Dr. Luis Chiozza
Capítulo VI
LA CAPACIDAD SIMBÓLICA DE LA ESTRUCTURA Y EL FUNCIONAMIENTO DEL CUERPO 1
En la sala de cirugía en donde se opera un enfermo de litiasis biliar, con el auxilio de una colangiografía, se ve una vesícula en el abdomen abierto y otra en la pantalla de radioscopia. Se piensa cotidianamente que la vesícula de la colangiografía es una representación, obtenida por medio de los rayos X, de la vesícula "real" que se ve en el abdomen, pero esto constituye un error. La vesícula que se observa en el campo quirúrgico, lejos de ser la "cosa en sí" vesícula, es una representación diferente, aunque más habitual, obtenida mediante la luz incidente. No sólo el color, sino la forma, observada en un microscopio, varía según el colorante con el cual se la ha hecho visible. De modo que aquello que vemos, oímos, tocamos, gustamos u olemos, siempre es el producto del encuentro entre la "cosa en sí" y nuestra posibilidad perceptiva, nunca la "cosa en sí" misma.
¿Qué designamos con la palabra cuerpo?
Para referirnos al cuerpo físico del hombre usamos habitualmente sólo la palabra "cuerpo", que la física utiliza para designar todo aquello que ocupa un lugar en el espacio. El lenguaje popular, en cambio, lo denomina simplemente "físico".
Las expresiones "cuerpo erógeno" y "cuerpo biológico", que se utilizan tan frecuentemente en el mundo "psi" de nuestros días, suelen llevar implícitos algunos equívocos que es conveniente examinar.
"Cuerpo erógeno", por su construcción, nos induce a suponer que pretende designar, en primera y principal instancia, a un cuerpo que genera u origina Eros; en otras palabras, el cuerpo que constituye la fuente de la sexualidad. Sin embargo, quienes utilizan frecuentemente esta expresión suelen sostener que su referente privilegiado es el cuerpo de la significación y el símbolo, los cuales pertenecen a un mundo "histórico" en donde el encadenamiento causal, y por lo tanto la idea de génesis, opera extrapolado desde un contexto distinto, científico natural.
Con las palabras "cuerpo biológico", habitualmente unidas a la afirmación de que este cuerpo es "asimbólico", suele designarse algo que, en rigor de verdad, está más cerca de ser el cuerpo físico. La palabra "asimbólico", usada en este contexto, quiere significar que si bien el cuerpo puede ser revestido por una significación otorgada por el psiquismo que "habita" ese cuerpo o por un "observador exterior", aquello que en el hombre se manifiesta como "cuerpo biológico" es precisamente la parte que no se ha realizado a sí misma como una creación simbólica, sino por el contrario como resultado o efecto de una causa antecedente.
Un uso semejante de la palabra "biológico" resulta, ya desde el comienzo, objetable. La biología es la ciencia cuyo objeto es la vida. La física, en cambio, sólo estudia en los cuerpos animados aquellos aspectos que estos cuerpos comparten con los inanimados. Por lo tanto, cuando nos referimos al cuerpo biológico de un hombre, debemos tener claro que si bien allí incluimos lo que nos enseñan la física y las ciencias que de ella derivan, la palabra "biológico", usada correctamente, compromete inevitablemente algo más.
La cualidad psíquica y la capacidad simbólica
Ese algo más no es solamente la complejidad fisicoquímica de una estructura o una función orgánica en la sutileza de una influencia endocrina o un mecanismo inmunitario o cibernético. Es fundamentalmente y ante todo la esencia misma de aquello que le otorga a un ser vivo su calificativo de animado, en otras palabras: su cualidad psíquica. Esa cualidad, cuyo conocimiento se resiste a los progresos de la física y la química que fundamentan la fisiología, no es en esencia otra cosa que su capacidad simbólica.
