Presencia, transferencia e historia
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Dr. Luis Chiozza

Capítulo X

CORAZON, HIGADO Y CEREBRO 1
Introducción esquemática a la comprensión de un trilema

Acerca de la relación entre la inteligencia y el cerebro

La existencia física y la función fisiológica del sistema nervioso llevan implícitas fantasías inconcientes específicas. El Proyecto de una psicología para neurólogos, escrito por Freud (1950a [1887–1902]*), parece constituir, hasta ahora, el conjunto de ideas que más nos aproxima al descubrimiento de esas fantasías. Esas ideas, a pesar de lo que pudiera creerse teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, no necesitan tanto ser reconsideradas a luz de la neurología moderna, como necesitan ser sometidas a una examen cuidadoso con el fin de poder restituir a su lugar específico primordial la "cuota" de "psicología" que corresponde a las otras estructuras orgánicas, las que no forman parte del sistema nervioso, ni aún del que llamamos vegetativo, autónomo o visceral.

Dentro de "la red" jerárquicamente organizada en niveles de subordinación funcional que "se contienen" a la manera de las cajas chinas, como se contienen los niveles de tipificación lógica de Whitehead y Russell (1910), tal vez podemos concebir a las fantasías cerebrales como las configuraciones formales de integración más complejas entre las que se constituyen a partir de los circuitos de retroalimentación negativa que participan en la construcción de un reflejo tanto como en el establecimiento de un juicio.

Naturalmente esta concepción debe ser completada con la idea, ya esbozada por Freud (1950a [1887–1902]*), de que la facilitación "dibuja" complejos en el retículo formado por la vinculación entre neuronas. Profundizamos algo más en esta última idea cuando nos ocupamos del proceso terciario y de su carácter no lineal.

Decíamos entonces (Chiozza, 1970j [1968]): ... tanto el proceso primario, "mágico", como el proceso secundario, "lógico", son modos de funcionamiento de la conciencia que intenta aprehender lo inconciente. Más aún, si los nuevos conocimientos de las ciencias, las nuevas formas del arte, y la "familiaridad" con lo inconciente, nos hablan de un proceso de pensamiento alógico, o arracional, que implica el ingreso en la conciencia del proceso primario junto al secundario, ¿cómo debemos llamar a esta amalgama de procesos que ya no se rige por el tiempo cronológico ni por el espacio tridimensional? ¿Puede ser considerado un simple cambio del proceso secundario? Su transformación profunda, tan profunda como que sólo hubo otra semejante en toda la historia de la cultura, ¿no justifica el que hablemos de un proceso terciario? Por el momento sólo podremos definirlo por la negativa, diciendo que es alógico, aespacial, asistemático, etc.

Años más tarde (Chiozza, 1978g ) escribimos:

Nos encontramos entonces como si estuviéramos frente a un complicado tapiz cuyo dibujo, más amplio que lo que abarca la mirada y ajeno al tiempo, no tiene principio ni fin en algún punto de una línea, si no fuera porque nuestra atención se empeña en "empezar por algún lado" y en "recorrer" ciertos detalles. De este modo, cuando guiados por algún género de interés ... seguimos, como se sigue con el lápiz el "hilo" de un dibujo, algún encadenamiento conceptual, sentimos que en cada entrecruzamiento de caminos "decidimos" un tra yecto lineal que corta otros, abandonándolos, en un "por ahora" que deshace la imagen del conjunto. Esto ocurre cuando, desorientados ante la complejidad de la experiencia, no sabiendo a qué atenernos de inmediato, recurrimos a la actividad del pensamiento reflexivo, y nuestro proceso secundario recorre, una tras otra, las huellas de anteriores facilitaciones comparando, es decir "contrastando de a pares", estas huellas mediante la memoria (Freud, 1950a [1887–1902]*).

Afortunadamente nuestra capacidad de conocer no depende solamente del proceso secundario. Mientras nuestro intelecto ejercita esta labor sometida a las leyes temporales cuyo paradigma encontramos en el discurso verbal, sucesivo, nuestro proceso primario "juega" con otro tipo de facilitaciones que ni son binarias ni son lógicas, que pueden ejemplificarse con la contemplación simultánea de un espacio visual complejo, y "salta", sin cuidarse de las leyes que constituyen el juicio, de una línea a la otra y en varios puntos a la vez, en un modo aparentemente caprichoso que es "travieso", o lateral, con respecto al camino del concepto.

