Presencia, transferencia e historia
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Dr. Luis Chiozza

Capítulo XIII

LOS AFECTOS Y SUS VICISITUDES 1

En los orígenes del psicoanálisis

Aunque Freud nunca reunió, en un trabajo dedicado a los afectos, las distintas ideas sobre el tema que su pensamiento recorre, la teoría psicoanalítica ofrece fundamentos originales y profundos para un estudio biológico integrador acerca de los afectos.

Las circunstancias en que nació el psicoanálisis, y sus primeras afirmaciones, nos ponen en contacto con tres hechos significativos. Nació como un intento de aclarar la etiología de la histeria, nació bajo la forma de un método, llama do catártico, que procuraba una descarga afectiva, y nació como un procedimiento terapéutico ejercido mediante la palabra.

El primero de estos hechos nos indica que el psicoanálisis, desde sus inicios, se constituye, inevitablemente, como una teoría de la relación cuerpo–mente.

El segundo señala la fundamental importancia que poseen los afectos en lo que se refiere al proceso terapéutico. Freud escribirá más tarde (FREUD, 1915e**, pág. 178) que el verdadero motivo de la represión es impedir la descarga de un particular afecto. Dado que el trastorno es un producto de la represión, la desaparición del síntoma, el levantamiento de la represión, y la reaparición del afecto, constituyen distintos aspectos de un mismo proceso.

El tercero muestra, de modo inequívoco, que, aunque el afecto puede hacerse conciente sin la intermediación de la palabra (FREUD, 1923b**, pág. 23), la descarga afectiva depende, siempre, de un cambio de estado en la conciencia. Ese cambio de significación se obtiene cuando determinadas representaciones inconcientes logran acceder a la conciencia gracias a que se unen con restos mnémicos de la percepción, predominantemente verbales, pero también visuales (FREUD, 1923b**, pág 21).

¿Qué podemos decir, acerca de esa triple circunstancia inicial del psicoanálisis, si recorremos el arco completo de la trayectoria freudiana que media entre los comienzos del método y sus trabajos últimos?

En lo que respecta a la relación mente–cuerpo Freud parte de una posición que en cierto modo coincide con el paralelismo psicofísico (STRACHEY, en FREUD, 1915e**, pág. 168, nota al pie; SOLMS, SALING, 1990, pág. 96) para terminar afirmando, en 1938, que el psicoanálisis evita el callejón sin salida al cual el paralelismo conduce, sosteniendo con énfasis que lo verdaderamente psíquico es inconciente, y que el pretendido concomitante somático y lo psicológico conciente, que sostienen la dicotomía cuerpo–mente, son categorías que se constituyen en la conciencia. (FREUD, 1915e**, pág. 168; FREUD, 1940a [1938]**, págs. 157–158; FREUD, 1940b [1938]**, págs. 282–283; CHIOZZA,1991b [1989], págs. 167–168; CHIOZZA,1995v, págs. 123–126; SOLMS, M.,1996 [1994]).

Esta oscilación en la posición epistemológica de Freud, que impregna toda su obra y se define "enérgicamente" en sus últimos escritos, no podía menos que manifestarse también en la evolución de su pensamiento con respecto a la segunda "circunstancia inicial", que otorga una importancia fundamental a la descarga afectiva, y con respecto a la tercera, que relaciona al afecto con el lenguaje.

Formulaciones metapsicológicas

Freud, en 1915 (FREUD, 1915d **, pág. 152) sostiene que el representante psíquico del instinto (FREUD, 1915c **, pág. 121–122) se compone de dos partes, y que es necesario seguir por separado el destino que la represión impone a la idea (la parte eidética de la representación) del que impone a la cuota de afecto (la energía instintiva vinculada con ella). En esta formulación freudiana, la cuota de afecto es concebida como una cantidad de excitación exenta de cualidad, dado que la cualidad es otorgada por la idea inconciente. Se trata de un planteo que incurre en el paralelismo psicofísico, ya que la "suma de excitación" es concebida como un fenómeno material, y la parte eidética de la representación como un fenómeno psíquico. Sin embargo, en un artículo que Freud escribe directamente en francés (FREUD, 1893c [1888–1893]**, pág. 170), utiliza la expresión "valor afectivo", que posee connotaciones cualitativas, para referirse a la cuota de afecto.