El símbolo, dicho de un modo esquemático, es el representante de un ausente. Dado que el carácter de ausencia surge como operación de un recuerdo, o deseo, que se refiere a un objeto que no se halla materialmente presente, tanto la creación de un símbolo como su lectura implican necesariamente la operación de un psiquismo. Recordar, desear, simbolizar, comprender o interpretar una significación, es decir establecer la relación entre el símbolo y el referente al cual alude, son, todas ellas, operaciones psíquicas que, a su vez, definen la cualidad del psiquismo. Cualidad que, como capacidad simbólica, se manifiesta en la posibilidad de establecer diferencias y atribuir valores o importancias.
Si bien la introspección nos permite hablar de símbolos eidéticos o mentales, la construcción simbólica se manifiesta, en última instancia, siempre como una realidad material. Pero para que esta realidad material denuncie su carácter de realización simbólica, debe evidenciar la capacidad de evocar en un psiquismo, con su presencia material, a otro existente que se halla materialmente ausente. (Si el referente se hallara materialmente presente no se trataría de un símbolo sino de un signo indicador).
Para que una realidad material fuera "asimbólica" debería ser absolutamente incapaz de provocar, con su presencia, la emergencia de algún recuerdo, deseo o significación. Esto, hablando con todo rigor, es imposible. Sin embargo, como hemos visto, la palabra "asimbólico" suele ser utilizada habitualmente con la asignación de un significado distinto. Suele decirse que una realidad material es asimbólica cuando, si bien puede ser revestida de una significación otorgada "desde afuera" por el sujeto que se vincula con ella, es incapaz, en sí misma, de generarse o interpretarse como símbolo.
Es costumbre pensar que la capacidad simbólica es propia del hombre. O, a lo sumo, que la existencia de precursores de ella en los animales complejos nos permite legitimar una psicología animal. Sin embargo, cuando se piensa de este modo, se está lejos todavia de precisar con fundamento en qué punto de la escala zoológica surge la existencia psíquica.
Lorenz (1973, pág. 63), en cambio, señala con respecto a la ameba: "...si fuera tan grande como un perro, como dice el más eminente de todos los expertos protozoólogos, H. S. Jennings, nadie dudaría en atribuirle una vivencia subjetiva".
Veamos también, a través de algunos párrafos aislados, lo que afirma Etcheverry (1978) analizando el pensamiento de Freud: "... La asimilación que establece Freud entre 'psiquis' y 'alma' es taxativa" (pág. 36). "...para Haeckel la célula primordial (protista) así como las células unidas entre sí en un ser vivo pluricelular, poseen alma". " 'Alma', en Haeckel, es término descriptivo de la especificidad de ciertos procesos materiales." (pág. 37) "...parece probable que la tradición de Haeckel y de la filosofía de la naturaleza es el obligado contexto del texto freudiano" (pág. 56).
Bion (1977, págs. 115-116), en la segunda de sus "reuniones en Nueva York", ante la pregunta: "¿Pensar nos resulta tan doloroso porque no tenemos el valor de aceptar los límites de lo que se puede comprender por medio del pensamiento?", responde: "No. Creo que es porque 'pensar' es una nueva función de la materia viva. No quiero sugerir, sin embargo, que ciertas plantas no tengan mente, ya que no sabemos cómo es una mente vegetal, como la de la atrapamoscas (muscípula), por ejemplo".
Podemos afirmar sin temor de equivocarnos que el asimilar o no asimilar la psico logía al conjunto entero de la vida ha de ser en este siglo una polémica fundamental.
Percepción de la materia e interpretación de la historia
El cuerpo físico de un ser vivo está definido por el conjunto de sus asp ectos materiales y energéticos. Decimos que un existente es material o energético cuando posee la capacidad de originar una percepción sensorial. (Debemos incluir aquí la consideración de aparatos como el microscopio que aumentan el poder de los órganos sensoriales o de indicadores que trazan huellas perceptibles de objetos imperceptibles.)
Cuando percibimos, por ejemplo, un cangrejo, materia y energía no son esa realidad ya interpretada que llamamos "cangrejo". Materia y energía son los constituyentes de ese cangrejo que le aportan su capacidad para originar una percepción. El cangrejo recordado no posee esa capacidad.
