se configura como un "mal de ausencia", un dolor por lo que alguna vez fue y ya se ha ido, y parece vincularse específicamente con el proceso de recordar (Chiozza, 1981c).

A pesar del carácter oculto de las sensaciones y los signos físicos que constituyen la clave de la nostalgia, lo investigado hasta aquí nos induce a suponer que la función venosa -que simboliza el "volver los recuerdos al corazón"- formaría parte de la clave de inervación del sentimiento de nostalgia. En la variante cardíaca de la melancolía, el flujo de los recuerdos se mantiene y se acompaña de nostalgia.

El trastorno varicoso, en cambio, surgiría de la desestructuración del proceso de recordar y de su afecto característico, la nostalgia. Las várices expresarían y simbolizarían un desarrollo equivalente a la actitud normal de evitar los recuerdos y el acceso a la conciencia de la nostalgia, conformando otro modo de descarga a partir de la misma clave inconciente.

En este sentido, el reflujo y la rémora en la circulación venosa representarían el intento de quedar fijado al pasado y entorpecer la iniciación de un proceso de duelo, en el triple sentido de dolor, renuncia y re-significación de aquello que alguna vez fue y ya pasó. Los contenidos de esa "memoria detenida" (rémora) que "no pueden" o "no quieren" activarse, "hacerse" recuerdo, estarían de todos modos presentes en la conducta, tiñendo la vida mediante la repetición.

La vinculación de las várices con la evitación del recuerdo y la nostalgia, nos llevó a descubrir otra característica del recuerdo comprometida en esta enfermedad.

Encontramos que la dificultad para recordar no tendría solamente el sentido de eludir el dolor por la ausencia de aquello que se siente bueno y que, por ese motivo, se desea (nostalgia). También puede entrañar el intento de impedir la presencia continua de una escena traumática, que no se puede evitar y que se atribuye a la acción de un objeto malo, dañino. Es el "no me quiero ni acordar..." por miedo a que la penuria vuelva, a quedar atrapado en la revivencia dolorosa. Es el recuerdo que se experimenta como una condena, como algo que se repite y de lo cual no se puede salir. Es el "tormento de los recuerdos" que, como el águila del Prometeo encadenado, retornan cada día, una y otra vez.

La palabra condena proviene del latín condemnare, de cum: "con" y damnare: "dañar" y quiere decir "declarar el juez culpable al reo, imponiéndole la pena o sanción correspondiente", y también "ingresar en la pena eterna" (Enciclopedia Salvat, 1972). En este sentido de eternidad de la pena, y no con el significado más habitual de "condena" como culpa y castigo, es que intentamos caracterizar el sentimiento de condena inherente a algunos recuerdos e implícito en la compulsión a la repetición. Se trataría de una vivencia de la cual es imposible librarse: el re-sentimiento penoso como repetición perpetua: "siempre me pasa lo mismo".

La nostalgia y la condena son dos aspectos del recuerdo que se ocultan y se aluden mutuamente. El dolor por una determinada ausencia (nostalgia), encubre y representa la actualidad de un deseo insatisfecho, que se experimenta como una presencia dañina (condena). Recíprocamente, el temor a la perpetuación del daño actual (condena), oculta y representa el dolor por una particular ausencia (nostalgia).

El recuerdo está unido a la repetición por la condena y a la reminiscencia por la nostalgia. Tanto la nostalgia como la condena configuran la primera etapa de un proceso de duelo, que finaliza cuando la renuncia a lo que se ha perdido "apaga los recuerdos" y conduce hacia la re-significación del presente.

De acuerdo con estas ideas las várices simbolizarían el intento de demorar, entorpecer o detener "la vuelta al corazón" de aquellos recuerdos que pueden desencadenar sentimientos de nostalgia o de condena insoportables.

Es posible pensar, en teoría, que el contenido particular de los recuerdos que quedan "entorpecidos", "detenidos" (reflujo y rémora venosa) estaría vinculado con el significado específico correspondiente a la parte del cuerpo en que se localizan las várices.

 

b. La tortuosidad varicosa

Otro aspecto que caracteriza al trastorno varicoso es el tipo particular de conformación que adquieren las venas enfermas. Si bien en sus estadios iniciales pueden cursar con una dilatación troncular que conserva la estructura cilíndrica del vaso, para la mayoría de los autores las várices son una enfermedad franca cuando, en parte o en la totalidad de su trayecto, siguen un recorrido tortuoso, es decir, retorcido, sinuoso.

La palabra tortuoso, que proviene del latín tortus: "torcer, retorcer", suele utilizarse para designar un "camino que, en lugar de ser directo, tiene desvíos, vueltas y rodeos" (Real Academia Española, 1950). La tortuosidad de las várices expresaría y simbolizaría de este modo el camino "desviado", lleno de "vueltas y rodeos", que entorpece el acceso directo de los recuerdos insoportables. Encontramos que la palabra várice contiene en su etimología el radical uar-, que significa "desviación"; de ahí uarix (várices): "desviación de una vena normal" y uarus: "desviación de lo recto", "derecho y justo", es decir, "torcido y tortuoso" (Partridge, 1966).

