Dr. Luis Chiozza
Capitulo III
PRESENCIA, AUSENCIA Y REPRESENTACIÓN 1
Cosas e imágenes
A medida que profundizamos en la teoría psicoanalítica se nos va haciendo cada vez más evidente que uno de sus fundamentos esenciales reside en la posibilidad de distinguir entre las cosas y las imágenes. Es difícil presentar esta cuestión en toda su primitiva pureza, porque debemos hacerlo a través de palabras que poseen, tanto por su origen en una definida conceptualización arcaica como por la distintas vicisitudes de su uso en las sucesivas evoluciones de esas organizaciones conceptuales, connotaciones implícitas, muchas veces inconcientes, que suelen llegar hasta el extremo de ir a contracorriente de lo que uno quiere significar cuando las usa.
El término "realidad", por ejemplo, que deriva de la palabra res, que significa "cosa", y que en su origen se refería precisamente a la cosa tal como era concebida por el realismo griego, es decir como algo que está "ya ahí", con independencia de toda conciencia percipiente (Ortega, 19321933), adquirió posteriormente otras significaciones que nos permiten hablar de una "realidad" psíquica o de una "realidad" histórica. Reparamos ahora sin embargo en que estas son designaciones que nos precipitan en equívocos a los cuales no escapa el mismo Descartes cuando nos habla de una res cogitans (Ortega, 19321933).
Teniendo en cuenta que la psicología y la historia tratan con una forma de existencia que no corresponde adecuadamente con esa otra forma que, en origen, denominamos "cosa", debemos redefinir aquello a lo cual hacemos referencia con el uso de la palabra "realidad", alterada en su sentido primitivo, en las designaciones "realidad psíquica" o "realidad histórica".
La distinción fundamental entre cosas e imágenes, que mencionamos hace algunos instantes, puede ser quizás mejor presentada a través de los postulados primeros de la metapsicología, que nos plantean la diferencia existente entre la presencia del alimento percibido, que puede incorporarse y trae por efecto la desaparición de la necesidad que emana de la fuente instintiva, y la presencia del alimento recordado, que constituye el deseo, pero que no puede satisfacer la necesidad.
Percepción y recuerdo son dos modos distintos de presentación en la conciencia. La percepción se acompaña de lo que Freud denomina "signos de realidad objetiva"; el recuerdo no (Freud, 1950a [18871902]*, pág. 370). Los signos de realidad objetiva son signos de cualidad sensorial que señalan la existencia de las cosas. Una cosa es, en su sentido primitivo y riguroso, precisamente eso, algo que se manifiesta en la conciencia a través de los sentidos. Dado que dicha manifestación se acompaña de los signos de cualidad sensorial, decimos que la cosa posee caracteres organolépticos, lo cual significa que se puede ver, tocar, oír, oler o gustar.
Debemos luchar aquí con el uso y el prejuicio que limita cualquier existente a un ser "cosa". Las imágenes, los recuerdos, las fantasías, los pensamientos, no se presentan como cosas, precisamente porque su presencia en la concienc ia no se acompaña de los signos de cualidad sensorial. Es claro que podría defenderse el derecho (avalado por el uso y por la creencia en que dispone de una vertiente material) de nominar con la palabra "cosa" a cualquier tipo de existente; pero el ejercicio de ese derecho no nos ofrece ventaja alguna; por el contrario, quedaría oculta de este modo la importancia de las diferencias que es necesario establecer.
Cuando faltan los signos de realidad objetiva hay ausencia de una cosa. Reparemos aquí en un hecho fundamental: sólo puede registrarse la ausencia de una cosa cuando la presencia de su imagen señala esa ausencia. Ausencia es primordialmente sólo eso, una presencia en la conciencia privada de los signos de cualidad sensorial que señalarían su presencia material, es decir su "realidad objetiva".
Surgen aquí algunas cuestiones correlacionadas que no pueden eludirse sin comprometer la claridad.
En primer lugar debemos tener presente que si bien cuando nos referimos a los caracteres organolépticos que establecen las cualidades reales y materiales mencionamos los famosos "cinco sentidos", no se nos escapa que esta enumeración es sólo un esquema y que el progreso en la caracterización de otros sentidos nos conducirá en el futuro hacia la descripción de un campo que abarcará entre las cosas "sensibles" parte de lo que hoy se considera "percepción interna".
En segundo lugar debemos caracterizar al fenómeno alucinatorio (y al onírico) señalando que corresponde a una situación que implica la presencia de un tercero que juzga como ausente a la cosa percibida por el sujeto alucinado. Demás está decir que este "tercero que juzga" puede ser el mismo sujeto en "un instante posterior".