Ni uno ni otro proceso por sí solos pueden constituir el intelecto. Metáfora, símbolo, pensamiento creativo, nacen en la amalgama indisoluble de uno y otro (Langer, 1941; Turbayne, 1970). Amalgama misteriosa que también constituye la fuente del lenguaje (Chomsky, 1975) y el escenario del teatro y del juego (Chiozza, 1978b), o la atmósfera transferencial de la sesión psicoanalítica como campo de ilusión (Winnicott, 1971). Ese acto de conciencia tan particular ... se ejerce precisamente cuando ... huyendo de la dirección habitual que el juicio nos propone, recorremos la senda caprichosa de la ocurrencia absurda, para volver enriquecidos con un sentido nuevo y diferente que adquiere luego la estructura del pensamiento racional (Chiozza, 1970j [1968]).

¿Qué tipo de proceso, si es que la idea de proceso se le aplica, constituye este articulado ignoto entre proceso primario y secundario que se parece al que existe entre importancia y diferencia? (Chiozza, 1978b). ¿Cuál es la arquitectura que organiza su trama? Sólo a modo de comparación se justifica que utilicemos el nombre de "proceso terciario" (Chiozza, 1970j [1968]; Green, 1972) para esta modalidad funcional cuya conciencia, reciente, constituye una transformación en el "aparato para pensar" del hombre (Gebser, 1950, 1951).

Sin embargo, aquello que llamamos proceso secundario, y que ya no puede ser identificado con la culminación del pensamiento ni con la única manera de la facultad de conocer (Bateson, 1979; Waddington, 1977), no pierde por esto su valor. Los procesos de pensamiento lógico, que recorren las huellas, dejan facilitaciones como influencias perdurables. Nuestra mente funciona entonces como el lápiz que, al seguir el laberinto de una línea, imprime con su trazo una modificación en el dibujo, reforzando una parte de la trama y destacando una figura sobre un fondo.

Nos haría falta en este momento una investigación más amplia sobre las fantasías específicas del sistema nervioso, a partir de la consideración cuidadosa de las estructuras orgánicas correspondientes, pero esto es algo que ni siquiera en sus lineamientos generales podemos bosquejar aquí y que debemos postergar. No omitiremos señalar sin embargo que en el hombre existen tres cerebros, el arquiencéfalo, el paleoencéfalo y el neoencéfalo, cuya interconexión, según señala Koestler, apoyándose en el concepto de esquizofisiología creado por Mac Lean (1949), es "defectuosa" (Koestler, 1978).

El arquiencéfalo, o cerebro "reptil", ha sido asociado con las funciones básicas de supervivencia, el paleoencéfalo o cerebro "roedor" con la vida emocional (Rof Carballo, 1952) y el neoencéfalo con el pensamiento racional. La curva que representa el crecimiento de este último cerebro en el hombre presenta una carácter exponencial análogo al de la curva de crecimiento demográfico que se considera una amenaza para el ecosistema, y ha sido comparada también a la curva de un crecimiento tumoral (Koestler, 1978).

Wiener (1964) ejemplifica, a través de un cuento de W. Jacobs titulado "La garra de mono", una característica particular y propia del pensamiento de la computadora que puede ayudarnos a comprender la cuestión de los límites del pensamiento racional, privado de la noción de importancia que se estructura, siempre, a partir de una matriz que compromete un afecto. La garra de mono es un amuleto que posee la capacidad de otorgar a su dueño la realización de tres deseos. La tragedia que constituye el desenlace reside en que este amuleto realiza los deseos tal como han sido formulados, en el más literal de los sentidos, permaneciendo insensible a las implicaciones de una tal realización que no hayan sido explicitadas, implicaciones que el más obtuso de los hombres comprendería de inmediato a partir de una matriz emocional.

