Presencia, transferencia e historia
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Dr. Luis Chiozza

Capítulo I

PRESENCIA, TRANSFERENCIA E HISTORIA

 

En el centro del tríptico

La exploración de las relaciones existentes entre cuerpo, afecto y lenguaje condujo, casi inmediatamente, a la configuración de otro tríptico, constituido por las relaciones entre presencia, transferencia e historia.

La palabra central del primer tríptico es la palabra afecto. El afecto, que constituye la significancia, es decir la importancia del significado, en su doble condición de monumento conmemorativo de un suceso filogenético y de proceso de descarga actual, vincula al lenguaje, cuya función esencial es evocar un significado, con el cuerpo, que percibimos como un existente material.

En el segundo tríptico la palabra central es transferencia. La transferencia no es un mero intermediario entre la historia y el presente . Sólo cuando pensamos en los términos cronológicos de la relación causa-efecto, que surgen de un modelo físico del mundo, es decir en términos que llamamos histórico–genéticos, pensamos que la historia genera el presente mediante la transferencia. Cuando, en cambio, pensamos en los términos de la atemporalidad de lo inconciente, pensamos que la transferencia, a partir de la actualidad de la sensación que se experimenta en el ahora, se manifiesta en una representación histórica.

Es claro que si decimos presencia, transferencia e historia, inmediatamente se nos genera la idea de que el presente está aquí, y la transferencia actúa en un ahora como una especie de transporte de un significado que viaja desde una situación pasada a una situación actual. Se constituye así la significación actual del presente, el modo de vivenciarlo.

Queda así establecido que ese modo de vivenciar el presente actual, en la medida que se lo piensa como el producto de una historia, debe ser interpretado como una referencia inconciente a otro tiempo que no es el de ahora, sino el tiempo, pretérito, de entonces.

En el tríptico presencia, transferencia e historia falta, aparentemente, el futuro, pero esta falta aparente sólo surge cuando consideramos que la historia y la transferencia se constituyen como un proceso que marcha desde el pasado hasta el presente. En ese esquema la historia es el relato de un recuerdo, y la transferencia la repetición actual inconciente de una memoria que no ha llegado a recordarse de manera conciente.

Sin embargo una historia es algo más que un producto del pasado, es un tema sempiterno, típico y universal que, en el escenario de un tiempo y lugar particulares, nos "enseña" un significado, un sentido que en el presente importa lo suficiente para ser relatado y que, como todo sentido, se encamina hacia el futuro de una finalidad.

La intencionalidad que se manifiesta en el sentido de una serie psíquica, lleva implícita la idea de un futuro que se manifiesta como previsión y anticipación. Lo mismo puede ser dicho del deseo que "engendra su objeto" en el proceso de la transferencia.

Las dos definiciones de transferencia

Freud describe el fenómeno clínico que llama "transferencia" diciendo que corresponde a la sustitución de una persona anterior por la persona del médico, pero también se refiere a la transferencia de intensidad desde una representación inconciente a una preconciente. Suele decirse entonces que Freud nos dejó "dos" definiciones de transferencia, una que se refiere a lo que ocurre "entre" el paciente y la persona del médico, y la otra a la transferencia "endopsíquica".

Basta reflexionar un instante para descubrir que una distinción semejante no se sostiene. El concepto de "endopsíquico" conduce a confusión. No hay nada que sea "endopsíquico", porque el concepto de interior es un concepto que no se aplica a lo psíquico, es decir, se trata de un concepto que en este caso es impertinente. Si entendemos que lo psíquico se define como significado o sentido, nada nos permite afirmar que el sentido de una conducta o pensamiento sólo existe "adentro" pero no existe "afuera". El sentido es fundamentalmente la finalidad de una conducta, la finalidad de un propósito. La idea de finalidad suele ser representada como una meta y, aunque este último concepto, tanto en su acepción de "más allá", como en su significado de lugar al cual se apunta, compromete la idea de un espacio, el concepto de finalidad no depende de una concepción espacial.

Lo que solemos llamar transferencia "endopsíquica" no constituye una transferencia diferente de la que ocurre "entre" el paciente y el médico. En una definición se describe el desplazamiento de la investidura de una representación inconciente a una preconciente. Lo que se describe en la otra puede ser comprendido afirmando, tal como lo hicimos hace ya unos cuantos años (Chiozza, 1978i [1977], pág. 115), que la representación preconciente sobre la cual se transfiere la investidura corresponde a un objeto presente.