Suele incurrirse en el equívoco de creer que las palabras "cuerpo físico" o "biológico" designan de un modo directo a lo que existe "objetivamente" como una "cosa" más allá de la conciencia. Pero estas palabras designan, en cambio, inevitablemente, un concepto constituido por un conjunto organizado de representaciones o ideas.
Se oye decir a menudo que los psicoanalistas trabajamos con representaciones del cuerpo, mientras que los cardiólogos o los cirujanos trabajan con el cuerpo físico o biológico. Esto constituye un buen ejemplo del equívoco que señalábamos. Tanto el cirujano como el psicoanalista trabajan sobre la "cosa en sí" mediante representaciones organizadas en los diferentes sistemas teóricos que constituyen cada una de sus ciencias particulares.
El hecho de que el psicoanalista trabaje con representaciones no lo diferencia del cirujano. Aquello que los diferencia son los medios que cada uno de ellos utiliza para transformar las representaciones con las cuales ambos trabajan dentro de un proceso cuyos cambios suponemos indisolublemente ligados a la transformación de lo existente como "cosa en sí".
Los modos geométrico y lingüístico
También los diferencia, como ya hemos dicho, las distintas organizaciones teóricas que constituyen sus respectivos puntos de apoyo. Mientras el cirujano recurre predominantemente a las ciencias derivadas de la física y organiza sus procesos mentales en torno de la relación causa-efecto, representando su acción en un espacio "geométrico", el psicoanalista recurre predominantemente a las ciencias que derivan de la historia y organiza sus procesos mentales en torno de una relación de significación, representando su comprensión o interpretación en un tiempo "lingüístico". Pero ambos trabajan con representaciones sobre aquello existente a lo cual las representaciones en última instancia se refieren.
Como el cirujano utiliza las técnicas derivadas del ejercicio de la mano (lo mismo que el fisiólogo o el cardiólogo), su trabajo adquiere la falsa apariencia de operar directamente sobre las cosas existentes y no sobre las representaciones que antes, durante y después de su acción la constituyen efectivamente de manera indisoluble (como accióntransformación del ser de la acción en su encuentro con lo existente).
Análogamente, como el psicoanalista utiliza los procedimientos derivados del ejercicio de la palabra, su trabajo adquiere la falsa apariencia de operar exclusivamente sobre las representaciones y sólo de un modo secundario y "misterioso" sobre los existentes a los cuales dichas representaciones se refieren; como si el símbolo funcionara sin afectar a los materiales que lo constituyen y separado de ellos.
Parece evidente que ambos equívocos, tanto el que se refiere a la acción del cirujano como el que alude a la del psicoanalista, no sólo han detenido el desarrollo de un esquema teórico adecuado para enfrentar el problema del tratamiento psicoanalítico de la enfermedad somática, sino que, distorsionando el sentido de la práctica psicoanalítica, han empobrecido su meta.
Una vez que se adquiere conciencia de que las leyes naturales no son de la naturaleza en sí misma, sino que surgen del encuentro entre lo dado y la conciencia, y de que esto mismo ocurre con aquello que denominamos "materia", "espacio" y "tiempo", la cuestión se reubica en otros parámetros. La física, como "more geométrico", recupera el carácter de metáfora dentro del cual, por ejemplo, fue construida, deliberadamente, por Newton. Al mismo tiempo el "more lingüístico" adquiere, bajo la forma de un derecho por lo menos idéntico, en cuanto trato "científico" de los objetos, la legitimidad epistemológica que le corresponde.
Vale la pena reproducir textualmente algunas palabras de Turbayne (1970, pág. 91): "...trataré los sucesos de la naturaleza como si constituyeran un lenguaje, convencido de que el mundo puede ser ejemplificado de igual manera, si no es que mejor, suponiendo que es un lenguaje universal en lugar que una gigantesca maquinaria de reloj; específicamente, usando el metalenguaje del lenguaje común, consistente en 'signos', 'cosas significadas', 'reglas de gramática', etcétera, en lugar del vocabulario propio de las máquinas, consistente en 'partes', 'efectos', 'causas', 'leyes de operación', etcétera, para describirlo".
