Presencia, transferencia e historia
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Dr. Luis Chiozza

Capítulo XI

EL MALENTENDIDO 1

El tema del malentendido adquiere cada día mayor actualidad. Mi principal ocupación ahora, mientras me dirijo a ustedes, es tratar de que lleguemos a entendernos. Es una ocupación que a uno le surge como tarea concreta cuando cobra conciencia de lo difícil que es, en definitiva, entenderse. A medida que cobramos conciencia de la dificultad nos damos cuenta también de la importancia que tiene entenderse. Una importancia tan grande, que a veces nos h acemos la ilusión de habernos entendido para sentirnos un poco aliviados.

No solamente vivimos, crecemos y nos desarrollamos en un mundo donde tenemos necesidades físicas. Crecemos y nos desarrollamos gracias a que vivimos inmersos en un mundo de interlocución. Suele decirse que no sólo de pan vive el hombre. De ahí la importancia que adquiere para cada uno de nosotros el poder encontrar, y el no perder, algunos interlocutores con los cuales sentimos que podemos entendemos.

Darnos cuenta de que la posibilidad de entendernos jamás queda asegurada es también muy importante. Que hoy podamos entendernos con alguien, no significa que podamos hacerlo mañana, porque nada, en la vida, permanece igual. Cambiamos nuestro modo de ser, cambiamos de lugar, cambiamos nuestro estado de ánimo, o nuestra personalidad, y evolucionamos, a veces retrocedemos y otras progresamos. No siempre esto sucede de un modo similar con los seres que nos rodean, y de pronto nos encontramos distantes de aquellos con quienes hasta ayer nos sentíamos íntimamente comunicados.

Necesitamos hablar, pero, claro está, necesitamos hablar sobre todo con un hablar que sea decir. También necesitamos escuchar algo que de alguna manera nos llegue a conmover, y podamos, entonces, sentir que, a través de comprender mejor, crecemos.

Hay un modo de hablar en el cual el que pregunta "¿qué tal? no espera una respuesta auténtica. Corresponde a lo que Berne, en su teoría de los juegos que jugamos, llama una caricia primaria. De ahí la respuesta, humorística, que a veces se escucha: "bien, o querés que te cuente". En ese "querés que te cuente", disfrazado de chiste, está todo el drama. En realidad necesitamos que alguien, alguna vez por lo menos, nos diga "¿qué tal?" de un modo distinto, para que podamos contestarle como nos sentimos de veras. Necesitamos poder empezar a contar.

No sucede a menudo, es más, cuando el encuentro es auténtico el otro no necesita preguntarnos "¿qué tal?". Tal vez nos pregunte otra cosa y su pregunta nos lleve a ese instante privilegiado, que pocas veces se da, en el cual sentimos que algo podemos empezar a contar. En ese empezar a contar solemos entender un poco mejor que nos pasa, y aunque la realidad, (la llamada realidad, que no sabemos bien qué es, y sobre la cual alguna cosa más adelante diremos) siga igual, solemos sentimos mejor, porque casi siempre el "contar" significa a la realidad de manera distinta.

Quienes nos dedicamos a la psicoterapia usamos, como instrumento, la palabra, y nos damos cuenta muy rápidamente de que este instrumento es un instrumento difícil de manejar. Aunque nos pasemos el día hablando, esto no significa necesariamente que nos pasemos el día diciendo.

Desgraciadamente, a pesar de que nos damos cuenta, cada vez mejor, de la enorme importancia que la palabra tiene, vivimos precisamente en una época en donde cada vez se habla más, se publica más, se escribe más, y se dice menos. Vivimos una época en donde abundan, y son ubicuos, los discursos vacíos. Tanto es así que, si me propusiera en este momento decirles a ustedes, de un modo burdo, un discurso vacío, en cualquier jerga que sea, (podría intentarlo con la de la psicoterapia, que es la mía y que de alguna manera conozco mejor) la coincidencia con lo que han oído tantas veces, pasado un primer momento de desconcierto, llegaría a provocarles un efecto humorístico.

Por otro lado, si le prestamos a esto atención, basta abrir un periódico y leer algún tipo de crónica, o de noticia, para darse cuenta de varias cosas: primero, que información no es significado (la guía telefónica está llena de información pero contiene muy poco significado), segundo, que la información se repite innecesariamente, y, tercero, que a veces no contiene información ni significado, sino sencillamente un conjunto de palabras que, juntas, porque tenemos "el oído hecho" a ellas, caen muy bien y nos dan la ilusión de que algo se dice.

Se cuenta que un día los hombres se juntaron en Babel, se pusieron de acuerdo, y empezaron a construir una torre tan alta que llegaría al cielo; por lo cual Dios, sintiendo que esto era un pecado de soberbia, no encontró medio mejor, para dificultar esta obra gigantesca, mesiánica, y al mismo tiempo arrogante, que disponer que ya no hablarán todos en la misma lengua. Esto dicho "mal y pronto" constituye el Mito de la Torre de Babel. Así habrían nacido los distintos idiomas, y el caos de comunicación al cual hoy aludimos con el nombre "Torre de Babel". Nos encontramos ahora frente a la alternativa entre considerar que tener distintas lenguas sólo fue una desgracia o, por el contrario, representó la posibilidad de adquirir distintos puntos de vista, y, por lo tanto, mantener diferencias que tenemos que aprender a tolerar y resolver.

Tal vez haya llegado el momento, antes de pasar a ocuparnos del malentendido, de decir dos palabras acerca de lo que significa hablar. Hablar es usar palabras, y las palabras son símbolos. Los símbolos, en este caso palabras, son elementos identificables que se refieren o aluden a otros elementos. Nos hacen acordar de esos otros elementos, nos los representan. Por ejemplo, la bandera es un símbolo de la patria. La patria en este caso es un concepto y al mismo tiempo es otro símbolo de un otro existente, el territorio y la nación que sentimos como propios. El edecán, otro ejemplo, simboliza al presidente que representa. Fundamentalmente, un símbolo es el representante de un ausente.

Si en este momento pronunciara la palabra "Freud", evocaría en quienes me escuchan, precisamente la representación de esa persona, Freud, acerca del cual se espera que a continuación diga algo. En ese discurso la palabra "Freud" es un símbolo que representa a un ausente, y que tiene la función de evocarlo para decir algo de él. Claro está que también puedo usar el lenguaje de otro modo en el cual la palabra, en lugar de funcionar como el símbolo que representa a un ausente, funcione como el signo indicador de una particular presencia.

Si digo "hay que tener cuidado con lo que se dice", la palabra "cuidado" evoca la representación de un conjunto de precauciones que, de acuerdo con lo que digo, habrá que poner en juego en el momento oportuno. Pero si digo "¡cuidado!", con signos de admiración, como lo hace el que señala algún peligro actual, todo el mundo se pregunta "¿qué pasa?", en el presente, sobre lo cual ahora hay que tener cuidado. La palabra "¡cuidado!" con signos de admiración, es una palabra signo. La palabra "cuidado", en el discurso habitual, sin esos signos de admiración que son elementos de un código que cambia el sentido, es un símbolo que representa a un ausente.

