Los afectos ocultos en ...
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Luis Chiozza

 

PRÓLOGO

El núcleo central de este libro está constituido por seis trabajos realizados en el Departamento de Investigación del Centro Weizsaecker de Consulta Médica.

En 1972, fundamos el Centro Weizsaecker un grupo de psicoanalistas que deseábamos crear un ámbito, para la consulta médica, en el cual la orientación diagnóstica y terapéutica del paciente emanara de un juicio clínico que incluyera los puntos de vista que puede aportar el psicoaná-lisis.

En aquel entonces el grueso de nuestra actividad de investigación, docencia e intercambio científico, se realizaba en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicoso-mática (CIMP), fundado en 1967. Por él pa-saron va-rias ge-neraciones de psicoterapeutas que compartie-ron, a ve-ces sólo transitoriamente, el esquema teórico que constituye nuestra manera de concebir al psicoanálisis y a la medi-cina.

En 1984 iniciamos la Fundación para el Estudio Psicosomático del Paciente Orgánico (FEPSEO), que lleva hoy el nombre de Fundación Luis Chiozza, y en 1987 deci-dimos que toda nuestra actividad institucional se reali-zara en el Centro Weizsaecker. Así nacieron el Departamento de In-vestigación que dio origen a los trabajos que forman parte de este libro y el Instituto de Psicoanálisis Metahis-tórico Sigmund Freud, dedicado a la enseñanza del psicoaná-lisis, que integran hoy el Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación Luis Chiozza.

La palabra metahistórico apuntaba a señalar que nuestra orientación, dentro del psicoanálisis, se apoya en una con-cepción de la historia que impregna, de manera implícita, el pensamiento de Freud.

En el primer capítulo, "La construcción de una historia psicoanalítica" ejercemos, de lleno, una teorización metahistórica, ya que sus enunciados no toman por objeto a los acon-tecimientos que la historia estudia o relata, sino que se refieren, en cambio, a las distintas maneras en que podemos realizar una historia y, también, a los modos de pensar im-plícitos en esas maneras.

El Departamento de Investigación se inició con la constitución de ocho grupos dedicados a descubrir diferentes fanta-sías específicas, a los cuales se agregaron, luego, nuevos grupos y temas. En los capítulos centrales de este libro ex-ponemos los primeros trabajos, surgidos de esa tarea, que alcanzaron un grado de elaboración suficiente para su publi-cación. Fueron discutidos previamente en un ciclo que or-ganizamos en 1990 para ese propósito.

La idea de que existen fantasías específicas, fantasías inconscientes que son espe-cíficas de las distintas funciones o trastornos orgánicos, re-corre toda nuestra labor desde sus comienzos, en el año 1963, cuando publicamos Psicoanálisis de los trastornos he-páticos (1963a).

En el último capítulo de este libro exponemos los fundamentos de esas ideas a partir de un estudio detallado y minu-cioso de la obra de Freud, pero conviene que adelantemos un punto esen-cial.

En la obra de Freud encontramos dos epistemologías diferen-tes, una de ellas, correspondiente a la ciencia de su época, es explícita; la otra, implícita, no sólo constituye la ma-nera de pensar que condujo al psicoanálisis, sino que tam-bién es un producto que se ha consolidado, en los últimos cincuenta años, a partir de pensamientos que son "nuevos" en disciplinas tradicionales (la física o la lingüística, por ejemplo) o que pertenecen a nuevas discipli-nas, tales como la ingeniería genética, la cibernética o el mismo psicoaná-lisis.

En la primera epistemología, el cuerpo y el alma, como también el espacio y el tiempo, son realidades ontológicas dis-tintas que existen más allá de la con-ciencia. La naturaleza se diferencia, en forma tajante, de la cultura, y el mundo psíquico aparece, a partir de la ma-teria y en la materia viva, cuando esa materia alcanza un grado de organización suficiente como para que aparezca un sistema nervioso o, más aún, algún tipo de "cerebro".

En esa primera epistemología, el universo posee la estruc-tura "geométrica" de la lógica y la razón, que se estruc-tura como proceso secundario en nuestro preconciente y cons-tituye la cumbre de la inteligencia. Conocer, en ese esquema teórico, es casi idéntico a conocer la causa y poder explicar el mecanismo por el cual se produce el efecto.