Todorov (1978) diferencia, a partir de Beauzée y Benveniste, entre el significado directo de una frase, otorgado por su pertenencia al sistema o código del idioma, y el significado indirecto que deriva de su condición de enunciado o discurso concreto dentro de un contexto constituido por una situación comunicativa particular. Así la frase "hace frío" puede llegar a significar "cierra la ventana".

Ricouer (1965) hace una distinción parecida refiriéndose a la existencia de un s egundo sentido, al cual se logra acceso por medio de una hermenéutica que es la contrafigura de la retórica. (Todorov, 1978). El psicoanálisis consistiría precisamente en el hallazgo de este segundo sentido en cuanto éste tiene de inconciente y reprimido.

El sentido directo lo comprendemos de inmediato gracias al conocimiento del código; el sentido indirecto exige, a partir de la sospecha de su existencia, una tarea de interpretación, pero es el único "importante". Sin embargo, esta decisión de interpretar, como señala Todorov, debe surgir de una motivación bien fundada; lo contrario es el delirio de interpretación derivado de la paranoia.

Toda interpretación, dice Todorov, apoyándose en Piaget, se descompone en dos pasos, el primero, como intento de adaptar los esquemas antiguos a lo nuevo dado (acomodación), es el resultado de una primera incompatibilidad entre sentido directo y contexto, lo cual crea un sinsentido que da origen a la necesidad de interpretar. El segundo paso, que intenta adaptar los hechos nuevos a los esquemas antiguos (asimilación), conduce a descubrir que el sentido indirecto (o segundo sentido) guarda una relación, en un contexto más amplio, con el anterior sentido directo, con lo cual se restablece, en el momento, la coherencia.

Las consideraciones que realiza Bateson (1954a) acerca de la posibilidad de distinguir mediante la interpretación entre 'ficción" "metáfora", "sacramento" y "realidad", no sólo progresan en esta dirección, sino que muestran su enorme dificultad. Bateson sostiene que la distinción entre el nombre y la cosa nombrada o entre el mapa y el territorio, probablemente sólo puede ser realizada en el hemisferio cerebral dominante (Bateson, 1979). Las ideas que hemos desarrollado acerca de la construcción de símbolos somáticos (Chiozza, 1963a, 1980f [1979]) nos conducen a poner en duda la afirmación de Bateson2.

Merleau–Ponty (1948, pág. 124) se apoya en Pascal para sostener que: "...hay algo de horrible, de repulsivo, de irreconciliable, en estas cosas que simplemente son y no quieren decir nada". Como contrafigura, señala: "Lo maravilloso del arte es mostrar cómo alguna cosa se pone a significar algo...". Freud (1900a [1899], pág. 505) se ocupa también de esa repugnancia por el sinsentido, pero lo hace, esta vez, para subrayar que: "...la instancia psíquica que aspira a hacer comprensible el contenido manifiesto (de los sueños), y lo somete con ese fin a una primera interpretación a consecuencia de la cual queda más dificultada que nunca su exacta inteligencia, no es otra que nuestro pensamiento normal". Hace ya algunos años discutíamos y profundizábamos la tesis de que en la "exacta inteligencia" a la cual Freud hace referencia, participa regularmente el proceso primario (Chiozza y c olab., 1966a). Nos apoyábamos para esto en la idea de un proceso terciario (Chiozza, 1970j [1968], 1978b).

Bateson (1966) se ocupa de señalar los elementos metalingüísticos y metacomunicativos que trascienden el código explícito de la palabra idiomática y que son los determinantes verdaderamente inequívocos del sentido. Estos elementos integran en el hombre el conjunto de lo que consideramos "expresivo". Así un ser humano que pide un vaso de leche puede expresar inequívocamente, mediante un contexto comunicativo extralingüístico, que el sentido de su frase consiste en la necesidad de dependencia, mientras que un gato que maúlla y se frota contra la puerta de la heladera puede expresar, inversamente, mediante la idea de dependencia, su necesidad o su deseo de leche.