Vivimos bastante confortablemente en un mundo de objetos, hasta que empezamos a interrogarnos acerca de "qué son" estos objetos que tan confortablemente nos rodean. Ortega y Gasset decía, por ejemplo, "nadie ha visto jamás una naranja", todo lo que podemos hacer es ver media naranja e imaginar la otra mitad Así percibimos una naranja completa, porque, dado que no existen medias naranjas en nuestro mundo, cuando vemos media naranja suponemos, acertadamente la mayoría de las veces, que estamos en presencia de una naranja completa. Esto, que parece una cosa de perogrullo, es importantísimo desde el punto de vista conceptual, porque cuando comprendemos de que manera vemos una naranja, oscurecemos la clara distinción, entre signo y símbolo, que acabamos de exponer. Media naranja es un signo que indica la presencia de una naranja completa, pero, también, media naranja es un símbolo que representa la ausencia de la otra mitad. Podría quizás decirse que las dos cosas suceden simultáneamente, pero que en cada caso elegimos en cual de las dos creer. Tal vez sea necesario insistir un poco en la trascendencia que esto tiene.

Un cowboy ve el sombrero de otro que emerge detrás de una roca, y descarga el revólver sobre ese sombrero, para descubrir más tarde que el sombrero estaba sobre la punta de una rama y el dueño del sombrero ya no estaba allí. La trampa se apoya en que debajo de un sombrero asomando tras una roca que oculta al conjunto, habitualmente hay un cowboy. En este caso, el símbolo (sombrero) que debería representar a una ausencia (la ausencia del cowboy que no se ve) se usa erróneamente como signo indicador de una particular presencia. Por la misma razón un ilusionista, en el teatro, que muy a menudo se apoya en esto para realizar su truco, nos hace ver una esfera completa donde sólo hay media.

La trampa y el truco recurren, para lograr su cometido, a la generación de situaciones insólitas, ya que nuestra percepción, para funcionar adecuadamente, debe guiarse por el principio estadístico de lo que generalmente ocurre.

Dado que el signo nunca es el objeto completo y dado que la función indicadora tiene sentido porque sólo se percibe el signo indicador (como es el caso del anillo violeta que produce en la orina el licor de Pheling cuando existe glucosuria), es forzoso concluir en que para indicar una presencia hay que repr esentar (simbolizar) una ausencia. Para percibir cualquier objeto es, por lo tanto, imprescindible "interpretarlo", lo cual equivale a decir que, en primera instancia, percibir es simbolizar.

De este portafolio, que conozco bien, y que tengo frente a mi, veo ahora, en realidad, sólo un pedazo, pero sé que el otro pedazo está detrás. Si hubiese sucedido que alguien hubiese cortado, sin que yo lo supiera, un pedazo importante de esa parte de atrás, yo creería todavía estar viendo el portafolio completo. Imaginemos una situación levemente distinta: todos los días, cuando el jefe llega a su oficina, cuelga su abrigo en el perchero. Si su secretaria ve el abrigo asume, aún sin verlo, que el jefe está presente. No solemos llamar percepción a este tipo de asunción, pero sin embargo el mecanismo es el mismo.

Ejemplos como estos muestran sin lugar a dudas que percibir es siempre inter pretar, y que no existe, en última instancia, lo que suele llamarse "una percepción objetiva." Lo que llamamos percepción objetiva, desde este punto de vista, es nada más que una percepción razonablemente compartida por un gran consenso. Si así sucede con la "simple" percepción de un objeto con m ayor razón ocurrirá durante la construcción de ese enorme sistema conceptual que es nuestro mapa de la realidad, mapa que siempre es un mapa de un mapa. En algún punto de ese interminable camino comenzaremos a creer en un mapa al cual, por esa misma razón, decidiremos llamar territorio.

Una corriente de pensamiento, en lingüística, sostiene que la relación entre un símbolo y su referente (entre la palabra y aquello que designa) es convencional y arbitraria, y que así se constituyen las distintas lenguas. La posición opuesta, que en un determinado tiempo se apoyó en lo que se llama onomatopeya (es decir que la palabra de algún modo remeda, por su sonido, aquello a lo cual se refiere), no pudo sostenerse con buenos argumentos, y la mayoría de los lingüistas optaron por la escuela convencionalista.

Sin embargo, también los psicoanalistas tenemos algo que decir al respecto, porque investigamos lo inconciente, y lo que muchas veces parece convencional y arbitrario en la conciencia, una vez que se descubre que la cadena continúa en lo inconciente, pierde por completo esa apariencia.

Imaginemos ahora una ruleta de kermesse. Esas ruletas rudimentarias nos dan el claro ejemplo de que lo que llamamos azar (o arbitrariedad) no es otra cosa que la imposibilidad de calcular bien el impulso que se le aplica a la rueda para obtener el resultado final. Una ruleta de un casino está montada sobre rulemanes y además no tiene una simple aguja indicadora, sino una bolita que salta con trayectorias muy difíciles de prever. Cuando a esto lo llamamos azar, no es porque pensamos que ha desaparecido la cadena causal, sino porque sencillamente no es posible mantenerla en la conciencia.

Algo similar ocurre con los símbolos. La palabra "mamá", vinculada por su origen con la palabra "mamar", sonoramente muy parecida, es francamente introyectiva. la palabra "papá", en cambio, se vincula al escupir y es decididamente proyectiva. Estas relaciones que aluden al vínculo de los roles materno y paterno con las funciones introyectiva y proyectiva se mantienen en distintas lenguas.

Es fácil decir que palabras como "mamá" y "papá" son onomatopéyicas y, por lo tanto, una parte natural de aquello a lo cual hacen referencia, pero no sucede lo mismo cuando se trata de una palabra, por ejemplo, como "geosinclinal". Aquí, como ocurre con la ruleta, se nos ha perdido en lo inconciente la unión natural que existe entre la palabra y el referente que designa, y sin embargo no es posible creer que no la haya.

En una obra de Mark Twain, un negro norteamericano a quien están enseñándole francés, dice al personaje principal: "¿por qué un francés si quiere decir "cow" (es decir 'vaca') no lo dice, en lugar de decir "vache"? Este episodio produce un efecto humorístico, como lo produce el preguntar porque los ingleses, para decir "sin embargo", suelen decir "como siempre" (However).

Por razones como estas durante muchos años se pensó que las traducciones tenían que ser traducciones de sentido, nunca literales, sin embargo no todos piensan hoy de este modo. En una línea de pensamiento equivalente a la que sustenta las traducciones "de sentido" "however" no significa "como siempre", ya que no se debe dividir arbitrariamente aquello que, como una palabra completa, ha pasado a significar "sin embargo". A pesar de este argumento su bsiste el hecho incontrovertible de que los italianos dicen, con el sentido de "sin embargo" "comunque" que, ¡oh casualidad!, también quiere decir "como siempre".

Es imposible negar que nos encontramos frente a un tipo particular de relación entre el símbolo y el referente. Veamos otro ejemplo. Los españoles llaman "cerilla" a ese pequeño instrumento para encender el fuego que nosotros, en la Argentina, llamamos fósforo Los italianos lo llaman fiammifero, los franceses allumette, los ingleses match, y los alemanes streichholz". ¿Cuál es la relación entre estos símbolos palabra y su referente (ese pequeño instrumento que es, y aquí empezamos con la dificultad, el mismo para todas las lenguas)? Podemos muy bien suponer que las diferencias de carácter entre los distintos pueblos, los han llevado a experimentar su relación con ese instrumento de un modo diverso. Podemos imaginar que los españoles, tal vez por su tradición religiosa, afín a los cirios de la iglesia, han puesto el acento sobre la cera, y le llaman "cerilla"; que los ingleses, tal vez con su historia, con su espíritu práctico y combativo, han puesto el acento en el encuentro entre el fósforo y el lugar donde se frota y lo designan match, que es una especie de contienda; que los italianos lo denominan fiammifero, porque tal vez su carácter pasional los lleve a poner el acento en la llama; y que los franceses, quizás por ser "iluministas", ponen el acento en la luz y le llaman "allumette". No pretendemos sostener que esta interpretación imaginaria acerca de las razones que sostienen los diferentes nombres es verdadera. Importa en cambio comprender que tales diferencias se originan en razones que, una vez establecidas de modo convincente, serán similares a las que hemos rápidamente imaginado.

