Dr. Luis Chiozza
Capítulo II
ACERCA DE LA LOCALIZACIÓN Y EL MOMENTO DE LA ENFERMEDAD SOMÁTICA1
El espacio y el tiempo
1) La noción de espacio deriva primariamente del ejercicio de los órganos sens oriales en la relación con un mundo de objetos percibidos como cuerpos que ocupan un lugar de manera inexorable. La teoría que nace de este modo constituye la física. Materia, cosa, naturaleza y ser, son conceptos que derivan fundamentalmente de la física.
2) El llamado mundo interior, o el "aparato psíquico extenso" que, de acuerdo con Freud (1940 a [1938]), constituye la primera hipótesis fundamental del psicoanálisis, implica la existencia de un espacio construido de manera imaginaria. Si aceptamos que un espacio virtual (como ocurre, por ejemplo, con el que existe entre las pleuras visceral y parietal) es un espacio potencial, un espacio que puede transformarse en actual y tangible, el espacio imaginario no alcanza la categoría de un espacio virtual..
La noción de que el espacio psíquico es interior es igualmente imaginaria. El adjetivo "interior", utilizado para cualificarlo, y su consecuencia inmediata, la utilización del calificativo "exterior" para distinguir al espacio físico, sensorialmente presente, no aluden por lo tanto a una diferenciación entre dos categorías distintas dentro de una misma percepción sensorial de la realidad, sino a una imagen simbólica, representativa, intelectual, sobre la existencia del yo como una "membrana" que separa dos espacios y dos mundos.
Esta representación es una metáfora que proviene de la contemplación de un adentro y un afuera en el cuerpo físico de un organismo vivo, y su confusión con una fuente primaria del conocimiento, es decir con aquello que algunos filósofos denominan una evidencia básica, es perjudicial. La vida que cada uno experimenta como propia, o las emociones y pensamientos, sean concientes o inconcientes, no están más adentro del hombre que contemplamos de, lo que la historia de Francia esta dentro de Francia o la biografía de Napoleón dentro de Napoleón. Emociones, pensamientos, historia y biografía, son conceptos que nada tienen que ver con el espacio. No son cuerpos y, por lo tanto, no ocupan un lugar. A lo sumo podemos afirmar que les suceden a (o suceden con) determinados cuerpos mientras estos últimos ocupan un determinado espacio.
3) La noción de tiempo deriva primariamente de la vivencia de un transcurso. Esta vivencia depende de la función de un recuerdo, como posibilidad de evocar una presenciaenausencia de la cualidad perceptiva, cualidad que, de acuerdo con Freud, depende de los llamados "signos de realidad objetiva" (FREUD 1950a [18871902]*, pág. 370). Se constituye así aquello que, en sentido amplio, llamamos representación. La teoría que nace de este modo constituye los fundamentos de una ciencia histórica genuina, liberada de una dependencia hacia la física que, en lugar de fecundarla, contribuye a distorsionar su verdadero sentido. Idea, importancia, cultura y padecer, son conceptos fundamentales de esta historia genuina.
La afirmación de que la noción de tiempo deriva primariamente de una vivencia más que del ejercicio de una percepción, resulta a un mismo tiempo trascendente y subversiva del orden habitual.
4) El llamado "tiempo objetivo", o "tiempo físico", es un tiempo construido, transformado, representado, percibido o medido, mediante su conversión artificial en espacio. El reloj (todos los relojes, sean naturales o artificiales) es un aparato que convierte la noción tiempo en la noción espacio. Es un proceso forzado de objetivación que hace presente el tiempo al ejercicio de la percepción "objetiva", pero al precio de transformarlo en un "tiempo secundario" que solo es un símbolo del tiempo patente a la vivencia. Sorprende pensar que este tiempo físico objetivo no es otra cosa, como tiempo, que un tiempo imaginario, pero sin embargo, es obvio. Podemos comprender así el sentido pleno de la afirmación coincidente en Weizsaecker (1947, 1956 [1951]) y Ortega y Gasset (193233) acerca de que la vida no transcurre en el tiempo, sino que, por el contrario, es el tiempo el que ocurre en la vida2.