Watzlawick (1976) cuenta que el especialista en primates Ray Carpenter le explicaba al antropólogo R. Ardrey lo siguiente: "Suponga usted que es un mono y que recorriendo un camino se encuentra, de manera inesperada, al dar la vuelta alr ededor de una roca, frente a otro animal. Antes de saber si es necesario atacarlo, huir o ignorarlo, usted debe tomar una serie de decisiones. ¿Es un mono o un no–mono? Si es un no–mono, ¿es pro–mono o antimono? Si es una dama, ¿está seducida? Si es una macho, ¿es adulto o juvenil? Si es un adulto, ¿pertenece a mi grupo o a otro? Si pertenece a mi grupo, ¿cuál es su rango; está por debajo o por encima del mío? Usted dispone aproximadamente de un cincuentavo de segundo para resolver todas estas decisiones antes de ser eventualmente atacado". Dado que la supervivencia de muchos animales depende de la solución acertada de estas cuestiones, de más está decir que ellas son habitualmente resueltas con éxito. Luego de las consideraciones que Bateson (1969) realiza acerca del significado de aquello que denominamos "instinto", un "principio explicativo" que explica todo lo que queremos que explique, no vale la pena que ocupemos más espacio en señalar que el afirmar que se trata de una conducta instintiva nada añade ni quita a la cuestión.

Bastan estas breves referencias, que podrían ampliarse mucho con descubrimientos y pensamientos provenientes de distintas épocas y de distintos campos del conocimiento, para mostrarnos que la inteligencia es una función que trasciende sobradamente aquella actividad que denominamos proceso secundario, ejerc icio de la razón, o capacidad de efectuar juicios mediante el procedimiento binario de afirmar o negar algo de algo. Aunque, de más está decirlo, el "esqueleto" elemental de ese proceso binario, entendido como retroalimentación negativa, puede ser concebido en los organismos más elementales y en sus mismas reacciones químicas.

Bateson (1979, pág. 4) utiliza la palabra "epistemología" para referirse a "... cómo podemos nosotros conocer cualquier cosa" y continúa diciendo: "En el pronombre 'nosotros' incluyo, por supuesto, a la estrella de mar y al bosque de pinos, al huevo en segmentación y al Senado de los Estados Unidos. Y en 'cualquier cosa' que estas variadas criaturas conocen incluyo 'cómo crecer en una simetría pentago nal', 'cómo sobrevivir a un incendio forestal', 'cómo crecer y conservar todavía la misma forma', 'cómo aprender', 'cómo escribir una Constitución', 'cómo inventar y conducir un automóvil', 'cómo contar hasta siete', y así sucesivamente. Maravillosas criaturas con conocimientos y destrezas casi milagrosos".

Para que no queden dudas acerca de que Bateson piensa que este "saber cómo" de la inteligencia es algo más que racionalidad e incluye "importancia" y "sentido", y que con este modo de pensar se aproxima al concepto de metahistoria que hemos desarrollado en otro lugar (Chiozza, 1976h, 1978b, 1979a [1977–1978–1979]) –continuando las investigaciones sobre el lenguaje de los órganos que iniciamos en 1963 (Chiozza, 1963a)–, basta con volver sobre algunas de sus frases. Dice por ejemplo (Bateson, 1979, págs. 3-21): "Las formas de animales y plantas son transformaciones de mensajes". "La anatomía debe contener una analogía de la gramática, porque toda anatomía es una transformación de un mensaje material, que debe ser contextualmente formado". "...pensar en términos de historias (stories) debe ser compartido por todo psiquismo o psiquismos, tanto el nuestro como el del bosque de pinos o el de la anémona de mar". "Contexto y pertinencia deben ser características no sólo de todo lo que llamamos conducta (esas historias que son proyectadas afuera en 'acción'), sino también de todas aquellas historias internas, secuencias de la edificación de la anémona de mar. Su embriología debe ser algo así, hecho de la sustancia de las historias".

Recurriendo al ejemplo del gusano platelminto que una vez seccionado transversalmente es capaz de formarse, a partir de su extremidad caudal, un nuevo cerebro y un nuevo par de ojos, Portmann (1960) se pregunta: "¿Quién es ese 'mismo' que se hace a 'sí mismo' un cerebro?". Weizsaecker (1956 [1951]) señala que la fisiología (inclusive por supuesto la fisiología cerebral) puede explicar el funcionamiento humano como la física puede explicar el funcionamiento del automóvil, pero ni una ni otra pueden decirnos lo más mínimo acerca de a dónde quiere ir el "chofer".