Nos encontramos aquí con un ejemplo privilegiado de una gran polémica. Hemos ejemplificado con el fósforo que la relación entre un símbolo y su referente no es "convencional y arbitraria", porque las diferentes palabras que usamos en distintos idiomas para nombrar al fósforo, todas ellas, designan una parte del "fósforo" que se arroga la representación del todo.

Se trata, por lo tanto, del proceso por el cual un signo natural deviene símbolo. Pero, si la relación no es "convencional y arbitraria" es, en cambio, específica, ya que, si digo "fósforo", saben a que me refiero. En este punto es donde suele sostenerse que, dado que un mismo referente es designado, en distintos idiomas, con distintas palabras, no existe una relación específica entre el referente y el símbolo, más allá de la que ha sido creada por una convención. Sin embargo, si estamos de acuerdo en que los franceses experimentan de un modo distinto que los ingleses, que los alemanes, que los españoles y que los italianos, su relación con un fósforo, también estamos diciendo que, en el fondo, ninguno de ellos se encuentra con el mismo tipo de fósforo.

No solamente no lo ve de la misma manera, sino que podemos pensar que tie nde a construirlo de un modo distinto. Salvo que los españoles sufrieran una influencia cultural muy intensa, lo cual a veces sucede, es muy probable que sus fósforos sean en verdad cerillas, así como es muy probable que los fósforos alemanes sean en verdad de madera. Se comprende mejor a que me refiero si imaginamos que un alemán busca, en un restaurante español, algún mondadientes, y que, como no lo encuentra, se le ocurre usar un fósforo para ese fin, por lo cual pide un streichholz. ¿No creen que se sentirá defraudado si le traen una cerilla?

Imaginemos que una confitería, en Austria, prepara una torta de chocolate con fresas y que envía la receta de esta torta a dos sucursales, una en Francia y otra en Italia. Imaginemos también que a los italianos les gusta más el chocolate que las fresas y a los franceses les gustan más las fresas que el chocolate. Es muy fácil pensar que con el tiempo la torta de fresas con chocolate de Austria, se llame torta de chocolate en Italia y torta de fresas en Francia y que, además, se fabrique con más fresas en Francia y con más chocolate en Italia.

En esta historia de la relación entre los símbolos y su referente, se ve con clari dad que, tal como se comprueba cuando se intenta traducir desde un idioma a otro, existe un elevado grado de especificidad entre las palabras y los conceptos a los cuales aluden, cuando pertenecen a una misma lengua, pero esta relación se altera cuando cambiamos de idioma.

Se comprenderá entonces también de dónde surge ya la primera razón del malentendido. Se trata de la situación del alemán que pide una cerilla creyendo que le traerán un streichholz, y si protesta le dirán que le han traído exactamente lo que ha pedido. Demás está decir que esta situación, que hemos ejemplificado y descripto en el pasaje de uno a otro idioma, impregna el conjunto entero de la comunicación humana, ya que cada vida es un mundo que, por detrás de unos pocos espacios comunes, acumula un acervo de experiencias que se organizan de un modo que se parece mucho a un idioma propio.

Volviendo, entonces, muy rápidamente, al ejemplo de "sin embargo", podemos imaginar que la palabra "sin embargo", literalmente, significa "lo que voy a decir ahora no embarga a lo que dije antes" es decir, no lo afecta. ¿Cómo es posible entonces que para decir esto, tan claro, a los ingleses se les ocurra decir "como siempre"? Es que yo supongo que la palabra "como siempre" ( however) es un pedazo de una frase más grande, que vendría a significar algo así: "como siempre ocurre, es posible todavía decir algo sin que afecte a lo anterior" y de esta frase más grande se sacaron varias, se sacó el "como siempre" (el "comunque" italiano y el "however" inglés), se sacó también el "tuttavia" italiano (similar al "anyway" inglés) que quiere decir, literalmente, "todavía" y se usa para significar "sin embargo". Parece absurdo el que los italianos digan "todavía" para decir "sin embargo", porque nosotros decimos "todavía" para significar algo diferente. Esto da pie para que se piense que la relación es arbitraria, pero creo que no es así si se profundiza en el sentido.

Vamos a introducirnos ahora un poco más en el problema del malentendido. Los símbolos fundamentales se refieren a objetos, a conceptos, y a emociones, pero recordemos ahora lo que dijimos antes, que los objetos que percibimos son interpretaciones, es decir que, ellos mismos, son símbolos. Esto se ve mejor aún cuando nos referimos a conceptos. La palabra triángulo refiere a un concepto creado y construido a partir de la experiencia de haber percibido muchos triángulos, y haber encontrado en todos ellos algo de común. Afortunadamente sobre el concepto de triángulo es muy fácil ponerse de acuerdo, pero sobre la mayoría de los conceptos no, y entonces ya ingresamos en uno de los ejemplos más claros del malentendido.

Pensemos ahora que en una clase de psicoterapia psicoanalítica se reparte una hoja para que todos los alumnos rindan una prueba escrita sobre un solo concepto: el Complejo de Edipo. Más allá de con cuánta fortuna o infortunio se pueda escribir esa página, la lectura de todas nos mostrará que, así como podemos encontrar en ellas cosas iguales, que solemos llamar las cosas de fondo, vamos a encontrar muchas distintas aún entre las cosas que llamamos de fondo.

Podemos entonces hacernos una idea de lo que puede llegar a suceder cuando, en medio de una conferencia, rápidamente decimos: "situación edípica", y seguimos de largo. Cada uno entenderá su "hojita", esa misma que, escrita, es tan distinta de la que escribe el que está sentado al lado. Esto pasa con los conceptos, con los objetos y con las emociones. Justamente con las emociones.

La emociones son lo único que en el fondo nos importa, y si queremos hablar es, en última instancia, para modificar nuestras emociones. Freud decía que el motivo verdadero de la represión es impedir el desarrollo de un afecto penoso, y también que, cuando soñamos con ladrones, y tenemos miedo, los ladrones podrán se imaginarios, pero el miedo es real. Es decir que cuando un significado adquiere significancia, es porque compromete un afecto, en el caso contrario decimos que se trata de una insignificancia. El tráfico mental por excelencia, el único que paga derecho de aduana, son las emociones. Decimos que las ideas son fundamentales, pero son fundamentales y les damos importancia porque comprometen afectos. El referente privilegiado de cualquier discurso será entonces, de manera explícita o implícita, el afecto y, aunque hablemos de objetos, cantidades, cualidades, movimientos, acciones, o conceptos, sólo lo haremos en virtud de esa finalidad ulterior.

Comunicarnos, entendernos, encontrarnos, será pues progresar en el camino de nuestra indagación y evolución afectiva. Podemos comprender entonces que la Torre de Babel, símbolo del hablar sin entenderse, represente, en lo que a los afectos se refiere, el testimonio de una penosa soledad. Cabe recordar aquí que la palabra "bárbaro" significa "bruto", pero fundamentalmente se refiere a "aquel cuya lengua no se entiende", lo cual demuestra que la soledad nacida de la incomprensión suele generar hostilidad.

