Los afectos ocultos en ...
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V - PSICOANÁLISIS DEL TRASTORNO DIABÉTICO*

Dr. Luis Chiozza, Dr. Enrique Obstfeld

 

"...y que la cosa no tenía remedio. Y por dentro me mordía, me desgarraba, me corroía , hasta que la amargura se convertía en una dulzura vergonzosa, maldita, y al final, en un gran placer indiscutible..." (F. Dostoievski, "Memorias de subsuelo", pág. 39).

 

I - Introducción

Weizsaecker (1950b) contempla a la enfermedad pensando que el proceso fisiológico se comporta en el hombre como si lo animara una intención psicológicamente comprensible. En numerosos trabajos, investigando las diferentes fantasías inconcientes específicas inherentes a representaciones corporales particulares, desarrollamos una vía de acceso a la "psicosomática" que trasciende la dicotomía mente-cuerpo (Chiozza, 1963a, 1970l, 1976a, y Cap. 8 de este libro).

Esta forma de pensar la enfermedad somática, que tiene su origen en las ideas de Freud, de Groddeck y de Weizsaecker, nos conduce a investigar la cualidad psíquica específica del trastorno diabético.

En el historial de Isabel de R. (Freud, 1895d) Freud señaló que los síntomas somáticos y el lenguaje extraen, tal vez, sus materiales de una misma fuente inconciente. En el desarrollo de sus conceptos en relación a las zonas erógenas, Freud puntualiza que cualquier órgano o proceso importante aporta algún componente a la excitación general del instinto sexual; su idea de que los fines de la pulsión permiten deducir su fuente, nos condujeron a sostener que por tales componentes, propios de cada órgano, parece adecuado entender que estas investiduras configuran representaciones o fantasías con cualidades específicas que emanan de los órganos que les dieron origen (Chiozza, 1963a). Justificamos así, por ejemplo, el concepto de fantasías hepáticas (Chiozza, 1963a), similar en su estructura teórica al de fantasías orales, ampliamente utilizado por el psicoanálisis.

Los desarrollos realizados acerca de las fantasías específicas nos permiten concebir, desde un punto de vista teórico, la existencia de fantasías insulino-pancreáticas. Los componentes pulsionales de estas fantasías inconcientes deberán poseer una modalidad particular, emanada de la fuente inconciente constituida por "la zona" insulino-pancreática.

Los pacientes que llamamos diabéticos, precisamente porque poseen algo somático en común (independientemente de la singularidad propia de cada uno de ellos), también tienen algo en común, según nuestra experiencia, desde el punto de vista psicológico.

Pensamos que existe, en lo inconciente, una matriz común a partir de la cual se configura, por un lado, la forma material que conocemos como diabetes y, por el otro, una fantasía insulino-pancreática, cuyo significado corresponde específicamente al trastorno diabético.

 

II - DIABETES MELLITUS

a. Breve resumen de las ideas de distintos autores acerca de los psicodinamismos de la diabetes

Menninger (1935) y Daniels (1936) mencionan la frecuencia de la depresión y la ansiedad en la mayoría de los diabéticos. No existe, para estos autores, un tipo esencial de personalidad ni de trastorno mental preponderante. Palmer (en Miller de Paiva, 1966) confirma esta opinión.

Dunbar, Wolfe y Rioch (1936) describen la personalidad de los diabéticos afirmando que éstos se descompensan después de un período de largas tensiones y esfuerzos, y señalan que arrastran desde la infancia dificultades tales como la indecisión y la inseguridad, oscilando entre la dependencia y la independencia, con la peculiaridad de ser pasivos y masoquistas.

Mirsky (en Miller de Paiva, 1966) sugiere que en estos pacientes la enfermedad es el resultado de una falla en la adaptación psicofisiológica a los traumas sociales, y que el estrés emocional es un mecanismo desencadenante en un individuo predispuesto por factores constitucionales.

A. Meyer, L. Bollmeier, y F. Alexander (1945), del Instituto Psicoanalítico de Chicago, destacan que estos pacientes son enfermos oral-agresivos, con la contradictoria tendencia a rechazar el alimento y el afecto que necesitan. El desenlace de esa situación es una dependencia de tipo agresivo hacia la madre. Son personas con exageradas necesidades de afecto jamás satisfechas, cuyos sentimientos de frustración se traducen en reacciones de hostilidad.

Cremerius (1956), a partir de la polifagia, uno de los síntomas de la diabetes, sostiene que esta enfermedad se manifiesta cuando el instinto de comer ya no compensa al conflicto neurótico subyacente (estados paranoicos, agresivos y depresivos).

Hinkle y Wolf (1966) encuentran que la diabetes es el producto de una deficiencia de adaptación debida a la inseguridad física y emocional, que ha ocurrido en la infancia, probablemente por un rechazo de los padres, por el nacimiento de un hermano o por la pérdida de la madre.

Newburgh y Camp (1966) concluyen sus investigaciones sosteniendo que hay glucosurias de tipo emocional. Meyer y colaboradores (1945) describen un caso, tratado psicoanalíticamente, en el cual una vez solucionados los conflictos no hubo más necesidad de régimen ni de insulina.

 

b. Conceptos básicos de la fisiopatología y la clínica de la diabetes

Los desarrollos actuales acerca de la fisiopatología de la diabetes son cada vez más complejos, principalmente luego de los estudios sobre inmunidad y sobre la resistencia de la membrana celular. Sólo tomaremos para nuestros fines un aspecto en el cual todos los autores coinciden: la diabetes es una alteración del metabolismo de los hidratos de carbono provocada, o bien por un déficit de insulina (las más de las veces a consecuencia de una disfunción de los islotes de Langerhans del páncreas), o bien por un trastorno en su utilización.

Dado que la glucosa no puede incorporarse a la célula, permanece en la sangre en cantidad superior a lo normal, y resulta un elemento inútil para suministrar energía.

En condiciones normales el nivel del azúcar sanguíneo se mantiene constante gracias a que, ante cualquier disminución de la glucemia, se estimula la desintegración del glucógeno, originado a su vez por la conversión de la glucosa. En la regulación, producción, almacenamiento y utilización del azúcar, intervienen principalmente los factores hormonales, el más importante de los cuales es la insulina.

La insulina facilita los procesos de acción hipoglucemiante y posee las siguientes funciones:

1) favorece la fosforilización y la oxidación de la glucosa.

2) contribuye a la formación de glucógeno hepático y muscular.

3) disminuye la glucogenólisis (descomposición del glucógeno).

4) disminuye la neoglucogénesis (producción de glucógeno a partir de los ácidos grasos).

5) facilita la transformación de glucosa en ácidos grasos.