Strachey (STRACHEY, 1962, pág. 66) afirma que, aunque puede deducirse de algunos pasajes que Freud trata a la energía psíquica y al afecto como sinónimos, no parece ser así, ya que el mismo Freud escribe (FREUD, 1915d **, pág. 153) que una posible vicisitud del instinto es su transformación en afecto.

También señala Freud (FREUD, 1915e**, pág. 178) que no existen afectos inconcientes en el mismo sentido en que existen ideas inconcientes. Las ideas inconcientes son investiduras de huellas mnémicas, y en ese sentido son actuales. Los afectos y las emociones son procesos de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas como sentimientos. Cuando hablamos de afectos inconcientes nos estamos refiriendo a estructuras afectivas que son disposiciones, un "potencial comienzo" que no se desarrolla.

Los afectos, emociones o sentimientos se exteriorizan en una descarga motriz o secretoria que produce una alteración del propio cuerpo, la motilidad en acciones destinadas a la alteración del mundo (FREUD, 1915e**, pág. 179). Las funciones motoras o secretoras que corresponden a la descarga afectiva dependen de inervaciones que son "excitadas" de acuerdo con una "clave" que determina la distinta cualidad de cada afecto y que existe bajo la forma de una idea inconciente (FREUD, 1900a [1899]**, pág. 582). Se trata de una estru ctura afectiva disposicional inconciente (FREUD, 1915e**, pág. 178; CHIOZZA, 1976c [1974], pág. 221).

En estos enunciados metapsicológicos, que culminan alrededor de 1915, se mantiene la disociación cuerpo–mente que es propia del paralelismo, las inervaciones son físicas, la clave es anímica. Señalemos además que, mientras que la palabra "inervación" se usa profusamente, la palabra "clave" se menciona una sola vez en toda la obra freudiana.

Sin embargo, tal como lo expresamos ya en nuestros primeros trabajos acerca de los afectos ( CHIOZZA, 1972a; 1975b; 1976c [1974]; 1976f [1975]) la existencia de esa clave de inervación permite comprender que las disposiciones inconcientes al desarrollo afectivo son diferentes y específicas de cada particular afecto, y también que la enfermedad somática se constituye a partir de un modo particular de sofocación del afecto.

En la neurosis se evita el displacer substituyendo la representación del objeto ligado a la descarga afectiva. En la psicosis, mediante una alteración en la percepción de la realidad, se substituye al afecto descargado . En la enfermedad somática (que desde este punto de vista podemos llamar "patosomatosis"), la investidura afectiva se desplaza sobre uno de las inervaciones de la clave, generando de este modo una descarga que ya no posee la cualidad del afecto conocido. De acuerdo con la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis (FREUD, 1940a [1938]**, págs. 157–158; FREUD, 1940b [1938]**, págs. 282–283), una tal descarga, que la conciencia percibe desprovista de su significado original, afectivo, será categorizada como somática (CHIOZZA,1991b [1989], págs. 167–168; CHIOZZA,1995v, págs. 123–126).

Más adelante, cuando nos ocupamos de investigar en el significado inconciente específico de la esclerosis múltiple (CHIOZZA, L. y colab., 1986a), se hizo evidente que el fructífero concepto de "clave de inervación" podría ser aplicado también para la descarga en la acción motora ligada con la satisfacción del deseo. Se consolida de este modo la idea (CHIOZZA, 1976c [1974], pág. 220) de que la descarga del afecto forma una serie complementaria con la descarga lograda mediante la acción eficaz. No se agotan sin embargo, en este punto, las repercusiones que tiene para la teoría el concepto de "clave de inervación". Nuevas reflexiones (CHIOZZA, 1999d) nos llevan a pensar, a partir de la idea de "clave", que el deseo se entreteje con los materiales que proviene de la sensación "somática" de un modo similar a como el recuerdo se entreteje con los que provienen de la percepción.

Ontogenia y filogenia de los afectos

Las inervaciones motoras o las descargas que corresponden a cada particular afecto se acompañan de la percepción de las acciones ocurridas y de las sensaciones de placer o displacer que otorgan, a cada uno de ellos, su tono dominante (FREUD, 1916–17 [1915–17]**, pág. 396). El núcleo que mantiene unido al conjunto es la repetición de una vivencia significativa, una "reminiscencia", que Freud ubica en la filogenia. De modo que concluye afirmando que "... el ataque histérico es comparable a un afecto individual, neoformado, y el afecto normal, a la expresión de una histeria general que se ha hecho hereditaria". En 1925 (FREUD, 1926d [1925]**, pág. 133) lo repetirá con otras palabras: el afecto es un símbolo mnémico que equivale a un ataque histérico típico, universal y congénito.