Ruyer se ocupa reiteradamente de este tema y le dedica no menos de dos libros completos (Ruyer, 1954, 1966). Dice, por ejemplo: "Si alguien, luego de haber estudiado todos los órganos (de un organismo vivo) se pregunta: 'Pero, ¿dónde está el organismo?', plantea una cuestión absurda, mientras que no es absurdo que pregunte: '¿Donde está, en el organismo, el centro, o el centro de los centros de integración?' Pero he aquí ahora la verdadera paradoja. Ingenua o no, razonable o no, ...en lo que respecta al centro de integración en sí mismo, se vuelve necesariamente a una cuestión análoga a la 'cuestión ingenua' '¿Dónde está la unidad del integrador?' '¿Dónde esta el integrador en el integrador?'... y sin poder naturalmente responder. ¿Quién integra el aparato de integración? Este no puede ser aún un aparato" (Ruyer, 1966).

Resulta abusivo, por lo tanto, aunque por hábito continuemos haciéndolo, decir que lo anímico o la inteligencia deriva del ejercicio, sea del cerebro o del conjunto orgánico todo. Es más adecuado decir que lo anímico, o la inteligencia, se manifiesta en la existencia de los órganos o en su funcionamiento .

 

Corazón, hígado y cerebro

La inteligencia es una función que no puede ser concebida como un ejercicio s eparado del conjunto completo de la vida anímica. La inteligencia es un resultado del pensamiento, pero también necesita, para producirse, que operen el sentimiento y la voluntad. El pensamiento establece diferencias y abstrae ideas, pero no hay inteligencia sin la posibilidad de otorgar importancias o valores, posibilidad que debemos asociar, en última instancia, al sentimiento y los afectos, y tampoco hay inteligencia si no existe la experiencia que se constituye en esa forma de saber que proviene de un haber–lo–realizado por haber–lo–querido, lo cual deriva de la voluntad de concretar "materialmente".

Explicamos diferencias, o también las diferencias establecidas nos permiten explicar. Realizamos experiencias que a su vez nos permiten realizar. Comprendemos importancias que nos permiten comprender. Podríamos, esquematizando mucho, plantearlo de este modo:

a) El pensamiento queda asociado con lo que llamamos antes "significado directo" o idiomático, deducible de las leyes internas de las formas que estructuran un sistema, tal como ocurre con las palabras entendidas como parte de un código y con ese tipo de relación entre los signos que denominamos "matemática".

b) El sentimiento se vincula con el significado indirecto o "sentido", que es también la significancia, la importancia, o el valor (y hasta la pertinencia) interpretable a partir de un contexto situacional informativo, tal como ocurre con la historia o las historias y con esa "redundancia extrasistemática" (Gombrich, 1966), que como "contenido" de las formas configura el arte.

c) La voluntad constituye las cosas, es decir establece los recortes del mundo perceptivo que queda así trabeculado en cosas (sustantivos), cualidades (adjetivos) y relaciones, por la fuerza de los actos que constituyen los motivos de las posteriores acciones.

Así como el pensamiento define o nomina qué es lo que importa, y el sentimiento establece cómo (o "cuánto") importa eso que es, la voluntad separa en el conjunto de lo existente los objetos de la necesidad, es decir establece que sean para la física y para ese derivado de la mano que llamamos "técnica". El sentimiento, al "rellenar" los objetos, sopesa al ocio del pensamiento tanto como al negocio de la voluntad.

Esta división del conjunto de lo psíquico formando trípticos que mantienen correspondencias, en cierto modo analogías, entre los elementos de una y otra trilogía, dado que sólo constituye una aproximación forzosamente inexacta, podría ser también injustificada, si no fuera porque apunta hacia otras coincidencias y porque arroja cierta luz sobre algunos desequilibrios y desarmonías de la inteligencia que constituyen trágicos puntos de urgencia de nuestra época.