Existe una especie de medallitas, con una cantidad de signos incomprensibles en una de sus caras, y otra cantidad de signos igualmente incomprensibles en la otra. Cuando se hacen girar rápidamente y se miran, por ese efecto que sucede con las imágenes del cine, se puede leer, por ejemplo, "te quiero". Pues bien, un símbolo, en realidad,, como la etimología lo muestra, no es una señal, no es una seña, no es una marca, como lo es el signo, en realidad es una contraseña. Un símbolo es una conjunción significativa, un emblema que se constituye, como el de la medallita, con la coincidencia de las dos mitades. Se trata de una contraseña de la cual cada uno de nosotros tiene la mitad. Símbolo es aquello que sólo funciona cuando el que lo dice se dirige a un oyente que tiene lo que "hace falta". Es decir, un símbolo es siempre, en el terreno del lenguaje hablado, una media palabra. Suena a paradoja que la única manera que tenemos de entendernos sea con la mitad de las palabras, y que si carecemos de esa media palabra corramos el riesgo de no entendernos jamás, por más palabras que usemos o, peor aún, corramos el riesgo de ingresar en un malentendido.

Esa media palabra, de la cual a veces carecemos, es lo que solemos denominar sobrentendido. Al fin y al cabo un malentendido entre dos sujetos ocurre cuando opera, en cada uno de ellos, un sobrentendido diferente, y cuando por lo menos uno de ellos no tiene conciencia de esa diferencia.

Demás está decir que los sobrentendidos provienen de las experiencias previas, y que, como sucede con la torta de chocolate, y con el fósforo, nunca vivimos exactamente las mismas experiencias. Esto podría ejemplificarse diciendo que no existen dos narices exactamente iguales. Sin embargo hay algo que tienen las narices que no tienen las orejas, y cuando decimos "nariz" sabemos que no hablamos de una oreja.

Si bien es cierto que, a partir de un malentendido inicial, no siempre uno puede entenderse bien, a pesar de que hable mucho, la experiencia no sólo nos muestra que a veces se consigue, sino también que la mayoría de las veces hablamos precisamente con esa intención. Tener plena conciencia de esta dificultad, dentro de la cual vivimos inmersos, puede ayudarnos a lograrlo mejor.

La unidad elemental de todo discurso no es la palabra, no es la frase ni la oración, es el enunciado. Más allá de las posiciones de distintas escuelas lingüíst icas, que el diccionario testimonia, designo aquí, con la palabra "enunciado" a una totalidad qu e, en su contexto, y sin necesidad de otro complemento, es en sí misma significativa. En otras palabras, es posible hablar sin decir, pero cuando el hablar dice, eso que dice es, en el uso que le doy al término, un enunciado. Como lo que el hablar efectivamente dice no sólo depende del hablante sino también del interprete, el enunciado se logra cuando ambos se encuentran de manera acertada.

El enunciado de un discurso puede ser dirigido a un interlocutor, a muchos interlocutores, o a muchísimos interlocutores. Cae de su propio peso que cuando crece el número de interlocutores crece la posibilidad de generar malentendidos. ¿En donde reside entonces la posibilidad de los discursos públicos?

La primera y la más pusilánime de las soluciones para evitar malentendidos, bastante usada, es hablar sin decir nada que no sea archicompartido. ¡Pero las cosas archicompartidas, aún suponiendo que sean verdades, son precisamente aquellas que no hace falta decir! Una de las "mejores" maneras de no tener problemas en los discursos públicos es decir cosas cuya estructura formal funciona bien, cosas que siempre caen muy bien, porque cada uno cree que significan aquello con lo cual está de acuerdo. Esta situación llega a su colmo cuando el acuerdo multitudinario ha perdido por completo el primitivo referente y ya no va más allá de un acuerdo sobre las palabras mismas. En este caso ya no se trata de decir lo archisabido, se trata de una hablar sin decir, de un hablar que busca convocar una emoción que ha perdido su camino de palabras, de un hablar que adquiere, ficticiamente, la apariencia de un decir.

¿Por qué usé hace un momento, la expresión "no tener problemas"?. Es que cuando se elige decir lo que hace falta el encuentro puede ser violento, y el riesgo del malentendido aumenta más aún. Comenzamos diciendo que necesitamos y deseamos encontrarnos con los demás, y compartir afectos. Pero debemos agregar ahora que el encuentro tiene sus peligros, porque cuando nos encontramos sentimos, y algunas de las cosas que sentimos nos hacen sufrir. Se trata entonces de la capacidad de elegir con acierto entre un dolor que vale, y otro que no vale, la pena que ocasiona.

La dificultad transcurre entonces entre el Escila de un decir que no hace falta, y que no vale la pena, y el Caribdis de un decir que, aunque haga falta, aumenta demasiado la magnitud de la pena y genera una ruptura de la comunicación. Entre ambos escollos se encuentran las aguas navegables de un decir hasta el punto en que se puede escuchar, y es precisamente en este punto en donde nace un arte del decir, que procura disminuir el dolor que produce lo que hace falta decir.

No cabe duda entonces que para poder decir bien lo que hace falta es necesario percibir al interlocutor y comprender sus sentimientos. Un discurso con uno o con muy pocos interlocutores nos permite saber mejor con quien hablamos. Cuando se trata, en cambio, de un discurso público, debemos guiarnos por nuestro conocimiento de los puntos comunes que forman consenso.

También existe un discurso "privado", para el cual elegimos, de manera clara y manifiesta, los interlocutores que comparten con nosotros los mismos sobrentendidos, y un discurso "secreto", en el cual lo que decimos sólo puede ser comprendido cuando se comparten las contraseñas, como si se tratara de un mensaje que sólo puede ser descubierto cuando se parte de una acuerdo básico.

Tenemos entonces un discurso público, un discurso privado, y un discurso secreto. Es obvio que un discurso secreto, para llegar al interlocutor desconocido y lejano, tiene que viajar públicamente, y atravesar la aduana. Los grandes escritores, que han perdurado, y que al mismo tiempo no han sido víctimas de su época, han tenido la capacidad de "esconder", por decirlo de algún modo, un discurso secreto en un discurso público valioso, de manera que pueden ser leídos a diferentes niveles. Se dice del Quijote que hace reír a los tontos y hace pensar a los sabios. Frente al Quijote todos somos tontos cuando sólo nos reímos, y sabios cuando, además de reír, pensamos.

Este tema nos conduce a otro que es fundamental para el problema del malentendido. El problema del significado directo e indirecto. Si alguien dijera, por ejemplo, "¿me podrías pedir un vaso de agua?" y se le contestara "sí", sin hacer nada, se le habría contestado de una manera absurda, rigiéndose por el sentido directo, que nunca significa lo importante. Es evidente que la frase, en ese contexto, significa, de una manera indirecta, que se supone más cortés, "por favor, pedí un vaso de agua para mi". El sentido indirecto requiere, pues, una interpretación más compleja que el sentido directo, al punto que cuando aprend emos un idioma diferente del nuestro solemos confundirnos.

La dificultad no reside sin embargo en las interpretaciones indirectas que forman parte de los diálogos habituales, sino en interpretar las situaciones, más sutiles, en las cuales la enunciación indirecta, generalmente improvisada y no siempre conciente, procura generar ambigüedad. Esa ambigüedad puede buscarse para sostener la irresponsabilidad del hablante o también como un intento de atemperar la intolerancia del oyente.