Tanto en uno como en otro caso la transferencia es actual, en el sentido de que posee las características de algo que actúa, algo que, como ocurre en el caso de los afectos, nos afecta ahora. Sin embargo, si prestamos mayor atención al contenido del texto freudiano, nos damos cuenta de que la referencia a la sustitución de una persona anterior por la persona del médico quiso decir algo más, y que no alude especialmente a la actualidad de la transferencia.

Sabemos esto muy bien porque al principio a Freud le pasó desapercibida la importancia de la actualidad. Cuando, en el historial de Dora, sostiene que al principio pensó que no era necesario interpretar la transferencia hasta que no deviniera resistencia, alude a un proceso que se constituye con el tiempo y por lo tanto no se refiere a la actualidad de la transferencia, se refiere al establecimiento progresivo de la neurosis de transferencia.

La neurosis de transferencia es un proceso que no se constituye por lo que ocurre en "una" sesión analítica, sino por una amalgama de lo que ha sucedido en el conjunto de sesiones analíticas descrito como un proceso histórico-genético que tiene una evolución y que consolida una transferencia de la neurosis entera desde la vida real a la relación con el médico.

Cronológica y atemporalidad

Llegamos por lo tanto a la conclusión de que las dos definiciones llevan implícitos dos esquemas epistemológicos distintos.

En una de ellas está presente la idea del tiempo histórico, genético, cronológico y evolutivo. Es producto de un pensamiento que cree que el pasado, el presente y el futuro son entidades ontológicas "reales" que existen "fuera" e independientemente de la persona que las experimenta "páticamente".

En la otra definición, en cambio, estamos hablando de un proceso "atemporal", es decir que no sucede de acuerdo con la idea crono-lógica del tiempo. Se trata de una definición que surge de la necesidad de categorizar, ahora, a lo que no tiene los tiempos presente, futuro y pasado, sino que, al contrario, es sempiterno, como el "érase una vez" de los cuentos infantiles. Si tenemos en cuenta que la idea de tiempo trasciende el marco estrecho de la conceptualización cronológica, podemos decir que la idea de actualidad (o de repetición) sempiterna, no es, estrictamente hablando, atemporal, sino que lleva implícita la idea de un tiempo primordial.

La definición de la neurosis de transferencia describe un fenómeno clínico interpretado, según la epistemología de la época, como un proceso que se desarrolla en el tiempo cronológico de la física clásica. La otra, en cambio, en la cual la transferencia es "atemporalmente" actual, alcanza una mayor altura en la conceptualización de la transferencia, ya que no la fuerza dentro de una concepción cronológica de tiempo, ni se limita a representarla como un proceso que transcurre desde el pasado hacia el futuro.

El espacio y el tiempo

Reparemos en que los psicoanalistas solemos usar a menudo, para referirnos a la transferencia que ocurre "en" y "durante" la sesión psicoanalítica, dos palabras, "aquí" y "ahora", y ha llegado el momento de que diferenciemos bien su sentido.

La presencia es aquí. La actualidad es ahora. Presente y actual no son lo mismo. "Aquí" es el lugar, espacial, en donde un objeto se "presenta" a la percepción. "Ahora" es el instante temporal de la actividad que actúa en un sujeto "sujetado" a la sensación.

Lo que ha sido (o no ha sido) y lo que tal vez será (o no será) son en cambio dos formas fantasmagóricas de la existencia, ya que la existencia, en su forma rigurosa, es en el aquí espacial de una presencia "presente" y en el ahora temporal de una actualidad "actual".

Pasado y futuro tienen algo en común, son imaginarias contrafiguras del presente actual. Una sola palabra clave las vincula, la palabra "entonces", que, por ejemplo, en la frase "en aquel entonces" se refiere al pretérito, y en la expresión "y entonces" se refiere al futuro.

La palabra "ahora", designa la existencia "óntica" del ser actual, en otras palabras, lo que existe es, y todo lo que es, forzosamente, es ahora. El ser que aun, o ya, no es, constituye la latencia "pática", que, como necesidad o disposición, como carencia o potencia, configura la doble raíz de la palabra "sentido". El famoso "ser siendo" que impregna la obra de Heidegger y Ortega, y que, por oposición al "ontos" configura, en la obra de Weizsaecker, el "pathos" de lo que ya, o aún, no es, constituye la esencia del sentido.