Corazón, hígado y cerebro son tres órganos que desde antiguo se disputan la sede del alma. Si tenemos en cuenta que la ciencia y la filosofía de hoy, después de haber recorrido un largo camino lleno de vicisitudes, han adquirido conciencia de los repliegues que el tiempo traza en la sabiduría, y de los numerosos valores que, como en una mudanza, han debido ser abandonados porque no cabían en los nuevos y provisorios esquemas, no nos extrañará que tanto ciencia como filosofía nos conduzcan de la mano hacia la posibilidad de recuperar el sentido profundo de algunos pensamientos antiguos, los cuales, evidentemente, no son tan absurdos, ni tan ingenuos, como parecen cuando los miramos desde la omnipotencia del positivismo.

Hace algunos años (Chiozza, 1963a, 1970a) investigamos en las fantasías específicas de lo hepático y llegamos a la conclusión de que, esquemáticamente, lo hepático corresponde a la función de materializar a las ideas y que el hígado puede ser comprendido como un desarrollo endodérmico equivalente a lo que son el ojo y el cerebro como desarrollo ectodérmico.

Más tarde (Chiozza, 1978i [1977]), intentando comprender lo cardíaco como forma y manera de la vida, decíamos que si el cerebro y los sentidos son los órganos artífices de la noción de cantidad y de espacio que da lugar a la física y a la "ratio" (que es "cuenta", y es razón, y es diferencia) el corazón, sus arterias, y el sistema neurovegetativo, son los órganos artífices de la noción de calidad y del tiempo que desenvuelve a la historia y al ritmo, que es pálpito, y es período, y es acento, y es importancia. Concluíamos entonces en que: "El corazón es al tiempo lo que el ojo es al espacio".

Reflexionando en la cuestión nos encontramos de nuevo desembocando en un tríptico. Corazón, hígado y cerebro son respectivamente los tres epicentros de las organizaciones mesodérmica, endodérmica y ectodérmica. Si aceptamos que algo de lo que llamamos "inteligencia" es un "saber cómo" que condensa todas las demás capacidades y destrezas, es natural entonces que esta facultad se desempeñe con una participación cualitativamente diferenciada de los desarrollos originados en las tres hojas embrionarias y que esta participación trinitaria se manifieste no sólo como la posibilidad de reconocer tres "formas" de inteligencia, sino también como la armonía o el desequilibrio de estas tres modalidades o maneras.

En lo que respecta a la religión, por ejemplo, podemos pensar que lo cerebral ofrece el significado directo de una parábola en la lectura de símbolos, lo cardíaco brinda la responsabilidad y el sentido de lo transcendente (Litvinoff, 1979) en la metáfora, y lo hepático la capacidad de realizar el sacramento. Pero el cerebro aislado no "ve" la parábola, sólo ve en ella lo absurdo de una superstición, el corazón aislado otorga su fe impotente a una metáfora convertida en dogma inalcanzable, y el hígado aislado ejecuta con eficacia un sacramento transformado en rito vacío o en sacrificio inútil.

Si lema es el título o epígrafe que resume o condensa el tema al cual se consagra o dedica el argumento, y dilema es la disyuntiva problemática que se crea ante la coexistencia de dos lemas en el norte de una vida, el hecho que sepamos de distinto modo con el hígado, con el corazón y con la cabeza, constituye cotidianamente nuestro más fundamental trilema3.

Notas

1 El contenido del presente capítulo pertenece a un trabajo presentado en el XI simposio del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP) en enero de 1980. Fue publicado por primera vez en la revista Eidón, año 7 Nº 12, Buenos Aires, Marzo de 1980.

2 Tal como veremos en el capítulo XII, encontramos otro apoyo para este cuestionamiento a lo afirmado por Bateson en el "mecanismo" de formación de substitutos, formación que, por su ubicuidad, testimonia de manera fuerte, que la simbolización se ejercita en la trama inconciente del organismo biológico entero.

 

3 La versión publicada en Trama y figura del enfermar y del psicoanalizar (Chiozza, 1980a) contenía el siguiente apéndice.