La posibilidad de buscar un sentido indirecto en el directo conduce, como lo ha señalado Todorov, al tener que decidir hasta cuando interpretar. Su respuesta parece convincente, la interpretación debe comenzar cuando exista una incoherencia en el sentido, y debe cesar cuando se restablece la congruencia.

Cuando hablamos, y aunque digamos cosas ciertas, no se comprende el sentido de nuestro hablar hasta que no se alcance esa unidad elemental de la significación que hemos llamado enunciado. Esto podemos ejemplificarlo pensando que el que escucha nuestro discurso se pregunta continuamente "¿y?" hasta que, una vez completo el enunciado surge en su ánimo la expresión "¡ah!". El enunciado, tal como lo hemos definido aquí, es lo que se dice, pero debemos aclarar ahora que hay dos formas esquemáticas del decir. Una que es decir cosas que no vienen al caso, la otra es decir lo que hace falta decir. Características de la primera forma es decir cosas ciertas de modo directo. Características de la segunda es decir acertadamente y de modo indirecto.

Si tenemos en cuenta que lo que hace falta decir es lo único importante, lo que tiene significancia, lo que cualifica el instante que se está viviendo y conduce a lo que llamamos encuentro, llegamos a la conclusión de que la interpretación acertada del sentido indirecto es el centro de toda interlocución bien lograda, y también que lo que llamamos interpretación psicoanalítica se origina dentro de esos parámetros.

 

Las importancias derivan de los afectos, y los valores, fuente de la ética y de la moral, se constituyen, a su vez, a partir de las importancias que asignamos a las cosas y a sus circunstancias. No es un secreto que, en nuestros días, vivimos inmersos en una crisis axiológica, es decir una crisis de valores.

No estamos de acuerdo con respecto a cuáles son los valores. Hemos perdido fe en los valores de antaño, que ya no "funcionan" bien. Muchas veces intentamos usarlos, pero no logramos creer en su vigencia y funcionan como nombres vacíos de sentido.

La ética, que se constituye como un orden jerárquico en la significancia, compartido por un conjunto humano, se convierte entonces en una materia opinable, y cada cual se ve forzado a formarse una distinta por su cuenta y riesgo. No debe sorprendernos entonces que nuestro hablar sea una hablar difícil, y que nos especialicemos en hablar tratando de decir lo menos posible.

¿Qué papel desempeña entonces, habitualmente, el malentendido en la interlocución y en la psicoterapia? Para decirlo en dos palabras digamos que habitualmente funciona como una forma de resistirse a un cambio. La resistencia no siempre es una cosa mala, resistir, consistir, desistir, insistir, son formas diferentes de existir que no son buenas ni malas en sí mismas.

¿Cuando y hasta donde es necesario cambiar? esto es difícil saberlo, y hemos aprendido, en principio, a defender lo que somos. Nadie concurre a la cirugía estética para que cambie completamente su cara, sólo pretende en principio, retocar un poco su nariz.

Las dos maneras clásicas de la resistencia vistas desde la metapsicología fre udiana, son la contrainvestidura y el retiro de la investidura preconciente. la primera consiste en usar una idea para tapar a otra, la segunda equivale a un retiro de colaboración, ya que una vez constituida la conciencia nada puede entrar en ella sino es por mediación de un socio que a ella pertenece.

El malentendido parece ser el equivalente metahistórico de lo que, metapsicológicamente llamamos resistencia o represión.

La primera forma del malentendido, con la cual procuro evitar el disgusto que me produce lo que oigo, aunque se trate de algo que ignoro y que necesito saber, es pensar que me han dicho lo mismo que yo ya pensaba. Podría tratarse de un paciente que, durante las horas de trabajo, ha tenido un cambio de palabras con su jefe y esta pensando en renunciar, y que luego, cuando en la sesión psicoanalítica su psicoterapeuta le interpreta, (aludiendo indirectamente a una situación transferencial similar) que se ha peleado porque se siente humillado frente a sus dificultades para terminar el balance encomendado, prefiere creer que el psicoanalista piensa como él. Podría suceder entonces que, a la sesión siguiente, y ante la sorpresa del psicoanalista, el paciente dijera: "me alivió el que usted pensara como yo y renuncié a mi empleo".

La segunda forma del malentendido consiste en pensar que me han dicho exactamente lo contrario, inadmisible, de lo que pienso yo. Este modo justifica mi rechazo de lo que estoy oyendo. En el ejemplo anterior correspondería a que el paciente dijera: "así que usted no quiere que renuncie", y pensara: "no me tengo que someter, tengo que renunciar".

La tercera forma es atribuir a lo que oigo un significado nuevo, distinto de lo que yo pensaba, pero distinto también del significado que posee lo que acabo de oír. El hecho de que el significado atribuido sea peor o mejor que el significado original malentendido no hace a la cuestión. Volviendo al ejemplo ant erior podría ser que el paciente pensara: "usted tiene razón, para renunciar tengo que esperar a terminar con el balance".

Esas tres formas de malentendido suceden frente a la interpretación psicoanalítica, pero también ocurren en la interlocución entre personas, fuera de la psicoterapia, y en las discusiones científicas, ya que la ciencia tiene también su propia Torre de Babel.

El malentendido es una discordancia de sentido que no es indiferente, sino que, por el contrario "afecta" como un sentir diferente. Constituye un desencuentro en un terreno que suele quedar representado por el corazón. Ese desencuentro, sin embargo, puede a veces tomar la forma "cerebral" de la par adoja o la forma "hepática" de la falacia.

El terreno de la paradoja se alcanza cuando un ciudadano, un empleado o un hijo "obedece" la letra de una ley "a reglamento" traicionando su espíritu. Por supuesto que la paradoja, como lo mostró muy bien Gödel, no se resuelve dentro del sistema en el cual ha sido creada. Cuando no podemos cortar el nudo gordiano, y pasar por encima de la paradoja, quedamos atrapados en ese desencuentro.

En cuanto la falacia, como forma de desencuentro, existen dos formas esenciales. Una, inevitable, es un error que surge de la existencia de un límite en nuestra capacidad de conocer. Se trata de un límite que puede ser desplazado, pero que no puede anularse. La otra, tendenciosa o intencional, es una mentira que surge de nuestra necesidad de deformar una verdad a los fines de satisfacer un deseo. En ambos casos, y más allá de su valor positivo o negativo, se trata de un conocimiento que esta siendo usado en el vivir actual, y por esta razón, pragmática, por el hecho de que la falacia, sea error o sea mentira, se construye a los fines de "hacer algo" con ella, suele ser el hígado, vinculado simbólicamente con los procesos de materialización, el que suele representarla.

Debemos agregar todavía algo esencial, la mentira, bien o mal intencionada se asocia con un acto de la voluntad, mientras que el error, del cual hemos dicho que proviene de un límite inevitable, es la vía privilegiada del aprendizaje, ya que los procesos exitosos tienden a automatizarse como repeticiones inmodificadas.

El Complejo de Edipo corresponde a una situación que está muy bien narrada en la leyenda de Sófocles. El niño desea genitalmente a su madre y siente que su padre se opone, por lo cual, ambivalentemente, no sólo lo ama, sino que también lo odia, hasta un punto que llega al parricidio o filicidio. El niño crece dentro de esta situación triangular, y al crecer se encuentra con que necesita identificarse con el padre, a quien ama y a quien también odia, por rivalidad. Refiriéndose a esa situación, Freud escribió que el niño recibe un mensaje contradictorio, una paradoja: "debes ser como tu padre, pero al mismo tiempo no debes ser como tu padre, no debes hacer todo lo que él hace, porque te está prohibido acostarte con tu madre".