 

Consideraremos, a los fines de nuestro trabajo, un mecanismo fisiopatológico que resumiremos esquemáticamente diciendo que el organismo diabético padece de una insuficiencia insulínica, ya sea porque la secreción de insulina es insuficiente, ya sea porque la membrana celular es resistente a ella.

Cuando una considerable disminución de la tolerancia a los glúcidos origina hiperglucemia en ayunas, aparecen los síntomas patognomónicos de la diabetes: poliuria, polidipsia, polifagia y pérdida de peso.

A estos síntomas pueden agregarse como complicaciones del cuadro las consecuencias que derivan de cada uno de ellos. Por ejemplo: la dificultad para asimilar la glucosa lleva al organismo del diabético a quemar otras sustancias (neoglucogénesis), a fin de obtener la glucosa necesaria para sobrevivir, lo cual puede conducir a una cetosis que, en algunos casos alcanza una extrema gravedad.

 

III - Las fantasías insulino-pancreáticas

A pesar de que el significado psíquico de las funciones metabólicas se encuentra mucho más lejos de la conciencia que el de las actividades orales, podemos utilizar las representaciones que nos aporta la fisiopatología insulínica para individualizar determinadas fantasías inconcientes que consideramos propias del trastorno diabético, y que deben corresponder necesariamente a la alteración de fantasías insulino-pancreáticas normales, propias del metabolismo glúcido fisiológico.

Dijimos que la insulina facilita el almacenamiento de la glucosa en las células bajo la forma de glucógeno. Como producto del metabolismo de la glucosa se genera el ATP, reservorio energético del organismo. B. Houssay (1955) denominaba a la glucosa, "sustancia madre del esfuerzo".

En ese proceso la insulina actúa como intermediaria, facilitando la fosforilización de la glucosa, que se transforma así en glucosa "útil" (glucosa-6-fosfato). En un sentido figurado, la insulina "enciende a la glucosa" del mismo modo que un fósforo enciende al carbón.

Podemos suponer que la función insulino-pancreática adquiere por ese camino, desde lo inconciente, el valor de un representante de la disposición al gasto energético implícito en el hacer, emprender, generar, o construir.

La falta de insulina, la insulino-resistencia (o algún otro desequilibrio que provoque un efecto semejante), que impide al diabético asimilar la glucosa en sus tejidos, representará entonces, inconcientemente, y en primera instancia, una carencia de los medios que predisponen a la realización del gasto energético necesario para la realización de un trabajo.

 

IV - La clave de inervación del afecto comprometido en la diabetes

Freud (1926d) sostuvo que el afecto equivale a un ataque histérico universal y congénito, como repetición de una actividad motriz que otrora fue justificada. Cada afecto es un movimiento vegetativo que se realiza con una modalidad típica, un proceso de descarga cuyas "últimas manifestaciones" son percibidas por la conciencia en una serie que va desde las sensaciones somáticas hasta los sentimientos nominados. La cualidad de esa descarga está determinada filogenéticamente por una huella mnémica inconciente, por un registro perdurable que Freud (1900a) denominó clave de inervación y que forma parte de las ideas que atribuimos a lo que llamaba inconciente no reprimido (Freud 1915a).

La enfermedad somática implica (Chiozza, 1976c [1974], 1976a), desde un punto de vista metapsicológico, que el desplazamiento de la investidura no se realiza, como en la neurosis, sobre una representación sustitutiva, sino dentro de la misma clave de inervación de los afectos, de modo que algunos elementos de la clave reciben una carga más intensa, en detrimento de otros. En otras palabras: toda enfermedad somática puede ser concebida como la descomposición de la clave de inervación de un afecto durante su descarga.

El funcionamiento metabólico normal implica una adecuada utilización de la insulina y de los glúcidos, funcionamiento cuyo significado inconciente debe quedar necesariamente relacionado con el sentimiento de que lo que se logra se obtiene disponiendo de los propios medios.

La carencia reiterada de ese funcionamiento metabólico normal se acompañará, por lo tanto, de una particular versión negativa del sentimiento descripto, es decir: los logros alcanzados se han obtenido disponiendo de medios que no han sido propios. Se trata de un sentimiento que podemos denominar sentimiento de impropiedad.

Propio, por su etimología (Corominas, 1961), une al significado de "titular de un dominio" el de "adecuado" a un particular sujeto, objeto o propósito. Por este motivo nos parece un término especialmente apto para nominar el sentimiento comprometido en la deficiencia diabética, ya que ese sentimiento, en sus formas más intensas, afecta a la manera en que se experimenta la propia integridad e identidad.

Sabemos que una actitud de sumisión tiende a provocar, en algunas especies animales, la inhibición del agresor aún durante la lucha, lucha que se ejerce, por lo general, en torno a una propiedad, sea alimento, territorio, objeto sexual o protección de la prole. De modo que, desde este punto de vista, la sumisión equivale a un reconocimiento de la impropiedad.

Podemos suponer que el afecto que denominamos sumisión (otrora un acto motor justificado para sobrevivir en ciertas circunstancias, exhibiendo una debilidad), corresponde al sentimiento de impropiedad de los bienes (sentimiento nacido de la carencia de los medios para obtener o mantener esos bienes mediante la lucha).

Pensamos que en ese afecto de sumisión, que equivale desde otro ángulo al sentimiento de impropiedad, participa en condiciones normales como una de las inervaciones de su clave, la inhibición de la asimilación de la glucosa, fuente principal de la energía que interviene en la acción muscular.

Frente a un sentimiento de impropiedad intolerable con respecto a los objetos o posiciones adquiridos, el diabético expresa y simboliza inconcientemente ese sentimiento mediante la sobreinvestidura de uno de los elementos "normales" de su clave de inervación: la inhibición del proceso de la asimilación de glucosa.

 

V - Una forma particular de la melancolía

Las células del diabético están "empobrecidas y hambrientas" de glucosa, mientras que un exceso de glucosa circula inútilmente en su sangre, inasimilable, porque no puede ser fosforilada. Esta situación nos parece equivalente a la de "un pobre que aparenta riqueza", o que aparenta más de lo que tiene.

Podemos también decir que, por las características de la sustancia de la cual se trata, esa riqueza ficticia, no asimilada, vinculada a un sentimiento de impropiedad negado, hace del diabético una persona insatisfecha. Alguien que no puede usufructuar de un dulce con el cual, paradójicamente, empalaga y se empalaga.

La palabra empalagoso deriva de empalago y ésta a su vez de empalagar o empalagarse, que adquiere el significado de "sentir hastío de un manjar comido en demasía" (Real Academia Española, 1950). La riqueza que el diabético no puede asimilar parece quedar adecuadamente representada por el empalagarse con un manjar que se ha ingerido en demasía.