Sentido es lo que siento y me afecta con la importancia de una carencia. Aclaremos esto mejor. Dentro de la teoría psicoanalítica carencia y necesidad son sinónimos. Uno de los supuestos fundamentales del psicoanálisis radica en la idea de que la excitación libidinosa se produce en magnitud suficiente para que la descarga normal de la libido que surge de una zona erógena deje siempre un excedente que erotiza otras zonas. De este modo la satisfacción de la necesidad nunca apaga por completo la fuente de la excitación que mantiene la vida. Llamamos afecto a la descarga, sobre el propio organismo, del remanente de la excitación descargada por la acción eficaz sobre los objetos del mundo.

Se comprende entonces que, en una de sus acepciones, "sentido" sea lo que siento, lo que me afecta con la importancia de una carencia. Cada carencia, cada necesidad "específica", constituye un motivo específico entre el conjunto de los motivos que "mueven" a mis acciones y a mis sueños. También se comprende, por lo tanto, que en otra de sus acepciones "sentido" sea la dirección hacia la cual me encamino, el propósito o la intención que guía mis actos, que los encadena en una serie psíquica.

Esa doble acepción de la palabra "sentido", que al igual que la palabra "entonces", representa por igual al pasado y al futuro de lo que "a su hora" (como en el italiano allora) fue o será, alude por sí sola a la significancia actual, a la importancia completa de un particular "ahora". Así se explica que también utilicemos la palabra "sentido" para referirnos al significado, que es la descripción intelectual y atemperada de una particular significancia.

Si el tiempo se constituye entre el ahora de lo óntico actual y el entonces de lo pático latente, el espacio se extiende en la distancia gracias a que la presencia puede percibirse aquí, allí o allá, y que junto con el objeto "este" puede percibirse "ese" o "aquel".

Representación, reactualización y memoria

Freud usó la palabra representación para referirse no solamente a la idea sino también al afecto. Cuando dice, por ejemplo, que es necesario perseguir por separado los destinos que la represión impone al afecto de aquellos que impone a la parte eidética de la representación, es evidente que la representación es allí concebida como una "suma" de idea y afecto.

En ese punto Freud parece subrayar que la idea es la "clave" o figura cualitativa de la inervación a través de la cual se realiza el proceso de descarga, mientras que el afecto es considerado predominantemente como el monto de excitación que determina el quantum de esa descarga. Precisamente a partir de ese punto muchos psicoanalistas que forman consenso, asumen de manera explícita o implícita que el afecto es pura cantidad, y desembocan así en un impasse teórico del cual es imposible salir sin restituir al afecto su condición cualitativa.

La palabra "representación" por su vinculación con la presencia y con la percepción se presta más para referirse a la idea (eidon = yo vi), que en primera instancia es la imagen de un objeto, que para referirse al afecto. Para referirnos al afecto hemos preferido hace poco (Chiozza, 1998f) usar la palabra "reactualización", que se vincula con la actualidad y con la sensación. La palabra "recuerdo" se presta más para referirse al afecto por su vinculación con lo cordial (re-cordar significa, etimológicamente, "volver al corazón") porque en el lenguaje habitual cuando hablamos de los recuerdos pensamos más en las saudades o el souvenir de la nostalgia que en los recuerdos "fríos", que serían, en un decir más adecuado, remembranzas o rememoraciones. Podemos considerar que tales rememoraciones se constituyen como reactivaciones más "abstractas" de las huellas mnémicas. La palabra "memoria", como se ve bien claramente cuando hablamos de la memoria inmunitaria, nos sirve mejor para designar al archivo completo de las huellas mnémicas que, aún sin ser reactivadas, conservan la información que contienen.

Transferencia y afecto

Una vez que cobramos conciencia de la correspondencia implícita en los dos trípticos que tan frecuentemente usamos ("cuerpo, afecto y lenguaje" y "presencia, transferencia e historia") nos damos cuenta también de la estrecha correspondencia existente entre transferencia y afecto. Al fin y al cabo, la transferencia, como el afecto, lleva implícita la reactualización de una latencia. Pero si de eso se trata, es también obvio que ni en la transferencia ni en el afecto la importancia sólo reside en su intensidad.