En tercer lugar es necesario recordar la distinción metapsicológica (Freud, 1950a [18871902]*) entre los signos de cualidad sensorial o signos de realidad, que certifican o denotan que una percepción es actual, y los restos mnémicos de la percepción sensorial, que corresponden al recuerdo de las percepciones sensoriales acaecidas, que configuran las llamadas cualidades sensoriales o atributos y que son las que utilizamos para hacer conciente lo inconciente o para integrar el reconocimiento de lo ahora percibido.
En cuanto al concepto freudiano de una "realidad cogitativa" vinculada a los signos de descarga aportados por el lenguaje, valen por el momento las consideraciones que hemos realizado con respecto a las "realidades" psíquica o histórica, y lo mismo ocurre con la llamada auto "percepción" de la conciencia.
En cuarto lugar señalemos que el concepto "metafísico" de ausencia, es decir lo que llamamos "nada", podría aparentemente oponerse a la definición, anteriormente realizada, de que ausencia es una presencia en la conciencia privada de los signos de cualidad sensorial. A pesar de esta objeción es posible sostener (sin que esto sea de todos modos esencial para el planteo que efectuamos) que el concepto "nada" corresponde a la abstracción generalizadora de una vivencia que se inicia como ausencia de una cosa concreta, para significar enseguida la ausencia del conjunto de todas las cosas concretas conocidas y posteriormente, más allá de la vivencia vinculada a la presencia de imágenes particulares, la difícil concepción de "toda ausencia".
Presencia, ausencia y representación
Cuando decimos de algo que se halla presente en la conciencia, reconocemos implícitamente la posibilidad de una ausencia equivalente, es decir de una ausencia en la conciencia. Es necesario distinguir sin embargo entre el uso amplio, ambiguo, de estos términos, y un uso restringido más riguroso.
Usamos el término "presencia", en sentido riguroso, para referirnos al conjunto formado por la presencia en la conciencia más los signos de la cualidad sensorial, es decir para el conjunto que corresponde a la percepción actual de las cosas, que son los cuerpos físicos en el mundo de la realidad material.
Usamos el término "ausencia", en sentido riguroso, para referirnos a la conciencia de la falta de una cosa de ese mundo real y material. Pero es claro que esta ausencia sólo puede constituirse en la medida en que podamos evocar (o "inventar" combinando restos mnémicos) la imagen de esa cosa, imagen que, como cualquier otra fantasía, pertenece al "mundo" de la idea.
Para referirnos al "estar ahí", en la conciencia, de esa imagen evocada en ausencia de la cosa, conviene sustituir el término "presencia", que en este caso resulta equívoco, por el vocablo "representación", cuyo uso en este sentido es correcto y riguroso.
La palabra "representación" (Vorstellung en el texto freudiano) fue traducida por Strachey al inglés utilizando los términos "idea", "imago " o "presentación" que Etcheverry (1978, pág. 24) cuestiona por muy buenas razones. Ramón Alcalde, el traductor castellano de la monografía sobre las afasias (Freud, 1891b ), traduce Vorstellung (en los párrafos reproducidos por Strachey en el apéndice C agregado a "Lo inconciente") por "idea" o "concepto", lo cual, a pesar de no ser convincente como criterio general, se presta muy adecuadamente a las necesidades de la significación en algunos contextos.
Antes de penetrar en el estudio de las clases o modos de la representación y una vez definido el alcance preciso que asignamos a los términos: "presencia", "ausencia" y "representación", debemos introducirnos en el tema de las relaciones que establecen entre sí los existentes a que dichos vocablos se refieren.
Mientras que presencia y ausencia son opuestos y contradictorios absolutos sin lugar a dudas, la contradicción existente entre presencia y representación no es absoluta. A pesar de que la representación es la condición imprescindible que permite constatar la ausencia (lo cual equivale a afirmar que ausencia y representación vienen a ser, desde este ángulo, como las dos caras de una misma moneda), no es menos cierto que la percepción de una cosa (que se manifiesta así como presente) no excluye su representación simultánea, sino que, por el contrario, la lleva implícita en el reconocimiento de la cosa percibida.
Durante la percepción conciente (presencia), la representación correspondiente permanece inconciente. Por el contrario, durante la conciencia de la ausencia la representación correspondiente permanece conciente y es el vínculo de sus restos mnémicos con las cualidades de la percepción inconciente de la realidad objetiva que ahora está ocurriendo lo que permanece inconciente.
Weizsaecker (1962), a partir de sus estudios de neurofisiología, estableció el principio de que percepción y movimiento se excluyen recíprocamente de la conciencia aunque se implican mutua e inevitablemente en todo acto biológi co. Freud (1920g) supone incompatibles para un mismo sistema las funciones de la percepción y la memoria. Dijimos hace apenas un instante que percepción y recuerdo son dos modos distintos de presentación en la conciencia. Agreguemos ahora que percepción y recuerdo forman una unidad indisoluble, uno de cuyos términos es inconciente, lo cual equivale a afirmar que se excluyen recíprocamente de la conciencia.