Si tenemos en cuenta que el proceso metabólico y el de identificación derivan de un mismo núcleo de significación inconciente vinculado al proceso de asimilación (Chiozza 1970a), comprendemos que la dificultad metabólica representa, al mismo tiempo, un déficit en la capacidad de identificación del yo.

Sabemos que los ideales que no se materializan pueden llegar a sentirse como "perdidos" y adquirir la cualidad de un "objeto" inconciente aletargado (Cesio 1960, Chiozza, 1963a, 1970a). Esta situación puede manifestarse clínicamente como una forma especial de melancolía, de características letárgicas o hepáticas (amargura).

En el diabético se encuentra otra forma de la melancolía, que está "más allá de la amargura", a la cual hemos denominado empalagosa (Obstfeld, 1969a). Lo que nos interesa destacar ahora es que, en la melancolía empalagosa, el exceso de glucosa "inútil", no fosforilada, al mismo tiempo que niega, representa inconcientemente una pérdida particular: el sentimiento de falta de la propiedad de los medios con los cuales se vive.

Según Corominas (1961) empalagarse es probablemente una evolución de la idea de comprometerse excesivamente en algo, y procedería de empelagarse, que deriva de piélago -alta mar- y significa "internarse demasiado en el mar".

Freud (1910e), recurriendo a numerosos ejemplos de las lenguas primitivas, sostiene que, dado que nuestros conceptos nacen por vía de la comparación, no es inverosímil que las palabras tuvieran, en su origen, un doble sentido antitético, ahora inconciente. Podemos suponer, entonces, que la palabra empalago, en el caso del diabético, alude también a una actitud de no comprometerse, no internarse, no interesarse profundamente en las cosas de las cuales se ocupa.

Esa actitud, a la cual Weizsaecker (1950a) se refería diciendo que los enfermos diabéticos se dejan estar tanto en su vida como en su metabolismo, se comprende si tenemos en cuenta lo que hemos señalado con respecto a los trastornos hepáticos (Chiozza, 1963a), pues el diabético, que está más allá de la de la amargura, está más allá de la envidia, y también, por la misma razón, más allá de la esperanza.

La palabra diabetes proviene del griego; deriva de diabaino, que equivale a "yo cruzo, atravieso, paso". Su sentido coincide, pues, con las representaciones que nos brinda la fisiopatología, ya que la falta de integración metabólica de la glucosa conduce a que esa sustancia se pierda a través del riñón (glucosuria).

Podemos decir entonces que el diabético se comporta, en su trastorno metabólico, como alguien que, víctima de una forma particular de melancolía, malgasta y derrocha -negando y representando un acto de sumisión inconciente- lo que más necesita.

La inhibición de la asimilación de la glucosa, que se arroga la representación del sentimiento de impropiedad, intolerable para la conciencia, constituye el núcleo de la fantasía específica diabética, núcleo al cual se le yuxtapone, como las catáfilas de la cebolla, el derroche de la glucosa no fosforilada (glucosuria) que se presta especialmente para representar una riqueza ficticia acompañada por el íntimo sentimiento de que la satisfacción resulta imposible.

La carencia metabólica (células "hambrientas" de glucosa), no solucionable con la ingesta oral (que por el contrario, puede agravar el trastorno), se presta pues adecuadamente para representar ese sentimiento de insatisfacción perenne.

En cambio, cuando el derroche aparece en la conducta del diabético, como formación reactiva frente a un íntimo sentimiento inconciente de miseria y de impropiedad respecto a los objetos o posiciones adquiridos, se comporta como un pobre que simula ser rico y sus dádivas edulcoradas, que provienen de una riqueza pretendida, que no experimenta como tal, en lugar de "alimentar" empalagan.

Sintetizando lo que hemos expuesto, diremos que, a partir de una misma matriz inconciente, que corresponde a la clave de inervación del sentimiento de impropiedad, penetra en la conciencia, por un lado, la percepción de la forma material que conocemos como diabetes, y, por el otro, los giros y expresiones linguísticas tales como dar el dulce, por ejemplo, que aluden a la fantasía inconciente específica de la diabetes, originada también en la mencionada matriz.

 

VI - Algunos rasgos caracterológicos diabéticos

A. Rascovsky (1960) describió algunas características del psiquismo fetal y sostuvo la existencia de regresiones fetales, pero, dado que postuló la ausencia de frustraciones durante esa época del desarrollo, negó la existencia de fijaciones fetales.

Freud (1916-1917), sin embargo, sostiene que los conceptos de regresión y fijación son inseparables, ya que siempre se regresa, frente a frustraciones importantes en las etapas posteriores, a un punto de fijación, determinado por una situación traumática durante la primacía de una determinada zona erógena. Sostuvimos (Chiozza, 1963a), por estas razones, la existencia de fijaciones fetales.

Podemos conjeturar que la función de la zona pancreática encargada de la producción de insulina posee suficiente importancia como para arrogarse la representación de un conjunto funcional más amplio, en el cual interviene, y adquirir, durante una parte del desarrollo embrionario-fetal, una cierta primacía, lo cual equivale a la posibilidad de una cuota de fijación insulino-pancreática.

Siguiendo el esquema utilizado para describir el carácter hepático (Chiozza, 1963a), podemos pensar que, según el grado de "permeabilidad" del yo con respecto al núcleo constituido por una determinada magnitud de fijación insulino-pancreática, se configurará un determinado rasgo de carácter diabético, que podrá estar incluido en otras formaciones caracterológicas (Obstfeld, 1970). Cuanto más débil sea el yo coherente, más identificado quedará con los contenidos de las fijaciones precoces.

Cuando se rompa el equilibrio entre el núcleo que contiene la fijación insulino-pancreática y el resto del yo, se alterará la estructura del carácter o podrán aparecer los síntomas corporales que, en nuestra percepción consciente, identificamos y agrupamos con el nombre de la enfermedad diabetes.

Los rasgos del carácter diabético pueden estar presentes sin el padecimiento orgánico correspondiente. La aparición de los síntomas ocurre, tal como lo sostuvimos antes, siguiendo los planos de clivaje de la desestructuración de los afectos cuando su conciencientización es intolerable y, desde ese punto de vista, puede decirse que la regresión activa un núcleo patosomático de la personalidad.

Meyer, Bollmeier y Alexander (1945), y también Cremerius (1956), entre los autores que hemos citado, refiriéndose a la estructura oral predominante en este tipo de pacientes, los describen como personas reservadas, inhibidas, desconfiadas, indecisas, con poca seguridad en sí mismas, inclinadas a la autoacusación y a adoptar actitudes infantiles.