Por más importante que sea, en términos metapsicológicos, la "cuota" (o el "quanta") de afecto, la significancia de un afecto (o de una transferencia) depende también de su cualidad. Precisamente, la cualidad es lo que "atrae", con mayor o menor intensidad, a la investidura.

Aunque Freud se refiere explícitamente a la transferencia de intensidad desde una representación inconciente a una preconciente, surge de sus propias ideas que el proceso debe ser más "completo". Si tenemos claro que la intensidad que se transfiere es descripta en la misma obra freudiana como una investidura, y reparamos en lo que significa la palabra "investidura", surge sin lugar a dudas que también se transfiere cualidad. "Investidura" proviene de "vestido". La investidura de un magistrado, de un juez, por ejemplo, está contenida de algún modo en la toga que lo "inviste" con la función que cumple. Lo que esa toga representa no es una mera cantidad. La formalidad de la toga significa que con ella se adjudica o se transfiere una forma que representa la cualidad de juez.

Hace ya muchos años (CHIOZZA y colab. 1966a) sostuvimos que el afecto suscitado por la interpretación psicoanalítica debía mantenerse dentro de los márgenes representados por las palabra "tolerable" y "suficiente". A partir de este punto algunos colegas pensaron que estábamos subrayando, unilateralmente, la importancia de la cantidad de la descarga afectiva en detrimento de su cualidad. Cae por su propio peso, sin embargo, que en lo que se refiere a la significancia de cada particular afecto, la cantidad es inseparable de la cualidad, ya que dos afectos distintos, aunque se descarguen con la misma intensidad, no despiertan el mismo grado de tolerancia. Dicho en otras palabras, para constituir una significancia es tan indispensable la cualidad como la cantidad.

Cualidad y cantidad, forma y sustancia

La conciencia, afirma Freud, deriva de la percepción, y por lo tanto todo lo que en ella ingresa tiene que estar intermediado por restos mnémicos de alguna percepción. Así, pues, será la conciencia de la metapsicología freudiana, un órgano nacido de la percepción. Últimamente hemos insistido (Chiozza, 1998f), especialmente a partir de las ideas de Humphrey (1993), que la sensación de estar percibiendo es un núcleo no menos fundamental que el perceptivo en la constitución de la conciencia.

Dentro de la concepción freudiana para que una representación inconciente devenga conciente deberá "transferirse" sobre otra preconciente constituida sobre los restos mnémicos de alguna percepción. Es evidente que, si esa transferencia sólo fuera cuantitativa, mal podría ser la representación preconciente un derivado específico de la otra, inconciente. Más aún, si lo único transferido desde lo inconciente fuera cantidad no tendría sentido postular la existencia de representaciones inconcientes. Una condición inevitable para que una representación inconciente logre acceso a la conciencia será entonces la transferencia de la forma o cualidad de esa representación inconciente a una representación preconciente.

Debemos añadir ahora que se trata, además, de la transferencia, sobre la huella mnémica de una percepción, de una finalidad que como tal, como sentido, nació independiente de la conciencia actual e independiente de la percepción sobre cuya huella se transfiere.

No encontramos en nuestra vida cotidiana formas sin sustancia ni sustancias sin forma, pero una misteriosa cualidad de nuestro aparato de pensar nos permite concebir no sólo la posibilidad de "transformar" la forma, sino la sustitución de la materia que llamamos sustancia. En la simple experiencia cotidiana de realizar el molde de una llave, vemos cómo la forma "viaja", o se transfiere, del hierro a la cera. Una cera que ahora contiene la "información" de la llave.

La relación entre forma y sustancia que subyace al fenómeno que denominamos transferencia constituye el fundamento y el contenido de todo vínculo y de todo pensamiento. Numerosas palabras, entre las cuales mencionaremos "representante", "metáfora", "alusión", "transferencia" y "símbolo" denotan distintas caras de un mismo poliedro.

Cuando, durante el ejercicio de nuestra profesión, interpretamos la transferencia en una sesión psicoanalítica, llevamos a la conciencia del paciente dos diferentes experiencias, la experiencia de que hay algo, que ha transferido desde un conjunto representacional a otro, algo que ahora es conocido como separable del conjunto de representaciones que integraba, y la experiencia también "nueva" de que existe esa posibilidad de transferir. A medida que progresa el análisis esa segunda experiencia, esa deuteroexperiencia de la transferencia como forma que cambia de sustancia, se consolida, y se incrementa en el paciente la capacidad de poner en juego al "como si".