Los símbolos heredados y universales
Freud sostuvo que existen símbolos típicos, universales, congénitos, que pertenecen a la prehistoria filogenética y que, como prototipos heredados (Freud, 1916-1917 [1915-1917]*, 1918b [1914*], 1923b, 1939a [1934-38]), no pueden ser interpretados solamente a partir de lo que el paciente es capaz de asociar acerca de ellos (Freud, 1900a [1899]).
Afirmó que los afectos son equivalentes a crisis histéricas prehistóricas igualmente típicas, universales y heredadas (Freud, 1926d [1925], 1933a [1932]*). Y también que la histeria no sólo compromete órganos de la vida de relación sino que, además, se manifiesta en órganos de la vida vegetativa (Freud, 1895d*, 1905e [1901], 1908b).
Este campo que el afecto y la histeria abarcan de una manera análoga, el descubrimiento freudiano acerca de la existencia de una actividad de simbolización que es inconciente, y su afirmación acerca de que el denominado "concomitante somático" es (por oposición a lo psicológico, conciente) lo verdaderamente psíquico (es decir, lo inconciente) (Freud, 1940a [1938]), confluyen en una imagen del hombre que se presta muy mal para sostener la existencia de un cuerpo "asimbólico" que, como "cosa en sí" (que se encuentra más allá de los conceptos instrumentales con los cuales lo tratamos), se halle privado de la capacidad de generar o interpretar un símbolo. En la controversia que ha despertado este punto vemos también un malentendido.
Si el cuerpo físico y la totalidad que llamamos psiquismo no son otra cosa que dos conjuntos coherentes de representaciones, ambos parciales, de un supuesto conjunto más amplio que existe más allá de la conciencia, debemos tener claro que muchas de nuestras afirmaciones acerca de este último conjunto no son otra cosa que sentencias tautológicas determinadas por nuestro aparato conceptual. De modo que cuando creemos estar describiendo "al objeto" no hacemos más que describir, impensadamente, la herramienta con la cual lo manipulamos.
Dado que el conjunto de representaciones organizadas en nuestra conciencia de acuerdo con los preceptos de la ciencia física y sus derivados constituye nuestro concepto de un cuerpo físico, moviéndonos dentro de este concepto consideraremos al cuerpo físico como una realidad asimbólica por el mero hecho de que la ciencia física no se ha ocupado de desarrollar aquellos conceptos que son adecuados para tratar con los símbolos en su calidad de tales.
Si, en cambio, tenemos claro que nuestra idea de cuerpo físico es sólo un aparato intelectual para tratar con un existente hacia el cual tenemos acceso también por otros caminos, permaneceremos abiertos a la posibilidad de encontrar en esa realidad, la misma que también se manifiesta físicamente, una capacidad si mbólica.
Las neurosis actuales
Vale la pena no abandonar este tema sin examinar antes, desde este punto de vista, lo que ocurre con el concepto de neurosis actuales. Por un lado se ha reconocido siempre, desde la clínica, la importancia de evaluar el ingrediente de desequilibrio energético actual que forma parte de cada neurosis. Por otro lado se afirma que constituye un componente biológico "asimbólico" y que, como tal, permanece fuera del ámbito del psicoanálisis.
Algo similar ocurre con el concepto de necesidad. Mientras se sostiene que el psi coanálisis sólo se ocupa del deseo, ocurre que se ocupa de la necesidad, inevitablemente, cada vez que intenta comprender metapsicológicamente al deseo.
El malentendido, en el caso de las neurosis actuales, tiene sus raíces en el equívoco que nos lleva a pensar en la existencia de una angustia sin representación, surgida, como un "hecho físico", por la conversión directa de la libido. Pero la palabra "angustia" no ha sido elegida al azar para nominar a ese estado afectivo, sino como un derivado apropiado para arrogarse la representación de una estructura compleja de ideas inconcientes ligadas a un conjunto de vivencias prototípicas que se renuevan una y otra vez en el instante magno de cada nacimiento a la vida extrauterina.
No debemos creer sin embargo que el pensar en la existencia de una realización simbólica "representativa" como proceso inherente a la llamada conversión "directa" de la libido insatisfecha en angustia, implica necesariamente desconocer la importancia de la magnitud cuantitativa y energética de esa insatisfacción actual.