Observamos en algunos enfermos que padecen de várices que sus afectos suelen llegarles, tanto a ellos mismos como a los demás, de un modo retorcido o poco directo. Según la Real Academia Española (1950) el término tortuoso, en su sentido figurativo, indica un "modo de ser y de actuar que se caracteriza por dar vueltas y usar medios indirectos para disimular una verdad o eludir las dificultades que una situación presenta". La tortuosidad de las várices en el cuerpo puede tener un desarrollo equivalente en el carácter, en términos de una dificultad para el desarrollo franco y directo de algunos afectos, es decir, como una modalidad que se caracteriza por "dar vueltas y rodeos" (el lenguaje popular suele denominar vuelteras a las personas con esta actitud). De este modo el sujeto intentaría disimular los afectos que siente penosos o censurables y eludir las dificultades que, a su entender, podrían sobrevenir de una comunicación más directa con los otros.

La tortuosidad de la várice que en su sentido primario representa el camino retorcido con que se intenta postergar el acceso directo de los recuerdos insoportables, entraña también otras fantasías de carácter secundario.

Encontramos que el enfermo varicoso parece interpretar cualquier desviación de sus metas y valores como algo negativo que debe ser evitado. En este sentido, el trayecto lleno de vueltas de la vena simbolizaría y representaría en el cuerpo aquellos "rodeos y desvíos" que el varicoso no puede realizar en la vida, es decir, manifestar en su conducta.

Sin embargo, el camino tortuoso no siempre tiene el sentido de equivocación o de inmoralidad, como parece creer el varicoso. También representa un desvío estocástico, positivo, que permite apartarse temporariamente de un objetivo que resulta difícil alcanzar. El carácter lineal de los propósitos es el que suele dificultar muchas veces la realización de los rodeos necesarios, que permiten llegar a la meta por el trayecto posible, "buscándole las vueltas" al camino.

El término tortuoso está, además, íntimamente vinculado con la palabra tortura, en tanto ambos surgen de la misma raíz etimológica (tortus: "torcer"). En este sentido, la tortuosidad varicosa parece representar también, un estado de sufrimiento que se caracteriza por sentirse "torturado", "atormentado". Esta "tortura" aludiría a la dificultad para soportar la demora penosa del camino indirecto (tener que buscar vueltas y rodeos para alcanzar la meta). Como veremos más adelante, este significado confluye con el de la rémora venosa en el sentido del giro linguístico "hacerse mala sangre" (Moliner, 1986).

 

c. La sangre venosa

Algunos autores señalan que la sangre simboliza diversos sentimientos como el amor, el odio, la excitación, la violencia (Wyss, 1947) y la crueldad (que deriva de cruor, que significa "sangre derramada", Ernout y Meillet, 1959). Sin embargo, más que uno o varios sentimientos en particular, la sangre parece simbolizar el carácter pasional de las emociones (temperamento sanguíneo). La "sangre derramada" (tanto arterial como venosa) suele asociarse con los contenidos de drama o de tragedia, y se presta adecuadamente para simbolizar a las pasiones. (La sangre arterial, con su color rojo vivo y su capacidad de "brotar", impulsada por el latido cardíaco, podría representar más específicamente todavía a los afectos primarios más intensos).

La fisiología señala que las funciones principales de la sangre venosa consisten en recoger las sustancias de desecho de la actividad tisular y reflejar todo lo que sucede en la intimidad del cuerpo, en tanto las perturbaciones en el estado de los órganos suelen acompañarse por una alteración en la cantidad o en la composición de la sangre circulante (Wyss, 1947). Los exámenes de laboratorio, que aportan conocimiento acerca del estado del organismo, se realizan sobre una pequeña muestra de sangre venosa.

De acuerdo con estas representaciones, Laborde y otros (1973) sostienen que la sangre venosa, que da noticia de las necesidades y trastornos que afectan al cuerpo, cumple simbólicamente la función de oficiar como "testigo" que muestra la carencia, lo que "hace falta". La sangre venosa, con bajo tenor de oxígeno -en relación a la sangre arterial, rica en oxígeno y nutrientes- es sangre "carenciada". En este sentido, la sangre venosa misma "padece" las situaciones que "atestigua", del mismo modo que un mensajero hambriento de una ciudad sitiada, padece y muestra, con su sola presencia, la carencia que testimonia.

Según estas ideas, la rémora y el reflujo venoso simbolizarían el intento de evitar o entorpecer el re-sentimiento de aquellos recuerdos que, al mismo tiempo que encubren el presente a través de su referencia al pasado, dan "noticia" de carencias o necesidades actuales que se experimentan dolorosamente.

En el lenguaje cotidiano existe un giro linguístico: "hacerse mala sangre", con el significado de disgustarse, "hacerse daño a uno mismo" (Moliner, 1986). Una paciente que recordamos solía tocar las várices de sus piernas -en un gesto inconciente- cada vez que se refería al haberse hecho "mala sangre".

Pensamos que el "hacerse mala sangre" configura un tipo de disgusto o sufrimiento particular, que va más allá de la "tortura" representada por el trayecto tortuoso de la vena. Cuando este sufrimiento no puede acceder a la conciencia como afecto, aparecería como su desarrollo equivalente una rémora o estasis capilar por reflujo, responsable de la aparición de signos como el edema y la hipoxia tisular.