Sin embargo, esa estructura oral caracterológica no explica la peculiaridad de los trastornos diabéticos, ya que se presenta en personas que no son diabéticas o que tienen otras patologías.

En nuestra opinión, tal como ya lo hemos expresado, el sustrato básico del carácter diabético consiste en una forma particular de melancolía que, a diferencia de la que conocemos clásicamente, se manifiesta con actitudes que caracterizamos con el término derroche y que se acompañan de una dificultad para gozar que se manifiesta como una insatisfacción permanente.

La denominación melancolía empalagosa proviene de un rasgo "almibarado" con el cual el sujeto, entregando aquello de lo cual "dispone" pero que en realidad no posee, evita, "más allá de la amargura" hepática (Obstfeld, 1969a), la conciencia de sus sentimientos de envidia y hostilidad reprimidos.

Tanto las reacciones egoístas y mezquinas, como la fanfarronería y la sobreprotección a los seres del entorno, configuran rasgos del carácter que es frecuente observar en el diabético. Es posible pensar que se estructuran como formaciones reactivas frente a la indentificación con el núcleo diabético.

Las reacciones egoístas y mezquinas pueden interpretarse como defensas frente al sentimiento de miseria interior que es propio de la identificación directa con el significado del trastorno diabético.

La fanfarronería puede ser comprendida como una necesidad compulsiva de obtener satisfacciones exhibicionistas, que esconden de ese modo la pobreza interior.

La sobreprotección a los seres del entorno puede surgir como consecuencia de proyectar, en el otro, al menesteroso, al pobre, al mísero, mientras que el sujeto se seudoidentifica con el objeto rico y añorado. Esta sobreprotección adquiere habitualmente la forma de actos de sacrificio culpógenos, que en el fondo contienen una hostilidad reprimida.

 

VII - El vÍnculo transferencial y la imago objetal del diabético

Durante el tratamiento psicoanalítico, los pacientes diabéticos o con una estructura diabética del carácter se muestran sumisos, como si fueran blandos y fofos, y suelen determinar contratransferencias en las cuales predominan el fastidio y la incomodidad, junto con intensos sentimientos de culpa, no siempre concientes.

Si el terapeuta no comprende las raíces inconcientes de sus sentimientos, puede quedar atrapado en una contratransferencia concordante que lo llevará a experimentarse como un "inservible". O, en el caso contrario, escapando de la identificación concordante con la "pobreza" que corresponde al trastorno insulínico, ingresará en la actitud complementaria, más frecuente, durante la cual, identificado con el ideal, tenderá a ofrecer subrogados inútiles de la interpretación, como una madre sobreprotectora y culpógena, que produce sometimiento, empalago y carencia.

En la labor analítica con estos pacientes, el terapeuta suele experimentar la sensación de que, a pesar de que alaban frecuentemente sus interpretaciones, jamás quedan satisfechos con ellas. El odio que proviene de su insatisfacción, y que el paciente reprime, lo conduce, por temor a las represalias, al intento de apaciguar al psicoanalista "dándole el dulce" mediante halagos y alabanzas que lo empalagan y lo aletargan. Si también esta acción de "empalagamiento" fracasa, el paciente regresa hacia un estado de resignación aletargada que concuerda con las descripciones de Weizsaecker (1950a).

Freud sostiene que las antiguas formas del yo, que persisten en el ello, pueden adquirir nueva vida (especialmente en las primeras fases del desarrollo individual) y perdurar luego como disposiciones inconscientes al desarrollo de afectos o trastornos reactivados por la regresión.

Los diferentes estadios del desarrollo embrionario-fetal, que supuestamente representan en la ontogenia la evolución filogenética, permitieron utilizar representaciones provenientes de la escala zoológica para intentar conceptualizar algunos aspectos de la imago objetal del hepático y también del vínculo hepático del yo con dicha imago (Chiozza, 1963a).

El análisis de los mitos, de las obras literarias y de los usos del lenguaje dentro y fuera de la sesión psicoanalítica confirma la utilización espontánea e inconsciente de esos modos de representación que se expresan con imágenes de la zoología real o fantástica.

En la escala zoológica el hígado empieza a diferenciarse del páncreas a partir de los moluscos gasterópodos. Tales moluscos, llamados babosas, son blandos, están cubiertos de un moco viscoso, y parecen particularmente adecuados para representar la imago objetal del diabético, el cual, identificado muchas veces con esa imago, suele mostrarse sumiso y dar la impresión de una fofa blandura.

 

VIII - Un ejemplo del carácter diabético

El humorista Dan Greenburg describió en un pequeño libro (1969), con la maestría del mejor psicoanalista, al personaje universal de la idische mame, que es, en nuestra opinión (Obstfeld, 1975, 1975a), un excelente ejemplo de carácter diabético. Es claro que, como señala el autor, para ser una idische mame no es necesario ser madre, ni ser judía, ni ser mujer.

En uno de los pasajes del libro, la idische mame regala a su hijo dos camisas y, cuando él se dispone a usar una, ella, con una expresión dolorida que contiene un reproche, le pregunta si la otra no le ha gustado. Podemos apreciar otra vez, en este ejemplo, la diferencia entre la melancolía clásica y la que denominamos "empalagosa".

Las dos camisas representan, simbólicamente, un regalo doble, es decir, abundante, destinado a producir una satisfacción grande, pero la pregunta (nacida aparentemente de la proyección de la insatisfacción materna en el hijo) tiende a producir sentimientos de culpa que provocan sufrimiento y que pueden ser interpretados como la verdadera finalidad, reprimida, de la pregunta unida al regalo.

De modo que la sobreprotección que parece característica de la dulzura del personaje idische mame, encubre, el derroche y la fanfarronería de una pretendida riqueza, y una intensa hostilidad inconciente, asociada a la pérdida de un hijo que crece e independiza su criterio (su gusto).

La insatisfacción permanente, tan típica de la idische mame, también es descripta por el autor en relación con las comidas y con la importancia que les otorga, principalmente al pan, que simboliza la apetencia diabética, el hidrato de carbono que no logra asimilar.

La fanfarronería se expresa también, "hepáticamente", en la permanente necesidad de lucirse mediante el triunfo sobre el otro, que debe entonces hacerse cargo de la envidia que el diabético niega. Importa señalar, sin embargo, que ese lucimiento se logra a través de una seudoidentificación con un objeto ideal (un hijo, por ejemplo) y que, de esa manera, queda siempre perdido para el propio yo. Una idische mame se queda añorando a sus hijos en los cuales deposita todos sus ideales.