Por el contrario, si tuviéramos que resumir todo lo dicho en una sola regla útil para la operación clínica, diríamos: hay que tener en cuenta que la actualidad física siempre es una plétora de significado histórico, y el significado histórico sólo puede darse en una realidad física actual. Por esto es obligación de todo psicoanalista, ante cada transformación de la realidad que se manifiesta materialmente, explorar en búsqueda de una permutación simbólica.
El lenguaje fundamental
Chomsky (1975) postula que los principios que pertenecen a la gramática universal, y que parecen ser de propiedad del sistema lingüístico adquirido, son determ inados por un mecanismo innato comparable al que determina la naturaleza y función de los órganos.
Sostiene (Chomsky, 1980) que podemos considerar a la psiquis como un sistema de "órganos mentales" siendo uno de ellos la facultad del lenguaje, y que estos "órganos mentales" se desarrollarían, de manera específica, cada uno de ellos en acuerdo con un programa genético, como lo hacen los órganos somáticos.
De acuerdo con estas ideas llegamos a la conclusión de que el lenguaje es un órgano natural que se desarrolla en un contexto cultural que lo acota pero no lo crea, a la manera en que un esbozo embrionario se realiza en un campo epigenético (Waddington, 1976).
Freud (1911c [1910]*) acude, y no por única vez, a la capacidad creativa de Schreber y se muestra acorde con la idea de la existencia de un lenguaje fundamental, de carácter universal, primario con respecto a las diferentes lenguas que se hablan, del cual los símbolos universales y congénitos constituirían restos perdurables.
Recordemos también aquí la afirmación de Freud (1940a [1938]) acerca de que los pretendidos "concomitantes somáticos" son lo verdaderamente psíquico, en el sentido de que su significado inconciente restablece en la conciencia la unidad de las series "psicológicas" interrumpidas.
Bateson (1979) retoma esta cuestión desde un ángulo original, que incluye otros aspectos interesantes y que vale la pena resumir aquí.
Parte de la idea de que todo ser vivo, en tanto criatura, posee un "saber como" inconciente, y sostiene que toda psiquis, tanto sea la nuestra como la del bosque de pinos o la de la anémona de mar, conforma un pensamiento en términos de historia (stories). Contexto y pertinencia no sólo deben ser características de todo aquello que llamamos conducta, sino también de todas las historias internas que son secuencias en la edificación de la anémona de mar. La embriología debe ser algo hecho de la sustancia de las historias. Debe haber pertinencia en cada paso de la filogenia y aún entre los pasos, en un proceso evolutivo que llega hasta el hombre. Por eso podemos decir junto a Próspero, "estamos hechos de la sustancia de la que están hechos los sueños".
En opinión de Bateson, los sueños sólo son fragmentos de esa sustancia, como si la sustancia de la cual estamos hechos fuera transparente y por lo tanto imperceptible, y como si sólo pudiéramos notar su presencia en los cortes y planos de fractura de esa transparente matriz. Sueños, percepciones e historias son quizás rupturas e irregularidades en esa matriz uniforme e intemporal.
El contexto, sostiene Bateson, se halla ligado con otra noción indefinida llamada "sentido". Sin contexto, las palabras y las acciones no tienen sentido. En embriología la primera definición debe darse siempre en términos de relaciones formales. El crecimiento y la diferenciación deben ser controlados por la comunicación. Las formas de los animales y plantas son pues transformaciones de mensajes. El len guaje es en sí mismo una forma de comunicación. La anatomía debe contener una analogía de la gramática, porque toda anatomía es la transformación de un mensaje material que debe ser contextualmente formado. Finalmente, aclara Bateson, formación contextual es sólo otro término para la gramática.
Después de esta larga y sin embargo apretada síntesis del pensamiento de Bateson, no es posible dejar de subrayar la impresionante coincidencia de formulaciones surgidas de campos tan distintos del conocimiento como lo son la lingüística, el psicoanálisis y la biología.