La transferencia como reactualización

Solemos hablar de la actualidad de la transferencia, pero, en realidad, deberíamos llamar reactualización al "grado", o a la "forma" de actualidad que se observa en una transferencia "normal". La reactualización es a la actualidad del ahora, lo que la representación es a la presencia en el aquí.

La re-presentación no es presencia ni es ausencia, porque presencia y ausencia son los antagónicos que le sirven de marco natural. Habitualmente llamamos ausencia a una ausencia específica, que se constituye cuando una particular ausencia se acompaña de la representación del objeto que no está presente. Una presencia específica se constituye, en cambio, porque la especificidad de lo que se percibe es otorgada por la representación que acompaña a la percepción.

Decimos que la representación (o el recuerdo) de un determinado objeto nos permite reconocerlo como tal cuando lo percibimos, es decir cuando su representación surge acompañada de signos de realidad objetiva, y que, ante la carencia de esos signos, la representación nos permite reconocer una particular ausencia.

Análogamente la actualidad de una determinada sensación, que produce los correspondientes signos de actualidad, es específica porque la acompaña una reactualización que transporta, desde el pretérito, el significado que le da su particular significancia. Siento, por ejemplo, vergüenza, y sé que es vergüenza lo que siento. Cuando, en cambio, los signos de actualidad no se producen, la reactualización nos da noticia de una particular disposición que se mantiene latente. Así ocurre cuando añoramos o tememos, por ejemplo, una determinada emoción que podemos evocar pero que ahora no sentimos.

Mediante la representación podemos, sin embargo, "imaginar" como presente algo que no tiene la presencia, es decir que no impresiona a nuestros órganos de percepción. En tal caso lo representado, a mitad de camino entre la presencia y la ausencia, equivale a una presencia y a una ausencia ficticias o, si se prefiere, crea una ficción de ambas, porque la verdadera ausencia, la ausencia radical, es una ausencia sin siquiera noticia de una particular ausencia, y la verdadera presencia se acompaña de los signos de realidad objetiva propios de la percepción.

Consideraciones semejantes son válidas para la re-actualización, cuando funciona a mitad de camino entre actualidad y latencia, entre acto y potencia, entre cinético y potencial, o, si se prefiere, entre la acción y la disposición. Mediante la reactualización "re-sentimos", como si fuera actual, algo que no produce "ahora" las sensaciones "completas" que diferencian la actualidad de la latencia. La reactualización corresponde entonces, al "como si" del teatro y del juego, dentro del cual transcurre también la transferencia que consideramos "normal".

Es lícito decir, entonces, que la reactualización puede equivaler a una actualidad y una latencia ficticias, o que puede crear una ficción de ambas; y que conviene distinguir entre los signos de actualidad plena, propios de la sensación que denominamos actual, y signos de descargas menores, sensoafectivas, que corresponden a la reactualización de sensaciones que no son actuales. Podemos decir esto mismo afirmando que la cantidad y cualidad utilizada en la reactualización es menor y distinta que la que hubiera ocurrido si la particular actualidad reactualizada fuera verdaderamente actual, mientras que en la "pura" e hipotética latencia no se moviliza cantidad alguna.

Las cantidades utilizadas (o descargadas) en la representación, la remembranza o la rememoración de percepciones, parecen ser menores que las comprometidas en la reactualización, el recuerdo (emocional), o el resentimiento de las sensaciones.

Cuando debido a la ausencia del objeto, no se producen los signos de realidad objetiva, decimos que la representación de ese objeto ingresa a la conciencia gracias a los signos que Freud denominó "signos de descarga lingüística". Gustavo Chiozza (1999)1 sostiene que tales signos son los mismos signos de realidad objetiva operando a "pequeña cantidad", y que lo mismo puede decirse de los signos de descarga sensoafectiva con respecto a los signos de actualidad.

Cualidad y cantidad de la transferencia

Cuando lo representado se confunde con una presencia se trata de una alucinación. Cuando lo reactualizado se confunde con una actualidad se trata de lo que suele llamarse una transferencia masiva, es decir una transferencia en la cual se pierde la noción de "como si". Se trata entonces de un equivalente "afectivo", en el terreno de la sensación, de lo que, en el terreno de la percepción, es una alucinación.