Las dos preguntas de Weizsaecker
Cuando Freud relata su interpretación psicoanalítica de la enfermedad de Isabel de R. (FREUD, S., 1895d) él mismo se sorprende, acostumbrado a la terminología científica de la biología y la medicina de su época, por el carácter literario que su historial adopta. Y necesita justificarse, alegando que la razón de semejante estilo depende de la peculiar manera de ser de los hechos tratados.
Han pasado los años, y en el desarrollo de la teoría psicoanalítica, esta consigna de Freud no ha despertado una atención acorde con la importancia que posee. Llevados por la idea de que el único conocimiento genuino es el conocimiento que llamamos científico, y entendiendo por ciencia solo aquello que deriva, en última instancia, de la ciencia física, hemos perdido de vista sectores enormes de lo que constituye una sabiduría verdadera. Sabiduría que, a pesar de que no cabe entera en lo que conocemos a partir de la física, y se encuentra incomoda y deformada en el continente estrecho de lo que conocemos por lógica (BATESON, G., 1972; CHIOZZA, L. 1970j [1968]; GREEN, A., 1972; WADDINGTON, C., 1977), no deja por eso de seguir constituyendo un conocimiento genuino.
Se han escrito muchas páginas, pero, en general, objetos y mecanismos, impulsos, funciones y estructuras (entre ellas también el lenguaje), son los "protagonistas" que tejen un suceso cuyo lugar de ocurrencia es concebido como un "aparato extenso" o, cuanto más, como el "campo dinámico" de una relación que, aunque se afirme que ocurre entre personas, no alcanza para disimular el hecho de que en la teoría no se encuentra suficiente espacio para ubicar a un sujeto.
La antigua denominación de "historial" ha caído en desuso y suele ser reemplazada por la "presentación de un caso". El "caso" es siempre un caso de "algo", y ese "algo", generalmente un diagnostico pero a veces también un mecanismo (por ejemplo hipocondría, impotencia o predominio de la identificación proyectiva), es siempre un abstractus conceptual y racional que, inevitablemente, mutila y, por lo tanto, distorsiona la realidad vital considerada. Nada habría que objetar a formulaciones semejantes que, por otra parte, nos han enriquecido con multitud de conocimientos operantes y valiosos, si no fuera porque en ese camino se han perdido otras formas del existir y es menester urgente el volver por ellas.
Si reflexionamos en la observación de Freud acerca del carácter literario que adquiría espontáneamente su pretensión de relatar escuetamente los hechos de su ciencia nueva, y también sobre qué es lo que tienen de común la literatura y los acontecimientos que constituyen la materia prima de la ciencia psicoanalítica, caemos en la cuenta de que la manera en que el psicoanálisis interpreta la enfermedad le conduce al descubrimiento de un significado (reprimido e inconciente) que solo tiene sentido en la medida en que se lo identifica como el drama de una persona atravesando una peripecia en el conjunto que constituye la historia de una vida que experimenta su propia existencia.
Frente a los desarrollos derivados de una física que pretende explicarnos el cómo ocurre lo que ocurre, el resultado de la interpretación psicoanalítica nos ofrece siempre además una historia que nos permite comprender al mismo tiempo el por qué de la localización que la enfermedad adopta y el por qué del momento en que aparece. Como ejemplo de lo que acabamos de afirmar basta recordar el historial de Isabel de R. recientemente mencionado.
Weizsaecker (1947), frente a la enfermedad somática, reformula de manera rigurosa este doble interrogante que en Freud queda tácito y se pregunta: ¿por que precisamente aquí? (en este lugar del cuerpo, y no en otro) y ¿por que precisamente ahora? (y no antes o después). Estas dos preguntas, que testimonian de manera dramática acerca de la insuficiencia de nuestros principios explicativos habitualmente fundamentados en las leyes que relacionan causas y efectos, reintroducen, en el intento de comprender el significado de la enfermedad, las nociones de espacio y de tiempo.