La subsistencia semántica
Portmann (1960) expone, con la solvencia y la experiencia de quien ha dedicado una vida a la zoología, algunas conclusiones fascinantes con respecto a las formas, colores, transparencias, opacidades y dibujos, en el cuerpo de los animales, que determinan su aspecto exterior.
Retomando una línea de pensamiento que se remonta, entre otros orígenes, a las diferencias teóricas que, acerca de los colores, separaron a Newton y Goethe, considera que, más allá de la explicación utilitaria en términos de mimetismo o de cualquier otra función de adaptación, son un fenómeno "propio", es decir, que poseen el sentido de una presentación o autorrepresentación simbólica que, acerca de sí mismo, el animal realiza.
Ruyer (1974), desde el campo de una filosofía que se apoya en los descubrimie ntos científicos de los últimos años, describe un lenguaje "matricial" análogo al postulado por Freud y por Chomsky, al que considera, si no "genético", al menos "contemporáneo" de las estructuras orgánicas.
Analiza la función del cerebro como un órgano especializado en la materialización no corporal de "herramientas", que evita de este modo el comprometer de manera irreversible a la estructura anatómica en el desempeño de ciertas tareas.
Afirma, por fin, que todo órgano natural posee, al lado de la subsistencia física que le corresponde como entidad material y energética, una subsistencia semántica que trasciende a la primera y es de otro orden.
Una palabra no subsiste fundamentalmente por la mera duración de la tinta que la perpetúa en un diccionario, sino que depende esencialmente de la existencia y la voluntad de un hablante y una ocasión, que la generan en cada pronunciamiento individual. Análogamente los órganos vitales, o los organismos mismos, poseen una continuidad semántica que trasciende su subsistencia física particular y se manifiesta como pronunciamiento en cada acto procreativo.
Al lado de la subsistencia física de un ojo y una mano particulares, existe por lo tanto una subsistencia semántica, inherente y específica, que constituye a el ojo y a la mano como entidades dotadas de un significado propio. Podemos agregar que estas entidades o fantasías pertenecen a la existencia física particular de un ojo y de una mano de un modo semejante a como, de acuerdo con la teoría psicoanalítica de las zonas erógenas, las fantasías orales "pertenecen" al órgano "boca".
Al mismo tiempo trascienden la existencia física de ese ojo y esa mano en su capacidad de perdurarlos en otro ojo y otra mano semejantes, los cuales, a pesar de ser otros, son sin embargo "el mismo".
Volvamos una vez más a Freud cuando afirma (Freud, 1895d) que tanto la histeria como el lenguaje extraen tal vez sus materiales de una misma fuente inconciente. Es esta fuente inconciente, universal y congénita, el "lugar" en donde el lenguaje es un órgano natural y el órgano natural se arraiga en una subsistencia semántica que lo trasciende.
Integrando cuanto llevamos dicho hasta aquí, vemos que la secuencia intencional, el sentido, que denominamos "historia", no sólo vincula al seudopodio amebiano, generado para cada ocasión, con la subsistencia semántica de la mano que apresa, sino también con la capacidad que posee el hombre cerebral para exteriorizar "herramientas" tales como el avión, la rueda o la bandera, sin comprometer irreversiblemente la estructura orgánica de su cuerpo físico.
Gran parte de esta capacidad generativa, que es a un mismo tiempo instrumental y simbólica, exige sin embargo un compromiso somático, no siempre reversible, que se ejerce muchas veces más allá de la función normal, configurando lo que llamamos "trastorno".
A manera de síntesis
Llamamos "somático", "material", o "físico" a lo que posee la cualidad de hacerse presente a la percepción sensorial, incrementada o no mediante aparatos como el microscopio o indicadores que trazan huellas perceptibles de objetos imperceptibles.
Llamamos "psíquico" (o "historia") a lo que posee como cualidad la significación. Para que haya significación de be haber psiquismo. El psiquismo "crea" la significación como genera el símbolo.