 

d. Las válvulas venosas

La medicina sostiene que la insuficiencia o atrofia de las válvulas venosas constituye un factor importante (muchos autores le atribuyen valor etiopatogénico) en la determinación del reflujo y la rémora venosa que caracterizan a las várices.

Las válvulas no constituyen un componente específico del sistema venoso, en tanto integran otros órganos como, por ejemplo, el corazón. La fantasía general "valvular" forma parte del mosaico de fantasías que configura el trastorno varicoso.

La palabra válvula deriva del latín valva, que significa "hoja de puerta" (Corominas, 1961). Figurativamente cerrar la puerta quiere decir "hacer imposible o dificultar mucho una cosa". Abrir la puerta, por el contrario, alude a "dar motivo, ocasión o facilidad para una cosa" (Real Academia Española, 1950).

Así como las válvulas, los esfínteres actúan a modo de "puertas" que se abren o se cierran, permitiendo o impidiendo el paso. Si bien los esfínteres y las válvulas difieren en su constitución anatómica (los primeros son anillos musculares, mientras que las segundas son repliegues de tejido endotelial) su etimología y su función de "puertas que abren y cierran el paso" remiten a un aspecto que sería común a ambos.

En castellano la palabra puerta, y su equivalente en inglés door, significan tanto "vano que sirve para entrar y salir" (gate) como "orificio" o "agujero" (hole) (Real Academia Española, 1950; Skeat, 1882). En este sentido nos parece posible pensar en una función más general "orificial", que quedaría referida a las "puertas" u orificios del cuerpo, de la cual tanto las válvulas como los esfínteres constituirían modalidades particulares.

La diferencia esencial entre la válvula y el esfínter residiría en que el esfínter "decide" en cada caso particular: regula la cantidad de flujo, abre o cierra el paso, favorece el flujo o el reflujo. La válvula, en cambio, "no decide", está programada para que el contenido pase en una sola dirección y quede bloqueado en el sentido contrario, sin posibilidad de optar entre diferentes alternativas para cada situación.

La válvula actúa como una "puerta que se abre" cuando la sangre venosa fluye hacia el corazón, y como una "puerta que se cierra" cuando la sangre venosa intenta volver hacia los tejidos. La función de la válvula consistiría, entonces, en mantener el orden circulatorio, la dirección de la corriente. La distrofia valvular "deja la puerta abierta" y produce un desorden circulatorio: hay avance y retroceso simultáneo, dirección centrípeta y centrífuga, corriente y contracorriente del flujo venoso (Lacour, 1981).

Asociamos la acción valvular en el aparato circulatorio con un tipo de ordenamiento que no es el "cerebral", el de las ideas, sino el "cardíaco", el de la cordura de los afectos, que son los que determinan la importancia de los significados. Un buen funcionamiento de las válvulas venosas se correspondería con un estado de orden, concierto o "acuerdo" entre las diferentes importancias de las emociones que se re-cuerdan. La insuficiencia valvular venosa, en cambio, se arrogaría la representación de un estado de des-orden, des-concierto o des-acuerdo afectivo.

El enfermo valvular parece encontrarse apresado por sentimientos inconcientes de diversos sentidos que "chocan" entre sí, sin poder desarrollar sus afectos en una dirección que posea mayor "significancia" y subordinar o renunciar a las otras. Cuando este estado de desconcierto afectivo no puede acceder a la conciencia, el trastorno venoso aparecería como un desarrollo corporal equivalente.

 

IV - Las várices de los miembros inferiores.

Aproximación a algunos de sus significados específicos.

La insuficiencia venosa periférica o superficial de los miembros inferiores constituye una afección sumamente frecuente, que, según diversos autores, padece entre el 10% y el 17% de la población, la mayor parte mujeres. Las várices esenciales primarias o idiopáticas son las más frecuentes (90% en relación al 9% de las sintomáticas o secundarias) y hacen su aparición en el segundo o tercer decenio de la vida. Las que se desarrollan en la quinta y sexta década suelen relacionarse con alteraciones menopáusicas (Lacour, 1981). En sus comienzos el cuadro es predominantemente funcional (estadio prevaricoso) y se traduce clínicamente en el sindrome de las "piernas pesadas".

La Medicina señala que las funciones más importantes de los miembros inferiores son: permitir la marcha, ser soporte pasivo del peso del organismo y facilitar la postura erecta (Daniels, 1964).

Desde su punto de vista, el psicoanálisis ha explorado el significado de la locomoción y de algunas de sus alteraciones. En uno de sus historiales clínicos, Freud (1895d) investiga el sentido inconciente de la astasia-abasia de una paciente histérica. Interpreta que las dificultades para caminar de Isabel de R., simbolizan "sus dificultades para andar por la vida", su "falta de autonomía", su "impotencia para cambiar en algo sus circunstancias", su vivencia de "no tener apoyo" y de "no avanzar un paso".

M. Klein (Klein y colab.,1952), y luego A. Aberastury (1971), sostienen que la bipedestación y la marcha forman parte del proceso de desprendimiento de la madre, cuyo motor es la intensificación de las ansiedades depresivas. Junto con la necesidad del niño de alejarse de la madre para preservarla de sus fantasías destructivas (que se originan en el destete-despecho) surge el deseo de "encaminarse" hacia el padre, cuyo papel principal en ese momento es ayudarlo en este proceso de separación, y en el establecimiento de contactos con el mundo exterior (Aberastury y Salas, 1978).