El exceso de dulzura con que reprime su hostilidad inconciente contra sus propios ideales hepáticamente inasimilables, depositados en los vínculos más cercanos, y la culpa que experimenta frente al ataque "edulcorado" que la conduce a sentirlos como definitivamente perdidos, refuerzan los sentimientos diabéticos de insatisfacción permanente, y se manifiestan en una desesperanza que es típica de la melancolía "empalagosa".

IX - El mito de Tántalo a la luz de las fantasías insulino-pancreáticas

En la mitología griega, Tántalo es hijo de Júpiter y de la oceánide Plata. Los mitos que se refieren a sus crímenes, y al castigo que recibió por ellos, tienen numerosas y confusas variantes. Se narra que para agradar a los dioses guisó el cuerpo de su hijo Pélope y lo obsequió como banquete. Advertidos a tiempo, nadie comió del horrible manjar. Sólo Ceres, su esposa, distraída por la desaparición de su hija Proserpina, comió parte de la espalda.

Tántalo fue condenado a los infiernos, donde sufre perpetuamente sed y hambre, sumergido en el agua hasta la garganta y debajo de un árbol colmado de frutos. Pero cuando quiere beber y acerca su boca al agua, ésta desciende y sus labios no la alcanzan jamás. Los frutos se alejan de sus manos cuando quiere tomarlos. En una variante del mito se lo presenta como ladrón del néctar y la ambrosía del Olimpo.

Si intentamos interpretar en este mito los contenidos que nos interesan desde el punto de vista de las fantasías insulino-pancreáticas, podemos ver que los frutos en la primera versión, y el néctar y la ambrosía en la segunda, que son alimentos dulces, despiertan nuestras asociaciones con la glucosa que el diabético necesita y no logra utilizar. Del mismo modo, el agua en la cual está sumergido hasta la garganta y que no alcanza a beber, puede ser interpretada como el símbolo inconciente de la pérdida de "sus aguas" (poliuria) y de su sed insaciable (polidipsia).

Tántalo es condenado por los dioses a sufrir hambre. Tiene lo que necesita al alcance de la mano, pero no puede hacerlo suyo. Esta dramática del mito, que constituye la verdadera esencia del suplicio, parece representar la intimidad del trastorno diabético.

Prometeo desafía a los dioses de una manera que nos permite comprender su disputa como un drama hepático, en el cual, como desenlace, se desata su pasión envenenada: la envidia (simbolizada por la flecha de Heracles que mata al águila enviada por el dios enemigo) (Chiozza,1976c [1974]).

Tántalo, en cambio, incapaz de ejercer contra los dioses el ataque envidioso que libera a Prometeo, ofrece sumisamente, como un "dulce" manjar, a su propio hijo, que representa a sus ideales. El aspecto más cruel queda simbolizado en la figura de Ceres, quien se come un trozo de la espalda de Pélope, pero la hostilidad latente se expresa también en el engaño con el cual se intenta ofrecerles un dudoso manjar, engaño que es el verdadero motivo del castigo.

Al comparar los mitos de Prometeo y de Tántalo, apreciamos una evolución regresiva desde el trastorno hepático hasta el trastorno diabético: por un lado, la amargura, la envidia y el desafío a los dioses; por el otro el derroche de una dulzura "empalagosa" y la sumisión del que carece de los medios para defender algo propio (simbolizado en el hijo).

En términos estructurales, el drama de Tántalo consiste en que a raíz de su extrema debilidad yoica su superyó se transforma en algo muy persecutorio y tanático. Tántalo no tiene, como Prometeo, la posibilidad de la amargura que contiene la esperanza de la envidia. Su crimen "dulce" simboliza el intento fallido de sobrevivir mediante una ofrenda que implica un acto de sumisión que fracasa porque conduce a la pérdida de todos sus objetos y de sus aspiraciones de integración yoica. Mientras que Prometeo les quita el fuego sagrado a los dioses para dárselo a los hombres, de lo cual resulta una actividad vital y creadora, Tántalo ofrece, en la figura de su hijo, una renuncia masoquista a sus propios ideales, mediante una acción tanática autodestructiva (Papaleo, 1975).

La actitud de Tántalo frente a los dioses, la ofrenda de su hijo, representa en el mito la debilidad (hepática y diabética) que lo conduce a quedar sometido y entregado a un ideal extremadamente persecutorio, frente al cual la identificación le es imposible. Tántalo se muestra "gustosamente" sumiso frente a un superyó que le exige su propia muerte (Garma,1975). Esta situación suele observarse en el paciente diabético, que se caracteriza por el poco cuidado de sí mismo, por una actitud de "dejarse estar" en el trastorno de su metabolismo (Weizsaecker, 1950a).

En algunas variantes del mito Tántalo es castigado por ser ladrón: por el robo del becerro de oro que custodiaba el templo de Júpiter, por el robo de Ganímedes antes de que Júpiter lo elevara al rango de copero divino, o como ladrón del néctar. Estas variantes permiten una interpretación más rica. El becerro de oro representa al ideal; el néctar al "dulce" alimento. Tántalo, como ladrón del néctar, resulta un símbolo universal que la mitología nos ofrece, del drama que el diabético representa en su cuerpo: siente que no ha puesto su esfuerzo, su energía, para lograr lo que posee y, por lo tanto, experimenta todo lo que tiene como algo que no le pertenece.

 

X - La imago madre "empalagosa" en un cuento infantil: Hänsel y Gretel

El psicoanálisis de los cuentos infantiles nos revela las fantasías inconcientes regresivas que en ellos se expresan. Sabemos que estos cuentos poseen la cualidad de un cumplimiento de deseos, razón que nos explica el profundo placer que obtienen los niños al escucharlos y su insistencia en que se los repita, una y otra vez, de manera inmodificada. Pero si interpretamos los cuentos de un modo análogo a como hacemos con los sueños, se manifiesta su génesis traumática (Garma, 1940), lo cual nos permite inferir que su repetición constituye un intento, fallido, de elaborar fantasías inconcientes.

En Hänsel y Gretel se relata la historia de dos niños cuya familia atraviesa serias penurias económicas. La madrastra convence al padre de los niños para que los abandone en el bosque. El primer intento fracasa por la astucia de Hänsel, quien logra señalar con piedritas el camino de vuelta a su hogar. En una tentativa posterior, se ve forzado a diseminar miguitas de pan, que son comidas por los pájaros. Los niños, perdidos por este motivo, encuentran al cabo de un tiempo una casita revestida de dulces. Seducidos por ellos, son engañados por la bruja que allí habita, que les ofrece pasar y los atrapa con el deseo de engordarlos para comerlos luego.

Recordemos que "dar el dulce" alude, en el lenguaje popular, al hecho de ofrecer al incauto un señuelo atractivo, para perjudicarlo luego y obtener una ventaja, trampa que, en cierto modo, remeda lo que sucede en en el organismo diabético.