Pero la paradoja se deshace si descubrimos la falacia que la sustenta. Aparentemente el padre tiene un privilegio sobre el hijo, él se acuesta con la madre y el hijo no. Pero en realidad no es así, la mujer es la misma, pero no es la madre del padre, como es la madre del hijo. Esto se podría expresar de este modo: "tu no debes acostarte con tu madre, así como yo, tu padre, no me he acostado con la mía".

La falacia de Edipo radica en confundir un objeto materialmente presente, que desde el punto de vista material es la misma mujer, con un objeto en un rol funcionalmente distinto, que desde el punto de vista psíquico, o histórico, por así decir, no es el mismo, no cumple la misma función frente al padre y al hijo.

Es decir que el privilegio del padre es falso, y la identificación puede ser completa. Por el contrario, precisamente una identificación completa con el padre que no ha cometido el incesto lleva a que el hijo no lo cometa.

Para salir de esta falacia hemos tenido que hacer más profundo nuestro pensamiento, enriqueciendo nuestro sistema simbólico, ampliando el sentido y organizándolo en un orden jerárquico. Lo que llamamos progreso, crecimiento, maduración, evolución, desarrollo de la inteligencia, transformación y cambio, con o sin ayuda de la psicoterapia que puede catalizar el proceso, marcha en esa dirección.

Hay veces en que un paciente, o un amigo, nos dice: "he entendido perfectamente, pero ¿cómo se hace?". No debemos engañarnos entonces, admitamos el hecho, frecuente, de continuar apresados en el malentendido. Cuando de veras se entiende no hace falta hacer nada, porque ya se es otro.

Apéndice

Me preguntan qué función cumple el verso... bueno, voy a decirles lo que pienso del verso, porque me parece muy importante a pesar que toma en cierto modo un camino lateral. El verso, la poesía, y las otras formas del arte, tienen todas ellas lo que se llama una redundancia extrasistémica. Redundancia extrasistémica quiere decir que el sentido, en lugar de estar expresado pura y simplemente en aquello que se está usando como elemento directo del código, redunda desde afuera de este sistema. Por ejemplo, si escribo una poesía en la cual quiero decir que las ranas croan en la laguna, puedo hacerlo con palabras que suenan como "croar". Esto muchas veces permanece inconciente, pero nos da ese efecto estético de que las ranas realmente croan. Por eso un crítico literario ha podido escribir que cuando Simenón, en una novela, dice que llueve, uno siente que se moja. ¿Por qué? Porque justamente, el elemento comunicativo artístico va más allá del elemento primario del código, redunda desde afuera del sistema.

Vean ustedes, por ejemplo, lo que pasa con la poesía de Poe, "El cuervo". "El cuervo" termina siempre con un estribillo que es: "y el cuervo dijo nunca más", y ahora lo digo en inglés: "the raven said never more". Cuando traigo este ejemplo recurro a un concepto muy discutido, pero que estimo indudable. Que hay vocales oscuras, como la "o" y la "u", y vocales claras que son la "a", la "e" y la "i". Es decir que nos vemos precisados, en castellano, a hablar de lo tétrico, del nunca más del cuervo negro, en la noche, en donde nos despedimos del futuro, y de ver a Eleonora, etc., y en todo este ambiente tétrico, la poesía nos dice "nunca más" con una vocal tan clara que nunca será como la tan tétrica de "never more". Esto es poesía, y si no tendría que decirlo como Bécquer: "poesía eres tú". Lo cual tiene mucha redundancia extrasistémica.

Me preguntan por qué suele decirse "yo diría tal cosa" cuando se la está diciendo. Bueno, es un acto de prudencia, en realidad "dice" pero finge que "diría". Es muy clara la interpretación... yo, en realidad, estoy diciendo pero prefiero afirmar que yo diría si realmente me atreviera. Lo estoy diciendo, si me dicen que está mal, digo: "bueno, yo dije que lo diría". La lengua está llena de estos elementos, ¿no es cierto? Cuando uno, aparte de divertirse, pone el oído atento a este asunto, en realidad se llena de una curiosidad creciente que encuentra, por así decir, la posibilidad de hacer crecer el sistema simbólico que uno usa.

Ahora se trata en realidad de dos preguntas, una es si los malentendidos son comunes entre paciente y analista. De la otra me acaban de preguntar una mitad, y yo me atreveré a reconstruir la otra mitad. Me quisieron preguntar también, me parece, si esto no puede llegar a ser desastroso. En realidad el malentendido, entre paciente y analista, es tan común que allí reside la mejor prueba de que no es tan desastroso. Realmente es muy difícil entenderse. El noventa por ciento de las veces que hablamos no nos entendemos más que un poco. Creo que debo ser más claro porque sino no nos vamos a entender aquí. Nos entendemos razonablemente bien, por ejemplo, si decimos "nos vamos a encontrar a tal hora en tal lugar", generalmente llegamos un poco más tarde o un poco más temprano, pero llegamos a encontrarnos. Rara vez nos desencontramos demasiado cuando decimos "pan". Queremos decir "pan" y nos suelen traer pan. Nos entendemos bastante bien en un montón de cosas, pero resulta que estas cosas, en las que nos entendemos, paradójicamente han perdido importancia, justo porque nos entendemos en ellas. Nos importa más aquello en lo que nos desentendemos. Allí es donde cargamos la importancia, y sufrimos por eso. Esto se comprenderá mejor a través de una metáfora. Cuando nosotros vemos gente de muy distinta formación racial, por ejemplo los japoneses, o los chinos, solemos decir que "son todos iguales", pero no son todos iguales. Creo que los vemos a todos iguales, y sospecho que ellos también nos deben ver a nosotros como si fuéramos todos iguales. Es que realmente nosotros somos muy iguales, salvo que, como a nosotros no nos importa aquello en lo que somos tan iguales, estamos mirando lo distinto que somos y las diferencias que tenemos, y nos elegimos por esas diferencias. Nadie cambia fácilmente de novia, aunque le digan que la segunda es muy igual a la primera. Ponemos el acento en las diferencias, nos llegan a importar. Entonces, en esas diferencias, es precisamente donde no nos entendemos bien. Con ellas tenemos que lidiar en la psicoterapia. La psicoterapia tiene varias fases. Generalmente es un campo asimétrico. Si no fuese un campo asimétrico no sería un trabajo que uno realiza y cobra, porque rinde un servicio. Esto no quiere decir que el otro no trabaje, pero lo que pasa es que el trabajo que el paciente realiza dentro de esta relación asimétrica, no es igualmente retribuido por el psicoterapeuta. Para decirlo "mal y pronto", uno trabaja para sí mismo y el otro trabaja para los dos. Ya que estoy en este tema diré que una confusión muy común es creer que el psicoterapeuta cobra el afecto y el cariño, como si fuera un acto de prostitución, pero resulta que no es así, el afecto el psicoterapeuta no lo cobra, lo que cobra es el trabajo.