La adquisición de la marcha asegura al infante una movilidad que representa en el plano motor el inicio de su independencia: no solo puede acercarse a los objetos sino también puede alejarse de ellos. En este sentido, el paso del gateo (posición cuadrúpeda) a la marcha (bipedestación), amplía la visión que el niño tiene de su entorno, y su campo de experiencia, su repertorio de acciones y sus acciones se vuelven más complejos (Osterrieth, 1973). De acuerdo con estas ideas, la función de locomoción de los miembros inferiores simbolizaría el movimiento o acción de "encaminarse" desde la madre hacia el padre, es decir, desde el entorno familiar hacia el mundo circundante, con todas las connotaciones de cambio y progreso que se desprende de lo que hemos dicho.

La localización de las várices en las piernas, parece teñir con estos significados particulares aquellos recuerdos que "no deben volver directamente, por la vía más corta, al corazón".

El enfermo varicoso tiende a aferrarse a modelos familiares que le impiden la confrontación con una "realidad" más amplia o más compleja. Avanzar, explorar el mundo, cuestionar los valores que configuró en su infancia, parece producirle dolor, temor y conflicto con sus seres queridos. Las várices de los miembros inferiores aparecen frecuentemente en los momentos de cambio (adolescencia, adultez, embarazo, menopausia, etc.), en los que se intensifica la lucha entre los deseos de permanecer igual, de volver hacia atrás y de avanzar en una dirección progresiva.

Ese conflicto suele estar vinculado con perturbaciones en la realización del duelo. El dolor porque "ya se ha ido lo que fue", equivale al dolor de "volver los recuerdos al corazón". La elaboración de ese proceso de duelo lleva implícito el resignificar el afecto nostalgia ("deseo doloroso de regresar") de un modo que adquiera la forma de sentimiento de anhelo ("deseo vehemente" de lo por venir) (Enciclopedia Salvat, 1972).

Las várices en las piernas expresan y representan entonces una dificultad para "dar el paso", para "encaminarse" hacia otro tipo de vínculo con los objetos y hacia otras etapas de la vida. Esta dificultad estaría específicamente vinculada con el intento de postergar el re-sentimiento de los recuerdos, re-sentimiento que constituye una parte necesaria del proceso de duelo implícito en toda situación de cambio.

Los miembros inferiores, que permiten la búsqueda o alejamiento del objeto erótico, funcionan además como las vías que conducen hacia los genitales. Por lo tanto, emiten señales que forman parte del atractivo sexual (Morris, 1977), y de allí el valor estético de las piernas. Las várices en las piernas, que atraen la atención y pueden al mismo tiempo despertar rechazo, simbolizarían también el deseo de evitar la re-vivencia de afectos vinculados a conflictos con el acercamiento hacia el objeto erótico.

Un signo frecuente, la pigmentación bruna-un trastorno trófico de la piel que forma parte del cuadro varicoso-, parecería representar la señal de un deseo vivido como una "mancha", algo que "deslustra el linaje o la buena fama de una persona" (Enciclopedia Salvat, 1972) que, debiendo quedar oculto, por retorno de lo reprimido se hace "visible" en la piel.

En relación a la función de los miembros inferiores de facilitar la postura erecta, Freud (1930a) vincula la adquisición de la bipedestación con la represión de los instintos y el desarrollo de normas y valores (cultura), que pasan a constituir los principios rectores de la actividad humana.

La mayoría de los autores consultados sostienen que la bipedestación prolongada suele tener incidencia en la afección varicosa. Se ha comprobado flebográficamente el esfuerzo que significa desafiar de pie, durante cierto tiempo, la ley de gravedad, como sucede en algunas profesiones y en las prácticas militares. El "estar de plantón" -usado a veces como método de tortura- somete a la fisiología a un verdadero tormento. La frase del lenguaje cotidiano "estar o mantenerse de pie" describe una postura que figurativamente significa "permanencia o duración sin destruirse o acabarse, constante y firmemente" (Enciclopedia Salvat, 1972). Asociamos esta postura con un carácter estoico, en el sentido de un sujeto que actúa con entereza y domina sus pasiones y su sensibilidad en aras de la virtud (Ferrater Mora, 1954; Enciclopedia Salvat, 1972). La actitud de "mantenerse de pie" parece concordar con la problemática del enfermo varicoso quien, sometido a su estructura moral e ideal, se esfuerza por "mantenerse firme" en sus principios y "no doblegarse" ante afectos o deseos que siente censurables.

 

V - RESUMEN DE LA FANTASÍA ESPECÍFICA VARICOSA

1) Las várices constituyen una patología de la circulación de retorno. El sistema venoso se vincula específicamente con el aspecto emocional del proceso de recordar: "volver los recuerdos al corazón", es decir, re-vivir o re-sentir afectos que quedan referidos a un tiempo que pasó. En este sentido podemos decir que recordamos cuando el corazón "re-siente" algo que la vena "re-trae".