Freud enuncia dos teorías levemente diferentes con respecto al fenómeno alucinatorio típico de los sueños y del cumplimiento de deseos. En el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900a [1899]*) sostiene que lo representado, cuando supera un cierto umbral de investidura, inviste "desde adentro" los signos de realidad objetiva y queda alucinatoriamente confundido con una percepción. Sin embargo, en El Proyecto de una psicología para neurólogos (1950a [1887-1902]*) denominaba "identidad de pensamiento" al proceso, secundario, por el cual se establecía que las diferencias entre lo percibido y lo representado no eran suficientes para justificar el rechazo del objeto y la inhibición de la descarga. La "identidad de percepción", que funciona en el cumplimiento alucinatorio de deseos se establece, en cambio, como un proceso primario que "niega" la magnitud de la diferencia confundiendo, en una identidad ficticia, lo representado con lo percibido. Gustavo Chiozza (1999)1 construye un análogo de esta teoría para el caso de la sensación, estableciendo una diferencia semejante entre una identidad, secundaria, "de sentimiento", y una identidad, primaria, "de sensación".

La situación en la cual una presencia específica, es decir una presencia acompañada de su representación, se confunde con la ausencia especifica, constituye el fenómeno denominado alucinación negativa.

Podemos preguntarnos ahora cuales son los equivalentes, en el terreno sensoafectivo de la actualidad, del fenómeno que, en el terreno perceptivo de la presencia, llamamos "alucinación negativa".

Cuando una actualidad específica acompañada de los signos de plena actualidad, es registrada como si se tratara de una reactualización que carece de esos signos, nos encontramos frente a la transformación ficticia de una significancia en un significado. Se trata en realidad de una negación de la significancia que es propia de la intelectualización y que no impide, como impide la represión, el desarrollo de un particular afecto, sino que se limita a "desconocer" su importancia. Recordemos que Freud definía a la negación como el sucedáneo intelectual de la represión. Podemos pensar, entonces, que la pretendida incapacidad de transferencia de algunos pacientes, o la supuesta carencia de afectos del carácter esquizoide, se constituyen, por lo menos en parte, mediante una negación similar.

La realidad psíquica y la realidad del mundo

A partir del concepto de representación ingresamos en otra cuestión apasionante, la cuestión de la realidad psíquica. Creo, a pesar de que pueda parecer un poco extremo, que no deberíamos usar la palabra realidad para referirnos a lo que existe (en el psiquismo) privado de los signos de realidad objetiva, es decir que sólo existe para el "mundo" de representaciones. Me parece mucho mejor preservar, para evitar equívocos, la palabra "real", derivada del término res, que significa "cosa", para la cosa que se percibe en el espacio a través de los órganos sensoriales.

No cabe duda de que lo imaginario existe, porque si no existiera nadie entendería a qué me refiero cuando uso la palabra "centauro", pero el centauro no posee la realidad del caballo.

Decir que el centauro pertenece a "la realidad psíquica" me parece un retorcimiento innecesario. Es más correcto decir que existe, "fuera de la realidad", en el terreno de la representación que llamamos imagen.

Todo "marcharía sobre rieles" si no fuera por el hecho de que lo que percibimos como real no es la forma de la "cosa en sí" sino su apariencia en el encuentro que tenemos con ella. De modo que no percibimos las formas de las cosas, sino "mapas" acerca de esas formas, pero como los mapas son construcciones imaginarias que se aproximan a la forma de la realidad, pero nunca pueden coincidir con ella, tenemos que llegar a la conclusión que esta famosa realidad perceptiva, dentro de la cual vivimos, es también una "imagen"; la más habitual o consensual de las imágenes, pero imagen al fin.

Vivimos, pues, dentro de distintas "imaginaciones", que son mapas de una realidad cuya "última" forma es inaccesible. La realidad que se construye con el recurso de los "cinco" sentidos y se configura como una representación que llamamos "realidad" no es otra cosa que una representación en la cual creemos con un mayor grado de creencia que en todas las demás.

Lo que hoy llamamos "realidad virtual" se parece cada día más a "la realidad" en la cual vivimos, y al mismo tiempo nos genera una vivencia nueva que ya no es patrimonio exclusivo de los teóricos ni de los científicos, sino que alcanza al hombre de la calle. Quienes pasan muchas horas frente a la computadora alternando las distintas "ventanas" que acceden a diferentes realidades virtuales, suelen llamar a la realidad "ventana real", porque tienden a considerarla como una ventana más entre las otras.