La antigua cuestión acerca de si existen trastornos que son únicamente somáticos o únicamente psíquicos, o si, por el contrario, todos los trastornos son (como el hombre) psicosomáticos, independientemente de cuál sea la capacidad actual de nuestra conciencia para percibir un cambio físico o "leer" una significación "creada" por ese proceso, es un planteo inadecuado en la medida en que no puede ser resuelto mediante la comprobación.
Buscar en cada alteración física su significación inherente y "propia" es, en cambio, una actitud (la misma que Freud adoptó frente a las parálisis histéricas) fructífera. También lo es el buscar en cada mutación de significado un proceso físico específico.
Conviene tener en cuenta que este planteo no lleva forzosamente implícita la postulación de una relación causal como la que se sostiene en los conceptos de "psicogénesis" o "somatogénesis". Estos últimos conceptos restringen innecesariamente el campo epistemológico de la relación psique-soma.
Una vez que se adquiere conciencia de que las leyes naturales no son de la naturaleza en sí misma sino que surgen del encuentro entre lo dado y la conciencia, y de que esto mismo ocurre con aquello que denominamos "materia", "espacio" y "tiempo", la cuestión se reubica en otros parámetros. La física, como "more geométrico", recupera el carácter de metáfora dentro del cual, por ejemplo, fue con struida, deliberadamente, por Newton. Al mismo tiempo el "more lingüístico" adquiere, bajo la forma de un derecho por lo menos idéntico, en cuanto trato "científico" de los objetos, la legitimidad epistemológica que le corresponde.
Por esto señala Turbayne (1970, pág. 91): "...trataré los sucesos de la naturaleza como si constituyeran un lenguaje, convencido de que el mundo puede ser ejemplificado de igual manera, si no es que mejor, suponiendo que es un lenguaje universal en lugar de una gigantesca maquinaria de reloj; específicamente, usando el metalenguaje común, consistente en 'signos', 'cosas significadas', 'reglas de gramática', etcétera, en lugar del vocabulario propio de las máquinas, consistente en 'partes', 'efectos', 'causas', 'leyes de operación', etcétera, para describirlo".
La relación psicosomática fundamental consiste a mi entender en que, así como el lenguaje es un órgano natural que se desarrolla en un contexto cultural que lo acota pero no lo crea (Chomsky, 1975, 1980) a la manera en que un esbozo embrionario se realiza en un campo epigenético (Waddington, 1976), todo órgano natural posee al lado de la subsistencia física de un ojo o una mano particular, una subsistencia semántica (Ruyer, 1974) inherente y específica, que constituye al ojo y a la mano como entidades dotadas de un significado propio.
Estas entidades o fantasías pertenecen a la existencia física particular de un ojo y una mano de un modo semejante a como, de acuerdo con la teoría psicoanalítica de las zonas erógenas, las fantasías orales "pertenecen" al órgano "boca". Al mismo tiempo trascienden la existencia física de ese ojo y esa mano en su capacidad de perdurarlos en otro ojo y otra mano semejantes, los cuales, a pesar de ser otros, son sin embargo "el mismo".
Por eso podemos decir junto con Bateson (1979) que: "...la anatomía debe contener una analogía de la gramática, porque toda anatomía es una transformación de un mensaje material, el cual debe ser contextualmente formado... la formación contextual es sólo otro término para la gramática" y que "la embriología debe ser algo hecho con la sustancia de las historias".
La secuencia intencional, el sentido que denominamos "historia", no sólo vincula al seudopodio amebiano, generado para cada ocasión, con la subsistencia semántica de la mano que apresa, sino también con la capacidad que posee el hombre cerebral para exteriorizar "herramientas" tales como el avión, la rueda o la bandera, sin comprometer irreversiblemente la estructura orgánica de su cuerpo físico.
Gran parte de esta capacidad generativa, que es a un mismo tiempo instrumental y simbólica, exige sin embargo un compromiso somático, no siempre reversible, que se ejerce muchas veces más allá de la función normal, configurando lo que denominamos "trastorno".
Notas
1 El contenido del presente capítulo corresponde, con escasas modificaciones, a un texto que fue publicado por primera vez en Eidón, año VIII, número 15, CIMP, Buenos Aires 1981, págs. 45 61.