2) En la actitud normal de evitar los recuerdos penosos participaría un cierto retardo de la circulación venosa, que se produciría dentro de los límites fisiológicos. El trastorno venoso ocurriría cuando se desestructura el intento normal de demorar los recuerdos, y la importancia de la investidura recae predominantemente sobre la función venosa.

Las várices, con sus signos característicos (dilatación anormal de las venas, rémora y reflujo sanguíneo), aparecerían como el desarrollo equivalente de la actitud de demorar, detener o retroceder el flujo normal de algunos recuerdos.

3) El proceso de recordar se acompaña específicamente por dos sentimientos dolorosos, con independencia de su grado de acceso a la conciencia: la vivencia de nostalgia y la vivencia de condena.

La nostalgia se configura como un dolor por la ausencia de aquello que alguna vez fue y ya se ha ido. La condena entraña la presencia continua de una escena traumática que no se puede evitar, que se repite y de la cual parece imposible librarse.

Las várices simbolizarían el intento de detener o entorpecer la "vuelta al corazón" de aquellos recuerdos que pueden desencadenar sentimientos de nostalgia o de condena insoportables.

4) El reflujo y la rémora en la circulación venosa representarían el intento de quedar fijado al pasado y de demorar la iniciación de un proceso de duelo, que finaliza cuando la renuncia a lo que se ha perdido "apaga los recuerdos" y conduce hacia la re-significación del presente.

5) La tortuosidad del trayecto venoso que caracteriza a las várices expresaría y simbolizaría el camino lleno de "vueltas y rodeos" que entorpece el acceso directo de los recuerdos intolerables.

Un desarrollo equivalente en el carácter aparecería como una dificultad para la expresión franca y directa de algunos afectos, es decir, como una modalidad de "dar vueltas y rodeos" (carácter vueltero).

6) La tortuosidad venosa simbolizaría también: a) aquellos rodeos y desvíos que el varicoso, en aras de su rectitud, no puede realizar en la vida, y b) un sentimiento de tortura o tormento, vinculado con la dificultad para soportar la demora penosa que el camino indirecto impone a los objetivos lineales.

7) El "hacerse mala sangre" configura un disgusto o sufrimiento particular que va más allá de la tortura implícita en el camino tortuoso. Cuando este sufrimiento no accede a la conciencia, la rémora venosa aparecería como su desarrollo equivalente.

8) La función de las válvulas consiste en mantener el orden y la dirección de la corriente. Un mal funcionamiento de las válvulas venosas, en cambio, se arrogaría la representación de un estado de des-orden, des-concierto o des-acuerdo afectivo.

9) En relación a las várices de los miembros inferiores encontramos que:

a) La función de locomoción simbolizaría la acción o el movimiento de "encaminarse" desde la madre hacia el padre o desde el entorno familiar hacia el mundo circundante.

Las várices en las piernas expresarían una dificultad para "dar el paso", para "encaminarse" hacia otros vínculos y otras etapas de la vida. Esta dificultad estaría específicamente vinculada con el intento de postergar el resentimiento de los recuerdos, re-sentimiento que constituye una parte necesaria del proceso de duelo implícito en toda situación de cambio.

b) Los miembros inferiores funcionan como las "vías" que conducen hacia los genitales y participan en el atractivo sexual, de allí su valor estético. En este sentido pueden simbolizar conflictos con el "encaminarse" hacia el objeto erótico.

c) La bipedestación prolongada, frecuente en el varicoso, puede corresponder con su actitud de "mantenerse de pie", es decir, firme en sus principios morales, sin doblegarse ante afectos o deseos que siente como censurables.

 

VI - La historia de Juan

Juan vuelve tarde de la casa de Marta, su única hija. Sus piernas están cansadas y le duelen. Marta y Roberto le anunciaron hoy que van a casarse, después de vivir juntos varios años. Marta conoció a Roberto poco antes de separarse de un matrimonio anterior. El es un hombre mayor con hijos grandes. Hay algunas cosas de Roberto que a Juan no le gustan. A veces sospecha que no procede con mucha honestidad en los negocios. ¡Qué vidas tan diferentes de la suya!... Sin embargo, no les va mal y se los ve contentos... ¿Y él? Siempre se consideró un hombre recto, fiel, respetuoso; jamás aceptó los regalos de fin de año que le hacían algunos proveedores cuando era gerente de compras en la ferretería... En realidad no tiene de qué quejarse; su esposa y él son felices, llevan una vida sencilla y se arreglan bien.

Juan, sentado en su cama, se quita la ropa y se mira las várices de las piernas. Nunca les había dado demasiada importancia, pero cada vez tiene más calambres y dolores por las noches. También le cuesta caminar.

Recuerda que las várices le aparecieron alrededor de los treinta años, después que se casó; ahora a los sesenta y nueve, piensa que quizás le vinieron porque siempre estuvo "de pie". Primero de jovencito, cuando trabajaba en los bares detrás del mostrador. Después, cuando estuvo veinticinco años como empleado en una gran ferretería y, luego, cuando por fin instaló con mucho sacrificio su propio negocio... Parecerá una exageración, pero siempre pudo evitar las tentaciones. Tal vez fue demasiado honesto para progresar... Ya de chico era así, respetuoso, obediente, trataba de no dar motivos de queja a su familia, una familia que vivía entre rezos y prohibiciones.