Los términos "vivencia significativa", "reminiscencia" y "símbolo mnémico", referidos a la filogenia, poseen, en la obra de Freud, un significado preciso. En el dibujo con el cual esquematiza el concepto de las series complementarias en la etiología de las neurosis (FREUD, 1916–1917[1915–17]**, págs. 361–362), usa el término "prehistoria" para referirse a los factores universales y congénitos. Cuando se ocupa de esclarecer la formación de los síntomas histéricos señala (FREUD, 1910a [1909]**, pág. 14) que están determinados por la escenas cuyos restos mnémicos esos síntomas "figuran". Esos "restos" son símbolos mnémicos, reminiscencias o monumentos conmemorativos (ídem, pág. 16), que se esclarecen en su particularidad, por la referencia a la escena traumática, propia de la historia individual, que esos síntomas conmemoran. En 1925 (FREUD, 1926d [1925]**, pág. 134) escribe: "Si uno quiere explicar el ataque histérico, no tiene más que buscar la situación en que los movimientos correspondientes formaron parte de una acción justificada".

Freud sostiene (FREUD, 1895d**, pág. 181) que las sensaciones e inervaciones de la histeria "... pertenecen a la 'expresión de las emociones', que, como nos lo ha enseñado Darwin, consiste en operaciones en su origen provistas de sentido y acordes a un fin, por más que hoy se encuentren en la mayoría de los casos debilitadas a punto tal que su expresión lingüística nos parezca una transferencia figural ...". También afirma (FREUD, 1910a [1909]**, pág. 18) que "... la conversión histérica exagera esa parte del decurso de un proceso anímico investido de afecto; corresponde a una expresión mucho más intensa, guiada por nuevas vías, de la emoción".

En resumen: en este grupo de ideas el afecto aparece como una estructura "doble", descarga somática por un lado y reminiscencia psíquica por el otro. ¿Esto significa que nace simultáneamente en el cuerpo y en el alma, o que está formado por una mezcla de ambas cualidades? Creo que el Freud de la segunda hipótesis nos autoriza a suponer que la conciencia registra dos aspectos, la descarga física y la significación histórica, de una misma realidad inconciente, el desarrollo de afecto, que carece de esas dos categorías.

La equivalencia entre histeria y afecto, que encontramos ya en los comienzos del psicoanálisis, permite comprender que, así como el síntoma histérico constituye un acto motor "justificado" (es decir comprensible en su sentido) en la escena del pasado individual que le dio origen, el afecto constituye una "acto motor" cuyo sentido se "justifica" en el pasado universal filogenético.

A partir de este punto y de la idea antes expresada, acerca de la deformación de la clave de inervación en las patosomatosis, Gustavo Chiozza (CHIOZZA, G., 1998 [1996]) sostendrá que la histeria no se diferencia de la enfermedad que llamamos somática porque en ella opera un mecanismo propio llamado conversión, sino que tanto en una como en otra cabe distinguir síntomas típicos, que se constituyen mediante la deformación de una clave filogenética, como significaciones primarias, como "símbolos universales", "prehistóricos", "congénitos", y síntomas particulares, que se constituyen como "símbolos mnémicos individuales", "históricos", ontogenéticamente adquiridos, que se añaden a la patosomatosis como resignificaciones secundarias. Ejemplo de los primeros lo encontramos en el ataque histérico y en las lesiones neuroaxiticas de la esclerosis en placas, ejemplo de los segundos en los fenómenos "únicos" que determinan la particular astasia–abasia de Elizabeth von R., o los igualmente singulares que producen la muerte de un enfermo de cardiopatía isquémica en un tiempo y manera que conmemora un especial suceso de su vida pasada.

De acuerdo con cuanto llevamos dicho hasta aquí, tanto en la histeria como en la enfermedad somática hay una parte que se manifiesta como un trastorno material típico y universal que corresponde a la deformación de una clave afectiva filogenéticamente formada, y una parte que se manifiesta como un trastorno material individual, propio y atípico, que debe corresponder a la deformación de la clave de un afecto individual y neoformado durante el desarr ollo ontogenético.

Como hemos visto Freud identificaba a la histeria misma con un afecto de ese tipo, pero estamos ahora en condiciones de comprender que la parte de la histeria que identificamos como típica es el resultado de la deformación de una clave filogenética, y que, aunque la parte altamente individual de la histeria puede ser vista como la deformación de un afecto ontogenéticamente adquirido, no todos los afectos "nuevos" deben forzosamente descargarse, d eformados, como síntomas histéricos o como resignificaciones secundarias de los síntomas que acompañan a las enfermedades somáticas.