Desde un punto de vista situado en la conciencia, para percibir debo dejar de recordar, y para recordar debo dejar de percibir. Pero la percepción conciente lleva implícito el recuerdo inconciente, y el recordar conciente encubre una percepción actual inconciente de un modo análogo al que determina el carácter actual y transferencial del relato histórico.
De manera que presencia y ausencia, opuestas y contradictorias entre sí, se refieren a un mundo diferente del de la representación. En este sentido es lícito decir que se le oponen y que, en esta oposición, se esclarecen e iluminan mutuamente. Presencia y ausencia pueden ser percibidas; se refieren al mundo de las cosas materiales que forman parte de la realidad. La representación puede ser evocada y manifestarse en la conciencia, pero denominar a esto "percepción" (aunque sea percepción "interna") es sólo una metáfora que va más allá del significado riguroso del vocablo "percepción".
La representación forma parte del "mundo" de la idea, en el cual rigen los conceptos de vivencia, significado e importancia, y cuando hablamos de la "realidad" de ese mundo simbólico, el término "realidad" pierde su significado riguroso para adquirir otro, secundario, que utilizamos por extensión para aludir a fenómenos existentes fundamentales en cuya caracterización más cuidadosa es necesario profundizar.
Los distintos tipos de representación
La representación, en un sentido amplio, es un recuerdo. El recuerdo se realiza a partir de la memoria, que es la huella o impresión que ha dejado la pre sencia de una cosa percibida. La carga (y la descarga) de una huella mnémica es un recuerdo, un deseo o una representación. Estos tres términos distintos aluden a un mismo referente contemplado desde distintos contextos o funciones.
La palabra "recuerdo" no suele usarse cuando la carga de la huella permanece inconciente. Una huella privada de su carga es una inscripción que forma parte de la memoria, pero deja de ser un recuerdo del mismo modo que deja de ser, rigurosamente hablando, una representación, dado que tanto la representación como el recuerdo o el deseo son procesos activos.
Una huella es siempre el producto de una percepción, aún cuando se trate de huellas heredadas o congénitas, puesto que, de acuerdo con lo que Freud (1923b, pág. 21) postula, el ello contiene "las innumerables existencias del yo", y este último se configura alrededor de un núcleo constituido por la percepción.
Podemos comprender entonces la afirmación freudiana acerca de que la representación de cosa se constituye a partir de los restos mnémicos de la percepción que configuran las llamadas cualidades sensoriales. Freud sostiene que durante el proceso cogitativo que acompaña al reconocimiento de lo percibido, la porción constante del complejo (es decir lo que corresponde a la identidad o invariancia en la comparación entre lo aportado por la percepción y lo aportado por el recuerdo) constituye la cosa. Esta porción invariante permanece, por lo tanto, junto a la comparación que la acompaña, inconciente y tan incognoscible como la "cosa en sí' de Kant (Freud, 1950a [18871902]*, 1915e). En cambio la porción inconstante, es decir la diferencia (Bateson, 1970), se hace conciente como atributo o cualidad (sensorial) (Freud, 1950a [18871902]*) y constituye las notas esenciales de la representación de esa cosa, que pasa así a ser conocida por sus atributos. Los nombres sustantivos derivarían por lo tanto de los adjetivos tal como "Pedro" deriva de "pétreo".
La "sustantivación" de los atributos implica que la representación de la cosa pasa a ser una representacióncosa, o, para expresarlo con mayor propiedad, una representaciónobjeto, ya que dijimos que, en sentido riguroso, utilizaríamos "cosa" sólo para designar los elementos de la realidad material. Usamos "objeto" para referirnos a una síntesis mentalmente construida. Para decirlo en los términos de Etcheverry (1978), el objeto mismo, lejos de ser una cosa dada en el mundo, es una representación 2.
El objetorepresentación es construido como una síntesis "total" de un conjunto de atributos que es provisional, es decir que permanece "abierto" a nuevas experiencias mutativas de esa construcción sintética. Cada uno de estos atributos o cualidades sensoriales, por ejemplo el color rojo, queda en cambio comparativamente "cerrado" (como queda cerrado todo concepto definido) en lo que respecta a su modificación por nuevas experiencias, en un sentido análogo a lo que Freud postula para el caso de las representacionespalabra.
Uno de estos atributos pasa a ser elegido como "representante" (Repräsentanz), es decir como símbolo del objetorepresentación completo, lo cual no es lo mismo que decir como representación (Vorstellung), ya que la representación (por ejemplo un retrato) posee una mayor cantidad de cualidades similares a las de lo representado (una persona) que su representante, (que en el ejemplo citado puede ser el apellido).
Es claro que una representación puede ser representante (símbolo) de otra representación. Es lo que suele expresarse de manera poco clara mediante los vocablos "representanterepresentativo" que traducen el término alemán Vorstellungrepräsentanz.