No recuerda mucho de su infancia... Ese jardín grande donde no lo dejaban jugar a lo que él quería... Papá, que no tenía carácter. La imagen que conserva de él es la de un hombre débil, que luchó mucho sin lograr nada, que pasó algunos momentos alegres, pero nació para trabajar y sufrir... Mamá tuvo que dirigir la vida de la familia. Con ella sentía una profunda comunión. Los hermanos le decían falluto porque siempre se ponía de parte de ella, le daba la razón y buscaba complacerla. Logró convertirse en el "hombre sencillo, delicado y respetuoso de la mujer" que su madre anhelaba.

Cuando papá perdió la mano derecha en el accidente vino una época difícil... La estrechez económica, la salud quebrantada de mamá, papá que robaba cajas en la fábrica donde trabajaba!... El sólo tenía nueve años. A veces el robo se justifica... Fue a partir de allí que se convirtió en un chico duro... ¡ni cuando murió su padre pudo llorar!

Pensaba que el matrimonio era una cosa hermosa pero de mucho sacrificio y esfuerzo. Más de una vez rechazó a otras mujeres... ¿fue porque siempre creyó en la fidelidad o por temor a enamorarse?... ¿Por qué, a veces, le vienen recuerdos de Margot?... Era francesa, uno de los jefes de la ferretería la había traído de París. Se enamoró de Juan y lo buscaba. A él le gustaba mucho; todo fue muy intenso. Ella le enseñó el placer del baile, de la buena mesa, a andar a caballo... las cosas que vivió con ella no las volvió a sentir con nadie, ¡era diferente!...

A la vuelta de uno de sus viajes a Francia, Margot, sorpresivamente, fue a buscarlo a la ferretería. ¡Qué violento se había sentido... frente a todo el mundo! ¡Que lo vieran con ella, una mujer que había conocido otros hombres! Tuvo que dejarla... ¡hizo bien!... a pesar de que sexualmente se llevaban de maravillas...

Había empezado a salir con Elvira, una empleada de la ferretería, una chica fina, de buena familia, que aceptó la condición que puso su madre de vivir todos juntos; por lo menos el primer año de casados.

Con ella parecía posible formar un hogar. Cuando se cumplió el plazo se mudaron para poder estar solos... porque Elvira no aguantaba más.

Al poco tiempo, mamá se murió... A veces se arrepiente de haberse casado y de no haberla acompañado más. Por suerte Elvira es optimista, fuerte, enérgica. Cuando se casaron a él le gustaba regalarle perfume francés... pero ya hace tiempo que se le cambió el olfato, y ese perfume le despierta una sensación desagradable.

Las cosas le habían ido bastante bien en la vida... pero ahora, desde que volvió de la cena, se siente decaído con esas várices que le duelen cada vez más...

 

Juan construyó su vida en base a una actitud moral que lo llevó a bloquear afectos y necesidades profundas. Desde chico creyó que debía crecer llevando una vida recta: ser honesto, fiel y obediente, tanto en el trabajo como el amor. Mientras trabajaba como empleado y luego como jefe de compras en la ferretería, rechazaba todo ofrecimiento que pudiera desviarlo del camino recto que se había trazado. En el amor, aunque se entiende de maravillas con Margot, decide apartarse de ella y se casa con Elvira, una chica de buena familia, con la que se podía formar un hogar.

Es entonces, alrededor de la época de su casamiento, que le aparecen las várices en las piernas, cuando debe olvidar su relación con Margot y separarse de su madre, con quien tenía una profunda comunión. Alejarse de la casa de su infancia para "encaminarse" a formar su propia familia, le produce temor e intensos sentimientos de culpa.

Juan intenta postergar el duelo por la pérdida de un ayer del que ya se siente afuera. Sus várices expresan y simbolizan el intento de demorar "la vuelta al corazón" de aquellos recuerdos que podrían desencadenar el dolor de la nostalgia por la pérdida de la unión estrecha con su madre, y de la sexualidad apasionada con Margot. Nostalgia que implica una condena: la presencia de una insatisfacción constante en el trabajo y en su vida amorosa con Elvira. La rémora y el reflujo venoso parecen representar su deseo de "detener" los recuerdos, de "volverlos hacia atrás", impidiendo el re-sentimiento de la carencia que constituye la perpetuación de su condena.

Juan parece haber tomado como natural e inobjetable la imagen del mundo que le presentaba su madre: un mundo visto y juzgado por mujeres, un mundo en el cual la debilidad de su padre acrecentaba la falta del punto de vista masculino.

En Elvira vuelve a encontrar el modelo de mujer que conoce y puede tratar. Mientras dice orgulloso que ella es fuerte y enérgica, evita revivir sus sentimientos de rabia, sometimiento y frustración sexual. El perfume francés, símbolo de su experiencia amorosa con Margot, se ha vuelto un estímulo desagradable que puede evocar recuerdos dolorosos que deben ser evitados. Así, sólo le llegan, de vez en cuando, reminiscencias de Margot, sin la plenitud de la carga afectiva.