Hänsel consigue embaucar a la bruja, que ve con dificultad, haciéndole creer que no están engordando. Cuando ella advierte el engaño, los niños ya tienen la fuerza suficiente para introducirla en el horno que les estaba destinado. Recuperan así la libertad y se llevan el oro de la bruja, con el cual, luego de reencontrarse con su padre, pueden salir de su estado paupérrimo.

La figura de la madrastra mala, representante de un abandono materno "filicida", queda en el cuento equiparada a la pérdida del alimento (el estado paupérrimo, y las migas de pan, que son hidratos de carbono). Esta situación, maníacamente negada y transformada en la "casita dulce" que se come, retorna sin embargo en la bruja que intenta comer al hambriento. Tanto la madrastra como la bruja son representaciones de la imago de madre mala "empalagosa". La bruja los engorda para comerlos como antes los empalagó para atraparlos. El final feliz -los niños engañan a la bruja y se quedan con su oro- es un cumplimiento de deseos que encubre la génesis traumática, la sumisión a una imago madre empalagosa y tanática.

 

XI - Diabetes y sociedad de consumo

La enfermedad diabetes ocupa, según las estadísticas (Serrantes y Cardonet, 1969) el tercer lugar como causa de muerte en el mundo. En cada época de la historia han predominado determinados trastornos somáticos, hecho que nos lleva a pensar en algo conocido: el problema de la "moda" de las enfermedades.

La teoría psicoanalítica de la identificación nos permite colegir un núcleo de significación común entre lo que ocurre en la sociedad de consumo propia de nuestra época y las vicisitudes del trastorno diabético.

La introyección de un objeto, de una parte o de una cualidad, en el self, no implica necesariamente, desde la perspectiva de Wisdom (1961), una identificación. Para que tenga lugar una identificación, el objeto incluído en el mundo interno debe ser asimilado en el yo y ser experimentado como una parte de él. Wisdom señala que el sujeto "ve con los ojos del objeto" únicamente de este modo, porque así, en realidad, el objeto ya no es tal, sino una parte del self. Se encuentra aquí la esencia de la identificación, que es el único proceso estructurante de una identidad verdadera.

Cuando la identidad se basa, en cambio, en la apropiación de las cualidades del objeto por identificación proyectiva, resulta, de acuerdo con Wisdom, una adquisición ilusoria que lleva implícita la pérdida del objeto y, sobre todo, de la posibilidad de integrarse con él.

Pensamos que en el diabético, que se encuentra más allá de la amargura, el self, en lugar de incorporar al objeto, se coloca en su lugar en una identificación ilusoria, determinando una pseudoidentidad que refuerza su insatisfacción permanente y lo conduce a la desesperanza.

Si aceptamos que las intensas vivencias de desarraigo, las toxicomanías y algunos de los numerosos enfrentamientos sociales a los cuales está expuesto el hombre de hoy, poseen un punto en común con dificultades para la adquisición del sentimiento de identidad, podemos pensar que poseen también un punto de contacto con un núcleo hepático y diabético inconcientes.

Un componente importante de la llamada sociedad de consumo es la insatisfacción que en ella sufre el hombre, y la dificultad para gozar de lo que adquiere, lo cual lo lleva a adquirir cada vez más objetos, en una búsqueda ilusoria del bienestar. Esta última actitud implica siempre un derroche, en la medida en que estos objetos no serán aprovechados y en que, por esta misma razón, se perderán facilmente. Es decir que la adquisición de objetos constituye, en estos casos, una conducta maníaca que encubre una situación melancólica caracterizada por un sentimiento de pérdida e insatisfacción permanentes.

Podríamos decir que la sociedad de consumo, que fomenta las adquisiciones a crédito, en las cuales se difiere el esfuerzo según la conocida fórmula, "disfrute ahora y pague después", lleva implícita una dificultad para gozar de los objetos, que surge del sentimiento de impropiedad de los medios con los cuales se los ha adquirido.

Se establece así un círculo vicioso por obra del cual se tiende a sustituirlos rápida y continuamente, en una actitud de derroche que está al servicio de la búsqueda ilusoria de un goce inalcanzable.

 

XII - RESUMEN DE LA FANTASÍA ESPECÍFICA DIABÉTICA

La investigación psicoanalítica del trastorno diabético nos ha llevado a las conclusiones que a continuación resumimos:

1) El trastorno diabético y el conjunto de fantasías que consideramos específicas de ese trastorno se desarrollan a partir de una misma fuente inconciente.

2) El metabolismo glucídico normal implica una adecuada utilización y producción de la insulina. Este proceso posee una relación específica con el sentimiento de propiedad, que deriva del sentirse capaz de:

a) disfrutar del gasto y del ahorro

b) obtener y mantener, con los propios medios, lo que se posee.

3) El metabolismo glucídico normal es uno de los elementos de la clave de inervación de tales sentimientos, que resumimos en la expresión sentimiento de propiedad. El sentimiento de no haber obtenido o mantenido por los propios medios lo que se posee o utiliza, constituye, en cambio, lo que denominamos sentimiento de impropiedad.

4) Sabemos que una actitud de sumisión tiende a provocar, en algunas especies animales, la inhibición del agresor aún durante la lucha; lucha que se ejerce, por lo general, en torno a una propiedad, sea alimento, territorio, objeto sexual o protección de la prole. De modo que, desde este punto de vista, la sumisión equivale a un reconocimiento de la impropiedad.

Podemos suponer que el afecto que denominamos sumisión, (otrora un acto motor justificado para sobrevivir en ciertas circunstancias, exhibiendo una debilidad), corresponde al sentimiento de impropiedad de los bienes, (sentimiento nacido de la carencia de los medios para obtener o mantener esos bienes mediante la lucha).

Una pequeña disminución de la actividad insulínica, en un metabolismo glucídico normal, forma parte de la clave de inervación de la sumisión que acompaña a un sentimiento de impropiedad normal y conciente.

5) El trastorno diabético se arroga la representación simbólica de la actitud de sumisión implícita en el sentimiento de impropiedad, cuando ambos desaparecen de la conciencia, por obra de una defensa patosomática que descompone su clave de inervación y desplaza el total de su investidura sobre uno de los elementos de esa clave: la disminución de la efectividad insulínica.

6) Un pequeño aumento de la actividad insulínica, en un metabolismo glucídico normal, forma parte de la clave de inervación de la actitud de afirmar con el propio esfuerzo el sentimiento de propiedad, actitud que surge como una formación reactiva o como una sobrecompensación, frente a un sentimiento de impropiedad negado.