Me preguntan si no hay afecto, acaso, en los demás trabajos. Sí, justamente, y tampoco se cobra. El afecto no se puede cobrar, inclusive en la prostitución no se cobra el afecto, pero este es otro tema. En la prostitución habitualmente se paga para no dar afecto, además, a veces, el afecto interviene gratis, como siempre que interviene. Pero volviendo al tema concreto. En la relación psicoanalítica, esta asimetría, al principio de algún modo funciona, creando un período en donde la pendiente, o la diferencia de potencial, es tan grande que el psicoanalista encuentra mucho para interpretar. Así sucede en este período inicial, salvo cuando las cosas no andan especialmente bien. Que encuentre mucho no quiere decir que hable mucho. Interpretar bien no es necesariamente hablar mucho, así como tampoco el hecho de no interpretar coincide necesariamente con el quedarse callado. No todo lo que se dice es una interpretación. A veces es un acto de cordialidad, otras es restablecer el encuadre. Que se hable para aclarar algún punto, o sencillamente dentro de un acto de convivencia, no es forzosamente interpretar en el sentido de la psicoterapia. Obviamente cuando el psicoanalista saluda al paciente no está interpretando y sin embargo habla, lo mismo ocurre cuando el analista comunica al paciente que a la sesión siguiente no va a poder atenderlo.

Interpretar globalmente una temática entera, algo que de alguna manera corresponde al "¡ah!" y no al "¿y?" y que, además, se haya arraigado en el carácter, lleva su tiempo, y puede tardar varias sesiones, o varios meses, lo cual no quiere decir que en el camino se ha perdido todo, o que la espera es insoportable, o que no sucede nada que valga la pena. Pero, de todos modos, cuando de pronto sucede, no siempre se logra el encuentro. Una interpretación bien lograda dentro del analista, por ejemplo, no significa una interpretación bien lograda en la palabra que el analista encuentra para decirle al paciente. Muchas veces un psicoterapeuta le dice a un paciente algo y después en otro contexto vuelve a aparecer lo mismo, y lo repite; el paciente lo entiende y dice que no puede cambiar, lo cual responde a alguna forma de malentendido, y un buen día el paciente dice: "pero qué barbaridad, cómo pude hacer esto". Otras veces dice "pero, ¿por qué no me lo dijo?", y a veces añade: "me acuerdo que usted me lo decía pero yo no lo entendía". Si esto les parece raro recuerden cuántas veces dijeron "ahora sí que entiendo lo que es el Complejo de Edipo". Tengan la plena seguridad que esa no va a ser la última vez que lo digan. Así pasa con todo.

Termino contestando concretamente, el malentendido, en la psicoterapia, es muy común y no es trágico,... tal vez sea sencillamente dramático...

Me preguntan si el malentendido puede tener que ver con una inadecuada transacción entre deseos distintos. Bueno, yo creo que es así. Porque eso, que desde un punto de vista se llama, correctamente, transacción, se puede llamar, desde otro, malentendido. Esa transacción es algo en lo cual creemos, es nuestra solución, es lo que hemos encontrado, es lo mejor que tenemos. Claro está que si vamos a un psicoterapeuta, o sencillamente vamos a escuchar a otro, es porque de algún modo nos interesa reabrir ese tema. Este es otro de los problemas.

Dicho sea de paso, una de las dificultades para hablar es que a uno tiene que interesarle lo que el otro dice, y a uno no todas las cosas le interesan. A uno le interesan las cosas que son puntos de urgencia. Afortunadamente tenemos muchos en común, y siempre encontramos la manera, cuando queremos, de coincidir con alguien, de encontrar algún asunto. Pero todo el mundo sabe que con fulano se puede hablar de un tema y con mengano se puede hablar de otro, y justamente el tema que se puede hablar con mengano es el que no se puede hablar con fulano. Cuando nos interesa hablar de un asunto es porque esa transacción está haciendo agua, de algún modo naufraga, y queremos ponerle un parche. Pero al mismo tiempo sucede que solemos defender esa transacción, porque nos ha sido útil, porque no sabemos de qué modo armar otra, porque no sabemos siquiera si vamos a llegar a puerto. Este es el problema.

Generalmente cada cambio implica una destrucción de una solución, sin que sepamos de alguna manera si vamos a llegar a otra. Tenemos cierta confianza, porque ya tantas veces nos pasó que estábamos desesperados y por fin todo se arregló, pero subsiste el hecho de que uno nunca sabe hasta cuándo va a seguir sucediendo que las cosas tienen arreglo. Sentimos que no conviene soltarse con las manos antes de haber asentado los pies. Pensamos que es mejor una mala solución que el riesgo de no encontrar ninguna.

Ese es el primer motivo del malentendido, el motivo optativo del malentendido, el motivo defensivo. Pero además hay otro motivo. Uno tiende habitualmente a imaginar que cuando el otro dice "pan" es "pan". Fíjense ustedes qué pasa, por ejemplo, cuando se encuentran dos caracteres distintos. Imaginemos uno que, dicho de modo peyorativo, es un poco "hipócrita", dicho de modo no peyorativo, sino elogioso, es un hombre "fino y educado". Imaginemos otro carácter que, dicho de un modo elogioso es "sincero", y dicho de modo peyorativo es un "grosero". Cuando se encuentran estas dos personas, el educado y el grosero, o el hipócrita y el sincero (depende de donde se prefiera hacer recaer el valor), tardan un tiempo en descubrir que no son iguales. Puede suceder, por ejemplo, que el sincero le pregunte al hipócrita (o el grosero al bien educado) "¿qué te pareció mi trabajo?", y el otro le conteste: "bueno, me pareció interesante". Para el sincero "interesante es interesante". En cambio si el que llamamos educado le pregunta al sincero "¿qué te pareció mi trabajo?" y el sincero le contesta "me pareció interesante", el otro interpreta que esto es una manera "fina" de decir que no le ha gustado, porque éste es el uso que él da a la palabra "interesante". ¿Comprenden ustedes que esta otra razón del malentendido, que va más allá de lo defensivo, y que depende de la estructura caracterológica, es parecida a lo que ocurre cuando un alemán pide una "cerilla" creyendo que le traerán un streichholz?

Me comentan que tanto en este caso como cuando el paciente le dice al analista "entendí, pero ¿cómo se hace?", estaríamos frente a una situación en que no funciona la contraseña. Sí, estoy de acuerdo, pero creo que se trata de una diferente contraseña que aparentemente combina. Si comunicáramos dos computadoras que no tienen el mismo código, entonces sucedería que cuando una de ellas transmite un signo, la otra recibe otro distinto. Pero si ignoramos que el código no es el mismo, lleva tiempo descubrirlo. Lleva tiempo descubrir que los demás no son como uno...

Me preguntan si puedo explicar qué clase de influencia tienen los críticos de teatro, cine, etc., sobre el consenso, como para que se constituyan en la sabia autoridad que determina, a través de periódicos, etc. que la gente concurra o no concurra a ver el espectáculo comentado. Mi primer respuesta es: "este es un discurso público, ¿usted qué me quiere hacer decir?...". La segunda, siempre en tono humorístico: "bueno, yo diría que hay críticos y críticos..."

Me preguntan: "eso es lo que diría. ¿Qué dice?". Ya lo ven, he tenido que decir "diría". Acabo de confirmar en los hechos que mi anterior interpretación es cierta.

Me dicen que, ya que el discurso algo dice y algo oculta, les gustaría escuchar mi opinión con respecto a las malas palabras.