El dolor en la cara de Dora
En el capítulo anterior, examinando la interpretación que hace Freud del dolor que Dora sufre en la cara quince meses después de haber finalizado el tratamiento, subrayaba que la bofetada que Dora había propinado al señor K. permitía comprender la localización del síntoma, mientras que las noticias que acerca de Freud Dora había leído en un periódico, nos orientaban sobre el momento de aparición del malestar. Una interrelación curiosa, que me propongo retomar ahora, llama entonces la atención. Es importante analizar, desde el punto de vista que venimos desarrollando, dos elementos en el entretejido de esta "conversión" somática.
La bofetada fue un suceso que se realizo como un acto materialmente ejecutado y sensorialmente percibido, y pertenece como tal al universo de acontecimientos de los cuales hemos dicho que deriva, de manera primaria, la noción del espacio fundamental, el de la ciencia física.
La lectura de las noticias sobre Freud que el periódico publicara también pertenece, aparentemente, a este universo con el cual el yo se vincula a través de los sentidos. Tal lectura constituye, para usar una expresión habitual en Freud, "un suceso real". Sin embargo, a poco que meditemos, encontramos importantes diferencias entre el acto de propinar una bofetada y este otro constituido por la lectura de una noticia. La primera ejecución despierta la idea de un movimiento pleno, de un ejercicio corporal completo en el cual, aunque quede comprometida una significación que influye en la magnitud y en la calidad de la injuria, el aspecto material, implicado en la percepción polifacética de sus efectos, es sobresaliente. La lectura de las noticias pertenece a otro universo. Aquí no cabe duda que lo sobresaliente es el recuerdo, la idea o la representación que, por lo menos al principio, no comprometen una "descarga" a plena cantidad.
Es cierto que, como Freud afirma, nadie puede ser matado "in absentia o in effiggie" (FREUD, S., 1912b), y que fue la lectura del periódico, como "suceso real", el mordiente que reactualizó la transferencia, pero también es cierto que, como suceso material, hubiera sido insignificante de no mediar la significación que recibió precisamente por obra de la transferencia (que no es otra cosa que la tran sformación de un "recuerdo inconciente"). Dijimos antes que en este universo de la significación y del recuerdo, al cual pertenece la vivencia del transcurso y también su contraparte: la perpetuación eterna del pasado y la constante presencia del futuro, se genera de manera primaria la noción del tiempo fundamental, el de la ciencia histórica genuina.
La bofetada que nos permite comprender la ubicación espacial del dolor en la cara de Dora es una cosa física. A la noticia leída, en cambio, le ha sido atribuida una importancia que nos permite comprender el momento de la aparición del síntoma, como la adjudicación o la llegada de un tiempo cualitativamente significado: la hora de la venganza y la expiación.
Es necesario preguntarse ahora: ¿debemos atribuir a una coincidencia casual el hecho de que el factor que fue experimentado en el "universo del espacio físico" permita comprender la localización en el cuerpo y el factor que fue experimentado en el "universo del tiempo histórico" nos permita comprender el momento de la vida en que el dolor aparece? Las observaciones futuras dirán la última palabra.
Notas
1 El contenido del presente capítulo corresponde, con escasas modificaciones, al texto publicado en EIDON, año 5, Nº 8, CIMP, Buenos Aires, 1978, págs., 7581.
2 Por esta misma razón la muerte de cada uno no pertenece a su propia vida, ya que no ocurrirá dentro de ella. Es posible que uno esté presente en su agonía, pero nunca lo estará en su propia muerte. En la vida de cada cual la muerte se diferencia de muchas otras vivencias en que sólo posee una cara, la muerte del otro. Es difícil que la afirmación de Freud acerca de que la muerte carece de representación pueda adquirir en alguna otra formulación una fuerza de convicción semejante.