El aumento anormal de la actividad insulínica, que se traduce en un trastorno hipoglucémico, puede ser comprendido como una deformación de la clave de inervación de esa actitud.

7) El concepto de puntos de fijación prenatales nos permite conjeturar un punto de fijación insulino-pancreático, que configura un núcleo insulino-pancreático de la personalidad, cuya mayor o menor importancia depende de la intensidad de la fijación.

8) Los rasgos más evidentes del carácter que denominamos diabético se adquieren, de acuerdo con la mayor o menor permeabilidad del resto del yo frente a ese núcleo, por identificación directa o por formación reactiva.

9) Todo enfermo de diabetes posee, en mayor o menor medida, un carácter diabético, pero no todo el que evidencia un carácter diabético sufre el trastorno insulínico que llamamos diabetes.

Para enfermar de diabetes es necesario que se mantenga inconciente una actitud de sumisión, asociada al sentimiento de impropiedad, cuya conciencia resulta insoportable, y que la desestructuración de la clave de inervación correspondiente sobreinvista la disminución, otrora normal, de la función insulínica.

10) Los rasgos más típicos del carácter diabético pueden clasificarse esquemáticamente así:

a) los que corresponden a la identificación directa con el núcleo de fijación insulino-pancreática, donde existe pobreza o miseria, malgasto e incapacidad para obtener el provecho normal. Esos rasgos son la pusilanimidad, el derroche y la insatisfacción permanente.

b) los que corresponden a una formación reactiva frente a ese núcleo de fijación. Estos rasgos son la fanfarronería que aparenta riqueza, la mezquindad que intenta, fallidamente, oponerse al derroche, y una dulzura empalagosa, sobreprotectora, culpógena y sacrificial, que busca acumular falsos méritos y provocar compasión procurando disminuir el sentimiento de una deuda que no se piensa pagar.

 

XIII - CASO CLÍNICO

Berta (57 años)

Berta padecía una diabetes que, aun medicada, llegaba a registrar, a veces, niveles de glucemia de 3,5 g. Tenía 53 años cuando comenzó su análisis. Era hija de una adinerada familia austríaca que emigró a la Argentina cuando ella tenía 12 años.

Aquí cursó sus estudios y se recibió de abogada. Su madre había instalado un taller de tapicería en el cual su padre ayudaba. Su familia gozaba de una holgada situación económica, aunque vivía sin grandes lujos. Se casó a los 34 años, siendo ya abogada, con un hombre separado con el cual tuvo dos hijos.

Cuando Berta tenía 44 años su padre falleció como consecuencia de un accidente cardiovascular, a raíz de un ataque de hipertensión. Entonces se enteró de que había heredado dinero y bienes que su padre poseía en Austria y que nunca le había mencionado; por el contrario, siempre se mostraba mezquino con ella en cuestiones de dinero. En la época en que Berta recibió la herencia, ya gozaba de una buena situación económica, generada por su marido.

Pocos meses después de la muerte de su padre aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad. El había padecido una diabetes leve en su juventud. Los factores hereditarios no nos permiten explicar, sin embargo, y la identificación frente a su muerte tampoco, por qué Berta no se enfermó de hipertensión, de úlcera gastroduodenal o de artritis reumatoidea enfermedades todas ellas que padeció su padre.

Si afirmamos que "la elección" inconciente de una determinada enfermedad posee un sentido que es inherente a la dramática que conforma la biografía del enfermo, debemos sostener que la muerte del padre como factor desencadenante de la diabetes de Berta, obra primordialmente por su significación y sólo secundariamente puede quedar reforzada como producto de una identificación. La identificación, por sí sola, carecería de la capacidad suficiente para generar la alteración corporal que configura el trastorno.

Teniendo en cuenta que tenía 12 años cuando vinieron de Austria y que su padre viajaba con frecuencia a su país natal, llama la atención que recién a los 44 años se enterara de la fortuna que habría de heredar. Esto hace presuponer que, independientemente de que el padre le ocultara la información, Berta, en una actitud infantil, no deseaba saber.

Por otro lado, el desarrollo económico de su esposo la llevó a vivir en un nivel muy superior al que hubiera podido acceder por su trabajo como abogada. A pesar de que trabaja muchas horas, su labor actual es mal remunerada y poco gratificante, ya que realiza su práctica profesional en una empresa pública, donde trabaja mecánicamente sin mucho interés en lo que hace.

Podemos pensar, entonces, que la herencia que le legó su padre amenazaba con llevar a su conciencia el sentimiento, para ella intolerable, de que su bienestar material no provenía de su esfuerzo. El dinero que recibió de la herencia fue depositado y transformado en algo "intocable" que no debe ser usado. Esa herencia la maneja su marido, y Berta no manifiesta ningún interés por saber, por ejemplo, cómo o dónde está invertida. Adopta, en ese sentido, para con el dinero, una actitud semejante a la que tenía cuando niña.

Berta evidenciaba muchos de los rasgos del carácter diabético que hemos descrito, como la falta de ganas, la insatisfacción permanente, la dificultad para gozar, o las actitudes de sumisión y sacrificio, derroche y sobreprotección, hacia sus hijos o parientes, reflejadas también en acciones filantrópicas, muchas veces ineficaces.

Por los datos de su historia supimos que esos rasgos de su carácter estaban presentes en Berta antes de que la herencia paterna, intensificando un sentimiento de impropiedad de sus bienes que no puede tolerar en la conciencia, desencadenara su diabetes.

Veamos ahora algunos fragmentos de una de sus sesiones:

Mientras entra al consultorio dice excitada:

-"¿Sabe?, tengo el coche nuevo abajo. ¡Tengo un miedo de no saber manejarlo, de que me lo roben! Lo dejé con todos los papeles y ni siquiera sé el número de chapa, mire si pasa algo".

Berta, con su temor al robo, representa en el futuro la vivencia presente de una pérdida y, al mismo tiempo, comunica una actitud de entrega y sumisión: dejó los papeles en el coche sin saber siquiera el número de chapa. De este modo, si se lo robaran, se vería en dificultades para hacer algún reclamo. La compra de ese coche, que era para ella, fue decidida y ejecutada por el marido, Berta sólo había elegido el modelo y el color. Se encontraba, así, otra vez más, con algo adquirido sin un esfuerzo propio.

La glucosa no fosforilada, que no le sirve para predisponerse a un empleo energético (y también la glucosa fosforilada mediante la insulina que le ha sido inyectada), representa inconcientemente los bienes que Berta no adquiere por sus propios medios.