Reparemos en que las formas de la realidad no se oponen necesariamente a la imaginación. La diferencia entre la realidad y su imagen, más que en la forma radica en la sustancia. Este es el punto al cual, por fin, tenemos que llegar. Dentro de la teoría psicoanalítica la distinción entre la imagen y la cosa es fundamental. La imagen carece de la capacidad que posee la cosa para hacer cesar la excitación en su fuente. Lo que diferencia la sustancia de los sueños de la sustancia de la realidad radica enteramente en esa capacidad, y aunque es cierto que, como dijo Próspero, estamos hechos de la sustancia de los sueños, también es cierto que por nuestra forma circula la carne de la realidad.

 

La realidad objetiva

El tema de la realidad en la cual el hombre vive nos lleva a ocuparnos de una cuestión fundamental. En sentido riguroso llamamos percepción a la función de los órganos sensoriales que genera en la conciencia las categorías de la ciencia física. Cuerpo, espacio, materia, energía, movimiento, causa, efecto y mecanismo, son conceptos que constituyen el mundo que denominamos físico.

Es obvio, y a la vez pasa desapercibido, que la percepción de una realidad que llamamos "objetiva" es una percepción de objetos, de "cosas" que, en primera instancia, forman parte de ese mundo físico. De hecho, como lo hemos dicho ya, la palabra "realidad" deriva del término res, que significa "cosa".

Pero la etimología de la palabra "objeto" nos enseña algo más. "Objeto" es lo que arrojo frente a mí. Es una parte de mi experiencia que proyecto "allí", a suficiente distancia de mí mismo, como para constituir la noción de que vivo "aquí", en un lugar limitado y en un mundo "presente". Creo en la existencia real de ese mundo que, además, en el ejercicio de la percepción, categorizo como "físico".

Ese mundo "físico" poblado de objetos es un mapa que construye mi conciencia acerca de un supuesto territorio que no me gusta llamar incognoscible, porque prefiero afirmar que la capacidad de distinguir entre mejores y peores mapas lleva implícito que soy capaz de conocer.

Suelo pensar que mis mapas son buenos y "objetivos" cuando las acciones que en ellos se basan alcanzan su meta, pero en ausencia de esa experiencia, puedo recurrir a la coincidencia de mis mapas con los que otros trazaron. En otras palabras: llamaré entonces, desde este punto de vista, percepción de la realidad objetiva, a la percepción que posee consenso o, también, a la percepción defendida por una autoridad que posee consenso.

Tal vez nos hemos liberado de la cárcel constituida por la necesidad de poner un límite a la cantidad de los órganos sensoriales que definen a la percepción, ya que la percepción quedaría ahora mejor definida por la característica de constituir "objetos". Mediante la percepción realizamos "objetivaciones" de la realidad y también cuando cuestionamos u "objetamos" esas construcciones realizamos "objeciones".

La realidad subjetiva

La aventura epistemológica no termina sin embargo con la exploración de los objetos de la percepción. Siento placeres y dolores, alegrías y penas, que son actuales porque actúan sobre mí, y porque motivan "ahora" mis acciones y animan mi vida. En ese sentido soy sujeto, sujeto de una realidad subjetiva, en cuanto sujetado a eso que siento y que motiva lo que hago y aquello que valoro. En términos rigurosos llamo sensación (o sensación "somática") a esas "sujeciones" que me afectan y que registro de modo directo, sin intermediación de mis órganos sensoriales y sin la necesidad primordial de constituir objetos. En verdad ocurre que cuando utilizo el concepto de "sujeto" objetivizo esas "sujeciones".

Es un goce, o un sufrimiento que, en primera instancia, llega a mi conciencia sin necesidad de la palabra, otorgándole su significancia "psíquica" al instante en el que vivo.

Se trata, como dije antes, de lo que motiva mis acciones pero, cuando mis reacciones no son inmediatas y automáticas, cuando debo pensar acerca de ellas, necesito llevar la sensación que me afecta, a un distinto grado de conciencia, a partir del cual, si todo marcha, construiré luego un nuevo automatismo inconciente.