En trabajos anteriores (CHIOZZA, 1972a) distinguimos afectos primarios, pasionales, productos de la descarga de disposiciones universales y congénitas, afectos secundarios, productos de la descarga de disposiciones atemperadas por el pensamiento, y la cultura. y afectos neoformados (CHIOZZA, L. y colab., 1983b [1982]; CHIOZZA, L. y colab., 1993g [1992]) como producto de un desarrollo emocional "terciario" que actualiza disposiciones latentes que habitan el psiquismo como protoafectos o presentimientos.

La relación entre afecto y lenguaje

Freud señala (FREUD, 1950a [1887–1902]**, pág. 318) que el niño, al principio de su desarrollo, para poder llevar a cabo la acción específica necesita de la asistencia ajena, aprende entonces a utilizar la descarga afectiva, que testimonia su particular necesidad, a los efectos de la comunicación. El afecto adquiere así, en palabras de Freud, la "importantísima función secundaria" de la comunicación.

Uno podría, a partir de este párrafo, sentirse tentado a interpretar que el poder comunicativo del afecto es rudimentario, pero no es así. Hemos sostenido que los afectos constituyen una serie complementaria con las acciones eficaces. Su emergencia indicaría pues, una ineficacia en la acción. Freud ha escrito repetidamente que el displacer, y finalmente la angustia, (FREUD, 1926d [1925]**, pág. 140) puede ser utilizado como señal para evitar un desarrollo afectivo que expone a un sufrimiento mayor. A partir de estas dos afirmaciones Boari ha insistido en el valor comunicativo que poseen todos los afectos, independientemente de cual sea su tono dominante, para el mismo sujeto que los experimenta, en tanto son testimonios actuales que orientan la acción haci a una mayor eficacia.

Si tenemos en cuenta que el afecto se constituye alrededor de una vivencia significativa como un monumento conmemorativo, o como un símbolo mnémico, llegamos a la conclusión de que la descarga afectiva no sólo es expresiva, sino que además es simbólica. Pero la cuestión, grávida de consecuencias, no se detiene en este punto, llegamos también a la conclusión de que los afectos, a través de su tono dominante displacentero o placentero, no sólo motivan la represión, sino que determinan la finalidad de cualquier otro movimiento de la conducta humana. (CHIOZZA, 1997a [1986]; 1995u). En otras palabras, determinan la significancia, la importancia del significado.

Aunque los afectos llegan a la conciencia sin necesidad de ligarse con palabras, la experiencia no sólo muestra que sentimos la necesidad de buscar nombres para los afectos inefables, sino que, además, buscamos identificar y nominar objetos y "lugares" perceptivos en relación con los cuales esos afectos surgen. El ejemplo más representativo de esa situación lo encontramos en el caso de la angustia.

Cuando un afecto conflictivo queda substituido por un equivalente afectivo que sólo se registra como sensación somática, la peregrinación del enfermo en la búsqueda de una alteración perceptible en su cuerpo, y un nombre para su enfermedad, resulta patética. Tanto Weizsaecker como Matthis (WEIZSAECKER, 1999 [1927–28]; MATTHIS, 1998 2) han descripto de manera muy lograda, dos conmovedoras historias que ejemplifican esa situación. Pero precisamente en ellas se ve con claridad que el problema no reside en la incapacidad para verbalizar afectos que se ha llamado alexitimia. Hay una pregunta genuina, acerca de la historia que se oculta en el síntoma, que el enfermo reprime, muchas veces con la ayuda del médico, pero se trata de una historia "biográfica", que pertenece a la ontogenia, y que va mucho más allá que la nominación de un afecto. Cuando, en cambio, el paciente ya ha iniciado el camino que lo aleja de la recuperación del afecto implicado, casi siempre ha comenzado también una larga peregrinación en la búsqueda de nombres ficticios, se trate de afectos, como en el caso del síndrome de pánico, se trate de objetos, como en el caso del alcohol, el tabaco o determinadas personas, o se trate de enfermedades, como en el caso de la hipertensión "esencial".

Notas

1 El texto del presente capítulo fue presentado en el 41 st IPAC, Santiago de Chile, Julio de 1999.

2 "Strangebody", trabajo no publicado que fue presentado en el año 1998.

 

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