Recíprocamente, el coche que no ha comprado ella y que teme perder, representa, en el escenario de su vida cotidiana, ese mismo trastorno de su metabolismo glucídico. Pero ahora, en la sesión psicoanalítica, las interpretaciones que recibe como producto de la labor que el analista realiza, y de la cual Berta no se siente responsable, reciben la transferencia de la perturbación insulínica, y cuando la paciente cuenta lo que le ocurre con el coche, se refiere, inconcientemente, al tipo de relación que establece con esas interpretaciones.

Cuando el sentimiento de impropiedad del auto le fue interpretado, la paciente asoció con que esa noche debía ir a cenar con su familia, porque su hijo había recibido el diploma de un curso de coordinador social. Dice:

"... él lo vive como una cosa bárbara, pero no sé qué va a hacer con el diploma, porque no es ni sociólogo ni nada, no sé si puede trabajar con eso. Lo que pasa es que siempre les tuvo tanto miedo a los exámenes, que haber logrado eso le parece una cosa bárbara... " y agrega: -" es un cursito cualquiera. Yo lo vivo así, no es un diploma importante".

Su hijo, en ese relato, la representa a ella, que se siente un bluff, un engaño, por obra del sentimiento de impropiedad reprimido, pero también proyecta esas fantasías sobre el analista y, como si también él fuese un bluff, desprecia sus interpretaciones, no les da importancia, las "derrocha", como si se tratara de glucosa no fosforilada.

Cuando la interpretación del analista liga el sentimiento de impropiedad del coche con el que el hijo podría experimentar ante el diploma, la paciente continúa diciendo:

-"Yo fui a buscar el coche, nunca tuve Ford. Yo tengo la sensación de que mi marido me dejó más la responsabilidad a mí, aunque no es cierto, porque al principio había ido él. Para colmo se me junta con que hay que echar a la mujer que cuida a mi tía. Al principio parecía muy buena pero es una inútil, le hace daño, le interesa sólo el dinero. Hay que pagarle y que se vaya".

Berta comienza a reconocer, apenas, sus sentimientos de dependencia y debilidad asociados al sentimiento de impropiedad. Esto le permite manifestar, de manera incipiente, su hostilidad hacia la mujer que cuida a la tía, representante del psicoanalista, que es objeto de la transferencia diabética. Se trata de un objeto que desilusiona, empalagoso, al principio muy bueno, pero que luego la deja en carencia, como le había pasado con su padre, que le había ocultado su fortuna y a quien había sentido innecesariamente mezquino.

En otro momento de la misma sesión expresa:

-"A mí lo que me altera es cuando tengo todo junto. En este momento tengo tantas cosas juntas, que no puedo más. Si se hubieran presentado una por vez, no hubiera sido tan mala la cosa. (pausa). -Si cuando bajo el auto no está, tengo que ir a la comisaría a denunciar, ¿no? (riéndose) -¿Dónde esta la comisaría por acá?".

En la dificultad que tiene Berta para organizarse está expresada la pérdida asociada a la imposibilidad de disponer de sus propias energías. Su risa, y el humor de la pregunta acerca de la comisaría, nos revela el carácter maníaco de su actitud frente a esa pérdida: el derroche.

Cuando se le interpreta la aceptación (sumisión) implícita en su actitud de olvidarse los papeles del auto que siente, de algún modo, como impropio, dice:

-"Sí, yo la verdad que en el camino pensé resolver ese problema... pensé que cuando bajara para venir acá, me traería todos los documentos del coche. Cuando llegué acá, me olvidé, no lo hice..." poco después agrega: -"... Lo que me gusta de este auto es que es rojo, es la primera vez que tengo un auto rojo".

El psicoanalista, como producto de su contratransferencia, se sintió, en un primer momento, halagado por las palabras de la paciente. Pensó que el gusto por el auto rojo, como referencia al color de su cabello, pelirrojo, representaba el aprecio por sus interpretaciones; pero inmediatamente le surgió la sospecha de que Berta podría estar engañándole. Tal vez su fantasía de haberlo "derrochado" podía hacerle temer una actitud taliónica y, por este motivo necesitaría halagarlo, "empalagándolo", "dándole el dulce", para aplacar esa presunta reacción.

También pensó que su contratransferencia podía, además, concordar con lo que Berta sentía: el coche le había comenzado a gustar, pero, como producto de su conflictiva diabética, no tanto como para poder disfrutarlo.

Berta, a pesar de quejarse de que no puede con "tantas cosas juntas", está evolucionando. Cuando cuatro años atrás comenzó su tratamiento psicoanalítico, las cifras de su glucemia, aunque recibía insulina inyectable, la acercaban a veces peligrosamente a la posibilidad de un coma diabético. Actualmente, su medicación se redujo y los niveles de glucemia, sin embargo, se mantienen alrededor de 0.80g por la mañana y 1,50g al anochecer, con una fluctuación no mayor de 0.50g. Su bajo nivel de glucemia matinal suele manifestarse en algunas ocasiones como trastornos hipoglucémicos.

Si basándonos únicamente en el relato y en las asociaciones de Berta con respecto a su infancia, hubiésemos interpretado la actitud de sumisión y el sentimiento de impropiedad que permanecían reprimidos en ella, ¿hubiéramos podido disminuir la gravedad de su insuficiencia insulínica?

Es posible que sí, dado que la deformación patosomática de esos sentimientos reprimidos es específica del trastorno diabético. Pero debemos preguntarnos si hubiéramos podido vencer las dificultades de la transferencia-contratransferencia, y comprender la "significancia" fundamental que poseían esos particulares sentimientos en la vida de Berta, sin el esclarecimiento que pudo proporcionarnos la inteligencia del significado propio e inherente de la fisiopatología diabética.

Notas

(*) El texto del presente capítulo pertenece al trabajo realizado en el Departamento de Investigación del Centro de Consulta Médica Weizsaecker y presentado para su discusión en la sede del Centro el día 19 de octubre de 1990.

(48) Obstfeld, E. (1969a) "Más allá de la amargura", trabajo presentado en el I Simposio del CIMP, 1969

(49) op. cit.

(50) Obstfeld, E. (1975a), "El diabético: un hombre insatisfecho", trabajo presentado en el Encuentro Argentino-Brasileño., Contribuciones a la Medicina Psicosomática, Buenos Aires, 1975.

(51) Papaleo, C (1975) Comentario al trabajo de E. Obstfeld "El diabético: un hombre insatisfecho", presentado en el primer Encuentro Argentino-Brasileño. Contribuciones a la Medicina Psicosomática, Buenos Aires, 1975 (inédito).

(52) Garma, Ángel (1975) Comentario al trabajo de E. Obstfeld 1975, Ibid.

(53) Wisdom, J. O. (1961) "Comparación y desarrollo de las teorías psicoanalíticas sobre la melancolía", traducción del inglés en fascículo de circulación interna de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Buenos Aires, 1966.

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