Cuando el objetorepresentación queda simbolizado por uno de sus atributos que pasa a ser su representante habitual y privilegiado, tanto el objetorepresentación como el ligamen que mantiene con su símbolo devienen progresivamente inconcientes.
Por un proceso análogo al de la sustantivación del atributo, la parte, símbolo, puede llegar a ser confundida con el todo, objeto, que primitivamente sólo constituía el referente del símbolo. El símbolo deviene así una "ecuación simbólica" y la imagen, inconciente, del objetorepresentación queda ahora tan "cerrada" al producto de nuevas experiencias como antes lo estaba el atributo utilizado como símbolo. Sólo mediante la discriminación conciente de la diferencia símboloreferente puede reabrirse a nuevas construcciones la imago del objetorepresentación inconciente que el símbolo "nomina", denota y connota.
A pesar de que Freud ha enfatizado que el devenir conciente de la representaciónobjeto depende de su conexión con la representaciónpalabra y sólo menciona alguna vez (Freud, 1923b) la posibilidad de un acceso a la concien cia (aunque de diferente cualidad) a partir de restos mnémicos visuales, parece indudable que nos hallamos en presencia de un proceso general más amplio, y que su comprensión más profunda nos llevará a poder describir mejor distintos tipos de conciencia.
Digamos por de pronto que la representaciónpalabra se constituye, a través de un proceso análogo al de la constitución de la representaciónobjeto, mediante la construcción integradora de distintas cualidades sensoriales, una de las cuales, los restos de la percepción acústica de una palabra oída, establece un ligamen prevalente con los restos mnémicos visuales de una particular representaciónobjeto.
El ser típico de la representación es la representación de una cosa. Esta clase de representación se genera primariamente a la manera de una imagen, a partir de los restos mnémicos de la percepción sensorial. La metáfora de una copia fotográfica se presta mal para representar este proceso que, en cambio, puede ser mejor representado mediante la alusión a una pintura subjetivamente realizada y dentro de la cual, por lo tanto, se reflejan los acentos e importancias que el artista deja impresos. Queda claro de este modo que la "mera" representación de una cosa ya es una interpretación y, por consecuencia, historia.
Dijimos ya cómo, a partir de la representación de una cosa (en esta o en las "innumerables y anteriores existencias del yo") se constituye y se hace inconciente la representaciónobjeto que es lo mismo que decir el objetorepresentación. Uno de los pilares básicos de la teoría psicoanalítica se funda en la postulación de una oposición entre representaciónpalabra y representaciónobjeto, oposición que Freud llega a equiparar con la que existe entre conciente e inconciente, lo cual, por las razones que ya hemos mencionado, nos parece excesivo.
La representación palabra y la representación de palabra
Señalamos hace apenas un instante que la reproducción fotográfica configura una metáfora inadecuada para el proceso constituido por la representación de una cosa. Pero una vez hecha esta salvedad, en su momento imprescindible para subrayar características de ese proceso ajenas a las de la mera reproducción fotográfica, debemos volver sobre dicha metáfora porque ahora nos resultará útil para introducir claridad en otros aspectos.
En la fotografía tenemos la cosa que debe ser fotografiada, la acción de tomar la foto y la reproducción de la cosa en la película bajo la forma de una imagen. En el proceso de representarse cosas, análogamente, tenemos la cosa a representar, la acción de representar y la imagen representada que constituye la representación.
Cuando la cosa representada es una palabra (subrayemos aquí que la palabra oída es, hablando con todo rigor, una cosa), nos encontramos ante la representación de una palabra, concepto que debe ser distinguido de otro fonéticamente muy próximo que corresponde al uso de una palabra como representación de una cosa (o, mejor dicho, de su objetorepresentación).
El uso de la palabra como representación se halla implícito en la expresión compuesta "representaciónpalabra". En el primer caso (la representación de palabra) la palabra (oída o leída) ocupa en nuestra metáfora el lugar de la cosa que debe ser fotografiada. En el segundo (el de la representaciónpalabra) la palabra (evocada, hablada o escrita) ocupa un lugar semejante al de la creación de duplicados de la imagen que se forma en la película.
Esta distinción, fundamental entre la representación de palabra y el uso de la palabra como representación o, mejor aún, como representante, y que no suele ser, a mi juicio, suficientemente subrayada, arroja luz sobre los diferentes gradientes de abstracción que mantienen entre sí las representaciones en su interrelación recíproca.
Notas
1 El presente capítulo corresponde, con escasas modificaciones, a una parte del texto que con el título "El problema de la simbolización en la enfermedad somática", fue publicado por primera vez en Revista de Psicoanálisis, t. XXXV, Nº 5, APA, Buenos Aires, 1978, págs. 901950.