También, aunque afirma que económicamente las cosas no le han ido mal, evita re-sentir su dolor y su enojo por un desarrollo que él siente que no se corresponde con el esfuerzo y la honestidad con que encaró su vida.

Aparentemente Juan no "se hace mala sangre", se muestra conforme y sin grandes conflictos. Sin embargo, el sufrimiento que no accede a su conciencia como afecto, se le "hace mala sangre" (rémora) y le "deforma" las venas. Su desconcierto afectivo, nacido del conflicto entre la honestidad y el progreso, o la fidelidad y el amor, se mantiene inconciente, y se expresa en el desorden de su circulación venosa.

La "rectitud" de su carácter contrasta con el trayecto "re-torcido" de sus venas. La tortuosidad de sus várices representa en su cuerpo el desarrollo equivalente de aquello que no pudo realizar en su vida, precisamente porque fue sentido como un desvío o un rodeo del camino "recto".

El bienestar de Marta y Roberto, que han llevado vidas tan diferentes de la suya, reactiva el dolor de su condena inconciente. Esa condena y esa nostalgia, que permanecen reprimidas, se expresan, entonces, en el dolor de sus várices.

Notas

(*) El texto del presente capítulo pertenece a un trabajo realizado en el Departamento de Investigación del Centro Weizsaecker de Consulta Médica, y fue presentado para su discusión en la sede del Centro el día 21 de setiembre de 1990

(28) En algunos animales hay venas que presentan contracciones periódicas que constituyen verdaderos latidos. Tal es el caso de las venas del ala del murciélago (Houssay, l955).

(29) La Hm constituye una información-estructura que, cuando es investida por un impulso inconciente, se conforma como deseo inconciente, es decir, como información en curso. Esta información en movimiento o deseo inconciente da lugar a tres vicisitudes: a) repetición, b) reminiscencia y c) recuerdo.

a) La re-petición (de pedir: "dirigirse hacia") es una re-acción, un volver a dirigirse (costumbres, hábitos) hacia el encuentro con el objeto, que implica una descarga sobre el mundo exterior (acción eficaz). La repetición es predominantemente hepática.

b) La re-miniscencia (que deriva de mente) es una re-presentación, un volver a "ver", un retornar una idea a la mente (idea: de eidon, "yo ví"). La reminiscencia es fundamentalmente cerebral, dado que el cerebro es el órgano que se adjudica predominantemente la representación de la mente.

c) El recordar (de re: "repetir" y cor, de cordis: "corazón"), significa retornar al corazón, re-sentir, volver a sentir un afecto que implica una descarga sobre el propio cuerpo. El recordar es escencialmente cardíaco.

El prefijo re ("re-petir", "volver"), significa que tanto la repetición (re-acción), la re-miniscencia (re-presentación) como el recuerdo (resentimiento), estuvieron "allí antes" como acción, presentación (presencia) y sentimiento, y fueron desalojados por obra de la represión ("esfuerzo de desalojo") o del olvido ("obliteración").

El prefijo re (onomatopéyicamente rrrr...) tal vez se vincule con los sentimientos de rabia que acompañan a la frustación actual. Esta rabia-frustración no puede ser apagada hasta recuperar los actos psíquicos "originales", como descarga en la acción, en la presentación y en el sentimiento.

(30) El componente vasomotor, por su importancia en la expresión de las emociones, se prestaría especialmente para simbolizar lo afectivo

(31) Obstfeld (1978) señala que la acción de recordar estaría particularmente vinculada con la función venosa, y su trastorno, con alteraciones de dicha función. Los trastornos de la circulación venosa se relacionarían con una problemática con el pasado

(32) Si la sangre de retorno, cuando vuelve al corazón, simboliza el proceso de recordar, cabe preguntarse cuál sería el significado de la sangre arterial, que va hacia los tejidos. No hemos estudiado este tema, colateral en relación a la patología venosa. Es interesante consignar que el "des-corazonamiento" de la sangre arterial coincide idiomáticamente en italiano con una de las formas del olvido: scordare, sacarse las cosas del corazón, a diferencia de dimenticare, que significa "sacárselas" de la mente

(33) La etimología señala que la palabra dilatar significa "extender, ocupar más lugar en el tiempo y en el espacio". También alude a una operación del ánimo que consiste en "diferir, demorar la llegada de algo" (Real Academia Española, 1950).

Rémora es un "pez teleosteo marino, que se adhiere fuertemente a los objetos flotantes; los antiguos le atribuían la propiedad de detener las naves" (Real Academia, 1950). Su presencia en la carena de un barco disminuye la velocidad del navío. La raíz etimológica de rémora (morari) da origen a la designación de "un estado de cosas: rémora, detención, permanencia", y además a un atributo: "remiso, remolón" (Corominas, 1961). La estasis o rémora suele referirse al "estancamiento del líquido sanguíneo" y al "embargo, detención o suspensión de contenidos" (Real Academia Española, 1950) tanto en el orden de los elementos materiales como en el terreno de las ideas, las emociones o los valores. Así, por ejemplo, se suele hablar de estasis en el flujo biliar, en la economía monetaria de un país, o en la economía libidinosa de un sujeto.

La palabra reflujo, en contraposición a "flujo", que significa "avance", "progresión", quiere decir "volver hacia atrás" (Real Academia Española, 1950).