Ese distinto grado de conciencia se obtiene ligando mis sensaciones con huellas mnémicas de anteriores percepciones. Esas huellas mnémicas de antiguas "presencias" objetales, son re-presentaciones. Las sensaciones actuales que animan mi vida "subjetiva", adquieren así, en préstamo, las cualidades que son propias de los "objetos reales", y originan de este modo la categoría "psíquica" que llamamos "realidad subjetiva". Pero esas "re-presentaciones" de sensaciones que, a través de las imágenes de los "objetos reales", logran acceso a la conciencia, son, en rigor de verdad, reactualizaciones.

Tal como lo expresamos ya en otro lugar (Chiozza, 1998f, págs. 369-370) el afecto, que nace primordialmente como una sensación somática, se constituye habitualmente como una formación "mixta" que "ubica" la sensación en el objeto constituido como un órgano del cuerpo, y la refiere, además, al vínculo con un objeto del mundo.

Alma, tiempo, historia, drama, importancia, significado, expresión, simbolización, recuerdo, deseo, mito, fantasía, persona, ética, estética y universo de valores, son conceptos que constituyen el mundo que denominamos "psíquico". Creo en la existencia "real" de ese mundo que además, en el ejercicio de una elevación del grado de conciencia de la sensación, llamo "psíquico".

Ese mundo "psíquico" es un mapa que construye mi conciencia acerca de un supuesto territorio inconciente que (repitiendo palabras y argumentos que hace poco usé) no me gusta llamar incognoscible, porque prefiero afirmar que la capacidad de distinguir entre mejores y peores mapas lleva implícito que soy capaz de conocer.

Lenguaje e historia

Si el cuerpo se caracteriza por su presencia física en el aquí de un espacio, y el afecto por su actualidad en un ahora temporal que es siempre transferencia, ¿qué podemos decir acerca de la relación entre lenguaje e historia? ¿Podremos decir que el lenguaje transforma la realidad en historia? De eso precisamente se trata, pero aclaremos enseguida que la realidad, para un psicoanalista, no es el producto de un conocimiento "objetivo", sino que radica en esa forma particular de la existencia que se resiste a la materialización de nuestros sueños.

El lenguaje nomina objetos, cualidades, acciones, sentimientos, valores y también relaciones entre todos estos referentes. Cada uno de estos referentes, se trate o no de un objeto, queda "objetivado" por obra del lenguaje mediante la operación de un concepto que transforma, por ejemplo, la cualidad de blanco en blancura y la cualidad de bueno en bondad. El concepto define así el significado de una palabra que alude a un referente transformado artificialmente en objeto.

En la concepción crono-lógica que sustenta habitualmente nuestro pensamiento, la historia es aquello que ocurre a los objetos por el mero transcurso del tiempo. Pero si devolvemos al tiempo su carácter primordial, cuyo sustancia esencial, cualitativa, es precisamente la significancia que constituye la razón de ser de la historia, no es el lenguaje el que desarrolla, en el tiempo, una historia, sino que, por el contrario, es la significancia histórica actual la que origina la posibilidad y la necesidad del lenguaje.

La palabra no es, pues, la unidad elemental del lenguaje, sino la frase que, completa en sí misma, como mensaje significativo, contiene, por sí sola, la actualidad que se vuelve urgencia en cada instante vivido.

El lenguaje no nace, pues, en su origen, como esa "jerga" intelectual que llamamos teoría, sino que nace como un lenguaje "de la vida", como un "lenguaje de órgano" cuya función esencial es compartir emociones. Un lenguaje de órgano que no sólo evoluciona hacia los giros lingüísticos, o hacia las formas de expresión del pueblo en los distintos idiomas, sino que alcanza las formas abstractas de los sistemas teóricos.

Pero el referente esencial de tales sistemas abstractos, nacidos del pensamiento que busca anular la carencia, volvemos a encontrarlo en las alteraciones de la forma y función de las vísceras. Nos enfrentamos así con el hecho, trascendente y conmovedor, que, en la confluencia de la física y la historia, no sólo el lenguaje es una manifestación de la vida, sino que, además, la vida misma, con sus vicisitudes, es una manifestación del lenguaje.

Notas

1 Ideas tomadas del trabajo "Acerca de las relaciones entre presencia, ausencia, actualidad y latencia", presentado en diciembre de 1999 en el Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación Luis Chiozza.

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