No tengo una opinión formada, pero en realidad es un tema muy interesante. Una vez pensé, aunque nunca me puse a pensar ordenadamente en el tema, que los insultos sólo son insultos en la medida en que se cree en ellos. El insulto, en primera instancia, es insultante sólo en el caso en que se lo considere verdad. Pero, en segunda instancia, esto funciona en contextos de resignificación secundaria, como sucede siempre. (Así sucede, por ejemplo, con los afectos, que también son modos de comunicación). Puede ser que me insulten y no crea realmente ser lo que me dicen, pero también sucede que el consenso dice que el que calla otorga, y entonces debo rebatir este insulto, porque si así no lo hiciera recibiría un desprecio equivalente a mi muerte civil. De modo que el insulto cobra distinta significación en los distintos contextos y se lo resignifica. No sé si he interpretado el sentido de su pregunta, me parece que esa pregunta contiene algo más. Me afirman que es "seguro que yo sé" qué es ese algo más, y respondo que no, pero que aunque así fuera, no veo por qué yo debería tener la obligación de hacerlo explícito en lugar del que plantea la pregunta. Me aclaran que se refieren a las malas palabras, y no a los insultos. El insulto es una palabra que tiene la intención de hacer mal, es una palabra a la cual se puede poner entonces el adjetivo de "mala". Una palabra puede ser "mala" de muchas maneras. Puede ser, por ejemplo, una exclamación que crea alguna representación que se considera desagradable, como la que dijo el general Cambron cuando le solicitaron que se rinda. Se dice también que es una palabra fea, o que es una palabra de mal gusto, porque es una palabra que evoca un afecto que, al mismo tiempo, tiene algo de excitante y de penoso, de modo que genera complicidad y disgusto. A veces hasta puede llegar a generar asco. Reparemos en que el asco no está reñido con el gusto, porque nadie tiene asco por nada que no haya, previamente, fantaseado "tragárselo". De no ser así, ¿por qué vomitarlo? Tal vez he dicho más de lo que debía, quizá como "venganza" frente a la afirmación suspicaz de que yo seguramente sabía lo que decía ignorar.

Me preguntan cuál es la proporción habitual entre la mentira y el malentendido. Para plantearlo de un modo más claro deberíamos preguntarnos si en una particular falacia predomi na el error sobre la mentira o la mentira sobre el error. La mentira es un tipo de falacia que se usa intencionalmente para sacar alguna ventaja. No sé si esta es una definición rigurosa, no la he ido a buscar en el diccionario, pero supongo que puede funcionar más o menos bien. Si la definición no coincide, de todas maneras quedaría claro a qué concepto me refiero con el nombre de mentira. El otro tipo de falacia, el error, es un engaño, pero un engaño en el cual uno se engaña a si mismo. De modo que si bien el malentendido puede ser a los efectos de sacar una ventaja, en su forma más típica es el resultado de algo que ha fallado.

En nuestra sociedad actual, con sus crisis de valores, los encuentros son más difíciles, porque en todas las épocas en que el mundo se desordena evidentemente los encuentros son más difíciles. Tanto la mentira como el malentendido abundan, no sé en qué proporción, pero diría que precisamente es el malentendido el que conduce a la necesidad de mentir. De modo que tendría que decir que lo básico es el malentendido. Lo básico es la falacia que corresponde a un error de pensamiento, después aparece la mentira. Uno necesita mentir cuando uno sabe que no se va a poder encontrar bien con el otro, lo cual impide de alguna manera identificarse con el otro y resolver el desencuentro. Entonces a veces se miente. La mentira busca una ventaja, pero esta ventaja puede, también, a veces ser una desventaja. Una de las cosas más difíciles es mentir bien, generalmente se miente ilusoriamente, porque, además, la mentira funciona siempre de un modo conciente. Hay tantas maneras de comunicación inconciente que la mentira no funciona en ese nivel.

La ventaja del mentir puede ser tanto para el que construye la mentira como en favor de otro. Se le miente a un enfermo que está grave, cuando se piensa, equivocadamente o no, que es peor decirle la verdad. No solamente se miente para sacar una ventaja personal, sino a veces una ventaja para el otro. Todo puede funcionar bien o mal, pero la mentira, creo, parte del malentendido.

Un enfermo de cáncer pregunta: "¿qué tengo?", y uno necesita, el noventa por ciento de las veces, mentir, en la medida en que "sabe" que el enfermo lo va a malentender. Ni bien se pronuncia la palabra "cáncer" el enfermo siente que se le está dando una sentencia de muerte. El malentendido consiste en creer que esa sentencia antes no existía, como si no fuera cierto que muchísima gente enferma de cáncer se muere por algún otro motivo, como si no fuera cierto que a veces se muere antes el médico que estaba "sano" en el momento de atender al canceroso.

Un enfermo de gastritis puede preocuparse porque ha leído en un libro de medicina que el tres por ciento de los gastríticos crónicos desarrollan un cáncer gástrico. No considera sin embargo que el veinticinco por ciento de la población total, una de cada cuatro personas, morirá de cáncer. De manera que ese tres por ciento tiene muy poca significancia.

¿Cuál es el poder que actúa -me preguntan- para que los mensajes subliminales, de la propaganda, por ejemplo, sean bien entendidos? Cuando el mensaje subliminal está bien construi do llega siempre. Llega siempre y de un modo muy fuerte porque, precisamente, no llega concientemente. Esto parece una cosa horrible a la cual estamos sometidos por los medios de propaganda, pero es inevitable que nos lleguen mensajes subliminales. Nos llegan de todos lados, y no solamente por la propaganda, sino porque estamos inmersos en un mundo en el cual nos intercambiamos mensajes subliminales. ¡Vaya a saber de qué cosas nos estamos convenciendo mutuamente ahora!

Se ha hecho, por ejemplo, la siguiente experiencia: se ha puesto entre los fotogramas de una película de cine un aviso comercial, por ejemplo "Tome Coca-Cola", con un tiempo de permanencia tan breve en la pantalla como para que al ver la película, no se vea el aviso de Coca-Cola. Luego se ha medido estadísticamente, y se ha comprobado que la gente que sale de ese cine toma, en el intervalo, más Coca Cola que la gente que sale de otro cine testigo sin el aviso subliminal.

El problema es muy difícil, porque cuando uno mira el paisaje por la ventanilla de un tren, también ve los letreros y afiches de propaganda de un modo subliminal. La gran mayoría de la propaganda que impregna nuestro mundo nos llega subliminalmente. Estamos inmersos en un mundo de información que nos llega desde todos lados y afecta nuestras creencias de modo inconciente. No solamente viene por la propaganda subliminal concientemente construida. Cualquiera de las cosas que se diga, además de actuar liminalmente, es decir por arriba del umbral, actúa subliminalmente por debajo de él.

Debemos dejar en este punto porque ha llegado la hora en que debemos abandonar el salón, por eso no puedo desarrollar un poco mejor el tema de la relación entre el mensaje subliminal y el malentendido, que tiene que ver con la relación existente entre el malentendido y la resistencia.

Notas

1 El presente capítulo contiene el texto, con algunas modificaciones, de una conferencia dictada el 22 de agosto de 1984 en Buenos Aires, en el Anfiteatro de la Fundación Cultural Promúsica, como parte de un ciclo organizado por la Asociación Argentina de Investigaciones Psicológicas. Fue publicada por primera vez en "Opiniones sobre la Psicología", Ediciones ADIP, Buenos Aires, Abril de 1986. El Apéndice, en cuerpo menor, contiene el diálogo posterior a la conferencia, tal como fue publicado en 1986, con escasas modificaciones.

 

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