(34) En algunos afectos es posible registrar la presencia de sus componentes somáticos específicos. Por ejemplo, el sentimiento de vergüenza suele acompañarse de vasodilatación arterial, que el sujeto experimenta como sensación de acaloramiento y el observador registra visualmente como rubor.

(35) Pensamos que la nostalgia es un afecto inherente al proceso de recordar, independientemente de su grado de acceso a la conciencia

(36) En este sentido la actitud del varicoso sería, entonces, la de un sujeto "remiso", "remolón", que se resiste a enfrentar sus afectos y comenzar un trabajo de duelo inevitable. El atributo "remiso", "remolón", que deriva del latín morari (rémora) significa "dejado, detenido, en la resolución de una cosa" (Corominas, 1961; Real Academia Española, 1950).

(37) La mayor parte de los autores consultados (Harrison, 1962; Anderson, 1961; Foote, 1969; Del Campo Llerena, 1984) consideran que la dilatación venosa por sí sola no constituye una várice. Así, por ejemplo, las llamadas "venas del atleta" están engrosadas pero no son varicosas

(38) "Estocástico", del griego stocazein, 'disparar una flecha a un blanco'; vale decir, dispersar los sucesos de una manera aleatoria, de modo que algunos logren un resultado buscado. Bateson dice que una secuencia de sucesos es estocástica si combina un componente aleatorio con un proceso selectivo, de manera tal que sólo le sea dable perdurar a ciertos resultados del componente aleatorio" (Bateson, 1979). Siguiendo a Bateson, Chiozza (1984d) sostiene que "todo acontecimiento vital es el producto de un proceso 'estocástico', es decir, de la combinatoria entre un yo que procura imponer sus hábitos invariables y las circunstancias que condicionan una variación inesperada".

(39) Un conocido experimento permite establecer que, cuando se separa un perro de un trozo de carne apetecido mediante una verja que posee una abertura en uno de sus extremos para que el perro encuentre el camino cuando está muy hambriento, la distancia entre la carne y la abertura debe ser más corta.

(40) La misma voz latina tortus -"torcer, retorcer"- da origen a las palabras tortuoso y tortura. Tortura significa: a) desviación de lo recto; b) dolor, angustia, pena o aflicción grande; c) acción de atormentar o torturar" (Real Academia Española, 1950).

(41) Obstfeld (1978) sostiene que en los pacientes varicosos es frecuente encontrar la expresión "hacerse mala sangre" y la vincula, por un lado, con la estasis sanguínea y, por otro, con el rencor y la dificultad para perdonar. (Altman y Cattaneo (1978) observaron en entrevistas a pacientes varicosos, que son personas que han vivido situaciones de mucho sufrimiento y que suelen "hacerse mala sangre".

(42) Correspondería al giro lingüístico "se me hace la sangre vino", que alude al espesamiento-estancamiento de la sangre, similar a la expresión "se le hizo verde la bilis", que se refiere al estancamiento de los jugos biliares

(43) La palabra cordura deriva de cuerdo, del latín cordatus, derivado de cor, cordis = "corazón". De cordatus hubo de salir cordado en el lenguaje arcaico. Los cordados (derivado del latín chorda = "cuerda") son animales caracterizados por una cuerda dorsal o notocordio (Corominas, 1961) (Salvat, 1972). Tanto corazón como cuerda entrañarían la idea de llevar al centro (corazón) o al eje central (columna vertebral). Palabras como recuerdo, acuerdo, cordura, etc. derivan de cuerda y corazón.

(44) Tal vez la patología valvular cardíaca se relacione con el desconcierto de afectos aún no configurados para ese sujeto, es decir, protoafectos, y la patología valvular venosa con el desconcierto de afectos ya configurados.

(45) Un estudio piloto, realizado en la ciudad de Rosario (Odisio, 1979), determinó que el 45% de las mujeres mayores de 18 años presentaba síntomas de insuficiencia venosa.

Pensamos que la mayor incidencia de las várices en las piernas en las mujeres, podría tener que ver con: a) que el "encaminarse" hacia el padre implica una vicisitud edípica más complicada para la mujer que para el varón, y b) que, de acuerdo con Freud (1933a), la carga erótica narcisista abarca todo el cuerpo de la mujer, a diferencia del varón, que se concentra en el pene. Las piernas femeninas adquirirían así un valor estético y erótico mayor, que las haría más "aptas" para representar los conflictos en el acercamiento hacia el objeto amoroso.

(46) La pigmentación (melanina) se vincula con el ciclo luz-oscuridad y con la sexualidad. En condiciones normales se observa hiperpigmentación en las zonas de la piel especialmente vinculadas al ejercicio de la sexualidad. La sexualidad excita el sistema melanocitoestimulante y a su vez, por ejemplo, la contemplación de los lunares en la piel, excita la sexualidad (Chiozza, 1986a).

(47) El estoicismo es una corriente filosófica de gran influencia en el pensamiento occidental, que tiene un carácter predominantemente moral y religioso. Constituye una ética intelectualista que produce un tipo de hombre que actúa con entereza y domina sus pasiones, su sensibilidad, en aras de la virtud (Ferrater Mora, 1979; Enciclopedia Salvat, 1972).

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