Algunos enfermos de esclerosis múltiple que tuvimos la oportunidad de estudiar en el Centro de Consulta Médica Weizsaecker, la observación de la enfermedad de un niño expuesto a una situación de "celos" intensos que desencadenaron un cuadro de convulsiones "por hipertermia", cuya evolución, en las veinticuatro horas siguientes, hizo pensar al principio en un compromiso encefalítico, y el tratamiento psicoanalítico de dos pacientes con secuelas de poliomielitis, uno de ellos estudiado con J. Repetto, nos permitieron completar algunas de las ideas aquí vertidas e integrarlas con los conceptos desarrollados en los artículos "La enfermedad de los afectos" (1975b), "El corazón tiene razones que la razón ignora" (1978f) y "Falsedad y autenticidad en la interpretación de la transferencia–contratransferencia" (1980e) sobre la enfermedad de los afectos, sobre el corazón y sobre los procesos estocásticos.

La primera observación que realizamos fue que la lesión inflamatoria en el sistema nervioso central (neuroaxitis), independientemente de sus distintas localizaciones y consecuencias, podía ser comprendida como el producto de una excitación que, privada de la configuración que permite su descarga a través de una acción eficaz, actuaba desorganizando las estructuras en las cuales nacía, dejando a veces en su lugar, como "placa", una cicatriz esclerosa equivalente a un "agujero" en la "red". (Piénsese también en los bloqueos de rama y otros trastornos en el sistema activador del músculo cardíaco). Correspondía a una fantasía de incendio y de cortocircuito con quemadura y fusión de sustancias aislantes y aparecía también representada mediante fotografías sobreexpuestas, películas detenidas durante su proyección y quemadas, o árboles vacíos e interiormente secos.

Una segunda observación nos llevó (a través de referencias en el material a "sobresaltos" cardíacos y a vivencias confusas de "espasmos" y malestares "vegetativos" acompañados de suspiros) a comprender la vinculación existente entre esta excitación desfigurada, en primera instancia incestuosa, y la imposibilidad "cardíaca" de pre–sentir o pre–figurar el sentimiento como paso intermedio a la coherencia afectiva que permite una descarga motora vegetativa tolerable y suficiente (emoción) como complemento armónico de la acción eficaz. El suspiro, como pequeña porción prefigurada de este montante que debería conformar un afecto secundario o una acción eficaz, representaría entonces una especie de "válvula" para el escape de la "presión" excesiva. La descarga motora epiléptica, en cambio, equivaldría a la transfiguración o a la desfigur ación de una acción eficaz, pero el daño neuronal que puede acompañarla no se debería entonces en principio a la descarga misma, sino a los remanentes que no han podido ser derivados hacia una acción coherente compleja o "evolucionada" y permanecen "en el aparato" o se descargan a través de esquemas configuracionales muy primitivos que equivalen a una desjerarquización del sistema.

Vale la pena integrar estas consideraciones con las que realizamos hace algunos años (1963a ) acerca de la relación entre la situación epiléptica básica y los sueños "con sobresaltos", y continuar, desde este punto de vista, los trabajos inéditos sobre epilepsia presentados en junio de 1973 y octubre de 1975 por E. Obstfeld y colaboradores en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP).

El infarto cardíaco, presente en el material de uno de estos pacientes como "hipocondría", o la angina de pecho, podrían ser comprendidos, de acuerdo con estas ideas, como un producto de la imposibilidad para configurar un sentimiento coherente que, bajo la forma de miedo, o, aunque más no fuera, de susto, protegiera al sujeto del dolor, de la angustia, o de aquello que es peor todavía, la descarga desfigurada que desestructura el aparato implicado.

Lo que denominamos "núcleo patosomático" de la personalidad, constituido por un conjunto de afectos que han perdido su coherencia, es decir que están desfigurados (en lugar de transfigur ados, como ocurre en las neurosis o en las psicosis), recibiría entonces, además, el aporte de la excitación que no pudo ser descargada (a través de una "figura" o patrón de conducta coherente) en acción eficaz, ni pudo llegar a ser vegetativamente prefigurada en afecto primario, y permanece como una tormenta vegetativo–afectiva inefable, que equivale a un desconcierto estructural ("anatómico") cuya representación suele el corazón enfermo arrogarse.

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