La otra epistemología, en cambio, considera que el cuerpo y el alma, tanto como el espacio y el tiempo, son nociones o categorías que establece la conciencia a partir de una reali-dad que, en sí misma, es incognoscible.

En esta epistemología, para la cual cuerpo es lo que se percibe a través de los sentidos, y psiquis aquello que posee un significado, el mito adquiere una proximidad con el objeto del conocimiento, que no es menor a la que pre-tende la ciencia.

La cuestión esencial no consiste en sostener que la caída de un rayo es "en verdad" un castigo. El cambio epistemológico reside en que ya no pensamos tampoco en que el rayo es "en verdad" una fuerza electromagnética. El mito y la ciencia son, ambos, diferentes mapas de un territorio inaccesible.

La lógica ya no es una cualidad del universo, sino un esta-dio provisorio en la evolución progresiva del intelecto hu-mano y, entre los instrumentos con los cuales aprehendemos la realidad, la poesía y la matemática poseen un valor epis-temológico similar. La relación entre un símbolo y su referente adquiere una dignidad pareja con la de la relación causa-efecto.

El propósito de nuestra investigación nos conduce, pues, a estudiar, junto a la alteración física del cuerpo, las vici-situdes históricas de la vida anímica.

Las observaciones que reali-zamos durante los años de tra-bajo en el Centro Weizsaecker, confirman, a nuestro enten-der, lo que ya, por razones teóricas, anticipábamos en 1963: cada particular y diferente alteración del cuerpo que poda-mos identificar como típica y universal, sea fisiológica o patológica, configura un signi-ficado inconciente, tan típico y universal como la alteración misma, que es su propio y particular sig-nificado específico.

Freud sostenía que los afectos equivalen a ataques histéri-cos que son típicos, universales y congénitos. En 1976, cuando escribimos Cuerpo, afecto y lenguaje (1976a) partimos desde allí para agregar un nuevo concepto a la idea de una fantasía inconciente específica inherente a cada una de las dis-tintas formas, funciones o trastornos corporales.

Pensamos entonces que el desplazamiento dentro de la clave de inervación de un afecto conduce a que el proceso de descarga deforme la configuración de ese afecto, de ma-nera que, al ingresar en la conciencia privado de su signi-ficado emotivo, adquiere allí la categoría de un proceso so-mático.

Podemos decir, por lo tanto, que los trastornos corporales ocultan afectos, en el sentido de que un determinado tras-torno apa-rece como un proceso de descarga que evita un particular desarrollo afectivo y lo sustituye.

Cuando nos proponemos descubrir las fantasías inconcientes específicas de una determinada función o trastorno corporal, no utilizamos solamente el material clínico que podemos extraer de la sesión psicoanalítica o del estudio de una Pa-tobiografía, sino también las expresiones del lenguaje habi-tual, los orígenes etimológicos de las palabras, los mitos, la literatura y, en general, todas las formas de rea-lización simbólica a las cuales podamos acceder.

Buscamos la coincidencia de un significado que, de este modo, a través de ese múltiple anclaje en más de una fuente, queda identificado como la fantasía propia de una función determinada, o como el guión específico de una precisa alteración del cuerpo.

Sólo nos resta decir que hemos contraído una deuda de grati-tud con todos aquellos co-legas de nuestro Centro que, aún sin integrar la lista de autores de este libro, lo hicieron posible mediante su cola-boración, su compañía, y su estímulo constante.

El camino que estamos recorriendo juntos, compartiendo mo-mentos de entusiasmo y de desesperanza, en la medida en que transita un territorio que conmueve las "creencias" episte-mológicas que asumimos de manera inconciente, transcurre en-tre la curiosidad y el malentendido de quienes se aproximan a nuestro trabajo sin profundizar en él.

La prudencia aconseja resignarse a que, en un mundo que se caracteriza por su aceleración constante, y por un prejuicio dañino en favor de la lectura fácil, no todo lector de-cida dedicar su tiempo a estudiar y reflexionar, repetida-mente, lo que lee.

En virtud de esa prudencia no hemos escatimado esfuerzos en el intento de escribir con claridad, pero tam-poco hemos que-rido olvidar que, como señala Weizsaecker (1950a): "... cuando se ofrece en forma fácil lo que por su naturaleza es difícil ... se incurre en una falsificación. Las cosas más impor-tantes son ciertamente sencillas, pero difíciles."

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